REFLEXIONES Y SENTIRES

REFLEXIONES Y SENTIRES
                                                                  TOLEDO
                                     PATIO DEL HOSPITAL DE SANTA CRUZ

Lo primero que sorprende es la quietud del claustro; sólo se escucha el murmullo contemporáneo y aislado de una fuente. En la atmósfera detenida se puede penetrar el tacto del silencio; apenas de largo en largo trina un pájaro o rasga el aire la ráfaga de un aroma. En lo alto, hacia lo infinito, el sol amarillea en los muros contrastando con el cobalto del cielo. Los rayos de esplendor alcanzan, más abajo, en lo cotidiano, los mirtos del jardín de sencillas geometrías, en cuyo centro chapotea la fuente que clama esa razón inhaprensible de las cosas. En su manar, se presiente el enigma de la duración, la devaluada consistencia de lo que fluye, desgarrado del pulso de Dios, en donde late el sí mismo, roca inexpugnable de la eternidad.
Sí! Ni tan siquiera el vuelo de un pájaro interrumpe el sosiego en el espacio contrito del noble patio, evocador ámbito guarecido por arcadas seculares y que permanece indiferente ante los calmosos pasos  de ese visitante que cree escuchar en la leve fuente el eco solapado de su verdad.



                                                             CONTRASTES

  Los pueblos levantinos nacen de la luz y del mar, donde buscan las orillas de espuma como corales agazapados en la roca.

Los pueblos de la meseta nacen del rigor y de la tierra, como compactos rebaños de arcilla y soledades.

SONETO: DIA DE RESURRECCIÓN EN VERONA

SONETO: DIA DE RESURRECCIÓN EN VERONA
Verona despereza, leve bruma,
primaveral rocío su aliento esparce
de dragón dormido; el viento alce
su verde grosura entre aérea espuma,

cuando la dorada luz solar suma
la madurada plenitud que alcance,
colina arriba, tan liviano trance:
lo imperecedero se consuma.

En exaltado júbilo redoblan,
pascua de Resurrección, las campanas;
su prístino matiz tantas mañanas

llena de rumor medieval la ciudad,
que en ese tañer de gloriosa unidad
sólo la eternidad de Dios proclaman.

UN PRELUDIO PARA CHOPIN

UN PRELUDIO PARA CHOPIN
Toda la obra de Federico Chopin destila un aura de aristocrático refinamiento. No en vano, su gran mentor, Franz Liszt, lo calificaba como "el principe". Nadie como él ha consumado las posibilidades de su instrumento, el piano, hasta convertirlas en una "maniera" tan intrasferible como sugestiva.

La música de Chopín nos habla de tú a tú, de intimidad a intimidad. Nos quiere transmitir los vaivenes de su espíritu: desde la inquietante plenitud a la desgarrada incertidumbre. En sus melodias arraiga un romanticismo en carne viva, transformado por el numen en puro sentimiento. Lejos de él el vuelo retórico, la ampulosidad pedante, la veleidad programática que acompañó a muchos de sus compañeros de viaje que, tras ascender a las fragosas cumbres de su ambición, toparon con el yermo paisaje de sus limitaciones.

Chopín quiere hablarnos quedo, de uno en uno, en la intimidad del salón, donde agazapados alrededor del fuego queremos penetrar el misterio del corazón. Al contrario que Beethoven, que quiso hablar al universo, el polaco pretende indagar en los vericuetos del alma, revelar la música callada que palpita tras cada identidad. Su empeño es transmitir ese fuego, esa llama trémula que arde en el candil de cada corazón. Desea mostrar en el torrente blanquinegro del teclado la claridad de sus despertares, la angustia de las sombras nocturnas, sumidas en un sino de doliente pesimismo, como efímera consistencia de un manar que fluyera hacia la nada. Teme que el dulce caño de su hontanar se disipe en los sequedales, se pierda en el olvido de los céfiros, sin redención; por eso se vuelve nostálgico de sí mismo.

