DANUBIO

DANUBIO
El sol reverbera en la plata
del gran río, rompiendo
de secretas purpurinas
el cristal liviano de la aurora.
¡Danubio de riquezas escondidas,
fluyendo, como sobre un fondo
musivo de reflejos,
con un solaz de eternidades
cobijado en tu corriente!

Desperezándote, discurres moroso
y desentendido, gozando
las bonanzas recomendables del estío,
y en tu serena procela arrastras brioso
las aves rezagadas sobre tu vientre esquivo:
cisnes de largos cuellos indolentes,
pescadoras gaviotas voraces
y patos, por atolondrados, candorosos,
de bogar esquinado y minucioso.


Tu corriente es un don divino,
un fluido nutricio
que alienta la vida;
con las bendiciones derramadas
en tu camino, conmueves mis horas baldías
que, desde un banco a tu cauce orillado,
te observan lento pasar.

LAS CARTAS DE ITALIA DE JOSEP PLA

LAS CARTAS DE ITALIA DE JOSEP PLA
Las Cartas de Italia ofrecen esa visión subjetiva, llena de matices y descubrimientos, de esas facetas inadvertidas que puede aportar el viajero experimentado que observa la realidad tras el prisma de un refinado bagaje. Sus impresiones son tan ricas en descripción como en reflexión, y a la postre ofrecen las buenas cualidades de un acercamiento tan crítico como sentimental. Su compromiso con Italia no es el del mero observador sino el del confidente que se involucra en el pulso de su cotidianidad, y nos sugiere una realidad desnuda de maquillaje que alcanza a revelar lo que hay tras ese telón que nos oculta esa Italia estereotipada, abundante en lugares comunes, y servida junto a una ración insípida de spaguettis.

Las cartas de Italia tienen el valor testimonial de cómo era el país en épocas precedentes; nos hablan de una Italia todavía no desfigurada por el turismo masificado, donde acaso la vida discurría sin esa prevención interesada de una vivencia que se siente observada por el visitante. La Italia de hoy se muestra grosera con el extranjero, celosa de sentirse interferida en su cotidianidad, pero no desdeña cierta reserva que le aconseja vigilar al intruso con el rabillo del ojo, pues para un alto porcentaje de nativos el auge turístico significa un modus vivendi. Esto hace que todo viajero bisoño reciba ese sucedaneo de país adulterado en sus primeros contactos, que sólo perciba la imagen sublimada de su escaparate, vistosa pero tal vez falseada. La Italia de Pla, sin embargo, remite a la viejas rutas, donde era primordial la aventura del descubrir, cuando montado en una carro tirado de mulas se emprendían itinerarios por terrosas carreteras que culminaban en un destino legendario, Urbino acaso, o tal vez Rímini o Ravena. Pla se involucraba en cada sorpresa que le salia al paso; poseía el vicio del diletante, ese que considera superfluo todo lo que en Italia no signifique arte,pero su curiosidad no era reacia a los aromas de la trattoria, a apelmazarse con el bullicio de la plaza comunal o patear el petreo enlosado en los vericuetos descarriados de algunos pueblos. Sabia medir el pulso con el que palpitan o palpitaron las frustradas repúblicas; no le escapaban las excelencias de Bolonia, ni en sus teatros ni en la mesa; los fastos de Florencia le eran perfectamente conocidos como la contrastada variedad de su agro, donde destaca la larga pincelada del ciprés, junto a esos ocres donde se cultiva el cereal o las laderas mas yermas donde verdean las cepas de la vid. Tenía sus prefencias, que hasta cierto punto coinciden con las mías, Venecia y Siena. En sus textos, deja aflorar la pasión al describirlas, y se esmera hasta allí donde alcanza lo poético en su prosa. Y al entreabrirnos los secretos de su corazón, penetrado en cada uno de sus poros por todos los matices de esa península incomparable, nos descubre esa ciudadanía mediterránea que reservaba para sí ese catalán universal.

ANONYMOUS

ANONYMOUS
Meritoria y loable aportación de la cimematografía inglesa sobre el siempre inquietante enigma shakespeariano. Nuevamente nos encontramos con ese sólido producto con que los ingleses gustan retratar su historia, sin reparar en timoratos pudores. En este caso, la figura de su autor más universal es puesta en la picota. El tema nos es nuevo, y en Inglaterra tal cuestión es del dominio público.En España, sin embargo, no alcanza singular relevancia, como si dijéramos que es una cuestión que ni nos va ni nos viene, pues corresponde a esos trapos sucios que se dan aun en las mejores literaturas, en este caso la británica.

