Plegaria

Quiero escuchar el verbo
en tu luz repentina,
el pleno sol gozoso
de tu presencia. El alto
espacio donde tu potestad
anima, quiero alcanzar
desde mi humildad humana.
No pude ver tu tránsito en tierra;
tu huella sigo por el relato
del evangelio, donde tu voz
resuena dulce o arrebatada,
condolida o triunfante.
Quisiera haberme agazapado´
cerca de ti en aquel monte,
compartido tu pan en la mesa del pobre,
haber surcado en tu barca
las aguas de Tiberiades,
contemplar estremecido
tu oración en el huerto
y tocar tu cuerpo incólume
donde la sanidad emana.
Gracias por ahorrarme
tu sufrimiento en el calvario
y por el regalo de tu sangre
redentora que cálida moja
el borde de mis labios.

The year we lived dangerously

El año que vivimos peligrosamente es la película de la que guardo mejor recuerdo entre las rodadas en décadas precedentes. Se estrenó en un tiempo cuando el cine ya sólo se guiaba por patrones de índole comercial. El cine norteamericano solo nos había dado la alargada sombra de Coppola. Y desde las antípodas australianas comenzaba a emerger una nueva cinematografía. De aquella generación el director de mayor alcance fue Peter Weir. De toda su obra, El año que vivimos peligrosamente cuenta con mi predilección. La protagonizaba un joven astro, nacido en norteamerica, pero que había optado por el cine australiano como trampolín para su carrera internacional. Se lo descubre en la saga apocalíptica de Madmax, pero ya había trabajado antes con Weir en Gallipoli. Aunque es seguro, que fue con "El año..." que asentó su carrera.
Weir nos devolvió al olvidado cine de autor. Ese cine para pedantes que todos echábamos de menos. Extinguidas las viejas dinastías europeas, nada quedaba para oponer al oportunista y simplón rodillo holiwoodiense. Weir recupera la esperanza en el cine. Desde ese comienzo donde un narrador testigo nos introduce en la atmósfera sugerente del film, rápidamente la historia capta nuestro interés. Aquello era nuevo, o cuando menos desusado. Billy Kwan, el chino australiano, introduce al neófito en la escenografía de Yakarta, envuelta en sombras enigmáticas que emergen desde el fondo de su tradición y sus miserias.  Una ciudad que se derrumba, atribulada por la corrupción, el hambre y la pobreza. Reniega de ese occidente que sólo acude a aquellas latitudes en busca de provecho. Kwan es esa conciencia despierta a la que solo le queda el arma  de denunciar. Hamilton cegado por sus propias ambiciones permanecerá hasta el final como testigo interesado de ese mundo que se desmorona. Solo por la muerte de Kwan recobra el milagro del amor. Huirá a los brazos de Jill, rescatado del Walpurgis desatado.
The year we lived dangerously nos devuelve la densa literatura, el gozo de la palabra, y nos integra en un cine que invita  a la reflexión. En ella se buscan respuestas para el dilema intercultural. Una respuesta que occidente  no sabe dar, sino con planes fracasados de ayuda que hunden a los pueblos en calamidades mayores que las anteriores. Kwan. en su desesperación, se confunde en la nostalgia de la música de Strauss, en ese adormecerse que propone el verso de Hesse, milagroso en la voz de Kiri Te Kanawa.

¿Qué fue de aquellas flores...?

¿Qué fue de aquellas flores...?
¿Qué fue de aquellas flores que tarareábamos con Pete Seeger...
qué del lirismo comprometido en la voz transparente de Joan Baez...
qué de la perplejidad con que Dylan interrogaba al viento...?
Todo fue un frágil sueño de fraternidad;
sus propósitos se los tragó el sumidero del tiempo,
cuando con su corriente arrastra el aluvión de escombro,
la ensoñación de improbables utopías.
Vivíamos unos años de inocencia,
cuando descreíamos de la potestad establecida
y nos deslumbraba la brillantez del ángel caído.
Creíamos beber el agua nueva,
cuando se trataba de algo que por más de una centuria
arrastraba la corriente.
La rebeldía era un valor, pero la dureza
del camino intrincó la alegre andadura.
Pesarosos reconocimos cómo el sórdido
furor del silencio devastaba las canciones.
Del fulgor de Luzbel solo irradiaban infernales incandescencias,
mientras probábamos con asco la pócima de la autodestrucción.
Por la senda solitaria ya sólo caminaba un lobo solitario,
que se dejaba cegar por los destellos del neón
y deambulaba los callejones transitados por la luna.
¿No hay redención por el delito perpetrado?
Cuando extiendo las manos maltratadas de trabajos
y escruto en el fondo del túnel la impenetrable tiniebla,
el oído alerta quisiera recordar la fresca melodía
de aquellas viejas canciones entonadas por la voz de la inocencia.



BELLE DE JOUR

En un gran centro comercial, durante la temporada de rebajas, revolviendo entre una montaña dedicada a lo audiovisual encontré entre todo aquel material de deshecho un dvd de Belle de jour, de Buñuel. Lo oferta no venía sola sino que iba acompañada de un episiodio de todo aquel serial erótico, enormemente popular, que constituyó el ciclo de Enmanuelle. Sobre cuál de los dos títulos fue el que me impulsó a decidirme a comprar aquella devaluada oferta habría que hacer sus cábalas. Seguramente, debí padecer por entonces lo que en la actualidad se definiría como subidón sexual. Ya en casa, tras visionar la primeras y decepcionantes secuencias de Enmanuel,  escondí la película en el rincón en donde suelo depositar el escombro audiovisual.

Pero la otra noche, respondiendo también a inconfesables razones, rescaté el dvd de su letargo y lo introduje en el reproductor. Esta vez, me decidí por Belle de jour. Vi por primera vez la película hace años, cuando el hábito del cine se prodigaba todavía y se precisaba estar al tanto de aquellos films rubricados por los grandes maestros. No nos cabe duda que Buñuel lo fue. En su filmografía, quizá Belle de jour no ocupe el lugar más destacado. No obstante, la historia que nos narra es sugerente. Se basa en una novela del escritor francés Joseph Kessel, del que no recuerdo haber leído nada suyo. Desconozco la novela, pero estoy seguro de que Buñuel urde una recreación en consonancia con su obsesiones personales más constantes. Lo que no falta en el film, es morbo. La historia de esa mujer decente, que se esfuerza en guardar las convenciones, pero  a quien las tentaciones inconscientes la impelen a desahogar sus concupiscencias más abyectas, es una argumento que da mucho de sí. Hay quien se encuentra en los burdeles como en casa,y se acoge a la máxima de Wilde de que la mejor manera de vencer la tentación es caer en ella. o lo que es los mismo, la asunción de la desvergüenza. El relato nos enfrenta con la doble moral tan frecuente en nuestros días, manifestando ese desdoblamiento de la personalidad con el que en alguna etapa de nuestra vida hemos convivido. En la película quizá Buñuel intenta una especie de exorcismo de sí mismo, y se enfrenta a esos fantasmas con los que posiblemente coincidió en su juventud durante la frecuentación de los burdeles. Buñuel como Dalí reconoce a Freud como padre. Se cuenta que en la Residencia de estudiantes fueron memorables sus correrías nocturnas. En algunos de los personajes-clientes del film no falta el surrealismo. Y la mirada que da de la más vieja profesión del mundo se halla impregnada con su especial socarronería. La exquisitez de Catherine Deneuve en contraste con su obscena aventura despierta en el espectador sus más recónditas impudicias. No es que recomiende la película, pero es que se puede tener alguna noche tonta que otra.

Afrontar la adversidad

Afrontar la adversidad
Pasamos por la vida disfrazando circunstancias, cuando de pronto su necesidad irrumpe violenta. A mí me suelen despertar sus golpes bajos o sus crochets de derecha cuando no los de izquierda más marrullera. Recuerdo que cuando mi vida tocó fondo vino a finiquitarla la contundencia de un directo en el plexo solar. Para un hombre doméstico como yo, la violencia no es su mejor arma. Tuve que digerir el atropello como buenamente pude: sobreviviendo apenas, recordando que la venganza no nos corresponde. La vida es como una cabalgadura que en ocasiones da alguna que otra coz. En tales extremos, le urgen a uno soluciones balsámicas y se acoge a lo que buenamente puede. Cuando ya se ha sucumbido a las drogas, sea alcohol u otras sustancias igualmente inicuas, solo nos resta encomendarnos a Dios. Leyendo la Biblia encuentras el último consuelo, un reducto de gozo y libertad para el espíritu, que te ayuda a sobrellevar ese peso de cuando todo en la vida ha perdido su aliciente y la muerte va llevándose a los seres queridos. Porque la guadaña de la muerte es homicida y repentina, y podemos encontrarla al volver de cualquier camino, en el vano de cualquier puerta, y su crudeza es tan cruel y ominosa como una patada en salve sea la parte. La bondad de Dios nos granjeó el paraíso; nuestra iniquidad el sinsabor de la necesidad, el brutal descubrimiento de lo nefasto. Cuando te abata la contundencia sin tregua ni esperanza del destino, su esencia trágica, ten presta la flor de un Padre Nuestro en la comisura de los labios: te devolverá la sonrisa de la comedia.
Como decía mi sargento de guardia: Al mal tiempo, buena cara.

