La muerte del recluta Duréndez (conclusión)

La muerte del recluta Duréndez (conclusión)
Era obvio que el cabo Badillo dormía profundamente en la litera cuando se produjo el disparo. Esto bastaría para empurarlo. Según él, no oyó nada, como tampoco lo hicieron el resto de los componentes de aquella guardia. Quedaba claro que callaban por temor o solidaridad. Nadie quería verse involucrado en tan turbio asunto. Ante la ausencia de testimonios no había forma de probar si aquel disparo fue voluntario o fruto de un lamentable accidente. Bermúdez y Galindo estaban in alvis, pero les  había tocado el mochuelo. Galindo juraba que no  conocía al soldado, que apenas había reparado en él al montar aquella guardia en la fría mañana invernal. A Rueda no se le escapaba que le tocaba indagar  entre los mandos de la segunda compañía para sacar algo en claro, interrogar a cualquiera que pudiera detallar un informe sobre el recluta Duréndez.
Los primeros indicios sirvieron para establecer un primer retrato robot sobre la personalidad del soldado. Se supo que había pasado desapercibido en la compañía; respondía a las características propias de joven gregario, retraído y silencioso. Su suboficial, el sargento Ruano, lo catalogaba como unos de esos reclutas que, pese a los tres meses de campamento, aún siguen con la berza, son remisos en el cumplimiento de las órdenes, pierden habitualmente el paso durante la instrucción y parecen negados para afrontar la pista americana. "No niego, dijo, que en algún momento tuve que reconducirlo  a la disciplina. Se necesita cierta dureza para enderezarlos." Rueda comprendió enseguida, familiarizado como estaba con los métodos de los chusqueros. Estaba claro que el soldado Duréndez había padecido las bravatas de Ruano, hasta un punto que acaso hubieran vulnerado su amor propio. Pero todo ello era corriente, menudencias de cuartel, trapos sucios con los que trapichean mandos y soldados. Ruano saludó al capitán con su habitual desdén chulesco y se marchó. Rueda persiguió el deslizarse de sus de sus botas mientras se encaminaba tras él a la segunda compañía.  El capitán aprovechaba  las horas de instrucción de los soldados en la explanada para que sus pesquisas resultaran lo más discretas posible. Al traspasar la entrada de la compañía, el ujier de servicio en la puerta vociferó: "Compañía, el capitán.".  Una luz tenue filtraba por los anchos ventanales rematados en ojiva y por cuyos cristales resbalaba la lluvia. Rueda advirtió la presencia de algunos soldados inhabilitados por baja médica que, tras el saludo reglamentario, se  guarecían tras las literas como bajo un caparazón. El capitán con una llave proporcionada por el cabo furriel se abrió camino entre éstas hasta la taquilla del soladado Duréndez. Introdujo la llave en la cerradura y abrió de par en par. Examinó el interior sin saber bien lo que buscaba; en cualquier caso, esa razón última que no estaba seguro de encontrar. Advirtió en aquel espacio estrecho y umbrío sobre todo desorden, ropa amontonada con negligencia, con esa negligencia fruto del desinterés, de la provisionalidad. Descubrió sobre la leja los productos de aseo y un conjunto de libros amontonados. Ni una foto de mujer, ni siquiera un pequeño calendario porno.  Hojeó los títulos de los libros con interés, convencido de que la índole de éstos le proporcionaría alguna pista decisiva. Le sorprendió la enjundia de aquellas obras; había títulos de Nietzsche, Hesse, Rimbaud. Cuando se disponía a posarlos de nuevo en la leja, un papel doblado se precipitó al suelo. Era un hoja de bloc escrita por ambas caras; su contenido, una dolorosa carta de amor no correspondido. El descubrimiento le pareció de sobra esclarecedor al capitán, de modo que desistió de proseguir con la inspección y ordeno al cabo furriel que preparara un petate con todas las pertenencias del soldado Duréndez.

