Pat Garret&Billy the Kid

Han repuesto en televisión la vieja cinta de Peckinpah, Pat Garret&Billy the Kid. La película me parece algo desigual, pues la encuentro a un paso del "spaguetti western". En ella destacan las figuras de un James Cobrun, en su rol característico, y de un joven Chris Cristopherson, que da alguna consistencia a un personaje malogrado en las numerosas versiones que ha prodigado el cine.
Junto a ellos aparece como secundario Bob Dylan, cuya interpretación es bastante discutible pero que envuelve con su música el espíritu del film. Dentro de la fimografía de Peckinpah es una de las menos violentas, pese a su elevado número de cadáveres. Porque la violencia en ésta cobra un aspecto teatral, el de los westerns de serie B. Con un mucho más reducido número de muertos, Peckinpah nos trasmite una atmósfera de transgresora violencia y latente crueldad en otros filmes como Perros de Paja, cuya verosimilitud golpea más contundentemente en nuestra sensibilidad.
La presencia en Pat Garret&Billy the Kid de Bob Dylan nos ofrece la lectura del film, donde se nos presenta a un Billy de una radicalidad antisistema y a un Pat Garret que ha claudicado a la presión de lo establecido. Quienes antes cabalgaron el territorio de la libertad, bajo el furor de una voluntad indomable y sin más ley que su revolver, tienen  que responder al desafío que trae la civilización, cuya dimensión demoledora corrompe o extermina cualquier manifestación genuina y libertaria de lo humano. Ante tal fuerza arrolladora del sistema ambos hombres adoptan posiciones distintas, uno se deja corromper por lo inevitable, cediendo en su integridad, convencido de que nada se puede hacer frente a la presión de los nuevos, aunque hipócritas, valores de ley, orden y civilización. El otro no cederá y luchará hasta el final, sabedor de que solo puede pertenecer a ese mundo que periclita. Kid no ambiciona más cosa que ser dueño de sí mismo y no ver castrada su voluntad por la imposición de un estado. El mensaje del film es claramente libertario, que tanto Peckinpah como Dylan, hombres de los 60, claramente compartían.
Cuando veía la película y escuchaba la música de Dylan, su melodía me hacia recordar muy vívidamente la canción Pongamos que hablo de Madrid, de Joaquín Sabina. Siempre es bueno basarse en los fundamentos de un flamante Nobel.

Domingo, maldito domingo

El domingo es un día resignado. No en vano el Demiurgo creo el mundo en seis días y el séptimo, descansó. Diríase que la ciudad, en la catarsis del sábado noche, ha conocido sus límites y se repliega ante las exigencias existenciales, consciente de la caducidad de lo humano. Domingo de resaca, donde el cuerpo abotargado del ciudadano asimila las sobredosis de etílico, en el mejor de los casos.
Las tardes de domingo no se tropieza a casi nadie por las calles, sobre todo en un otoño con amenazas ya de invierno. Los comercios permanecen cerrados, salvo contadas áreas de ocio donde tampoco se encuentra a casi nadie. Ustedes dirán que los domingos son para disfrutarlos en la tranquilidad acondicionada del hogar o en la oscuridad de las salas de cine, evadiendo la imaginación del hostil día a día, que amenaza con la desolación apocalíptica que anuncian cintas como Blade Runner. Porque los domingos se siente uno "replicante", victima de una vida programada cuyas claves se hayan confinadas en algún reducto secreto bajo un código imposible de descifrar. Como autómatas aceptamos las conveniencias que impone el reglamento social, del que hemos sido imbuidos mediante una educación que se supone encaminada a servir al bien común. Tan ardua tarea parece quedar hoy en manos de los políticos, empeñados en diseñar cuál es el modelo más aceptable de ciudadano. Teóricamente tales presupuestos se antojan válidos, pero cuál es el meollo del por qué la mayoría de ciudadanos se aparte del retrato robot del súbdito ejemplar. Algo falla en el engranaje cuando el común de los mortales se aparta de unas directrices cuyos fundamentos hoy por hoy evidencian una crisis radical. La cuestión es que los viejos valores se han desdibujado, los pilares en donde se asentaba la conducta social hoy son denostados y se presentan
nuevas normas de conducta para nuestra vida. Lo políticamente correcto, que hoy día se concreta en asimilar y aceptar las diferencias  de las minorías, cuando no de una masa indiferenciada que trata de imponer su rebeldía, ha tomado carta de naturaleza en el tejido social. Celebraba el rey David en uno de sus salmos la jerarquía de Jehova, que sujetaba a su pueblo debajo de él. La tarea del rey se limitaba a acatar y cumplir el mandamiento divino. En la consagración a Dios se cumplía ese orden perfecto, y por la obediencia se grajeaba la bendición que daba prosperidad sin limites. Hoy el estado ha asumido la función de Dios, y es obvio que de la imperfección humana deviene la imperfección social. ¿Quién nos guiará en el laberinto de este irreductible caos? ¿Se levantará otro Teseo que aniquile al Minotauro del que somos pasto generación tras generación? Acaso ya se haya levantado, pero no creo que sea Varufakis. Porque si no se diera el caso, nuestra extinción pudiera ser "global".

El color de las cosas

dobla una campana
en la noche ya entrada.
Regreso de la tarde malograda
al ámbito rutinario de mi casa.
Siento el peso claustrofóbico de las cosas,
la pesadez de un aire,
el deambular de los recuerdos
y la pulsión de la estrofa
de un poema coloquial en la memoria.
La tarde hubiera podido ser hermosa
si un céfiro venial hubiera revuelto
el deshecho de la hojas,
y su fenecer se hubiera henchido
de ese manojo de presentimientos
que complacen al corazón enternecido.
Sabedor que tras de tus pasos
camina la esperanza, el color
de las cosas podría ser distinto,
porque el amor se renueva así en lo íntimo
y el alma regocija con la presión de tales lazos.

Un poco de Shelley

He concluido, en una lectura bastante desigual, el libro Poesía y poetas ingleses, de Matthew Arnold. En el se da un repaso a la poesía romántica británica, de Wordsworth a Shelley. Francamente, Wordsworth no ha despertado en mí la curiosidad que sin embargo ha suscitado Shelley. Este siempre pasó por el camarada gris de los dos grandes figuras románticas: Byron y Keats. Con el primero convivió en Suiza e Italia, junto a sus respectivas amantes, hasta que el autor de la Ode to the West Wind, sucumbió fatalmente a un embravecido Mediterráneo y Byron se encargó de encender su pira funeraria. Con Keats convivió en Roma, en esa pensión de la plaza de España, hasta que la tisis acalló acaso a la voz más lírica del romanticismo. Desde que estuve en su casa museo de Roma, donde adquirí un ejemplar del poema de Shelley mencionado anteriormente, he ido alcanzando en situaciones dispersas una mayor profundización en la obra y vida del poeta.
En la cuesta de Moyano, en Madrid, me hice con un ejemplar del Adonais, uno de los poemas con más solera en el mundo lírico, desmesurada evocación devocional y elegíaca dedicada  a la persona y obra de John Keats. Ningún otro gran poeta obró con semejante generosidad, ni expresó más lúcidamente el misterio poético que encerraba el poeta de Endymion. Más tarde, en una antología de la poesía romántica inglesa, descubrí su poema Mont Blanc, en una excelentísima traducción de Leopoldo Panero, que leía con avidez cada noche antes de dormirme, en el silencio de la madrugada, en tanto ensoñaba las solitarias cumbres nevadas de los Alpes.
La sombra de Byron se esparcía majestuosa, como el gran épico del diecinueve; en Keats, perduraba el intimismo panteísta que infería a su poesía la más candorosa resonancia. Pero en Shelley hablaba la voz serena del hombre, del hombre desbordado por una naturaleza con la que busca la comunión, del hombre angustiado por su condición de criatura, que revolviéndose contra los dioses percibe la trayectoria de su verdadera dimensión, cuando en su Prometeo liberado absuelve al valedor de los hombres de su eterno suplicio y redime de su fatalidad al mito.

EL CONFORMISTA

He adquirido por 0´50 euros la novela El conformista, de Alberto Moravia. No sé con precisión el lugar que ocupa esta obra en el índice del escritor italiano. Poco sé de Moravia, salvo su actualidad decisiva durante las décadas de los 60 y 70. Me consta que pertenecía y simpatizaba con el partido comunista italiano, posicionamiento que en aquellos años era intelectualmente aclamado. No era él solo quien mostraba tal compromiso en la Italia de entonces, otros escritores como Sciascia o Calvino, o cineastas como Pasolini y Visconti también estuvieron relacionados con el poderoso PCI, quizá el partido comunista más influyente en Europa occidental. Reconozco no haber leído a Moravia, aunque miento, porque en alguna ocasión me acerqué a alguno de sus cuentos, aunque su memoria no haya sido perdurable. Fue autor de alguna novela celebrada, como La Romana, llevada al cine por Luigi Zampa, y protagonizada por Gina Lolobrigida, y la propia El conformista, por Bertolucci, que confieso no haber visto, o tal vez sí. en la vieja filmoteca nacional madrileña, hará la friolera de cuarenta años, cuando éramos adictos a la interpretaciones de Trintignant. Quizá no leí a Moravia porque no acababa de agradarme su comprometida militancia y porque cultivaba un estilo literario que inscribo en el realismo social, genero cuya austeridad nunca contó con mi predilección.
Sin embargo, la cuestión estriba en que durante mi juventud viví un ambiente influenciado por la izquierda, tendencia política con la que posiblemente simpatizara por su compromiso con los pobres y oprimidos de la tierra. Y como yo era pobre, emergiendo de una sociedad sometida por principios antagónicos, hubiera resultado de mal gusto desmarcarme a contracorriente de lo que se consideraba políticamente correcto. Alguna vez oí, que se tendría que ser alguien irracional en absoluto y carente de entrañas para ser de derechas. Y lo cierto es que en un mundo lleno de carencias se requerían políticas sociales. Tanto la España como la Italia de posguerras, precarias en todos los sentidos, como bien reflejó el neorrealismo, urgían de claras políticas de desarrollo y justicia social. El imperativo de una justa distribución  de la riqueza anidaba en el ánimo de la mayoría y se buscaba cualquier tipo de argumento que reforzara tales convicciones. De ahí, que un escritor como Moravia encontrase un público ávido de sus planteamientos, para los cuales la novela del Conformista juega un papel dilucidador.
Recuerdo que la mayor ofensa que se profería contra quien se mostraba remiso en su beligerancia política era la de conceptuarlo como "conformista". Tal calificativo confieso que llegaba a amedrentarme y a pesar sobre mi ánimo como un pecado punido por una una dura penitencia en el confesionario. Ser conformista equivalía a traidor de todos los principios nobles que propugnaban las fuerzas progresistas, de tal manera que se llegaba a reaccionar ante tal apelativo con no poco furor patológico. Ser conformista equivalía a una excomunión proletaria en toda regla, a integrarse entre los colaboradores del sistema, a la consideración de traidor a la causa de los oprimidos, cuyas latentes amenazas escatológicas imbuidas de sermón del monte condenaban nuestra conciencia. Y a las consecuencias había que atenerse: a la animadversión del militante hacia el disidente, a la despreciable soledad del esquirol. No me desencaminaría si constatase que, en mi caso, semejante denuesto alcanzó un cierto grado de matiz neurótico, de modo que mi conciencia no podía aliviarse del lastre de ser un conformista. Porque tales deben ser las mellas del adoctrinamiento fanatizado sobre un espíritu joven. Espero que con la lectura distanciada, y ajena de prejuicios, de la novela se conjuren todos sus demonios. Porque acaso ser un conformista era lo más venial dentro de una ideología cuyos daños colaterales aún se siguen evaluando.