LA NOVELA SEGÚN JAMES

No me cuento entre los acérrimos a Henry James. Comparto con él el inconveniente de una madurez solitaria y la fascinación por Venecia e Italia. Tal predilección no es nueva, la compartía Goethe y por ella Stendhal renunció a los salones parisinos. Durante un tiempo me dio por recopilar toda la prosa que James escribió sobre la ciudad de la laguna. La leí con cierto diletantismo. En los Papeles de Aspern su suspense me mantuvo avizor hasta el final. He de confesar que Las alas de la Paloma, sin embargo, no acabé de digerirla; se me volvieron tediosas las indecisiones de los protagonistas, envueltas en esa prosa circunloquial y espesa, cuyo almíbar produce cierta obnubilación de la  consciencia. Más tarde leí sus Horas venecianas desapasionadamente. ¿Sería defecto de James o es que Venecia iba perdiendo su fascinación idolátrica? Supongo que ambas cosas. De todas formas, me aproximé a la obra descomunal de James. James era uno de esos hombres que lo escribía todo, con una facundia febril. Se ajustaba sobre todo al pormenor, y de este hacia un palimsesto ciceroniano. Borges lo cuenta entre los escritores de culto. Durante algún verano me entretuvo su novela Washington Square. Fue el teórico del punto de vista, privando del dogmatismo a la novela, reduciéndola al relativismo de la lectura abierta. La viejas novelas, insertas en la teodicea del narrador omnisciente, fueron abatidas de su supremo pedestal. Esa voz telúrica que trastornaba las conciencias en el trasfondo de Los Miserables o Los tres mosqueteros, o que ya en el siglo veinte adoctrinó desde las cumbres de La montaña mágica, tenía sus novelas contadas. James las había finiquitado desde el estremecedor relato Otra vuelta de tuerca, que continúa siendo para mí su novela más estimulante, quizá porque en ella no tropezamos con la tortuosa dialéctica de James, que se vuelve aplastante en obras como El retrato de una dama o La copa dorada. Lo suyo es la novela sicológica, donde hurga los entresijos de la prosa, recostado en el diván sicoanalítico que inaugurara Sigmund Freud.

OK! Rick.

Al caer la noche me dejo envolver por el sueño apolíneo de Casablanca. Posiblemente, la película con guión más charlatán, exceptuando las de Mankiewicz. Fue dirigida por Michael Curtis, un artesano de filmografía bastante sólida, especializado en el género de acción y aventura. Filmó Casablanca con el mayor acierto y en el momento idóneo. Su mensaje intervencionista en el conflicto bélico mundial debió de calar hondo en la conciencia americana.
Gusta a uno sumergirse en el exótico ensueño de Casablanca, sublimar nuestra realidad desengañada en esa atmósfera optimista de fundamentos éticos. Sin duda el film gira entorno a la personalidad de Rick, el héroe que encarna la moralidad ejemplar. Todo el ambiente que rodea al protagonista delata un realidad caótica y corrompida. En un mundo que se desmorona, nosotros nos enamoramos, le dice Ilsa. Rick asiste a la debacle con la impasibilidad del jugador precavido; atento a cada de los movimientos, con la reflexiva cautela del ajedrecista. No otra cosa distinta a una partida de ajedrez se deduce de la trama que involucra a Rick, el teniente Renault, el mayor Strasser y Vicktor Laszlo. Rick con obvia prudencia mueve sus fichas para provocar el jaque mate del adversario. Los diez mil francos de la apuesta con Renault vuelven más atractiva la victoria, pero Rick no es hombre que se deje obnubilar por las riquezas. A la oferta exorbitante que le ofrece Laszlo por los salvoconductos, aduce razones de caracter personal:¡Pregunte a su mujer!
Como digo, infiltrarse en la ilusión que nos promete Casablanca acaba por resultar deleitoso,
pues contemplar la erosión social que nos rodea, pese a que hoy todavía no contemos con la amenaza directa de una nueva guerra mundial, y asistir a esa degeneración en donde los valores censurables abruman nuestra cotidianidad, nos hace volver la vista hacia ese Rick temerario, impertérrito, que asume el sacrificio en pos de unas consideraciones de rectitud y virtud insobornables. En la lealtad de su renuncia a favor del prójimo reverdece la dignidad del ideal del hombre. La personalidad de Rick mantiene el viejo modelo caballeresco olvidado en nuestro tiempo. Nunca nuestra sociedad se ha visto más urgida de nobles ideales a los que aferrarse. No basta con viajar a Casablanca para tomarse una copa en ese remake del Rick´s, Café americain.

INVECTIVA

Guardamos de la poesía la más alta consideración; en ella vemos el instrumento más apropiado de análisis de la intimidad del ser humano, además de un método inmanente de reflexión estética sobre la realidad. Nos duele por ello que ciertos rapsodas mancillen su jardín con semillas corruptas, facinerosas audacias y croniquillas de amoríos adulterinos.
De tanto manosearla con impúdicos dedos, la rosa ha marchitado.

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher
Seguramente el adagieto de la 5ª sinfonia de Gustav Malher no fue escrito pensando en Venecia. No obstante, a día de hoy su desvinculación resulte trabajo baldío. Visconti, en contacto permanente con el mundo de la gran música (su relación estrecha con las bambalinas de la ópera es de sobra sabida), poseía un refinado olfato musical a la hora de elegir entre las más excelentes partituras para sus peliculas. Repasando ahora su filmografía,  sin duda quedarán ejemplos que se nos escapan. En estos momentos recuerdo tres de sus incursiones en el universo musical clásico. Antes de la Muerte en Venecia, Visconti rodó Senso, con Farley Granger y Alida Valli, actriz que quizá sea más recordada por el Tercer hombre. Para Senso Visconti cuida especialmente la banda sonora. En ella recurre para su tema principal a un autor que, dentro de la órbita de la música clásica, puede reconocerse como de minorías: Anton Bruckner. Bruckner fue un compositor austriaco que devolvió su esplendor a la sinfonía tras el huracán wagneriano. Para la película Visconti elige la 7ª, de la cual se cuenta que fue escrita tras conocer el autor el fallecimiento de Richard Wagner. Porque fue Wagner quien abrió para Bruckner las puertas del Parnaso tras reconocerlo como la nueva voz del género sinfónico. Prudentemente, Bruckner renunció a componer óperas. La biografía de Bruckner nos habla de un hombre sensible, entregado enteramente a la música. Alcanzó la cima en su últimas sinfonías, de las cuales la 9ª es de las más interpretadas, y con sus  Misas y Te Deums. No cabe duda que la música de Bruckner se restringe a ámbitos selectos de iniciados, entre los cuales obviamente se movía Visconti, que con Senso supo abrir el ventanal a ese mundo sonoro desconocido, por el que todavía navegamos, hasta ir a recogernos en esa isla paradisíaca donde reina la belleza.
Pero Visconti, lanzado el señuelo, no pretendió dejarnos ayunos, y para ello nos preparó una comida suculenta con su film quizá más recordado, Muerte en Venecia. Acudió para tal menú al mejor Malher de la 5ª y 3ª sinfonias. Sobre el "adagieto" de la 5ª, en realidad su cuarto movimiento en una sinfonía de cinco, con lo que trasgrede la forma sonata implantada por Beethoven y el clasicismo,  fundamentó el film, a cuyo mundo nos introduce, a través de sus fotogramas, en el amanecer de una Venecia traspasada de estímulos emotivos, y envuelta en una atmósfera exquisita en la que se retrata la ambigüedad del film. Mi conocimiento de Malher seguramente date de la contemplación de la película de Visconti, cuyo recuerdo parangono al culmen de una experiencia embriagadora. Pudo ser Visconti, pero fundamentalmente fue Malher y la vivencia totalizadora del arte, en donde, como diría Shelling, se reconoce lo absoluto en lo particular. Ahora, cuando vuelvo a ver el film, noto en su factura cierta mórbida gelidez, que la levedad vaporosa del adagieto no consigue mitigar.
La tercera aproximación del director milanés a la gran música se da en uno de sus filmes menores: Confidencias (o grupo de familia en un interior). Título más plástico que musical, pues del diletantismo del viejo profesor protagonista (Burt Lancaster) hacia la pintura se infiere el titulo de la película. En ella se retrata el mundo grosero de la alta burguesía en un interior resguardado de la vicisitudes sociales. En esa torre de marfil habita un viejo profesor cuya pedagogía intenta trasmitirnos. Recluido en su arca de Noé artística intenta sustraerse de la debacle que augura para el mundo. No lo conseguirá pues todas la fuerzas hostiles de éste se infiltran en la casa, al admitir como inquilinos a un heterogéneo grupo familiar. Y para huir de todas aquella mezquindades que le sobrevienen solo le resta un recurso, imbuirse en la música. El aria de Mozart : "Vorrei spiegarvi, oh Dio!" constituye por unos momentos su tabla de salvación.

Herodías (acercamiento a un relato breve de Flaubert)

He descubierto un relato corto de Flaubert que desconocía: Herodías. Junto con Salambó representa una de la pocas ocasiones en que el autor se adentra en la novela histórica. El tratamiento que Flaubert da al género no tiene coincidencia alguna con el uso que se le da actualmente. Porque Flaubert no hace del relato una incursión entretenida en el terreno histórico, sino literatura en el mejor de los sentidos.
Su acercamiento a la antigua palestina es un lujo de erudición y de rigor descriptivo, no menor que con el que nos recrea la antigua Cartago en Salambó. Flaubert penetra la intimidad del Tetrarca de Galilea: en el orden de su ambición, su subordinación a Roma y su procónsul, y en un nivel más personal, el deterioro de su vida familiar.
Flaubert parece esculpir sus frases; el resultado del texto es fruto acertado del escoplo y del acabado embellecedor de la lija. Solo en uno de nuestros mejores prosistas, Gabriel Miró, encuentran paralelos los aciertos del francés. Su acercamiento a la palestina evangélica viene lleno de fascinación, fascinación seguramente adquirida durante su inspirador Viaje a Oriente. En Flaubert, lugares y personajes se revisten de una consistencia diferente. Las descripciones resaltan con la profundidad del claroscuro, como ocurre con el paisaje, donde deslumbra la inmediatez de la luz frente a la tenebrosidad de los abismos y las escarpadas siluetas de los montes con que nos dibuja el Maqueronte. Al detenerse en los retratos, consigue penetrar tras su máscara y calibrar sus limitaciones; sus dudas y temores se vuelven conscientes. Los abismos de sus almas se miran en el espejo del Bautista. Para Herodías solo la muerte de éste puede borrar la vigorosa imagen de su culpa impresa en la realidad. Pero cuando vuelve en sí, con la cabeza del Bautista sangrando a sus pies, comprende que la acusaciones del profeta se hallan incrustadas en su alma como el cristal a la roca.