Rueda ya maduraba que la verdad podría ser demoledora, cuestión que vinieron a confirmar los testimonios de algunos soldados que mantuvieron alguna relación con el difunto. Todos coincidieron en considerarlo un carácter extraño, bastante insociable, que se aislaba en el hogar del soldado apurando cubatas en cantidad y abstraído en pensamientos que nadie a su alrededor pudo desentrañar.
Paso a paso la probabilidades de que aquella muerte brutal se debiera a un suicidio se iban consolidando. Pero Rueda ya  entreveía con lucidez aplastante que tal evidencia no beneficiaba a nadie, ni a sus padres, que no hallarían jamás consuelo, ni a los oficiales de guardia aquella noche, que verían emborronada su hoja de servicio, ni al mismo regimiento, cuyo historial quedaría mancillado por la huella de aquel luctuoso incidente. Cuando regresaba a la residencia de oficiales aquel ocaso lluvioso, ya sabía lo que expondría a la mañana siguiente en el despacho del coronel Arce de Haro: la resolución inapelable de la que la muerte del soldado Duréndez había acaecido por un desafortunado accidente fortuito. Capitanía se encargaría luego de comunicar el parte al juez instructor.
                                             
                                                                  FIN

La muerte del recluta Duréndez (Continuación...)

La muerte del recluta Duréndez (Continuación...)
El capitán Rueda recibió a los familiares del soldado Duréndez en el depósito municipal. La autopsia se demoraría algunos días. Observó el rostro afligido del padre, contraído en una tensa mueca. La madre, sin poder contener las lágrimas, se sostenía en el brazo  de su otro hijo, fatigada por el dolor y por el largo viaje desde Guadalajara. Rueda les confirmó la consternación que había supuesto la muerte del joven soldado en el cuartel. Expresó que se investigaría hasta el final, hasta esclarecer los hechos.
Como a las doce, se vio libre de su gravoso cometido. Solo tuvo tiempo para comer antes de entregarse a la exhaustiva tarea que le aguardaba. Desentrañar la verdad de aquella muerte era la ardua misión que le había impuesto el coronel Arce de Haro. Conocía los límites; se imponía ante todo velar por el prestigio del regimiento sin ignorar la ordenanzas. Sabía hasta dónde podía llegar, cuáles eran los bordes de lo conveniente. Después de todo, ¿no era acaso la muerte el precio de ser soldado?
Por su despacho en el regimiento fueron desfilando uno por uno los involucrados en el caso: el teniente Bermúdez,  el suboficial Galindo, junto a los soldados que prestaban servicio aquel día en Pumarín, empezando por el cabo Badillo, que descubrió el cadáver. Pero como hombre escrupuloso que era, el capitán no se conformó con eso. Indagó quiénes eran los próximos al difunto en la compañía, neófitos y veteranos, aunque se temía que, debido a lo reciente de la incorporación, los lazos de compañerismo que surgen entre la soldadesca no habrían consolidado del todo. Sabía de sobra que si no esclarecía los hechos se levantarían diligencias procesales, con el consiguiente descrédito del acuartelamiento. Y eso era lo que había que evitar, por bien suyo y por el del ejército. Tenía presente que la institución estaba en el punto de mira de la marea política que trataba de imponer un nuevo orden democrático.  Labor suya era demostrar  que el ejército hoy  día no era el arcaico feudo de Drácula, con sus terrores y su mazmorras, sus torturas y telarañas. El capitán Rueda sabía que por edad pertenecía a una nueva generación de militares. Asumía los valores de viejo ejército, pero era consciente de que su carrera se desarrollaría en ese futuro que apenas se vislumbraba. El ejército no podía ser ajeno a los tiempos, y como todas las cosas tenía que evolucionar. Rueda estaba dispuesto a que ese futuro que había que asegurar, no se le escapara de las manos.
Conocía de sobra la tradición castrense acerca del coraje, médula en la que se basaba la virtud del soldado. A ese valor que se le suponía al recluta siempre se le presentaba el momento de la prueba. El ejercito era el yunque donde se forjaban y templaban las capacidades del verdadero soldado. Aplicando el reglamentario adiestramiento es donde se separaba el trigo del salvado. Durante la instrucción se liman las aristas,  se desarraigan los vicios, se despabilan la indolencias, hasta alcanzar ese ideal de soldado competente y útil para la patria. Probablemente el soldado Duréndez no fuera más, como se le escapó al comandante Álvarez Castro, que un maldito cobarde. Pero, íntimamente, para Rueda,  aquel óbito, arbitrario a todas luces, sólo era el síntoma de unos engranajes desgastados, de unas políticas castrenses que comenzaban a hacer aguas y reclamaban una renovación. La hierática figura del teniente Torres, cuando se cuadraba ante él con patetismo de muñeco mecánico, con la subordinación ciega de esclavo del deber, no era si no la muestra de aquellos viejos valores fosilizados,
estertores últimos de una dictadura legendaria cuyo tiempo periclitaba.

