NUEVA VISITA AL CAFÉ GIJÓN

Café Gijón. Van a dar las seis de la tarde. Desde lo alto del muro me mira un Umbral de mirada acongojante, casi desolada, y un poco más escorado, Cela, con su autoridad impertinente. Un día ellos fueron el vórtice de tediosas y literarias tarde-noche de café. Hoy ya son meros iconos del santoral de las letras. En verdad, el Café Gijón ya no es lo que era. La nutrida clientela no se distingue de la de cualquier otro Café, y la tertulia en las mesas no pasa de lo más corriente. Se hecha de menos al poeta atildado y menesteroso, al candente orador de órbita ramoniana. Hoy ya nada de eso queda. Creo, además, que ya no se habla de literatura en el Gijón. Pronto me di cuenta de que yo no pintaba nada en aquel café. Pagué mi consumición y mi fui.

Carta a Patty

Carta a Patty
Querida Patty:
Dicen que en tiempos de Cervantes ya se ejercía tu comercio en la calle de la Montera.
Se cree que la vida cambia pero es siempre la misma. Mujeres como tú vieron, por las generaciones, pasar
los días, los meses, los años, los siglos...apoyadas al quicio de la mancebía. Creyeron que la vida no marca
pero se engañaron: su hermosura pronto se transformó en nefando retrato.Quisieron ganar el mundo y lo perdieron todo.
Yo, de haber sido joven, como fui, hubiera sucumbido a tu fatal hechizo hoy y hubiera hecho tu vida más miserable y la mía más mezquina. El breve rato de goce nunca nos haría olvidar la pesadumbre del alma y nos sobrarían razones para maldecir nuestra vida baldía. Bajo el farolillo rojo, nuestros cuerpos descarnados, mientras se mancillaran en ese abrazo desigual, reclamarían un lapsus de amor, ese fondo inefable que buscan los sexos, un átomo de Gracia en la guarida del infierno. Pero no lo encontrarían. Nuestras únicas ganancias serían el peso de mi conciencia  y tus pocas monedas. Yo te las daría por nada si con ellas compraras tu libertad y no fueran, como son, el candado de tus cadenas.
Por hoy solo puedo lamentar tu suerte, y rogar a la `providencia que no vuelva a encontrarte, en el quicio de ese mismo portal, cuando regrese a Madrid y vuelva a descender la calle de la Montera, unos meses más apesadumbrado, algunas vivencias más viejo.
                                                                                          Besos, Paco



REALISTAS DE MADRID

La exposición que estos meses se celebra en el Thyssen sobre los "Realistas de Madrid" no puede pasar desapercibida para nadie. Su propuesta sin duda consiste en una respuesta instintiva a todos los años salvajes de abstracción, cuando se agotaron todas las vías. El arte, autoreflexivamente, se fue despojando de cada uno de sus fundamentos, hasta quedar en en un vacío en el que se aniquilaría su propia razón de ser. Cuestión, indudablemente, que no saldaba la demanda humana necesitada de respuestas.
A ese camino incierto  se asomaron los "Realistas de Madrid", urgidos por encontrar un cauce para sus virtudes artísticas y su identidad personal. Con un bagaje curtido en la admiración de los grandes maestros, académicamente formados, pues, quisieron dar satisfacción a sus dones innatos para el arte, un arte de todos los tiempos y para cada hombre. Todos ellos destacan por su virtuosismo en el dibujo, en su afán por verter en sus cuadros su visión sin trabas, de fidelidad casi fotográfica, de lo cotidiano. Bodegones de un realismo implacable, exposición de los enseres mas superfluos de nuestra realidad, sugestivos interiores, vedutas casi planimétricas de la ciudad que nos hacen remontar a Canaleto, siempre desde otra sensibilidad poética; anécdotas todas ellas de un verismo que revela las almas sin recovecos de sus creadores, su honradez y humildad espiritual.
Todos ellos son portadores  de una mirada fascinante, pero nos parece que ha sido Antonio López García el que ha dado ese paso adelante, pues en él no prima únicamente la fidelidad al realismo, ya que su técnica es impresionista en algunos detalles, sino que nos descubre un mundo, una atmósfera, una latir existencial en el que se nos habla del pormenor del hombre, de su dramática senda en el mundo moderno: apesadumbrada existencia condicionada por sus angustias. Honestamente, es el arte de López García una visión existencial, un acercamiento lúcido del caminar amedrentado y sin ventura de nuestra modernidad.

