Ofertas viajeras de verano

Ofertas viajeras de verano

 Regresé de Asturias con una bronquitis bien consolidada, que ya había mostrado sus primeros síntomas antes  de emprender el viaje. ¿ Por qué escogí Asturias como destino vacacional? Pues precisamente porque la precaria pensión del estado no da para muchas posibilidades. Y porque cuando entró en Asturias es como si accediera a otro universo, cambia el clima, cambia la orografía, cambian las latitudes, y hasta cambia la geología. Es el segundo lugar de España que reconozco como hogar, tras de Alicante. Antiguamente a Asturias se entraba, para todos aquellos que procedíamos del sur, atravesando las montañas que la separan de León. Había que ascender hasta el puerto de Pajares por una carretera llena de dificultades o por una línea férrea no menos tortuosa. Hasta que no se alcanzaba Pola de Lena no se reconocía uno inmerso en pleno territorio Astur. Pero allí ya nos sorprendía la belleza de los valles mineros. Tanto el año pasado como éste he disfrutado de la comodidad que se ofrece al utilizar los larguísimos túneles ferroviarios que atraviesan la cordillera y que te llevan de León a Oviedo en una hora. Tiempo atrás se tardaba tanto en atravesar el territorio asturiano como de llegar de León a Madrid. Quizás exagere un poco, pero si se pudiera hoy día contrastar los tiempos se verá que no ando muy desencaminado.

Nada más regresar de Asturias, como digo, la bronquitis había agravado sus síntomas. Al segundo día en la tarde, notaba cierta falta de aire, el rostro abochornado y el pegajoso calor del verano alicantino que te obligaba a refugiarte junto al aire acondicionado. Tuve que acudir al médico en la mañana siguiente, y allí me administraron oxígeno junto a cierto tratamiento y me recetaron los fármacos necesarios para recuperar la salud. Nunca hasta ahora había utilizado un inhalador. Es la primera vez que reconozco que mi cuerpo cede ante un agente externo, incapaz de remontar por sí solo un cuadro respiratorio adverso. No sé si es que vamos para viejos, o que los virus de ahora no son como los de antes. Afortunadamente, ya me he repuesto.

El verano continúa. Por cierto en Alicante uno de los más bochornosos que recuerdo, donde no se para de sudar y donde tan agobiado se está dentro de casa como en la intemperie. Los promotores de viajes te tientan con ofertas sugestivas, que incitan a quitarte de encima el horrendo calor. Pero el horno no está para bollos, Otros veranos, estando yo bastante más optimista, me había dejado ver por Madrid. En éste me considero incapaz de soportar los 37 grados de ambiente seco que quizá asolen la capital. Si tocara la lotería, ya buscaría un lugar más placentero. Un lugar acaso menos trillado, tal vez algo más al norte pues a Andalucía le pasa como a Madrid, no hay quien la pise durante estos meses. Uno piensa en los tórridos mediodías y principios de tarde en Sevilla, Córdoba o Jaén y se le cae el alma a los pies.

VERANO

VERANO

 No hay otro propósito en verano

que huir del calor. Sorber

bebidas frías, comer helados,

devorar sandías, goteando

su jugo por los incisivos, ¡ qué delicia!.

Casi no se ocupa uno de vivir,

sino de salvar los inconvenientes del clima,

protegerse del sol y buscar la sombra

con la frente hecha papilla.

El sol todo lo calcina, al menos en mi tierra,

la ideas derrite y los relojes reblandece.

El tiempo bajo el sol querría ser eterno,

pues fluye sin interrupción

bajo un cielo claro y limpio

al que sólo desafía algún Ícaro,

cuando sólo la sombra da marcha

 a su cronómetro austero.

Es verano, y viene a ser cotidiana

la pereza. Poco incita a escribir,

porque se vive para afuera,

para las preocupaciones físicas

y el bienestar epidérmico. El calor,

la calor, que todo lo condiciona,

que procura sed inagotable,

sudores, sofocos, otra vez la pereza,

envidiando al pescado 

que se mantiene fresco en la nevera.

¡ Qué analogía tan cruda! 

No dudaría referirla 

al merluzo responsable  de estas líneas.


El ayer

El ayer

 Busco en Oviedo entre los rostros con quienes me cruzo alguno de los que conocí hace cincuenta y tantos años. No reconozco a ninguno. Unos pocos habrán medrado y serán costosos de ver, otros, acaso, habrán muerto. Hoy estoy como turista y no como lo estuve entonces, de chivo expiatorio. Los recuerdos se agolpan a mi memoria y humedecen mis ojos;  parecen tan presentes como lo cotidiano. En cualquier caso, no he venido a Asturias a recordar, sino a continuar camino.


A ESA FOTO

A ESA FOTO

 A esa foto antigua

del joven de uniforme,

con presencia lánguida

y mirada distraída

en hondas lejanías,

como sopesando íntimos temores.

Aún no había recibido

tu trayecto indeciso

las peores heridas,

los más amargos desengaños,

su reservada porción de dolores.

Su carrera de soledades comenzaba;

todavía la inocencia intacta;

desconocida aún la dura 

fatiga del deber ser,

la lealtades perdidas

y los insolidarios denuestos.

Hoy veo en tu faz al Ecce homo

al que en algún momento

deberemos parecernos.