La muerte del recluta Duréndez

Lo encontraron muerto en la garita. Lo descubrió el relevo de las cinco. El cabo guardia advirtió las largas piernas asomando sobre la tierra húmeda, mientras el cuerpo quedaba oculto en el angosto recinto, enfundado en el grueso abrigo colectivo, yaciendo sobre un charco de sangre. Se había descerrajado una bala de cetme bajo la mandíbula, que le había atravesado la cabeza, con salida por la región occipital. El cabo Badillo había maldecido, y soliviantado corrió hasta el cuerpo de guardia, en busca del sargento. Gesticulaba ante el suboficial, reiteraba: "¡Se ha matao! ¡El chivo se ha matao!"
El soldado muerto se llamaba Martín Duréndez Anchón, y pertenecía a la segunda compañía del regimiento del Principe. Cumplía sus primeros servicios en el cuartel, tras su reciente incorporación desde el centro de adiestramiento de reclutas del Ferral.
El sargento Galindo, ciertamente aturdido, sentenció: "Badillo, no toquéis nada", y salió precipitado del cuartel en dirección a la residencia de oficiales, donde el mando pertinente cumplía como mejor podía su jornada de servicio. El teniente Bermudez no dormía, pegado a su radio portátil escuchaba el programa de transición musical que precede a las noticias de la 7 am. Galindo golpeó levemente la puerta con los nudillos y accionó en seguida el picaporte, entrando en el cuarto emitiendo la usual frase protocolaria: "¿Da usted su permiso, mi teniente". "¿Sabe qué horas son, sargento?", espetó Bermúdez. "Mi teniente, hemos tenido una baja. Un novato se  ha volado los sesos", expresó Galindo, consternado.  "¡ Qué me está diciendo!", se alarmó el teniente ."Ha sido en el puesto de Pumarín, se ha disparado con el cetme", precisó Galindo. "Coño sargento, si en Pumarín nunca pasa nada. ¿Y qué carajo hacía el cabo guardia...? " Lo descubrió cuando hacía el relevo", informó el sargento. "Pero un disparo, Galindo, lo oyen hasta los muertos" "No sé, mi teniente, estoy sorprendido como usted. Nunca se espera uno una cosa como ésta". "¡Habrá que dar parte al coronel!-renegó el teniente y apostilló: "Estas cosas llegan hasta capitanía".
El teniente Bermúdez temía llegar con semejante patata caliente al despacho del comandante, por eso había preparado el camino teléfonicamente advirtiéndole de que había surgido un asunto urgente que debían tratar aquella misma mañana. El comandante, con la despreocupación propia de los superiores, no quiso indagar sobre la naturaleza del asunto.Tomaba el desayuno junto a su esposa, mirando caer la lluvia insistente que enturbiaba el ventanal de su casa, en la calle Uría. "¿Quién te ha llamado, querido", indagó la mujer. "El coñazo de Bermúdez, siempre viene con embrollos y naderías". ¡Qué ganas tengo de que me asciendan para no tener que tratar con cierta gente!

