Mishima y el destino.

Leyendo una semblanza biográfica sobre Mishima, uno puede medianamente dilucidar la trayectoria vital de ese hombre infrecuente. Uno de los datos capitales de dicha biografía, se concreta en el hecho de que fue rechazado por las autoridades  para formar parte del cuerpo de Kamikazes que inmolarían su vida en servicio a la patria y en obediencia al emperador. No fue aceptado por su débil complexión y su salud enfermiza. Se cuenta de él que descendía de una estirpe de samuráis, cuyas vidas eran regidas por la disciplina del Bushido. Aquel rechazo pesó como una losa moral en el alma del joven poeta. Se cuenta de Mishima su ambigüedad sexual, su naturaleza delicada y narcisista. Si Mishima hubiera seguido indolentemente los impulsos de su carne acaso hubiera abrazado el destino de tantos estetas, degradado en el cultivo insano de la belleza como un redivivo Ashembach. Pero el escritor optó por la apuesta a que lo retaba el destino. Sabía, por herencia, que la meta de todo samurái es morir por su señor. Mishima no quería ser menos que los integrantes de esa casta que veneraba, y que por emulación de los cuales había decidido presentarse voluntario a la brigada de Kamikazes, para librar la batalla del Pacífico. Todos los impulsos de su corazón tendían hacia esa meta: dar su vida por el emperador y por un renovado Japón victorioso, no humillado por los documentos de rendición firmados ante McArtur. Desde entonces tubo por su Biblia el libro del samurái, el Hagakure.  Fortaleció su cuerpo endeble con una férrea disciplina gimnástica y de artes marciales, hasta conseguir que éste se equiparara con el de un poderoso atleta y guerrero. Llegó un punto en que Mishima al tiempo que un escritor sin par, arrogaba las virtudes del auténtico samurái. ¿Qué hacer tras conseguidos estos logros? Pues bien, los prorrogó hasta las últimas consecuencias. Tras demostrar a todo Japón que aún quedaba un núcleo de honor que no había sido vulnerado, inmoló su cuerpo alabando a la sagrada majestad imperial. Los forenses que analizaron las heridas de su cadáver en la sala del cuartel del ejército, juzgaron como superlativas las huellas de tal seppuku. ¿En efecto, había fenecido el último samurái, ante la indiferencia de un Japón entregado a las mieles narcóticas de la sociedad del bienestar?

Los Cristos del cine

Leo un comentario en el que se sostiene que todos los actores que han interpretado para el cine el personaje de Jesús, el Mesías, han visto después de realizar este trabajo sus carreras artísticas truncadas. Se dice tal cosa de Robert Powel, que abordó el papel en el film de Zefirelli; tampoco tenemos noticias de cómo le fue a Jeffrey Hunter, que incorporó al Jesús de Rey de Reyes, para el, según se dice, incrédulo Nicholas Ray. Hunter fue un actor prometedor del Hollywood de los 60. Actuó en dos espléndidas películas de John Ford, The searchers o Centauros del desierto, y El sargento negro. Brilló con algún otro papel en una película bélica. Pero tras interpretar a Jesús poco más se supo. Del muchacho que actuó como Jesús para Pasolini, para mí, que no paso de ser un mero espectador y moderadamente aficionado al cine, me consta que no trabajó en otras películas de relieve. Pero es que El evangelio según San Mateo deja igualmente perplejo tanto al creyente como al ateo. Caso contrario es el de Max von Sydow, y su intelectualizada aparición en La historia más grande jamás contada, de Stevens. Para Sydow no supuso un lastre interpretar a Cristo, pues su carrera ya estaba justificada por las obras maestras que realizó con Bergman. Para mí, sin duda, el Cristo más convincente que ha llegado a la pantalla ha sido Jim Caviezel. Actor, que si encontró en la propia Pasión de Cristo su consagración profesional, al concluir ésta fue eximido de colaborar en películas de relieve y encasillado en trabajos de no mucho éxito de taquilla. Parte de tal responsabilidad, recae en el propio actor, pues su trabajo en La Pasión...significó una experiencia radical en su vida. Su fe se vio fortalecida, y halló en la divulgación de ésta un fructífero ministerio. Se sabe que la experiencia de la Pasión..., de Gibson, fue clave para no pocos de sus intérpretes. Convirtiendo el rodaje en un antes y un después en la vida espiritual de varios de sus actores. Cabe preguntarse que ¿ quién llevaba verdaderamente la dirección en dicha película? Gibson anuncia la continuación: esta en vías de rodarse La Resurrección...Director y actor tendrán que esmerarse al máximo. En cualquier caso, antes de comenzarla cabría encomendarse a Dios. La Pasión, de Gibson, es sin duda el acercamiento evangélico de más vívida fe en la historia del cine. Sus impactantes imágenes hablan directamente al corazón de los creyentes; han pasado a formar parte de la iconografía cristiana del siglo XXI, como lo fueron las de Caravaggio o el Greco en otras épocas.