La película ofrece un retrato encomiable del período isabelino, con sus intrigas cortesanas, sus fastos palaciegos y nobiliarios, y ese pulso de su vigorosa vitalidad que significaba su teatro, en un Londres magnificamente reproducido por las técnicas más actuales. En Anonymous, el director Roland Emerich, se aleja del tono de comedia imperante en su predecesora Shakespeare in Love, y penetra en la vida del Bankside con una mirada más ácida, con un, entrecomillas, crudo realismo. A lo largo del guión se pretende dar cierta luz a ese período crucial de la vida literaria inglesa, en tantos sentidos pareja a nuestro Siglo de Oro, y que dió figuras tan relevantes como Marlowe o Jhonson. Pero qué duda nos cabe de que ese período, en Inglaterra, se halla ocupado y condicionado por una figura capital para sus letras y aun para las universales: William Shakespeare.

Pero, ¿ quién fue este genio tan transcendental que rebosó de pletórica vitalidad la historia de los escenarios? Si nos ceñimos a los documentos históricos estrictos que nos han llegado, el hijo de un fabricante de guantes, natural de Stradford upon Avon, de relativa cultura, que inmigró a Londres en busca fortuna y ejerció como actor en los teatros del Globe y La Rosa. La conjetura se suscita al tratar de contrastar a este hombre, de biografía más bien mediocre, con el autor de una obra tan fudamental e incomparable como la firmada por William Shakespeare. Una parte de los admiradores de su obra, no sin cierto snobismo, han conjeturado que esta autoría debió corresponder a un ingenio de profunda formación, conocedor del corazón humano, familiarizado con los resortes del poder y augur de esos fuerzas solapadas que hacen girar la rueda del mundo.Parecieron encontrarlo en la personalidad de Edward de Vere, conde de Oxford, pues tanto su cronología, coincidente con la gestación de la obra shakespeariana, como las aficiones literarias y su propia vida, con sombras aún por disipar, hacen presuponer su parentesco literario tan justificable como el que pueda corresponder al William Shakespeare de Stradford.

En este sentido el film acierta al presentar una figura convincente, envuelta en la magia del creador, al tiempo que protagonista de los vaivenes politicos de su tiempo, de los que sus obras eran concluyente reflejo. En él tales creaciones alcanzan la dimensión de un espíritu superior, para el que la palabra es aliento vivificador y luz transformadora de la propia alma, cuyo camino es impracticable si se desconoce la esencia de las cosas y donde su verdad sólo pervive por ese aliento que es la palabra, nítido espejo de la misma vida.

EL CATOLICISMO COMO IDEOLOGIA EN ESPAÑA

EL CATOLICISMO COMO IDEOLOGIA EN ESPAÑA
Desde que Recaredo al ceñir la corona del reino hispano asumió el catolicismo como religión estatal, renunciando al arriamismo, aquél pasó a significar un factor político determinante a través de los siglos en la península. Este relevo fue recogido por Pelayo tras la rebelión del Reino Astur en Covadonga, y sus directrices marcaron el posterior desarrollo histórico. Si bien tras la invasión árabe en algún momento se alcanzó cierta connivencia en las tres religiones del Libro que conformaban la población peninsular, pues a la cristiana y la árabe habría que añadir un importante contingente de población judía, esto no fue lo común y la voluntad que prevaleció fue la de imponer un celo exclusivista, una voluntad de cruzada. Porque el credo religioso se había convertido en ideología.

Esta voluntad actuó de aglutinante entre los distintos reinos frente al islam durante la reconquista, y su credo sirvió de consigna y motor de una lucha que de este modo adquiría un carácter sagrado además de político. El descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago, como bien apuntan muchos historiadores, sirvió de revulsivo para dinamizar la lucha, que desde entonces se creyó bendecida por el simbolo de la cruz y el impulso propagador del apóstol. Estos fueron los cimientos que sirvieron de base a una aspiración, a una idea: España. Una idea que estaba muy lejos de la configuración real peninsular, conformada por una realidad heterogénea, de discrepancia y mestizaje. Los términos de unificación y de exclusividad religiosa se hicieron pues consustanciales, obedeciendo claramente a un proyecto de predominio de los reinos cristianos.

La realización de este objetivo no se vió concluida hasta la entrega de las llaves de Granada a los reyes católicos, cuando el último foco del islam se vio doblegado y sus subditos obligados a plegarse a las condiciones de sus conquistadores, entre las que se encontraba el renunciar a sus creencias y abrazar la nueva religión imperante. Este hecho fue parejo a la expulsión de los judíos, como un factor determinante de cuál era la voluntad regia de suprimir cualquier foco de desunión que pusiera en peligro una politica tan duramente conseguida. Con los reyes católicos España, nacida de la unión entre los reinos de Castilla y Aragón, adquiere el perfil de su modernidad y conserva ese legado de su credo como fuerza motora, que se propagará, tras el descubrimiento de el nuevo continiente, más allá de sus fronteras.