Cuando Bermúdez entró, reciente aún el toque de diana, en el despacho del comandante Álvarez Castro, éste ultimaba unos asuntos con el brigada Cascales, cuya adscripción a intendencia despertaba algo más que reticencias en Bermúdez. Bermúdez se cuadró y saludó, con disciplinada subordinación. Alvarez Castro despidió al brigada, y mientras se retocaba la corbata frente a un pequeño espejo de pared, interpeló: "¿Que se lleva entre manos Bermúdez...?¡Tengo que ver al coronel! " "Mi comandante, aserió el rostro el teniente, un soldado de segunda clase, perteneciente a la 2ª compañía, se ha suicidado". ¿Como sabe que se ha suicidado?,interrogó Álvarez Castro. "Bueno, mi comandante, se ha quitado la vida disparándose con el cetme reglamentario".  "¿Y dónde ha sido?" "Mientras cumplía la guardia en Pumarin". "Y ¿quién le dice a usted que no lo hayan asesinado? O tal vez solo se trate de un accidente". "Mi Comandante, no hay indicios de ello", se excusó Bermúdez. "¡Habrá que investigar!", repuso Álvarez Castro, "Esto no le va a gustar nada al coronel, y menos en los tiempos que corren. Los politicastros de Madrid quieren dinamitar el régimen, y las negligencias como ésta no ayudan en nada a frenarlos. Retírese Bermúdez, el asunto queda de mi cuenta. Avise al Capitán Rueda que le espero en mi despacho".
Rueda era el típico militar de academia, graduado con mención honorífica y con todas las papeletas para cumplir con una carrera meteórica y ascendente. Llevaba con prestancia el uniforme, que se ajustaba a su cuerpo como los del grupo de operaciones espaciales. Su mirada escrutadora, se ensombrecía bajo la visera de la gorra, algo ladeada, sobre las que deslumbraban tres relucientes estrellas de seis puntas. Alvarez Castro le encomendó que se ocupara personalmente de aquel desagradable asunto. Había que depurar responsabilidades y encauzar la cuestión de la forma menos comprometedora para el regimiento. Un cadáver entre las manos siempre daba mala espina y era contraproducente para la moral de la tropa.
El capitan Rueda sabía lo que se traía entre manos; actuaba con una pulcritud policial. Bajo su supervisión se levantó el cadáver, y envuelto en las ajadas mantas del cuerpo de guardia, fue sacado con sigilo del cuartel en un vehículo de servicio. Los labios de los soldados pertenecientes al retén fueron sellados con amenazas de arrestos y rescisión de permisos, el teniente Bermúdez arrestado a banderas, y el sargento Galindo y el cabo Badillo relegados a cocinas. Sobre el soldado Martín Durendez se anunció durante la lista de retreta que había sido trasladado a otro destino. Se levantó un confuso ronroneo entre la tropa, que aplacó el sargento de semana a la orden de: ¡Firmes, ar!
Cuando se rompieron filas nadie exclamó el jubiloso: ¡Aire!