ALGO MÁS SOBRE LOS BORGIA


Fueron los Borgia (o Borja, su apellido vernáculo de origen aragonés) sin duda una familia singular. Para Mario Puzzo, la gran familia del crimen. Porque como a casi todo en España, también les acompaña su leyenda negra.  La familia tras la conquista  de Jaime I  se asentó en Játiva, cuyas alturas domina su castillo y en cuya catedral se guarda memoria de sus dos papas, Calixto III y  Alejandro VI.
Con el primero, una rama de la familia se trasladó a la capital papal, Roma, donde las oportunidades se ajustaban  a la medida de sus ambiciones. El papado de Calixto III no guarda acontecimientos extraordinarios para la historia de la iglesia, pero si en el devenir de su familia, que bajo su apostolado afianzó sus raíces en la capital de la cristiandad. Pronto los Borgia se codearon con las sagas de la nobleza romana autóctona : Los Colonna, los Orsini, y el resto de familias italianas, como los Cibo, Picolominni, de la Rovere, que dejaron su impronta en la tradición eclesiástica. La lucha por alcanzar máximos honores, de los cuales sin duda alguna el mayor sería cubrir su cabeza con la majestad de la mitra pontificia, debió ser ardua, resultado de una política de cálculo y presión. La alianza con otras familias descollantes que, como buitres sobrevolaban el solio de Letrán, resultaría decisiva para que el cónclave se decidiera en uno u otro sentido, por esta o aquella familia.
La competencia política de Rodrigo Borgia, avalada por el ascendiente de su antepasado CalixtoIII que lo llevo siendo joven a Roma, debió de ser uno de los factores que determinaron su ascenso hasta la silla de Pedro. Su nombramiento no tenía nada de extraño en una Italia donde el reino aragonés, comandado por el rey Fernando de España  trazaba los márgenes de sus influencias. Impulsado por tal voluntad, económicamente respaldado por la famiia Medici, el futuro Alejandro VI  salió airoso de la pugna con las habituales familias que ambicionaban el papado. Como Papa, Alejandro ha dejado una memoria contradictoria. Oscurecida su huella por la leyenda oprobiosa que persigue a su familia, sus hechos se ven empañados por la dinámica que caracterizaba a las cortes papeles de la época. Simonía y nepotismo estaban arraigados en la ética eclesiástica y, Alejandro VI, no los abolió sino que muy al contrario fue a caso su mayor impulsor .  Favoreciendo a sus hijos con cargos y prebendas eclesiásticas, desencadenó el torbellino que sería responsable de su propia destrucción. Alentado por su hijo, César, al que nombró cardenal y más tarde gonfaloniero de los ejércitos papales, emprendió una política represora y de extensión territorial, encaminada a establecer en la iglesia una hegemonía de carácter familiar. Cesár barajaba el golpe de estado, que impondría en el reino de Pedro no ya una monarquía electiva sino un caudillaje de tipo hereditario. Con gran solvencia militar César, que se anexionó cuanto territorio convenía para la fundación de su gran Romaña, saqueó ciudades, suprimió adversarios, doblegó repúblicas y  puso en entredicho la continuación de la iglesia. La cual empezaba a evaluar la necesidad de una reforma, que monjes como el malogrado Savonarola, ejecutado en la pira de la plaza de la Signoria, de Florencia, venían postulando.
La invectivas proféticas que el monje lanzaba sobre la iglesia de Alejandro VI  y su animadversión republicana hacia la familia Medici, seguramente fueron decisivas en su condena. Nada más lejos de la voluntad del papa que ceder a profecías de dudoso cumplimiento ni de renunciar a deleites como lo que le proporcionaba su amante, Julia Farnese.  Pero lo cierto es que Alejandro VI no iba a sobrevivir mucho al dominico, sucumbiendo a la vorágine de su taimada política. La historia, como en tantos casos, no se pone de acuerdo. Se desconoce si murió envenenado o víctima de unas fiebres, síntomas que afectaron a su vez a su hijo César, quien sobrevivió a la plaga, pero heredando ya en realidad un poder descabezado. Su capacidad de maniobra debió verse tan mermada, que durante el siguiente cónclave para la elección papal tuvo que otorgar su voto a quien quizá fuera su peor enemigo, Giuliano de la Rovere, el futuro Julio II.
Pero la vitalidad de esta familia no tuvo por semejante debacle ni mucho menos su extinción. Años después tenemos un nuevo protagonista, flamante duque de Gandía.  Pasa a la historia durante el entierro de la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Se cuenta que frente al cadáver de la reina, juró no volver a servir a un señor que fuese esclavo de la muerte. Y el mundo no ha conocido a otro que a Jesucristo. A su servició, pues, se consagró como fiel monje jesuita, hasta ser canonizado como San Francisco de Borja. Su palacio de Gandía, si bien remodelado en épocas posteriores, conserva su memoria junto a ese gran lienzo romántico que se exhibe en el Prado, del magnífico pincel de Moreno Carbonero. Borgias y Borja parecen ser la cara y la cruz de una misma moneda lanzada al aire tornadizo de la historia.

Canto a Córdoba

            Córdoba, lejana y sola...
                    (F. García Lorca)

Córdoba lejana de luna,
distante de montes y olivos.
El sueño de Al Ándalus llevas
en los reflejos del río
que trae su corriente desnuda.
Córdoba de caminos lejanos,
senda que hollaron los pueblos,
crónicas que hablaron de gestas,
de reyes, de sabios, de poetas;
fastos  que sus palacios dejaron,
ebria de frutos su vega.
Por los rincones de Córdoba,
el azahar da su aroma,
zurea una paloma, curva
refulge una daga bajo el halo
brillante de la luna menguada.
En el soledad del patio
el sigilo de una sombra acecha;
por el bosque de naranjos
un creyente en la mezquita entra.
En el ajimez de la torre,
implorando el almuédano reza.
Su plegaria escuchan las gentes,
que calladas buscan los zocos,
de muros ornados de flores,
de enredaderas trepando la reja.
El eco del muecín luego se pierde
en el dédalo de calles desiertas
donde aún resuenan los pasos
de las soledades de un poeta.




   

¿CASUALIDAD O DETERMINISMO?

Nos ocurre con frecuencia que pensamos en tal o cual persona y al poco tiempo nos la tropezamos por la calle, o en el autobús o el cine? Tal situación se ha repetido en mi vida de forma que me hace sospechar que con fulano o mengano me unen lazos paranormales. El colmo de semejante circunstancia se ha repetido con aquellas personas sobre las que sentía un particular impulso amoroso; entonces tales coincidencias parecían regirse por la fuerza de la necesidad. En cualquier caso, aseguraría que tales encuentros tenían poco de fortuitos.
Pero ahondando un poco más en el análisis de semejantes casualidades, aseveraría que éstas también acostumbran a darse con los objetos, elementos y creaciones de otra índole. Me han ocurrido casos con los libros: haber averiguado mediante la lectura la referencia sobre cierto autor u obra determinada y descubrirla al poco tiempo en una librería. Díjérase que uno no busca las lecturas sino que son ellas las que te encuentran. Recitemente, se despertó en mi cierta obsesión al escuchar el Trio opus 100 de Schubert, que Stanley Kubrick incluyó de modo magistral en su película Barry Lyndon. Pues he de constatar que al poco tiempo encontré una grabación, no muy frecuente, con la selección de los mejores Trios del músico austriaco. En estas consideraciones, no tenemos  que dejar de lado la pintura. Al descubrimiento de un pintor, le sigue un acercamiento a sus obras; de un modo directo en museos y salas de exposición, o a través de los medios gráficos o audiovisuales.
Recientemente, en mi estancia en Madrid visité el Thyssen. Allí se celebraba una exposición temporal sobre la pintura veneciana que llevaba por título: el Renacimiento en Venecia, y como subtítulo: Triunfo de la Belleza o destrucción de la pintura. En ella se quería hacer constar que en en ese predominio del color sobre el dibujo de la pintura véneta y su apasionada búsqueda de la belleza, se encerraba su propia decadencia. Pues los cuadros siguiendo tales pautas se fueron restringiendo a la técnica del claroscuro, donde los contornos se hicieron más imprecisos y imagen iba reduciéndose a difusas manchas de color.
Se puede sacar esa conclusión al terminar la exposición, pero antes se ha de pasar por ese apoteosis de la pintura que significo Venecia durante el renacimiento. La exposición contaba con una muestra variada de cuadros, entre los cuales se encontraba el "Retrato de un joven noble en su estudio", de Lorenzo Lotto. Cuadro en muchos sentidos ligado a los últimos años de mi vida y que por unas razones u otras cuenta con mis preferencias. Su ubicación natural es la Galleria de la Accademia de Venecia. Allí tuve la oportunidad de contemplarlo en mis últimos periplos italianos. El cuadro destaca por su calidad: sin duda uno de los retratos más sugestivos de la época. Pero además lo es, porque el escritor argentino, Manuel Mujica Lainez, creyó reconocer en él el retrato del protagonista de su novela Bomarzo, el duque Pier Francesco Orsini. Sea o no sea el retrato de dicho personaje, la pintura en sí misma encierra cierto misterio que no deja de inquietar. Nos habla de su personaje como hombre culto aislado en su biblioteca; nos recuerda la caducidad del tiempo o al hombre enamorado, por los pétalos esparcidos sobre la mesa junto a una carta plegada; y, para concluir, alienta sobremanera nuestra curiosidad la inclusión de esa salamandra o lagarto en uno de los ángulos del cuadro, lo cual lo envuelve de resonancias esotéricas. La interpretación final se nos escapa. No sé si el joven noble es el duque de Bomarzo, pero horas después en la Fnac de la calle Preciados encontré una grabación de la opera Bomarzo, de Ginastera, basada en la novela de Mujica, y que durante mucho tiempo busqué, siempre de forma infructuosa. Son esas casualidades que uno no acaba de aceptar.

Con permiso, unas palabras...

