Fuiste tú lo primero que vi está mañana,
Lo que vino después como rutina lo cuento.
¡ Qué raro que un cruce de miradas
me baste para sentirme contento!
ÁLBUM DE INCURSIONES HETERODOXAS EN NUESTRA CONTEMPORANEIDAD.
Fuiste tú lo primero que vi está mañana,
Lo que vino después como rutina lo cuento.
¡ Qué raro que un cruce de miradas
me baste para sentirme contento!
Seguir vivo es comprobar
que los años pasan, que al mirarte
a los ojos resaltarán las ojeras,
que el vino ya no procura
la dulce ebriedad
sino cierta acidez estomacal,
que para cumplir con el amor
te basta con el deseo,
que las cicatrices ya no destacan,
acostumbrado a la rutina de mirarlas.
Regresé de Asturias con una bronquitis bien consolidada, que ya había mostrado sus primeros síntomas antes de emprender el viaje. ¿ Por qué escogí Asturias como destino vacacional? Pues precisamente porque la precaria pensión del estado no da para muchas posibilidades. Y porque cuando entró en Asturias es como si accediera a otro universo, cambia el clima, cambia la orografía, cambian las latitudes, y hasta cambia la geología. Es el segundo lugar de España que reconozco como hogar, tras de Alicante. Antiguamente a Asturias se entraba, para todos aquellos que procedíamos del sur, atravesando las montañas que la separan de León. Había que ascender hasta el puerto de Pajares por una carretera llena de dificultades o por una línea férrea no menos tortuosa. Hasta que no se alcanzaba Pola de Lena no se reconocía uno inmerso en pleno territorio Astur. Pero allí ya nos sorprendía la belleza de los valles mineros. Tanto el año pasado como éste he disfrutado de la comodidad que se ofrece al utilizar los larguísimos túneles ferroviarios que atraviesan la cordillera y que te llevan de León a Oviedo en una hora. Tiempo atrás se tardaba tanto en atravesar el territorio asturiano como de llegar de León a Madrid. Quizás exagere un poco, pero si se pudiera hoy día contrastar los tiempos se vería que no ando muy desencaminado.
Nada más regresar de Asturias, como digo, la bronquitis había agravado sus síntomas. Al segundo día en la tarde, notaba cierta falta de aire, el rostro abochornado y el pegajoso calor del verano alicantino que te obligaba a refugiarte junto al aire acondicionado. Tuve que acudir al médico en la mañana siguiente, y allí me administraron oxígeno junto a cierto tratamiento y me recetaron los fármacos necesarios para recuperar la salud. Nunca hasta ahora había utilizado un inhalador. Es la primera vez que reconozco que mi cuerpo cede ante un agente externo, incapaz de remontar por sí solo un cuadro respiratorio adverso. No sé si es que vamos para viejos, o que los virus de ahora no son como los de antes. Afortunadamente, ya me he repuesto.
El verano continúa. Por cierto en Alicante uno de los más bochornosos que recuerdo, donde no se para de sudar y donde tan agobiado se está dentro de casa como en la intemperie. Los promotores de viajes te tientan con ofertas sugestivas, que incitan a quitarte de encima el horrendo calor. Pero el horno no está para bollos, Otros veranos, estando yo bastante más optimista, me había dejado ver por Madrid. En éste me considero incapaz de soportar los 37 grados de ambiente seco que quizá asolen la capital. Si tocara la lotería, ya buscaría un lugar más placentero. Un lugar acaso menos trillado, tal vez algo más al norte pues a Andalucía le pasa como a Madrid, no hay quien la pise durante estos meses. Uno piensa en los tórridos mediodías y principios de tarde en Sevilla, Córdoba o Jaén y se le cae el alma a los pies.
No hay otro propósito en verano
que huir del calor. Sorber
bebidas frías, comer helados,
devorar sandías, goteando
su jugo por los incisivos, ¡ qué delicia!.
Casi no se ocupa uno de vivir,
sino de salvar los inconvenientes del clima,
protegerse del sol y buscar la sombra
con la frente hecha papilla.
El sol todo lo calcina, al menos en mi tierra,
la ideas derrite y los relojes reblandece.
El tiempo bajo el sol querría ser eterno,
pues fluye sin interrupción
bajo un cielo claro y limpio
al que sólo desafía algún Ícaro,
cuando sólo la sombra da marcha
a su cronómetro austero.
Es verano, y viene a ser cotidiana
la pereza. Poco incita a escribir,
porque se vive para afuera,
para las preocupaciones físicas
y el bienestar epidérmico. El calor,
la calor, que todo lo condiciona,
que procura sed inagotable,
sudores, sofocos, otra vez la pereza,
envidiando al pescado
que se mantiene fresco en la nevera.
¡ Qué analogía tan cruda!
No dudaría referirla
al merluzo responsable de estas líneas.
En su lucha en pro de Grecia y los griegos Byron quiso poner en la balanza algo que nivelará su vida injustificable.
Busco en Oviedo entre los rostros con quienes me cruzo alguno de los que conocí hace cincuenta y tantos años. No reconozco a ninguno. Unos pocos habrán medrado y serán costosos de ver, otros, acaso, habrán muerto. Hoy estoy como turista y no como lo estuve entonces, de chivo expiatorio. Los recuerdos se agolpan a mi memoria y humedecen mis ojos; parecen tan presentes como lo cotidiano. En cualquier caso, no he venido a Asturias a recordar, sino a continuar camino.
Se bebió el último culín de sidra,
Y se marchó como todos,
Como quienes vamos hacia la muerte.
No pueden existir lealtades por encima
de la Verdad, la Libertad, la Justicia;
Si acaso Dios, que es compendio de todas ellas.
A esa foto antigua
del joven de uniforme,
con presencia lánguida
y mirada distraída
en hondas lejanías,
como sopesando íntimos temores.
Aún no había recibido
tu trayecto indeciso
las peores heridas,
los más amargos desengaños,
su reservada porción de dolores.
Su carrera de soledades comenzaba;
todavía la inocencia intacta;
desconocida aún la dura
fatiga del deber ser,
la lealtades perdidas
y los insolidarios denuestos.
Hoy veo en tu faz al Ecce homo
al que en algún momento
deberemos parecernos.
Tu frágil constitución,
tu inconsistencia ensoñadora
ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos,
el mirar incierto de quien
sin proponérselo indaga su porqué
y aguarda el día cuando la justicia
alcance el equilibrio.
.
Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y viejos bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera.