La mano que mendiga

La mano que mendiga

 La tarde que declina,

el tiempo se sosiega

con languidez de vino.

Pronto la noche

despertará sus monstruos.

Caminad paso a paso

el contraluz vespertino,

sentid la herida que sangra

el mundo en su agonía,

recontad esos dones

que enriquecen el alma.

En el camino

una mano que mendiga;

solo puedo dar el género

de dádiva que no sacia.

Ese vacío me acompaña,

así lo denuncian mis lágrimas.

Sé, sin embargo,

que hay un punto

donde el dolor del corazón place

y mía es la mano que postula.

Acaso exista un ahora

Acaso exista un ahora

Mi madre se está muriendo

y yo no puedo evitarlo.

En el tiempo cada cosa

tiene contados sus pasos.

Qué no diera por tenerla

pero, como para todos los seres,

su hora está señalada.

Qué no diera por que quedara,

poder cada día verla,

no llamar muerte a la muerte

sino nuevo y mejor sino.

Acaso exista un ahora

donde podamos encontrarnos,

entre el después y el olvido.

Vida y muerte por igual

recibimos al nacer.

Una pasa y la otra queda,

aunque ambas sean cara

de una misma moneda.

Cuentan que para los paganos

como estrellas brillan los difuntos

en el insondable  cielo.

Ella será estrella en mi mente

que mis destinos oriente

y a mi soledad dé consuelo.

DIALOGANDO EL OTRO DÍA

DIALOGANDO EL OTRO DÍA

 Dialogando el otro día lamenté

no haber emigrado de joven a Australia.

Sospecho que tan mal no me hubiera ido,

aunque acabara cuidando de un gringo las ovejas

y alimentándome de canguro frito.

Seguramente, en Australia no hubiera

escrito lo que he escrito,

pero tal vez me habría bruñido

el moreno de sus playas

y quizá comerciado con perlas en el Pacífico.

Renuncié a la aventura por el cobijo,

unos billetes seguros, pensando que vayas

donde vayas consuela del mal lo conocido.

En Australia no hubiera reunido tantos libros,

ni comprobado tampoco que a mis lerdos paisanos

eso de la cultura se les importa un pito.

Quizá sea endemia del barrio donde habito,

pero lo de la lectura no cuenta entre sus vicios.

Trabajar para comer y para pocos caprichos,

pues de que no te sobre ya se encargan los vampiros.

Lo que escribes no lo leen, 

y si lo hacen, lo arrojan luego al desperdicio.

Una vida de sudores y quebrantos

para sacar en claro la miseria  y el olvido.

Para qué quiero yo patria

si no puedo contar con ella 

ni ella cuenta ya conmigo.

Mejor me hubiera largado a Australia

pues en la sociedad del los hombres

es  sabio andarse solo el camino.


CRONICA COTIDIANA ( 66 años)

CRONICA COTIDIANA ( 66 años)

 La mañana la dedico al ejercicio,

camino sobre 3 horas de promedio.

Luego me reintegro al pulso urbano:

hago mis compras, mi comida.

Descanso tras el almuerzo. Oigo música.

A veces leo, dormito.

En las tardes me reintegro al paseo,

visito algunos antros del libro, 

rastreo alguna que otra ganga solapada.

Luego me anestesio con dos cañas y olvido, 

o a veces medito 

en algo entre los pliegues

del recuerdo escondido.

Vuelvo a casa. Ceno.

Tras la cena, leo algo o escribo.

Oigo música, escucho algún video

de Youtube agradecido.

Pasadas la 12, me recluyo en el cuarto,

hago mi abluciones, pongo a punto mis músculos.

Escuchando una guitarra,

me sumerjo en el olvido


El deseo es un impulso

El deseo es un impulso

 Un impulso, tan sólo es un impulso.

que el margen de la duda

llega a convertir en grávida certeza.

Yo no sé que el deseo sea más

que una opción momentánea,

a la que el recuerdo

apariencia de amor otorga.

Mas cierto es que sufro

porque mi anhelo no se colma.

¿Por qué calará tan hondo

lo que en el fondo no sea

más que engaño y sutileza?

¿Sabes lo que hay en el fondo del arroyo?

¿Sabes lo que hay en el fondo del arroyo?

 ¿Sabes lo que hay en el fondo del arroyo?:

Mediocridad...fango, corrupción.

Si desciendes al fondo del hombre

no encontrarás sino su mísera condición.

Si te han envuelto las miasmas de Ashenbach,

disuelto en el barro de tu sensualidad,

reconocerás su desamparado fruto vacío.

Solo en el Amor el alma se renueva.

Si has mirado tu honda soledad en los ojos de la muerte,

reza para que en ti crezca la simiente

de la dádiva de Dios qué al frío penetrante

de esa noche con sus ascuas desvanece.

Porque sólo el Ágape es de Dios;

la carne del hombre sus deleites desconoce.


