Harto de la jerga "sabinera"

Harto de la jerga "sabinera"

 En esta tarde dominguera, 

harto de la jerga "sabinera"

que las tripas cerebrales flatulaban,

hube de purgarlas con cuartetos

de Beethoven y sonetos de Petrarca.

Tuve con Sabina, de principio,

 la prudencia de catarlo a breves tragos,

pues si lo haces de golpe y sin reparos

su verbo como la droga engancha.

Supe de Sabina, por la tele,

con la venia democrática,

pues de mano de Carmen Maura,

nena valiosa de la  deshinibida España,

arrasaron el postfranquismo

 con la bullanga de su Mandrágora.

Dicen también de Joaquín

que lo apeó del sibilino gozo

y el juvenil derroche

 el fiero potro de la noche,

pues al menor descuido,

mendiando el birlibirloque,

puedes caer en su pozo. 

Pues igualito que a mí,

orgias y bebesterios

de la paz de los cementerios

le hicieron ver el plumero.

Somos parecidos y diferentes,

locos jóvenes rebeldes

cuando nuestra estrella 

levantaba por oriente;

escépticos malencarados

cuando el sol madura 

sus oros por poniente.

A tu salud alzo la copa de vino,

si el cuerpo lo permite

y nos dejan , por un rato, 

volver a ser lechuguinos,

degustando de la poesía 

el suculento plato

antes de que se lo coma el gato.

Ninguno asió la mano

Ninguno asió la mano

 Podía haber encerrado en mi pecho

el latir del universo y descerrrejar

el candado que oprimía mi libertad,

pero ésta se alejó como un pájaro

aventurándose en el diluvio sin regreso.

Reventé como un vidrio roto

después del último brindis de despedida,

que ya nunca recompondría su intregidad.

Mi sombra caída y sombría,

rodeada de alimañas disputando sus despojos,

se desangraba de noche y de misterio,

aguardando el cataclismo de la aurora,

en desbandada de palomas y de números.

En la última desolación yacía

mi cuerpo convulso, reconcomido

por los ácidos de la soledad 

y el resquemor del desengaño,

reclamando la apretura de una mano

que compartiera el via crucis

de un pasajero del peligro sin compinches.

Ninguno asió el miembro

y prefirieron el desdén,

y que un ráfaga fría de luna

rebanara el candor entrañado

que de la refriega pervivía.

Entonces supe que tras el dolor definitivo

los hombres no vuelven a llorar.

En los tiempos que corren

ya no quedan samaritanos.

Asi me vieron los ojos de los cielos;

bajo la cúpula de estrellas,

brizna de paja era el alma,

malentendidos nuestras convicciones,

baldío cualquier sufrimiento.

Porque al morder la raíz

dolida de la vida,

se siente en la boca 

el amargor que su fibra esparce,

la acidez secreta de su túetano.

¿Volverá algún día el calor,

el regocijo reintegrado

tras esa lucha jacobita

de la que salí trastabillante?

Ninguno quiso saber,

ninguno volvió la cara

ante lo que la existencia

en carne viva reclamaba.

¿Qué sería de mí,

qué de la esperanza?

-pensé cuando rodó la espiga

por la hoz de la indiferencia seccionada.

Pero, ¿ por qué seguir atando cabos

de añosos hilos deshilachados?

El recuerdo es un jandicap

que impide reconocer

que, aunque el río sea el mismo,

nos bañamos en agua nueva.

Perder de golpe nuestras razones

nos dispone para el milagro de la fe.



Iconos simbolistas

Iconos simbolistas

 Leo una reseña biográfica sobre Mallarmè. Es entre los simbolistas el menos frecuentado. Acaso porque sea el menos pecador. Comedido profesor de Liceo que al parecer murió tras cierto conflicto con unos spagueti bolognesa. No he leído sino superficialmente su obra. Desde hace bastantes años conservo una antología, en francés, de sus poemas, adquirida en una libreria de Paris, próxima a los jardines de Luxenburgo. Me entero, por un apéndice de la reseña, que era un autor muy admirado por Lezama Lima. Ambos cultivaban el hermetismo por norma. Cuando uno penetra en el Paradiso de Lezama ha de abrirse camino con el machete por una espesa selva de densa confusión verborreica y no empieza a ver diáfano hasta haber dejado atrás el compacto laberinto. Sólo llegando a su final se define la forma del mítico Minotauro.