El heredero de esta política, qué duda cabe, fue su nieto Carlos V. En éste prevaleció esa adhesión a la fe católica como soporte ideológico, que mantuvo a pesar de las corrientes de su tiempo. Entre él y Lutero puede decirse que crearon el actual cisma de la iglesia. Aunque la posición de Carlos en este sentido nos parece un tanto ambigua. Entre sus protegidos en Flandes se hallaba Erasmo de Roterdam, cuyos escritos prepararon el camino a la Reforma. Cabe decir que Carlos era casi un erasmista y su posición ambivalente no estuvo clara hasta después del saco de Roma, donde no puso trabas al saqueo practicado por los lansquenetes luteranos alemanes. En Worms, sin embargo, se decanta su postura y se convierte en paladín de la vieja fe, cerrando sus ojos a lo que la modernidad reclamaba en materia religiosa, para poner coto a la corrupción imperante en la iglesia. Esta elección de Carlos fue decisiva para España y condicionó toda la política ulterior.

Felipe II fue el encargado de llevar el legado paterno hasta sus últimas consecuencias. Entre los hechos de su reinado destacan la guerra de los moriscos en las Alpujarras, minoria que a la postre corrió la misma suerte que los judios;la represión también de los focos luteranos de Valladolid y Sevilla,y el conflicto con los calvinistas en Flandes, además de elocuentes ejemplos de sus maniobras políticas en la que trató de restablecer el credo católico en paises herejes como Inglaterra u Holanda. Porque con Felipe se llega al culmen de ese impulso ideológico que nació en los montes de Covadonga y se consolida la propagación de su credo hasta los confines de la tierra; con él nación y fe alcanzarán la máxima expresión de su simbiosis. Aunque lo que más reclama y perturba nuestra atención, es que gobiernos tan desdibujados como el de sus sucesores, Felipe IV o Carlos II, persistieran y empecinaran en esta convición intolerante y exclusivista, y mantuvienran tales premisas como óbices incluso en aquellos tratados de paz que hubieran aportado grandes beneficios a una España aislada y depauperada, y donde la libertad de credo hubiera abierto, en cualquier caso, interesantes perspectivas.

NOTAS SOBRE ALEMANIA

NOTAS SOBRE ALEMANIA
Para un meridional el contacto con Alemania siempre constituye una alternativa diferente, nos enriquece descubrir un pulso de vida que sorprende con su contraste.
Lo que más contraría en Alemania es su clima poco benigno. Cuesta adaptarse a esos veranos lluviosos, a poco más de 12 o 13 grados centígrados. Lo que más fascina, en cambio, es su paisaje: el boscoso de la Selva Negra, el romántico de la Baviera próxima a los Alpes, o el más monótono pero no menos sugestivo de Franconia.
Reconozco que mi conocimiento de Alemania es limitado. Se restringe a esa Alemania sudoccidental, la constituida por Baviera, Franconia y ese itinerario conocido por la Ruta Romantica.
Una primera impresión nos revela que esta Alemania de hoy conserva ciudades de contrastes bien diferentes, desde la encantadora Rotemburgo, donde aun se puede respirar el pálpito medieval, con las fabulosas tallas de sus iglesias, a la fisonomía grisacea y bastante insípida de Augsburgo. Esta ciudad imperial, dominada la plaza de su consistorio por la estatua de Augusto, conserva pinceladas sueltas de lo que fue y significó en la historia; avanzada de las legiones romanas en la Germania, supo ser sede imperial con Carlos V y conserva el convento que acogió a Lutero en su primera convocatoria ante la jerarquía papista. El resto sirva como ejemplo de esa ciudades renacidas de las cenizas de los bombardeos aliados durante la II guerra mundial.
En esta misma tesitura se encuentra Nuremberg, en la Franconia. Sobrecoge comtemplar la foto de cómo quedó la ciudad tras ser arrasada por la aviación alidada. Pero no sorprende esto tanto como su posterior proceso de reconstrucción. Aunque más que de reconstrucción, en lo que atañe a su casco antiguo habría que hablar de restauración. Es admirable la tarea realizada, las obras del castillo en la parte alta, la conservación de sus iglesias cuyo gótico se antoja permanecer intacto, el núcleo de edificaciones en torno a la casa de Durero, en cuyas calles parece aún vivo ese pulular de personajes que cantara Hans Sachs, ese maestro cantor que inmortalizara Wagner, y, un poco más allá, en la secular plaza descubrir el viejo ayuntamiento, con el carrillón de su reloj marcando unas horas indolentes que parecen sustraerse a la vieja pesadilla. Porque, no lejos de allí, se encuentran las huellas en carne viva de aquel infernal frenesí: las interminables pistas por donde desfilaba aquel ejercito alucinado al ritmo fanático del paso de la oca y, donde, con un pequeño esfuerzo de imaginación, se pueden ver flamear los grandilucuentes estandartes, escuchar los discursos inflamados enardeciendo para la lucha,o el macabro compás de las pisadas proyectando ese sendero, entre muerte y abominación, que conducía a sus impertérritos héroes hasta ese su sueño, que no dejaba de ser nostálgico, del Walhalla.