Breve reflexión

Orientamos nuestra vida al afán de poseer. De la huerta, recolectamos el fruto. Para la casa, nos proveemos de enseres; de conocimientos, para nuestra mente. Queremos llenar nuestra soledad de amigos. Nuestro corazón de afectos. Satisfacer nuestra virilidad con el complemento de la mujer. Para todo ello laboramos, adquirimos, estudiamos, seducimos, amamos. Luchamos por poseer algún día cualquiera de estas cosas que creemos nos corresponde, hasta que reconocemos que todo es pasajero, que incluso nuestro yo es cuestionable. Y al fin nos convencemos de que nada será nuestro porque todo es de Dios.

Mar de Albiar

El reloj de la iglesia daba las cuatro en una tarde luminosa de mayo que presagiaba el verano. El pueblo estaba tranquilo. Los gatos se acurrucaban en la sombra, sobre el alfeizar de la ventana. La puerta de la casa estaba siempre abierta, oculto el interior por una oscura cortina, que dejaba pasar el aire. Con la rachas de brisa, la tela oscilaba o se hinchaba como una vela. Antiguamente, a la puerta se tejían las redes; la mujeres, sentadas en duraderas sillas de enea, ultimaban los aparejos para la pesca. Eso ocurría cuando vivía Asunción, y el pueblo era una cosa distinta de lo que es ahora. Todos los vecinos se conocían, se tratasen o no; porque había sus rencillas. Hoy recorren sus calles extraños visitantes que acuden a Albiar como moscas al confite. Durante el verano casi toda la población es de afuera. Llegan de Madrid, y quién sabe de dónde remoto lugar del extranjero. Juan vive solo en aquella casa, menos en aquellos días en que acude la sobrina a adecentar un poco los suelos y a hacer la colada. Juan es viejo, tan viejo que su cara esta llena de manchas, y su tez morena de curtido pescador la recorren venas que parecen que fueran a estallar.
Su vida ya no es vida. Durante el día, no se mueve de la silla, que en tiempos de calor sacan a la puerta de la casa. Y allí sus ojos se llenan de nostalgias y buscan ese mar azul al que entregó lo mejor de su vida. Entonces el mar era la vida, lo daba y quitaba todo, pues no dejó de llevarse a algunos a su profunda mortaja. Juan sólo conocía este mar, el Mediterraneo , cuya costa había faenado buscando la fecundidad de sus bahías, la gamba roja, el jurel, el revuelto que hacia la delicia de los calderos. El mar de Albiar, siempre radiante, sin comparación en la hermosura de sus azules, tantas veces benigno. Juan, recorrido por las largas horas de tedio, descansando la manos sobre la curva de su gallato, soñaba en el mar, ese mar donde se alegró y dolió, por cuya orilla paseaba con Asunción las radiantes mañanas de domingo, después de la misa.
Pero Asunción ya no está, y Albiar ya nos es Albiar. Entonces la vida era otra, más elemental pero más plena. Cuando llegaron los veraneantes se perdió el pulso de la cosas, la vida se malgastaba en trivialidades que no se sabía si conducían a algún fin. Hoy el puerto es un bosque de mástiles de embarcaciones de recreo. La mar ha dejado de ser una necesidad, para convertirse en un entretenimiento. Asunción no llegó a verlo, pues no sobrevivió a la tuberculosis de entonces. Dejó solo a Juan para afrontar el cambalache que iba a sobrevenir al pueblo. Lo único que queda intacto, es el pequeño cementerio, sobre la colina. Por una obscura resolución decidieron no demoler sus viejas tapias y habilitar uno más moderno, adyacente. En el nuevo abundan los nichos y  los marmóreos mausoleos de gentes adineradas. En el antiguo han preservado las tumbas tal cual eran, con sus lápidas de granito agrietadas, en las que aún se puede adivinar las huellas recientes de algunas flores. Juan, esporádicamente, cuando se lo permitía la salud, ascendía el sinuoso camino hasta el cementerio. Allí pasaba un par de horas junto a la tumba de Asunción, pues se le antojaba que tenían más cosas de que hablar  después de muerta que mientras estuvo viva. Hablaban de muchas cosas, de los tiempos antiguos, de cuando niños se conocieron en la guerra, de su noviazgo y de sus bodas, de los hijos que pudieron haber tenido y no tuvieron, de las gentes de Albiar, de lo mucho que ha cambiado el pueblo, hasta el punto de que si Asunción pudiera verlo no lo reconocería.
Desde la cima del cementerio, en su última ascensión a aquel lugar en el automóvil de su sobrina, Juan observa el mar, reverberando cegador bajo el azul diáfano de la primavera. En el cementerio, las flores lucen todo su esplendor; pero Juan ya recela de esa vitalidad restringida por el tiempo. Todo se marchita, como se le marchitó Asunción entre los brazos; aunque el mar en sus azules parece el mismo de siempre y la leve brisa difunde como una fragancia semeja al dulce perfume de Asunción. Juan suspira y piensa: "Mar de Albiar, ¿por qué inundas con tu luminosidad mis ojos y no puedes iluminar siquiera esa oscuridad permanente de Asunción? Pronto todo también será para mí oscuridad, pero acaso desde esta colina, con los ojos del ánima, podré eternamente contemplarte. Esa sería mi dicha".

Sobre libros, replicantes y comida china

Todavía no he discernido si Deckard es un replicante. La cuestión merece ser reflexionada largamente. En una visión primeriza de la película no se duda de la humanidad del Blade runner. A su favor juegan las objeciones de su conciencia, su vulnerabilidad ante los "trabajitos" de Bryant y su riqueza emocional, que se derrumba al reconocer la desmesura a la que se enfrenta. Yo apostaría que la deducción sobre la artificiosidad de Deckard se concibió a posteriori, durante el montaje del film. Las claves sobre su inhumanidad se explican a través del inserto donde el blade runner sueña con el galope de un unicornio, que bien puede ser un añadido que justifique la figurilla de papiroflexia depositada por el policía encarnado por Edward James Olmos en el departamento de Deckard, cuando este decide emprender la fuga con Rachel, aportando otra vuelta de tuerca al film. Un detalle más natural que quizá delate la posibilidad de que Deckard sea un humanoide lo constituye el apego a las fotos familiares que despliega profusamente sobre la consola del piano, buscando en ellas la realidad convencida de un pasado. Pero este detalle acoso solo explique cierta paranoia de policía obsesionado por el carácter de aquellos a quienes persigue y aniquila, quedando como un lastre de incertidumbre en su conciencia. O quizá en ello busque el blade runner esa genuina excelencia biológica que justifique su nefando trabajo. Sin la humanidad de Deckard carece de valor su altruismo al escapar con Rachel, demostrando esa capacidad compasiva que solo puede anidar en el hombre verdadero.
Pero algo más me ocupaba en la tarde aparte de estas meditaciones futuristas, pues me tocaba gozar de la libertad del sábado. Durante la semana, me he enfrascado en la pesquisa de facilitarme alguna obra de Sinclair Lewis. Poco sabía de este escritor americano, salvo de que en su novela Elmer Gantry se basó el guión del Fuego y la Palabra. Trato de adquirir la novela por internet pero encuentro que está agotada. Es curioso que cuando uno busca algo interesante on line siempre lo encuentre agotado. Pude conseguir Cárceles de mujeres por unos gastos de envío que superaban con creces el valor del libro. En la librería Raíces he consultado por obras de este autor, pero no me han podido proporcionar ninguna. Algo debe tener Sinclair Lewis, cuando Hermann Hesse lo homenajeó en el personaje de Emil Sinclair, de su novela Demian. Finalmente, salgo de la librería Raíces con un ejemplar de la Carta de una desconocida, de Zweig, bajo el brazo. El librero, con suma cortesía,  me hace una rebaja pues el dichoso librito, segunda edición de editorial juventud, tenía un precio exorbitante. Unas calles más abajo, entro en otra librería de ocasión. Venden dos libros por cinco euros. Depende del libro de que se trate, puede resultar aquello toda una inversión.
Busco obras de Juan Manuel de Prada, que no hallo en los estantes. Abunda el libro basura; solo de forma extraordinaria puede encontrarse algo suculento. No pensaba comprar nada. Ojeo un ejemplar de Onetti: La muerte y la niña/ La novia robada. Leo unas lineas. Me abruma el peso existencial de las palabras. Recuerdo otras lecturas de Onetti. Su universo me fascinaba aunque me dejaba desolado. Hoy preciso de estímulos más positivos, y enfrascarme en el infierno de Juntacadáveres o la Vida breve es algo que ha dejado de tentarme. Me basta con deprimirme con lo mío exactamente. Digo que no iba a comprar, pero en el anaquel de al lado descubro un libro viejo y raro: una novela desconocida de Baltasar Porcel. Nunca he leído a Porcel, aunque lo vi muchas veces entrevistado en televisión. Solo sé de él que jugó un papel inquietante en los últimos años de Josep Plá. La novela se titula Las manzanas de oro. La reseña de contraportada abunda en una retórica tan intrincada que es difícil encontrarla, averiguando tras acabar de leerla que no sabes de que va el libro, aunque se bifurca en un fondo esotérico que es el Grial. Cuando se quiere estimular el ánimo desmayado del lector, siempre se recurre al revulsivo de una panacea como el Grial, bien lo saben los de Planeta. Finalmente, adquiero los libros, el de Porcel y el de Onetti y acabo la tarde en el restaurante chino, donde siempre sirven alguna proteína insustancial acompañada de cuantiosa guarnición. Puedo dar las gracias porque puedo comer lechuga con exquisita fruición; lo de la ternera, los calamares y el pato, ya es otra cosa. La verdad es que uno llega a hastiarse hasta de la comida china, e incluso empiezo a encontrar desbravado el chupito. Los ejemplares de Las máscaras del héroe de De Prada se han agotado en el Corte inglés. Acaso sea cierto su vaticinio agorero sobre el pulso literario en el mercado del libro.

