Sobre algunas obras de Joyce

 Me ha venido a las manos, por una cantidad menor, un ejemplar del Finnegans wake, de Joyce, de la editorial Lumen. Para mí sigue siendo un libro tabú; ni siquiera he intentado leerlo. Si ya la lectura de algunos capítulos del Ulises requieren un esfuerzo de concentración supremo, la de Finnegan Wake presupone que desde sus primeros párrafos quedaremos tan in albis como antes de emprender la lectura. El calado sapiencial de Borges nos aclaró al propósito que el Ulises es a la vigilia lo que el Finnegans Wake al sueño. Esta dimensión onírica de la novela la vuelve especialmente impenetrable. Si ya resulta ímprobo descifrar las innúmeras citas, intríngulis y asociaciones de ideas con que el autor atiborra el Ulises, seguir los derroteros soñolientos de una erudición inasequible seria tan problemático como abordar los trabajos de Hércules. Hay un Joyce más natural como el que nos retrata las escenas de Dublín. Releo en momentos dispersos el cuento que sirve de colofón a esta aproximación a la vida irlandesa: Los muertos. En él desarrolla un naturalismo digno de encomio, ofreciéndonos unas secuencias que van mucho más allá de las estampas costumbristas, reparando en la singularidad de los personajes hasta hacerlos universales. Es soberbia la postrer escena del hotel, donde Greta refiere a Gabriel su antigua relación con un muchacho que murió de tisis. Después de habernos mostrado todos los aspectos de la vida de Dublín, Joyce nos recuerda esa otra circunstancia que nos es consustancial: La muerte, la cual equilibra el fiel de la balanza de nuestra condición en el mundo. Después de la maestría de Los muertos, a Joyce sólo le cupo ofrecer la genialidad del Ulises.

Nietzsche, poeta del saber

Descubro en un breve reportaje la modesta habitación de Nietzsche en Sils Maria. Conjeturo que como la de Keats en la plaza de Spagna romana la ocupaba en calidad de pensionista. Y es que lo de filósofo incomprendido no debe dar para mucho más. El conocimiento aísla. Porque cuanto más nos esmeramos en garantizarnos alguna verdad personal e intransferible,  pocos quedan que la quieran compartir. Verdaderamente, las circunstancias biográficas de Nietzsche dan escalofríos. Un hombre vencido, maltratado por la enfermedad, apartado socialmente, intelectualmente silenciado. En este particular calvario el filosofo creyó expiar los pecados del pensamiento occidental. Porque en su propia decadencia agonizaban los rescoldos de una racionalidad caduca. Comprendió el callejón sin salida del pensamiento de occidente, y tras asumir su calvario, ya purificado, quiso ofrecer al mundo un nuevo renacimiento.
 Lo morigerado del entorno, nos revela a un hombre que se vivía hacia dentro; como si nada significara para él el mundo fenomenal. Solo la grandiosidad de las montañas como milenarios titanes, desafiando inmutables la fragilidad de lo caduco. Sin tiempo, tendiendo una escala a la infinitud del universo. Aquel encorvado caminante que buscando los senderos, trepando por las escarpas que apenas podía afrontar su debilidad, busca por cualquier medio ascender hasta la cumbre nevada. Al fondo del barranco el dulce valle donde se refugia nuestra pusilanimidad burguesa; pero sus ojos no quieren mirar abajo sino a las cimas donde planea solitaria el águila. Solo en la mirada  de infinito puede encontrarse la revelación. ¿Será su visión un nuevo paso para la humanidad? ¿Habrá oídos nuevos para su mensaje? El frío es glacial. En la vasta soledad de las cumbres, un hombre solo frente al enigma del universo. En la encrucijada de los siglos el numen ha escogido al insignificante filósofo. Bienvenido el gozo, la nueva verdad, hija de la poesía. Porque columbrando el esplendor de Sils María supo que aquello que nacía tenía su matriz en la lírica. Nietzsche, poeta del saber.

Entre la joya y la palabra


Paso indiferente entre las joyerías
de los grandes almacenes,
porque su mucho valor
no pasa de ser efímera vanidad,
mientras que el libro
que llevo bajo el brazo
del cual leo algunos versos,
deslumbrado por el brillo
del oro y de las gemas
sirvientes del gobierno de Plutón,
es verdadera riqueza para el corazón,
nutriente de mi intimidad y de mi sosiego,
fuente, alimento.
Bebiendo los sorbos de su savia consoladora,
ahuyento de mí el temor a la muerte.
Porque los goces del metal
solo me recuerdan su frialdad sepulcral,
silencio inerte frente a la vitalidad
espiritual de la palabra,
que rebosa en mi alma
como un torrente de esperanza.

