LAS CARCELES DEL ALMA

LAS CARCELES DEL ALMA
Daba un ocioso paseo de fin de año por la ciudad. Eran la siete de la tarde.  La ciudad se encontraba bastante más desierta que cualquier otro día a esa misma hora. Buscaba yo un modo afable de transcurrir esas horas inciertas de la tarde, hasta que llegara el momento de retornar a casa para la cena de día tan señalado. Escrutaba el interior de los cafés buscando un lugar acogedor que amenizara el desgranar moroso y vacío de los minutos, pero reconocia los salones tan desiertos como las calles. Descartando la posibilidad de degustar un reconfortante café entre cálida compañía, mis pasos vagaron la encrucijada de las calles desorientados, sin saber qué dirección tomar.

Debió ser el instinto, o acaso un ejercicio muy reiterativo de mis ocios, el que me llevó hasta las puertas del gran almacén. Como casi siempre, emprendí mi acostumbrado periplo, abordando la sección de libros. Di un repaso a las estanterías, con las que ya estaba bastante familiarizado, en busca no muy apremiante de algún titulo nuevo que estimulara mi curiosidad. En la sección de Historia me tropecé con los de siempre, un largo indice de títulos, muchos de los cuales formaban parte de mi biblioteca ( algunos de ellos ya leídos), y otros que me parecían insustanciales; sobresaliendo solo unos cuantos que despertaban mi interés, pero cuyo excesivo precio los volvía inasequibles por el momento. Es curioso que cualquier libro de interés, aquellos que guardan la enjundia más suculenta, se guarezcan tras un precio astronómico. Cuando uno ha transpasado la barrera de los lectores exigentes, se suele dar esta paradójica circunstancia.

Cuando me aproximé a la sección de novela, deje vagar mi mirada pesarosa a lo largo de las estanterías, atravesando veloz por encima de los lomos de una literatura que desde hace tiempo forma parte de mi vagaje. Me parecia que las grandes obras de la fábula ya habían habilitado hueco en la biblioteca de mi espíritu y que sólo lo extraordinario podría lograr que una obra nueva, un escritor desconocido lograra plantear un diálogo fructífero con el poso de mi intelecto. Curioseando de estante en estante, me tropecé con dos obras que yacían sobre otros libros, fuera de su sección, dejados apresuradamente por algún comprador que en último momento se había arrepentido de su adquisición. Llamaron mi atención, por su contraste con la otras obras expuestas. Uno de ellos, era una de esas novelas inolvidables: La Cartuja de Parma, de Sthendal. Sentí curiosidad por tan interesante elección, y quise conocer el libro que había debajo. Se trataba de Las Cárceles del Alma, de Lahos Zilahy.Reconocí que un lector que sabía apreciar la obra sthendaliana, debía encontrar alguna sazón en la novela del húngaro. Y eso fue lo que me impulsó a adquirirlo, tras meditarlo un tiempo prudente.
Las Cárceles del Alma fue un título resonante durante mi primera juventud, el cual jamás leí, porque lo encasillé entre la literatura ruborosamente cursi o femenina. Fue un best-seller en su época, y su estela se ha cruzado en mi camino a lo largo de los años, sobre todo en la librerias de libros de ocasión o en la ferias del libro. Pero esta tarde, al encontrarlo emparejado a la Cartuja, un instinto me invitó a seguir ese impulso nacido del anónimo comprador, y que acaso mi deseo de diversion y transgresión han propiciado. Por una vez me permití el raro lujo de dejarme guiar por la voluntad de algún otro y esperar acontecimientos. Y no niego que, tras la lectura de las primeras treinta páginas del libro, su narrador ha sabido engancharme , llevándome a considerarlo como una novela que promete y hasta convence. Esperemos a concluirla, antes de sentar un veredicto definitivo. En cualquier caso, no dejará de enriquezerme tal elección solidaria.

DE VUELTA CON JACK LONDON

DE VUELTA CON JACK LONDON
Confieso que Jack London, durante mi juventud, formaba parte de ese olimpo de mis escritores de culto, junto Dostoyevsky y Hermman Hesse. Leía con fruición sus obras, porque su periplo humano me parecía de los más fascinantes dentro del ámbito de la literatura. London era todo lo contrario al escritor de salón; era el cantor de los grandes espacios, un mentor entusiasmado de la naturaleza, desde el Jukón hasta los mares del sur; pero así mismo era un lúcido observador de la naturaleza humana, de las íntimas realidades del alma. Baste rastrear en novelas tales como el Lobo de Mar, Martin Eden, o sobre todo en El Vagabundo de las Estrellas. En esa época juvenil se nos descubre todo el potencial que resguarda nuestra alma, constreñida de común por las limitadas dimensiones de lo cotidiano, de lo más inmediato.

London penetra en nuestro universo con su fascinación biográfica; se nos presenta como esa personalidad intrépida que nos hubiese gustado ser. Apuró lo que pudo del mundo, hasta su última esencia; desafió todas las barreras hasta encontrarse con sus propias limitaciones. Quiso conocer cuanto le rodeaba e indagar en el fondo de su verdad. Desde las vertientes heladas de Jukón a la placentera serenidad de la islas polinesias, lo llevaron su pasos inquietos e inquietantes, dispuesto a rasgar el velo de la belleza primigenia, para averiguar qué se encuentra tras su seductora apariencia. Surcó los mares y los lugares desiertos, se confundió en el homiguero de las ciudades y apuró el cáliz alienante de sus destinos.  Sumido en el embrutecimiento del trabajo fabril, se familiarizó con los abismos del alcohol, que abrieron las veredas ensombrecidas de su futuro y alcanzó su meta luchando a brazo partido con el mar tenebroso y embravecido de la sobredosis. Quizá tras los estériles paisajes de la desolación, se encuentren las islas de la Esperanza, donde el vivir tenga un sentido y se alcance la medida de la plenitud.

RECUERDOS DEL ASFALTO: Hallazgo en un contenedor de basuras

RECUERDOS DEL ASFALTO: Hallazgo en un contenedor de basuras
Fue aquella tarde en que el Venancio y yo subíamos el terraplén por donde se accede y abandona la escombrera en busca de cualquier material olvidado, cualquier deshecho que se haya hurtado a los ojos voraces de los traperos y los lampones, esos que andan siempre escarbando en las pordioserías, en busca de toda clase de latón que reluzca, del resplandor de cualquier vidrio, del mecanismo inservible de cualquier muñeca articulada, o, codiciosos, entre la morralla de mecánicos y electricistas, tras cualsefuera jierro que se pueda mercar al peso en las hojalaterias. Si era esa tarde en que las nubes parecían de cobre fundido y el azul del cielo desfallecia entre el verdoso crepúsculo que buscaba ya las sombras, una tarde calurosa de poniente aunque se hallaba el otoño bien avanzado, y subiamos por el terraplen arrastrando Venancio el carretón y yo el desvencijado coche de niño, ese que desecharían los padres porque la criatura ya estaría bastante crecida y que habíamos habilitado para transportar lo que fuera de menor bulto, pero que tuviera algún valor y pudiese ser aceptado en los almacenes de herrumbre o de recicle, porque para el papel y el cartón, por su volumen, nos viene mejor el carricoche del Venancio. El viejo cochecito había transpotado ya las cosas más inverosimiles, desde zapatos a hornillos, calefactores que ya no darían más calor o cualquier enser o cachivache que pudieramos utilizar en la chabola, y que nos pudiera servir para ir tirando. Porque la chabola me gusta mantenerla en condiciones para que malvivan lo menos posible la Eulalia y los chavales, y aunque les falten tantas cosas, no carezcan de lo más imprescindible. Porque si yo no procuro por ellos, quién va a procurar. Y para eso el cochecito me viene de perlas, pues asociado a la ayuda que proporciona el Venancio con su carretón, al cabo del día podemos sonsacar algo que echar a la boca, con lo que olvidarnos por un poco de tanta gazuza y tanta indigencia. Pero aquella tarde, ya digo,no pensábamos sacar nada de cuidado, porque el día anterior habia sido de suerte y yo había encontrado, bajo el peso de un buen racimo de hediondas bolsas de basura, algunas de ellas rajadas  por donde asomaban detritus de cabezas de pescado recomidas por los gatos, y entre jirones de trapajos y otras zarandajas, una minicadena en la que la radio funcionaba a tope y los cedés también deberían de oirse, pero como no teníamos ninguno a mano no los pudimos comprobar. Porque sería chachi escuchar la guitarra del Gigala o el cante rajao del Camarón, pero, como tantas veces digo, la única música que escuchamos en la chabola es la de los de los gorriones que nos despiertan en la mañana y el ronroreo interminable de la fábrica de harina, que no cesa un minuto de moler y moler, muela contra muela, con un run-run que se mete en los sesos. Pero esta mañana, ya digo, hemos puesto la radio por primera vez y hemos escuchado las noticias del mundo, que no entendemos. Y entonces pienso que el Venancio tuvo mejor suerte, porque encontro una cazadora de piel, bastante rozada en los codos, pero que le viene de perillas y desde que la encontró no se la quita de encima. Esa tarde, pues, de alguna manera estábamos satistechos y no buscábamos con el ahinco de los días de rigor, por eso fue una casualidad que lo encontráramos. Sí, fue su llanto; si no hubiera sido por su llanto, quizá no hubieramos reparado en él, puesto que se hallaba oculto bajo el deshecho, entre el mogollón de la bolsas de basura de esas todas iguales que venden el los supermecados. Fue el Venencio quien los halló, quien destripó las bolsas en que venía envuelto casi sin poder respirar; porque la madre que lo parió seguramente contaba conque el fruto de su desentrañado vientre moriría de asfixia y luego se pudríría entre el deshecho pestilente del vertedero.

MEDITERRANEO

MEDITERRANEO
Quien ha nacido a orillas del Mediterráneo, no puede soportar una estancia prolongada lejos del mar. Como para aquel singular joven de tierra adentro, Ismael, todos los caminos y corrientes conducen al mar. El mar, la mar, ese sustantivo hemafrodita, constituye un camino indefinido y esperanzado para la libertad. Desde muy joven, al contemplarlo, se despertaba en mí una profunda ensoñación. Su inmensidad me hacía concebir que en sus latidudes eran posibles todas las veredas. Siguiéndolas, podría alcanzar esa plenitud de vida que tanto  deseaba.

Algunos de los momentos más gratificantes de mi adolescencia transcurrieron contemplando, en la darsena del puerto, el flujo de las embarcaciones, siguiendo la cotidianidad de la vida en los muelles, la intimidad de aquellos que habían elegido transcurrir sus días en el interior del casco de un velero y surcando el mundo en un periplo de pintoresquismo fascinante, fondeando en las bahías más inverosímiles. En aquellos momentos en que el alma efervecía, imaginaba cómo sería mi vida de navegante, de país en país, enrolado en un mercante, siguiendo la rosa de los vientos, persiguiendo la brújula de la aventura. Desvelaba el exotismo de los paises ultramarinos, el bullicio de sus puertos cosmopolitas en los que era posible recabar una experiencia de vida verdaderamente inusual y pletórica. Cuando el hombre es joven, su alma se encuentra ávida de experiencia. Su único deseo es llenarla con ese festín con que se colorea el paisaje del mundo, un mundo que se reconoce lleno de promesas y en el que en cualquier sentido es lícita la felicidad. Sólo más tarde se descubrirá que la vida es dolor y, entonces, todos los paisajes pretendidos se desdibujarán, y nuestra esperanza se tornará amargo desdén.

No importa, sigo creyendo en el mar, en su infinito azul de promesas, donde el barco de la ilusión te lleve a alcanzar los cielos en los que aún es posible el gozo, donde la vida se vista de los colores de lo extraordinario y los surcos de espuma te conduzcan hasta las radas del paraíso. Mientras el hombre aliente, el sueño siempre le acompaña, ese sueño que, al mirar el mar desde el alto acantilado, nos habla de la infinitud de su azul, de esa contingencia interminable que abarca la posibilidad de muchos mundos, de esas vidas que quisimos vivir y que se agostaron de añoranza en las escalinatas del muelle. Pero todo es finito, menos tu eternidad, Mediterráneo; porque siempre traerás desde tu cuna legendaria la invitación de que en los horizontes que tú abres reside ese milagro capaz de transformar la vida.

