JULIO II, EL PAPA GUERRERO: III

JULIO II, EL PAPA GUERRERO: III
                                                                 JULIO II, PAPA

Es obvio como la memoria de los tiempos imperiales alentaba la época renacentista. ¿ De quién sino del gran Julio César tomó el nombre Giulliano della Rovere al ser elegido? El modelo de esta colosal figura pagana impulsó las metas de su reinado, donde esta influencia del mundo clásico se asocia a los fundamentos cristianos de la iglesia, cobrando su expresión culminante en la bóveda de la Sixtina, pintada por Miguel Ángel. Durante su gobierno, no obstante, se conservaron muchos de los defectos que caracterizaron a sus predecesores; si bien se puso coto a nepotismos y simonías, otros vicios secularizados en la iglesia continuaron dándose y en notorios aspectos el alejamiento de las premisas del evangelio fueron evidentes. En dos cuestiones difería, sin embargo, de quienes le precedieron: su intención nada egoista de engrandecimiento de la iglesia y su firme voluntad de consolidar su ascendiente entre las naciones; a ello contribuía el fuerte empuje de su arrolladora personalidad, con la que se granjeó el título de pontifice terribile. Consciente de las mermas tanto materiales como espirituales que abatían la iglesia, se propuso paliar ambas carencias con los recursos que estaban en su mano: batallando en todos los frentes de Italia, anexionándose ciudades y expandiendo sus territorios, y con la promulgación de un concilio. Ambas metas fueron alcanzadas en parte, pues sus fonteras se prolongaron hasta Ravena, amenazando a Venecia, si bien su estrategia coleó al inmiscuir en su política a las potencias extranjeras, cuya ingerencia culminó con el saco de Roma y puso en entredicho la misma autoridad del papa. En el gobierno espiritual, por su parte, el alcance fue relativo; su concilio lateranense, pese a liberar temporalmente a la iglesia de sus abusos y lacras intestinas, apenas suplió las radicales demandas que exigía el orbe cristiano. De este tiempo data el paso del monje agustino Martin Lutero por Roma, donde constató el corrompido comercio con que se malvendía la salvación de las almas. La prodigalidad de la indulgencia mal entendida y la veneración cuasi supersticiosa de la reliquias habían tergiversado el entendimiento lúcido y evangélico de la Fe.


                                                               JULIO II EL MECENAS

Todos los grandes monarcas se han valido de ostentosos símbolos que dieran constancia de las ambiciones de sus políticas. Julio II no fue menos, y se propuso una tarea colosal, digna de épocas faraónicas. Decidido a demoler el viejo San Pedro y construir en su lugar una nueva basílica que justificara la grandeza de la iglesia, se rodeó de los más grandes arquitectos y artistas de su tiempo. Basándose en las formas geométricas puras-el cuadrado y el circulo-del ideal humanista fundamentó su sueño. La nueva Roma se convirtió en el Parnaso donde se alcanzaron cotas irrepetibles del arte de occidente. Tomando a Bramante y Sangallo como arquitectos y artifices de ese sueño, hizo venir de Florencia a Miguel Ángel para que construyera la magnificencia de un tumba no igualada hasta entonces. El proyecto constaba de cuarenta estatuas de mármol que embellecerían la mole del magno mausoleo situado bajo la imponente cúpula, de un diámetro tal que eclipsaría a la misma de Florencia. Acaso el decoro ante el desafuero de la excesiva vanidad, lo hizo desistir de tan ostentoso proyecto, empleando acto seguido la energías defraudadas del escultor en una obra de no menor belleza y repercusión: la bóveda de la Sixtina, donde se relata en escenas independientes el libro del Génesis, pero concretado en un todo unificador mediante el concepto de potenza, que encarna el ideal imperante. Coetáneas fueron en su culminación las Stanze de Rafael, soberbio legado de un espíritu y una época, en cuya sala de la Signatura se compendia el milagro ático de su siglo.
Se dice que por el fuego de la mirada del Moises, insuperable homenaje de Miguel Ángel a Julio II en su sepulcro de San Pietro in Vincoli, nos contempla el enigma del papa muerto.

