LA MAR ARREBATADA

LA  MAR ARREBATADA

 Mar. La mar arrebatada.

El joven caminante pasa

dejando impresa

su huella en la arena blanda.

Lleva la muerte a la espalda

como una pesadumbre nueva,

como un vacío

que su corazón desentraña.

Es la primera muerte cercana

que entra en la casa,

que muerde con seca dentellada,

vehemente como el primer amor,

como nunca después sabrá el dolor.

Sus pies se enredan en las algas

por la pleamar dejadas,

mientras mira la mar arrebatada;

gélida y adusta la mañana;

en el ánimo, la desesperanza.

Hoy ha entrado en casa,

nunca deseada, la furtiva muerte,

pero el nuevo sol, solitario astro,

parece irradiar indiferente.

Pues hoy también para el mar

el mismo sol parece casto,

como si el deseo para él no contara.

¿Acaso puede más que el amor la muerte?

El uno es de Dios; la otra, de la nada.


Un tal Pérez Galdós

Un tal Pérez Galdós

 Confieso que Benito Pérez Galdós no ha sido uno de mis escritores más frecuentados. Quizá ello resida en la sencillez de su prosa, apta para el lector común y lejos de toda pretensión estilística. Contando con que esa conseguida amenidad no constituya a su vez un estilo. De todo ello no tiene poca culpa el juicio de Valle Inclán sobre el escritor canario, a quien motejó como "Benito el garbancero".  Tal crítica acaso no esté exenta de la cierta pedantería modernista que no escatimaba don Ramón.

Entre las últimas lecturas que abordé de Galdós se encuentra una de sus novelas más celebradas, Fortunata y Jacinta. Llevado por la creencia de que en ella me empaparía del magisterio galdosiano, quise que tan voluminosa obra se sumara al índice de mis queridos clásicos. Novelas no menos prolíficas como Los miserables, Anna Karenina, La Regenta, Los demonios, La montaña mágica, etc... había devorado sin problemas y con gran provecho. Comencé aplicado, pues, con la tan celebrada de Galdós, asimilando las descripciones preliminares y la presentación de sus personajes; pero he de admitir que la copiosa cháchara del castizo Madrid de sus primeros capítulos llegó a agotarme, y tuve que posponer la lectura para más adelante, para cuando me encuentre con mayores fuerzas y sin el prejuicio estético sobre el casticismo costumbrista galdosiano.

Da la circunstancia que una de las novelas que más disfruté en la adolescencia, durante mi arranque como lector, fue Trafalgar. Aquella era una novela redonda, en la que el narrador hacía bien pronto migas con el lector, hasta hacer creíble y protagonizar uno de los mayores acontecimientos de nuestra historia, y aun de la historia de Europa a principios del diecinueve. Viví aquellos momentos como un alter ego del niño protagonista, asistiendo desde lugar preferente a aquel gran drama naval, bañado de mar, sangre y heroísmo. De ello entresaco que tal vez el Galdós de los Episodios nacionales no sea tan dicharacho como el de su novela romántico costumbrista.

Cierto, no pude con Fortunata y Jacinta, pero me ha complacido su acierto narrativo en una novelita acaso menos ambiciosa, pero llena de virtudes: Tristana. Tuve que suspender momentáneamente la lectura cuando los tres galenos se apresuran a amputarle la pierna a la protagonista. Galdós hace, con sutil maestría narrativa, que tal momento no se pueda sufrir. Por otro lado, es magnifica la descripción sicológica de los personajes, a  los que con mano maestra hace palpitar. Quizá, si he podido dar fin a Tristana, más tarde pueda hacer lo mismo con Fortunata y Jacinta.

Picaresca

Picaresca

 22 de enero. Pandemia. Vamos por la tercera ola. Ola ola no vengas sola. En tiempos de confusión aflora lo mejor de cada casa. España no puede perder su picardía. Así como Lázaro engañaba al ciego decantando el vino de su jarra mediante una argucia, lo mesmo políticos y jerifaltes defraudan las buenas voluntades saltándose protocolos sanitarios. Denuncian que se saltan el orden de cola, como los despabilados en la taquilla del teatro o los tontitos el turno del cajero automático. Y es que España nos duele más que nunca, casi tanto como este mundo hecho unos zorros, con un Trump haciendo mutis por el foro y los chinos dispuestos a festejar su nuevo año lunar. Lunar del que querría desprenderse el mundo para que nos reintegrasen la normalidad normal. ¿Qué coño han trastocado para convertir el planeta en una caca?

Entretanto me conformo escuchando el piano de Barenboim, en especial la sonata Nº 11, K 331, la de la marcha turca. Me encanta escuchar algo limpio y bien ejecutado, libre de virus; aunque, como no soy un experto, confío en que Barenboim en su interpretación no encubra ( ¡ Sería ominoso!) ninguna picardía. 

El Predicador

El Predicador

 Es cerca de la medianoche.

Desde la oscuridad se escuchan los pasos del tiempo,

con cuyo eco nos abruman los viejos espectros.

Parece hora de hacer balance.

Voy para la vejez,

edad en que se cuestionan todas las certidumbres.

No puedo ver sin ironía los afanes de la juventud,

indiferentes a la efimeridad de lo limitado,

y que consideran la muerte como una importuna visita

que acaso se demore en la longitud de las sendas.

Sólo el tiempo abre los ojos,

sólo el necio persiste en sus denuedos y furias.

Lamento muchas vicisitudes biográficas,

pero ya se sabe que agua pasada no mueve molino;

lo hecho hecho está y es inamovible,

aunque lo notaremos en el peso de nuestros huesos hasta la tumba.

Los resquemores los dejaré atrás,

aunque parezcan no acabar de cicatrizar

y sus pesadumbres sigan contando en la balanza.

Porque de la justicia hay que reconocerse reo,

pues nunca podremos arrojar la primera piedra.

No hay libertad sin necesidad.

La realidad no se circunscribe a uno mismo.

Nos condiciona el cosmos. Aunque no lo acepte nuestro barro insolidario.

Nunca cesan por ello las asechanzas furibundas,

pues  la espada envenenada del enemigo  busca la herida.

La pasión ardorosa sólo ansía prevalecer.

No comprende la fragilidad humana. Es ciega,

como ciegas son las soberbias que nos impiden comprender.

Es ya la noche, y desde lo profundo de su misterio

se escucha el eco pesimista y resignado del Predicador:

Vanidad de vanidades. Todo lo que pueda conseguir el hombre es vanidad. Polvo en el polvo.

¿A qué la venganza? Si la única victoria es de Dios. Deplorar sólo el amor incumplido.