Demian y Julio Cortázar

Recientemente he escuchado una entrevista realizada a Julio Cortázar, en la que se recababa su opinión sobre la obra de Hermann Hesse. Teniendo en cuenta que la divergencias entre ambos autores es evidente, no extrañan las conclusiones reticentes del argentino acerca del renombrado Nobel. Aclara Cortázar que sus lecturas de Hesse se limitan a su  temprana novela Demian. Reconoce en ésta el carácter didáctico dirigido hacia una juventud desorientada, a la busca de unos asideros, no del todo fundados, a los que agarrarse. En su origen, la novela trataba de orientar a esa juventud alemana de entre guerras, que tras la derrota del 18 había perdido los valores fundamentales y divisaba unas metas cuando menos difusas. Hesse trata de aportar caminos nuevos por los que conducir a esa maltrecha juventud, suscitando distintos ideales de los barajados hasta el momento. Cortázar, en este punto, es tajante; rechaza tales alternativas y las considera un fraude.  Considera denostable el indefinido discurso metafísico de Hesse, que se pierde en vagas insinuaciones y en teorías inconcretas. Como libro formativo, lo considera poco recomendable para una juventud que trata de definirse en la realidad del mundo. Le parece que Hesse habita paralelos universos inexistentes. Descubre en el libro, aun reconociendo su habilidad narrativa, directrices absurdas, inverosimilitud en sus personajes e incongruencias de sus tesis. Advierte de que en el libro se aprecia una homosexualidad latente.
La critica de Cortázar viene a ser válida para todos aquellos que siguen rumiando los agostados pastos del materialismo histórico, y que no reconocen más vía que una dialéctica combativa. Hesse propone en Demian un vuelco para esa sociedad que, en su lucha fratricida, solo conseguirá desangrarse por sus heridas. La vía de Cortázar no es la utópica, sino la revolucionaria. Hesse apostaba por un nuevo hombre, aunque queda claro que el horizonte discernido al final de la novela no despierta demasiadas esperanzas y sí demanda precavidas cautelas. Está claro que lo que a Cortázar molestaba de Demian era su éxito fulgurante, su condición de bebedizo de las inconformistas capas de las juventudes norteamericanas, que tenían al escritor germano como el nuevo guru. La obra de Hesse sigue siendo válida para quienes continuamos buscando una salida en el torbellino devastador del mundo y nos acucia una respuesta para el hombre total al que aspiramos y cuyo postulado no alcanzan a definir las ideologías.

La muerte de Alejandro

Sé que la fiebre es alta: me hace delirar. No reconozco el lecho donde yazgo, pero sé que allí fuera palpita Babilonia, con sus calles transitadas, su mercados bulliciosos, sus palacios y sus cloacas. Sí, la frente me arde, y mis ojos se nublan; solo distingo sombras entre quienes me rodean. Deben ser ellos, los que siempre estuvieron avizores por verme hincar la rodilla. Me cercaban como alimañas cuando caía herido en la batalla; sé que ya entonces deseaban repartirse mis despojos. Me siguieron como una jauría sumisa mientras yo lo les proporcioné la meta de sus ambiciones. Entonces eran como halcones sobre el brazo del gran cetrero, dispuestos a abalanzase como saetas sobre la caza, sobre los ejércitos numerosos. Acatando mis dictados, los límites del mundo se achicaron, todos los pueblos se plegaron al yugo de Macedonia. La inexpugnabilidad de la falange desbarataba todas las estrategias. Fue un sueño que ni mi padre pudo nunca imaginar; su ambición se hubiera conformado con las arcas del gran rey. Jamás hubiera osado rebasar las montañas orientales, adentrarse en sus impenetrables selvas, acampar en los fértiles valles de los grandes ríos; jamás hubiera imaginado el otro mar por donde el sol despierta. Pero todo esto parece ya lejano; lo único real es mi cuerpo postergado, los dolores, la fiebre, las llagas; las piernas debilitadas que apenas pueden ya mantenerme en pie. Oigo voces, como si resonaran confusas bajo una bóveda. Noto el contacto de médicos y chamanes; siento las punzadas de sus estiletes en mi vientre, sobre mis venas; el olor de los ungüentos se entremezcla con los del sudor copioso, mis vómitos y mis heces. Sí, fuera late la vida de la mítica Babilonia. Durante un tiempo yo fui su Dios: desde Egipto a Ecbatana me adoraron con la propia docilidad oriental. Ahora aguardan mi muerte para desterrarme de su panteón. Marduk y Amón sintieron celos de Alejandro, y acaso para vengarse han tramado este castigo. Hay sombras que vienen y van; se escucha  el roce metálico de las armaduras, sus voces susurrantes. Sus cuerpos se inclinan y auscultan en mi agonía la proximidad de la muerte. Cuchichean cómplices contraseñas que no entiendo. Adivino las turbias imágenes de Seleuco y Antígono. Ahora es Casandro el que ha entrado. A mi izquierda se arrodilla Tolomeo Lago. ¿Y Hefestión? Ah, a Hefestión se lo llevó la parca, esa que ahora se insinúa tras los cortinajes. ¿Y aquellos dos, no son Clito y Parmenio? Esto debe ser la muerte. Alguien me ha arrancado el anillo. Una mano pétrea se aferra a mi garganta. ¡Olimpia! ¡Roxana! Ya está.