He leido un librito sobre la vida de Chopin y George Sand en Valldemosa, Mallorca. En él se nos desgrana el pormenor de ese fatídico invierno, en el que un hombre que buscaba curación, abatido por un cúmulo de adversidades comenzó a desvelar el fantasma de su fatídico destino. Allí, encerrado entre los góticos espacios de la Cartuja, escribió sus páginas más contradictorias: algunas de las más delicadas, sí, pero sobre todo las más lúgubres e inconsolables.

VENECIANAS XXXVII: MOMENTOS VENECIANOS

VENECIANAS XXXVII: MOMENTOS VENECIANOS
Las visitas a Venecia se llenan de momentos apabullantes si nos dejamos llevar por sus rutilantes perspectivas, esos incontables aspectos de su paisajística capaces de engendrar un universo de postales; también si nos dejamos absorber por el torbellino de su arte, donde pronto nos veremos cautivos en los dominios de la belleza; no se debe menospreciar tampoco el pulso de su vitalismo, con el que se nos invita a frecuentar una vida desproporcionada, embebida en el frenesí de su encanto y que nos mantiene presos en el vértigo de un derroche que amenaza con llevarnos pronto a la banca rota.

Pero encontraremos otra Venecia más sosegada si nuestro propósito es vivirla en el sereno pálpito de lo cotidiano. La descubriremos pronto en los remansos de sus campi, en esas rutas erráticas por su sorprendente laberinto, inmersos en el estimulante ejercicio del descubrir una Venecia inexplorada que nos saldrá al paso a lo largo de la fondamenta de un paradisíaco fiume,  o al sortear un puente frente al que toparemos con la fachada, en piedra de istria, de alguna iglesia hasta entonces desconocida, en la que destaca aislado y dominador un esbelto campanile. Sí, Venecia sabe insinuarse, entreabir la medida de su secreto a aquel que se acerca paciente al fluir moroso de su tiempo e intuye el trajín de ese duende que se presiente vivaracho en sus rincones, pese al peso adormecido de los siglos, en los que puede rastrearse el paso de las generaciones; porque cada una de ellas imprimió su sello en el entramado inconcluso de la ciudad. Venecia aparenta no haber despertado de los sueños que fueron y por eso se la contempla como esa remota princesa adormilada en lo legendario.

Pero volviendo al hoy, sin duda, descubriremos la Venecia posible, la que reconoceremos en las pequeñas cosas, en sus momentos superfluos, esos, por ejemplo, en que agobiados por el calor buscamos refugio en un café de la Riva degli Schiavoni y nos deleitamos con una refrescante limonada,  mientras a nuestro alrededor contemplamos el incesante discurrir de los paseantes, el deambular frenético de los camerieri o la guardia avizorada de los gondoleros, en tanto que dejamos que nos penetre capilarmente el crepitar tumultuoso de la vida veneciana, su trasiego incansable de hombres, pájaros y embarcaciones. En otro momento, buscamos el sosiego más recatado de un campo. En ese campo se asienta la fábrica extraordinaria de una iglesia; en su centro, el bronce esturreado de algún prócer; hay palomas, pocos viandantes, un árbol hirsuto, un vendedor ambulante  de témperas y acuarelas. Entre su género acaso se encuentre alguna vista original de algún rincón reseñable de Venecia. Sobre el enlosado, protegidas por sombrillas, se arraciman las mesas de un restaurante, siempre dispuestas a acoger a algún indeciso trotamundos. Ocupamos una de ellas para comer una pizza, que es cuanto el turista puede permitirse con los precios que se barajan en la ciudad y que elevan a calidad de lujo lo más necesario. La comida no deja de ser frugal, pero verse envuelto en el entorno incomparable, lo vale. Son, en definitiva, esos pequeños momentos estelares del viajero ,  los que hacen a Venecia imprescindible.