VIAJE A JERUSALEN DE A. DE LAMARTINE

VIAJE A JERUSALEN DE A. DE LAMARTINE
Mi primer contacto con la memoria deAlphonse de Lamartine se remonta a mi breve época de estudiante, cuando cursaba la asignatura de literatura francesa, en el instituto. Su busto romántico se destacaba resuelto en el grabado que encabezaba el texto inserto en el extracto a él dedicado del manual, atendiendo a una emuladora pose byroniana. Pues no cabe dudar  de que el poeta inglés ejerció sobre el francés una marcada influencia, como ocurriera con otros tantos poetas de su generación. También como Byron, la personalidad de Lamartine adquiere un carácter polifacético, tanto humana como literariamente.  Ambos fueron hombres comprometidos con su tiempo, lo que los llevó a un acercamiento al estamento donde se toman las decisiones. Uno y otro fueron miembros de los parlamentos  de sus respectivos paises, y si bien en el inglés su trayectoria estuvo marcada por una notoria falta de vocación, en Lamartine su celo le llevó a ocupar algunos cargos de cierta relevancia. Finalmente su tránsito por la política se confundió con su obra literaria, dejándonos en este aspecto un testimonio tan reseñable como su Historia de la Revolución Francesa.

Lamartine destaca como poeta, trayendo por primera vez el movimiento romántico a la poesía en Francia;  se marca una tarea como novelista, faceta de la cual conozco sus obras Rafael y Graziella, en las cuales intenta alcanzar con su lirismo el altar de la belleza, por medio de una prosa maquillada que pretende ahondar en los cánones de la literarura tonal, entendiendo que tal concepto musical pueda trasladarse como categoría de la prosa. Además, se le conoce su faceta como narrador de libros de viajes, en cuya produción entra su Viaje a Jerusalén.

Para disfrutar de este libro singular debemos apartar de nosotros todos los prejuicios, todos los lugares comunes que hayamos acordado sobre el poeta y político francés, y descorrer el velo de la imaginación romántica. Pronto nos veremos envueltos en una fascinante aventura, en la que nos introducirá el viajero, a caballo de su prosa estilizada y sugerente, cuya rica paleta logrará tranportarnos a unas latitudes legendarias, enmarcadas en ese halo inquietante del misterio romántico. Lamartine es ese característico trotamundos de su época,  cuya aventura encuadra perfectamente con otras travesías, como la de Childe Harold, Andersen, o Gautier, y se erige en uno de los pioneros de los viajes a oriente.
Su periplo, tan alejado de las burguesas excursiones posteriores, observa esa faceta de lo aventurero y arriesgado, de viaje a través de lo desconocido al interior de uno mismo, de descubrimiento de unos paisajes vedados a la apacible urbanidad europea. A través de sus ojos contemplaremos los inusuales colores del crepúsculo sobre la Palestina, el esplendor de legendarias ciudades enclavadas sobre escarpadas lomas, presidiendo áridos valles, las polvorientas travesias por el desierto rehuyendo el acoso de los bandidos árabes o turcos, la resonancia de Acre, los vestigios de Cesarea, el cosmopolitismo de Haffa, las aguas vivificadoras del Tiberiades y la turbulencia espumosa del Jordán. Y al final de todo, mitica, hurtándose, asolada por la peste, Jerusalén, en toda su solemnidad de ciudad sagrada, entre cuyas calles, palacios, fuentes y rincones cobró significación el mundo y donde el testimonio de sus piedras todavía nos habla de Jesucristo, huella que ya no podrá borrarse nunca del espíritu del viajero.

VISION EN LA CATEDRAL DE VETUSTA

VISION EN LA CATEDRAL DE VETUSTA
La oscura torre de la catedral se yergue majestuosa presidiendo la quietud de la secular Vetusta mientras resuenan de fondo nostálgicas campanas. Es una dulce mañana de verano,  en la que un céfiro acariciador trae el aroma vegetal de los prados que envuelven la urbe. Los jardines destilan penetrantes fragancias y los trinos de los pájaros celebran la confortadora tibieza del sol. Frente a los portales góticos del templo, se extiende en el plano inmediato la honorable memoria del añejo reino Astur, para quien sepa leer en la fisonomía urbana su mudable devenir. Calles de viejas resonancias, rincones llenos de vivencias, recoletas plazas donde acaso asoma la sobria fachada de una iglesia, el emblemático mercado donde se ofrece las excelentes dádivas que produce la tierra, sus pescados, su carnes, su queso; y tras el sucederse de lacias fachadas de galerias encristaladas, el complejo porticado del Fontán, tan vívido de recuerdos, que puede recrearse en su atmósfera el latir de los tiempos pasados, el sello perdurable de su idiosincrasia, espejo donde puede leerse el más genuino acontecer de la intrahistoria astur.

Vetusta, discreta y provinciana, donde en la retícula reservada de los vericuetos adyacentes a la catedral aun pueden seguirse los pasos de Ana Ozores, la Regenta, protegida por la sombra del paraguas y enjugando las lágrimas con un pañuelo de remordimiento. Leopoldo Alas la veía cruzar cada mañana a través de la plaza desnuda y penetrar en la catedral en búsqueda afanosa de confesión. En ese confesionario ornado de embellecidas tallas, la aguardaba el magistral  para desbrozar el camino de desfallecimientos y renuncias e incentivar con la penitencia su alma pura. Quería el clérigo leer en ella como si ésta fuera de cristal, sin la mancilla que nos aparta de la luz de Dios. Y una vez alcanzado ese triunfo estremecido, gozar de beatífica plenitud las dos almas, en inefable amor transmundano.

En las losas frías de la catedral aun pueden evocarse los pasos menudos de la Regenta, su fervor devoto animando compungido el fuego de los cirios, tras elevar sus plegarias a las tallas de las capillas y arrodillarse frente al fasto del retablo del altar mayor. Los pasos  de Ana aún resuenan, pero se pierden como un eco que se desvanece en la vastedad de sus naves y anuncian un triste sino sin más esperanza. Aunque tampoco desde los bancos podemos seguir ya los graves latines del magistral, haciendo trizas y recriminando censurables velidades a la sociedad hipócrita de Vetusta.

Hoy, en el interior de la catedral se respira un aire nuevo; la obra del evangelio y la exhalación purificadora del incienso han saneado los viejos quebrantos. La luz entra purísima a través de la vidrieras; se escucha un música célica; en las bóvedas, por un momento, parecen entreabrirse los senderos del paraíso. Mientras camino, entreverando viejos resquemores con ánimos nuevos, observo que unas siluetas rondan por la capilla de un lado del trasepto. Constituye una visión que hubiera encandilado a muchos de nuestros románticos, como Bécquer o Zorrilla. La escena la componen un clerigo maduro, seguido por dos monjas a las que realza su hábito blanco, como a una Inés de Ulloa rediviva. En ambas resalta la flor de la juventud, y desde la distancia en que me encuentro, parecen dimanar un nimbo de sensual belleza. Una de ellas se ha arrodillado en un banco, frente al altar de una capilla  no sé a qué santo dedicada. En su recogimiento, parece envuelta de trascendida espiritualidad, que no puede menos que conturbar a quien la observa.
La visión adquiere especial arrobo, salpicado de una inquietante sensualidad. Tal encuadre, la sugestiva belleza de esta nueva Teresa del Bernini, hubieran despertado nuestro eros codicioso, si la apostura casta de la oración no recomendara a nuestra voluntad el arrepentimiento, la realidad de un amor por encima de la efímera consistencia de nuestras pasiones, ese gozo que solo en Dios puede encontrarse. Fue ésta una visión fugaz, pues tras ese breve instante devocional, el consagrado grupo se recogió en lo reservado del templo mientras yo tuve que regresar a mi interioridad solitaria.

VENECIANAS XXXIII: PALOMAS DE SAN MARCO

VENECIANAS XXXIII: PALOMAS DE SAN MARCO
Si algo caracteriza a la plaza de San Marco, en Venecia, es su superpoblación de palomas. Son palomas comunes, más bien sufridas. Su plumaje es oscuro, con pinceladas negras en alas, mientras que su plumón grisáceo se realza con una collera verdosa. Un romántico, las hubiera preferido de impoluto blanco, lo cual redundaría una evocación en mayor grado poética de la plaza. Pero no es así. Su ruevuelo se cierne sobre la plaza como un ensombrecido presagio y no como el levitar purísimo y bendito de la paloma evangélica.

Tengo entendido que las palomas de San Marco procrean de manera alarmante, circunstancia frente a la cual las autoridades han decidido poner coto. Resulta imperioso diezmar esa fecundidad aviar, recurriendo a los más expeditivos métodos. Uno de ellos es la prohibición drástica de alimentarlas. Aunque creo que esta ley es constantemente transgredida por el turista ingenuo, que parece hallarse más allá de toda prescricción y se deja llevar por ese impulso filantrópico y ternurista de repartir maiz a troche y moche entre la barahunda de palomas y palomos insaciables, mientras éstos se le suben, con desvergonzada confianza, hasta las mismas barbas.

He observado con atención el comportamiento de las palomas, como se sabe apasionadas de las semillas y los frutos secos. Sentado en la terraza de un bar en cierta plaza céntrica, en el que siempre la cerveza es acompañada de dichos aperitivos, no cabe más que esperar que al poco tiempo no cerque un grupo de palomas furtivas. Merodeando en derredor, tanteando los terrenos, irán lentamente cirniéndose sobre nuestra mesa, codiciosas del suculento platillo de cacahuetes y maíz. Si nos permitimos el buen corazón de lanzarles algunos de los garbanzos tostados que desechamos, pronto su confianza irá mermando distancias hasta que al cabo las veamos picotear furibundas en el platillo. Esta desverguenza torcaz no hace evocar la voracidad de esos pájaros en el memorable film de Hitchcock.

Pero, ¿ que sería de San Marco sin sus palomas? Un espacio de brillante frialdad. Las palomas nos recuerdan el frenesí de la vida, el pálpito poético del latir del mundo, del pulso vitalísimo de esa Venecia a la que se cree dormida en el sueño de su pasado, pero que día a día resurge y se renueva, amaneciendo tras el velo negro de la noche que encubre la magnificencia de una plaza en la que, durante ese letargo nocturno, no hay palomas, o se recogen en ese gran palomar que las cobija, como son los resquicios de las procuratorias,  el campanile,  la torre del reloj o la misma basílica... No nos quepa duda, en Venecia las palomas tienen carta de ciudadanía.

EL HOMBRE QUE IDOLATRABA A CINDY CRAWFORD

EL HOMBRE QUE IDOLATRABA A CINDY CRAWFORD
Era verano. Un verano en ciernes que tardaba en consolidarse. Como cada mañana, aún adormilado, sin haberle abandonado del todo el arrobo placentero de las sábanas y el sueño, Eugenio Zayas salió de casa, como todos los días entre semana, para dirigirse al trabajo. La luna lucia todavía plena en un cielo que comenzaba a clarear y en la ambiente parecían aun cernirse las incertidumbres de la noche. El día anterior había aparcado su automóvil, no sin un esforzado acecho al codiciado aparcamiento, unas calles más arriba, junto a un hediondo contenedor público de basuras. Hasta allí, pues, se dirigió, con el bocadillo del almuerzo en la mano y una pesadumbre en las piernas,  que nos atrevemos a tildar de sicológica, ocasionada por la adversa perspectiva de una jornada de duro y rutinario trabajo por delante.

La rutina en la actividad diaria es circunstancia que deprime al individuo, y es, a su vez, algo inherente a cada hijo de vecino de las clases medias que pueblan nuestras ciudades. Sáquese, pues, la consecuencia. La rutina hace que la vida nos pese como una losa. Y no quiero entrar en apreciacionnes fúnebres. El transcurrir monótono de los días, y nuestra servidumbre como pieza, no del todo imprescindible, de cierto engranaje productivo que no nos aporta sino una precaria economía y las vislumbres de un horizonte incierto, asumiendo nuestros objetivos como inalcanzables, nos produce una sensación de ahogo, como de sentirse en el interior de un pozo del que resulta imposible salir y en el que todos los intentos por conseguirlo se ven abocados al fracaso.

Eugenio Zayas, para erradicar ese acre sinsabor existencial de su boca, se echó en ella un caramelo de menta, de los que se había hecho adicto tras haber abandonado el vicio del tabaco. Como una bocanada de oxígeno para quien se ahoga en un mar de contrariedades, le vino a la mente un recuerdo, una evocación. Rememoró una idílica mañana de hacia unos veranos en que saboreaba, libre de presiones, un capuccino en uno de los cafés de la plaza del Campo, en Siena. Era una mañana espléndida, en que se contemplaba la plaza pulular entre los vanos que despejaban las gradas habilitadas para el célebre Palio, que tendría lugar el día siguiente. Aquel sol estival, aquella plaza de sublime encanto y el regusto de aquel reconfortante capuccino que aun se le antojaba degustar, le originaron una sensación que bien podríamos definir como de vívida felicidad, ese estado de gracia que nos satisface plenamente y que llegaría a ser ideal si durara siempre.

