Alicante un año más se dispone a disfrutar de su fiesta de Hogueras. En las encrucijadas se levantan los monumentos, la música ya suena frenética en algunos puntos, las calles se llenan de ociosos y mareados. Mucho han cambiado las fiestas desde aquella infancia de los 60 en que nuestros padres nos llevaban de la mano a recorrer las monumentales fallas de madera y cartón. Mucho han cambiado las fiestas y mucho a cambiado la ciudad. De la alicante provinciana que aún mostraba sus carencias en los 60, hemos pasado a la ciudad desbordada de 2026. Alicante ya es una ciudad de multitudes, de contrastes, de imprevisible futuro. La forman ya multitud de etnias, de emigrantes que buscan su oportunidad; está ya presa del turismo de masas, tan alejado ya de aquel puñado de norte europeos que visitaban la ciudad en los veranos. Los principales lugares de reunión y renombradas avenidas se ven abarrotados por una multitud en constante movimiento. Los naturales nos sentimos algo avasallados por semejante gentío; se hace ya difícil encontrar el sosiego, lo recoleto, lo vernáculo. Para hacerlo acaso haya que adentrarse por los barrios falderos del castillo de Santa Bárbara, en ese particular Plaka de nuestra reducida Atenas, el barrio de Santa Cruz. Pero allí ya no encontraremos nada genuino, sino unas viejas casas con la cara lavada y repintadas de un imaginario idilio.
Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera.