REGRESAR A DOSTOYEVSKI

REGRESAR A DOSTOYEVSKI
Existe una literatura que, para nosotros los europeos más occidentales, ejerce una considerable fascinación, y ésta es la rusa. No podemos achacar tal atracción a otra consideración que a su exótica espìritualidad, en la cual prima claramente su carácter oriental. Porque a nosotros los occitanos nos encanta soñar el oriente. Es, sin embargo, la rusa una orientalidad bien influenciada por la impronta europea, que es, según parece, lo que sus clases dirigentes desean ser, claudicando a la aristocrática universalidad del pianoforte en detrimento del timbre popular de la balalaika.

De siempre la rusa es una literatura que me ha encantado. Puede que mis primeros pasos como joven lector fueron guiados por el atractivo que sobre mi ejercían las novelas de Dostoyevski; el ruso, para mí, fue en la literatura  lo que significó Beethoven en la música. Ambos fueron mis primeros ídolos culturales. Durante mi adolescencia leía con fruición las obras del uno como escuchaba las del otro. Lo que más me atraía de las novelas del ruso era su atmósfera, la colosal envergadura de una obra que nos hacia entrever un mundo alucinado, constreñido por una latente religiosidad y una eticidad en carne viva. La obra de Dostoyevski denota el mismo calado que la de Esquilo; enseña la dimensión de un pueblo luchando contra un destino, y en ese sentido es trágica. En sus dramas, los personajes se nos antojan enfebrecidos, naufragados por el río de la historia que los sobrepuja y que los arrojará finalmente a esa playa del despertar de la conciencia. Dostoyevski, profundamente espiritual, sabia que de la historia su aliento y meta son designios de Dios. Alcanzó una lucidez que acaso no supieron compartir ni comprender sus contemporáneos, entre los cuales acaso sólo Tolstoi alcance su grandeza. Se puede hablar de Gogol, Goncharov, Turguenev, pero tal vez no den la talla.
 Sueño con volver algún día a los dilatados placeres de dejar inundarse por las extensas novelas de Dostoyevsky, vacilar con los pasos sigilosos de Raskolnikov  ascendiendo la lóbrega escalera que conducia al rellano donde habitaba la vieja usurera, compartir la pasión destructiva de El Jugador, penar con los reclusos de La casa de los muertos, compadecer la clamorosa ignominia de los Humillados y Ofendidos, reconfortarse con el espíritu puro del Idiota, conspirar con Los demonios o complatir esa complicidad con las pasiones edípicas de Los hermanos Karamazov. Porque como tanto y a tantos acontece, las vivencias literarias son tan vigorosas o más que lo puedan ser las de la propia vida. Como ahí está aquella de Byron, cuando nos recuerda que más que la de un amigo le dolió la perdida, el trágico fallecimiento, de Lucien de Rubemprè, en la Ilusiones Perdidas, de Balzac.