Clarines castrenses

Muestra Muñoz Molina, en su libro Ardor guerrero, un recuerdo vívido del período de la mili. La mili que nos describe en su relato es la que se corresponde a ese tramo temporal que fue de la muerte de Franco al referendum constitucional. Coincide de pleno con esa mili que  me toco a mí vivir. Recuerdo que el plebiscito se  produjo durante mi estancia en el cuartel, cuyos mandos, algo alborotados, no dudaron en orientarnos sobre el sentido de nuestro voto. Entre estos, se encontraban los refractarios acérrimos y los fatalistas. Unos, renegaban del nuevo orden, mientras los otros, más prudentes, se resignaban a aceptar lo irremediable. De cualquier forma, su resultado no varió un ápice la índole y el desarrollo de nuestra prestación militar.
Muñoz Molina nos sumerge en la pesadilla de ese impasse cuyo  carácter provisional no anula una huella que se antoja profunda y duradera. Al leer sus páginas revivimos los pormenores de una experiencia cuyo calado comprende una dimensión imprecisa; en realidad, desconocemos los margenes reales de su influencia en nuestras vidas. El hecho de que periódicamente nos visite el sueño de una reincorporación inopinada a filas, nos confirma que el poso de su memoria no se ha borrado de nuestro inconsciente. Tal vivencia onírica reviste el carácter de pesadilla, pues al despertar nos embarga una angustiosa desazón. No basta que el cuartel hoy día haya sido demolido en parte y lo poco que de él queda en pie dedicado a funciones radicalmente distintas. Indefectiblemente, en cualquier noche insospechada regresamos a él, caminamos a través de sus naves, nos reintegramos a su ruda disciplina y nada en el mundo nos puede librar de esa fatalidad trágica.
La mili comprendía dos períodos distintos: El de campamento y el de destino. En el primero se instruía al bisoño recluta en el funcionamiento de la vida militar: protocolo, instrucción y primeras normas para el combate; y en el segundo, encarrilado ya el neófito, se lo ubicaba en el lugar donde mejor pudiera servir a la patria o ser útil en alguna de las tareas encomendadas al ejército. Porque la vida militar es un servicio, función a la que no todo hombre esta dispuesto a someterse. A un joven sediento de vida, poco pueden seducir los marciales cornetines anunciadores de muerte. Para los más la mili se transforma en un desconsolado via crucis hasta que llega la licencia. Licencia con la que creemos que todo ha acabado, porque no reconocemos que la experiencia transcurrida ha transformado nuestro ánimo y nuestra vida de un modo irrevocable, y que nuestro espíritu agredido por la reclusión, la disciplina, la fatiga, la privación, el miedo, habrá perdido su templanza y ya no volverá a respirar el perfumado jardín de la inocencia.