Dejadme escribir en paz

Dejadme escribir en paz
Oigo a Juan Manuel de Prada en un programa cultural de televisión. Presenta un panorama negro sobre la comercialización literaria en nuestros días. Lo que es evidente, es que el desempeño tradicional del escritor ha cambiado sustancialmente. Aquel escritor que vivía de los derechos de autor y de las colaboraciones en prensa ha finiquitado. Hoy la comunicación va por otros derroteros. Para quienes no sabemos manejarnos en el escaparate global de internet, ello constituye todo un jandicap. Pero es igual, porque a lo que no renunciamos es a la literatura, y buscaremos cualquier vía para divulgar nuestro mensaje, ese mensaje que quiere hablar a otros de quiénes somos, de cómo somos, y de por qué somos. Lo esencial en el escritor no es lograr un caché sustancioso, sino revelar a nuestros congéneres ese material del que están hechos nuestros sueños, y lo que vamos descubriendo a través de ese río de nuestra vida; lo que esconden sus meandros y lo que su navegación nos revela. Porque escribir es una forma de vivir; en el desempeño de la tarea literaria nuestra vivencia se hace más intensa, más rica, inalienable.
De joven ningún oficio me resultaba atractivo. Odiaba tanto la oficina del banquero como el taller del mecánico. En mi naufragio como estudiante me aferré a los libros como única tabla de salvación. La lectura era lo único que daba impulso a una realidad decepcionante e insuflaba una esperanza a nuestra trayectoria malograda. Nunca pensé que esta inclinación mía creciera hasta estos momentos actuales insospechados. De niño, mi padre tenía que forzarme para que prestara atención al libro que tenía delante, ya que en mi corazón disputaba el deseo exclusivo de lanzarme a la calle a jugar. Nunca sospeché lo que significarían los libros para mí después, de que en ellos encontraría el lenitivo contra la adversidad, un área sin lindes para la libertad y, en definitiva, ese alimento indispensable para mi espíritu, sin el cual mi vida carecería de finalidad y significado. Quizá nunca veré un libro mio incluido en el "top ten", pero, por lo que más queráis, dejadme escribir en paz.

ITINERARIOS TRAS DE LA MUJER

Partimos de la condición de que siempre fui tímido, por tanto mi relación con la mujer no llegó nunca a ser plena. Seguramente mis primeros escarceos tras de ellas tuvieron lugar en la infancia, durante los juegos con la vecinita. Tal huella se borró pronto en el tiempo, entre las muchas experiencias vividas. Una fecha clave en esta trayectoria la significó cuando una mañana, al levantarme, descubrí que la tesitura de mi voz había cambiado y la bragueta del pijama se había impregnado con una secreción extraña. Desde entonces tales relaciones se complicaron bastante, pues en ellas se había implicado un nuevo elemento: la pasión. La atracción que sentía hacia la mujer entorpecía la naturalidad en las relaciones. Recuerdo que la primera vez que tuve que enfrentarme a una situación íntima ante un grupo exclusivo de mujeres resultó una experiencia ominosa. Ocurrió en el colegio. Había concluido una clase de repaso impartida ocasionalmente en un aula reservada a las chicas. No recuerdo con precisión por qué circunstancia había olvidado mi abrigo en una percha, junto a la pizarra. Cuando llegue al aula, descubrí que en los primeros pupitres se había reunido un grupo de muchachas que hablaban animadamente de sus cosas. Como para recoger mi abrigo tenía que pasar por en medio de ellas a la fuerza, valoré la situación como la de la peor ratonera con que podía tropezarse en ratón despistado. El reconocimiento vergonzante de aquella atracción que no podía de ninguna manera eludir, menoscababa la confianza en mí mismo, sintiéndome empequeñecido ante ellas. En definitiva, me lancé por el abrigo atropelladamente, sin que de mis labios pudiera surgir una excusa amable ni palabra inteligible. Me abrieron paso entre risitas, mientras yo recuperé mi abrigo y, abochornado, abandoné el lugar como buenamente pude, consciente de haber padecido por mi conducta pusilánime la más grave de las vejaciones.
Tardé bastante hasta poder mantener una conversación natural con una mujer, porque el sexo siempre se hallaba por medio. Tal impedimento condicionó que mis primeros amores siempre fueran platónicos. Se iniciaron por una preferencia hacia una niña que visitaba cada día a sus abuelos en el chalet de enfrente, luego por otra que al regresar del colegio pasaba irremediablemente bajo la reja de mi ventana. La esperaba apasionadamente cada tarde, a las cinco, observando tras los cristales con religiosa fidelidad. He de decir que todas eran inmaculadamente rubias y de movimientos gráciles. Esta conducta, tras el paso a la juventud, fue convirtiéndose en norma y degeneró en cultivadas idolatrías por las barwoman de los pubs. Recuerdo una en Barcelona extraordinariamente bella, a la que visitaba devocionalmente, pero sin manifestarle nunca esa admiración, que ella intuía.
Cuando mi condición de hombre se consumó en la carne, fuera mercenaria o enamorada, y pasaron los años y los desengaños, mis pasos recelaron de andar obstinadamente tras de la mujer, aunque éstas nunca dejarán de ser el destino de todo hombre.

Memoria de un paisaje holandés

Aquel fulgor te derribó,
fuiste nada, ceniza en el arroyo,
dolor sin lenitivo,
agonía sin respuesta.
                              El alba
de transparencia esquiva.
Amanece en el espejo del agua,
en la tranquilidad dormida de la piedra,
en la mirada fugitiva
que escudriña un sórdido paisaje holandés.
Aquel fulgor de ascuas
atravesando el cielo,
hiriendo con su rayo
el carbón nebuloso.
Allí, junto a la corriente,
sobre un túmulo asentado
el molino eriza sus aspas;
el resto es un yermo estéril.
Ni tan solo un árbol desnudo
en cuya rama asolada cantara un pajarillo.

Acuarelas levantinas

Un filo de luz,
un almendro de nieve...
una ventana a levante:
el salitre en la liviandad del aire.
Una barca varada,
la mañana desnuda
y toda la mar que aguarda.
El pueblo desparrama
su blanca anatomía
como un rebaño
buscando las aguas
del mar legendario.
Bajo la cúpula azulada,
repica una campana
y un reloj da las horas
de una crónica pausada.
El sol reverbera una mar plateada,
surcan las gaviotas
la transparente mañana,
un trazo de palmera,
sobre el horizonte, una vela,
unas pinceladas de añil,
y hecha la acuarela.
.

Barcelona

Descubrí Barcelona con dieciséis o diecisiete años durante la estancia en un campamento. Por primera vez rompí con la rutina de la vida y por primera vez me enfrenté a una gran ciudad, con inabordables límites, tras cuya incertidumbre se suscitan los sueños. Por entonces, Barcelona era la ciudad española más europeizada, por su cercanía a Francia, por la importancia de su puerto, el primero sin duda en tráfico mercantil y de pasajeros, y por el flujo continuo de foráneos que acudían a ella a través de su aeropuerto internacional. Cuando concluyó aquel corto período vacacional, me fui de Cataluña albergando el deseo de volver algún día a Barcelona. Mis ojos no habían contemplado nada tan grandioso como las Ramblas y la plaza de Cataluña, el paseo de Gracia y la Diagonal; pero ante todo me atraía el grado de libertad que se respiraba al patear sus calles. Por ello, fui incubando esta idea durante los años inmediatos, en los cuales se acrecentó la fascinación por la ciudad. Mi afición literaria la llenó de nombres de escritores y editoriales, Vargas Llosa, García Márquez, Planeta, Seix-Barral, Plaza y Janés, Bruguera. Como me tentaba descollar en el mundo de las letras, un buen día decidí seguir la estela de estos pioneros y labrarme allí mismo mi "boom". Me planté en Barcelona, dejando sin duda desolados a mis padres, y encontré acomodo en el piso de un amigo que estudiaba en la universidad. Yo ya no estudiaba: araganeaba, fumaba compulsivamente, leía cuanto caía en mis manos, escribía escuetos borradores, trabajaba esporádicamente velando por mi manutención, sin encontrar nada estable, y soñaba con la gloria literaria. De aquel tiempo, no lo recuerdo con precisión, pero me place creerlo, datan mis lecturas de la Ciudad y los perros, y del primer Thomas Mann, cuyos dos tomos de Reno de La Montaña Mágica envidié en la biblioteca de un conocido; por entonces seguramente también releí Crimen y Castigo y diversas obras de Dostoyevski, además de una lista tan prolija de títulos y autores tan heterogéneos que incluía hasta Boris Vian y cierta literatura soviética, Lenín, Troski, Rosa Luxemburg, cuya lectura me facilitaban los compañeros de piso, tratando de ganar prosélitos para sus inclinaciones clandestinas.
La Barcelona que yo conocí fue seguramente precaria, una Barcelona de supervivencia, con un centro urbano que yo visitaba cada fin de semana, remontando arriba y abajo las Ramblas, frecuentando las tabernas de la Plaza Real, infiltrándome en las calles angostas del barrio chino o el gótico, degustando algunas tapas en las tabernas de la Barceloneta, recobrando pasados lirismos en la ciudadela y teniendo siempre presente la fachada de la estación de Francia y un retorno repentino y fracasado al mediocre nido en Alicante. Recuerdo también ese ómnibus madrugador que recorría Barcelona de punta a punta, para llegar a tiempo de coger el cercanías que te conducía hasta el perímetro industrial donde, como temporero, te ganabas el día a día batallando con una plantilla de charnegos.
Ya en los últimos meses en Barcelona, me descubro en un ático próximo a Sans escuchando a comienzos de agosto el Festival de Bayreuth, asunto que solía soliviantar y no poco a mis comprometidos coinquilinos. Era como mentar la soga en casa del ahorcado. No sé si permaneciendo en Barcelona hubiera llegado a encontrarme entre los diez libros más vendidos del Corte inglés, mi vida hubiera prosperado y el destino hubiera sido otro, pero la perdida de un empleo provisional en una fábrica de San Adrián del Besós, desavenencias más personales que ideológicas con mis compañeros de piso, más las cosas del amor, que nunca estuvieron claras (me enamoraba de mujeres inalcanzables con las que nunca tenía "chance") recomendaron la vuelta a Alicante. Desde entonces Barcelona perdió brillo para mí, y hoy por hoy, siempre que me escapo, opto por Madrid. Sentí nostalgia cuando Vargas Llosa, en la arenga de la manifestación multitudinaria en pro de la españolidad de Cataluña, recordó aquella Barcelona cosmopolita, aquella que cumplió los sueños de muchos, menos el mío, que no pudo ser.