DE MADRID AL CIELO

DE MADRID AL CIELO
En este pasado puente de Todos los Santos he tenido la oportunidad de realizar una escapada a Madrid. Este corto desahogo resulta casi imprescindible para quien reside en un ciudad de provincias, con un panorama cultural bastante limitado. En la capital, las pilas de nuestro espíritu se pueden recargar en las salas del Prado o el Thyssen, en los palcos de alguno de sus teatros cuando alguna representación descuella entre lo anodino de la más que objetable cartelera o rastreando en las librerías sinnúmero y las casetas de la cuesta de Moyano alguno de esos libros inasequibles en el mermado mercado local, en este caso el alicantino.

En Madrid nos llenamos de la vitalidad de ese corazón que hace circular la sangre y la historia por las arterias españolas, hoy ese sístole y diástole arrítmico que denuncia la profunda crisis. Pero allí al menos uno reconoce el baremo de cómo va el país, llena los pulmones con aires renovadores y puede regresar a su ciudad de origen barajando diferentes perspectivas. Porque devorar un bocadillo de calamares junto a la plaza Mayor, disolverse entre la muchedumbre de la puerta del Sol o Preciados o apurar un café tras la viedriera del café del Príncipe alimentan nuestro ánimo de un optimismo más que risueño.

Para mí Madrid, mi Madrid particular, se circunscribe al Madrid castizo y Monumental; ni que decir tiene que mi calle predilecta es el Paseo del Prado; dejo el de la Castellana, como todo lo demás, para los megalómanos que sepan apreciarlo. En ese Madrid,mi Madrid, no se cansa el espíritu de ir asimilando esos escenarios que evoca, el del tradicional e histórico, el pictórico o literario; también el musical, aunque he de reconocer que soy poco aficionado a su género chico o típico, la zarzuela. Pues en verdad le cuesta a uno compaginar con esa sociedad populachera, de chulapos y gachis, que nos acercaran Arniches o Chueca, o la de majos y majas, con que retratara Goya el cutrerío de la corte de Carlos IV.

Para quienes nos gusta escribir, despierta especial curiosidad el conocer la efervescencia del Madrid literario, aunque en conciencia el actual no sé dónde se esconde ni dónde encontrarlo; sería preciso rastrearlo en draculinas correrías nocturnas y quizá, al cabo de un buen escrutinio, hubieramos dado con la pista de más de un poeta alucinado, de algún grasiento filósofo y de un buen emjambre de dubitativos narradores desdibujados en la desidia de la bohemia. Quizá por eso decidí retornar al café Gijón. Qué decir de él más de que constituye una reliquia literaria donde rememorar la épocas gloriosas del Parnaso ibérico. Allí nos sorprenden los ojos impávidos de Camilo J. Cela, de Alberti, de Umbral, comtemplándonos atónitos desde sus iconos de la Fama. Pero qué queda de su Madrid de luchas, miserias y ambiciones sino el vapor de una entrañable nebulosa con que nos despista y consuela el ensueño de la historia.

DESCUBRIR MANTOVA

DESCUBRIR MANTOVA
Mantua, o Mantova, como se escribe en italiano, participa en primer lugar de la ventaja, como ocurre por ejemplo en Vicenza, de no padecer ese estrés agobiante del turismo masificado. En Mantua se pueden recorrer sus piazzas y stradas tropezándose uno únicamente con grupos de turistas contados, lo cual hace, desde luego, más agradecida la visita.

Mantua se halla, pues, ligeramente desviada de esas rutas maestras del turismo tradicional en Italia. Esto le confiere cierta virginidad de discreta ciudad de provincias que, no obstante, cuenta con un rico pasado con que embelesar la curiosidad y las ávidas cámaras de los cazavistas. Esta relativa marginalidad obliga a viajar a ella ex proceso, pues parece no existir una comunicación idónea con las grandes urbes. Desconozco si de Milán o Roma parten trenes directos; pero para quien como yo suele asentar su campamento en Venecia, es necesario para acercarse a Mantua un obligado transbordo en Verona.

