No pueden existir lealtades por encima
de la Verdad, la Libertad, la Justicia;
Si acaso Dios, que es compendio de todas ellas.
ÁLBUM DE INCURSIONES HETERODOXAS EN NUESTRA CONTEMPORANEIDAD.
No pueden existir lealtades por encima
de la Verdad, la Libertad, la Justicia;
Si acaso Dios, que es compendio de todas ellas.
A esa foto antigua
del joven de uniforme,
con presencia lánguida
y mirada distraída
en hondas lejanías,
como sopesando íntimos temores.
Aún no había recibido
tu trayecto indeciso
las peores heridas,
los más amargos desengaños,
su reservada porción de dolores.
Su carrera de soledades comenzaba;
todavía la inocencia intacta;
desconocida aún la dura
fatiga del deber ser,
la lealtades perdidas
y los insolidarios denuestos.
Hoy veo en tu faz al Ecce homo
al que en algún momento
deberemos parecernos.
Tu frágil constitución,
tu inconsistencia ensoñadora
ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos,
el mirar incierto de quien
sin proponérselo indaga su porqué
y aguarda el día cuando la justicia
alcance el equilibrio.
.
Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y viejos bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera.
En estos últimos tiempos anda uno un poco descentrado. Los acontecimientos políticos en España absorben buena parte del tiempo libre de que se dispone. Como no paran de surgir escándalos, se sigue preocupado y con consternación cuanto descubren los medios "fangosos de la fachosfera". Ahora cobra un primer plano la realidad de unos comportamientos que durante años ha ido calando el tejido social. ¿ Por qué las narices españolas soportan impasibles el fétido hedor circundante? Posiblemente porque se hallan acostumbradas a él, porque lo han ido respirando cotidianamente a lo largo de sus vidas. Ya señalaba Jesucristo el hedor de los sepulcros blanqueados. En el siglo XIX Nietszche anunciaba que habíamos aniquilado a Dios; En el XX, admitimos que habíamos destruido la Verdad, para quedarnos en el XXI con la "posverdad", que no es más que un burda mentira, un fantástico relato que no hay dios que se lo crea.
Por mi parte creo que la solución a todo es la de replegarse eremítico a los personales intereses, laborar en aquello que nos hace crecer, pese a la resistencia de un mundo que trata de condenarte al mero silencio. No sé si los mecanismos de selección literaria adolecen de parejos vicios a los de otros sectores sociales. Sólo sé que he escrito 7 libros cuya repercusión ha sido menor a la de una hoja caída sobre la superficie del agua. Mis libros enmohecen en los anaqueles de las librerías, o sepultados bajo la avalancha de títulos que se ofrecen por internet, sin despertar nunca al lector de su desconocimiento o indiferencia. Teniendo como tengo más o menos el pasar resuelto, se insinúa la tentación de arrojar la toalla. Incluso el irrepetible Michael Jordan tuvo su momento de duda. Pero de una cosa estaba seguro: de que nadie podía hacer con el balón lo que él hacía. Algo me hace sentir que como él yo también puedo hacer algo especial con el lenguaje, en la novela, en la poesía, o cualquier otro género. Hete aquí que me asalta la fe de que lo que he escrito hasta ahora no es del todo desdeñable, que no desmerece en nada de lo que muchos otros con éxito multitudinario han publicado. No se podrá decir que me apego a la poltrona del éxito fácil; prometo por tanto que seguiré escribiendo, aunque sólo lo sepa yo, unos pocos felices, Dios.
Han vuelto las palomas
y han llenado de cagadas mi balcón.
Pero a pesar del apestoso augurio
el sol ha brillado vigoroso
como suele en los epílogos de primavera.
Desde el cenit nos observa
con mirada indiferente,
luciendo impertérrito
sobre el acontecer humano.