Colmado por la imagen de las coloristas banderas de los distintos barrios de la hermosa ciudad toscana agitándose al viento,  emprendió el camino hacia la factoria donde laboraba como operario. Con la palanca de cambios en segunda, fue adentrándose, bajo la biliosa luz de las farolas, en una ciudad todavía aletargada. El trafico era escaso. Y al detenerse ante un semáforo que daba acceso a una rotonda, de nuevo la realidad se le vino encima como un pesado fardo. Se hallaba náufrago en mitad de la semana, finalizando junio, y con la friolera de una interminable sucesión de jornadas de calor, sudores y estrés por delante, sin mayor color ni asomo de esperanza de que esa situación en una fecha determinada cambiaría.

Fue al salir de una curva, una curva sin visibilidad. De sopetón, allí apareció ella, sobresaliendo de la valla publicitaria estratégicamente ubicada. Era como el espejismo inesperado de un oasis, una invitación flagrante a añorar lo inasequible, una turbulencia que te impulsaba a ambicionar lo inalcanzable. En el fondo, una carnada; pero una carnada apetitosa y apetecible, por la que estaríamos dispuestos a canjear algo valioso con tal de hincarle el diente. Sí, era ella: el sumum. Una Cindy Crawford ceñida por un liviano bañador, que exhibía su esplendorosa belleza de moderna Venus botticceliana surgida de las aguas. Y desde entonces Eugenio Zayas, ese oscuro operario, se entregó cada mañana, en su monótono itinerario, a la más enconada idolatría del eterno femenino hasta que llegaron las vacaciones de agosto, ese lapso en que se nos permite volver a ser nosotros mismos y donde se renueva el lujoso placer de estar vivos.

SACRISTÍA NUOVA DE LAS CAPILLAS MEDICEAS

SACRISTÍA NUOVA DE LAS CAPILLAS MEDICEAS
No se puede negar que el monumento sepulcral de la Sacristía Nuova constituye una de las cúspides en el arte de Miguel Ángel. Se conoce que el encargo surgió del papa León X, pero su conclusión tuvo lugar durante el papado de su sobrino Clemente VII. La capilla, llamémosla así, supone una prolongación del soberbio panteón de la familia Medici y estuvo destinada a albergar los restos de los viejos próceres, desde Lorenzo el Magnífico hasta el otro Lorenzo, el penserioso. La sobria arquitectura renacentista, ideada por el propio escultor, enmarca los monumentos funerarios quizá más hermosos y equilibrados de su época, los que enfrentan, muro contra muro, a Lorenzo el pensieroso y a Juliano de Nemours. En ese extraordinario conjunto Miguel Ángel alcanza un importante logro, cuyo fundamento retórico abrió las puertas a un ya acaso emergente manierismo. En cualquier caso, ambos grupos demuestran una maestría difícil de igualar y en la que se establece un cierto canon de la belleza.

Cuando el visitante traspone las puertas de la Sacristía se siente transportado a un ámbito sublime de perfecta proporción, donde rige, en la fluidez del lenguaje, el concepto de lo divino. Miguel Ángel pretende trasladarnos a la puridad de un orden esencial platónico en el dominio eterno de las ideas. Toda la obra aspira a la dualidad sagrada de Bien-Belleza, desde la que llega a penetrarnos la mirada divina, que pretende ser redentora. Desde los dos estados del espíritu, el de las reflexión y el de la acción, el artista sondea el cernirse inquietante de la voluntad, enmarcada en la permanentes coordenadas del tiempo, la noche y el día, el crepúsculo y el alba. Raro resulta, al enfrentarse a esta obra magnífica, no presentir ese algo más que nos puede proporcionar el arte, cuando menos el barrunto de ese infrecuente estremecimiento de un "algo más" trascendente.

EL BARBERO DE SEVILLA

EL BARBERO DE SEVILLA
Fue el "Barbero de Sevilla" una obra de compromiso dentro de la producción operística rossiniana. Después de ver rechazados muchos proyectos por la censura romana, Rossini vio caer en sus manos, por mediación del empresario del Teatro Argentino, el libreto del Barbero de Sevilla, basado en la comedia de Beaumarchais, a la que ya había puesto musica con anterioridad Paisiello. Esto supuso para Rossini el compromiso de enviar una carta respetuosa, casi de disculpa, en demanda de anuencia por haber osado abordar una obra ya tratada, no sin falta de talento y con renovado éxito en los escenarios, por el anciano maestro, hoy injustamente semiolvidado, de la ópera napolitana.

La composición del "Barbero..." en el tiempo record de dos semanas, da una idea aproximada del carácter coyuntural y casi para salir del paso que tenía la obra, al tiempo que da buena cuenta de la maestría alcanzada por Rossini en la escritura, talento que le permitía facturar una ópera de éxito en escaso tiempo. Pese a lo cual, y como también solía acaecer a menudo, un trabajo tan precipitado resultó un fiasco; la obra fracasó en su primera representación y hubo de ser retocada, pulida, hasta convertirse en la genial obra de repertorio que hoy conocemos, tras de lo cual el triunfo reiterado la ha acompañado hasta nuestros días.

Creo no errar si argumento que el Barbero de Sevilla rossiniano, más que a la obra homónima de Paisiello, nos remite a esa otra parte de la comedia seriada del Fígaro de Beaumarchais en la que se ocupó Mozart: Las Bodas de Fígaro. No se puede uno sustraer al mal hábito de la comparación. Frente a la profundidad, el sarcasmo, el poso amargo, la ácida crítica social, el-pese a los afanes censores de la corte de José II-latente conflicto de clases, y, también, frente a la humanidad y extrema carnalidad inherente a los personajes mozartianos, Rossini nos presenta una comedia eminentemente  bufa, en donde el juguete cómico propio de las comedias de enredo prima sobre cualquier otra consideración o lectura rigurosa, que, por otra parte, es evidente que la tiene, pues no en vano Rossini era declarado partidario de las ideas provenientes de la Francia revolucionaria. La música del Barbero..., en fin, es más efectista, directa y jovial que la de las Bodas...; allí donde Mozart insinua, Rossini afirma; cuanto en uno es sonrisa irónica, en el otro se convierte en franca carcajada; el pesimismo nostálgico del austriaco, se transforma en luminosa sencillez vital en el de Pésaro.

LA DEMOCRACIA ATENIENSE

LA DEMOCRACIA ATENIENSE
La democracia ateniense se ha constituido al correr de los siglos en paradigma de los sistemas democráticos mundiales. A la par que el régimen oligárquico espartano resulta representativo de los totalitarismos. No en vano el nazismo alemán encontró en él tantas facetas a emular. Ambos regímenes sobre el papel tienen sus aciertos y desaciertos; pero de ninguno de ellos se pueden entresacar sus virtudes y defectos hasta que no se los experimenta en el crisol de lo humano.

La democracia ateniense fue un modelo participativo que defendía la libertad del demos y en cuyas asambleas el individuo tenía la facultad de desarrollar su faceta de animal político.  La polis se convertía en el marco donde el ciudadano podía expresar su libertad, siendo garante de que se escuchara en sus foros la voz de los más débiles. Pues entonces, como hoy en día, el peligro que la democracia acarrea es que el poder se concentre en una o dos de sus facciones, prevaleciendo así la sanción de la mayoría sobre el resto de los partidos, lo cual deriva en una forma de hegemonía excluyente. Cabe hacer notar que durante el período que rigió la democracia en Atenas, fueron notorios tales ejemplos. Con Pericles, tenemos el ejemplo de una democracia controlada por un hegemón que arbitre sus desmesuras, al tiempo que con Cleón asistimos a la imposición de una política regida por una facción, del tipo de los rodillos de las mayorias absolutas de nuestra época. No sabemos, de no haber ocurrido la debacle de la guerra del Peloponeso, hasta dónde hubiera alcanzado el desarrollo de la democracia ateniense. El fruto de ese germen de libertad en la historia se desvaneció ante la presión de la oligarquías, que en Atenas impusieron el régimen de los treinta tiranos, bajo cuyas intrigas, aunque ya restablecido un nuevo período democrático, el estado hizo probar la cicuta a Sócrates.

El régimen democrático no contó con la aquiescencia de lo pensadores de la antigüedad, para quienes gozaba de mayores simpatías el régimen autárquico espartano. Para Platón, la democracia se inscribía entre el peor de los gobiernos, pues su evolución solo podía desembocar en la anarquía, poniendo en evidencia todas las lacras del demos. Todo ello era lógico, pues Platón albergaba un concepto sagrado de la vida y del gobierno, concepto que la gran masa de desfavorecidos estaba muy lejos de asumir, pues para ellos la existencia comportaba un carácter bastante menos que satisfactorio. En un mismo tono, y sin ocultar su proclividad espartana, se expresaba Jenofonte,  el cual acabó sus días lejos de Atenas, bajo la hospitalidad de los lacedemonios. Y a ambos habría que sumar la consideración de Aristóteles, en cuya Política tampoco tuvieron gran predicamento las consideraciones democráticas. Todo lo cual nos hace pensar que si la democracia fue un valor depreciado y anacrónico de la edad clásica, se ha constituido quizá el régimen más factible y con mayor preponderancia, a juzgar por sus frutos, en el curso de nuestra edad contemporánea, en la cual ha encontrado un marco geopolítico aceptable y las condiciones favorables, si no idóneas, para su desarrollo.

ESBOZO SOBRE LAS HERMANAS BRONTË

ESBOZO SOBRE LAS HERMANAS BRONTË
Por un tiempo tuve a las hermanas Brontë como representantes de la novela más genuinamente inglesa. Me sacó de tal creencia Harold Bloom, donde en su canon de la novela, afirma que las hermanas Brontë constituyen un punto y aparte en la tradición novelistica inglesa, cuya mayor ortodoxia habrá que encontrarla en Jane Austen , George Elliot y la más contemporánea Virginia Wolf, entre las  excelentes mujeres novelistas que nutren dicha literatura.

Sin embargo, hay que reconocer que las hermanas Brontë lustran como ningunas otras la novela estrictamente romántica,  creando en ella esa atmósfera especial en la que reúnen los componentes más representativos del género: en su ámbito abundan los lugares inhóspitos, los destinos amargos de unas vidas la mayor de las veces conducidas por una voluntad irracional, voluntad que como en Cumbres Borrascosas trascenderá las reglas de lo permitido, además de otras tentativas de lo imposible que lo caracterizan. En la lectura de cualquiera de sus novelas encontraremos ese elemento inquietante que satisfará algunas ciertas desmesuras que el lector reclama, siempre que éste se sienta anheloso de las sugestivas ensoñaciones que buscan estremecer su sensibilidad y su morbo.

Dice Bloom que las Brontë tenían un modelo, y éste no era otro que George Gordon Byron. Desde su niñez vivieron bajo la aureola fascinadora del mayor de los románticos. Es seguro que en torno al fuego del hogar comentarían su leyenda. Su imaginación se poblaria de esos grandes amores contrariados y de exóticos viajes. Beberían en esa enigmática fuente que luego alentaría su universo literario y diseñaría el perfil de sus héroes. Es más que conjeturable, pues, que en sus dos grandes novelas, Jane Eyre y Cumbres Borrascosas, sus dos protagonistas Heatcliff y Rochester se constituyan en trasuntos de lord Byron. Sobre la imagen del poeta, pues, construirían su heroe romantico y sobre la solariega mansión de Newstead Abbye, las sombrías mansiones de Thornfield y Wuthering Heights. Convirtieron, en suma, el talante byroniano en un género que, sin duda, tuvo incondicionales seguidores y, cómo no, seguidoras.

En estos días sentía la necesidad de hincar el diente a una novela que me atrapara, que no tuviera que dejar a las pocas páginas bajo el peso del hastío. Y eché mano de Jane Eyre. Al contrario que Cumbres Borrascosas, no la había leído durante mi juventud y, aunque conocía de referencias la historia, contaba con la pericia de la hábil Charlotte para que consiguiera envolverme en su fascinación. A las dos primeras páginas ya estaba atrapado y exultante de navegar el río, entre remansos y turbulencias, de una novela bien escrita.

