¿Estaba en sus cabales Nietzsche?

¿Estaba en sus cabales Nietzsche?

 Nietzsche nos instaba a la cofradía baconiana y al lúbrico desenfreno, donde se confunden todas las lacras y miserias humanas. ¿Estaba en sus cabales?

Recientemente, he vuelto a ver el vídeo donde se le muestra en sus últimos días de vegetativa existencia. Parece una película de terror. Se nos ha querido vender que tal postración se debía a los síntomas terminales de la sífilis. ¿En verdad, respondía su vesanismo a tal patología? ¿ Queda aún alguien que cree en los diagnósticos espurios de la ciencia? Se nos vende un universo tan de conveniencia como para el de la moral postulaba Nietzsche.

La apuesta era el superhombre, pero ¿ es lucido buscarle en su más abyecta costumbre, en el pozo de su más inconfesable cieno?

Piel tatuada

Piel tatuada

 Has profanado de tu piel la tersura

con la tinta corruptora,

grabando como en un pergamino, 

con señales y figuras,

su superficie tentadora;

afeando su cándida albura

e inhibiendo del suave tacto

la caricia embriagadora.

Su pulido alabastro

del que la mirada se prendaba,

radiante como una mañana,

malogra el torpe dibujo

del más variado asunto:

flores, símbolos y filigranas.

Tenía tu piel primor de porcelana

hasta que el prolijo tatuaje

invasor la malograra.



Jerarquía

Jerarquía

 En este Castillo de hoy

se ha trastocado el escalafón,

escasa es la diferencia entre señor y bufón,

del uno o del otro lo mismo vale la opinión.

las damas suplantan a las mancebas,

el villano continúa en su rincón,

el honor ya no lo guarda la espada,

y el héroe es el trovador.

Regla de oro

Regla de oro

 A cuántos no ha ocurrido

-por necesidad de amor,.

o por un querer cuya correspondencia anhelábamos-,

entregarse a una persona

que nos ha desestimado,

para luego, por despecho,

arrojarnos a la degradación del arroyo,

ignorando el amor propio,

todo cuanto creíamos honesto.

Amarás al prójimo como a tí mismo,

ni más ni menos,

así estableció el único Señor verdadero.

Toda desviación de esta regla,

será una tergiversación del Credo.

El camino del mal

El camino del mal

 El diablo es el dueño de las calles;

si has frecuentado sus ambientes,

habrás notado sus maniobras secretas,

su urdir en lo invisible.

El provoca las discordias,

el mal beber en los bares,

fomenta fobias e inquinas, 

tergiversa pensamientos,

alimenta las lujurias,

controla la voracidad del sexo.

Se agazapa en lupanares,

rezuma en cada rincón del vicio,

fecunda la raíz del delito,

si quedas solo en tu casa

quizá a hurtadillas se cuele.

En el amor causa estragos,

propicia malentendidos

dando pábulo a los celos.

Dispone sendero intrincado,

sembrado de trampas y cepos;

cuando te vea alfin derrotado

hará burla de tus duelos.


Sabio consejo

Sabio consejo

 Para tener una existencia óptima, la vida debera permanecer acorde con la Tierra y con el Cielo. Sabio es establecer para estas realidades los bordes que la prudencia contempla. Porque parece clara nuestra travesia de la Carne, pero ignoramos en gran parte la ruta que apunta hacia lo Celeste.

Frustración

Frustración

 Bajaba cada día hasta la dársena y desde el muelle observaba los barcos atracados y el movimiento frecuente de algunos de ellos. Seguir su singladura despertaba su imaginación, transportándolo a lugares reales o fabulosos. Escrutaba con minuciosidad la vida en los muelles, el trasiego en los veleros privados y la labor en los contados mercantes que satisfacían el escaso comercio portuario. Soñaba con navegar, visitar lejanos paises que en su casa recorría con el dedo índice posado sobre el atlas. Hacía ya años que esta costumbre de visitar el puerto se prodigaba. Miraba con embeleso las maniobras de atraque y desatraque, las operación de izar la vela cuando una embarcación se alejaba por la rada, las costumbres domésticas de los habitantes de esas reducidas casas flotantes. Porque el puerto era un hervidero de barcos deportivos y de recreo.

Hubiera querido ser marino, o cuando menos poseer un barco que lo llevara hasta lugares infrecuentes y evocadores. Esa manía la tubo desde joven, pero siempre supo que no podría ser. Incluso algunas noches, bajo la palida luz de la luna, pasaba un buen rato entretenido con  los barcos, antes de regresar a casa, sabiendo que no podría corresponder a la llamada del mar. Su familia conocía su manía, pero no intentaban hacerlo desistir de esa costumbre. Es más lo acompañaban incluso al malecón donde contemplaban la vastedad del mar y seguían la travesía de los barcos que se internaban en sus aguas agitadas y profundas. La subida hasta arriba era azarosa pero el no se retraía, y los suyos tenían que seguirlo. Al no haber navegado nunca, tenía de los barcos una opinión romántica. ¡Qué no pocas aventuras y sensaciones maravillosas no se vivirían abordo de ellos! Y sus ojos se llenaban de melancolía, creyendo que jamás surcaría la azulada esperanza de los mares.

Aquella mañana radiante, la brisa era ligera. El sol doraba la superficie marina como una bendición que se derramara a raudales. Todo incitaba al viaje. En los muelles se sentía ese ajetreo, y algunas embarcaciones se preparaban para hacerse a la mar. El los miraba desde su lugar de costumbre, lamentado no poder zarpar en uno de los barcos y compartir su singladura. No tardaron en soltar amarras y maniobrar buscando la salida del puerto. Al ver la vela, que se alejaba, sintió la impotencia de no poder sumarse a la aventura, y en sus ojos brotaron espontáneas las lágrimas, mientras miraba la lejanía del mar y luego hacia abajo, contemplando sus piernas deformes sobre la silla de ruedas.