Estábamos en que Mallarme era un modesto profesor de costumbres morigeradas. Contrariamente a Verlaine y Rimbaud, no se cuentan de él vicios escandalosos. No sé si llegó a cortejar a la bebida, pero recuerdo un retrato de él, donde sostiene una pipa en una mano con afectuosidad de adicto. Al parecer cultivaba solo los encantos de Venus e ignoro si recolectaba yerbas. Como las madames napoleónicas, abrió unos salones donde recibía; por allí asomaron Verlaine y Valery, Yeats y Rilke, junto a novelistas como Gide o Huyssmans, entre otros. Seguramente a Rimbaud no se lo invitaba por miedo a la bronca, o porque éste ya se hallara exiliado en distantes hemisferios. Al leer a Mallarmé se observa cierta frialdad epigráfica, sus versos parecen tallados por un escalpelo escultórico. Se los lee como formas cerradas perfectas en sí mismas, despojadas de pasión. Están lejanas de la báquica languidez de Verlaine y de la combativa vitalidad de Rimbaud. En contra de Baudelaire, donde destila la forma una fetidez embriagadora, en Mallarmé las estrofas traspiran una pureza estéril. Su lectura es seguramente obligada para comprender el simbolismo. Compré las obras de estos de La Pleiade; me falta la de Mallarmé. No sé si algún día podré dedicar una temporada a su obra, en caso de que emparejemos con Matusalén. Será de seguro no una "temporada en el infierno", sino una incursión por la cara oculta de la luna. 

Idolos caídos: la traición de John Travolta

Idolos caídos: la traición de John Travolta

 No mantengo una posición radicalmentre en contra de aquellos que eligen unas costumbres eróticas distintas a la regla común. En ningún caso me encontrarían entre aquellos que lanzaran la piedra de juicio. La comprensión de los propios errores, junto a la templanza que dan los años, me hacen ser cauto respecto a la condición humana. No obstante, he recibido con una cierta decepción una nocticia que se ha extendido por las "redes". Se trata de la confesión de John Travolta de su condición Gay. Tales revelaciones se divulgan bastante a menudo en referencia a numerosos protagonistas del mundo del espectáculo. La vocación artística, integrada en el dominio de la belleza, implica comportamientos en parte reñidos con las pautas convencionales de masculinidad. Genios como Miguel Ángel y Leonardo cojearon de ese pie. En literatura, se especula de Thomas Mann, se sabe de Garcia Lorca, se presume de Mujica Lainez. En el arte es frecuente la manifestación amanerada acompañada de un bastón. Lo que en el común es execrable, en el artista es distinción.

 Pero volvamos a lo de Travolta. En el último fotograma editado comparece ya trasvestido de mujer, luciendo peluca rubia y con el rostro maquillado. Lo siento de verdad. No sé si tal indumentaria se debe a imperativos de guión. Pero reside en mí especialmente este pesar, pese a que los años  me han hecho indiferente a muchas de las circunstancias en derredor. Tal pesar  se funda y tiene un carácter retrospectivo, pues rememoro mis vivencias durante los años 1978-9, en los que yo cumplía mi servicio militar en Asturias. La vida cuartelaria de restricciones y amenazas infundía en el soldado la necesidad de desfogarse. Mi revancha consistía en no perdonar ni un intervalo del tiempo  de paseo entresemana, y huir con pase de pernocta los fines de semana, confundiéndome en el palpitar comedido de aquella ya tan lejana ciudad de Oviedo, cuando todavía sus monumentos se mantenían negros y con reúma. Durante las primeras semanas en el cuartel trabé amistad con unos novatos en el servicio, adscritos a mi misma compañía, quienes en el primer encuentro me invitaron a compartir la cena con ellos. Con el tiempo, nos fuimos conociendo. Eran unos sencillos chavales de origen andaluz, emigrados a Barcelona, que trabajaban en una de las muchas factorías de San Adrián del Besós. Pronto descubrí que su sentido de la diversión era muy diferente al mío. Ellos correspondían a ese tipo de gente que no ha leído un libro en su vida. Su concepto de la diversión consistía en acudir cada sábado noche a una discoteca. Aquí cabe reseñar que por ese entonces hacía furor la película y la música de Fiebre de sábado noche, interpretada por John Travolta. Yo raramente había acudido a una discoteca, en parte por imponderables de mi educación y también porque era virgen, muy timido con las chicas y no sabía bailar para nada. Ellos eran redomados bailongos, veneraban a Travolta y su desparpajo de truhán discotequero. Solo  ambicionaban emularlo, imitar su pose de chulo castigador de las pavas. Travolta era ese símbolo de masculinidad que para sí ambicionaban: osado, barriobajero, incomprendido pero al fin triunfador. Ante el furor de su contoneo discotequil las tías caían rendidas, los chulos tenían calambres, y se imponía la testosterona del varón dominante que no se arredra ante nada ni nadie. Sí, ellos, en las noches locuelas de Oviedo, entre cubata y canuto, remedaban el proceder de su ídolo buscando granjearse un paraíso que la jungla de asfalto les había vetado. No sé si cumplieron algún sueño, pero me llena de tristeza que aquél su viejo ídolo tuviera también los pies de barro.

