Se ha posado un oscuro nubarrón
Sobre la mar diáfana.
EL agua tiene color de perla triste.
EL viento agita el mar, las olas rompen:
La mañana la llena su rumor continuo.
ÁLBUM DE INCURSIONES HETERODOXAS EN NUESTRA CONTEMPORANEIDAD.
Se ha posado un oscuro nubarrón
Sobre la mar diáfana.
EL agua tiene color de perla triste.
EL viento agita el mar, las olas rompen:
La mañana la llena su rumor continuo.
Vimos partir sin luz la última nave,
conocimos entonces el vacío en nuestras manos,
que nuestra única certeza se alejaba por el agua
bajo la luna envuelta entre tinieblas
mientras la ciudad festejaba más lejana.
El barro había cubierto nuestras botas,
mirábamos con ojos de melancolía
tras de aquella vivencia que escapaba
como un ave que remonta las alturas,
como un grito que se propaga estremeciendo,
como lágrima de una emoción profunda, rota,
sueño que al despertar se olvida, circunstancia
que desde entonces forjará el momento.
Las nubes de tormenta preñadas a lo lejos,
las húmedas ráfagas que traía el viento,
el recuerdo amargo de una despedida,
la carta que me dejaste guardada en el bolsillo,
la convicción de que aún lo arraigado pasa,
frágiles los más íntimos lazos,
sombríos los augurios cual la noche,
cuando la última barca tiene que partir
y la vida es sólo solitario tránsito.
Jaime Bayly se siente vejado, humillado, dolido... porque la presidencia del Perú le ha negado una embajada añorada, quizá en Ottawa o en Buenos Aires.... Jaime Bayly en realidad es un tipo que no tendría por qué lamentarse. Dice que a los treinta y pocos años ya obtuvo su primer millón. Muchos no hemos visto un millón en la vida, ni somos un personaje célebre televisivo ni firmamos ejemplares de nuestros éxitos literarios en las ferias del libro más afamadas. El problema de Bayly es que ha nacido en una familia rica y no está acostumbrado a perder. De hecho, vive en Estados Unidos donde nada tiene peor prensa que un perdedor. Tal vez si Bayly observara a quienes hemos sobrellevado la derrota, porque nos acompañó durante una infancia precaria, en una juventud rebelde en la que fuimos engañados, a lo largo de casi cuarenta años de trabajos forzados, donde quedaron postergadas cualesquiera tentativas de vocación literaria o, finalmente, cuando reunimos las suficientes fuerzas para asomar el esporádico cuello de alguna novela, algunos poemas reunidos, alguna crónica viajera...fuimos avocados al ostracismo de la indiferencia, a ese obstinado silencio que recibe aquel con quien no se cuenta para nada...entonces tal vez Bayly se confortaría con el célebre poema de Calderón: Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba... Feliz Bayly, que cuenta con un trabajo bien remunerado, una joven esposa, una familia, y se permite a menudo el capricho del viaje intercontinental, del algún reloj suizo o unas vacaciones en Bahamas. Por mi parte, de poco puedo alardear; tengo una pensión precaria, he escrito nueve libros que sólo me han procurado gastos de mi bolsillo, tengo un blog en internet al que nadie se suscribe, y por si fuera poco la lotería me es adversa. Venturosos los Alvaros Vargas Llosa que reciben embajadas, se codean con la mejor sociedad y pueden presumir de la memoria de haber tenido un padre ilustre.
Temerario me lancé al mar
y tuve la experiencia del naufragio,
Me cansé de batir con las olas
y palpé sus profundidades ciegas.
Era demasiada su vastedad
para abarcarla con mis cortos brazos,
sus abismos, sus corrientes, sus simas,
la variedad de especies, sus plantas,
sus algas y corales...
Conocía mi pequeñez solitaria,
el calado de sus espacios insondables
en los que sólo podría ser guiñapo
y la mar mortaja; sin embargo
braceé desesperado, confiando
en que todavía no había exhalado
mi último aliento, en que todavía
no se había escrito mi última palabra
ni proferido el último lamento.
La pleamar me devolvió a la costa
destrozado y exangüe, herido
con lesiones que sólo el tiempo
sanaría, sumido el ánimo
en la soledad de un silencio
que las palabras no pueden llenar,
y, en el corazón roto, el enigma
de un misterio que descifrar.
Qué esperabas encontrar en las cúpulas de San Marco...