Con permiso, unas palabras...
Nos vemos envueltos en el capullo de nuestra rutina, como esa larva aletargada que aguarda el trance de su metamorfosis. El temor a esa crisálida nos paraliza; nos atenaza el miedo a la libertad. Replegados en nuestras costumbres, releemos los mismos libros, frecuentamos el mismo paisaje; nuestra vida sometida a la disciplina laboral es una sucesión de días monocromos. El cuerpo se acostumbra a esa inercia; nuestro espíritu se abotarga; recordamos los días felices pero nos doblegamos al dictado de la indiferencia.
Conforme maduramos, lo nuevo nos espanta; nos cuesta tomar resoluciones concluyentes. Nos dejaremos llevar por las recomendaciones con las que tratan de encauzar nuestra vida. Los cierto es que el tedio nos persigue: al doblar la esquina de cualquier vivencia apasionada, tras la satisfacción de cualquier deseo, en el postcoito, después de concluir una novela... Nos invade luego cierta languidez, la apatía del desear, vivir se torna entonces una experiencia sin sazón. ¿Dónde encontrar de una vez ese ingrediente que de significado a las cosas, la nueva savia que nos revitalice? Como dice el evangelio: ¡Espera en Dios, y el hará...!

LA VIDA DESNUDA

La vida desnuda, sin aditamentos.
Un discurrir que se filtra
en la médula del tiempo.
En la cabeza un propósito
y el corazón en silencio.
Tener los pasos contados
da otro matiz a las horas.
Los sueños devienen livianos
mientras cicatrizan recuerdos
que lloraron lágrimas frías
y escucharon los ecos del viento.
Las emociones se acallan
en la corteza del alma
en tanto pasan los días
como el correr de las aguas.
Sé que todo es fluir que se escapa,
pero deja, Señor, que, en la atolondrada
corriente, consolide en la entraña
de este verso una esperanza:
¡Déjame sentir a solas la ardiente
 huella de tu palabra como pan del alma!

LAVAPIES

Conozco el Madrid más fundamental. Sus rincones más renombrados no me son ajenos. Pero esa tarde queriendo desmarcarme del algún  modo del itinerario monumental que se impone a los turistas, quise acercarme a ese Madrid más precario pero igualmente legendario. De Lavapies conservo  memoria por el tablero de un viejo juego de Palé donde, como bisoños especuladores del suelo, traficábamos con dinero de mentirijillas por la propiedad de las más renombradas calles Madrileñas, desde la más opulentas como Castellana o Gran Vía  a las más humildes, entre las que se encontraban Curtidores y Lavapies. Como digo, esta tarde, sin saber bien dónde dirigirme,  me acució el deseo de regresar a esos lugares que con antelación había visitado y donde, verdaderamente, no encontré nada reseñable. Fueron el escenario de La busca, de Baroja, novela que leí con verdadero interés, pues el autor supo manejar las tintas de aquel aguafuerte. Obviamente aquel Madrid ha desaparecido, pero lo continúa otro que en muchos aspectos lo remeda. En la tienda de souvenirs donde adquirí el mapa-callejero que me guiaría por el dédalo madrileño hacia mi destino, el comerciante me sugirió lo poco recomendable que eran de visitar tales parajes, pues tenían fama de ser poco seguros para el viajero. Insistió en que allí pululaban grupos de "moros" expertos en dar el tirón y toda suerte de malhechores. De haber seguido su consejo no habría visitado Lavapies, pero me dejé llevar por mi curiosidad aventurera y por el recuerdo de renombradas celebridades que habían decidido alojarse en el barrio. Sé que por aquellos andurriales se reúne el rastro cada domingo, ese modesto mercadillo que recordó Baroja, que seguramente mencionó Galdós en alguna de sus novelas y al que cantó con ironía quevedesca un cantautor vasco-español, al que ya solo se le puede seguir la pista por internet, Paxi Andión.
Lavapies fue el refugio bohemio de Madrid como de París lo fue Montmatre. En Lavapies dejó huella Picasso, pero consta que en la barriada se hospedaron nombres tan destacados como Cervantes, Valle Inclán, Luis Candelas, el arquitecto Churriguera, o Gloria Fuertes. Seguramente habrá que añadir algunos nombres más que buscaron en la modesta barriada la convivencia con el Madrid más auténtico. Por lo que yo vi, la calle de Lavapies hoy día no despierta mucho atractivo pintoresco ni tampoco veleidad romántica; presenta toda la crudeza de una barriada humilde y deprimida, donde la aventura cotidiana debe resultar gravosa. Sus viejas casas muestran obvias señales de abandono y sus depauperados residentes un pelaje que ya nada tiene que ver con el del Barberillo de Lavapies. Cierto que el barrio no es tan sórdido hacia la ribera de Curtidores, cuya plaza preside el indomable Cascorro, al que le sigue quedando más mili que al palo de la bandera, pero así es la vida. En suma, quise visitar Lavapies llevado por la curiosidad de descubrir lo que había encontrado el castizo irlandés Ian Gibson en aquellas "rodalías", empeñado en compartir el parvo mendrugo de los más humildes. Poco podemos hacer para erradicar el estigma de ese dolor salvo tender la mano de la solidaridad. Pese a las advertencias del comerciante, salí indemne de esa bajada voluntaria a los infiernos.

En casa del pintor Sorolla

En una alegre mañana de sábado, con tiempo para malgastar en Madrid, mis pasos o, por mejor decir, el confort de un taxi me encaminó hacia la casa del pintor valenciano por antonomasia, Sorolla. No deja de ser curioso que un artista que casi centralizó en Valencia el tema de su obra, fijara su residencia en Madrid. Seguramente, en la capital española se hallaba más próximo a los resortes donde planificar una mejor divulgación de su arte. El caso es que se instaló en Madrid, y buscó un hospedaje que nada tuvo de provisional.
La casa,  sita en la calle del general Martínez Campos, perpendicular al paseo de La Castellana, constituye un reducto de intimismo en la aglomeración de Madrid. Posiblemente, a principios del siglo XX su singular arquitectura no contrastase tanto con el entorno y se la reconociera como lo que era: la casa de un artista. Porque únicamente un artista puede cuidar con verdadero gusto cada uno de los detalles que la embellecen. Sorolla fue un artista celebrado, y atendiendo al esplendor de su morada, un artista favorablemente cotizado. Sabemos que su éxito traspasó nuestras fronteras y alcanzó la metrópoli promotora del arte de entonces: Nueva York, con sus grandes fortunas y su avidez coleccionista. Su obra se integró en el legado de la Hispanic Society. Sin duda fue el pintor de su época más aclamado.
Decíamos que Sorolla fue un gran pintor valenciano; un alto tanto por ciento de su obra aborda esta temática. Fue un gran maestro de la luz y el color; en sus cuadros, estos elementos se plasman vigorosamente en las marinas, donde la luz de los impresionistas juega brillantemente con el paisaje y los modelos. Nunca el mar Mediterráneo mostró azules más esplendidos ni la luz resplandeció más sobre los tules de las modelos o los bronceados cuerpos de los niños que se bañan y juegan en las orillas. La profusión de cuadros con tal temática nos convence de que el pintor trató de penetrar la atmósfera luminosa y transparente del horizonte valenciano. Con ojo igualmente exultante pintó a la tierra y sus gentes, cuyo testimonio ha llegado a nuestros días como referente de lo que fue aquella Valencia finisecular. Su mirada, junto a la de su paisano Blasco Ibáñez, contribuyó a conformar el mito valenciano.
Nos asombra, sin embargo, que este valencianismo no condicione el aspecto de su casa madrileña, lo cual nos habla de un Sorolla multifacético y hombre de mundo. Porque cuando entramos al jardín nos sorprende el murmullo de sus fuentes que nos acercan no a los azahares de la huerta valenciana sino al encanto andaluz con que se sueñan la Alhanbra y el Jeneralife. Sin duda, Sorolla por particular elección escogió para sus patios y jardines las misteriosa delicia del acervo andaluz, pues encontramos esta predilección no solo en los jardines de la entrada sino en el patio interior, cuya fuente y arquería nos trasladan a escenarios tópicamente andaluces.

La casa es otra cosa, nos habla de la labor de Sorolla, de su vertiente de hombre culto además de artista. Especial mención merece su notable colección de cerámica y su faceta de coleccionista de rarezas arqueológicas. Contaba con una biblioteca aceptable y sobre el mobiliario hay muestras de incursiones a países lejanos. Tuvo todos los atributos de una personalidad fascinante, y como pintor seguramente fue el más eminente de su época.Sus cuadros siguen rezumando belleza y vitalidad sin parangón.

Las ruinas de Esparta

Parece ser que la ruinas de Esparta resultan decepcionantes para el viajero. Ello responde a distintos factores. El primero de ellos seguramente se relaciona con la propia idiosincrasia de los espartanos, que eran un pueblo que quizá pusieron su énfasis en ciertos valores cívicos reñidos con el nivel cultural y artístico de la ciudad. Mientras Atenas generó una cultura vigorosa que dio frutos inigualados y perdurables, Esparta se replegó en una estricta tradición abocada a la supervivencia de una clase privilegiada cuya virtud se restringía a valores de índole guerrera. Produjo los más célebres héroes, Leónidas, Pausanias, Brasidas, Lisandro, pero en los demás órdenes su aporte a la civilización es apenas destacable. Razones que nos llevan a reflexionar detenidamente sobre el asunto. Mientras Atenas se coronó de la gloria más diversa, desarrollando un genio que abarcó desde el terreno político al artístico, sin olvidar el moral así como el científico y el del pensamiento, Esparta se encastilló en su tradición atávica, donde una tabla de valores rigurosa, encaminada al éxito militar, y una religiosidad determinista y hasta supersticiosa pusieron coto a cualquier expansión cultural y social.
No en vano, visitar Esparta, cuyas ruinas no destacan de cualquier otra yacimiento mediocre y muy inferior en prestigio histórico, merece la pena. Conocer ese valle del Eurotas, circundado por la cordillera de Taigeto, a menudo coronada de nieve proporcionando a la zona un microclima especial, y donde aquel pueblo único alcanzó ese rango de virtud y pundonor raramente repetido en la historia de los pueblos, viene a significar una experiencia incomparable, un descenso a esa memoria donde se cimentó ese sueño que luego sería Europa, en cuya mitología aún persiste el lacónico ideal de esa polis misántropa y victoriosa. Si alguna vez regreso a Grecia, no dejaré de visitar esas ruinas cuyo orgullo no se basaba en beneficios de orden material sino en el logro óptimo de la virtud en el hombre.