Quisiéramos que por una vez
nuestro pasar no fuera efímero,
a cuyos azares el astro es ajeno,
y que en algún lamento o cierto gozo
su calado penetrara las entrañas
palpitantes de los vivo.
No veo en este retornar de las palomas
nada romántico, pese a su albo plumón,
pese al bíblico vuelo con que se posan
y a su zureo misterioso.
No deja de ser esta invasión colombina
otra señal que recuerda nuestra impotencia,
la resignación a un destino
ante el que nos vemos inermes
y que se cumplirá pese a todo denuedo.
Volvieron la blancas palomas
en mi balcón sus heces a dejar,
pero no trajeron venturosa primicia
de trinitaria aureola
sino hedor de estercolero
con su escatológica renuncia,
tomando mi balcón por palomar.
En época de Franco y principios de la democracia en España, propulsados por el milagro de prosperidad de los años 60, los trabajadores tuvieron acceso a su plato de proteína diaria, a una vivienda propia, un modesto utilitario, y los más ahorrativos, o los pluriempleados, a una segunda vivienda o a algún terrenito en el que cultivar sus sueños oligarcas. El socialismo ha malogrado todo eso, ha vuelto ha revivir la pesadilla de ricos y pobres, culpable de todas las miserias del siglo XX.
Hoy he comprado una edición de segunda mano de Los versos del capitán, de Pablo Neruda. Parece ser que la primera edición se publicó sin la firma del autor, osease sin el hombre del autor en la portada. El libro nos viene a recordar sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, sólo que estos versos con galones parecen estar dedicados a una sola mujer y a un único amor compartido. Curiosamente se publican después de su poemario más ambicioso, El canto general. Nacen de su relación con Matilde Urrutia, antes de su ruptura con Celia del Carril. Poseen, por tanto, tales estrofas una conciencia adulterina, aunque en ellas parezca renovarse el amor. Reconozco en su desarrollo la fertilidad de la pluma de Neruda que sabe exprimir el máximo jugo de sus vivencias.
Yo, que ya rondo los setenta, advierto que dedicar un libro entero a una sola mujer resulta algo indecoroso, tal vez abrumador, redundante cuando menos. Y es que a estas edades lo del enamoramiento se presenta como un recuerdo vago de otros tiempos, como una piedra en la que se evita volver a tropezar, y que si, pese a todo, se diera nuevamente carecería del fuego devorador que reviste en la juventud. Me parece excesivo dedicar por entero un libro de poemas a una sola mujer, no por una reserva ante la sentimentalidad del poeta, sino no por consideración al lector, que quizá juzgue monótono abundar en una misma emoción, con reiteraciones que acaso resulten faltas de tacto o acaso presuntuosas.
Sé que el recuerdo sepulta las palabras
pero su médula se incrusta
en lo callado y allí permanece
hasta que la voz, sin quererlo, la emite.
No puede callar la queja, ni solapar tristeza,
no puede ignorar la dicha, tampoco
la esperanza cuya fe abraza, la nostalgia
de momentos que justificaron lo amargo,
la llama ávida del deseo, la resonancia
de su voluntad en la garganta, el grito
desesperado con que alcanzar lo cósmico,
la miel del amor en la flor de los labios,
lo no nombrado en el alma de un verso.
Desde algunos sectores ideológicos se aboga por un reparto justo e igualitario. Nos asalta una duda: Es lo igualitario justo?
Ni un Mañara ni un Tenorio he sido,
De mustio laurel se coronó mi fama.
Más que seductor fui seducido,
su modesto pasar mi leyenda proclama.
No compartí la suerte de Aquiles
ni cabe aguardar que mis días sean largos,
Fue mi afán no contar entre los viles
y un legado falto de frutos amargos.
Si algún mal hice lo purgó mi carne
con el peso largo de la desdicha.
Lo mejor que supe apañé sus trizas.
Que mi sendero de Dios no se aparte
y prevalezca de la virtud su hambre,
deseo que vida noble garantiza.