Al apearse en Mantua, nada en la periferia de la estación concitará nuestra curiosidad, pues esa parte la conforman barrios de edificación relativamente moderna que no difieren en demasía de otros de diferentes partes del mundo. Abrá que penetrar las calles que salen al paso, muchas de ellas de aceras porticadas como en Bolonia, para acceder al que fuera ese núcleo vital e histórico de la ciudad. Encontraremos su verdadero centro en plaza Sordello, allanada en época de los Gonzaga y que congrega los edificios más emblemáticos de la ciudad, como la fachada del palacio Ducal, el Duomo de San Pedro, el palacio Bianchi, el Bonacolsi o el Uberti.
La fachada del Palacio Ducal es caracteristica del gótico italiano, parejo al que puede observarse en Ferrara, Bolonia o Verona. Su vasta área se extiende hasta la periferia, junto a las orillas del lago Inferior, frente al cual levanta el baluarte del castillo de San Jorge. El palacio Ducal constituía una ciudad dentro de la ciudad, conformando ese marco palaciego donde reinaba la poderosisima familia Gonzaga. En su buena época, tan fenomenal complejo lo formaban no menos de 500 habitaciones, además de patios y jardines e interminables pasillos y corredores que acogían un tesoro incomparable de obras artísticas. Entre las muchas salas del palacio que merecen mención especial se encuentra la denominada degli Sposi, donde Mantegna diseñó un de los espacios más sugerentes del Renacimiento. Destaca en la sala el retrato familiar, donde se observa al poderoso Ludovico, acompañado de las damas de la familia y un número determinado de parientes, secretarios y bufones. Se conjetura que alguno de los retratados pudo ser Leon Batista Alberti. Otra de las salas a tener en cuenta en el palacio, es la llamada de Troya, donde Giulio Romano, bajo el mecenazgo de Federico II Gonzaga, el que sublimemente retrató Ticiano, recoge vistosos pasajes de los cantos homéricos. Esta colaboración entre dos personalidades tan conspicuas tuvo su culminación en ese otro palacio construido casi en las afueras de la ciudad, el del Tè, donde el pintor agota las posibilidades decorativas del manierismo. El palacio en definitiva es un elocuente testigo del escabroso refinamiento que alcanzó la corte de Federico.

Otra de las particularidades de Mantua es la de contar con un par de Duomos, uno el de San Pedro, que llamaría notoriamente la atención del visitante si pudiera evitar la comparación con Sant´Andrea. Las proporciones de esta basílica asombran por la amplitud de su planta y la majestuosidad de su fábrica. Fue levantada para custodiar la reliquia de la sangre de Jesús y contó para ello con los planos del Alberti, quien basándose en el elemento clásico del arco romano interpetró toda la obra. El resultado es un conjunto de proporciones sublimes, en el que conjuga el lenguaje pagano con el religioso, para realzar éste dotándolo de un dinamismo vital del que carecía el gótico y sobre todo el lineal románico de la nave del pequeño duomo de San Pedro, en plaza Sordello

De muchas más bellezas se adorna Mantua, de las que en cualquier otro inciso trataremos, como el teatro Científico o la rotonda de San Lorenzo y la Torre del reloj, en plaza del Herbe, contigua ésta a la de Sordello y vecina de Sant`Andrea, que configura un espacio donde gozar de forma más relajada de la ciudad frente a un buen plato de pasta o pizza. Por todo esto y mucho más, de Mantua no se ausenta uno sin llevarse un recuerdo imborrable junto a la dulzura del eco de esa extraña saudade que en sus Bucólicas evocó Virgilio.

Venecianas XIV: Tiziano, el mago de Venecia

Venecianas XIV: Tiziano, el mago de Venecia
Tiziano, el más celebrado de los pintores vénetos, no nació en Venecia sino en Piave da Cadore, un pueblecito en las estribaciones alpinas. No obstante, fue reconocido como el hijo más amado y universal de la república y gozó de una particular consideración por parte de la élite aristocrática. Sin embargo, la presencia de la obra ticianesca en la ciudad de la laguna resulta algo rala y salvo las obras que se conservan en el palacio Ducal y su Santa Maria Asumpta, en I frari, su catalogo puede parecer un tanto decepcionante. Destaca este contraste al confrontrarlo con la obra casi omnipresente del Tintoretto. Puede conjeturarse sobre esto el que Tiziano gozaba de un mecenazgo europeo, que su pintura era reclamada por casi todas la cortes con algún predicamento en su época y que el mercado del Tintoretto se reducía casi con exclusividad a encargos destinados a la propia Serenísima. En parte esto puede ser cierto, si contamos que un cierto número de la obra que Ticiano realizó en Venecia se ha perdido como resultado de incendios o a causa del deterioro inherente al paso de los siglos, tal como ocurrió con los frescos que junto a Giorgione realizó para la fachada del Fondacco de Tedeschi.