¿ el peso de un tiempo que no pasa,de un tiempo detenido en sus aromas,
en una geometría de arcos y columnas
encerrada en artificios de añoranza,
entre el sabor de un viento salitrosoque trae el continuo sacrificio de la olas?
Los mármoles dormidos en la belleza
de su trazo bizantino, los claros días
cuando el sol penetra el vidrio
de sus colores en vibrante policromía.
Brillan las gemas de su ocaso
con la única actualidad del diario rito,
masacrado por viles muchedumbres,
entre rumores que vulneran su silencio
y la quietud de algún sepulcro solitario.
Babel de voces que nunca encontrarán
el punto del rencuentro y errantes
peregrinan los corredores del tiempo
desde el amanecer hasta el crepúsculo,
cuando el sol pesaroso lame las cúpulas
con su ungüento de mieles mortecinas.
Aglomeración de elementos y de eras
en el testimonio veneciano de sus piedras.
Conglomerado disperso que trajo el mar
y que luego divulgó el viento a lo remoto.
De costas olvidadas trajo un fundamento,
dejando que la historia urdiera en secreto
donde se conjugan lo fiero y lo sagrado,
la confianza de símbolo egregio,
sobre un azur de estrellas y de sueños.
Cae la sombra como un velo,
opacas se vuelven las jorobas de su techo,
mates los brillantes mármoles,
decolorados sus cromáticos juegos,
confusos los contornos de su geometría,
imprecisos sus segmentos,
flotando en la noche su cuadriga.
Parece no tener explicación
el laberinto que congrega su diseño,
el recargado dibujo que fue creciendo
encubriendo batallas, traiciones y tristezas,
aromas de santidad entre piedras que pudría
el lastre de los siglos con malogradas victorias
y el indiferente trascurso de los días.
Cuando entraste en la librería
( nadie diría que aquel encuentro
fue fortuito), sentí que me había
reconciliado con la providencia;
no esperaba que se abriera la puerta
de los deleites del deseo, tantos años
cerrada por la rutina del desengaño.
Lo más hondo de mí ansiaba dar el paso,
traspasar el vano de su promesa,
que se cumplieran al fin
tantas esperanzas incumplidas;
pero, por crucial el momento,
mi voluntad no obedecía,
encadenada a un destino de letra impresa,
para quien el amor sólo
es un argumento de novela.
La vida era un río que corría ajeno
tras de mi ventana, pero al que yo
no accedía, enrocado y marchito
tras mi torre de palabras,
de conveniencias y de terrores.
Parece tarde para el amor,
para recibir con bendición su milagro,
cuando su dulce gozo semeja anquilosado,
con el amargor de una colmena seca,
y el corazón velado de indiferencia.
El gato sueña en el alfeizar,
sumido en su mismidad,
dejando pasar al tiempo indeleble.
En su gesto impertérrito
parece no haber voluntad:
<<mientras tranquilo me halle
que más me da lo demás>>
El gato no siente lo ido
ni lo que vendrá. Nada
quiebra su majestuosidad
de ídolo oriental. Nuestra
presencia y las sombras
no lo conturbarán. Si acaso
el viento que trae cierto olor,
el sigilo fugaz de algún roedor.
Hay un momento cada día, cuando cago,
donde recuerdo que soy mortal;
que esos residuos son aciagos
y comparten concomitancia con lo fatal.
Su función nos tilda perecederos,
formados de elementos comunes
donde participamos compañeros
del excremento y lo vil. Runrunes
otros oiremos, porque alma en ellos anida,
pero cual a las heces será el hado,
irrevocable y servil, pudridero...
Y aunque en su carne y hueso se halla la vida,
por mucho que miremos hacia otro lado,
no separaremos lo corrupto de lo mortal
ni libraremos el cuerpo de su destino final
La muerte de dos mil hindúes en accidente ferroviario, aun tratándose de la mayor catástrofe de la historia del ferrocarril, es proporcionalmente menos transcendente que la muerte de dos mil indios sioux en cataclismo ferroviario o similar. Prevalece en ello una estimación cualitativa, en tanto que la equivalencia cuantitativa no exonera de que la pérdida de 2.000 sioux ( que colocaría a su especie en peligro de extinción) sea más gravosa que la de 2.000 hindúes de Cachemira, cuyo deceso tendría una mejor solución demográfica. El óbito de un vecino de Calcuta incide de forma menos resonante en este aspecto que la muerte de un Yanomami del Amazonas o de un aborigen australiano, esos que inventaron el boomerang y el canguro a la brasa.