Sobre el Canto General, de Neruda

Oigo una disertación de Zurita sobre el Canto general de Neruda. Si en la Residencia en la tierra nos habla el poeta singularizado, personal, en el Canto general habla el plural, colectivo. Neruda en su poesía pretende que a través de su voz hable el sentir de América latina. El poeta se trasciende y asume la hermandad de todos sus pueblos. Pero es una voz que no comprende  el continente de manera global, sino que rompe su lanza en pro del oprimido, del desfavorecido, de las muchedumbres y no de las élites. Porque éstas ya tienen a Ercilla y su Araucana. Neruda se alzó como el adoctrinador del pueblo en marcha, y en este sentido su poesía es parcial e ideológica. Después de saborear La Residencia en la tierra, que gozó de mi entusiasmo, cuando me dispuse a leer el Canto general sentí que sus versos no llegaban a cuajar en mí; los notaba distantes, como si no me incumbieran. Y algo hay de esto, pues las magnitudes y latitudes americanas poco tienen que decir a un europeo, a un mediterráneo, que se mueve en coordenadas distintas. Me ocurre a mí, que me pilla a miles de kilómetros, y cuya cultura se asienta en basamentos y tradiciones bien distintas, pero también les ocurrió a Borges y Paz, quienes no ocultaron sus remilgos. Confieso no haber leído el Canto general en profundidad, pero si he leído y escuchado, casi obsesivamente, el poema Alturas de Machu Picchu. Es quizá el único poema que nos hace olvidar el pathos existencial de la Residencia en la Tierra. En Alturas de Machu Picchu Neruda crea una poesía diferente, primordial, que alcanza casi lo trascendente. Acierta con un supralenguaje que puede nombrar lo innombrable. En su voz se celebra América hasta en sus orígenes, y su dolor y sufrimiento se redimen en la voz del poeta, atento a la herida y al grito, a la fatiga y el sacrificio, congregándose en el abrazo fraternal y en su latido de esperanza. En el verbo del poeta clama renovada la desesperación de un pueblo acallado bajo el paso devastador de sus conquistadores. Son las dos voces de América que tratan de convertirse en una.

Escapadas futuras

Me han regalado unas estancias de varios días por Europa. Nunca había gozado de semejante oportunidad. La mayoría de mis viajes supusieron siempre un estipendio gravoso para mis arcas.  Dado que puedo elegir destino, el escrutinio es más complejo de lo que parece. ¿Ir a algún lugar nuevo, que no conozca? Esto sería lo más recomendable. Pero, ¿de toda esa Europa que ya han  hollado mis plantas, dónde me gustaría ir? ¿Roma, Atenas, París, Londres...? Tengo buenos recuerdos de Florencia, Brujas, Praga. Mas ¿por qué no escoger un lugar desconocido: Berlín, Estocolmo, Moscú...? Esto me recuerda la capciosa pregunta: ¿Qué cosa, o que libro se llevaría a una isla desierta?
Y hablando de islas, no estaría de más unos días relajantes en Capri, que nos resarcieran de melancolías y nostalgias. Largos paseos por los jardines de Augusto y Marina Píccola, tomar un helado en la Piazzeta, navegar por  sus aguas turquesa, o visitar villa San Michelle o la morada de Neruda. ¡Vaya tío! ¿Quién pudiera tener amigos como los suyos, que nos prestaran una casa en Capri? Verdaderamente, Capri sería un paraíso si...Quien dice Capri puede decir Míkonos o Santorini. Aunque si tengo que elegir, no se si Grecia sería la elección más deseada. ¿Dónde pasar unos días que nos colmen, que nos recarguen las pilas, donde encontremos un goce lo más parecido a la felicidad? Mi primera impulso fue regresar a la vieja ciudad; tal vez en ella me reencuentre conmigo mismo. Allí dejé algo pendiente; también dejé parte de mí. Ver Venecia y morir. Pasearíamos Le Zattere, con permiso de Brodsky. Trataríamos de encontrar las huellas de Ezra Pound. Visitaría San Rocco contemplando junto a James la Crucifixión, de Tintoretto. La Salute, el Bacino, San Marco, Rialto.
Cierta comodidad sentimental me hace arrimarme a semejante querencia. Cuando digo música, digo Venecia. Es una ciudad que me viene como anillo al dedo. Sus canales, sus góndolas, sus palazzos, sus chiesi. Aznavour. Esto es demasiado evocador, y quizá necesite, gozando de la libertad de recién jubilado, de estímulos nuevos, de horizontes distintos. ¿Qué hacer? El tiempo lo dirá. Me llama mucho Estambul. A pesar de Joyce, Dublín no me tienta lo suficiente. ¿ Ciudades del Báltico? Petersburgo ya no debe parecerse a la de Dostoyevski. Hay quien se va a Cracovia, pero qué se me ha perdido a mi en Cracovia.