ARDOR GUERRERO

Parece una experiencia común el soñar al cabo de los años con el trauma onírico de regresar por una causa impredecible al cuartel donde cumplimos nuestro servicio militar. Tal coincidencia, que plantea al inicio de su libro "Ardor guerrero" Muñoz Molina, de seguro se repite en aquellos para quienes la mili supuso un serio desgarro emocional o anímico. En mi caso, dicho sueño se ha repetido sobradamente, y del cual he despertado acongojado por la onerosa experiencia.
La vivencia cuartelaria casi siempre resulta árida y desoladora para quienes, debido ha cierta endeblez en el carácter, jamás conseguimos amoldarnos a sus exigencias. Para un joven, lampiño aún, criado entre los algodones de la temperanza burguesa, supone un desgarro tanto físico como anímico afrontar el destierro en un lugar desconocido, entre congéneres igualmente desconocidos, en pro de unas conveniencias e ideales que a buen seguro no comparte.
Pero pese a que aquel amargo trago durante nuestra vigilia parece apurado con creces, suelen renovarse sus secuelas durante el sueño. Algo ocurre en nuestro interior que se resiste a dar por zanjado aquel período coyuntural en nuestras vidas, que visto lo visto parece haber arraigado profundamente en nosotros. ¿Qué supuso para nosotros el servicio militar? En primer lugar rompió
el esquema de nuestras vidas y por primera vez nos obligó a enfrentarnos con nosotros mismos. Allí probamos la consistencia de nuestros fundamentos, nos contrastamos en la experiencia especular de lo humano. El mundo de los sueños adolescentes en los que vivíamos se resquebrajó y por primera vez contemplamos al desnudo el rostro de la vida, el duro aprendizaje de sus limitaciones. Supimos que no éramos lo que soñábamos, y en este descubrimiento se abrió esa herida lacerante para la que el resto de nuestra vida buscamos ese apósito eficaz que la pueda restañar. Todos los remedios resultan baldíos, por eso cíclicamente se repite ese sueño del regresó al viejo cuartel en el que servimos, como si con él perdurara una deuda pendiente. Y, efectivamente, tal es la circunstancia. Su tiempo parece  malogrado, por lo que se impone el ejercicio proustiano de recuperarlo. Asumiéndolo, tal vez la ingrata vivencia se redima en la memoria. Tu flash back, Antonio Muñoz Molina, nos sirve de avanzadilla para reconquistar ese reino malogrado y todavía en carne viva de la memoria.

LA NOCHE QUE PERDÍ EL JUEGO DE LOS ABALORIOS

Recuerdo que llovía. Lo cual no es nada extraordinario en Oviedo. Tenía el pase de fin de semana, y había entablado algunas relaciones en la ciudad; la mayor parte soldados de mi misma Compañía. Recuerdo a Muñoz y a su colega inseparable, cuyo nombre he olvidado, que tonsuraba las precarias greñas de los chivos, abuelos y hasta de los bisas. Por aquella época convenía reservar algunas greñas, disimuladas bajo el casquete de la gorra; con tal de llevar bien rapado el cogote, sobraba; sobre todo a la hora de ligar, convenía cierta densidad vellosa. Eran los tiempos de Grease y de Fiebre del sábado noche y a las chavalas les gustaba que sus machos luciesen un poco de tupé. Aquella noche no recuerdo con precisión quién más del cuartel del Príncipe nos acompañaba, aunque a buen seguro no faltaría el almeriense Blas Herrerías. Blas era una personalidad bastante atrayente, pues de entre todos nosotros era quien tenía mayor experiencia sentimental. Había sufrido la traición de una novia y era el único del grupo que tenía redaños para plantar cara al sargento Gonzalo. Seguro que aquella noche faltaban los dos Giles, el Martinez y el Paris, el uno sustraído por sus convenciones y el otro seguramente de ñaca-ñaca con su novia en Bilbao.
Los que nos disponíamos a disfrutar el sábado ovetense,  habíamos cenado un buen filete con huevos y patatas y nos proponíamos apurar la noche hasta sus tuétanos, con tal de que en el frenesí consiguiéramos olvidar el acre sabor cuartelario. Cubata tras cubata diluíamos su deje y aflojábamos un tanto el rigor de los grilletes de la disciplina. Para ello contábamos  con un aliado asturiano, Arturo, un civil, hombre ya maduro al que habían enrollado Blas y Muñoz. Seguramente lo conocieron  cualquier sábado noche en alguna de las discotecas de Vetusta. Arturo, curtido en todas las patrañas de la vida,  nos abría las puertas secretas de Oviedo y financiaba los pequeños vicios: pagaba los cubatas e invitaba a alguna china que otra. Entre nosotros hablábamos de cine, arte en el que, al parecer, había hecho sus pinitos,  no recuerdo si como actor o productor con Jorge Grau. Si entablabas cierta intimidad con él, tal vez llegara incluso a presentarte alguna chavala cañón. Para nosotros, foráneos sin nada, Arturo suponía el todo: la posibilidad de sacar algo en claro en la árida travesía de la mili.

