Veo esa luz

Veo esa luz

 Creí que esas plenitudes

eran mías, siendo sólo

regalos de tu Gracia.

Creí tantas cosas

en mi vagar errado,

ciego por los caminos

sin encontrar la meta.

Ahora sé que de cerca

me seguías los pasos,

que estabas a mi lado

aunque yo no te viera.

Buscábate arriba,

temiáte abajo,

hasta que despejó la sombra

que tu rostro ocultaba.

Toda era oscuro

bajo el velo de mis penas

que al gozo ignoraba.

Veo la luz

que la senda descubre,

y siento el apoyo

de caminar contigo.


Idolos con pies de barro


 Buscando por las redes la adquisición del IV tomo de las obras completas de Nietzsche, en Prestigio editorial, tropiezo con viejos ejemplares del autor que fueron publicados durante mi juventud. Llaman mi atención aquellos que editó Alianza, traducidos por Andrés Sánchez Pascual. La compra de uno de ellos, El crepúsculo de los ídolos, permanece imborrable en mi memoria. Lo adquirí en libreria Lux, en la calle Mayor alicantina, donde Manolo. su propietario, surtía de literatura económica y aun clandestina al público lector de la ciudad. Yo era un adolescente que había sido atrapado por la lectura y por las tendencias inconformistas y antisistema que convulsionaban la época como incendiaria pólvora. Yo, sencillamente, soñaba con demoler los cimientos que sustentaban la sociedad. Pues componían un mundo en el que no encontraba acomodo. Renegaba de la disciplina familiar, asentada en rígidos principios cristianos, y lo que recibía del mundo a través de noticiarios y de la experiencia particular tampoco colmaba mis expectativas. Como aspirante a joven rebelde, me tentaba esa literatura que la sociedad establecida censuraba. Al igual que una parte de la juventud perseguía en ciertos tugurios nocturnales la pócima que los catarsizara yo buscaba en modestas librerias las consignas de las obras radicales que dinamitarían el mundo, que lo harían volverse del revés, o caminar boca abajo valiéndose de los brazos. Nietzsche inequívocamente era uno de estos hombres. pues como decía de sí mismo no era un hombre, sino "dinamita". 

Recuerdo que requerí al librero si tenía alguna obra de autor germano. Creo que no llegó a contestarme, pero demostró alguna perplejidad y, con un mohín, dióse la vuelta y desapareció en la trastienda. Al poco se presentó con unos cuantos libros entre sus manos. Me decidí por El crepúsculo de los ídolos porque no lo había leído y se ajustaba a mi economía; pero sobre todo para averiguar cómo se filosofaba a martillazos. Leí el libro con interés, aunque muchas de sus conjeturas escapaban a mi comprensión, sin darme cuenta que actuaba como un trapecista sin red. Cuando abrí los ojos, ya me había dado el batacazo. Porque con lo que yo no contaba, es que en el fondo de mi ser era un pacifista, alguien que prefería transigir a darse de garrotazos, que optaba por el diálogo frente a la lucha. Fuera la educacion evangélica trasmitida por mi padre o mi bonhomía, el caso es que me faltaba madera para convertirme en un futuro Che Guevara. Los ídolos tal vez cayeran pero no fue por obra de mi intervención. Mi único consuelo, ya jubilado, es volver a comprar esa obrita que reclamaba el nervio de mi juventud y que se extravió o vendí en el curso de los años. Malo es que caigan viejos ídolos con pies de barro para levantar otros igualmente falsos.

Alegría

Alegría

 Me he dormido con un libro

de José Hierro en el regazo,

ajeno a la tarde que pasa,

al tiempo que se deshace en escamas,

al sol que amaillea frío

de invierno en mi balcón.

Al despertar, me rodeaba 

un grato silencio y el aire,

jugoso, caldeaba mis pulmones;

tenía la ilusion de, calmado el deseo,

haber recuperado el gozo, 

la alegría.

Creí que algo secreto guardaba

el habla del poeta,

pues me hacia sentir

el misterio de otra vida

con su palabra,

la esperanza de otros días.

Soñé que era cierta la poesía.

El saxo de Coltrane

El saxo de Coltrane

 Oigo tu saxo en la noche

henchido de dolor de vivir.

Veo una calle solitaria,

con la luz triste de las farolas

reververando en el asfalto humedecido.

La lluvia se dispersa tamizada

en el silencio nocturno,

que unos pasos solitarios

procuran profanar.

Oculto por las sombras

el solitario se busca

sin encontrar su voz.

La noche se dilata

en profundidad de pozo,

donde el saxo melancólico

persigue los iris

reflectantes de la luz.

Conduelos fugitivos

que el saxo de Coltrane

se empeña en recordar.

La luz aviva los bordes del dolor,

y todo en él es luminosidad.

Lo que hace al hombre

es su memoria, donde queda

permanente la llaga del nacer.

Molde de barro

Molde de barro

molde de barro,

frágil tabernáculo,

 leve en consistencia

como el vuelo del pájaro,

el tiempo late en tu  centro

mientras lo avive

la savia viva,

llama sagrada

que se derrama

en penas sin cuento,

y se desvanece,

mero aire, 

en solo soplo.

Promesa en el tiempo,

polvo en el polvo.

Somos aliento.

hechos de la misma luz

que da razón al universo.

Podemos creernos

brizna de hierba

que escampa

la menor brisa,

espiga delgada

que quiebra

la escarcha de la mañana.

La sabiduría enseña 

que todo es pasajero,

aunque en nuestro adentro

lata un eterno anhelo.

Inútiles cacharros;

por el soplo, 

hijos del barro,

hijos del cielo, 

divinos y terrenos.