Wagnerianas III: el rol de Wotan

Son múltiples los cantantes que han asumido este personaje. Sin duda constituye una de las cumbres para todo barítono-bajo. Guardo en mi discoteca particular distintas versiones, conducidas por la batuta de los más reputados directores. Kraus parece apostar por Hotter, Fürtwangler por Frantz, mientras que Leinsdorft y Solti combinan a Hotter y London.
Hacía tiempo que no escuchaba el anillo de Fürtwangler, en la grabación que realizara en la Scala de Milán, y me ha sorprendido la soberbia interpretación de Frantz, a la vez vigorosa y matizada.  Crea un Wotan convincente y sobrepasa el listón en todo momento. Es una lástima que aquellas voces legendarias hayan desaparecido. La de Frantz y Hotter, la de London y Frick, la de Greindel, etc...
Fue la época dorada del arte wagneriano, que supo sobreponerse al ocaso de los dioses nazionalsocialistas. En este momento suena el cd y la voz cálida e imponente de Frantz lo envuelve todo, transmitiendo una atmósfera de ensoñación y misterio. Brunhilda yace profundamente dormida, ajena ya a la invocación de Wotan reclamando a Loge. Pronto la peña de la inmolación arderá preparando el camino de la leyenda.  Suenan las trompas recalcando la voluntad de los dioses. Los flautines trasmiten el sincopado crepitar del fuego mientras Wotan se aleja esperanzado de poder salvar al Walhalla de su ocaso, dejando a la walkirya durmiente protegida por el círculo de fuego, que sólo logrará atravesar el ungido entre los héroes.