Rosa primigenia

Rosa de la tarde,
crisálida dormida,
ojos que se sueñan
en el eco atormentado
de la piedra, como un lamento
enardecido hurgando
los cuévanos del aire.
Desolación y humo,
suspiro en el dolor pertrechado,
condena de los números aciagos,
grito cortante, énfasis
en la profundidad devastada,
diversidad, corteza, símbolo.
Juego de armonía,
satélite extinguido
en la oscura memoria sideral,
pájaro de melancolía
que rasga la vertiente del silencio
ahogando en soledad el latido.
Hoja desnuda, lámina
simultánea y fría, trepidación
de impulso y simetría.
Golpe de mar, sonora nervadura
estremecida donde el dolor
tensa su médula aguda,
capciosidad de ramas, veredas
donde expira el lapsus de un paisaje.
Determinante enjambre,
coloración de olas,
rosa de la tarde
en el lánguido desvanecer del aire.

FUGAZ RECUERDO

Se te puede escapar toda la luz del atardecer
mientras en el piano suena un scherzo de Chopin
y por tu ventana penetra la melancolía estival,
la caricia del poniente, el vuelo leve del gorrión,
las voces en sordina de la perezosa  ciudad,
la sombra nocturna que al monte parece ocultar.
Tu memoria saborea la añoranza
y tus labios tararean el compás del aquel vals,
los ojos nublados de recuerdos
y la mano en vilo de querer acariciar.
A lo lejos la carrera de un tren,
un esquivo pensamiento que no acabas de hilvanar,
el rosa de la tarde, aquella carta en el secreter,
nostalgia de cálidas lágrimas y el deseo de abrazar.
Fue un antiguo verano a la orilla del mar.
Las olas rompían pausadas
bajo el crepúsculo meridional.
Navegando una única vela devolvía el reflejo
de la primera luna perlada,
y el aroma marino escondía el deseo,
la inquietud tras del silencio
sorprendiendo la audacia de aquel beso.
No tenía más importancia que el vuelo leve  de un pájaro,
que la lenta caída de una hoja en el bosque,
que el rumor de la lluvia en los cristales,
que el deslizar sobre la mejilla la congoja de una lágrima,
que el timbre del teléfono en la soledad...
Pero..¡.Oh, fugaz recuerdo, tan grave en su levedad!

FRENTE A LA TUMBA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

Según se entra al cementerio de Alicante y se llega a la rotonda, a mano izquierda se encuentra la tumba de Miguel Hernández. El epitafio aclara: Miguel Hernández. Poeta. Sobre la blanca lápida se advierten flores esparcidas, y a un lado un buzón que nos remite con el poeta en el otro mundo. Ignoro qué requerirán estas inflamadas cartas cuya intromisión seguramente inquiete la paz del difunto. Hernández fue un gran cantor de la vida y de la muerte:"Como el toro he nacido para el luto y el dolor" o "Temprano levantó la muerte el vuelo", son algunas de las referencias a la Parca que me vienen a las mientes. Hernández supo de la muerte muy joven; su obra hubiera cobrado otra dimensión de haberla sobrevivido. Junto al inmolado García Lorca constituye la merma más evidente de que adolece la literatura hispana del siglo XX. A pesar de ello, su hondura lírica alcanzó alturas inabordables para la posterior  métrica hispana. Recordaba Luis Rosales que con Federico habían arrancado a España su mejor talento; podemos afirmar que con Hernández nos han privado del más noble corazón.
Soy Alicantino, aunque no soy un gran lector de Hernández; últimamente coarta su lectura todo el envoltorio institucional en que viene guarnecido. Hoy su tumba permanecía quieta y a solas, bañada por el sol veraniego que mitigaba un airecillo. No tenía flores con que homenajearle, pues había depositado el ramo que traía en la tumba de mi padre. Entre los dos hubo un silencio, fuimos poetas sin palabras, porque ahí donde tu yaces o allá donde yo yaceré
nos aguarda otro lenguaje que no podemos entender, una melodía ignota que solo entonan las criaturas de los cielos. Duerme Miguel, pues tras la última trompeta se revelará el vivificante arcano que esconde la poesía.

Mientras me alejaba me pregunté: ¿Se encontrará también en este cementerio la tumba de ese otro gran poeta de la prosa, Gabriel Miró?

BORGES Vs NERUDA

En cierta oportunidad Borges dijo que consideraba a Neruda como un buen poeta social pero un mal poeta sentimental. El primer aserto sin duda provino de juzgar la solidez de la obra Canto general del poeta chileno. Con ella Neruda se confirmaba como el poeta de América, estatus por el que en el precedente siglo ambos bardos se hallaban litigando. Con Alturas de Macchu Picchu el chileno ascendió hasta las sagradas cumbres de América y dio al pueblo un referente épico en sus luchas de liberación. Neruda es un gran poeta, y Borges también. Neruda es un genio, y Borges también. Neruda es comunista, y Borges tampoco. Porque la orientación social se le escapaba a un Borges enclaustrado en la torre albarrana de su erudición burguesa. El carácter social no va con Borges, pues nunca persiguió ser un poeta de masas sino un lírico de las élites.
El contencioso Neruda-Borges es un choque de temperamentos. El pasional de Neruda, y el cerebral de Borges. Censura el argentino que su colega chileno adolece de una conveniente hondura lírica. Acaso fuera por la desmesurada difusión de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en donde Neruda exalta el amor carnal en contraposición de un Borges que con su fervor de Buenos Aires celebra la vivencia existencial de una ciudad. En Neruda el amor esta en casi toda su obra: Los cien Sonetos de amor, los Versos del capitán, Residencia en la tierra, etc...Neruda nos confirma en su poesía que es un cantor del sentimiento, de lo visceral, de lo humano; Borges se reserva lo conceptual, lo panegírico y lo cabal. En sus propias biografías reconocemos dos maneras diversas de enfrentarse al amor. En Neruda reviste tintes pasionales y trágicos, cuando el alma se desgarra con el dolor sensual de la carne en el episodio de Josie Bliss; para Borges el amor es comedido, pudoroso, solapado por conceptos retóricos. Ambos se prodigaron con distintos matrimonios; pero lo que en Neruda se manifestaba como un afán promiscuo, en Borges se reducía a convenientes cautelas. Neruda llega a estremecernos; en Borges nos admira el rigor. Neruda es el poeta total; Borges el lírico del relato.

Noche ferviente

noche ferviente:
apenas se han apagado los colores  del ocaso,
me has envuelto con la fragancia del misterio.
Tu oscuro velo me oculta las cosas
y abre a mi conocimiento un precipicio,
un abismo sin distancia,
profundo como el fondo del dolor.
La risas se han ahogado en su desolación,
en su largo sueño sin un despertar.
Cegados los ojos en la opacidad,
tanteando el volumen de fúnebre mármol.
Noche sin lindes,
guarida de los miedos,
prolongación de una angustia
que emana del silencio, cavernoso
espacio donde la inquietud habita.
¿Por qué mi ojo sediento de la luz
se confunde inerme en la tiniebla?
¡Señor, alúmbrame la senda
para que en mi caminar eluda
la piedra de tropiezo!

LOS ETRUSCOS

Los  etruscos son un pueblo cuya trayectoria histórica se halla envuelta en la fascinación y el misterio. Precedieron a los  romanos en el dominio sobre la península itálica, hasta que la vorágine latina los engulló. Se les reconoce cierta afinidad con la antigua Troya, en tanto que son muchas las sospechas de un origen anatólico. Fueron coetáneos de la gran expansión griega, con cuyas ciudades mantuvieron un floreciente comercio. Cierto que tuvieron sus más y sus menos por el dominio de los mares, pero la prudencia etrusca circunscribió su influencia al área tirrena. Porque fue en la región toscana hasta la Umbría donde principalmente extendieron su dominio, aunque se han hallado vestigios de su expansión en puntos del Adriático, en Campania y aun el mismo Lacio. Hay que recordar que los primeros reyes romanos fueron etruscos por estirpe. No cabe dudar de la procedencia de los Tarquinos y aun del propio Servio Tulio.
En Etruria se desarrolló un civilización avanzada en todos los órdenes. Compitió en el comercio con Grecia, a nivel político gozó de una autonomía capaz de ir aumentando paulatinamente su grado de influencia; se le conocen litigios además de con los diferentes pueblos itálicos con la siempre amenazante Cartago. En aguas tirrenas se produjo una batalla decisiva que demarcó las respectivas áreas de dominio. Pugna con Cartago que luego heredaría Roma. No obstante la capacidad militar etrusca no debió ser óptima, pues en su historia no se recogen noticias de grandes gestas ni de anexiones importantes. Desconocemos hasta dónde llegó el grado de cohesión de las diferentes ciudades-estado etruscas, favoreciendo una política común que las fortaleciese y consolidase entre los demás pueblos. Porque Etruria, principalmente, destacó en el aspecto cultural y religioso. Cultivó un arte muy desarrollado, distinguiéndose sus logros tanto en pintura y escultura como en cerámica, donde queda clara la influencia griega. Su arquitectura no sobresalió en la construcción de grandes templos, pero sí en la erección de monumentos de carácter funerario. En Tarquinia se han descubierto esos enormes Tholos donde pueden ser admirados los logros inigualados del arte etrusco. Como los egipcios, poseían firmes creencias en la otra vida y en tal sentido encaminaron sus mejores cualidades; su arte sepulcral no reconoce parangón. Las sepulturas encontradas seguramente explican la dimensión espiritual de este pueblo que que ante la pujanza pragmática de Roma tuvo que sucumbir. Su legado fue asumido por la voluntad romana, cuyos eruditos cultivaron esta herencia, reservándose su lengua indescifrada, la estimación por su arte(no olvidemos el origen etrusco de la loba de Capitolio), y un alto grado de superstición en la religión romana, cuyos arúspices probablemente siguieron siendo originarios de Etruria.