Como la de Giorgione, pues, su obra puede ser reducida pero justamente valorada. Quizá el mejor Ticiano lo gozamos nosotros en España, con los valiosísimos ejemplos que guarda el museo del Prado, como el retrato equestre del emperador Carlos V, vencedor en Mulhberg, la leyenda ovidiana de la Danae, desnudo donde se sublima la belleza femenina, y el fabuloso retrato de Federico II Gonzaga, por citar solo algunos ejemplos. Por esta aceptación indiscutible de que gozó en su época, su obra se halla más bien dispersa, de forma que uno puede encontrarla, hoy día, en cualquier parte del mundo.

Puede equipararse el logro de Tiziano en Venecia al que alcanzó Rafael en Roma, pues ambos supieron mantener la incondicionalidad de los diletantes y presentar ese acabado insuperable de sus obras que la codicia de los mecenas no podía soslayar. A ambos se le abrieron todas las puertas y gozaron de una excelencia cuyo usufructo no estaba reservado a los pintores, pues nuchos de ellos soportaban una condición de clase minusvalorada, pese a que la historia ya había conocido el emerger de esa dos figuras sinpares, Leonardo y Miguel Ángel.

Dicen que Ticiano debió parte de su aprendizaje al Giorgione y que éste le apuntó el camino que debía seguir. Todo esto es muy difícil de precisar, pues mientras tratamos de resolver la incógnita de la Tempestad, se nos escapa el resto de su obra. Lo que si sabemos es que Ticiano redondeó el estilo veneciano, canonizó el color de los Bellini y reacomodó el espacio, dando un paso por delante del Mantegna y descubriendo esa profundidad aérea que el Giorgione ya insinuara en los escasos ejemplos renovadores de su obra.

PLAZA DE LA SIGNORIA, FLORENCIA

PLAZA DE LA SIGNORIA, FLORENCIA
La plaza de la Signoria, en Florencia, constituye uno de esos marcos incomparables de Italia. Presidida por el airoso torreón del palacio Vecchio, enmarca ese área ciudadana de la vieja república, dispuesta a acoger todas las inquietudes políticas populares. A las puertas del viejo palacio se yerguen las estatuas de David- actualmente una copia- de Miguel Ángel y el Hércules y Caco de Bandinelli. En el primero, intentan representarse las buenas virtudes que ornaban a la vieja república florentina, y, por su parte, el Hércules ,seguramente, viene a representar la soberanía que mantuvo esa Signoria sobre sus enemigos durante sus luchas que, al igual que para Hércules sus trabajos, fueron constantes.

Además, encierra la plaza el complejo escultórico al aire libre más rico del mundo. Bajo el techado de la loggia dei Lanzi se pueden admirar obras maestras de Cellini y Gianbologna, que para sí quisieran muchos de los museos internacionales. Especial vistosidad le da a su vez la fuente del Neptuno, de Anmannati, erigida para recalcar el esplendor mediceo y a cuyos pocos pasos fue levantada la pira en la que fue inmolado Savonarola, donde una placa circular sobre el pavimento nos lo recuerda. Perpendicular a la fuente, y acompañándola, se erige el monumento ecuestre de Cosimo I, gran duque Toscana, que alcanzó para los Medici la dignidad principesca. El monumento carece de la vistosidad del Colleoni del Verrochio, en Venecia, pero confiere a la plaza cierta solemne dignidad institucional. No hay que olvidar, a fuer de precisos, la Judith y Holofernes, de Donatello, que pese a su reducido tamaño destaca por ser el primer grupo escultórico que se instaló en la plaza.

La plaza de la Signoria fue en su tiempo ese centro de la vida política y comunitaria florentina, como la del Duomo lo fue en lo religioso, y en el ella se concentraron todas las manifestaciones ciudadanas de la República. Allí acudía el pueblo a revindicar su adhesiones o a proclamar sus fobias. Y tales tumultos debieron ser hasta tal punto preocupantes, que obligaron a construir a sus gobernantes -los Medici- un pasadizo elevado que los comunicara con uno de sus palacios- el Pitti- cuando de los ánimos encrespados del populacho pudieran derivarse aviesas intenciones, lo cual ocurrió con bastante frecuencia si repasamos la agitada historia local.