Tarde de sábado, tarde de libros

De nuevo esta tarde de sábado he trashumado por los templos alicantinos de los libros. Yo los llamo templos, otros los llamarían antros. Los llamo templos porque para mí los libros suponen ya casi una religión. No sabría vivir sin ellos. Leer para mí es una función más de mi organismo, que lleva aparejada la tarea de escribir. Es necesario leer para que el flujo literario fluya. Los escritores rojos no creen en la inspiración; idólatras de las peroratas marxistas sobre el trabajo, todo lo cifran en el esfuerzo del obrero. Considerar la inspiración como derivada del trabajo me parece una apreciación inexacta. Aseguro que no pocos de mis poemas me han venido espontáneamente a los labios, como resultado de una corriente misteriosa que brota desde lo más profundo. Viene a ser como el soplo del Espíritu, cuyo viento no se sabe de dónde sopla y adónde va.
Sobre mi mesa de trabajo se apilan los libros, pues tengo la costumbre de leer varios a la vez.
Estoy dando cuenta de un estudio sobre Egipto, firmado por un tal Kurt Lange. La literatura sobre el país del Nilo me apasiona. Reconozco haber llegado tarde a esta materia, pues me rezagué absorbido y fascinado por el mundo clásico. Egipto fue ganando puntos desde que empecé a mostrar interés por la arqueología. El correo me ha traído El viaje sentimental a Egipto, de Terençi Moix, o del Nilo como el mismo se califica. Seguí una serie de programas que hizo para televisión sobre Egipto. Su fervor por el país de las dos tierras casi lo redime de otras facetas suyas menos agradecidas. Reconozco que su estilo, que pretende ser epatante, recargando el aguafuerte erótico, me coarta un tanto su lectura. En su obra No digas que fue un sueño, el descarrío dionisíaco de Marco Antonio llega a cansar. Terençi, echa un poco el freno, pues lo reiterado en lo lúbrico no tiene medida.
Como compra de última hora he adquirido el Don Juan, de Moliere, editado por austral básicos. Este Don Juan fue el que inspiró a Da Ponte y Mozart su Don Giovanni. Y el Burlador de Tirso fue el que fascinó a Moliere. Los franceses siempre andan tras de lo hispano. Moliere y Don Juan, Corneille y su Cid , Merimé y Carmen, Hugo y Ernani, Stendhal y el Farnesio para la Cartuja de Parma. Y es que Beyle veneraba nuestro talante, nuestro sentido del honor del que tanto bebe su Julián Sorel.
Releo Cumbres borrascosas. Su deriva romántica siempre me fascinó. La figura morbosa de Heathcliff y sus amores morbosos hacia la difunta Catalina, pese a su desmesura demodé, me siguen encandilando como lector. Las Brontë tienen un no sé qué que las vuelve afectuosas para el adicto. 
Cuando uno quiere encontrar en la novela una atmósfera cálida y acogedora, de saloncito burgués con brasero, tendrá que remitirse a ellas. Como lector me siento cómodo entre las faldas; su punto de vista levanta bambollas que pasa por alto todo escritor varón. El Bloomsbury de Virginia Wolf siempre resulta gratificante; con ella la mujer rompió la barrera discipular para convertirse en magister. Libros, libros...la vida estaría vacía sin ellos o cuando menos más indigna  de ser vivida, y en esto siento disentir de Nietzsche, quien renegaba de toda viciosa erudición libresca. Trapiello dice que el libro es palabra muerta. En este sentido cifró el filosofo alemán la letra impresa, ese roer incansable de la filológica ratería de biblioteca que conforma a la especie del erudito, en conflicto radical con la vida, con toda palabra viva.

El amor, ley de la vida, de Toyohiko Kagawa

Rebuscando en el librero de mi padre he rescatado el libro que en una entrada de blog anterior recordaba como una obra sugestiva, que cautivó mis exigencias de lector incipiente. Se trata del libro El amor, ley de la vida, del autor japonés Toyohiko Kagawa. En el prólogo se acomete una sucinta semblanza biográfica del autor. En el mundo han existido hombres extraordinarios cuya memoria sucumbe ante el indiferente devenir. Por lo que puedo leer, Kagawa era toda una personalidad; autor prolífico, escudriñó en ramas muy diferentes del saber. Raramente para un nipón, le salió al paso la figura de Cristo. Fervoroso por su doctrina, buscó las maneras más idóneas de servirlo. Desheredado al parecer por no querer renunciar a su nueva creencia, casi en la indigencia apostó por abrazar la causa de los pobres, que en el Japón de entonces eran legión. El celo por servir a sus semejantes, le llevó a convertirse en un agitador social. Estuvo en varias ocasiones preso, en defensa de la clase obrera.
Toyohiko Kagawa atesora en su prosa todo el misterioso encanto de la literatura japonesa, que también podemos encontrar en autores como Mishima y Kawabata. Posee esa sutileza oriental tan rica en matices y tan ajena a nuestra mirada positivista de interpretar el mundo. En cuanto pueda releeré el sugestivo libro de Kagawa, que espero sea tan estimulante como fue su primera lectura en esas edades que pertenecen ya a la añoranza. Por cierto, he estado buscando el libro en las redes; ya descatalogado, el ejemplar debe constituir toda una rareza.