EL CUL(T)O DE LA VACA

Cuentan en las noticias que uno de los factores que incrementan el índice de accidentes de tráfico en la India lo constituye la intromisión de vacas descarriadas en la calzada. En cualquier país tal contrariedad tendría una solución rápida y expedita, que redundaría en un fulgurante incremento proteínico en las digestiones de los ciudadanos. Pero en la India, el pragmatismo de occidente choca con la influencia determinante con que cuenta la tradición. Porque la "vaca" en la india es un animal "intocable", y no en el sentido peyorativo que se da a esa casta menospreciada de la población. La "vaca" es intocable no por la mancilla a la pureza que pueda procurar su contacto, sino por participar de la condición de la entidades impolutas. Mentiríamos si conceptuáramos a la "vaca", fundamentando una arbitrariedad antropológica, como animal totémico. Porque el tótem es un estadío tribal que se da en el alborear de las culturas. Cierto que estos grupos prehistóricos desarrollaban sus mitos respecto de la elementalidad del mundo que les rodeaba, conformando su identidad en contraste con esa otro vitalismo que la naturaleza imponía. El hombre elemental ante el desafío con que la creación le maravillaba, pero siempre envuelta en el enigma, asumió la compleja realidad con la experiencia del símbolo. De ahí el tótem, pero la "vaca" hindú es otra cosa. Para empezar se ha revestido de una distinta dimensión espiritual, hasta encarnar el concepto de "sagrado". Hay que remontarse hasta el antiguo Egipto para encontrar una tradición pareja en el buey Apis. Pero sea como fuere, para un occidental siempre intrigará el interrogante de qué habrán visto los hindúes en la "vacas" para justificar su veneración, es más para disculpar incluso el coste de vidas humanas en esa lacra de los accidentes de tráfico.

El titulo del CUL(T)O DE LA VACA responde a una anécdota que el gran escritor Manuel Mujica Lainez refería sobre la enseñanza de uno de sus maestros de periodismo. Con la omisión de la "T" central le advertía de hasta dónde se podía llegar con la negligencia de un titular descuidado.

ESTACIÓN TÉRMINO

Estación Término, hasta ti llegan los últimos trenes de la tarde, difusos en el crepúsculo como meteoros, deslizándose sobre los raíles como rayos de ilusión. Con impaciencia se los espera, porque quizá de ellos descienda ese viajero que cada tarde aguardamos, en cuyo reencuentro deseamos que desaparecerán la incertidumbre y la melancolía que nos invade a la caída del sol menguante. Quizá a quien aguardamos sea aquel cuarentón del sombrero de alas, prenda que sólo utiliza en los periplos vacacionales, como distintivo infrecuente que lo rescata de los restantes once meses de rutina. El hombre es de estatura mediana, moreno, castaño acaso, en su mano izquierda humea un cigarro, uno de esos cigarros escogidos que suelen fumar quienes todavía encuentran placer en el tabaco. Con su otro brazo arrastra una maleta voluminosa, flamante. El viajero es un hombre de postín, uno de esos que siempre encuentran a alguien esperándolo en las estaciones. Mientras el hombre avanza por el vestíbulo, cruzándose con usuarios que vienen y van, como buscando la puntualidad de un sueño, la megafonía anuncia el movimiento de los próximos trenes: El AVE hacia Madrid, el Euromet que arribará desde Barcelona, los cercanías para Murcia y Villena.
En la estación reina una dinámica vitalidad; se tropieza uno con caras sonrientes, unas que retornan de unas vacaciones bien empleadas, otras que parten hacia su veraneo, convencidas tal vez de descubrir ese edén que todos llevamos dentro, donde recuperaremos la libertad y la inocencia. Es un sueño que a los hombres no nos abandona. Hubieron algunos como Gaugin que creyeron en tal mito fervientemente. Viajar es como huir de uno mismo para encontrarse con otro, con un ser irreal que maduramos en nuestro espíritu, hijo de la fábula y la sorpresa. Cuando partimos en el tren nos sumergimos en el tiempo, en lo azaroso, nos embebemos de paisaje y de añoranza. Quizá en su trayecto el tren se ha detenido en esa parada donde debimos apearnos, en esa precisa ciudad donde acaso nuestra vida hubiese sido más feliz; pero nos decidimos a proseguir viaje persiguiendo los infinitos raíles que convergen en la lontananza. Nuestro corazón anhela la utopía, pero nuestros pasos ya están habituados a las hechuras de la costumbre. Veremos cumplirse esta consideración cuando el tren llegue a Atocha. Pero mientras tanto preferimos esperar en el punto de partida, apoltronados en las butacas del vestíbulo de la estación, observando a esos viajeros apresurados que parecen convencidos de que su destino los ubicará en alguna parte, porque cuentan con una razón para la vida, un designio y una desesperación. El tiempo fluye en el reloj de la estación como una blanda longitud sin bordes, y en su espiral se agolpan todos los seres desorientados en nuestro itinerario estéril y sin coordenadas. Nos identificamos con la estación porque en ella reconocemos la única condición del hombre: el tránsito.

Verso callado del alma

Verso callado  del alma,
inscrito en el velo de la memoria.
Llama! Candente proximidad,
elocuente fulgor
sobre los ojos cegados
de ver los días,
el ardor astral
perforando la retina
en su extrema proyección.
La rutina cae sobre los labios
silenciosos como la cera candente
desde esa llama olvidada,
presagios urdidos
tras la aurora inflamada
de un recuerdo, un laberinto
donde no podremos encontrar
la certera sintaxis,
y cuyos cabos sueltos
se desvanecerán como el polvo
en la larga agonía no pronunciada.
Gestas banales que se conmemoran
como hechos triviales, almanaques
que arrastran el río de las cosas,
donde la palabra herida
encuentra su objeto donde desangrarse.
Genital convulsión
que busca el eco profanado
de un olvido, el morbo pudibundo
de un sexo donde sembrar
la semilla del alba, la huella de un rocío
como meteoros matinales y fecundos.
Pueden caer las hojas
en la estación devastada,
oxidadas y yermas. Se revestirá luego el día
de duro invierno hasta que un viento
tibio del poniente traiga
la fascinación de los oasis,
la feracidad de las selvas,
la expansión lujuriosa de un polen,
la bendición de la lluvia fecundante
sobre las extensiones estériles,
y la raíces resecas entonces rebrotarán,
y el orden de las cosas alcanzara su sentido,
y germinará por fin la flor
del lecho encenagado.

Perspectivas veraniegas

Son las diez de la noche. El termómetro alcanza los 30ºc . Sometido a la tensión del día, el cuerpo parece desfallecer. Mitigo los síntomas con una Coca cola fría. Las vacaciones se aproximan. Hojeo alguna revista de viajes. Los grandes viajes se han vuelto prohibitivos. La crisis ha desvanecido muchos sueños. En un tiempo fui asiduo a los periplos italianos. Conocía hasta el pormenor de la península itálica. El sueño de visitar a fondo la capital de Italia con "Los paseos por Roma", de Stendhal, en la mano ignoro cuándo podré realizarlo. Dejé unos libros míos en depósito en una librería de Venecía; acordé con el librero que pasaría a cobrarlos o retirarlos en un año a más tardar. No he vuelto a la ciudad de los canales desde entonces, las friolera de un lustro. En París pensaba visitar la casa de Balzac, pues estaba ya harto de la visita convencional a la torre Eiffel, y las demás excursiones  bochornosas de los viajes organizados. París creo que deberá esperar; los tiempos están muy revueltos por allá y yo ya he superado el síndrome de Papá Goriot y la Comedia Humana. Por Londres no se me ha perdido nada, y las salas de British Museum alojarán sus tesoros hasta una nueva y lejana visita. Me llaman más los lugares exóticos. La prácticamente europea Estambul me tienta con su fascinación: el Cuerno de oro, Hagia Sofía, Topkapi, la mezquita Azul, Constantino, la torre Gálata, la añoranza de Pierre Lotí. Y rememoro a Pierre Lotti, pero se me viene a las mientes Schliemann y la mítica Troya. Confieso que visitar los yacimientos arqueológicos se constituyen hoy por hoy como las cosas que más me estimulan. He visitado Éfeso, quizá el lugar más distante alcanzado hasta hoy por mi afán viajero. Estuve en Olimpia, Delfos, Cnosos, cómo no en la magnífica Pompeya. Por cierto que en Italia me gustaría descubrir las antiguas ciudades Etruscas, Cerveteri, Veyes, Tarquinia, etc. Sería una oportunidad incomparable acercarse a esa enigmática civilización. Y hablando de civilizaciones, me queda pendiente la Egipcia. No se cuándo podré viajar allí, seguramente uno de los lugares más fabulosos de la tierra. Ghiza, Sakara, Luxor, Tebas, y comó no el delta, con su romántica Alejandría. Espero que el mundo se normalice o que yo me halle con el animo dispuesto a menospreciar ciertos riesgos. Este verano, atendiendo a mis circunstancias actuales, me tendré que conformar con alguna escapada corta, quizás a Madrid. La sempiterna Madrid, la castiza y la opulenta. Madrid con sus museos y teatros, sus paseos y cafés, su memoria histórica y literaria..Uno de los lugares que me quedan por visitar de ella son las cortes o el parlamento, tal vez allí consiga perderme en su salón de pasos perdidos, como se desorientan nuestros políticos ensimismados en sus retóricas. Parece que hay una exposición de arte veneciano en el Thyssen. Me sobra por el momento.

LA CAMPANA

En la tarde sosegada
-es la canícula de julio-,
una campana fría,
admonición de un cielo perentorio,
espejo de esa luz
tácita y duradera,
centinela del alma, mensajera.
La matriz del silencio se quiebra
en la oquedad del bronce,
su tañido estremece los azules
y de las golondrinas el vuelo leve.
En Alicante el tiempo cede
y se rasga la pereza solaz
que la campana abre,
como un filo que recorta
las alas del aire,
y a cuyos sones de plata
trasparentan jirones de tarde.
Con su eco rotundo interrumpe
la paz remansada
y esparce su anuncio
reclamando para el templo su mesnada.

La flor del mal (poema de angustia)

De aquel error yo estoy arrepentido.
Porque era un huerto
donde ya otros habían cultivado
y mis semillas nunca debieron
profanar sus surcos.
Era terreno vedado y lo sabía,
pero una deriva irrefrenable me condenaba
a cultivar con mi sudor y mis flujos
aquel fruto avernal.
Descubrí la contaminación del pecado,
un lodo correoso imposible de lavar.
Disolverse en el pantano de la lujuria
y conocer de la luna su centinela infernal;
reconocer de unos brazos que son
serpientes enrolladas de cuyos nudos
no te puedes desligar y encenagarte
en el beso degradado del mal.
Desde entonces conocí el universo
de la sombras, una cadena de eslabones
de maldad, el extravío en un laberinto
cuya última puerta nunca sabrás cuando cerrar.