LADRÓN DE BICICLETAS, DE DE SICA

He vuelto a ver al cabo de los años Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica. Como en aquella pasada ocasión me ha vuelto a parecer un documento estremecedor de la Italia de posguerra. A más de Italia, yo añadiría de todo el contorno mediterráneo. Recuerdo que la precariedad material que viví en mi infancia no distaba mucho de la que se describe en la película. Cuando entramos en la casa de Antonio Ricci me parece estar viendo una descripción de lo que en lineas generales constituía mi hogar, con su mobiliario escaso y pobre, con esa cruz  de madera negra presidiendo la cama de mis padres, con mi madre empeñada en coladas interminables, con esa lucha sin cuartel por la vida que evidenciaba mi padre cada noche, cuando regresaba con la fiambrera envuelta en una talega, tras haber permanecido de sol a sol en el puesto de trabajo. Esa casa austera, sometida a los rigores de los tiempos, por la que había que pelear en ese ambiente hostil de las calles. La vida de Italia y España no se diferenciaban aunque allí reinase una democracia impuesta y en España el general Franco. La lucha por la supervivencia, esa ascesis cotidiana del pobre, envolvía la vida de latente desesperación, desesperación por la rudeza del ambiente y desesperación ante la incertidumbre del futuro.
No sé si el neorrealismo se inició con Rosellini, con De Sica o con Visconti, pero es seguro que con Ladrón de bicicletas alcanza su máximo exponente. De Sica fue un autor de filmografia desigual, pues aparte de esta obra maestra y la excelente el General della Rovere, menudeó la comedia comercial del brazo de Sofia Loren. Pero sin duda Ladrón de bicicletas ha quedado para la historia
como una obra de arte estremecedora donde la vida fluye en toda su dolorosa dimensión. Consta que su autenticidad fue pormenorizadamente elaborada por sus nada menos que cinco guionistas, de cuyo material De Sica supo extraer esa sustancia que nos habla de unos tiempos inciertos y de la vicisitud descarnada del pobre. Ladrón de bicicletas es una de esas películas a las que por respeto y rubor frente al rostro de la necesidad, no te llama a verla una y otra vez como fuente placentera de entretenimiento.

Che Guevara

Se recuerda por estos días en Cuba y Bolivia los 50 años de la muerte de Ernesto "Che" Guevara, cuya figura se ha vuelto legendaria y por tanto difícil de enjuiciar. Quién fue el verdadero "Che" y cuáles eran sus motivaciones últimas entra en el terreno de la conjetura. Para el régimen cubano es su héroe intachable, para la oposición, un peligroso fanático con inclinaciones no del todo transparentes. En una reciente entrevista a su hermano, se nos recordaba cómo en algunas zonas de Bolivia se venera su recuerdo como el de un santón. Su propio hermano ofrece sus reparos ante semejante desmesura. Pero es que la figura del "Che" escapa al rigor histórico y se desarrolla ya en lo mitológico.
El "Che" fue uno de los paladines de la revolución cubana, que en parte triunfó en virtud a sus cualidades político militares. Sin duda, la toma de Santa Clara, que supuso el último escollo para el triunfo de la revolución, se perfila como su mejor hazaña como estratego. Porque el "Che" entre sus muchas facetas se descubre como un teórico de la táctica guerrera. Su opúsculo sobre la guerra de guerrillas se difundió ampliamente. La figura de Guevara hubiera sido otra, pareja a un Aquiles de la modernidad, de haber acabado todo en Santa Clara. Pero tras el triunfo de la revolución y la instauración del nuevo orden se ciernen confusas sombras que vienen a enturbiar su reputación. Sus acérrimos tratan de quitar hierro a semejante mácula por medio de convenientes atenuantes.
Lo cierto es que tras toda victoria conseguida por las armas sobreviene el tiempo de la revancha, de qué hacer con los vencidos, cuya supervivencia puede representar un peligro futuro para la consolidación política y duradera del régimen instaurado. Todo parece apuntar a que a Guevara le tocó hacer el trabajo sucio. El caso es que en toda figura histórica que ha detentado el poder, tras la brillantez del triunfo amenaza la realidad de ese Jano inherente a nuestra condición humana. Pues la mayoría de hombres son capaces de los mejor y lo peor.Todos querrían ver a ese "Che" heroico en sus días de la sierra Maestra, cuando un puñado de hombres idealistas desafiaron a un ejército regular y bien vertebrado. Aquella gesta mantiene una resonancia imperecedera, pues significa la determinación del débil en lucha contra la opresión, del menoscabado que se levanta contra la injusticia. Fueron nobles ideales, que se tambalearon ante las exigencias de la historia, la cual demanda respuestas pragmáticas para cada uno de sus momentos. Y no está en manos de todos los políticos el satisfacerlas. La pequeña isla que desafió al imperio no pudo con tantos años de autárquico aislacionismo.
Sí, Santa Clara fue su apoteosis, fue el momento culminante para el que la historia le había elegido.
Porque en su quehacer institucional como gobernante, su figura se confundió en la controversia.
El Congo y Bolivia sólo significaron dos estaciones de peaje en transcurso hacia su destino irrevocable. Un destino que, seguramente, Guevara intuía, reconociendo el suyo un sueño inalcanzable. Y fue con la muerte con lo que recobró esplendor su figura y se revalorizó su cruzada utópica. No vivió Guevara para ver la debacle comunista al final del siglo, pues su paso, como el de todo gran hombre, fue el del meteoro fugaz escogido para alumbrar las tinieblas de una época.
¿ Idealista o un aventurero? Tal vez una suma de los dos. Icono indiscutible de la segunda mitad del sigloXX, su controvertida peripecia sirve de guía para algunos jóvenes de hoy, carentes de ideales, que encuentra en él esa imagen inestimable que nunca podrán alcanzar. Cuando yo nací,
Guevara combatía como un león en las selvas de la sierra Maestra. Bueno es reconocer que habían hombres descontentos que buscaban establecer un orden más equitativo en la tierra. Su fin era encomiable, pero no sabemos si sus medios eran los más acertados y honestos para lograrlo.

La Fenice de Venecia

La pasada semana compré los cedés de la ópera Tancredi, de Rossini. Durante mucho tiempo decliné hacerlo porque de las ofertas habidas hasta ese momento no me convencía su alto precio, y porque el estilo rossiniano pecaba de reiterativo. Lo compré, por tanto, porque hacia tiempo que no escuchaba nada de Rossini, el precio era módico y, sobre todo, porque se trataba de una interpretación grabada en la misma Fenice, de Venecia, por un reparto encabezado por Marilyn Horne. La Horne era una contralto potente, y la ópera resonaría de forma especial en la formidable acústica de la Fenice.
Por dos veces he tenido oportunidad de visitar el teatro de la Fenice; por desgracia nunca durante una representación operistica. No recuerdo si fue en la ultima ocasión cuando coincidí con el ensayo de una orquesta cuya calidad sonora era formidable. Acostumbrado a los escenarios de Alicante, la magia acústica que gestaba La Fenice me cautivó por entero.
La Fenice comparte con muchos teatros de Italia la sencillez de su fachada principal. En anteriores visitas, coincidentes las primeras con su restauración después del devastador incendio, no tuve ocasión de admirar su incomparable belleza. De cómo fue en el pasado nos queda el documento que filmó Visconti para su película Senso, donde escenifica la vicisitud de su esplendor decimonónico, con esa Venecia en vísperas del Risorgimento. Siguiendo a la condesa Serpieri, se nos abre ese episodio fascinante de la historia de Italia, con una Fenice invadida por una lluvia tricolor de soflamas independentistas diluviando sobre las invasoras tropas austriacas que ocupan el patio de butacas. Allí se producirá en desafío entre el teniente Malher y el primo de la condesa, que nos involucra en el meollo de la trama.
Aquella Fenice, desde luego, es insustituible, pero el teatro, a lo largo de su historia, sufrió varios incendios de los que, como el ave fénix, resurgió. La última restauración hay que reconocer que es exquisita, se tiene la misma sensación que antaño: la de encontrarse como en una bombonera. Tal es su sofisticada decoración, la delicadeza  de sus pinturas, la tonalidad rosada que le ofrece una femineidad dispuesta a enamorar; en cada uno de los detalles es admirable, y como ya dijimos cuenta con un escenario con una de la mejores acústicas del mundo. Para cualquiera que recala en Venecia, es de recibo visitarla. Y cuando te encamines por la alfombra buscando el interior de su maravilloso anfiteatro, echa un vistazo, aunque sea de reojo, a ese retrato fascinante de la no menos fascinante Maria Callas; ella dio a La Fenice memorables momentos de gloria, y la revistió de ese glamour que aún puede respirarse en su ambiente.