IMPRESIONISTAS

IMPRESIONISTAS
Entra en nuestra predilección ese giro radical en el arte que supuso el impresionismo. Entre sus virtudes  destaca el que se potenció la pintura de paisaje. Con ella el hombre parece cejar en su obsesiva introspección y vuelve la vista a Dios. En ese diálogo fructífero con cuanto le rodea, el hombre reencontrará su más íntima interioridad. Aprenderá a leer en el paisaje la claves a su itinerario temporal y desentrañando los signos, en el análisis estricto de esa aparente realidad, despejará sus dudas en cuanto a la dificilmente asimilable paradoja de la existencia. Pero esto no será posible sin una transgresión, en la que penetrando la capas que disimulan esa ilusoria realidad se desbroce el camino hacia la luz primigenia.

El paisaje comenzó a cobrar sentido, desbancando por primera vez del protagonismo a la figura humana, con Claudio de Lorena. Lección que aprenderia, desarrollándola, incidiendo en su análisis, una figura tan polifacética como Turner. En el inglés podemos identificar el primer impresionismo, como tantos otros caminos que barruntaron la modernidad. Aunque bien sabemos que la técnica imperionista ya habia sido aprendida en el arte, basten los elocuentes ejemplos de Velázquez o Goya: el Velázquez de los miriñaques de las infantas,  el Goya de las anchas pinceladas anchas, esbozadas, de muchos de sus retratos. Pero si con Turner inauguramos el moderno impresionismo, es con otro inglés, Constable, con el que penetramos la ciencia del paisaje. De ellos dos partieron los impresionistas franceces, siguiendo el rumbo de un Delacroix que ya había asimilado la lección, sobre todo tras el descubrimiento de la nuevas calidades de la luz en el paisaje de marruecos. Todos ellos fueron fuentes de las que bebieron Monet, Pissarro, Sisley, Renoir, para convencerse en suma que todo en pintura se somete a un juego elemental de luces y sombras, pues el color solo es un intervalo entre ellas, yque al cabo es la luz la que define y da significado a la realidad última de las cosas, como ya habia aprendido el arte en la gran tentativa del gótico pleno: la catedral.

AHÍ CAYÓ CÉSAR: ASESINATO EN LA CURIA DE POMPEYO

AHÍ CAYÓ CÉSAR: ASESINATO EN LA CURIA DE POMPEYO
Se acaba de descubrir por un escogido grupo de especialistas el lugar en el que cayó asesinado Julio César. Se sabía que donde acaeció el hecho fue la curia de Pompeyo, pero parece ser que evidentemente se ignoraba el metro cuadrado exacto donde tuvo lugar la inmolación.

La curia de Pompeyo se situaba en un lugar bastante céntrico del foro romano, y aunque sus muros no han resistido hasta nuestros días, perdura el basamento de lo que constituyeron sus cimientos. Allí, según constaté en una estancia en Roma, cada año, sobre los Idus de Marzo, se depositan flores conmemorativas de aquel luctuoso hecho. Roma no a olvidado a aquel que con mano más firme y clemente supo llevar sus riendas.

Sin duda el asesinato de César podría considerarse el complot político más célebre de la historia. Aunque de su maquinación y desarrollo nos hablaron algunas fuentes de la historiografía romana, quién escrutó sus apasionadas vicisitudes y sus motivaciones fue William Shakespeare. Por él sabemos de ese forcejeo, a veces sucio, entre los nostalgicos republicanos, que aspiraban a una Roma útopìca, imposible en el curso de los tiempos, y la voluntad victoriosa del dictador, que se traducia en un política pragmática, acorde a lo que venía demandando la desmesura del imperio. Porque por entonces Roma ya había dejado de ser esa legendaria aldea tiberina gobernada por patricios libres, bajo el arbitrio prudente de un senado de hombres doctos. En los conspiradores parecia perdurar ese viejo sueño de Roma que, como todo dentro del espíritu antiguo, miraba hacia atrás. En el pasado situaron Hesíodo y Homero la edad dorada: un mito que hacia adoptar a los hombres la trayectoria del cangrejo, en incontrolada marcha atrás. Así pensó Bruto, cuando se dispuso  a derramar su sangre por esa Roma ideal que nunca volvería, como tantos otros después dieron su vida por una utopía, en la mayoria de los casos irrealizable sobre la faz de la tierra. ¿Fueron Bruto, Casio, Casca y los otros, hombres que habían perdido su brújula, que tomaron un deseo, un sueño desvaceciente, por una alternativa política de algún modo factible? ¿Quizá fue César ese primer hombre que comenzó a ver hacia adelante, que imaginó en el futuro ese único mundo posible, hijo del esfuerzo, de la lucha y del sacrificio?

TIEMPO PARA JUAN RULFO

TIEMPO PARA JUAN RULFO
Se ha expuesto en la FNAC de Alicante una muestra fotografica, obra del también escritor Juan Rulfo. Cabe decir que las reproducciones son excelentes, al tiempo que detentan un gran poder evocativo. En ellas se deja filtrar esa atmósfera inquietante que constituyó el mundo literario del escritor. Hasta nosotros llega un Mexico filtrado por una particular poética, que hace participe a cada instantánea de una dimensión fascinante. En algunas de ellas, no resulta difícil adivinar la ubicación mítica de Comala, ese lugar certero donde se interpreta Mexico a través del espíritu del escritor.

Juan Rulfo, como Lautréamont, es autor de una sola obra, pero a pesar de esta inquietante circunstancia, toda ella destila una apabullante sinceridad que lo aleja de los malditos. Con Rulfo penetramos en el tuétano mismo de la realidad hispanoamericana; nos traduce ese sentir mestizo que a los europeos nos resulta cuando menos enigmático, diferenciador. En Comala esenció el espíritu Mexicano hasta convertirlo en leyenda; en él cobró vida su paisaje desierto, entre páramos áridos y colinas rocosas que arañan los cielos impolutos; se volvió alegórico el merodear de buitres en torno a la carroña y se observó con intuición profetica el pulular de un pueblo titubeante transido por el espejismo de la muerte. Por sus calles parecen circular seres incompletos, embozados tras la verguenza de unas vidas cercenadas. Se dejan ver como sombras, de puerta en puerta a través de las calles polvorientas, guiados por una razón que no conocemos, pero que alienta ese sentido desolado de su existencia. A veces se advierten presencias presentidas, fugitivas entre los callejones; significan la persistencia de los viejos espíritus de Comala.

En Comala, con su Pedro Páramo, Rulfo creó ese caldo de cultivo del que se nutrió la posterior literatura latinoamericana, más concretamente el realismo mágico, encabezado por Gabriel García Márquez. Sin Comala no se puede entender Macondo, ni todo el universo recreado de una América que rebusca en los pliegues de su identidad, encontrándose en esa literatura que gusta analizar el porqué de la gran agonía en ese continente.

TO ROME WITH LOVE

TO ROME  WITH LOVE
Woody Allen sigue empeñado en su peregrino deambular por la vieja Europa, de la que extrae nuevas historias con fresca inspriración que, combinadas con viejos recuerdos de nuestro desván, se transforman en un néctar original en la fértil coctelera de su ingenio. Parece agotado el numen de la fuente neoyorkina, y su fantasia reclama  nutrirse con nuestra tradición más sugestiva, con la que cordialmente parece concordar. Woody frecuenta nuestros ambientes, en los que parece sentirse como pez en el agua y como el mejor facultativo ausculta el pulso de nuestro actual acontecer, haciéndose eco de nuestras arritmias y otras cardiopatías.  En cualquier caso es seguro que la sensibilidad cinematográfica de Allen esta más en consonancia con nuestro viejo cine de autor que con la insaciable maquinaria de embaucar de la industria hollywoodiense.

En A Roma con amor Allen se inmiscuye en la calles vericuetas de la populista ciudad tiberina, hasta acompasarse en el sístole y diástole de su corazón milenario.
Hasta su oído parecen haber llegado los ecos de sus remotos prosistas: las correrías satíricas   de Petronio y Apuleyo, la narrativa risueña de Bocaccio o la pícara de la Lozana Andaluza, el irónico realismo de los cuentos romanos de Moravia y de los demás autores que reescribieron su acontecer diverso; esas certeras romas, en suma, con que uno se tropieza al volver de cada esquina, a la sombra de sus monumentos, en el frenesí de sus calles invadidas de pintoresca vitalidad. Allen saborea Roma como el diletante que recién ha adquirido una pintura largo tiempo perseguida, e ilusionado se deleita en sus detalles y matices.

Si en Midnight in Paris se acerca a la ciudad del Sena con sesibilidad poética, entre elegíaca y evocadora, en A Roma con Amor lo hace con el pulso jovial y sereno de lo narrativo. Es en esa Roma donde recupera ese espíritu de cuentacuentos que, con proverbial desparpajo, tuvo también Fellini. Allen parece reencontrar en ese misterio romano que recubre sus calles la conciencia fabuladora, el potencial escénico que suscita su legendario decorado, cuya arqueología dio vida a Plauto y su modernidad a la Dolce Vita u Ocho y medio. Es felliniano el episodio de Pisanello o el de la pareja recién casada que acude a Roma desde un pueblo apartado para labrarse un porvenir; en el cantante de opera que sólo es magistral bajo la ducha, recupera la mejor comedia italiana, con el guiño propio, marca de la casa. Sólo nos encontramos con el Woody tradicional en la historia del arquitecto que regresa a Roma y que mientras vagabundea los viejos rincones del Trastevere reeecuentra y recupera su perdida juventud, aquella donde aún tiene cabida la esperanza. En A Roma con amor, en definitiva, nos muestra Allen esa Roma histriónica y pintoresquista tan mimada por el objetivo de la cámara cinematográfica, pero tras cuyo sutil telón de tramoya  farándulesca se esconde esa otra Roma profunda y aleccionadora que aun sigue cautivándonos en el recuento de sus maravillas.

CIELOS DE TOLEDO

CIELOS DE TOLEDO
La iglesia de los jesuitas de Toledo destaca, entre las maravillas diversas de la peñascosa pesadumbre de la urbe, por su edificación relativamente reciente. Debe su origen a ese impulso contrarreformista que pobló de templos ambiciosos la vieja Europa. Se enumeran varios arquitectos que la hicieron posible; a resaltar, en sus orígenes, el constructor de la catedral, Juan Bautista Monegro.
Como digo, las iglesias de los jesuitas descuellan en Europa por la amplitud de sus plantas de cruz latina, casi siempre basilícales, por el lujo de sus capillas, presididas por brillantes retablos, y por las imponentes y luminosas cúpulas que se elevan sobre el crucero. Bastarían los ejemplos del Gesú, en Roma, I Gesuati, en Venecia, y los numerosos ejemplos que se pueden encontrar en tantas ciudades europeas de mayor o menor rango..
En la toledana, la amplitud y luminosidad de sus naves me recuerdan los templos palladianos de Venecia, en los que se nos revela esa nueva espiritualidad que se vivía durante esos prolegómenos de la modernidad.

Los jesuitas de Toledo comparten muchos aspectos de sus hermanas mayores o menores de España y Europa; en la ciudad de  Toledo el templo destaca por sus dimesiones inhabituales. Se ubica a medio camino entre el Zocodover y la judería, sobre una pequeña plaza en la que descubre su espléndida fachada. Llama la atención por su trazado moderno, discrepante entre los muchos templos seculares que salplican el mapa toledano. Por ejemplo, colinda con San Román, con sus importantes vestigios del arte visigótico y muestra especial contraste si se lo compara con los no muy distantes ejemplos que se erigen en la calle Santo Tomé, donde aflora ese mudéjar característico.

Llama, pues, primordialmente la ateción de su fachada su carácter monumental  y sus imponentes torres laterales definiéndose vigorosas sobre el azul de los cielos toledanos. Se distinguen estas torres por estar abiertas a la visita pública. Quien lo desee, tras una moderada escalada, podrá acceder a la cumbre de las torres campanario, donde le esperan algunas de la vistas más interesantes e impactantes de Toledo.
Dejando arrastrar la mirada por el tupido entramado de los tejados de la ciudad, como diablo cojuelo, uno siente la tentación de curiosear en ese palpitante pulular que se esconde bajo la ocre arcilla y penetrar sus más íntimos secretos. La visión desde esos oteros privilegiados es incomparable: bajo los tejados se adivina el trazado de las calles, en un laberinto indescifrable que preserva sus ricos tesoros y el sosegado discurrir de su vivencia. En cada punto de la rosa de los vientos nos reclama una maravilla: San Juan de los Reyes, a nuestra derecha; al frente, la Catedral primada; el Alcázar, a mano izquierda; a nuestras espaldas, la puerta de Bisagra y el hospital de Afuera; y finalmente, atisbando en lontananza, de un lado la Vega, dividida por el trazado ya sereno del Tajo, y del otro, la abrupta orografía de los cerros toledanos, con sus cigarrales dispersos como oasis de civilización.
Y una cosa estremece sobre todas: el sobrecogedor silencio de ciudad varada en su historia, de ciudad entrañada en sí misma y que nos alienta, en su contemplación sosegada, a sumirnos en más trascendentes meditaciones.