Las cumbres de Sils María

El nacimiento de los deseos no deja de ser para el hombre un enigma. Enigma menos hermético si se cuenta con una tentación a la mano como la que supone internet. Al abrir una de sus páginas, cierta propaganda me tentaba con la carnada de conocer los diez pueblos más bellos de Suiza. Se puede decir que he estado en Suiza, al menos de refilón. No recuerdo si una o dos veces he visitado Ginebra y algún que otro paraje puntualmente, como las cataratas del Rhin. Pero conocer a fondo, lo que se dice conocer, no la conozco. Me vienen a la memoria las postales idílicas de ciertos calendarios que una generosa madrina tutelar cristiana enviaba a casa cada navidad. Sus bellos paisajes, de Lucerna o Zermatt, con el Cervino de fondo, alimentaban nuestra fantasía. Varias veces he barajado hacer el viaje definitivo a Suiza, pero unas u otras circunstancias, lo han impedido. Hoy entre ese abanico de pueblos extraordinariamente bellos e idílicos, se han inmiscuido las vistas de un lugar que retiene singularísimas resonancias, Sils Maria. Su paisaje es epatante. No resulta gratuito que tal rincón contara con la predilección del "sombrío viajero". La luz resplandeciente de su belleza tal vez iluminara milagrosamente sus ojos áridos. Nietzsche sitúa en Sils María el nacimiento de la intuición de su "eterno retorno", fundamento metafísico que luego desarrollará la figura de Zaratustra. En Sils Maria hay constancia del paso del filósofo; conserva su modesto retiro burgués, que mantiene su memoria avalada por una nutrida biblioteca donde se condensan títulos tentadores de su obra. Nunca se me había ocurrido la posibilidad de visitar Sils María, como tampoco Davos-platz, pese a mi devoción por la Montaña Magica, de Mann. Sin embargo, las hermosas vistas de las montañas y el lago, junto al hecho  de conocer aquel lugar transcendente para el filósofo por el que profesamos admiración pero con el que mantenemos profilácticas distancias, han despertado las apetencias de esas lejanas cumbres Suizas, donde seguramente el hombre se encuentra más cerca de lo absoluto, de Dios, de uno mismo.

DE VENECIA

Sigo con preocupación las noticias referentes a Venecia, relativas a las inundaciones anuales provocadas por  el acqua alta. Leo en la prensa que la basílica de San Marco, además de acusar desperfectos considerables en su pavimento  y mobiliario, puede haber padecido daños estructurales, que habrían incidido en la consistencia de sus cimientos. Como es sabido, la iglesia se asienta sobre un entramado de troncos de madera que penetran el fondo de la laguna, y en contacto con el agua  se ven sometidos a un proceso de petrificación, el cual habilita la edificación sobre los mismos. Este sistema no carece de fragilidades, y la incidencia de cualquier fenómeno irregular que trastoque el equilibrio de la laguna puede llevar al traste a los más incomparables monumentos arquitectónicos que proliferan por la ciudad. En otras palabras, San Marco pudo haberse venido abajo como en su día ocurrió con el monumental Campanile. Dado el caso, recelo de que pueda ser reconstruida "Come era e Dove era".
La pérdida de tan emblemática iglesia sería una desgracia sin paliativos para el patrimonio cultural del mundo. Bueno sería, para que no tengamos que enfrentarnos a semejante catástrofe, que se reanude ese faraónico proyecto de ingeniería que, por medio de compuertas, aísle la laguna, y a la propia ciudad de Venecia, de las embestidas del mar y del trasiego de los descomunales cruceros por sus aguas. Porque perder Venecia sería  como perder uno de los mayores tesoros de nuestra historia. Y es que cualquier hombre deja de ser el mismo tras la experiencia de visitar Venecia.
En diferentes informativos advierto las secuelas que han tenido las inundaciones. La plaza de San Marco permanece anegada bajo medio metro de agua. Me pregunto qué será de sus cafés, del  entrañable Florián. En su marquesina ya no suena la música, sus valses, fragmentos e interludios, ni tampoco las palomas encuentran terreno donde pulular y picotear las semillas que,  de extranjis, les sirven los turistas. El salón más acogedor de Europa se halla hecho unos zorros. Me viene a los labios una melodía más melancólica que la de Aznavour. Venecia está de pena. ¿ Cómo podríamos ayudarla para que no se nos vaya? Porque es que el temporal se ha abierto paso hasta en la recoleta librería del pintoresco Luigi Frizzo. Las barcas que la adornaban se han puesto a navegar, cargadas de libros, repletas de memorias de esa Venecia ya irrepetible y que se nos fue. Hay que volver a Venecia, aunque la Venecia de entonces ya no volverá a ser la misma.

