...traigo conmigo el sudor de muchas leguas,
el polvo adherido a los andrajos,
los alacranes agarrándose a los zapatos,
y el sol,
el sol tórrido aplastando mi entusiasmo,
resecando la saliva,
debilitándome hasta el último aliento,
avistando un horizonte difuso como un espejismo,
avanzando por un sendero pedregoso de incierto destino...
pero no dejaría de andar;
andar me justifica, andar
hace razonable el absurdo,
confiere un propósito al silencio que acompaña,
encuentra su motivo en sortear los escollos del camino;
paso tras paso se crea una conciencia de meta,
se descubre otra perspectiva.
Puesto que ando, existirá un momento necesario
donde mi zancada se detenga...
mi misión concluye cuando la ruta acabe;
su más allá no me compete.
Ahí reside la finalidad de andar.
Caminemos, pues...
tengo por seguro que si prosigo la marcha llegaré a alguna parte,
veré otros días que me esperan
en climas templados sin rigores
donde refresque la delicia de una fuente,
donde el sol suavice sus ardores
y el pleno día remita su castigo
dando paso al remanso benigno de la tarde,
a cobijo de una sombra amable
que alivie del esfuerzo mantenido.