PRERROMÁNICO ASTURIANO

PRERROMÁNICO ASTURIANO
En Oviedo, en la faldas del monte Naranco, se levantan dos construcciones que  remontan hasta los tiempos legendarios del reino astur: estas son Santa Maria del Naranco y San Miguel de Lillo. Ambas pertenecen a un complejo arquitectónico erigido en época del rey Ramiro I, cuya corte debió alcanzar el máximo esplendor, y se inscriben en ese estilo conocido como prerrománico asturiano, del que subsisten variados ejemplos en diversos enclaves de la comunidad, tales como San Julián de los Prados o San Salvador de Valdedios, entre otros. Su construción debió ser relativamentente inmediata a la  de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, lenvantada en tiempos de Alfonso II el casto, y que hoy día alberga la cruz de la víctoria, símbolo decisivo para el principado astur, entre otras reliquias veneradas por el constante peregrinaje a Compostela que atraviesa Asturias.

Santa Maria del Naranco, que no nació como iglesia, sino tal vez como palacete desde donde se custodiaba la caza, que debió ser abundantísima en los bosques lindantes, adquiere una esbeltez insospechada frente a otros monumentos arcaicos. Su mole se eleva con elegante desenvoltura, resaltada por los dos miradores embellecidos por proporcionadas columnas y arcos de medio punto que le otorgan ese peculiar encanto palacial. Seguramente, desde la época de la Roma imperial no se había contemplado en Europa una edificación semejante. El espacio que más contribuye a resaltar esta impresión es, sin duda, su planta noble. En ella por primera vez se utilizó, desde esas épocas remotas, la bóveda de cañón, elevada con solvente maestría por los constructores. En su ingenuidad prerrománica, con la parvedad de medios característica, Santa Maria del Naranco conserva esa exquisitez que para sí hubieran demandado muchos palacios renacentistas. El caminante que se aventura por los senderos del monte hasta alcanzar su estratégico promontorio, se verá fascinado por el mensaje duradero que todavía parece rezumar una virginal belleza.

Cuando yo, oscuro soldado de un cuartel hoy día inexistente, discurría por sus senderos en fatigosas marchas, mochila y cetme al hombro, mientras la húmeda llovizna enlodaba los caminos, cierto alivio mitigaba la fatiga de mis mienbros y por un instante se elevaba mi espíritu, al divisar, estremecido, la ingenua pero airosa belleza de Santa Maria del Naranco que nos salía al paso. Dominadora sobre su ladera de tupida hierba, desde su promontorio se abarcaba el extenso valle verde que, desde el regio enclave de su mirador, contemplaba Ramiro. A sus pies, yacente, Oviedo: la sacra capital.

ROMANTICISMO ESPAÑOL

ROMANTICISMO ESPAÑOL
Entre los muchos museos de variado contenido que uno puede visitar en Madrid, se encuentra el Museo del Romanticismo Español. Constituye una de las propuestas más logradas en cuanto a espacios culturales se refiere. Si bien el palacio que lo cobija de alguna forma desdice el atractivo contenido interior, el conjunto no puede por menos que despertar la admiración en el visitante.

Parece ser que el museo nació por la iniciativa de ese español singular que sin duda fue el marqués de la Vega-Inclán, el cual cuenta entre sus muchos logros la creación de la casa Del Greco en Toledo y la de Cervantes en Valladolid. Merece el mayor encomio en su decisión de abordar este proyecto del museo romántico, llenando un hueco tan fundamental, reclamado por un gran público incondicional de esa época irrepetible, tanto en el terreno cultural como histórico.

El museo es la traslación minuciosa, tan atenta al detalle como al conjunto, de lo que sería una casa ideal en esa época privilegiada,en tantos sentidos, del Madrid romántico que se desenvolvió extensamente durante el período isabelino, entre 1831 y 1868, año del estallido de la "Gloriosa" y la abdicación de Isabel II.

Por una bien acondicionada escalera se asciende a la planta noble del edificio;  peldaño a peldaño, a través de las decoraciones y los cuadros, vamos sumergiéndonos en esa época preterita de ilusión, que ayudan a recrear cada uno de los componentes encargados de imprimirle vida a esos escogidos ambientes. Conforme uno va inmiscuyéndose en el entorno, va enrequeciéndose la posiblemente elemental lectura que podríamos tener de la época. En cada uno de los detalles, se ven estimuladas  memoria e imaginación. Durante las más de venticinco salas que reproducen los más dispares ambientes, exclusivos del período, conseguiremos intimar con el conjunto de ese breve segmento del diecinueve que llenó de vitalidad a esa España que le tocó en suerte, dejando en ella las huellas imborrables de una peculiar resonancia que ha llegado hasta nuestros días con el especial fervor que caracteriza el romanticismo.

En sus salas encontraremos el retrato, tanto pictórico como gráfico, desde el último Goya al exquisito Madrazo; los primeros albores fotográficos, que consiguieron legarnos esa atmósfera sentimental de la época; los instrumentos musicales que dieron brillantez a aquellos míticos salones a la moda, incluidos el arpa y el  fastuoso piano de cola; mobiliario: toda suerte de bureaus y escribanías; camas estilo imperio, cunas, consolas y otomanas, mullidos sofás, la más escogida sillería; lo necesario para el esparcimiento: el tablero para los naipes y la inevitable mesa de billar; el precario utillaje casero, por último, sin descontar el brasero y el discreto mueble-retrete.

Ante nuestros ojos desfilara, en el tono más evocador, ese grupo peculiar de nuestros próceres, incluyendo a Riego, Espartero y Narvaez; las egregias figuras de Fernando VII, Isabel II y su consorte Don Francisco de Asis; la brilantísima nomina de nuestros poetas: allí tendrá eco desde el pistoletazo de Larra a la legendaria figura de Espronceda; la grandilocuente versatilidad de Zorrilla o esa estampa doliente del último Bécquer, en su lecho de dolor. En definitiva, cualquier reseña resultaría insuficiente para recomendar la visita, de todo aquel que desembarque en Madrid dispuesto a nutrirse  en ese vivero cultural de sus museos, a este museo peculiar, mitigado en su eco por ese tridente de fama internacional que constituyen El Prado, El Thyssen o el Reina Sofia. Pero, sin duda, el Museo Romántico de Madrid es una opción valiosísima a tener en cuenta.

CAMINO DE COMPOSTELA

CAMINO DE COMPOSTELA
Mi arribada a Compostela no fue como peregrino sino como turista, hecho en algún aspecto lamentable. Pero el  sentido ético me obliga a no compartir unas tradiciones que mi bautismo y mi fe evangélica excluyen. Lo cual no quita para que sienta un solidaria simpatía por todos aquellos que siguen el Camino...Debe experimentarse una emoción incomparable al divisar Compostela agazapada entre los cerros, tal vez desde la prespectiva única del monte del Gozo. Fascinadora entre sus brumas, la sentiremos latir en la hondas campanadas que resuenan en el valle hasta desvanecerse entre el misterio indefinible de las nubes. Nubes preñadas de aguaceros, de sucios trazos como de carboncillo difuninado. A no tardar, la llovizna empapará los tejados y el empedrado de las calles se cubrirá de lamparones dispersos, que los paisanos esquivan guareciéndose bajo los pórticos, mientras los peregrinos echan mano de sus chubasqueros remetidos en sus alforjas.

Al entrar en Santiago sentí cierta decepción. Siguiendo el itinerario desde la estación de autobuses, pude observar una ciudad que se extendía desigual; un curso de casas blancas y descuidadas que se fue prolongando algo más de un kilómetro. Lentamente, conforme penetraba el tupido entramado de la ciudad, esta impresión fue decreciendo; su urbanismo se volvió más pintoresco. Sin saberlo, me adentré en el casco viejo de Compostela siguiendo la pista del hotel que había contratado. Tales prolegómenos me llevaron a descubrir la más esencial Compostela, pues el hotel se hallaba al volver de una empinada rampa que descendía una vez rebasada la plaza del Obradoiro.

El descubrimiento de la plaza significó el culmen de la admiración que iba despertando la ciudad mientras progresaba en la búsqueda de mi hospedaje. La plaza es uno de esos enclaves que cautivan nada más verlos y que poseen el encanto más sugestivo. No pude por menos que detenerme a admirar aquel peculiarísimo conjunto monumental, corazón del sentir galaico para lo universal, y cesar momentáneamente en el rastreo del hotel. Muchas veces había visto por televisión la fachada de la catedral, pero nunca podrá impresionar como su contemplación en vivo, a pie de plaza. Esa plaza que se convirtió en omphalos de la edad media, a cuya llamada acudían peregrimos procedentes de todos los rincones de la tierra. Frente a la esplendorosa fachada catedralicia siente el viajero ese devoto estremecimiento que alienta a cada pregrino que converge a sus puertas, tras haber superado esa ruta de experiencia y purificación que, en esencia, debe significar el Camino.

ESCENAS ASTURIANAS

ESCENAS ASTURIANAS
ATARDECER EN EL PARQUE SAN FRANCISCO DE OVIEDO

El sol remite en su vigor con la indolencia dorada de sus rayos derramándose melifua entre las copas frondosas del arbolado. Entre los retales de espacio que despeja la tupida enramada, la luz nos revela una amorosa promesa, mientras la brisa que se filtra por esos resquicios es murmullo, como lo es el recoleto barbotar de las fuentes que refrescan la aridez estival con su frescura. Su eco parece recordarnos una arcaica leyenda canturreada por su pulso entrecortado, que fluye, alma de cristal, con rumor agitado y lejano, entre el estremecimiento de las hojas, inquietas por el flujo remansado del aire. La lejanía nos trae el zumbido de la ciudad, híbrido y transfondado, como de realidad desentrañada.

Inmersa entre resplandores y sombra, desde un pedestal, nos observa la estatua del Poverello de Asisi, toda modestia y serenidad. El canto de las aves, constante en ese bosque de ilusión, parece celebrar la dulce melodía de sus "florecillas".  El santo se recoge reflexivo, como queriendo escuchar entre las tantísimas voces de la naturaleza, el mensaje solapado que viene de Dios.

Atardece, pues, en el "campo..." con el fatigado demorar del ardoroso verano, permitiéndonos la frescura boscosa recuperarnos en lánguido conforto. El tiempo se vierte como el manar tibio de la sangre. Surca el espacio un gorrión, cruje el esqueleto de la fronda; en mitad del silencio, infantiles gritos; de cuando en cuando el compás lento de unos pasos. El reloj de la torre, redundande, dominador, expande su melodioso carrillón por toda la vastedad del valle, donde el sol estremece los pastos y la ciudad se recuesta como un rebaño compacto.

Vuelve entre la vibración sutil de las hojas el orear de la brisa, que levemente sacude el estatismo del tiempo, el cual parece detenido en eternales aspiraciones y presiente el misterio de las sombras crepusculares. Desde aquel viejo momento a tu solaz, momento del recuerdo, campo de San Francisco, han transcurrido tantos años de ansias y fatigas, que no creí volverte a reencontrar hoy en la vida renovada de mis cuartillas y en el transporte placentero de mis sentidos. Pues fue ese un momento infinito que llenó todo un mundo, se tejió presente en la urdimbre de la memoria, y me anima a que yo acaso seguiré más allá y que tú, tiempo, tal vez, no fuiste vano. Para que ese episodio entrevisto y sensitivo de aquella mañana, donde el sol que, ese marzo gélido, redobló mi esperanza como el abrirse la flor de una primavera en ciernes, no perezca  y se constituya como heraldo precursor de esos dorados campos prometidos de leche y miel, inefables verdes prados del Paraíso.

HISTORIADORES GRIEGOS

HISTORIADORES GRIEGOS
Siguiendo ese itinerario que traza nuestra parábola biológica, etapas en que se diversifica nuestro desarrollo en el tiempo, podemos clasificar la historiografía griega atendiendo a esos tres o cuatro momentos fundamentales que constituyen la andadura humana: infancia, juventud, madurez y ancianidad.

