No hay otro propósito en verano
que huir del calor. Sorber
bebidas frías, comer helados,
devorar sandías, goteando
su jugo por los incisivos, ¡ qué delicia!.
Casi no se ocupa uno de vivir,
sino de salvar los inconvenientes del clima,
protegerse del sol y buscar la sombra
con la frente hecha papilla.
El sol todo lo calcina, al menos en mi tierra,
la ideas derrite y los relojes reblandece.
El tiempo bajo el sol querría ser eterno,
pues fluye sin interrupción
bajo un cielo claro y limpio
al que sólo desafía algún Ícaro,
cuando sólo la sombra da marcha
a su cronómetro austero.
Es verano, y viene a ser cotidiana
la pereza. Poco incita a escribir,
porque se vive para afuera,
para las preocupaciones físicas
y el bienestar epidérmico. El calor,
la calor, que todo lo condiciona,
que procura sed inagotable,
sudores, sofocos, otra vez la pereza,
envidiando al pescado
que se mantiene fresco en la nevera.
¡ Qué analogía tan cruda!
No dudaría referirla
al merluzo responsable de estas líneas.