Tu frágil constitución,

tu inconsistencia ensoñadora

ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos, 

el mirar incierto de quien 

sin proponérselo indaga su porqué

y aguarda el día cuando la justicia

alcance el equilibrio.

.


ALICANTE EN HOGUERAS

 


Alicante un año más se dispone a disfrutar de su fiesta de Hogueras. En las encrucijadas se levantan los monumentos fogueriles, la música ya suena frenética en algunos puntos, y las calles se llenan de ociosos y mareados. Mucho han cambiado las fiestas desde aquella infancia de los 60 en que nuestros padres nos llevaban de la mano a recorrer las monumentales fallas de madera y cartón. Mucho han cambiado las fiestas y mucho ha cambiado la ciudad. De la alicante provinciana que aún mostraba sus carencias en los 60, hemos pasado a la ciudad desbordada de 2026. Alicante ya es una ciudad de multitudes, de contrastes, de imprevisible futuro. La forman ya multitud de etnias, de emigrantes que buscan su oportunidad; está ya presa del turismo de masas, tan alejado hoy de aquel puñado de norte europeos que visitaban la ciudad en los veranos. Los principales lugares de reunión y renombradas avenidas se ven abarrotados por una multitud en constante movimiento. Los naturales nos sentimos algo avasallados por semejante gentío; se hace ya difícil encontrar el sosiego, lo recoleto, lo vernáculo. Para hacerlo acaso haya que adentrarse por los barrios falderos del castillo de Santa Bárbara, en ese particular Plaka de nuestra reducida Atenas, el barrio de Santa Cruz. Pero allí ya no encontraremos nada genuino, sino unas viejas casas con la cara lavada y repintadas de un imaginario idilio. 

Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y viejos bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera. 

Los pocos felices

Los pocos felices

 En estos últimos tiempos anda uno un poco descentrado. Los acontecimientos políticos en España absorben buena parte del tiempo libre de que se dispone. Como no paran de surgir escándalos, se sigue preocupado y con consternación cuanto descubren los medios "fangosos de la fachosfera". Ahora cobra un primer plano la realidad de unos comportamientos que durante años ha ido calando el tejido social. ¿ Por qué las narices españolas soportan impasibles el fétido hedor circundante? Posiblemente porque se hallan acostumbradas a él, porque lo han ido respirando cotidianamente a lo largo de sus vidas. Ya señalaba Jesucristo el hedor de los sepulcros blanqueados. En el siglo XIX Nietszche anunciaba que habíamos aniquilado a Dios; En el XX, admitimos que habíamos destruido la Verdad, para quedarnos en el XXI con la "posverdad", que no es más que un burda mentira, un fantástico relato que no hay dios que se lo crea.

Por mi parte creo que la solución a todo es la de replegarse eremítico a los personales intereses, laborar en aquello que nos hace crecer, pese a la resistencia de un mundo que trata de condenarte al mero silencio. No sé si los mecanismos de selección literaria adolecen de parejos vicios a los de otros sectores sociales. Sólo sé que he escrito 7 libros cuya repercusión ha sido menor a la de una hoja caída sobre la superficie del agua. Mis libros enmohecen en los anaqueles de las librerías, o sepultados bajo la avalancha de títulos que se ofrecen por internet, sin despertar nunca al lector de su desconocimiento o indiferencia. Teniendo como tengo más o menos el pasar resuelto, se insinúa la tentación de arrojar la toalla. Incluso el irrepetible Michael Jordan tuvo su momento de duda. Pero de una cosa estaba seguro: de que nadie podía hacer con el balón lo que él hacía. Algo me hace sentir que como él yo también puedo hacer algo especial con el lenguaje, en la novela, en la poesía, o cualquier otro género. Hete aquí que me asalta la fe de que lo que he escrito hasta ahora no es del todo desdeñable, que no desmerece en nada de lo que muchos otros con éxito multitudinario han publicado. No se podrá decir que me apego a la poltrona del éxito fácil; prometo por tanto que seguiré escribiendo, aunque sólo lo sepa yo, unos pocos felices, Dios.

Volvieron las blancas palomas en mi balcón...

Volvieron las blancas palomas en mi balcón...

 Han vuelto las palomas

y han llenado de cagadas mi balcón.

Pero a pesar del apestoso augurio

el sol ha brillado vigoroso

como suele en los epílogos de primavera.

Desde el cenit nos observa

con mirada indiferente,

luciendo impertérrito

sobre el acontecer humano.

Quisiéramos que por una vez 

nuestro pasar no fuera efímero,

a cuyos azares el astro es ajeno,

y que en algún lamento o cierto gozo

su calado penetrara las entrañas

palpitantes de los vivo.

No veo en este retornar de las palomas

nada romántico, pese a su albo plumón,

pese al bíblico vuelo con que se posan

y a su zureo misterioso.

No deja de ser esta invasión colombina 

otra señal que recuerda nuestra impotencia,

la resignación a un destino

ante el que nos vemos inermes

y que se cumplirá pese a todo denuedo.

Volvieron la blancas palomas

en mi balcón sus heces a dejar,

pero no trajeron venturosa primicia

de trinitaria aureola

sino hedor de estercolero

con su escatológica renuncia,

tomando mi balcón por palomar.