Wagnerianas II. Lohengrin

De todas las versiones que existen de Lohengrin tengo predilección por la de Rudolph Kempe. La he escuchado esta tarde entre la admiración y el éxtasis. En ella la música romántica destiló sus más íntimas dulzuras y sus más patéticas exaltaciones. Hay un poema de Cernuda que nos refiere al rey Ludwig II de Baviera escuchando el drama. Cabe imaginar el arrobo real al saborear sus partes más intensas, el fervor de sus desenlaces sublimando el dramatismo de la música. El que tanto Ludwig II y Cernuda tuvieran tendencias homoeróticas parece delatar una cierta afectación musical en el drama. Tales paroxismos debieron envolver la atmósfera de la alcoba del rey en Neuschwanstein. El corazón del rey que, como todo joven romántico, aspiraba a ese desiderátum erótico que se alcanza en el Lohengrin, asistió defraudado  a la serenidad conyugal que le ofrecía su prima Sophie. Huyendo de esa realidad desilusionante, se refugió en el universo utópico que garantizaba la música de Wagner. Ésta daba la mesura de sus aspiraciones. Fue típico del XIX encontrar en el arte el paliativo de la vida, pues en aquel se alcanza la ilusión del infinito
Y es que la inspirada partitura de Lohengrin parece hecha para abrazar el colmo del diletantismo, conseguido cuando las voces (las almas) de Lohengrin y Elsa se funden en un abrazo espiritual que ya preludia la mística de Parsifal.

Cervantes y sus consonantes.

Cervantes rima con guantes,
tunantes, bergantes,
abracadabrantes.
Rima con antes.
fulgurantes, navegantes y feriantes.
Podríamos rimarlo a su vez con guisantes,
estudiantes y cuadrantes.
También daría juego con tirantes,
diletantes, entrantes o vigorizantes.
Casa con lugares como Nantes,
Guermantes o Abrantes.
Sus fecundidades rimadas son tan  fascinantes,
que darían para una epopeya en consonantes,
donde dos caballeros andantes sobre rocinantes
partieron a la lucha contra endriagos aberrantes
para librar de las cadenas a sus más fieles amantes.
Lo que dieron de sí tales inquietudes galantes,
permítanme que les diga, medien los purgantes,
no lo narraría ni el propio don Miguel de Cervantes.

¿Las dos Españas otra vez?

¿Las dos Españas otra vez?
Asisto con tristeza y preocupación al inmediato acontecer de la política española. Parece que
España no escarmienta, pues nuevamente se polarizan las posturas, desenterrando el fantasma de las dos Españas, que como sabemos cualquiera de ellas ha de helarnos el corazón. Parece ser que la pasada guerra incivil y fratricida no ha cicatrizado sus profundas heridas. Ni el tiempo ni el olvido ni
el borrón y cuenta nueva de la transición han servido para extinguir las viejas rivalidades.
He aquí que de nuevo la asaltan intereses mezquinos, anquilosadas reivindicaciones, resueltos antagonismos. Después de varios llamamientos a las urnas, la situación no tiene visos de enmendarse.  La alarmante coyuntura demanda una solución de estado, que los partidos parecen renuentes a afrontar. En toda la noche electoral solo se escuchó una voz apostando por una solución sensata, que no se valoró en su justa medida. Un lúcido Pedro J. Ramírez reclamó una coalición entre PP y Psoe, cuya amplia mayoría serviría para afrontar con garantía la grave situación que amenaza al país. A mi juicio ésta sería la alternativa más acertada, si a nuestros políticos les queda alguna pequeña pero recomendable visión de estado. De otro modo observaremos cómo España se nos vuelve a ir al carajo.