JULIO II, EL PAPA GUERRERO: II

JULIO II, EL PAPA GUERRERO: II
                                                   EL CAMINO HACIA EL PODER

Giuliano della Rovere, el futuro Julio II, se forjó en los avatares de esa Babilonia corrompida; aunque le tocó contemplar la entronización de varios papas (Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III),  nunca vaciló en la presecución de su meta. Ante su impotencia, tuvo que doblegarse al encumbramiento de los Borgia, sus grandes rivales. Rodrigo Borgia, por entonces el cardenal más acaudalado de la curia, sobornó al resto del cónclave para ser elegido. Asentado en el poder, desarrolló idéntica política que sus antecesores pero con, si cabe, supina ambición. Situando a sus hijos en los puestos de mayor relevancia-hizo a uno gonfaloniero y al otro cardenal-, en ellos  las ambiciones de la iglesia se confundieron con las de un pretendido imperio y su casa. Los vicios de la corte, sobre los que la leyenda ha cargado sus tintas, posiblemente sobrepasaron a los de sus predecesores y sus manejos políticos contaron con el crimen como respaldo. Cuando precisaban del disimulo para sus porpósitos, no renunciaban a la acción solapada del veneno, del cual, a la postre, ellos mismos serían sus víctimas. Su atropellada carrera alcanzó su carácter más desbocado tras el asesinato del duque de Gandía y la asunción de César de la máxima autoridad militar. Contra ellos batalló Giulliano della Rovere en todos los frentes, arruinando el sueño imperial de una Romaña para los Borgia. Porque en la voluntad decidida y pragmática de César había encontrado Alejandro VI la sublimación de sus aspiraciones, enmendando esa insuficiencia del trono de Pedro con la prolongación de una dinastía. César  había preparado el camino suprimiendo a todo aquel que se interponía a sus ambiciones, con ayuda de su lugarteniente Miguel de Corella. En Sinigaglia dio su golpe maestro, comentado por Maquiavelo en el principe. Allí la sangre de los Orsini, los Vittelli, los Fermo fue derramada. La generalización de la guerra dio paso a que las potencias extranjeras intervinieran en Italia, recayendo en parte dicha responsabilidad en el futuro Julio II.

La leyenda de los Borgia como señores indiscutibles de Roma encontró su desenlace, según algunos, durante la celebración de un ágape en la villa del cardenal Adriano de Corneto, posterior loador del papa Julio, donde acaso por mediación de algunos criados sobornados llegaron a la mesa unas botellas de vino envenenadas. A juicio del cronista Buchardo, comensal en dicho banquete, fue, sin embargo, el contagio de unas fiebres malignas que diezmaban Roma las causantes de la fatal agonía a la que sucumbió Alejandro VI. Muerto el papa, la capacidad de maniobra de su hijo César quedó deguarnecida, sin el indispensable apoyo institucional, y no tardó en claudicar ante sus encarnizados enemigos. El camino para Giulliano de la Rovere, que habia jugado con inteligencia sus cartas, quedaba  expedito; tras el efímero mandato de Pío III, fue papa electo.


                                                                                                                             CONTINUARÁ...

JULIO II, EL PAPA GUERRERO: I

Conocemos la imagen de Julio II a través de los variados ejemplos que de su figura nos ha legado el arte: desde la palaciega prestancia del hombre maduro en el entorno de su tío Sixto IV de Meloso da Forli al retrato ya senil pintado por Rafael, hoy en la National Gallery de Londres. En ambas se adivina la firmeza del carácter afianzado en sólidas y ensimismadas convicciones, sin cuyo impulso no hubiera podido llevar a cabo una obra ambiciosa. Conocedor de todas las lacras que diezmaban Roma y del funcionamiento de los resortes del poder, asimilado durante una larga y agitada experiencia como cardenal en la sede de San Pietro in Vincoli, su elevación al solio pontificio supuso un giro afortunado para la iglesia y un fortalecimiento de su autoridad temporal, que ya era bastante para una institución donde se habia olvidado su primordial cometido: la propagación y sostenimiento de la obra redentora de Cristo.
                          