Picasso, el caníbal

Leo en unas recientes manifestaciones de Albert Boadella que Picasso es un camelo. Al parecer el dramaturgo catalán prepara un ópera sobre el pintor Malagueño. Boadella se expresa de esta manera porque siempre va con él el ánimo de provocar. Porque arremeter contra Picasso hoy día pasa por ser una provocación; de tal manera se ha mitificado su figura. Se lo ha consagrado con el apelativo de genio, y cualquier esfuerzo por apearlo del pedestal resulta inútil. Boadella menosprecia el valor del Guernica y coincido con él en cuanto a que el valor real de la pintura se circunscribe a su dimensión testimonial.  El dramaturgo lo califica de grafiti , y no se puede negar que su propuesta estética es comparable. Lo cierto es que se pintó en una época en que el arte iba despojándose de las viejas certidumbres naturalistas. Picasso no hizo más que prolongar las reconsideraciones de los impresionistas. Por el camino de Cezanne vino el cubismo, tendencia a la que se adhirió Picasso, con un resultado no más óptimo que el de Braque, y de todo punto menos sugestivo que el de Gris. Porque el cubismo de Gris tiene espíritu, personalidad, belleza cromática. Los cuadros de Picasso en este estilo se muestras áridos, tediosos, sin vitalidad. Pero el cubismo puro no pasó de ser una transición en su voracidad ecléctica. El expresinismo del Guernica fue acaso una manera que remedó de Klee. Pero la crítica sicológica en Picasso deviene caricatura; tal es el tratamiento que su pintura da a lo figurativo. En esto no avanzó más que Lautrec. Podríamos salvar sus series azules y rosas, pero aún ahí su originalidad es discutible. ¿Que legó, pues, Picasso al arte, además de su voracidad destructiva? ¿Acaso intuyó desde su buhardilla parisina que la consagración honesta a la pintura no le depararía más que estrecheces e indiferencia? Por su biografía sabemos de sus inclinaciones "caníbales", ¿no entraría también entre sus planes fagocitar lo que restaba de la escuálida carroña del arte?

Lío en los grandes almacenes

Como algunos domingos, entro en unos almacenes del libro. A las puertas, me recibe una foto al natural de Kent Follet, recordándome que aun la prosa se somete a las exigencias de mercado. Ya dentro, ante mis ojos se levanta un monolito erigido con el ladrillo celuloso de la última novela del escritor británico, apilado como a propósito para despertar la piedad consumista del ciudadano. Porque ya sabemos que ciertas literaturas se han entregado en manos del primordial dios de las sociedades capitalistas: el consumo. Poco más allá, otra foto, esta vez de Almudena Grandes, promocionando su último trabajo, nos incomoda como una presencia indiscreta. Conforme nos acercamos a ella, sus ojos no paran de observarnos, hasta escarbar en nuestra última incertidumbre. De joven, Almudena nos quiso poner cachondos con eso de Las edades de Lulú; hoy parece esmerarse en requerir nuestra sumisión a lo políticamente correcto. No soy lector asiduo de novela erótica; presumo que el  terreno erótico es más sensorial que intelectivo; el matiz de la palabra sólo lo lubrica el morbo imaginativo; es como comer el bocadillo sin embutido. Vargas Llosa lo alimentó en el Elogio de la madrastra. He de admitir que la última lectura que acrecentó mi celo rijoso fue  Confesiones del estafador Felix Krull, de Thomas Mann. Casi al final de la novela se concita un episodio de elevada lubricidad. No comment.
En el almacén hay que andar con siete ojos para no tropezar con algún best-seller apilado y provocar un cataclismo monumental. Recorriendo el pasillo, me adentro hasta las secciones que recaban mayor interés: la historia, la filosofía, la novela, y entre ésta, la clásica. Mi formación se debe a la misma, en la cual siempre resta alguna novedad que ha sorteado nuestras décadas de lector. Siempre queda algún Dickens, algún Balzac, algún James, algo del dilatado ciclo de Proust, que requiera nuestra atención. Pero la verdad es que había entrado a los almacenes sólo a fisgonear, ya que en la mañana adquirí en el rastrillo dominical del ayuntamiento una selección de obras de Ganivet, editada por Aguilar, junto a un ensayo erudito de D´Ors por veinte euros, y mi celo coleccionista no alcanza la desmesura de un Luis Alberto de Cuenca. Hay quien se distrae en el Futbol, en los prostíbulos o el bingo, yo lo hago mirando libros. Semejante trajín distrae mi mente, y relaja o dispara mi imaginación. Y un setenta por ciento de nuestra vida es eso. En los anaqueles no he encontrado títulos inesperados que despertaran mis apetitos; solo alguno que ya poseo en mi biblioteca, en una edición distinta. Realmente, en especial sólo me han tentado unos cedés de la sección de clásicos, la Ifigenia en Tauride de Gluk, en una edición económica de la Scala, dirigida por Muti. Me intriga la música escogida por el compositor para reverdecer la vieja tragedia, que en su origen ya contó con partitura propia. Finalmente, renuncio a comprar los discos. Regreso al departamento de librería y me pierdo en los estantes superfluos de novela negra, fantástica, terrorífica y romántica. Un cocktel formidable. En el estante dedicado a lo fantástico y la ciencia ficción, destaca la novela de Philip.K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ya la adquirí en la feria del libro de ocasión por cuatro chavos. Todavía no la he leído, pero he visto Blade Runner numerosas veces. Seguí por youTube el coloquio sobre la película en que Grande es el cine. Y afirmaría que a día de hoy una de la preocupaciones que me contrarían es dirimir si Deckard es o no un "replicante". Me conforta creer que no lo es, pero...¿y si lo fuera? Colmaría nuestras divagaciones de desesperado pesimismo.

De la opera Bomarzo, de Ginastera

Se ha estrenado en el teatro Real de Madrid la ópera de Ginastera, basada en la novela homónima de Manuel Mujica Lainez, Bomarzo. Durante tiempo seguí la pista a esta composición, que parecía ignorada en el mundo de la fonografía, hasta que por fin encontré una versión grabada por la Opera de Washington, bajo la dirección de Julius Rudel, para el sello Sony, a un precio moderado. Ignoro si es la mejor versión que se ha difundido de la opera, pero en cualquier caso su expresión contemporánea contrasta bastante con el talante manierista que exhala la novela de Mujica. Llevar Bomarzo al teatro representa una osadía, pues en el traslado es seguro que se desprenda la pátina de excelencia que aureola la novela. La brillantez estilística, aunque el libreto corresponde al propio Mujica, corre el riesgo  de desaparecer, mientras el abigarrado fresco renacentista que describe se esquematiza en la funcionalidad del escenario, poblado de histéricos histriones que engolan alaridos de sentimentalidad dudosa. Bomarzo ha llegado tarde a la opera, pese el entusiasmo que demostró Ginastera hacia la novela, porque  la suntuosidad de Mujica hubiera exigido el vehemente romanticismo de un Verdi o la versatilidad de un Ofenbach o de cualquier otro compositor de temperamento apasionado. La envergadura de Bomarzo realmente exige la magnificencia de la opera: hubiera significado el mejor libreto para su gran siglo. Pero al no poder ser,  conviene regresar a la enjundia de sus páginas originales, a esa redacción prodigiosa que nos traslada a ese mundo pasado de evocadora embriaguez. Páginas que nos hicieron amar la literatura y nos condujeron hasta ese algo más sin retorno que se vislumbra a través del arte.

Plegaria

Quiero escuchar el verbo
en tu luz repentina,
el pleno sol gozoso
de tu presencia. El alto
espacio donde tu potestad
anima, quiero alcanzar
desde mi humildad humana.
No pude ver tu tránsito en la tierra;
tu huella sigo por el relato
del evangelio, donde tu voz
resuena dulce o arrebatada,
condolida o triunfante.
Quisiera haberme agazapado´
próximo a ti en aquel monte,
compartido el pan de la pueril canasta ,
haber surcado en tu barca
las aguas de Tiberiades,
contemplar estremecido
tu oración en el huerto
y tocar tu cuerpo incólume
donde la sanidad emana.
Gracias por ahorrarme
tu sufrimiento en el calvario
y por el regalo de tu sangre
redentora que en tu cáliz moja
el borde de mis labios.

The year of living dangerously

El año que vivimos peligrosamente es la película de la que guardo mejor recuerdo entre las rodadas en décadas precedentes. Se estrenó en un tiempo cuando el cine ya sólo se guiaba por patrones de índole comercial. El cine norteamericano solo nos había dado la alargada sombra de Coppola. Y desde las antípodas australianas comenzaba a emerger una nueva cinematografía. De aquella generación el director de mayor alcance fue Peter Weir. De toda su obra, El año que vivimos peligrosamente cuenta con mi predilección. La protagonizaba un joven astro, nacido en norteamerica, pero que había optado por el cine australiano como trampolín para su carrera internacional. Se lo descubre en la saga apocalíptica de Madmax, pero ya había trabajado antes con Weir en Gallipoli. Aunque es seguro, que fue con "El año..." que asentó su carrera.
Weir nos devolvió al olvidado cine de autor. Ese cine para pedantes que todos echábamos de menos. Extinguidas las viejas dinastías europeas, nada quedaba para oponer al oportunista y simplón rodillo holiwoodiense. Weir recupera la esperanza en el cine. Desde ese comienzo donde un narrador testigo nos introduce en la atmósfera sugerente del film, rápidamente la historia capta nuestro interés. Aquello era nuevo, o cuando menos desusado. Billy Kwan, el chino australiano, introduce al neófito en la escenografía de Yakarta, envuelta en sombras enigmáticas que emergen desde el fondo de su tradición y sus miserias.  Una ciudad que se derrumba, atribulada por la corrupción, el hambre y la pobreza. Reniega de ese occidente que sólo acude a aquellas latitudes en busca de provecho. Kwan es esa conciencia despierta a la que solo le queda el recurso  de denunciar. Hamilton cegado por sus propias ambiciones permanecerá hasta el final como testigo interesado de ese mundo que se desmorona. Solo por la muerte de Kwan recobra el milagro del amor. Huirá a los brazos de Jill, rescatado del Walpurgis desatado.
The year of living dangerously nos devuelve la densa literatura, el gozo de la palabra, y nos integra en un cine que invita  a la reflexión. En ella se buscan respuestas para el dilema intercultural. Una respuesta que occidente  no sabe dar, sino con planes fracasados de ayuda que hunden a los pueblos en calamidades mayores que las anteriores. Kwan. en su desesperación, se confunde en la nostalgia de la música de Strauss, en ese adormecerse que propone el verso de Hesse, milagroso en la voz de Kiri Te Kanawa.

¿Qué fue de aquellas flores...?