Baja la procesión(Capricho folclórico)

Baja la procesión(Capricho folclórico)
Por la calleja empinada
baja la solemne procesión,
ya recuerdan los tambores
los terrores de pasión.
El Cristo bajan en andas
los costaleros sufridos,
blasfemos y engreídos
purgan delitos y culpas.
Ya se acerca a la ermita
el cortejo de pasión,
el Cristo viene bailando,
celebra la muchedumbre
la buena muerte de Dios.
El paso se ha detenido,
la cruz su ángulo traza
contra el sudario del cielo.
 El Cristo se balancea;
de muerte herido, agoniza
sangrando por sus tormentos
y de dolor consumido.
¿Con qué sentido?:
su vida ha dado,
para salvarte, pecador.

DOMINGO DE RAMOS

DOMINGO DE RAMOS
Las campanas de la Misericordia
tocan a rebato;
de la mañana de marzo
rompen el recato,
celebran, gloriosas,
la entrada del rey,
sobre humilde montura,
en Jerusalén.

Ya están las palmas preparadas,
la muchedumbre agitada,
ya las palomas mansas
en  revuelo se levantan,
ya los hombres de sus labores marchan,
y las mujeres dejan la casa adecentada,
para ver entrar al rey,
sobre humilde pollino,
en Jerusalén.

Ya el camino jalonan
tanto pobres como ricos,
se alza clamor de Hosannas,
de bendiciones y gritos
cuando traspasa el rey,
sobre su humilde borrico,
la puerta Hermosa
en Jerusalén.

Ya  el misterio se ha cumplido
cuando le proclaman rey
del pueblo ungido,
antes de padecer la Pascua:
muerte y martirio
en Jerusalén.

Esplendores de Grecia

Esplendores de Grecia
Cierto que para quien visita Atenas, la ciudad muestra una extraña incertidumbre. Porque el visitante la observa con los ojos de la imaginación. Facultad que lo remontará hasta esas épocas de clásico esplendor, cuyo contraste con su apariencia moderna evidentemente chirría. No cabe imaginar en la Atenas de hoy el simposio de Platón, el paseo sosegado de los peripatéticos, o el tonel de Diógenes en la plaza Ommonia. Porque la Atenas de siempre tuvo un calado tan tremendo, que el turista solo se encuentra justificado cuando asciende hasta la Acrópolis y se solaza con la visión de sus monumentos.
Seguramente que la Academia de entonces no correspondía con la majestad que reviste hoy día, ni tampoco los precarios restos que subsisten en el área de areopágo se corresponden con el esplendor que gozaron en su siglo. La de entonces y la de ahora poco tienen que ver, aunque en verdad su espíritu persiste en el gozo de las tabernas adyacentes al viejo Ágora, en los bulliciosos mercados de Plaka, o en la actividad naval del Pireo. La vieja Atenas ya nunca la recuperaremos, pero bástenos imaginarla con esos ojos vivificadores de la imaginación. La Atenas de Sócrates, Pericles, Alcibíades o Jenofonte inundará nuestra alma con su sueño embriagador, resplandeciendo bajo la brillante luz de Apolo.

PASA LA TARDE

PASA LA TARDE
Pasa la tarde transida de pereza,
suena la campana de una iglesia,
el sol lame las últimas cornisas,
esquivos vencejos rasgan el aire.
Placenteramente, pasa la tarde.

Pasa la tarde sin ansias ni quimeras,
ninguna voz a la inquietud nos llama.
La crónica escribe renglones prosaicos
con insulsa letra, la mente divaga,
se desentumece, y el corazón se acalla.
Apenas hay motivos para el fervor o las lágrimas.

El tiempo como cuentas se desgrana,
reza el rosario secreto de su alma.
Recordará que la vida posa su amargo dejo,
pero no más la inquietud de un azar,
alguna secuela ocupará su memoria sosegada.
En la tarde transida de pereza
suena la campana de una iglesia.