LOCOS POR LOS CLASICOS

LOCOS POR LOS CLASICOS

Un pariente próximo posee un librería. Esta mañana le he cursado visita y he pasado largo rato en su grata compañía y no menos en la de los libros. Uno de los escaparates abundaba en obras estimables; podían encontrarse allí ejemplares de Píndaro, de Esquilo, de Cervantes, de Joyce, de García Márquez, Cortázar, Poe, Hesse, Gala, Flaubert, Austen, Somerset-Maughan, Zwieg, etc, un surtido de lo más variado de títulos inmejorables. A lo largo de mi visita, una anciana, que arrastraba su carrito de compra, se ha detenido frente al escaparate y ha escrutado con ansia adquisitiva los variados títulos expuestos. Tras penetrar en la tienda se ha dirigido al mostrador y definido sus preferencias. De todo lo que el nutrido escaparate exhibía ha optado por dos obras concretas, una de ellas Los Pilares de la Tierra, de Ken Follet, y la otra, no recuerdo ni el título, correspondía a un autor novedoso que desconozco, y parecía tratar una intriga tremebunda de título rebuscado. 

No es casualidad que, como esta lectora media, muchos de nuestros lectores opten por obras que, como sus mismos autores señalan, tratan temas atractivos con un lenguaje ameno. Grandes Almacenes y Comerciales del libro de toda índole mantienen sus lejas abarrotadas de esta clase de libros. Los Clásicos en ellas ocupan un lugar cada vez más reducido y que va menguando de día en día. Se hace díficil encontrar muchas de las obras de un Balzac, de Dickens o Tolstoi, y no digamos de otros autores de calidad aunque no tan fundamentales. Síntoma de todo esto es que los clasicos, autores celebrados en las aulas pero temidos por el público corriente, requieren lectores preparados, con una formación determinada, capaces de interpretar y racionalizar un frase, y que estén familiarizados con el lenguaje y aptos para seguir el hilo literario sin recurrir con demasiada frecuencia al diccionario; aquellos, en suma, para quienes la lectura significa un goce y no un suplicio intelectual, que los hace precipitarse pronto en el marasmo y los vuelve proclives a dejar el libro sumidos  en el más atroz de los aburrimientos. Muchos no consiguen traspasar la barrera de su mediocridad y su nivel cultural permanece siempre invariable.

Desgraciadamente, este tipo de experiencia es la que más abunda, pues la media lectora pertenece a un público poco exigente, con nivel cultural medio bajo, que encuentra en los libros unicamente entretenimiento y evasión, y no ese pilar fundamental que significa la cultura en la realización del hombre. Leer ofrece a nuestras vidas otra dimensión, amplía nuestros horizontes y nos enriquece. Un hombre con formación abordará los problemas de modo bien diferente a cómo lo haría quien carece de ella. Hoy día parece que esta misión educadora se ha reservado a la tecnología y medios audiovisuales, y así nos vemos. De aquí a un tiempo constituiremos una nación de analfabetos.

Amor Exclusivo

Amor Exclusivo

 Mi primer amor,

mi amor más apasionado,

fue una lesbiana.

Entonces yo no sabía que lo era,

ni en qué consistía ser lesbiana,

eso que los golfos llamaban tortillera,

y nuestros padres marimacho.

Ni tampoco por qué una chica

prefería el deporte a la costura,

se acompañaba siempre de otras chicas

y a mi me llevaba por la calle de la amargura.

Preciso es reconocer que yo era un joven delicado

y ella un carácter vivo

que me atraía por su misma fuerza

carente de mojigatería.

Nuestra relación no pudo pasar

de la de pretendiente idolátrico

y virgen despechada.

Ella se pavoneaba como una diosa

mientras yo servía de acólito

de un extravagante protocolo.

Huelga decir que tal cortejo desigual

continuó hasta que descubrí su condición

y yo reventé de odio por su amor.

Más tarde, persistió la duda de quién era ella

y el recelo acusatorio de quién era yo.

Tras la ruptura, mi furia de macho se desató,

me sumé a las noches de donjuan depredador,

y a las cabañas bajé

sin poder a los palacios ascender.

Con todo ello, tan sólo mi ruina labré

sin poder sacudirme el lastre

que el albur de la fortuna deparó.

Sintiendo del corazón sus despojos

todavía deshojo la flor

de aquel pasado resquemor.

¿La amé?¿Me amó?

¿Era lesbiana ella,

era marica yo?

Hoy se nos da a entender

que de todo ello ¡qué más da!

Hay lesbianas que te sirven la copa en el bar,

y te dan cháchara como si quisieran ligar;

hay maricas que se besan impúdicos

en la plataforma abarrotada del Tram;

hay muchachas que golpean el balón

con la potencia goleadora de un crack.

He procurado escribir derecho mi renglón,

pero de todo esto me queda el sinsabor

de por qué en aquel estéril anteayer

un chico y una chica 

no se pudieron querer.