Hoy he comprado una edición de segunda mano de Los versos del capitán, de Pablo Neruda. Parece ser que la primera edición se publicó sin la firma del autor, osease sin el hombre del autor en la portada. El libro nos viene a recordar sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, sólo que estos versos con galones parecen estar dedicados a una sola mujer y a un único amor compartido. Curiosamente se publican después de su poemario más ambicioso, El canto general. Nacen de su relación con Matilde Urrutia, antes de su ruptura con Celia del Carril. Poseen, por tanto, tales estrofas una conciencia adulterina, aunque en ellas parezca renovarse el amor. Reconozco en su desarrollo la fertilidad de la pluma de Neruda que sabe exprimir el máximo jugo de sus vivencias.
Yo, que ya rondo los setenta, advierto que dedicar un libro entero a una sola mujer resulta algo indecoroso, tal vez abrumador, redundante cuando menos. Y es que a estas edades lo del enamoramiento se presenta como un recuerdo vago de otros tiempos, como una piedra en la que se evita volver a tropezar, y que si, pese a todo, se diera nuevamente carecería del fuego devorador que reviste en la juventud. Me parece excesivo dedicar por entero un libro de poemas a una sola mujer, no por una reserva ante la sentimentalidad del poeta, sino no por consideración al lector, que quizá juzgue monótono abundar en una misma emoción, con reiteraciones que acaso resulten faltas de tacto o acaso presuntuosas.