Reflexiones sobre Zorba

Reflexiones sobre Zorba
Afirma Zorba, en el film de Cacoyannis, protagonizado por Quinn y Bates, que vivir es liarse la manta a la cabeza. Propone la novela de Kazantzakis un camino de iniciación entre maestro y neófito. Zorba enseñará a su discípulo a caminar sobre la cuerda floja de la existencia, de la que éste no deja de ser un mero contemplador. Confieso que, personalmente, nunca he asumido la vida hasta sus últimas consecuencias, ¡vamos!, que no me he liado la manta a la cabeza. En ese sentido estoy más cerca de Bates que de Quinn. Por eso escribo. Cuando he tratado de navegar las aguas procelosas del destino, he naufragado. Porque no es de sabios lanzarse a las aguas turbulentas, sin por lo menos un manual de náutica. Quién se deja arrastrar por el torrente y sale a flote, ese merece las mayores felicitaciones. Quien no ha sentido el vértigo de la vida, nos se ha realizado a sí mismo; pero es que resulta comprometido descender del sólido pedestal de las estatuas.
Dar rienda suelta a la pasión no sé si es el camino correcto al que aferrarse. La ubicación del voyeur cuenta a su vez con bastantes garantías y satisfacciones. Lanzarse a la desesperación de un Juan Dhalmann, en el Sur de Borges, es como jugarse la última certeza de intimidad a cara o cruz. Zorba tampoco hubiera dudado porque el Sur estaba en él.

Embriaguez sin vino

Embriaguez sin vino
He vivido en contadas pero memorables ocasiones la experiencia de la embriaguez sin vino. Nietzsche sin dudar la hubiera achacado a la influencia de Dioniso. Permitidme que yo, dude. Recuerdo en particular una ocasión durante el período de la primera juventud, en que mi alma se reconoció de la misma pasta que la de mis semejantes y, que solo la rigidez de las convenciones, impidió que comunicara a cada uno de los viandantes con los que me cruzaba la buena nueva de la hermandad de todos los hombres. Seguramente no hubiera sido comprendido y el que más y el que menos no me hubiera ahorrado el tratamiento  de loco. Momentos igualmente exultantes se repitieron al cabo de los años, invadiéndome con la desusada pasión de los fenómenos casi místicos. Sólo su condición pasajera contribuyó a que fueran juzgados con la cautela de aquel cuya supervivencia depende de afirmar sus pasos bajo el dictado del sentido común. Conociendo el paño, tales experiencias las he guardado como regalo inmerecido del espíritu y me he guardado de buscarles un discutible significado transcendente, o como quien dice los tres pies al gato. Son un esporádico regalo que me honra con su bendición en momentos exclusivos y dispares. El último arrobo que recuerdo me poseyó cuando visitaba el ágora de Atenas. Sentía como si participara de aquella vida milenaria que allí había acaecido. Como diría Dragó, percibía el reclamo de extrañas vibraciones; mis oídos no las escuchaban, pero allí resonaban las voces de sus grandes oradores, el rumor de aquella polis irrepetible; y en cualquiera de sus encrucijadas inesperadamente podía uno haberse tropezado con Sócrates, que desandaba el camino del Areópago junto Fedro, Trasímaco, o Glaucón.¡
¿Cuántos habrían hollado aquel laberinto de ruinas ? ¿Cuántos se habrían extasiado como yo ante la contemplación del templo de Hefesto? La eternidad lo sabe. En aquel momento no era yo, era el hermano de todos los hombres.

Weber a dos euros

He comprado una opera de Weber, Carl María von, claro está, por dos euros. Resulta paradójico que a este eminente músico se le venda a precio de saldo. Cierto que la grabación no es muy buena; en cualquier caso un Weber por dos euros resulta una verdadera ganga. La opera es Euryanthe y la interpreta entre otros un joven Walter Berry, pues se grabó en la Viena del 49. Escuchando tal música,
nos preguntamos cuánto Wagner debió a Weber. Para quienes piensen que la creación surge ex nihilo, comprenderán cuánto el artista debe a la tradición. Porque las influencias no solo son recomendables,  sino inevitables. Sin Der Freischütz no hubiéramos conocido el drama de Wagner, pues el genio alemán no surgió de la nada. ¿Weber de Beethoven, Mozart, Gluck? Del canon bebemos todos, pues no hay nada más allá de éste.

La senda del sabio en la lucha espiritual

Cuando cansado de esa lucha de contrarios
que, sigilosos, tu  armario
han ocupado; de esa pugna de titanes
tatuada en los dedos de Mitchun
que se oponen combativos
para imponer su capricho
y donde difícil se dirime el saldo
de vencedor y vencido,
entre virtud y pecado,
entre odio y amor.
A mis mientes acude este dicho:
Sigue la senda del sabio
y el camino se abrirá expedito.
No temerás al dardo enemigo
ni se impondrá el poder del Averno.
La reyerta de esa lucha maniquea
quisiera repartirse los despojos
de mi alma,  que exhausta de dudas, titubea,
siempre indecisa entre lozanía y abrojos.
La senda del bien elegiría,
pues aunque la refute Sabina,
hay más miel en la sed de bondad
que acíbar en las hieles malignas.
Hieles que simulan mieles
pero cuyo legado es letal,
sin paliativos.