En busca de un retrato de Hesse

Concluyo de releer Peter Camenzind, y el correo me trae una conferencia filologica de Nietzsche sobre Homero, escrita durante su época de docente en Basilea. La escribe el erudito que acaba de atravesar el umbral del filosofo. La leo en media hora.
Sobre la novela de Hesse,  que acaso fue su primer relato de éxito, reconocemos en ella el sustrato embrionario de su obra posterior. Se reconocen pinceladas de su biografía, de cuando ejercía como dependiente de una librería, y vagabundeaba de una parte a otra sin encontrar su norte. Es un homenaje a la Suiza que lo adoptó, a sus paisajes inauditos y a sus gentes condicionadas por la peculiar orografía del país. Gentes apegadas a la tierra, a sus valles y sus riscos, a sus lagos y torrentes, a sus gargantas profundas y a sus cumbres nevadas. Fue esa una época en que Hesse peregrinaba buscándose a sí mismo. Por un tiempo se identifico con los paisajes de Italia,  con las veneradas sendas donde peregrinó el santo de Asís. En mi biblioteca se echa en falta el libro que escribió sobre el poverello Francesco. Como también  la crónica de sus viajes a Italia, que recogió en un libro que tuve entre mis manos en Nuremberg, y que desgraciadamente no compré, objetando que estaba en alemán. Creo que no está editado en castellano. Aunque hoy mi pasión por Italia permanece en cuarentena, si alguien sabe algo de este libro, ilustrado con fotos recogidas en los lugares clave de la península, le agradecería que me pusiera sobre la pista. Lo pagaría bien. Como asimismo deseo adquirir un buen retrato de Hesse, de  tamaño moderado, pues pasando lista sobre aquellos escritores decisivos en mi vida, creo que él fue mi primer descubrimiento y su influencia tan profunda o mayor a la de Dostoyevski. Lo digo en serio, si alguien posee un buen retrato de Hesse, me alegraría que se pusiera en contacto conmigo, a través de los comentarios en el blog mismo y estoy seguro de que llegaremos a un arreglo.

Sed de bien

Sed de bien
Busqué el amor en la ira.
Busqué consuelo, sin fruto.
Busqué esperanza en el duelo,
comprensión a ultranza,
agua de vida en el luto.
Busqué en el infierno el cielo.
Busqué la paz en la matanza,
raciocinio en el bruto,
en el igual encontré desemejanza.
Busqué honestidad en los celos,
integridad en el disoluto,
cumplimiento y no añoranza.
Busqué en la mujer lealtad;
en el error, la verdad,
en el vacío, el absoluto,
Busqué para el dolor  compasión.
Busqué lo ideal en lo vano;
en la condena, salvación,
juventud en los postreros años.
Busqué compañía en la soledad;
en la compañía, soledad.
Quisiera que, por un día,
no se cumpla esta contrariedad
y encuentre amor en la ira...

LOS DOS MUNDOS

Cobra cierta realidad en mi vida uno de los capítulos iniciales de la novela de Hermann Hesse, Demian, titulado los dos mundos. Como Sinclair, también conocí la incertidumbre de esos dos caminos. El de casa estaba determinado por la pulcritud evangélica, la asistencia periódica a los cultos, la lectura frecuente de la Biblia, y la prolongación de los usos cristianos en el hogar, cuyo comedor estaba presidido por un rótulo con la frase "Dios es amor". En la mesa se oraba antes de comer, y a menudo acudían grupos de la iglesia para realizar estudios bíblicos y reuniones de oración. Sobre el cabezal de la cama de mis padres colgaba la desnuda cruz de la Reforma. Era una sencilla cruz negra de madera, que destacaba sobre un modesto mobiliario de los años 60. En la película de De Sica, Ladrón de bicicletas, se reproduce una habitación matrimonial bastante semejante a aquella.
La casa se hallaba en el por entonces suburbio alicantino del Pla, y trescientos metros más allá se abría el despoblado.
Por las enseñanzas recibidas yo sabía que existían dos realidades: la iglesia y el mundo. Mis padres se guardaban de que los frutos recibidos de la primera no se vieran contaminados por las plagas del segundo. Pero las asechanzas de éste estaban demasiado cercanas; bastaba salir a la calle. En ésta campeaba una sociedad regida por una ley diferente; su doctrina era otra; también su moral. Moral que en el mundo a su vez se diferenciaba según el estrato social. No era la misma para un empleado de banco que para un gitano. De estos podían, entonces,  mediados de los 60, esperarse las peores perversiones condenadas en la Biblia. La moral de los niños de la calle se regía por la vieja ley del ojo por ojo. Había algunos golfillos verdaderamente de temer, los cuales con el andar del tiempo dieron con sus huesos en algún reformatorio. Aquella era una lucha titánica, entre el cristianismo que
trataba de ahormar nuestros instintos y el mundo que te decía, te espero, ante ti se abre el frenesí de la vida.
Mientras mis padres pudieron controlarme, mi vida se atuvo al evangelio. Pero como tantos otros, el furor y el anhelo juveniles, el amanecer del sexo, el cual se desconoce en toda su dimensión, y la austeridad del cristiano frente a la exuberancia del mundo, propició que al final te vieras lanzado al vértigo del mundo, demonio y carne. Y así de maltrecha quedó al cabo el alma.