                                         EL PAPADO DE SIXTO IV

Sixto IV, conocido hoy más como el papa que mandó construir la capilla Sixtina, sobria estructura entre bastiones de fortaleza, más refugio castellano que templo de culto, rebajó la silla de Pedro a principesco sitial palaciego, dando cabida en su gobierno a todas las vilezas y corrupciones tan comunes a las cortes quatrocentescas. La elección del vicario de Cristo se habia degradado poniéndose en venta al mejor postor, mercadería sólo al alcance de las familias más significativas de Italia, que la utilizaron en provecho de sus intereses egoistas. Aunque los della Rovere, oriundos de una pequeña aldea próxima a Savona(Genova), no podían alardear de noble origen, su pujanza y astucia les procuró un acceso rápido al poder. Una vez Sixto en el Vaticano, se rodeó del apoyo interesado de sus parientes, esos sagrados lazos familiares que encuentra  un equivalente en la Italia de hoy en lugares tales como los círculos mafiosos; sus flamantes nepotes, unidos por vínculos de sangre, acapararon los órganos decisivos de la curia y se repartieron sus prebendas; los beneficios de la tesoreria pasaron a engrosar las arcas familiares. A destacar entre la infausta crónica de sus intrigas, la complicidad en la conjura perpetrada en Florencia contra los Medici por los Pazzi, a cuyos aceros homicidas sucumbio Giuliano y Lorenzo escapó de milagro. Bajo auspicios de Sixto, se creó también  la inquisición en España, con la consecuencia amarga de la expulsión de los judios del territorio, y se distinguió con el sobrenombre de "católicos" a Isabel y Fernando; comunes se hicieron durante su pontificado la emisión de bulas e indulgencias.

Pero todas las políticas encaminadas al fortalecimiento y provecho de sus casa, que precipitaron a la península itálica a encarnizadas contiendas, extendiendo miseria y hambre entre la población, se enfrentaron al final con la realidad de que la tiara pontificia no era hereditaria. A su muerte, el ambicioso Sixto IV tuvo que legar el resultado de sus ímprobos esfuerzos en manos de quienes, posiblemente, fueran sus adversarios, como de hecho fue su sucesor, el Cibo Inocencio VIII...


                                                                                                                       CONTINUARÁ


EL CALENDARIO DE CANALETTO

Hoy me he encontrado ante la disyuntiva de adquirir un calendario. Reconozco que respecto de los almanaques soy bastante conservador. Puede asegurarse que mis gustos son moderadamente decentes. En ningún modo condeno las sugestivas láminas de ninfas exhibiendo las íntimas desnudeces, pues en muchos casos los encantos de tales beldades resultan convenientemente estimulantes; pero tengo suficiente con admirarlas en las paredes  del vestuario masculino de la empresa, pues es bien sabido que las lascivias son compatibles con la grasa de los talleres, los sudores del tajo, y  los diversos marrones del viacrucis laboral. En mi hogar, prefiero una iconografía de mayor comedimiento, que de algún modo aliente la moralina burguesa. Espero a que lo que entre por el ojo promueva argumentos edificadores para el espíritu. Porque, para mí, el hogar constituye ese oasis en el desierto del mundo, al cual regresamos para saciar en sus manantiales la sed que nos procura el devastador ejercicio del vivir. Y a tal fin, me gusta rodearme de cosas que vuelvan algo más placentero el breve tránsito por este valle de lágrimas.

Pero volviendo a los calendarios, diré que en estos prolegómenos del 2013 me veía carente de dicho complemento, pues el calado de la crisis por la que está naufragando España también ha mermado las ediciones de artículo tan necesario. Antes, en cualquier establecimiento, en los albores del año, se obsequiaba al cliente con un ejemplar para remachar la felicitación festiva, que a sus vez servía de reclamo del negocio, y si era de dígitos grandes aprovechaba uno para colgarlo de la pared del salón, del despacho o la oficina y así seguir filosóficamente el cardinal desgranar de nuestra vida. Ante esta coyuntural racaneria del comercio, me he visto en la situación de adquirir uno, no como obsequio sino como transacción.