Lotería

Lotería

 Lo único que queda a los jubilados con una modesta pensión es la loteria. De ella se espera ese golpe de timón que no se ha producido nunca en lo dilatado de la vida. Jubilarse es vivir para los restos de la conmiseración del estado, que ha tenido a bien premiarte mesuradamente por tu aportación de décadas al buen funcionamiento del engranaje colectivo. Al parecer el estado no da más, no puede dar más  para no invalidar la determinante viabilidad presupuestaria. Como paliativo a estas carencias se han ideado los juegos de azar. Raro es el ciudadano que no los practica al menos unas vez en la vida. Muchos prueban por si las moscas y al comprobar que no les sonríe la suerte, cejan en su empeño. Quizás sean los más sensatos. Otros llevan toda la vida apostando una módica cantidad que les permite mantener prolongadamente en vilo la válvula de los sueños. Los menos juegan fuerte, presumiblemente porque alguna vez han rebañado un cuantiosa tajada, el popular pellizco que todo jugador ansía y que la más improbable chamba ingresará en su cartera. Entre unas cosas y otras quien verdaderamente hace negocio es el estado. Llevo jugando desde hace tiempo, persistiendo en ello porque en una ocasión fui galardonado con la bendición de un modesto pescozón. El juego es el hábito ideal para despertar en el hombre la codicia. La cuestión es que se sigué jugando, y se buscan las maneras de que dicha actividad de algún fruto. Pero de frutos y de árboles quien verdaderamente sabe es el estado. Los promotores del patronato deben de ser oscuros funcionarios  que idean los sistemas de apuestas de forma que no se escape un euro de las arcas públicas. Se rodean de asesores que, calculadora en mano, evalúan las probabilidades para que el negocio resulte redondo. Con ojo empresarial cotejan porcentajes de ganancias y gastos. El caso es que el juego esta ideado para que toque el premio, sí, pero con un balance de probabilidades tan desequilibrado que desengaña depositar en él cualquier confianza. Tales juegos están ideados para que la golosina de la menuda pedrea mantenga encelado al jugador contentadizo, mientras hacienda va incrementando sus arcas. Más allá de esto hay un abismo; la diferencia entre la devolución del dinero y cualquier otro premio de consolación y la  de un sonado pleno o plenillo es tan desproporcionada como la de obtener el elixir de la eterna juventud en el corto segmento de la existencia humana. La primitiva, por ejemplo, estaría bien si existieran premios intermedios entre los cuatro y cinco aciertos, que es como la distancia desde al Tierra a Júpiter, en espera de que en algún sorteo impensado se produjera el ansiado pelotazo. Pero el estado, que no tiene nada de lerdo, sabe muy bien que si estas oportunidades se dieran, y premios algo más jugosos menudearan, no habría ciudadano que se sujetara a un trabajo, entregados de pleno a las generosas gratificaciones de la Fortuna. Que nadie lo dude, conociendo el percal.

PIJOS, PIJAS, PIJES

PIJOS, PIJAS, PIJES

 No me gusta ocuparme de la política. Tira más de mí la idealidad plátonica, que la sustantividad aristotélica. Asomarse a la parafernalia política nacional es algo que nos deja exangües. El parlamento lo ocupan asalariados farsantes; analistas de medio pelo cubren los comentarios de actualidad, España se tuesta de cara al sol mientras profanan los restos demonizados de tancrédicos generales, que esperaban en babia la embestida del toro patrio. Lo suyo era coger al toro por los cuernos, pero es el toro el  que los ha agarrado por el rabo. Quedan en la patria ya pocos toreros que excusaban de beber, por mor de evidenciar sus miedos. Lo durante siglos denostado, ondea airosa la oriflama multicolor. ¿Qué pensarán los hérores, maldecirán los santos, desmoralizados quedan los mirmidones ante ese valor que se les supone? Regía un Dios de ejércitos; lo suplanta una entidad de cagamandurrias. Y es que el ambiente se empieza enrarecer en la confusión de las sombras, en el cuerpo a cuerpo de las rijosas debilidades, ahítas de cannabis legalizado, con el desmayo de las bajezas animales, dilectas de revolcarse en el fango, y rodeados de tantos pijos, pijas, pijes como abundan.