Unos de los ejemplos de aquella rebeldía se dio durante el transcurso de mi educación, en la escuela.
En la niñez fui un niño aplicado pero no muy brillante, que trataba de emular las buenas notas de su hermano. Pero ya en la pubertad, el muchacho decoroso se fue torciendo un tanto. Llegó un punto en el que no podía soportar la disciplina escolar. Mi mente estaba en otras cosas. Me sentía incomprendido en un mundo indiferente de mi intimidad. Por aquel entonces, como desatendía mis deberes y alguna de las materias se me hacía muy cuesta arriba, opté por transgredir la norma y fugarme con frecuencia de aquellas clases en las que podía verme comprometido. En vez de tomar el camino del instituto, me dirigía hacia el puerto y la playa, cuando no a ese campo no muy distante del hogar. Acaso se me pueda recriminar por ello, pero recuerdo aquellos momentos frente al mar o respirando el aire puro, tumbado sobre la hierba, como más provechosos al cabo de los años que todas las arduas clases de matemáticas o gramática. En esas escapadas saboreé el gusto de la libertad, la bondad de la naturaleza frente a una sociedad compleja y coercitiva que estaba muy lejos de comprender. Estaba escrito que para encontrarme tenía primero que perderme.


El Verbo

Soy hombre habituado a tratar con las palabras. Desde siempre éstas tuvieron para mí una especial fascinación. No es raro que al cabo de los años me decantara por la tarea literaria. Creo que desde que tuve conciencia de mí, que fue en la crisis de la pubertad, me animó el deseo de discernir el laberinto del lenguaje. Fue entonces cuando me decidí a leer, reconociendo que mi espíritu necesitaba de ese alimento. Concluí que jamás podría sobrellevar el yermo de un entendimiento lego. En un principio resultó arduo penetrar el misterio del idioma. La educación recibida estaba llena de lagunas. Mi léxico era deficiente. Toda lectura reclamaba la ayuda del diccionario. Mi índice de lecturas se centró
durante este primer acercamiento en los clásicos y otros libros más comerciales de bajo precio. Leí casi por entero la biblioteca de mi padre, que no era muy cuantiosa y que se nutría principalmente de literatura cristiana. En lo profano, recuerdo una biografía de Villaespesa, otra mejor encuadernada de don Álvaro de Luna, Platero y yo, cómo no, el Quijote, y un ensayo evangélico de un autor japonés que me cautivó. Su principal atractivo era su buena prosa y una sutileza poética muy oriental. Ya he dicho con anterioridad que el libro rompedor en estos primeros años fue La vida del Buscón, de Quevedo, cuya óptica esperpéntica complementaba nuestra mirada crítica y cáustica del mundo. Por ese tiempo se editó la colección económica de libros RTVE. Estos me propiciaron la primera gran zambullida seria en el mundo de las letras. Fue mi primera lectura de Sonata de Primavera, de La Busca, de Trafalgar, de Las Florecillas de San Francisco, de El jugador. etc. Hoy habito una casa repleta de libros. Su verbo habla directamente a nuestro intelecto, ¿por qué no? a nuestra sentimentalidad, amplía nuestros horizontes culturales. Nos afirma como hombres en cuanto somos  cultura. Pero existe otro verbo que conocí desde bien niño. Que también se trasmite a través de un libro: El Libro: La Biblia. Esta, singularmente, se constituye por una palabra, pero una palabra viva que habla directamente al corazón. Cuando oímos un homilía o un sermón, lo reconocemos al igual que cualquier otro discurso retórico compuesto de oraciones y vocablos que tal vez no nos digan nada, o acaso lo mismo que el discurso de cualquier otro libro. De boca del predicador surge una disertación que nuestra mente juzga aleccionadora o edificante moralmente. Pero he aquí que intercalado en dicho discurso se cita este o aquel fragmento del libro sagrado. Entonces esa frase, acaso conocida, escuchada más de una vez, penetra en nuestro "corazón" con la puntería de un dardo, impregnada su punta con un insospechado misterio que nos estremece, que sacude nuestras emociones hasta hacernos verter lágrimas sin motivo aparente. ¿ Será éste en realidad el Verbo de Dios? No sé si a otros les ha ocurrido. La prosa nos deleita, la poesía, emociona; pero, amigos, el verbo evangélico es otro "Verbo".