El adquirido, puede decirse que es un calendario de lujo; es uno de esos que reproducen obras de los maestros de la pintura, de la fotografía o del cine. Tal tipo de calendarios son muy populares en Italia, de donde siempre que la visito suelo regresar con alguno dentro de la maleta. Pero de entre todos los calendarios que habia en el expositor esta tarde eran, primordialmente, cuatro los que llamaban mi atención. Curiosamente, o no tanto cuando reflexiono sobre mis gustos e inquietudes, los cuatro eran de arte. Dos de ellos, reproducian obras geniales de Dalí; el tercero recopilaba paisajes de Klimt, faceta de este artista que hasta cierto punto desconocia, aunque de sobra nos sintamos desbordados por ese alubión publicitario y comercial de El Beso, y el cuarto recogia alguna de las veduti menos populares del Canaletto. La elección estaba, pues, bastante reñida. De Dalí reconozco la genialidad de su dimensión: cuadros llenos de arrebatada fantasía, que nos hacen entrever tras el velo preocupante de lo onírico los esquemas lúcidos o contradictorios de lo sagrado. En cualquier caso, su vigoroso virtuosismo de lo imaginativo en el arte lo considero con un cierto sobrepeso de frialdad contemplativa, que no acaba de calarme en lo más íntimo. Por su parte el ejemplar de Klimt, contaba con la baza para mí de lo novedoso, lo fulgurante; por un momento me cautivó su simetría del color, su inocencia geométrica que tiene atisbos de Cezanne pero que destila un acentuado almibar naif, que no acaba de gustarme. Encuentro en ese capcioso encanto vienés algo de insincero oropel, de destellos de hojalateria y artificio boticcelliano. En resumen, que no titubeé más en decidirme y opté por el viejo Canaletto, con sus vistas de la incombustible Venecia luciendo su guardarropia de gran dama que siempre deja la nostalgia de su fragancia en aquellos que intentaron conocerla más a fondo y creyeron degustar sus deleites secretos, aunque honorables, de altiva cortesana.

El HOMBRE TRANQUILO DE JOHN FORD

El HOMBRE TRANQUILO DE JOHN FORD
Vano resulta reseñar a estas alturas las excelencias del film de John Ford, El Hombre Tranquilo. Me limitaré no a una crítica especializada, para la cual tal vez no me creo preparado, sino al comentario personal, en el cual exponga para el lector algún nuevo matiz que capte su interés.
Igualmente superfluo considero dejar sentado que Ford creó una de las filmografias más sugestivas y convincentes del cine americano. Son muchos sus seguidores, que han transformado en objeto de culto tanto sus virtudes evidentes como sus discutibles veleidades. Pero es que con la figura de Ford ocurre como con la de tantos otros, que se presta a las más variadas lecturas, muchas de ellas contradictorias. Todos apostamos por el Ford del Joven Lincoln, o El Delator, o de Qué verde era mi valle, en donde nos deja entrever al hombre conmprometido con la más candente modernidad; pero se nos vuelve incomprensible el de las raras excentricidades como en  The Sun shine bright, con su retrógrada añoranza por el viejo Sur, ese que solo se puede justificar desde una óptica de outsider, recalcitrantemente romántica. Pero ambas únicamente pueden conjugarse si reconocemos al John Ford "poeta".

En El Hombre Tranquilo es donde mejor se manifiesta esta vertiente del Ford poeta. Porque hay que admitir que el director poseía una gran versatilidad para conjugar el drama con lo poético. Con tal virtud destacan Pasión de los fuertes y algunas de las partes de su wenstern más redondo, Centauros del Desierto.En el film El Hombre Tanquilo, abundando más en ello, aun estando el artificio dramático bien emsamblado, le sobrepuja de una forma clara la evidente cualidad lírica. Nunca la verde Irlanda fue tan sesiblemente cantada. Con su temperado pulso, que no decae, nos conduce con mirada subjetiva hasta el corazón de esa Irlanda más evocada que real. Ford no duda en detener la acción para recrearse en ese lirismo que del primer al último fotograma impregna el film. Su mirada añorante penetrará hasta el último rincón de Inishfree, para revelarnos el retrato de esa comunidad cerrada pero satisfecha de su identidad y revestida de una autenticidad plena. Valiéndose de una impecable historia de amor, desgranará todos los sugestivos momentos del romance, candente de sensualidad y erotismo. Pocos han sabido reflejar el erotismo, del cual rebosa el film, con la maestría que Ford lo insinúa. Pocas secuencia en la historia del cine se encuentran más arrebatadas de sensualidad que. la escena del cementerio en El Hombre Tranquilo, cuando John Wayne abraza a Maureen O´Hara mientras la lluvia copiosa cae sobre ellos, rodeados por un lúgubre escenario de lápidas y cruces celtas. A través de la camisa empapada de Wayne se refleja, como nadie lo ha descrito, la naturaleza de ese placer doliente del erotismo. Elemento que, junto a esa manera magistral de contar una historia poblada de carácteres y paisajes entrañables, hacen de The Quiet Man esa película inolvidable.