Durante esa primera etapa pueril de la historia,  nos encontramos con un protagonista, aún lactante, que se alimenta de mitos y leyendas, los cuales llegan hasta sus oídos transportados por un aedo ciego. Será luego reconocido como Homero, y a través de sus versos les ayudará a aprender las fabulosas empresas en las que se irá forjando su peculiar identidad, durante un período caracterizado como edad oscura, pero que para un pueblo en desarrollo se identifica como ese necesario nutriente que se asimila del pecho de la madre, como el héroe se amamantaría de las ubres de una diosa fértil. Homero creó, sublimándolo, ese primer periplo de los pueblos helenos, precisando los contornos que más tarde los definirían como nación  excepcional pero con un perfil sin cohesión.  En su epopeya asentó esa memoria colectiva sin cuyo fundamento los naciones se descarriarían en orfandad y sin protagonismo histórico, cegadas al verdadero valor de su destino. Con la creación de sus héroes aportó la legitimación de un orgullo que luego dio alas al espíritu griego. Sin Aquiles y Ulises quizá no hubieran existido jamás Maratón, las Termópilas o Salamina.

Pero hagamos constar que la historiografía propiamente dicha se inicia en Grecia con Heródoto, considerado por muchos como el padre de la historia; él representa la verdadera juventud de esa sistematización que propugnamos al principio. Oriundo de Halicarnaso, en la costa Caria, hoy perteneciente a la actual Turquía, pero que entonces formaba parte de ese importante asentamiento griego conocido como la Jonia, Heródoto fue el verdadero cronista del mundo antiguo. Incansable viajero, le tocó vivir algunos de los principales acontecimientos que conmovieron su época, como fueron las guerras médicas, esas sucesivas invasiones del territorio helénico acaecidas bajo el reinado del persa Dario I y de su hijo Jerjes. Bajo el primero tuvo lugar la legendaria batalla de Maratón, donde una pequeña comunidad de pueblos libres vencieron a los ejércitos del más vasto imperio de la tierra. Como esta humillación no podía quedar sin vengaza, su hijo Jerjes, contando con la osadía de ese memorable puente sobre el Helesponto, pertrechó tiempo después el ejercito más numeroso jamás reunido y se decidió a emprender una guerra decisiva que sólo podía acabar con la sumisión de Grecia. Pero en ningún momento el rey pudo prever la denodada hambre de libertad que alentaba el espíritu griego. Tras el supremo sacrificio ofrendado por Leónidas y sus trescientos en las Termópilas, el aniquilamiento de la flota persa en las aguas de Salamina dió al traste con la soberbia ambición del rey de reyes, y un decepcionado Jerjes tuvo que emprender el camino de regreso a Susa, renunciado a los frutos de la victoria, al espejismo de una hegemonia invicta sobre la tierra.

A través de la Historia de Heródoto no sólo conoceremos los hechos cruciales de su siglo, sino que, acompañándolo en su andadura por la geografía de la época, nos serán despejados muchos de los enigmas de ese mundo antiguo que, con mirada curiosa y testimonial, más literaria que exacta, nos mostrará, descubriéndonos la civilización Egipcia o Escita, vistas desde ese aspecto entre preciso y fabuloso del conocimiento en el siglo V .

De los últimos hechos recogidos en la historia de Herodoto destacan los albores de un conflicto que amenazaba acabar con el inestable equilibrio del mundo griego: La guerra del Peloponeso. Cronista excepcional de esta guerra localizada, pero en la que estaba en juego el destino de los griegos, fue Tucídides. Nacido en una eminente familia de procedencia Tracia, en éste encontramos un acercamiento riguroso y reflexivo a la historia. Su relato se verá sustentado con datos veraces; de algunos de los cuales habrá sido personal testigo, y aportará una mirada de imparcialidad hasta entonces desconocida de los acontecimientos. Se dice que en Tucídides alcanza una de sus cotas la historiografía clásica. Tal realismo y precisión al tratar el material histórico se debe a que el historiador estaba involucrado en ese acontecer que le tocó vivir, comprometido social y políticamente  con esa Atenas para la que discurría el momento estelar de su historia, cuyo apogeo se había fraguado bajo el gobierno hábil de Pericles. Pues bien, en esa guerra que se iniciaba, Tucídides vivió su episodio personal culminante. Teniendo en cuenta su ascendiente Tracio, fue enviado a liberar Anfípolis del cerco a que la sometía el espartano Brasidas. Su misión como estratego fracasó, y como consecuencia tuvo que sufrir el correctivo del destierro, de esa ostraca a la que tan proclive era la asamblea ateniense. Pero este amargo desengaño, fue el que alentó a Tucídides, comentarista lúcido y frustrado estratego, a elaborar esos libros excelentes que constituyen su crónica de La guerra del Peloponeso.

Pero, cabe consignar, que este seguimiento exhaustivo de la "guerra" iniciado por Tucídides no abarcó su total desarrollo ni conoció su corolario, y tuvo a otro historiador ateniense, Jenofonte, como continuador. En sus Helénicas esbozó los postrimeros años del conflicto bélico, hasta su conclusión. Quizá Jenofonte carezca de la capacidad analítica de Tucidides, pero su aproximación a esa masacre intestina de las poleis griegas es ciertamente honrosa, teniendo siempre en cuenta sus veleidades espartanas. Quizás Jenofonte, eclipsado frente a la gran obra de su compatriota, alcanzara después de todo la bendición de la musa con esa otra obrita que ha dejado admiradas a las generaciones: La Anábasis o La Expedición de los Diez Mil. En esta se narra la odisea de un contingente de tropa griego que busca su salvación al arriesgado peregrinaje por todo el imperio Persa, tras la muerte del joven Ciro, caudillo  a quien servían como mercenarios, en su sublevación fratricida contra el rey  Artajerjes. 

Quizá puesta la obra de ambos historiadores en la balanza, no desmerezca demasiado una de otra, teniendo en cuenta la gran versatilidad de Jenofonte, cuyo índice se nutre tanto de tratados cinegéticos como de obras de carácter filosófico, como su Apología de Sócrates. Pero lo cierto es que ambos, Tucidides y Jenofonte, encarnan esa brillante  "madurez" de la historiografía griega.

Con el desplazamiento del eje de imfluencia política hacia occidente, surgirán sendos historiadores que representarán la ancianidad en esa sinopsis que venimos contrastando. Como griegos marcados por esa gran potencia surgida a la par del declinar de los estados escindidos de ese gran sueño mundial de Alejandro, puede considerarse a Polibio y Plutarco. Ambos disfrutaron ese nuevo orden establecido por Roma, esa reducida polis que se convirtió en imperio,  y bajo cuya influencia el mundo cobró un nuevo aspecto que condicionaria el devenir de Europa. Polibio, el helenístico por excelencia, dibujo ese mapa atribulado por la desintegración de la herencia de los diádocos y glosó esos acontecimientos en donde se jugó el que sería destino la civilización mediterránea. Siguió a Escipión por las ardientes arenas de Africa hasta la caída de Cartago; consignó la suerte de Roma a través de sus calzadas hasta reafirmar el triunfo de la latinidad, y ofreció un policromo testimonio de lo que vendría a significar ese auge del mundo antiguo, el cual la historia tardaría siglos en recuperar.

En Plutarco encontramos al griego transformado por la influencia del orbe; en el ya se ha producido esa simbiosis de esos dos pilares que conformaron el mundo clásico. Por eso, frente al mito de Alejandro  se alzará la sombra no menos fautuosa de César. La excelencia de la obra de Plutarco transpasará las barreras del tiempo y servíra de referencia para todo estudioso que se acerque a esa fascinate herencia grecoromana.

PRAGA MISTERIOSA

PRAGA MISTERIOSA
Cuenta Mujica Lainez en Bomarzo que hay tres ciudades donde parece no haber transcurrido el tiempo, aunque si uno lo analiza detenidamente tal supuesto no deja de ser más que una añoranza. Estas ciudades son Venecia, Toledo y Brujas. Las dos primeras constituyen dos de mis destinos viajeros más frecuentados, quedando, sin embargo, Brujas, a la que habré visitado en no menos de tres ocasiones, como la más desconocida de las tres. No es que desestime la fascinación de esta esplendida ciudad flamenca, pero es que Toledo por su proximidad y Venecia, por ese poder inigualable con que Italia nos atrea, me han sido más asequibles.

Otra ciudad europea que comparte hasta cierto grado el encanto y el atractivo de esas primeras tres, es Praga. Visité Praga antes de su integración en la Unión Europea y en la zona euro, y por entonces aún se percibían los vestigios de su pasado como satélite perteneciente a esa mancomunidad subsidiaria del imperio soviético, los paises que se extendían más allá de esa frontera conocida como telón de acero. Entre lo hábitos de sus aduaneros aún persitían ciertos usos casposos que denunciaban el hermetismo del protocolo comunista, no habiéndose sacudido sus costumbres las escamas de ciertas anquilosadas nostalgias.

Por lo que se refiere a la ciudad, ni que decir tiene: me deslumbró. Praga ostenta una belleza extraordianaria, entre sublime y misteriosa, que la vuelve codiciada para los ojos meridionales. En su contemplación, uno puede extasiarse durante horas. Desde cualquier punto en que se divise la ciudad, se llega a descubrir esas sugerencias plásticas que la tornarán admirable. Praga: ciudad de historia y de leyenda. En verdad los nazis con su entrada incruenta en la ciudad nos hicieron un favor, la rescataron para el fervor de los tiempos venideros. Desde la contemplación deslumbrada del puente Carlos, bajo cuyos seculares arcos discurren las aguas testimoniales y áureas del Moldava, como un huidizo espejo de su magnificencia, hasta la cumbre egregia del Castillo, sede de ese fasto de ciudad imperial, Praga nos cautiva desde el primero hasta el último de sus rincones. Rincones que conocieron el hormigueo en el gettho judío, con la vitalidad de sus sinagogas; el halo del misterio en los umbríos callejones en los que parece retenida la sombra sesgada de Kafka; la celebración cívica del Stare Mesto,  con el barroco deslumbrador e impecable de los barrios adyacentes;  la aureolada belleza de sus iglesias y monasterios; la jovialidad de sus teatros donde todavía se escucha el fraseo del Don Giovanni; todo ello, en conjunto, configura ese mágico secreto de Praga, que la sitúa entre esas ciudades inolvidables y legendarias que merece la pena visitar.

EL MUNDO DE LOS CASTRATOS

EL MUNDO DE LOS CASTRATOS
Vienen proliferando en ediciones musicales de vario formato las dedicadas a ese mundo peculiar que significó el fenómeno insólito de los castratos. No podría precisar cuándo comenzó la explotación mercantil de esa peculiaridad, la inmadurez de la voz, en las personas pertenecientes a dicha condición. Porque los eunucos, que no castratos, se ocuparon desde siempre de toda suerte de labores en la sociedad a lo largo de la historia, desde guardianes de harenes a chambelanes. La singularidad de los castratos residia en que la amputación se restringía a los testiculos, lo cual frenaba de algún modo la masculinidad, traduciéndose en una alteración en el desarrollo de la voz, de tesitura aberrantemente aguda, además de otras consecuencias de carácter igualmente lamentable.

Sabemos que fue en el siglo XVIII cuando, dijéramos, esta especialidad alcanzó su cima, cuando seguramente su explotación se convirtió en un negocio rentabilísimo. Debió de ser en los coros infantiles donde los entendidos procederían a la selección; una vez descubierta esa voz exquisita, se procedería a la poda necesaria. En aquellos coros catedralicios debían ser inconfundibles aquellas voces arcangélicas. Su futuro, claramente, se hallaba en llenar de sublimes goces el apoteosis de los grandes teatros de la época; para ello, reputados maestros se encangargaban de limar y pulir ese diamante en bruto, hasta encontrar que de él esplendían reflejos incomparables.

No sabemos el momento en que la ópera se llenó de tan cristalinas resonancias; pero los libretos de Händel,de Gluck, de Pasiello, de Vivaldi, ya se hallaban protagonizados indiscutiblemente por estos ambiguos personajes. Su trayectoria se extenderá hasta las primeras obras de Mozart. ¿Acaso no fue el Querubino de "Las bodas de Fígaro" su canto del cisne...?   Puntualicemos, pues, que su apogeo lo encontró, sin duda,  en ese siglo del barroco, con Vivaldi y Porpora en Italia, con Rameau y Luly en Paris, con Handel, Gluck, y Purcell, en Inglaterra y Alemania. En este universo varios fueron los astros  que brillaron con luz extraordinaria. Por su fulgor incomparable destacó Farinelli, el genio sin parangón, que transcurrió sus ultimos años cantándole en Aranjuez melancólicas arias al hipocondríaco Felipe V de España. Trataron de hacerle sombra Senesíno, Cafarielli o Ghiziello, cuya rivalidad dentro y fuera de los teatros contempla lo legendario. Leyenda  a la que el melónano del siglo XXI, ávido de nuevas sensaciones que lo sacien, no descarta recurrir. Rescatar esas viejas joyas de las partituras olvidadas pareció correr primero de manos de las sopranos, mezzos y contraaltos, con ejemplos tan mediáticos como los de Cecilia Bartoli con su Sacrificium; pero ahora son tambien ellos, los exquisitos contratenores, los que se lanzan a alcanzar esa cotas sublimes, como Andreas Scholl atreviendose con Senesino o Philipe Jaroussky bordando las arias de Vivaldi..