Allá donde se mire, la plaza ofrece un estimulante recreo para la vista, hasta el punto en que supone una inigualable experiencia visitarla y permanecer un buen rato sentado a los pies de la Loggia disfrutando del noble trazado de sus palacios; porque allá donde miremos quizá pudieramos toparnos con una fachada proyectada por Rafael Sanzio, intercalada entre los no menos bellos ejemplos medievales. Nos sorprende que el mundo haya aspirado además de al poder, a la belleza.

La plaza hoy continúa siendo centro de esos fervores populares, aunque se vea desplazada un tanto por la moderna plaza de la República. Pero en su incomparable marco aún puede seguirse esa agitada vitalidad que acompaña a la ciudad en su latir cotidiano; por eso no resulta ilusorio ver acercarse por la via dei Calzaiuoli una revindicación obrera o una solemne procesión de Hare Chrisnas, portando en andas a su inmutable santón de rostro acartonado y sumido en un enajenado nirvana a traves de la perplejidad de la muchedumbre, que todavía puede sorprenderse por estas pequeñas cosas insólitas, con tales radicales contrastes.

PERICLES, HEGEMÓN DE ATENAS

Vano resulta recalcar a estas alturas que Pericles, durante su mandato, llevó a la polis ateniense a su máximo apogeo. Fueron los años decisivos de la liga de Delos, que constituiría el soporte de un vasto imperio del cual la ciudad de Atenas se erigió en su supervisor y guía mientras fue dueña del mar. Esta alianza,pues, encabezada por ésta como árbitro y hegemón, fue tan fructifera para sus arcas que, con su usufructo, se creó el incomparable complejo de la acrópolis. El milagro ático fue uno de esos momentos estelares de la humanidad, que diría Zweig.

Pericles era hijo de Jantipo, que se distinguió como estratego en la guerra contra los persas, y por parte de madre pertenecía a la familia de los Alcmeónidas, rama aristocrática que proporcionó tantos hombres decisivos para Atenas, desde Solón a Clístenes, autor de las reformas que auspiciaron la democracia. Pericles, no fue el mejor de los soldados, como un Epaminondas o un Alejandro, pero tenía una visión clara de lo que suponía el ejercicio del poder; se distinguió, pues, en las artes del buen gobierno. Supo alcanzarlo valiendose de sus innatas aptitudes, de su astucia política y su elocuencia, y supo conservarlo brillamtemente casi hasta su muerte. Las distintas tentativas que las facciones contrarias intentaron para desbancarlo del poder fueron frustradas con habilidad, mientras él salía de cada una de ellas notoriamente reforzado, y junto a él la democracia frente al partido oligárquico.

Pero esta larga permanencia como lider, que casi fue vitalicia, no respondía a ninguna ventaja coyuntural sabiamente aprovechada ni al respaldo de un apoyo popular favorecido por la seducción demagógica. Pericles fue un hombre con una visión clara y universal para Atenas, con una lectura esclarecida de las circunstancias políticas de su tiempo y una creencia profunda en los más nobles valores de su pueblo. Como todo genio, se le proporcionó la materia de donde crear y supo transfigurar su época. Acaso intuyó que en él se cumplía ese destino milenario de su polis y en el esplendor de la Acrópolis se accedía a una nueva dimensión divinizada del hombre, un espejo ideal en el que han buscado su medida todas las democracias de la tierra.

HABLEMOS DE SIENA

HABLEMOS DE SIENA
Siempre he sido recibido en Siena por un arrebato de campanas que matizan mi llegada casi como un júbilo de bienvenida. Esta ciudad que, como Venecia, se halla casi exenta de trafico rodado, conserva esa incontaminada acústica en la que se puede percibir la serenidad del silencio, la autenticidad de una desusada sonoridad cotidiana que nos transporta a la realidad de unos siglos pretéritos, donde la urbe parece retener el aspecto de su época más gloriosa . Como Venecia, es una ciudad que encuentro, y que seguramente fue edificada, a la medida del hombre, en donde éste puede mirarse en su espejo y en donde en cada uno de sus rincones puede reconocer un mensaje esclarecedor y enriquecedor para su alma.