El CAFÉ GIJÓN DE UMBRAL

El CAFÉ GIJÓN DE UMBRAL
Estoy leyendo en estos días la obra de Francisco Umbral donde evoca los tiempos míticos del Café Gijón. Porque el Gijón ha quedado en España por antonomasia como el paradigma de los cafés literarios. Allí se coció y se fraguó gran parte de nuestra literatura, entre cafés con leche y copas de anisette.
Pero el Gijón de entonces era bien distinto al del de ahora. Para empezar, contaba con una nutrida concurrencia que abarrotaba sus mesas, en medio de una atmósfera asfixiante de distintas calidades de humos de tabaco, emanaciones fisiológicas y otras exhalaciones líricas: diríase que su numen iba polinizando de cerebro en cerebro como un juguetón amorcillo, como esos algo cursis que se gastaba el Rosso Fiorentino. En una de sus noches de gloria, el Gijón era un hervidero, y las diferentes tertulias allí radicadas competirían entre sí sobre la calidad de sus debates, de tanta enjundia casi como los que tenían lugar en el Ateneo.

El libro de Umbral es un viaje por ese ya periclitado Madrid literario de los sesenta, frecuentado por tantas personalidades que hoy, desafortunadamente, han desaparecido. Frente al marmol de las mesas del café, uno podía tropezarse con Cela, Gerardo Diego, González Ruano,  García Pavón y todo un largo elenco de novelistas, poetas, dramaturgos y cómicos, en una época en donde aún primaba la confraternización social y literaria. Hoy todo ese mundo ha desaparecido; la literatura se ha despojado de mucho maquillaje y poco le queda de ese confortador aditamento de la vanidad. Hoy las letras se han atrincherado tras los engendros tecnológicos del despacho, y ya solo se deja ver en el protocolo editorial, la firmas en los grandes almacenes y las ferias del libro.

En verdad, aquella vitalidad del Café Gijón hoy se ha extinguido. Aunque aún sobreviven nostálgicas reminiscencias en forma de retratos y onomásticas placas que cuelgan de sus paredes; también subsiste la convocatoria anual del premio de novela Café Gijón, galardón al que todavía tienta presentarse. Por lo demás, si hoy acudes al Gijón te encontrarás con un mausoleo casi vacio, al que su correcto servicio trata de preservar el prestigio perdido, manteniendo de punta en blanco el escenario inefable de esa España que se nos fue, y de una gloria literaria que, solo gracias a los libros como el de Umbral, logra sustraerse al olvido y al instrumento momificador del tiempo.

OVIEDO EN EL CORAZÓN

OVIEDO EN EL CORAZÓN
En Oviedo, por esa barrera fonteriza que imponen sus montañas, se tiene la sensación de encontrarse hasta cierto punto aislado, enclaustrado en su provincianismo de arrecogía, como acaso así se sintiese Ana Ozores bajo las premáticas de su diocesis. Oviedo se deja querer, denotando esa tolerancia de ciudad amable, hospitalaria con el visitante. El asturiano es ensimismado, hasta orgulloso, aireador de su noble estirpe de Pelayo y alardeador de su pedigrí de godo; pero en ningún caso la sangre llegará al río, siempre y cuando este no sea el Guadalete. En su fuero, no encontraremos el desarraigo catalán o vasco y en ningún caso renegarán de España, porque ellos son España, la España más genuina.