OMPHALOS

OMPHALOS
Puede considerarse el omphalos como  el centro virtual del contorno humano, ese punto neurálgico del embrión en la placenta del que proviene todo crecimiento y que representa el vínculo solidario en el manar de la vida: de ese manar primero del que se irradia todo desarrollo en el milagro de la procreación, como continuidad  de un ser distinto dentro del ser,  partícipe de esa voluntad desaforada de la especie por perpetuarse, de búsqueda de lo inmortal en el desgarrador devenir de la vida, tras recibir las luctuosa recompensa del pecado.

Pero existen otros omphalos. Se los reconoce en las milenarias piedras que señalaron en el mundo antiguo ese centro irradiador de la energía del viejo orbe.  En dos ciudades fundamentales tropecé con ese extraño pivote de piedra: primeramente en la accidentadas laderas de Delphos, la legendaria urbe sagrada, donde el oráculo pítico profetizaba los destinos de la Hélade. Nada sucedía entre los griegos sin que la pitonisa desvelara sus senderos, así en la paz como en la guerra, en lo mítico y en lo profano. A través de las escarpaduras del Parnaso, donde el esclarecido Apolo estableció su morada y regía el canto armonioso de las musas, se puede acceder a las estancias celestes, a ese panteón plural de la divinidad griega, celosa también de esas otras altas cumbres como el Olimpo y el Helicón. Delphos constituye ese núcleo representativo de la legendaria anfictionía desde donde rigió el pulso convulso y atribulado de la historia griega, su sobrevivir sangriento  a lo largo de sus inquinas y rivalidades, como un faro que iluminara ese destino proceloso y fecundo que improtó su momento irrepetible y primordial en el legado de occidente,

Dónde podrá tropezarse otro omphalos más  que en la honda vaguada del foro romano, ese corazón desentrañado de la polís que supo gobernar, imponente y única, los pueblos más heterogéneos de la Tierra. Nunca después de Roma ha existido un imperio con aquél. Los intentos sucesivos sólo fueron pálidos reflejos, reverenciosos imitadores de esas gloria que sobre bosques y desiertos, ciudades y naciones, hordas y milicias, alcanzaron las águilas romanas. Pero no sólo fueron sus armas, fue su lucidez para crear un orden, un marco legitimo y factible de convivencia. Roma fue y ha sido espejo del florecimiendo humano, de modo que los posteriores renacimientos no hicieron más que imitarlo. Con todo derecho la ciudad del Tiber fue omphalos,  corazón y faro de ese viejo mundo que clama desde el feretro diezmado de su arquelogía, de esas piedras torturadas por la tortuosa andadura de la Tierra que sólo deja entrever el resquicio de los más fecundos y perdidos esplendores.

MEMORIAS DE ULTRATUMBA

MEMORIAS DE ULTRATUMBA
Mientras España va ganando 1-0 a Italia en la final de la eurocopa, leo las Memorias de Ultratumba, donde Chateaubriand ofrece un lúcido y mesurado repaso de lo que fue su vida, protagonista de acontecimientos y vivencias fundamentales en la historia moderna de Francia, de Europa misma. Padeció en su propia sangre el frenesí que supuso la Revolución del 14 de julio: el asalto a la Bastilla, la inestabilidad de la Convención, el "terror", los frutos de la guillotina donde se decapitó el derecho Divino, el auge y la entronización de Bonaparte. Admira que un hombre sensible, susceptible a las suculencias del pensamiento, no cediera al torbellino de la nuevas ideas y se mantuviera leal a sus certezas más arraigadas, cuando hubiera resultado acaso incluso provechoso cerder a la apostasía. En esa vorágine de sangre y anarquía mantuvo los pies bien anclados en sus fidelidades; cuando la corriente de los tiempos anunciaban nuevos soles, nuevos dioses, secularizados cultos, altares sacrílegos sobre templos alejandrinos, el supo resistir y nadar contracorriente; frente a las apologías al "ser supremo" vio emerger su Genio del cristianismo.

Un momento esencial en estas memorias...lo constituye su encuentro con Bonaparte. El gran corso evidenció tener hacia el escritor una consideración especial, hasta el punto de ofrecerle un cargo diplomático en Roma. Estas dos personalidades tan discrepantes tuvieron su punto de encuentro en un episodio fundamental del tiempo postrevolucionario: la restitución del cristianismo en Francia. Napoleón, buen conocedor de los hombres, quiso sacar del escritor el mayor partido, encomendándole aquellas tareas en los distintos horizontes donde se puediera extraer algún beneficio para Francia y para sí mismo. En tales funciones ambos hombres creyeron comprenderse, hasta que un negro nubarrón vino a empañar su cielo. Tras el fusilamiento del duque D´Enghein, uno de los príncipes de Condé, un Borbón, comprendió el gran corso la íntima devoción manárquica del autor de Saint Maló y que sería ya imposible cualquier reconciliación. Pues en esas manos ensangrentadas perdió Napoleón gran parte de su credibilidad, arrastrando ese cadáver como un pesado lastre en el juicio de la historia. ¿Porque acaso puede la voluntad Divina segarse con un golpe seco de guillotina o desvanecerse con el plomo homicida de los mosquetes?

LA FLORENCIA DE LOS MEDICI

LA FLORENCIA DE LOS MEDICI
La mayor parte de las repúblicas italianas estuvieron representadas y gobernadas, sobre todo durante el período renaciente, por distintas sagas familiares que dejaron en cada una de ellas su sello característico. Cabe recordar a los Bentivoglio de Bolonia, a los Baglioni de Perugia, a los Gonzaga de Mantua, a los Este de Ferrara, a los Visconti y Sforza en Milán y, si no creo recordar erróneamente, a los Petrucci en Siena y a los Castracani en Lucca. A Florencia le tocó contar con el señorío proverbial de los Medici.

Los Medici fueron durante la edad media una gris dinastía de comerciantes, de influencia y riqueza bastante moderada en la ciudad. Si ocuparon algún cargo público fue de carácter temporal y de resonancias bastante limitadas. No fue hasta Giovanni Bici de Medici que la familia alcanzó una prosperidad sin precedentes que la situó entre las más ricas de la ciudad y con una influencia decisiva en el gobierno de la misma. Su hijo Cosimo, heredó este importante legado, y con una visión y perseverancia poco comunes consiguió que la familia se consolidara como el eje sobre el cual giraban la economia, el comercio, la política y la cultura ciudadana. Fue un hombre sagaz y refinado, lúcido en la toma de decisiones, que sentó las bases sobre las que se fundamentaría el desarrollo de los Medici hasta su extinción y aun después, pues buena parte de la Florencia de hoy aun parece benecifiarse de sus logros.

Constituido en el principal banquero vaticano, Cosimo consiguió que su influencia fuera determinante en Florencia y su opinión tenida bien en cuenta en ese complicado ajedrez de la política italiana del momento. Usó de una estrategia mediante la cual su hegemonía se volvió más firme y a resguardo de las tormentas políticas coyunturales. Supo mantener este ascendiente desde la sombra, sin ocupar cargos institucionales de relieve, los cuales reservó a sus partididarios, manteniendo de esta forma el control de cuanta decisión se tomaba desde la Signoría.

Como hombre refinado fue un protector entusiasta de la cultura y las artes. Bajo su iniciativa se levantó el palacio Medici-hoy Medici Riccardi- en la via Longa, siguiendo los planos de un joven arquitecto que despuntaba: Michelozzo. Al viejo Brunelleschi encargó las obras de San Lorenzo, hoy inequívoco ejemplo de ese nuevo estilo renaciente que emergía. A su vez, anplió su mecenazgo ayudando a jóvenes artistas como Boticceli o Fillipo Lippi y amparando al tambien joven erudito Marsilio Ficino, bajo cuyo magisterio, respaldado por no menos insignes filósofos y retóricos emigrados desde Grecia, alcanzaron su cenit los estudios clásicos.

A su muerte dejó bien cimientadas las bases de una vigorosa dinastía que sólo reclamaba ser continuada. En ello abundaron su hijo Piero, durante sus breves años al frente de la facción, y, sobre todo, su nieto, Lorenzo el Magnífico.

VENECIANAS XXXII: PALACIO DUCAL

VENECIANAS XXXII: PALACIO DUCAL
El palacio Ducal representa el ejemplo máximo de la arquitectura civil en Venecia. Se le considera el principal exponente de ese peculiar estilo que se denominó gótico veneciano. En su esplendor querría resumirse la riqueza y poderío que atesoraba la república marinera.
Su fachada presenta tres planos distintos de edificación bien diferenciados. En cada uno de estos niveles adopta una solución constructiva independiente. El primero es recorrido por un amplio pórtico sostenido por columnas, las cuales se aúnan entre sí por medio de un arco ojival; el segundo nivel lo encontramos adornado por la vistosidad de esa loggia en cuyos elementos se constiyuye la horma del estilo veneciano y adquiere brillantez y ligereza al edificio; en el tercer nivel se levanta un muro enbellecido por una discreta decoración de estuco que le otorga esa singular coloración rosada, siendo su plano sólo interrumpido por la traza gótica de amplias ventanas y balcones que tornan su acabado más suntuoso.

En el palacio Ducal uno puede hacerse una idea bastante aproximada de la prosperidad y las ambiciones que distinguieron a la República.  Sabemos que esta sin par nación mediterránea era especialmente dada al fasto, que se le reconoce desde que sus nobles artistas lo describieron en esos desfiles solemnes y lujosos en torno a San Marco. En el palacio Ducal queda la huella indeleble de este apoteosis que quisieron celebrar tales artistas. De la mano de esos maestros del color, que llenaron la vida veneciana de un esplendor inigualable, recorremos de una  maravilla a otra  la fastuosidad de sus salas, la mayor parte de ellas destinadas a cobijar a las distintas instituciones del estado. Presenta especial relumbrón la conocida como la del Maggior Consiglio, donde pintores de la talla de Tintoretto, Tiziano o Veronés decoraron con enormes lienzos sus paredes, así como la magnitud de su excepcional techumbre, realzada de dorados y pinturas exquisitas en tal profusión, que el ojo va de filigrana en filigrana.

Mención aparte merece en el palacio su patio interior, donde se puede seguir ese itinerario que nos lleva del gótico al pleno renacimiento. El ámbito se ve realzado por las escaleras llamadas de los Giganti, cuya cúspide permanece custodiada por las dos estatuas de Sansovino que reproducen a Marte y a Neptuno. Sobre la misma fachada norte, se despliegan unas soluciones arquitectonicas de estimable valor, rematadas con estatuas de una factura inmejorable, acaso del propio Sansovino o de Bartolomeo Bon. Cabe tambien reparar en los brocales de las dos cisternas que surtían de agua al palacio. Su labra es extraordinaria y su situación destacable en el área del patio sirve con mucho para realzar sus impactantes perspectivas. Su conjunto nos ofrece, en ese contraste de elementos, una gama de sensorialidades  a las que se hace difícil sustraerse.

Adjuntas al palazzo, unidas por las filigrana de ese cordón umbilical que es el puente de los Suspiros, se hallan las cárceles. Éstas se dividen en dos secciones los pozzi y los piombi, distinadas cada una de ellas a albergar a condenados de laya bien diferente. Sabemos que en esta última purgó su breve tiempo de arresto inquisitorial Giacomo Casanova, que las hizo célebres al describirlas en su Fuga de los Plomos de Venecia, cápitulo esencial de sus amplias memorias.

El palacio Ducal, en definitiva, es visita obligada de todo aquel que quiera conocer a fondo Venecia, pues a través de él, de ese fastuoso legado que aún perdura, se puede penetrar en la médula de esa irrepetible República, de esa ciudad inaudita, que en su audaz singladura proyectó la sombra leonada de su imperio en el plural horizonte que nos señala la Rosa de los Vientos.