FÉRREA CADENA DE AUSENCIA (poema algo cursi)

Con sangre amasaré el amor
que me deniegas. Con libertad
saldré del calabozo de las penas.
Sin ira escucharé el cruel
juicio inmerecido.
Porque mis horas sin tu amor
son hueras, el porvenir fatal
de ausencia, férrea cadena.
¿Conocerá la noche una mañana,
 filtrará entre sombras algún rayo,
mereceré que algún día
al bajar tus párpados
brote el fervor de una esperanza?

HUELLAS EN LA ARENA

Sobre los días precipitan
los pétalos del alba,
rosada melancolía
que en el dolor congrega
la médula del día
cuya indolencia entrega
en el goteo de las horas.
Sobre las tersas aguas
una zozobra de barcas
en ajetreada singladura,
garantía de ese encuentro
de la aurora con las olas,
del despertar y la luna,
de unas huellas con la arena.

¿Mono Desnudo?

En la época de los años 60 y 70 del pasado siglo tuvo gran predicamento entre los lectores y el público en general un ensayo "científico" titulado El mono desnudo. Apelativo con el que se quería encasillar al ser humano entre los límites de su animalidad. Su autor se llamaba Desmond Morris e ignoro hasta que punto se hallaban cimentadas sus credenciales científicas. El libro era un estudio sobre la trayectoria del homo sapiens desde una perspectiva evolucionista, sin obviar ninguno  de los postulados darwinianos al respecto. Desde el punto de vista de Morris el hombre no dejaba de ser un primate despabilado que había salido airoso de su adaptación al medio. En esta tesis netamente materialista se minimizaba la importancia del desarrollo espiritual y cultural del hombre, del cual se presentaba una imagen totalmente volcada a satisfacer las apetitos más básicos, teniendo como meta el más ramplón de los horizontes. Semejante diatriba no pudo pasar desapercibida y recibió pronta réplica del mundo intelectual. No tardaron unos discípulos de Teilhard de Chardin, ese evolucionista confesional, en apresurarse a redactar una respuesta a la controversia con una obrita que llevaba por título: ¿Mono desnudo u Homo sapiens? En ésta trataron de conjurar el escándalo desmondiano, apostando por una vía más trascendente para la condición humana.

El origen de las especies y El origen del hombre son las obras de Charles Darwin que conservo en mi biblioteca. Reconozco no haberlas leído aunque por su calado deberían ser de lectura obligada para el hombre de los siglos XX y XXI. No pasé de los primeros capítulos del Origen de las especies, pues confieso que como me ocurre en la historia con los textos arcaicos intercalados entre sus párrafos, en las obras de corte científico la abundancia de criptogramas y de notas a pie de página vuelven la lectura farragosa.
Sobre la teoría de la evolución en nuestros días existen claramente dos posturas enfrentadas: la de los incondicionales acérrimos  y la de los detractores consumados. En la primera clase se refugian los académicos aún sujetos a la objeción empírica, y en la segunda aquellos que fundamentan sus creencias
sobre valores religiosos. A esta irreconciliable disputa es a la que quiso hacer frente Teilhard tratando de comprender el evolucionismo a la luz de las Sagradas escrituras. Hoy día nadie puede dudar que la actualidad del hombre como la del universo derivan de un milenario proceso evolutivo, cuyos factores de desarrollo todavía no están totalmente aclarados. Hoy nadie desmiente que la teoría presenta muchos cabos suelto, como tampoco se duda de que las conclusiones sobre la Biblia deban tomarse al pie de la letra. Pero tampoco se puede eludir que existe una explicación científica del cosmos como asimismo una congruencia perfecta de la Verdad revelada. El misterio bíblico responde a un orden acabado; para el creyente todo cuadra, cualquier conjetura encuentra su explicación en el logos del Libro. En su explicación teológica no existen lagunas, como es palmario que el orden del cosmos se rige por leyes inmutables, a las cuales no podemos sustraernos.

El CINE DE DAVID LEAN

Fue David Lean un cineasta que durante la pasada centuria gozó de fervientes incondicionales. Su cine fue de los pocos que alcanzaron la dimensión épica, afrontada con una solvencia acaso no manifiesta desde el cine mudo con Griffith y Eisenstein, aunque su forma de abordar tal género difirió de la de los grandes maestros. Su fuerte fue la épica novelada, las más de las veces con reminiscencias románticas.
Derivación que no sabemos si se debió a una convicción personal o respondió a una mera concesión al espectador. Sin embargo, su gran etapa épica se inició con un film en donde el asunto amoroso se reducía a una simple anécdota. Me refiero al Puente sobre el río Kwait donde, como en el posterior Lawrence de Arabia, tanto el tema como el argumento se ajustan a preocupaciones definidamente masculinas.
Con el Kwait Lean escaló la cima de Holywood, y se le abrieron las puertas a sus posteriores superproducciones. Entre las cuales, no creo que quepa ninguna duda, fue Lawrence de Arabia su obra maestra. En ella encontró la perfecta simbiosis de todas las facetas que componían el film. Historia, guión, interpretación, música, fotografía, decorados, dirección,  se aunaron en una propuesta artística que alcanzó la aureola legendaria que en la actualidad pervive. Cine épico con todo rigor y espectacularidad. La figura de Lawrence, ese inglés amante  del desierto, admirador de Dougthy, emulador de Gordon de Cartum, alcanzó una celebridad que acaso el torbellino de la historia había ensombrecido. Nunca se había ahondado en la doblez de un personaje desde Ciudadano Kane. El Lawrence que nos expone es ese personaje constreñido por todas las contradicciones del ser humano,
peculiar al tiempo que vulgar.
Pero no quisiéramos dejar de insistir en el carácter épico del cine de Lean, puesto que sus siguientes producciones, pese a la preeminencia de la temática amorosa, también lo poseen. En Dr. Zhivago, La hija de Ryan y Pasaje a la India nos enfrentamos a universos absorbentes, donde a través ese patrón épico se desarrolla la historia, que dará ocasión al motivo amoroso o al tono de comedia, pero siempre se sostendrá atendiendo a ese elemento genérico inherente al destino del hombre. Pocas son las películas que tras contemplarlas calan en nuestro interior. Entre éstas, habría que contar por supuesto con las del director británico. Recuerdo haber sufrido pesadillas durante el sueño, abrumado por la tensión pasional de la Hija de Ryan. A la vez que Lawrence nos sumerge en toda la alucinación de la Arabia desierta, espejismos incluidos. Con sus películas reconocemos haber participado de una experiencia real. Su visionado ha constituido un hito en nuestras vidas, como el de aquella novela que removió el arroyo indiferente de nuestra alma o ese viaje que amplió los horizontes de nuestro mundo.
Lean nos da cuenta de que la vida, pese a ese sustrato trágico siempre amenazante, es una experiencia única que debe vivirse, mientras el hombre no pierda en esencia su capacidad poética y la dinámica creadora del entusiasmo. Aun en la más dolorosa adversidad, mientras subsista el fuego de la pasión, reverdecerá la vida aun en el erial más desolado. No muere la esperanza ni aun en la escéptica Pasaje a la India, donde el arrepentimiento de Adele recordará que el corazón del doctor Aziz no ha marchitado del todo.

Mas el trayecto de Lean hasta llegar a estos grandes films no fue nada espureo. Se consolidó con magistrales ejemplos incluidos en la crónica del séptimo arte. Quizá fue uno de los mejores interpretes de Dickens para el cine. Sus versiones de Oliver Twist y Grandes Esperanzas no creo que hallan sido superadas, pues ni incluso Polansky resiste la comparación. Lean frecuentó los más diversos géneros, en algunos de los cuales acertó. Incluso se permitió el lujo de filmar Venecia y para ello ideó la anodina comedia Summertime, donde dio carta blanca a Katharine Hepburn y aproximó una evocación algo tópica de la ciudad de los canales.

Música para piano de Friedrich Nietzsche

Hoy he caído en la inconsecuencia de poner una vela a Dios y otra al diablo. Entidad luciferina que ha adoptado la apariencia de la música para piano de Nietzsche. Esas piezas sueltas del filósofo que merecieron el desdén de Wagner. Cuando el genio de Liepzig abordaba la desmesura de su drama universal, el pequeño profesor lo incordió con esas bagatelas de diletante, que no hacían más que exasperar su olímpico ascendente. Las palmaditas en la espalda de las que se creía merecedor el nobel músico, no merecieron del maestro del Anillo... ni el leve tacto de la curiosidad. Tal desencuentro, sumado a otros juicios de índole más personal, fueron el germen de posteriores diferencias que los distanciaron. Cuando Nietzsche acudió a Bayreüth, en su mente ya se elucubraban las Intempestivas que desvincularon los lazos de esa idolátrica amistad. Como suele ocurrir el neófito descubrió que su ídolo tenía los pies de barro. Quizá Wagner hubiera sido el genio sublime sin parangón, de no adolecer de eso humano, demasiado humano. La sutileza aristocrática de Nietzsche no pudo digerir a los alegres bebedores de Nuremberg.

Mi competencia como crítico musical es limitada, pero encuentro el piano de Nietzche algo opaco. Su hondura melódica parece no llegar a resolverse; y en cuanto a su carácter, en ningún momento alcanza a rebasar el canon romántico. Paradójicamente, su musicalidad nos remite a Schumann, a quien tanto censuró por su obertura Manfredo. Echamos de menos en su música esa jovialidad dionísíaca que el tanto exigía en cualquier partitura. Aceptamos su obra como la audacia de un diletante, en cuyas composiciones no alcanzó la brillante maestría que en sus libros desarrolló de modo inmejorable, y cuyos postulados indicaron el camino de la modernidad. Quedan muchas cosas que decir del filósofo de Röcken, de quien a su finura sicológica,  a su familiaridad con lo problemático y su escepticismo metafísico abría que añadir el espejismo de una música que nos permite entrever al hombre apasionado que sólo quiso ser poeta.

Pd.- Como vela a Dios he escogido un recital de godspell interpretado por Kathleen Battle y Jesse Norman.