Cuando yo llegué a Oviedo por primera vez, la ciudad seguía oliendo a heno fresco; su perímetro estaba invadido por el campo asturiano, con sabor a vaques, a sidra y a eucalipto; las brisa constantemente traía el olor leguminoso de la hierba tierna, la destilación humeda de la lluvia, que era casi constante. Se contaba con tener un hórreo cerca, el grasoso sabor de la leche recién ordeñada de algún caserio, la umbría ensoñación del bosque continental, la intrépida gelidez de las cumbres y la evocación de un paisaje incomparable que hablaba de saudades. En Oviedo transcurrí todo un año, no recuerdo cuál, pues hace más de treinta. Fue un periodo de penuria, afortunadamente con cierto carácter interino. Tuvo sus más y sus menos, aunque destacando en proporción más la resta. Tuvo sus humillaciones y sus exaltaciones; en cualquier caso el trepidar de una vida joven rezumante de esperanza, que ciertos títeres engalonados tenían tentaciones de coartar. El resultado final no fue muy halagüeño, pues llenó mi destino de incertidumbres y mi voluntad de hábitos alcohólicos.

Pero volvamos a Oviedo. La ciudad es grata de patear. En sus itinerarios nos acompañarán sus mil años de historia. Desde sus pedestales nos mirarán a la cara Pelayos y Fruelas, Alfonsos, Ramiros y Ordoños. Al rememorárlos, ensoñaremos una corriente vivaracha salvada por un puente, tal vez romano, del eje de cuyo ojo pende una cruz. Lo que contemplamos,  no obstante, será la vieja capital Cangas de Onís, desbordante de memorias seculares. En Oviedo, claro está, tales calendas permanecen acalladas. Quedan reducidos vestigios de tales periodos, circunscritos a la catedral. De esa época dorada esplende de forma ejemplar la cruz de la Victoria, en la camara Santa, reducto de esa ciudad pionera que fundara Alfonso el Casto.

En la Oviedo de hoy se padece ese sosiego, algo monótono, de la vida desvaída de provincias; pero cabe contar con los placeres más inmediatos: por ejemplo, el del paseo tranquilo por la rememorada Vetusta de calles furtivas y adoquinadas, desde la plaza de la Catedral a la del Ayuntamiento. Antes de acabar el recorrido, entraremos en el bar-restaurante Sevilla, antiguo café Sevilla, para reconfortarnos con unas fabes con almejes y reponer fuerzas para continuar nuestro errático vagabundeo, que concluirá en la plaza del Fontán. Allí, admiraremos la Oviedo más tópica, remansada en los olvido de los lustros y temerosa de perder su conciencia pueblerina. Junto a ésta, abre sus puertas el vivo mercado, que da fe de su pintoresquismo gastronómico. Al volver a la claridad de la mañana, efectuadas una pequeñas compras, festejaremos  a esa Oviedo serena y húmeda, siempre latente, llena de resonancias pequeñoburguesas y esquilas campesinas. Una  llovizna pertinaz nos anuncia nuestra ubicación en el hemisferio de las brumas. En el celebre reloj de la Caja de ahorros tintineará el Asturias, patria querida...y el paseante podrá saborear esa quintaesencia de sentir Oviedo, mientras conduce sus pasos crepusculares hasta  ese corazón umbroso y plácido que es el parque de San Francisco.
Entre su fronda, se ensoñará con la contingencia de otros muchos mundos posibles o con la ilusión de esta Asturias desbordada de paisaje bravío,  a la que reclamamos un hueco para el descanso en su viejo reino.