SOBRE LA CIUDAD Y LOS PERROS

SOBRE LA CIUDAD Y LOS PERROS
En estos días ha salido a la venta, patrocinado por la Real Academia Española, la Asociación de Academias de Lengua Española, junto a la Editorial alfaguara, y con motivo del cincuentenario de su publicación, una edición de la novela que dio a conocer a Mario Vargas Llosa en el mundo literario: La Ciudad y los Perros. La obra compartió junto a Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, los honores de configurar ese pelotazo editorial que significó el Boom. Si bien la divulgación de estas dos obras rompedoras respondíó a una calculada estrategia, que no se sabe bien por qué obtuvo frutos más feraces de los esperados, lo cierto es que ambos títulos sirvieron para establecer un puente entre nuestra literatura y la hispanoamericana, que por aquellos tiempos seguía siendo en gran parte desconocida. Hasta entonces nos eran familiares los nombres de Neruda, Miguel Ángel Asturias, y algunos de sus clásicos que venían recogidos en los manuales de literatura, como el Inca Garcilaso, Alonso de Ercilla o José Hernández, de obra mejor conocida que su autor. Pero gracias al Boom, protagonizado por Mario y Gabo, esas jóvenes promesas, ya entonces realidades de la literatura, afluyeron a nuestro conocimiento la gran pléyade de nombres, geniales algunos, que componían la extensa nómina de las letras hispanoamericanas. Se despertó una sed insaciable de conocer estas literaturas. La magia de los universos descubiertos en Mario y Gabo alentaba al lector a aventurarse por los intrincados paisajes de la America Latina. Pronto se nos hicieron también familiares los nombres de Borges, Mujica Lainez, Cortázar, Roberto Artl, Roa Bastos, Onetti, Lezama, Paz, Fuentes, Rulfo, y ese largo etcétera de nombres brillantes que nutren la literarura en lengua española desde la Patagonia hasta el desierto del Mojave.

De la ciudad y los perros conservo un recuerdo sesgado y algo ácido en lo que toca a su lectura. Creo que por aquel entonces residía temporalmente en Barcelona, en una primera juventud dispuesta a absorber esponjosamente todo aquello que pudiera estimular una imaginación arrebatada. Gratamente llamó mi atención de la novela, como en todo joven rebelde, el desparpajo de su lenjuaje, la innovación de su técnica narrativa( todavía no nos habíamos encarado con el Ulysses ni con el perfecto engranaje de la creación faulkneriana)y la pulsión agobiente de su atmósfera, que nos infiltraba en ese mundo entre excelso y zafio de esa remota américa constreñida. A través de sus páginas pude sopesar lo que podría significar escribir hoy, para una formación cimentada en una veneración de los clásicos, como Dostoyevsky, y cierta fruición hacia las novelas populares editadas por aquel entonces en editorial Bruguera. La Ciudad y los Perros supuso, en suma, mi toma de contacto y de conciencia con la nueva manera de hacer novelas, y se erigió como paradigma de aquello que para la timidez de un embrión de escritor indeciso convendría emular.

Lo cierto, en conclusión, es que la vivencia de aquel grupo de cadetes en la escuela militar de Leoncio Prado no acabó de fraguar en mi conciencia, sobre todo después de haberse uno sumergido en el mundo mítico y exótico, envuelto en la magia misteriosa de su tribulación, que nos ofreció Cien años de Soledad. Cabe decir que la secuela de La ciudad y los perros, impregnada en esa ética entre virtuosa y obscena del acontecer cuartelario, no paso a formar parte de ese bagaje que acompaña a todo caminante en su accidentada andadura y al que uno acude con cierta cíclica periodicidad, para refrescarse en esas fuentes bonancibles de la novelas nutrientes, llámese el Quijote, Los Miserables, Ana Karenina, La Montaña Mágica o Bomarzo. Su esencia no atravesó las membranas que aislan nuestras naturalezas, la intelectiva y la emocional, y su poso no nos dejó más allá de cierto regusto agridulce. Pero, en cualquier caso, no cabe desdeñarla, pues forma parte de ese basamento sobre el se fue levantando una de las obras más acabadas en lengua española de nuestra época, la de Mario Vargas LLosa, que dio títulos tan a tener en cuenta como Conversación en la Catedral, La Guerra del fin del Mundo, El Paraiso en la otra Esquina, la Fiesta del Chivo, La Orgia Perpétua,  y ese larguísimo etcétera...

VENECIANAS XXXI : PER SAN POLO Y SANTA CROCE

VENECIANAS XXXI : PER SAN POLO Y SANTA CROCE
Conforme el viajero deja atrás el puente de Rialto comienza a descubrir la Venecia más ignota, alejada de esos trillados itenerarios por donde deambula el turismo masificado. Pues existen dos formas de aproximarse a la ciudad: una es la de ese turismo indiscriminado que manejan los tours operadores, cuya visita es flor de un día y en cuyos desplazamientos no rebasarán casi nunca la barrera del Gran Canal; la otra es la del vieajero que permanece en la ciudad hasta obtener de ella indicios válidos de en que consiste su vitalidad lisonjera, el secreto encanto que rezuman cada una de sus piedras. Porque a la horma de ese turista desubicado e indolente raramente se la tropezará por los senderos poco frecuentados de San Polo. Pues para decidir adentrarse en esa área inusual es necesario un motivo de peso, y éste sólo nos lo proporcionaran dos de las joyas más esplendorosas que se puenden encontrar en Venecia. Una es una iglesia extraordinaria, de nombre tan resonante como los muchos tesoros que esconde bajo su fábrica gótica de ladrillo. En grandiosidad es comparable a San Giovanni e Paolo, y quizá, en definitiva, ocupe un lugar preferente tras la basílica de San Marco.

Visitar la importante parroquia franciscana de Santa Maria Gloriosa dei Frari, más que recomendable, resulta imprescindible para quien desea conocer a fondo Venecia. Su vasta nave acoge un patrimonio inigualable. Baste admirar su altar, donde se levanta la pala ticianiesca de Santa Maria Asumpta, en ese milagro aéreo que trata de remontarnos en un impulso dinámico hasta el ámbito célico del Padre, que nos observa amoroso. Ninguna otra obra como ésta puede permanecer, por otra parte, mejor custodiada, pues a sus flancos se descubren los retablos inestimables de ese pintor modesto, Bartolomeo Vivarini, pero cuyo arte llena luminosidad la capilla Corner y la capilla Bernardo. Cuando nos apartamos del altar y las capillas, permaneciendo todavía la emoción en nuestro pecho, nos sorprende gratamente el magnífico coro, cuya factura no alcance quizá la aparatosidad de los coros españoles, pero es un ejemplo a tener en cuenta, pues participa de esa mesura italiana tan digna de encomiar.

 Una vez transpuesto el ámbito del coro, conforme avanzamos, y bajo la crucería gótica de sus naves, se levantan dos munumentos que sin duda impactarán  de forma admirable en el visitante: en el uno se conmemora al gran Tiziano, en una fastuosa arquitectura, nacida de sus discípulos y en la que se quiere honrar la excelencia del maestro; en la otra, bajo la alégorica sencillez de la pirámide como milenario elemento sepulcral, se nos recuerda al muy estimable escultor neoclásico Canova, que revitalizó el inimitable arte italiano tras Miguel Ángel y Bernini. Y es que a Santa Maria Gloriosa la honran cientos de pequeñas obras incomparables, como, por ejemplo, el retablo de Bellini en la sacristía, el incomparble altar de las reliquias de Francesco Penso, el monumento al dux Nicolò Tron o el insólito monumento ecuestre de Paolo Savelli en el crucero, junto a tantas preciosímas obras tan difílices de enumerar.

Una vez abandonamos la iglesia, en el campo que la circunda destaca majestuoso su campanile, uno de los más altos de Venecia. No nos queda más que ceñirnos a su muro y seguir hacia adelante, pues nada más rebasar su curva, cuyo perimetro trazan las fachadas vetustas de distintas escuelas, nos deslumbrará la elegante arquitectura de la Scuola de San Rocco, junto a la pequeña iglesia homónima que, para el que decida visitarla, deparará agradables sorpresas y nos convencerá de que en cualquier rincón de la ciudad puede uno tropezar con cosas tan inesperadas como valiosas. De la Scuola de San Rocco ya se sabe, se la considera la capilla Sixtina del Tintoretto; constituye uno de esos lugares de culto de Venecia, cuya visita es irrenunciable. La magia de sus salas hace concebir al visitante mientras las contempla que el reloj del tiempo derrama polvo de oro por su estrecho cuello en lugar de superflua arena.
Si continuamos más allá de la Scuola, presintiendo el cauce del río que la limita y el no muy lejano Gran Canal, penetraremos en el barrio contigüo de Santa Croce. Este es uno de los barrios más desconocidos de Venecia; en verdad, porque pocos son los focos de interés que concita. Por lo que he podido descubir durante mi merodeo ocioso por las zonas más inhóspitas, gran parte de barrio es de construción más bien reciente; denota que se han derribado extensas parcelas en él y erigido en su lugar nuevas constucciones que distan mucho de emular ese encantador estilo veneciano. Por lo general, lo que mejor conocemos de Santa Croce son los numerosos hoteles que asoman al Gran Canal frente al puente de los Scalzi y que animan esa frecuentada fondamenta que se extiende bajo la sombra majestuosa de San Simeone Pícolo, ese remake del Panteón romano  que preside la continua afluencia de viajeros que acuden a Venecia por vía terrestre, la cual continúa siendo la menos recomendable.

VENECIANAS XXX: LEONES DE VENECIA

Uno de los símbolos más evidentes de Venecia lo constituye, de forma que configura el emblema de su bandera, el Leon alado. Éste no es otro que la representación alegórica de San Marco, el patrón de la ciudad. Contando con este patrocinio, esta imagen simbólica nos acompañará durante nuestro recorrido por la urbe y nos tropezaremos con él en los rincones más insospechados.

Se sabe que la efigie más antigua de León que conserva Venecia la podemos hallar sobre una de las columnas que dan entrada a la piazzetta, formando pareja con esa otra coronada por San Teodoro, antiguo patrón de la ciudad, venciendo a un saurio. Ese león, por sus caracteríscas, se nos vuelve sospechoso, pues su iconografía parece corresponder a un extraño canon. Lejos del naturalismo a que se ciñe el gusto occidental, su extravagante anatomía, que despierte similitudes con una especie de drago, sitúan su procedencia lejos de Venecia, quizá en esos otrora lugares míticos que fueran Katai o Cipango, lo cual nos remonta a Marco Polo.

A Venecia se la reconoce tambíén como la República del Leone, hasta tal punto esta figura que pordríamos calificar totémica habría calado en la idiosincrasia de la laguna. Desde que fuera robado el cuerpo de san Marco en Alejandría, el simbólico León alado pasó a ser el icono que representara la virtud y el carácter de la república marinera. Quisieron ver los venecianos en la poderosa imagen del león los atributos que mejor defínían a su independiente polis, temida entre las naciones. Pues durante un tiempo, durante su milenaria historia, la república del león se hizo temer a lo largo y ancho de las costas mediterráneas. Y en estos leones venecianos, diseminados por tantos lugares de la ciudad, podemos ver las muestras claras de su botín, en el que queda expresado este dominio de los mares. No queda más que observar, por ejemplo, la efigies leoninas que custodian el Arsenal. Esta vez, éstos no representan la imagen alada de san Marco; son leones bien anclados en la tierra. Se presume que unos provienen de Delos, la afamada isla que en su día fuera cabeza de la antigua liga ática; otros, de Morea, el viejo y moderno Peloponeso; todos, en fin, procedentes de esos territorios que por un tiempo fueran subditos de la Gran Serenísima Dominante.

Como venimos diciendo, Leones, esos reyes entre los animales cuyas excelencias se arroga la República, los encontramos dispersos a lo largo del plano de la ciudad; se los halla sobre los dinteles de la puertas, coronando en recatadas proporciones las balaustradas, sirviendo de ornato en los puentes, en los blasones acaso de los viejos palacios o destacando sobre las puertas y cercas de los jardines. Lo descubrimos dorado sobre el frontis de la fastuosa basílica, contrastando con el lapislázuli de su cielo estrellado; sobresale allí donde san Marco redobla su patronazgo sobre cualquier entidad, sea civil o religiosa; en el área de la plaza lo encontramos tambíen realzando la fachada de la torre del reloj, como un viejo rey de la sabana africana oteando la manada humana que se arracima a sus pies; son memorables los dos expuestos en el exterior del palacio Ducal, el de la puerta de la Carta  y ese otro situado sobre el gran balcón institucional, ante cuya majestad se inclina el dogo Loredan. En definitiva, esa figura legendaria del León de San Marco, alcanza hasta los lugares inimaginables donde Venecia plantó su bandera, desde Verona a Constantinopla, desde Creta a Dalmacia.