En estos últimos tiempos anda uno un poco descentrado. Los acontecimientos políticos en España absorben buena parte de tiempo libre del que se dispone. Como no paran de surgir escándalos, se sigue preocupado y con consternación cuanto descubren los medios fangosos de la fachosfera. Ahora surge a primer plano la realidad de unos comportamientos que durante años ha ido calando el tejido social. ¿ Por qué las narices españolas soportan impasibles el fétido hedor circundante? Posiblemente porque se hallan acostumbradas a él, porque lo han ido respirando cotidianamente a lo largo de sus vidas. Ya señalaba Jesucristo el hedor de los sepulcros blanqueados. En el siglo XIX Nietszche anunciaba que habíamos aniquilado a Dios; En el XX, admitimos que habíamos destruido la Verdad, para quedarnos el el XXI con la "posverdad", que no es más que un burda mentira, un fantástico relato que no hay Dios que se lo crea.
Por mi parte creo que la solución a todo es la de replegarse eremítico a los personales intereses, laborar en aquello que nos hace crecer, pese a la resistencia de un mundo que trata de condenarte al mero silencio. No sé si los mecanismos de selección literaria adolecen de parejos vicios a los de otros sectores sociales. Sólo sé que he escrito 7 libros cuya repercusión ha sido menor a la de una hoja caída sobre la superficie del agua. Mis libros enmohecen en los anaqueles de las librerías, o sepultados bajo la avalancha de títulos que se ofrecen por internet, sin despertar nunca al lector de su desconocimiento o indiferencia. Teniendo como tengo más o menos el pasar resuelto, se insinúa la tentación de arrojar la toalla. Incluso el irrepetible Michael Jordan tuvo su momento de duda. Pero de una cosa estaba seguro: de que nadie podía hacer con el balón lo que él hacía. Algo me hace sentir que como él yo también puedo hacer algo especial con el lenguaje, en la novela, en la poesía, o cualquier otro género. Hete aquí que me asalta la fe de que lo que he escrito hasta ahora no es del todo desdeñable, que no desmerece en nada de lo que muchos otros con éxito multitudinario han publicado. No se podrá decir que me apego a la poltrona del éxito fácil; prometo por tanto que seguiré escribiendo, aunque sólo lo sepa yo, unos pocos felices, Dios.