¿Qué fue de aquellas flores que tarareábamos con Pete Seeger...
qué del lirismo comprometido en la voz transparente de Joan Baez...
qué de la perplejidad con que Dylan interrogaba al viento...?
Todo fue un frágil sueño de fraternidad;
sus propósitos se los tragó el sumidero del tiempo,
cuando con su corriente arrastra el aluvión de escombro,
la ensoñación de improbables utopías.
Vivíamos unos años de inocencia,
cuando descreíamos de la potestad establecida
y nos deslumbraba la brillantez del ángel caído.
Creíamos beber el agua nueva,
cuando se trataba de algo que por más de una centuria
arrastraba la corriente.
La rebeldía era un valor, pero la dureza
del camino intrincó la alegre andadura.
Pesarosos reconocimos cómo el sórdido
furor del silencio devastaba las canciones.
Del fulgor de Luzbel solo irradiaban infernales incandescencias,
mientras probábamos con asco la pócima de la autodestrucción.
Por la senda solitaria ya sólo caminaba un lobo solitario,
que se dejaba cegar por los destellos del neón
y deambulaba los callejones transitados por la luna.
¿No hay redención por el delito perpetrado?
Cuando extiendo las manos maltratadas de trabajos
y escruto en el fondo del túnel la impenetrable tiniebla,
con el oído alerta quisiera recordar la fresca melodía
de aquellas viejas canciones entonadas por la voz de la inocencia.



BELLE DE JOUR

En un gran centro comercial, durante la temporada de rebajas, revolviendo entre una montaña dedicada a lo audiovisual encontré entre todo aquel material de deshecho un dvd de Belle de jour, de Buñuel. Lo oferta no venía sola sino que iba acompañada de un episiodio de todo aquel serial erótico, enormemente popular, que constituyó el ciclo de Enmanuelle. Sobre cuál de los dos títulos fue el que me impulsó a decidirme a comprar aquella devaluada oferta habría que hacer sus cábalas. Seguramente, debí padecer por entonces lo que en la actualidad se definiría como subidón sexual. Ya en casa, tras visionar la primeras y decepcionantes secuencias de Enmanuel,  escondí la película en el rincón en donde suelo depositar el escombro audiovisual.

Pero la otra noche, respondiendo también a inconfesables razones, rescaté el dvd de su letargo y lo introduje en el reproductor. Esta vez, me decidí por Belle de jour. Vi por primera vez la película hace años, cuando el hábito del cine se prodigaba todavía y se precisaba estar al tanto de aquellos films rubricados por los grandes maestros. No nos cabe duda que Buñuel lo fue. En su filmografía, quizá Belle de jour no ocupe el lugar más destacado. No obstante, la historia que nos narra es sugerente. Se basa en una novela del escritor francés Joseph Kessel, del que no recuerdo haber leído nada suyo. Desconozco la novela, pero estoy seguro de que Buñuel urde una recreación en consonancia con su obsesiones personales más constantes. Lo que no falta en el film, es morbo. La historia de esa mujer decente, que se esfuerza en guardar las convenciones, pero  a quien las tentaciones inconscientes la impelen a desahogar sus concupiscencias más abyectas, es una argumento que da mucho de sí. Hay quien se encuentra en los burdeles como en casa,y se acoge a la máxima de Wilde de que la mejor manera de vencer la tentación es caer en ella. o lo que es los mismo, la asunción de la desvergüenza. El relato nos enfrenta con la doble moral tan frecuente en nuestros días, manifestando ese desdoblamiento de la personalidad con el que en alguna etapa de nuestra vida hemos convivido. En la película quizá Buñuel intenta una especie de exorcismo de sí mismo, y se enfrenta a esos fantasmas con los que posiblemente coincidió en su juventud durante la frecuentación de los burdeles. Buñuel como Dalí reconoce a Freud como padre. Se cuenta que en la Residencia de estudiantes fueron memorables sus correrías nocturnas. En algunos de los personajes-clientes del film no falta el surrealismo. Y la mirada que da de la más vieja profesión del mundo se halla impregnada con su especial socarronería. La exquisitez de Catherine Deneuve en contraste con su obscena aventura despierta en el espectador sus más recónditas impudicias. No es que recomiende la película, pero es que se puede tener alguna noche tonta que otra.

Afrontar la adversidad

Afrontar la adversidad
Pasamos por la vida disfrazando circunstancias, cuando de pronto su necesidad irrumpe violenta. A mí me suelen despertar sus golpes bajos o sus crochets de derecha cuando no los de izquierda más marrullera. Recuerdo que cuando mi vida tocó fondo vino a finiquitarla la contundencia de un directo en el plexo solar. Para un hombre doméstico como yo, la violencia no es su mejor arma. Tuve que digerir el atropello como buenamente pude: sobreviviendo apenas, recordando que la venganza no nos corresponde. La vida es como una cabalgadura que en ocasiones da alguna que otra coz. En tales extremos, le urgen a uno soluciones balsámicas y se acoge a lo que buenamente puede. Cuando ya se ha sucumbido a las drogas, sea alcohol u otras sustancias igualmente inicuas, solo nos resta encomendarnos a Dios. Leyendo la Biblia encuentras el último consuelo, un reducto de gozo y libertad para el espíritu, que te ayuda a sobrellevar ese peso de cuando todo en la vida ha perdido su aliciente y la muerte va llevándose a los seres queridos. Porque la guadaña de la muerte es homicida y repentina, y podemos encontrarla al volver de cualquier camino, en el vano de cualquier puerta, y su crudeza es tan cruel y ominosa como una patada en salve sea la parte. La bondad de Dios nos granjeó el paraíso; nuestra iniquidad el sinsabor de la necesidad, el brutal descubrimiento de lo nefasto. Cuando te abata la contundencia sin tregua ni esperanza del destino, su esencia trágica, ten presta la flor de un Padre Nuestro en la comisura de los labios: te devolverá la sonrisa de la comedia.
Como decía mi sargento de guardia: Al mal tiempo, buena cara.

LA NOVELA SEGÚN JAMES

No me cuento entre los acérrimos a Henry James. Comparto con él el inconveniente de una madurez solitaria y la fascinación por Venecia e Italia. Tal predilección no es nueva, la compartía Goethe y por ella Stendhal renunció a los salones parisinos. Durante un tiempo me dio por recopilar toda la prosa que James escribió sobre la ciudad de la laguna. La leí con cierto diletantismo. En los Papeles de Aspern su suspense me mantuvo avizor hasta el final. He de confesar que Las alas de la Paloma, sin embargo, no acabé de digerirla; se me volvieron tediosas las indecisiones de los protagonistas, envueltas en esa prosa circunloquial y espesa, cuyo almíbar produce cierta obnubilación de la  consciencia. Más tarde leí sus Horas venecianas desapasionadamente. ¿Sería defecto de James o es que Venecia iba perdiendo su fascinación idolátrica? Supongo que ambas cosas. De todas formas, me aproximé a la obra descomunal de James. James era uno de esos hombres que lo escribía todo, con una facundia febril. Se ajustaba sobre todo al pormenor, y de este hacia un palimsesto ciceroniano. Borges lo cuenta entre los escritores de culto. Durante algún verano me entretuvo su novela Washington Square. Fue el teórico del punto de vista, privando del dogmatismo a la novela, reduciéndola al relativismo de la lectura abierta. La viejas novelas, insertas en la teodicea del narrador omnisciente, fueron abatidas de su supremo pedestal. Esa voz telúrica que trastornaba las conciencias en el trasfondo de Los Miserables o Los tres mosqueteros, o que ya en el siglo veinte adoctrinó desde las cumbres de La montaña mágica, tenía sus novelas contadas. James las había finiquitado desde el estremecedor relato Otra vuelta de tuerca, que continúa siendo para mí su novela más estimulante, quizá porque en ella no tropezamos con la tortuosa dialéctica de James, que se vuelve aplastante en obras como El retrato de una dama o La copa dorada. Lo suyo es la novela sicológica, donde hurga los entresijos de la prosa, recostado en el diván sicoanalítico que inaugurara Sigmund Freud.

OK! Rick.

Al caer la noche me dejo envolver por el sueño apolíneo de Casablanca. Posiblemente, la película con guión más charlatán, exceptuando las de Mankiewicz. Fue dirigida por Michael Curtis, un artesano de filmografía bastante sólida, especializado en el género de acción y aventura. Filmó Casablanca con el mayor acierto y en el momento idóneo. Su mensaje intervencionista en el conflicto bélico mundial debió de calar hondo en la conciencia americana.
Gusta a uno sumergirse en el exótico ensueño de Casablanca, sublimar nuestra realidad desengañada en esa atmósfera optimista de fundamentos éticos. Sin duda el film gira entorno a la personalidad de Rick, el héroe que encarna la moralidad ejemplar. Todo el ambiente que rodea al protagonista delata un realidad caótica y corrompida. En un mundo que se desmorona, nosotros nos enamoramos, le dice Ilsa. Rick asiste a la debacle con la impasibilidad del jugador precavido; atento a cada de los movimientos, con la reflexiva cautela del ajedrecista. No otra cosa distinta a una partida de ajedrez se deduce de la trama que involucra a Rick, el teniente Renault, el mayor Strasser y Vicktor Laszlo. Rick con obvia prudencia mueve sus fichas para provocar el jaque mate del adversario. Los diez mil francos de la apuesta con Renault vuelven más atractiva la victoria, pero Rick no es hombre que se deje obnubilar por las riquezas. A la oferta exorbitante que le ofrece Laszlo por los salvoconductos, aduce razones de caracter personal:¡Pregunte a su mujer!
Como digo, infiltrarse en la ilusión que nos promete Casablanca acaba por resultar deleitoso,
pues contemplar la erosión social que nos rodea, pese a que hoy todavía no contemos con la amenaza directa de una nueva guerra mundial, y asistir a esa degeneración en donde los valores censurables abruman nuestra cotidianidad, nos hace volver la vista hacia ese Rick temerario, impertérrito, que asume el sacrificio en pos de unas consideraciones de rectitud y virtud insobornables. En la lealtad de su renuncia a favor del prójimo reverdece la dignidad del ideal del hombre. La personalidad de Rick mantiene el viejo modelo caballeresco olvidado en nuestro tiempo. Nunca nuestra sociedad se ha visto más urgida de nobles ideales a los que aferrarse. No basta con viajar a Casablanca para tomarse una copa en ese remake del Rick´s, Café americain.

INVECTIVA

Guardamos de la poesía la más alta consideración; en ella vemos el instrumento más apropiado de análisis de la intimidad del ser humano, además de un método inmanente de reflexión estética sobre la realidad. Nos duele por ello que ciertos rapsodas mancillen su jardín con semillas corruptas, facinerosas audacias y croniquillas de amoríos adulterinos.
De tanto manosearla con impúdicos dedos, la rosa ha marchitado.