El pasado nueve de junio se dio la noticia, aséptica como toda información de agencia: << Mueren dos mil indios en accidente ferroviario, que se prevé el más grave de la historia>>. Luego, precisando un tanto, se explicó que el accidente sobrevino al intentar esquivar el maquinista del convoy a una "vaca sagrada" que se había interpuesto en su trayectoria.
Queriendo dejar limpia su conciencia del espachurramiento de una sacra bestia india, el probo ferroviario ha cargado sobre sus espaldas con la masacre de dos millares de seres humanos. ¿ Dios lo quiso, como asimismo quiere la existencia de "vacas sagradas" y que los hindúes mueran por muchedumbres?
Es la "vaca sagrada" un emblema de la India, pese a su desmesurada cornamenta y su aislada jiba de camello mal desarrollado. En otro tiempo se señaló a esta hierática res como uno de los factores determinantes del hambre en la India, ante la prohibición rigurosa de consumir su carne y su leche y hacer uso de sus derivados. Pero esto siempre nos olió a cuerno quemado, asumiendo cual si fuera satisfactorio el supuesto de que tanto las autoridades como el pueblo indio son cortos de miras.
Fue una misionera española, de las muchas que transitan aquellos hemisferios, a quien escuche hace tiempo en una charla, la que me aclaró más o menos esta cuestión. Decía, en palabras aproximadas, que los presuntos adoradores de este animal "tabú" no aceptaban, a pesar de esa congénita resignación y peculiar filosofía oriental que se les reconoce, el arbitrio de las autoridades religiosas sobre la reserva de no ingerir la carne de "vaca sagrada", recayendo para el trasgresor la mayor severidad de los preceptos morales. El asunto no era tan obvio, y su complejidad radicaba (siempre según la misionera) en que las vacas indostánicas estaban, y suponemos que seguirán estando, tan flacas y famélicas como buena parte de la población hindú, y que aun sacrificando a todas las vacas del territorio, la carne resultante no daría ni para alimentar a la modesta comunidad cristiana de Bombay o Calcuta, y eso que ésta se conformaría con una ración de todo punto frugal.
Otro factor, junto a los ya citados de ineficacia gubernativa e invulnerabilidad del ganado bovino, que intervenía decisivamente en el problema subalimentario era el de la superpoblación, ese frenesí demográfico que nos retrata la India como una incalculable muchedumbre heterogénea, multicolor, pluriracial, venerando Budas en cuclillas, frecuentando templos mayestáticos, domesticando laboriosos elefantes grúa, y tocados con turbantes o resplandeciendo sus cráneos rapados bajo un sol de justicia, itinerantes en solemne procesión.
¿ Pero es el elevado índice de natalidad quizá una consecuencia de la torridez del clima o del celo de los dioses por poseer cada día más fieles que testifiquen sus obras y los defiendan de las deidades rivales; o sea, la pugna enconada entre Brahma, Buda y Alá? No han faltado las campañas gubernamentales encaminadas a poner freno a una irracional demografía. Pero todas las medidas propuestas, preventivas, pautales, farmacopeas o esterilizadoras han contado con el rechazo manifiesto de gran parte de la población.
Dos mil remotos muertos en la remota India aún nos suena tan lejano en la distancia como lejano en el tiempo lo hacen las guerras de Flandes. Y tiempo y distancia son los antídotos más eficaces para malos tragos y sinsabores. Dos mil remotos muertos en la India los olvidamos pronto, si nos atenemos al vértigo de nuestro siglo. La noticia de dos mil cadáveres sin nombre al descarrilarse un tren expreso, al sernos ofrecida como estadística impersonal, nos conturba menos que cualquier otra desgracia que nos toque mas de cerca, con las que a diario se nutre la página de sucesos. Aunque, al fin y al cabo, todo ello sólo conforma nuestras extrañas cuestiones rutinarias de parámetros y perspectivas.
Por mucho tiempo fuiste deseo en mi carne,
razón, propósito, sueño,
cubriendo toda la extensión
que abarcaba mi ternura,
rutina de voluntad, costumbre cotidiana,
soplo que mi aliento expelía,
cercana como el pensamiento,
gozo y tormento de corazón.
Hoy, sin embargo, miro en mi deseo
y no te contemplo, el destino que fuiste
contradijeron los hechos, su esperanza
cesó porque ya no se espera, lo que fuera
certeza, es ya memoria pasajera.
De ello es culpable el tiempo,
la inconstancia del deseo...
Acaso una máxima de Marco Aurelio.