MI ENCUENTRO CON THOMAS MANN

MI ENCUENTRO CON THOMAS MANN
Eran los años inseguros de la primera juventud, esos durante los cuales el espíritu desnudo y virgen busca ávido realidades con que poblarlo. Pues por entonces era como un árido desierto inculto, de límites desconocidos, de orientación indecisa, urgido de lluvias fecundas que acaben convirtiéndolo en un vergel, o en un paisaje próspero, cubierto de grandes árboles, variedad de plantas, fértiles vaguadas y corrientes rumorosas y confortadoras, con fuentes tan refrescantes que, nacidas en los más inhópitos peñascales, llenen con su frío murmullo el remanso del bosque naciente. Ese espíritu busca, sobre todo, algo donde y con que saciarse; se siente árido, empobrecido, y es entonces cuando se lanza en pos de ese trigo que ve orear en los campos del mundo y trata de hacer acopio de los nutrientes esenciales que precisa su alma. Y fueron los prolegómenos de esta búsqueda los que me llevaron en su día a encontrar a Thomas Mann. Pero miento si aseguro que mi espíritu llegó virgen a este encuentro. Mi precocidad me había encaminado por los senderos de Nietzsche y Hermann Hesse; me habia familiarizado con su sello iconoclasta e inconformista, estremecido por ese mundo que latía, impreciso y tentador, entre lo atractivo  y lo turbador, más allá del aprisco del bienestar burgués. En verdad buscaba esos mundos fatales, llevado de mis impulsos trasgresores, pero al llegar a Thomas Mann, al profundizar en su lectura, llegué a perdonarme mi conciencia burguesa. Me torné más consciente de mis propios límites y más conformista con mi realidad más latiente. Es seguro que este encuentro con Thomas Mann, me ayudó a madurar.

Leí por primera vez La Montaña Mágica en dos volúmenes de la colección Reno, de editorial Bruguera. Esta era una colección de consumo,  cuyo catálogo contaba con títulos emblemáticos de gran éxito popular. Sin embargo, algo debía de terner aquella novela para que los editores le pronosticaran una buena acogida.  Para quien comienza a leerla, sin contar a sus espaldas con un prolijo índice de lecturas, el primer  capítulo le resultará algo gravoso, lento y demasiado proclive al detalle y la minucia; pero cuando el tren que, procedente de Hamburgo, transporta al ingeniero Hans Castorp llega a Davos-Platz, todo se transforma. El ingeniero se apea en ese remoto rincón de los Alpes para cursar una breve visita a su primo, Joaquin Ziemsen. Se instala para pasar no más de quince días en aquel aislado paraje, pero su visita se prolongará, fruto de la curiosidad y la indolencia, durante años que supondrán una etapa decisiva de maduración interior, de descubrimientos y renuncias, de aprendizaje bajo el magisterio de esos dos genios tutelares que son Setembrini y Naphta. Hay que hacer constar que, como lector, la novela obró en mi, a su vez, cierta clase de proceso, aunque acaso de otra indóle: me ayudo a amar más la literatura, que comenzó a significar en mi vida algo más que papel mojado.

El impacto de La Montaña Mágica fue tal, que me llevó a penetrar más en la obra del autor alemán. Mann comenzó a ocupar en mi vida un punto de referencia, añadiendo a mi personal discurso ese grado de coherencia que le faltaba, dejando hasta cierto punto a un lado mi fanatismo rebelde. Tal fue mi simbiosis que, durante el servicio militar, la puñetera mili, un compañero de fatigas y sinsabores, Tomás Ángel Gil París, de grato recuerdo, me tildaba con el curioso apelativo de alias Thomas Mann. Aquellos años rigurosos pasaron y ya no he vuelto a saber de aquel amigo, pero he permanecido fiel a la obra del escritor alemán. Su Doctor Faustus, Los Buddenbrok, Tonio Kröger, La Muerte en Venecia, etc, forman junto a La Montaña Mágica ese bagaje irrenunciable que precisa nuestro espíritu., como nuestro cuerpo urge del volumen esencial de aire para la vida.