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher
Seguramente el adagieto de la 5ª sinfonia de Gustav Malher no fue escrito pensando en Venecia. No obstante, a día de hoy su desvinculación resulte trabajo baldío. Visconti, en contacto permanente con el mundo de la gran música (su relación estrecha con las bambalinas de la ópera es de sobra sabida), poseía un refinado olfato musical a la hora de elegir entre las más excelentes partituras para sus peliculas. Repasando ahora su filmografía,  sin duda quedarán ejemplos que se nos escapan. En estos momentos recuerdo tres de sus incursiones en el universo musical clásico. Antes de la Muerte en Venecia, Visconti rodó Senso, con Farley Granger y Alida Valli, actriz que quizá sea más recordada por el Tercer hombre. Para Senso Visconti cuida especialmente la banda sonora. En ella recurre para su tema principal a un autor que, dentro de la órbita de la música clásica, puede reconocerse como de minorías: Anton Bruckner. Bruckner fue un compositor austriaco que devolvió su esplendor a la sinfonía tras el huracán wagneriano. Para la película Visconti elige la 7ª, de la cual se cuenta que fue escrita tras conocer el autor el fallecimiento de Richard Wagner. Porque fue Wagner quien abrió para Bruckner las puertas del Parnaso tras reconocerlo como la nueva voz del género sinfónico. Prudentemente, Bruckner renunció a componer óperas. La biografía de Bruckner nos habla de un hombre sensible, entregado enteramente a la música. Alcanzó la cima en su últimas sinfonías, de las cuales la 9ª es de las más interpretadas, y con sus  Misas y Te Deums. No cabe duda que la música de Bruckner se restringe a ámbitos selectos de iniciados, entre los cuales obviamente se movía Visconti, que con Senso supo abrir el ventanal a ese mundo sonoro desconocido, por el que todavía navegamos, hasta ir a recogernos en esa isla paradisíaca donde reina la belleza.
Pero Visconti, lanzado el señuelo, no pretendió dejarnos ayunos, y para ello nos preparó una comida suculenta con su film quizá más recordado, Muerte en Venecia. Acudió para tal menú al mejor Malher de la 5ª y 3ª sinfonias. Sobre el "adagieto" de la 5ª -en realidad su cuarto movimiento en una sinfonía de cinco, con lo que trasgrede la forma sonata implantada por Beethoven y el clasicismo-,  fundamentó el film, a cuyo mundo nos introduce, a través de sus fotogramas, en el amanecer de una Venecia traspasada de estímulos emotivos, y envuelta en una atmósfera exquisita en la que se retrata la ambigüedad del film. Mi conocimiento de Malher seguramente date de la contemplación de la película de Visconti, cuyo recuerdo parangono al culmen de una experiencia embriagadora. Pudo ser Visconti, pero fundamentalmente fue Malher y la vivencia totalizadora del arte, en donde, como diría Shelling, se reconoce lo absoluto en lo particular. Ahora, cuando vuelvo a ver el film, noto en su factura cierta mórbida gelidez, que la levedad vaporosa del adagieto no consigue mitigar.
La tercera aproximación del director milanés a la gran música se da en uno de sus filmes menores: Confidencias (o grupo de familia en un interior). Título más plástico que musical, pues del diletantismo del viejo profesor protagonista (Burt Lancaster) hacia la pintura se infiere el titulo de la película. En ella se retrata el mundo grosero de la alta burguesía en un interior resguardado de la vicisitudes sociales. En esa torre de marfil habita un viejo profesor cuya pedagogía intenta trasmitirnos. Recluido en su arca de Noé artística intenta sustraerse de la debacle que augura para el mundo. No lo conseguirá pues todas la fuerzas hostiles de éste se infiltran en la casa, al admitir como inquilinos a un heterogéneo grupo familiar. Y para huir de todas aquellas mezquindades que le sobrevienen solo le resta un recurso, imbuirse en la música. El aria de Mozart : "Vorrei spiegarvi, oh Dio!" constituye por unos momentos su tabla de salvación, la seguridad de un remanso en el torrente desbordado de los acontecimientos.

Herodías (acercamiento a un relato breve de Flaubert)

He descubierto un relato corto de Flaubert que desconocía: Herodías. Junto con Salambó representa una de la pocas ocasiones en que el autor se adentra en la novela histórica. El tratamiento que Flaubert da al género no tiene coincidencia alguna con el uso que se le da actualmente. Porque Flaubert no hace del relato una incursión entretenida en el terreno histórico, sino literatura en el mejor de los sentidos.
Su acercamiento a la antigua palestina es un lujo de erudición y de rigor descriptivo, no menor que con el que nos recrea la antigua Cartago en Salambó. Flaubert penetra la intimidad del Tetrarca de Galilea: en el orden de su ambición, su subordinación a Roma y su procónsul, y en un nivel más personal, el deterioro de su vida familiar.
Flaubert parece esculpir sus frases; el resultado del texto es fruto acertado del escoplo y del acabado embellecedor de la lija. Solo en uno de nuestros mejores prosistas, Gabriel Miró, encuentran paralelos los aciertos del francés. Su acercamiento a la palestina evangélica viene lleno de fascinación, fascinación seguramente adquirida durante su inspirador Viaje a Oriente. En Flaubert, lugares y personajes se revisten de una consistencia diferente. Las descripciones resaltan con la profundidad del claroscuro, como ocurre con el paisaje, donde deslumbra la inmediatez de la luz frente a la tenebrosidad de los abismos y las escarpadas siluetas de los montes con que nos dibuja el Maqueronte. Al detenerse en los retratos, consigue penetrar tras su máscara y calibrar sus limitaciones; sus dudas y temores se vuelven conscientes. Los abismos de sus almas se miran en el espejo del Bautista. Para Herodías solo la muerte de éste puede borrar la vigorosa imagen de su culpa impresa en la realidad. Pero cuando vuelve en sí, con la cabeza del Bautista sangrando a sus pies, comprende que la acusaciones del profeta se hallan incrustadas en su alma como el cristal a la roca.

ALGO MÁS SOBRE LOS BORGIA


Fueron los Borgia (o Borja, su apellido vernáculo de origen aragonés) sin duda una familia singular. Para Mario Puzzo, la gran familia del crimen. Porque como a casi todo en España, también les acompaña su leyenda negra.  La familia tras la conquista  de Jaime I  se asentó en Játiva, cuyas alturas domina su castillo y en cuya catedral se guarda memoria de sus dos papas, Calixto III y  Alejandro VI.
Con el primero, una rama de la familia se trasladó a la capital papal, Roma, donde las oportunidades se ajustaban  a la medida de sus ambiciones. El papado de Calixto III no guarda acontecimientos extraordinarios para la historia de la iglesia, pero si en el devenir de su familia, que bajo su apostolado afianzó sus raíces en la capital de la cristiandad. Pronto los Borgia se codearon con las sagas de la nobleza romana autóctona : Los Colonna, los Orsini, y el resto de familias italianas, como los Cibo, Picolominni, de la Rovere, que dejaron su impronta en la tradición eclesiástica. La lucha por alcanzar máximos honores, de los cuales sin duda alguna el mayor sería cubrir su cabeza con la majestad de la mitra pontificia, debió ser ardua, resultado de una política de cálculo y presión. La alianza con otras familias descollantes que, como buitres sobrevolaban el solio de Letrán, resultaría decisiva para que el cónclave se decidiera en uno u otro sentido, por esta o aquella familia.
La competencia política de Rodrigo Borgia, avalada por el ascendiente de su antepasado CalixtoIII que lo llevo siendo joven a Roma, debió de ser uno de los factores que determinaron su ascenso hasta la silla de Pedro. Su nombramiento no tenía nada de extraño en una Italia donde el reino aragonés, comandado por el rey Fernando de España  trazaba los márgenes de sus influencias. Impulsado por tal voluntad, económicamente respaldado por la famiia Medici, el futuro Alejandro VI  salió airoso de la pugna con las habituales familias que ambicionaban el papado. Como Papa, Alejandro ha dejado una memoria contradictoria. Oscurecida su huella por la leyenda oprobiosa que persigue a su familia, sus hechos se ven empañados por la dinámica que caracterizaba a las cortes papeles de la época. Simonía y nepotismo estaban arraigados en la ética eclesiástica y, Alejandro VI, no los abolió sino que muy al contrario fue a caso su mayor impulsor .  Favoreciendo a sus hijos con cargos y prebendas eclesiásticas, desencadenó el torbellino que sería responsable de su propia destrucción. Alentado por su hijo, César, al que nombró cardenal y más tarde gonfaloniero de los ejércitos papales, emprendió una política represora y de extensión territorial, encaminada a establecer en la iglesia una hegemonía de carácter familiar. Cesár barajaba el golpe de estado, que impondría en el reino de Pedro no ya una monarquía electiva sino un caudillaje de tipo hereditario. Con gran solvencia militar César, que se anexionó cuanto territorio convenía para la fundación de su gran Romaña, saqueó ciudades, suprimió adversarios, doblegó repúblicas y  puso en entredicho la continuación de la iglesia. La cual empezaba a evaluar la necesidad de una reforma, que monjes como el malogrado Savonarola, ejecutado en la pira de la plaza de la Signoria, de Florencia, venían postulando.
La invectivas proféticas que el monje lanzaba sobre la iglesia de Alejandro VI  y su animadversión republicana hacia la familia Medici, seguramente fueron decisivas en su condena. Nada más lejos de la voluntad del papa que ceder a profecías de dudoso cumplimiento ni de renunciar a deleites como lo que le proporcionaba su amante, Julia Farnese.  Pero lo cierto es que Alejandro VI no iba a sobrevivir mucho al dominico, sucumbiendo a la vorágine de su taimada política. La historia, como en tantos casos, no se pone de acuerdo. Se desconoce si murió envenenado o víctima de unas fiebres, síntomas que afectaron a su vez a su hijo César, quien sobrevivió a la plaga, pero heredando ya en realidad un poder descabezado. Su capacidad de maniobra debió verse tan mermada, que durante el siguiente cónclave para la elección papal tuvo que otorgar su voto a quien quizá fuera su peor enemigo, Giuliano de la Rovere, el futuro Julio II.
Pero la vitalidad de esta familia no tuvo por semejante debacle ni mucho menos su extinción. Años después tenemos un nuevo protagonista, flamante duque de Gandía.  Pasa a la historia durante el entierro de la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Se cuenta que frente al cadáver de la reina, juró no volver a servir a un señor que fuese esclavo de la muerte. Y como el mundo no ha conocido a otro que a Jesucristo, a su servició, pues, se consagró como fiel monje jesuita, hasta ser canonizado como San Francisco de Borja. Su palacio de Gandía, si bien remodelado en épocas posteriores, conserva su memoria junto a ese gran lienzo romántico que se exhibe en el Prado, del magnífico pincel de Moreno Carbonero. Borgias y Borja parecen ser la cara y la cruz de una misma moneda lanzada al aire tornadizo de la historia.