CIUDAD VACÍA

Partieron los últimos trenes de la tarde.
Las calles quedaron vacías,
escoltadas en las aceras por árboles desnudos.
Cruzó un ciclista, mientras mis pasos
salpicaban el barrillo de la lluvia reciente.
Una farola irradiaba una luz tenue, casi astigmática.
Pájaros oscuros sobrevolaron el crepúsculo.
En los balcones goteaba alguna ropa tendida.
Ladró un can al paso de algún coche.
 En una ventana,  un acorde de guitarra
rasgaba la pesadumbre del silencio.
De pronto, unos pasos me acompañan.
Se percibe un taconeo acompasado
de calzado de mujer. Cuando
intento reconocerla, dobla en la primera esquina.
Su andar me pareció familiar. Tal  vez
podría haber sido ella,
aunque me consta que no está ya en la ciudad.
¿Telefonearla quizá?
Nada aliviaría la cruda condena de la soledad.


Handel, no olvidemos a Handel

Recuerdo que mi primera aproximación a Handel fue a través de un casette donde se recogía una selección de arias y corales de El Mesías. No recuerdo a los intérpretes, pero si la luminosidad de las voces y la vibrante exaltación de una música conmemorativa de la venida al mundo del Salvador. El impacto de aquella música perduró, hasta que pude hacerme años después con la versión de Karl Richter. Paralelamente a la audición de El Mesías me procuré las restantes obras más populares del autor: su Música acuática y su otra composición sobre los Fuegos artificiales, a mi juicio obras anecdóticas que apenas revelan la magnitud de la obra handeliana. Obra ingente que abarca desde numerosos oratorios a una infinidad de óperas difíciles de evaluar, asi como obras selectas como su "zarabanda", que ocupó la imaginación de Kubrick durante el rodaje de su Barry Lindom.
Tras la vívida permanencia de la sublime música de El Mesías, al cabo de los años me adentré, con espontaneidad de aficionado, en las caudalosas aguas de su prolijo catálogo. Operas fascinantes como Julio César o Rinaldo, donde su genio da claras muestras de su versatilidad; pero sobre todo quedé impresionado con la versión del Xerxes por el English Concert, con la contralto Anne Murray en el papel protagonista. Constituye la obra una sucesión de arias portentosas, a cual más brillante e inspirada. Seguir las andanzas amorosas de este Xerxes de salón dieciochesco supone toda una delicia.
No recuerdo haber disfrutado tanto una ópera sino con Mozart. Añadir que sus grandes oratorios también carecen de desperdicio: baste mencionar su Moises en Egipto o la Resurrección, entre los que conservo en mi discoteca. Porque lo mió con Handel se adentra además en el camino más esencial para el hombre: el religioso. Su incomparable himno ¡A Ti, la gloria!, del oratorio Judas Macabeo, no puede entonarse sino con todo el fervor en los labios. Nada puede llenar el corazón de más gozo que este cántico triunfante y solar de la pascua de resurrección:
                                         
                                                        ¡ A ti la gloria,
                                                       oh nuestro Señor!
                                                       ¡A ti la victoria,
                                                      gran libertador!
                                                      Te alzaste triunfante,
                                                       lleno de poder,
                                                       cual el sol radiante
                                                       al amanecer.



Tras la poesía de Mario Santiago

Tuve conocimiento del poeta Mario Santiago a través de su correligionario, y cofundador del grupo infrarrealista, Roberto Bolaño, quien en alguna de las entrevistas que perduran en las redes encomia la virtud poética de Santiago. Para Bolaño, el genio lírico era consustancial a la obra del mejicano. Ambos compartieron los años de la apasionada juventud, y ambos apuraron su pasión literaria hasta confundirla con su propia vida. Los destinos de ambos fueron  sombríos; no conocieron sino un final prematuro, malogrados por una muerte que parecía rondarlos. Bolaño consiguíó silenciarla con el discurso de una obra literaria que pudo sobreponerse a la indiferencia del olvido. Y como hombre generoso que fue, quiso atraerse a la permanencia de la fama a su compañero de versos y fatigas. Como poeta Bolaño nos dio Los perros románticos, una poesía cruda , narrativa y sin oropeles. Acaso una íntima insatisfacción hacia el género, lo condujo a desviarse hacia la novela, con una dedicación que ha dado importantes frutos. Dejó para Mario Santiago las predestinadas nupcias con la lírica.
A mí el infrarrealismo me suena a realidad devaluada, chusca, una realidad a contrapelo que solo se saborea desde estratos marginales. Tiene algo de inframundo, de vivencia espurea, de biología de los sustratos. Tal vez mantenga cierta relación con lo que aquí se consintió en llamar el realismo sucio. O acaso se limite a un modo de descender la lírica de ampulosas retóricas a esa intrapoesía, que diría Unamuno, con que reconciliarnos con lo cotidiano de nuestro ser más íntimo.
La senda humana y poética de Santiago parece que lo llevó hasta el laberinto de la desolación. Se consideró ángel caído, al que se le escapó entre los dedos el galardón de la belleza, extinguiéndose sin esperanzas por la degradación del estigma. Se disolvió en los senderos artificiales de los círculos dantescos, hasta cuyo limitado espacio no penetran los amaneceres, ni resplandece el rocío sobre los pétalos turgentes de las rosas y en cuyos aires ya no se reconoce el vuelo de las palomas. Santiago trató de escapar a esa maldición de mejicano errante, y buscó en cielos más límpidos latitudes desasidas de su crepúsculo; caminó nuevos senderos de inocencia (¿un amor apasionado?) que le llevaron a Jerusalén, quizá en busca de esa palabra arcádica en que quedaran las tinieblas redimidas. Fuente de inocencia fresca y límpida, cuyo gozo de beberla mitigara el ardor de los carbones encendidos de su desesperación. Una secuencia lucida en la pesadilla inmisericorde del delirium.

Siempre la Toscana

He rescatado una foto que tenía traspapelada. La foto me recoge a mí de tres cuartos frente a un paisaje de viñedos que se extiende hasta el horizonte. El lugar: La Toscana. La foto se efectuó al concluir una cata de vinos en unas bodegas de la región del Chianti. Como no acostumbro beber vino, recuerdo que salí de la experiencia aturdido, náufrago ante la vastedad de aquellos campos y envuelto en un silencio que calificaría de sideral.
Toscana es una de las pocas regiones privilegiadas de la tierra. En ella se reúnen maravillas incomparables, ¡cómo no! los fértiles viñedos cuyos caldos son de los más celebrados del mundo. Pero aún nos sorprenden más sus ciudades, ubicadas en el seno de la más deliciosa campiña, mítica y melancólica. Muchas son célebres por su historia y su riqueza artística. Nada puede encontrarse más noble que la plaza de Los milagros de Pisa. Ante la cual cayó estremecido Jacob Burckhart, abatido por el dolor de la belleza. Nada nos conmoverá más que la música de Puccini, el genio de Lucca. Y ensoñaremos ante la panorámica pastoril y arcádica de San Gimigiano, con su profusión de pétreas torres coronando su laberinto medieval, circundado de blandas lomas de viñedos y olivares. Cuando se llega a Siena, la belleza trasciende nuestra capacidad de asombro. No tiene par su plaza del Campo, a ser posible en día de Palio. Solo otra ciudad en Italia admite la comparación: Venecia. ¿Qué decir de Florencia? Admitir como cierto el legendario síndrome Stendahliano. No se concibe el arte si uno no ha vivido la intimidad de Florencia, la riqueza de sus museos, el equilibrio de sus plazas, el esplendor de sus iglesias, la magnificencia de sus palacios. En la Signoria o en el Duomo se reconoce que allí la historia vivió uno de sus momentos excepcionales.

Reflexiones sobre lo militar

Confieso que en la actualidad pondero de forma menos crítica el mundo militar. Algunos de sus postulados pueden reconocerse hasta loables. En la antigüedad llegó a equipararse el sacrificio de Leónidas con el de Cristo. Lo cual no deja de ser una impostura porque sólo puede reconocerse como redentora la muerte del Salvador. En cualquier caso, en lo que toca a Leónidas fue el suyo un sacrificio propiciado por el ideal espartano de la vida, donde la libertad de los homoioi justificaba el adiestramiento en una disciplina tendente a garantizar la hegemonía spartiata. En la agogé se forjaban los futuros hoplitas que garantizarían la vida de la polis. Esparta, ese rígido estado autárquico- castrense es en el que se han mirado todas las férreas dictaduras militares en cualquier tiempo. Sus estrechos ideales y su lacónico orden de vida influyo en ideologías tan dispares como el régimen nazi o el parlamentarismo británico. Mucho parece haber del rigor espartano en la estricta educación inglesa.
Con Esparta se identificaron negativamente los nazis: sociedad de superhombres(¿spartiatas?) que pretendían tener al resto de la humanidad en la condición de ilotas(esclavos). Tal aberración, por fortuna sólo constituyó un breve paréntesis en la historia.
Lo que reside como fondo de la cuestión militar es el problema de la libertad. Eligieron libremente los 300 su heroico sacrificio, o fueron mediatizados por ese régimen coactivo de la constitución espartana.
Es difícil delimitarlo, porque seguramente Leónidas con su sarificio hizo carne todo los códigos morales y de lealtad hacia su pueblo. Para Leónidas no existía más razón que Esparta; no existía más argumento que consolidar su grandeza. Como Leónidas, cualquier soldado en cualquier tiempo ofrenda su vida al servicio de la patria. La muerte en el cumplimiento del deber es el mayor galardón para el soldado. En algunos de ellos tal obligación alcanza el histerismo como comprobó Unamuno frente a Millán Astray . Volviéndose tal cualidad militar en una voluntad de destrucción. De joven, el mundo militar nunca gozó de mis simpatías, pues de él sólo emanaba esa propuesta de destrucción y muerte, y nunca de creación y vida. El mayor logro de Esparta fue el sacrificio de Leónidas,el de Atenas el  más acabado esplendor del pensamiento y las artes. Aunque no podamos por más que reconocer que es necesario el sacrificio de unos para que la bendición de la vida fructifique, en tanto el hombre continúe siendo un lobo para el hombre.