La plaza del Campo, verdadero corazón de Siena, parece expectante en cada momento de esas dos fechas señaladas en que tiene efecto la carrera del Palio. En tan incomparable marco, si no se ve, se sueña ese momento. Se respira su ambiente colorista y multitudinario, y parece, en ese ejercicio imaginativo, atisbarse el centelleo policromo del uniforme de los jinetes precipitarse fugaces sobre caballos de ilusión. Entre el clamor del público enfervorizado, bulle la ciudad en fiesta, espejo de ese último medievo italiano que se reviste de fantasía y color, y que refleja en sus estandartes, en el brío de sus banderolas haciendo piruetas en el aire, el pulso acelerado de su vitalidad. Descubrir Siena es entreabrir las venas de nuestro sentimiento y dejar penetrar en su flujo la más acendrada savia italiana. La panorámica de Siena nos hace renovar esa realidad extraordinaria e irrepetible de lo que fue, de esos tiempos en los que Italia renaciéndose a sí misma reverdeció la herencia romana. En la loba de su bandera queda patente esta irrenunciable vocación.

Entre los muchos duomos de los que pueden enorgullecerse las ciudades de Italia, el de Siena ocupa un puesto singular. El contraste del verde y el blanco le dan a su fábrica un vistoso cromatismo, y su campanile, junto a la torre Mangia, marcan el techo de la ciudad. Comtemplar su arquitectura majestuosa presidiendo ese aglomerado de viviendas medievales que se arraciman como polluelos en torno a su madre es una de esas vistas que, de las muchas de Italia, encuentran ese camino sentimental del corazón. Bajo su cúpula se guardan muchas de los estupendos tesoros que conserva la ciudad: el mismo pavimento que la recubre, los hermosos púlpitos de los Pisano, y ese memorable sacristía edificada por Pío III para guardar la valiosa biblioteca de su memorable pariente Eneas Silvio Piccolomini, y que se reviste con esos magnificos frescos del Pinturrichio, asistido por esa mano siempre sugerente de Rafael. No es raro que Wagner creyese reconocer en tan incomparable catedral su Monsalvat.

OTOÑO

OTOÑO
El otoño se acerca hasta nuestra intimidad con la sorpresa del inquilino inesperado; apreciamos de pronto su presencia en el increscendo de unos pasos sigilosos en la habitación contigüa, ese hábitat que se prolonga al entreabrir las ventanas de nuestra alma. Verificamos su cercanía en la caricia de un leve viento que levanta la primera hojarasca de los recuerdos e invita a curiosear en el bargueño de nuestras nostalgias, pues se presenta como un momento que propende a mirar atrás. Sus óxidos previenen con su cobrizo desgaste de que todas nuestras voluntades se han cumplido, que llega la hora de sumirse en el letargo de la inacción y recapitular, resumiéndonos en esqueletizados esquemas de árboles contritos que muestran el quebranto de sus ramas desnudas, la hirsutez de sus siluetas calcinadas.

En mi vida particular, el otoño ha llegado insinuante, sin hacerse mucho notar, con esa vibración doliente de su dulzura. Lo reconocí en toda su transida belleza contemplando una tela que me pareció sublime: Otoño, de Frederic Edwin Church. Me desbordó la belleza tornasolada de su brillante paleta, las calidez de de sus rojos y naranjas, de sus amarillos y oxidados ocres que recubren de trascendida ilusión las pardas sombras de recatada verdura; porque donde antes fueron verdes, son ahora dorados, bermejas coloraciones que transfiguran el alma del paisaje. Y desde el cenit, el nimbo del sol crepuscular que, en su irradiación, transforma en hondo pálpito el mensaje secreto de esa naturaleza vivificante y vivificadora que rebosa sobre la reflectante transparencia de un arroyo.

Paso a paso, ese otoño me iba inundando y perseguía predestinado la belleza patética de su cromatismo ornando el corazón declinante de su naturaleza; y esos pasos me llevaron hasta Aranjuez. En sus rumorosos senderos busqué la profunda lección de su secreto mensaje, el estremecido mosaico de su textura decadente que en su cíclica alegoria nos hace presentir la mirada tácita de la muerte, tras ese transfondo teñido de melancolía. En el rumor de las arboledas parecía escucharse un aria doliente de Farinelli y el trino espaciado de los pajaros entretejía una melodía triste, temerosa de las nieves del invierno. A su vez, no tuve mejor acierto que escudriñar la magia de esas luces, el crepitar metalizado de sus colores, la ofrenda senil de esa naturaleza desmayada, en el espejo verdoso, de inquieto viajero, del Tajo, que al borde de su corriente sinuosa fecunda casi el espejismo de un edén. Penetrando ese misterio que en tiempo no muy lejano tan sólo complacía a los ojos regios, fui abriéndome paso no en ese corazón de las tinieblas, sino en el radiante de las crepusculares hermosuras, heredero de una ofrenda que sólo Dios puede regalar. Y en el núcleo de esa sagrada espesura supe de esa voz que sólo se puede escuchar en la perfecta comunión.