Canto a Córdoba

            Córdoba, lejana y sola...
                    (F. García Lorca)

Córdoba lejana de luna,
distante de montes y olivos.
El sueño de Al Ándalus llevas
en los reflejos del río
que trae su corriente desnuda.
Córdoba de caminos lejanos,
senda que hollaron los pueblos,
crónicas que hablaron de gestas,
de reyes, de sabios, de poetas;
fastos  que sus palacios dejaron,
ebria de frutos su vega.
Por los rincones de Córdoba,
el azahar da su aroma,
zurea una paloma, curva
refulge una daga bajo el halo
brillante de la luna menguada.
En el soledad del patio,
el sigilo de una sombra acecha;
por el bosque de naranjos
un creyente en la mezquita entra.
En el ajimez de la torre,
implorando el almuédano reza.
Su plegaria escuchan las gentes,
que calladas buscan los zocos,
de muros ornados de flores,
de enredaderas trepando la reja.
El eco del muecín luego se pierde
en el dédalo de calles desiertas
donde aún resuenan los pasos
de las soledades de un poeta.




   

¿CASUALIDAD O DETERMINISMO?

Nos ocurre con frecuencia que pensamos en tal o cual persona y al poco tiempo nos la tropezamos por la calle, o en el autobús o el cine? Tal situación se ha repetido en mi vida de forma que me hace sospechar que con fulano o mengano me unen lazos paranormales. El colmo de semejante circunstancia se ha repetido con aquellas personas sobre las que sentía un particular impulso amoroso; entonces tales coincidencias parecían regirse por la fuerza de la necesidad. En cualquier caso, aseguraría que tales encuentros tenían poco de fortuitos.
Pero ahondando un poco más en el análisis de semejantes casualidades, aseveraría que éstas también acostumbran a darse con los objetos, elementos y creaciones de otra índole. Me han ocurrido casos con los libros: haber averiguado mediante la lectura la referencia sobre cierto autor u obra determinada y descubrirla al poco tiempo en una librería. Díjérase que uno no busca las lecturas sino que son ellas las que te encuentran. Recitemente, se despertó en mi cierta obsesión al escuchar el Trio opus 100 de Schubert, que Stanley Kubrick incluyó de modo magistral en su película Barry Lyndon. Pues he de constatar que al poco tiempo encontré una grabación, no muy frecuente, con la selección de los mejores Trios del músico austriaco. En estas consideraciones, no tenemos  que dejar de lado la pintura. Al descubrimiento de un pintor, le sigue un acercamiento a sus obras; de un modo directo en museos y salas de exposición, o a través de los medios gráficos o audiovisuales.
Recientemente, en mi estancia en Madrid visité el Thyssen. Allí se celebraba una exposición temporal sobre la pintura veneciana que llevaba por título: el Renacimiento en Venecia, y como subtítulo: Triunfo de la Belleza o destrucción de la pintura. En ella se quería hacer constar que en en ese predominio del color sobre el dibujo de la pintura véneta y su apasionada búsqueda de la belleza, se encerraba su propia decadencia. Pues los cuadros siguiendo tales pautas se fueron restringiendo a la técnica del claroscuro, donde los contornos se hicieron más imprecisos y imagen iba reduciéndose a difusas manchas de color.
Se puede sacar esa conclusión al terminar la exposición, pero antes se ha de pasar por ese apoteosis de la pintura que significo Venecia durante el renacimiento. La exposición contaba con una muestra variada de cuadros, entre los cuales se encontraba el "Retrato de un joven noble en su estudio", de Lorenzo Lotto. Cuadro en muchos sentidos ligado a los últimos años de mi vida y que por unas razones u otras cuenta con mis preferencias. Su ubicación natural es la Galleria de la Accademia de Venecia. Allí tuve la oportunidad de contemplarlo en mis últimos periplos italianos. El cuadro destaca por su calidad: sin duda uno de los retratos más sugestivos de la época. Pero además lo es, porque el escritor argentino, Manuel Mujica Lainez, creyó reconocer en él el retrato del protagonista de su novela Bomarzo, el duque Pier Francesco Orsini. Sea o no sea el retrato de dicho personaje, la pintura en sí misma encierra cierto misterio que no deja de inquietar. Nos habla de su personaje como hombre culto aislado en su biblioteca; nos recuerda la caducidad del tiempo o al hombre enamorado, por los pétalos esparcidos sobre la mesa junto a una carta plegada; y, para concluir, alienta sobremanera nuestra curiosidad la inclusión de esa salamandra o lagarto en uno de los ángulos del cuadro, lo cual lo envuelve de resonancias esotéricas. La interpretación final se nos escapa. No sé si el joven noble es el duque de Bomarzo, pero horas después en la Fnac de la calle Preciados encontré una grabación de la opera Bomarzo, de Ginastera, basada en la novela de Mujica, y que durante mucho tiempo busqué, siempre de forma infructuosa. Son esas casualidades que uno no acaba de aceptar.

Con permiso, unas palabras...

Con permiso, unas palabras...
Nos vemos envueltos en el capullo de nuestra rutina, como esa larva aletargada que aguarda el trance de su metamorfosis. El temor a esa crisálida nos paraliza; nos atenaza el miedo a la libertad. Replegados en nuestras costumbres, releemos los mismos libros, frecuentamos el mismo paisaje; nuestra vida sometida a la disciplina laboral es una sucesión de días monocromos. El cuerpo se acostumbra a esa inercia; nuestro espíritu se abotarga; recordamos los días felices pero nos doblegamos al dictado de la indiferencia.
Conforme maduramos, lo nuevo nos espanta; nos cuesta tomar resoluciones concluyentes. Nos dejaremos llevar por las recomendaciones con las que tratan de encauzar nuestra vida. Los cierto es que el tedio nos persigue: al doblar la esquina de cualquier vivencia apasionada, tras la satisfacción de cualquier deseo, en el postcoito, después de concluir una novela... Nos invade luego cierta languidez, la apatía del desear, vivir se torna entonces una experiencia sin sazón. ¿Dónde encontrar de una vez ese ingrediente que de significado a las cosas, la nueva savia que nos revitalice? Como dice el evangelio: ¡Espera en Dios, y el hará...!

LA VIDA DESNUDA

La vida desnuda, sin aditamentos.
Un discurrir que se filtra
en la médula del tiempo.
En la cabeza un propósito
y el corazón en silencio.
Tener los pasos contados
da otro matiz a las horas.
Los sueños devienen livianos
mientras cicatrizan recuerdos
que lloraron lágrimas frías
y escucharon los ecos del viento.
Las emociones se acallan
en la corteza del alma
en tanto pasan los días
como el correr de las aguas.
Sé que todo es fluir que se escapa,
pero deja, Señor, que, en la atolondrada
corriente, consolide en la entraña
de este verso una esperanza:
¡Déjame sentir a solas la ardiente
 huella de tu palabra como pan del alma!

LAVAPIES

Conozco el Madrid más fundamental. Sus rincones más renombrados no me son ajenos. Pero esa tarde queriendo desmarcarme del algún  modo del itinerario monumental que se impone a los turistas, quise acercarme a ese Madrid más precario pero igualmente legendario. De Lavapies conservo  memoria por el tablero de un viejo juego de Palé donde, como bisoños especuladores del suelo, traficábamos con dinero de mentirijillas por la propiedad de las más renombradas calles Madrileñas, desde la más opulentas como Castellana o Gran Vía  a las más humildes, entre las que se encontraban Curtidores y Lavapies. Como digo, esta tarde, sin saber bien dónde dirigirme,  me acució el deseo de regresar a esos lugares que con antelación había visitado y donde, verdaderamente, no encontré nada reseñable. Fueron el escenario de La busca, de Baroja, novela que leí con verdadero interés, pues el autor supo manejar las tintas de aquel aguafuerte. Obviamente aquel Madrid ha desaparecido, pero lo continúa otro que en muchos aspectos lo remeda. En la tienda de souvenirs donde adquirí el mapa-callejero que me guiaría por el dédalo madrileño hacia mi destino, el comerciante me sugirió lo poco recomendable que eran de visitar tales parajes, pues tenían fama de ser poco seguros para el viajero. Insistió en que allí pululaban grupos de "moros" expertos en dar el tirón y toda suerte de malhechores. De haber seguido su consejo no habría visitado Lavapies, pero me dejé llevar por mi curiosidad aventurera y por el recuerdo de renombradas celebridades que habían decidido alojarse en el barrio. Sé que por aquellos andurriales se reúne el rastro cada domingo, ese modesto mercadillo que recordó Baroja, que seguramente mencionó Galdós en alguna de sus novelas y al que cantó con ironía quevedesca un cantautor vasco-español, al que ya solo se le puede seguir la pista por internet, Paxi Andión.
Lavapies fue el refugio bohemio de Madrid como de París lo fue Montmatre. En Lavapies dejó huella Picasso, pero consta que en la barriada se hospedaron nombres tan destacados como Cervantes, Valle Inclán, Luis Candelas, el arquitecto Churriguera, o Gloria Fuertes. Seguramente habrá que añadir algunos nombres más que buscaron en la modesta barriada la convivencia con el Madrid más auténtico. Por lo que yo vi, la calle de Lavapies hoy día no despierta mucho atractivo pintoresco ni tampoco veleidad romántica; presenta toda la crudeza de una barriada humilde y deprimida, donde la aventura cotidiana debe resultar gravosa. Sus viejas casas muestran obvias señales de abandono y sus depauperados residentes un pelaje que ya nada tiene que ver con el del Barberillo de Lavapies. Cierto que el barrio no es tan sórdido hacia la ribera de Curtidores, cuya plaza preside el indomable Cascorro, al que le sigue quedando más mili que al palo de la bandera, pero así es la vida. En suma, quise visitar Lavapies llevado por la curiosidad de descubrir lo que había encontrado el castizo irlandés Ian Gibson en aquellas "rodalías", empeñado en compartir el parvo mendrugo de los más humildes. Poco podemos hacer para erradicar el estigma de ese dolor salvo tender la mano de la solidaridad. Pese a las advertencias del comerciante, salí indemne de esa bajada voluntaria a los infiernos.