Yo, en el cuartel, había conseguido mi única parcela de libertad con la lectura. Leía en el tiempo libre, tras la fajina o en las guardias, entre servicio y servicio. Casi siempre llevaba algún libro en el bolsillo lateral del pantalón de faena. Los fines de semana, como no tenía más huevos que permanecer en Oviedo, continuaba leyendo, en el bar Sevilla o en el parque de San Francisco cuando hacía bueno. A los veintiuno yo ya era un lector curtido, había leído a Hesse, a Mann, a Nietzsche, a Sartre, y tanto y tanto...era un chivo leído pero que por lo demás no se comía una rosca. Aunque como decía Blas "de Otero", me quedaba la palabra. Me creía ateo y compartía mis inquietudes con Tomás Gil París, en nuestras cenas en el bar Zeus. Durante las sobremesas debatíamos sobre literatura y camaradería. Nuestra relación decayó cuando a él lo hicieron gastador y lo trasladaron de Compañía.
En las Compañías reinaba la libertad vigilada. Era obvio que querían anular al individuo en favor del sumiso recluta. Continuamente se producían inspecciones vejatorias por parte de los mandos, que trataban de destruir cualquier atisbo de intimidad. Algún Alférez se mosqueó cuando husmeando en mi taquilla tropezó con un libro de Nietzsche; frunció el entrecejo y me interrogó chascado. Aunque es seguro que yo no fuera el único garbanzo negro, pues conocía el caso de quien, morado de porros, paseaba la tétricas sendas y las hediondas criptas sicodélicas de Lovecraft. La cultura en la mili era de los más variopinto. Abundaban los legos, pero también se leía. Como se conocía mi vicio por los libros, uno que se licenció me regaló un ejemplar de Narciso y Golmundo. Desafortunadamente, el libro estaba en pésimas condiciones, fofo y lleno de manchas, alguna de ellas sospechosa. A pesar de ello lo leí, y me complació como cualquier texto de Hesse, bajo cuya influencia, cuando viajé a Alicante durante el permiso veraniego, adquirí esa obra fundamental y conclusiva del escritor germano: El Juego de los Abalorios.El libro viajó en mi petate hasta Oviedo. Allí comencé a leerlo, con lentitud, pues su lectura me resultaba difícil. Aquella noche lluviosa lo llevaba conmigo, bajo la cazadora. En la discoteca Nirvana bebí y fumé, charlé por los codos con Blas, con Arturo; no sé si braceé como un troglodita obedeciendo al pulso sincopado de la música disco, y fingí ser un Travolta sin conseguir el tierno abrazo de ninguna mujer. Cuando en el túnel de la embriaguez tuve un instante lúcido caí en la cuenta de que el libro del Juego de los Abalorios ya no estaba bajo mi cazadora. Ésta pérdida, junto a otras más esenciales, fue una de las que conformaron la ominosa experiencia de mi mili.

Recuerdos de Granada

Durante las vacaciones de verano regresé a Granada después de 25 años. Este retorno fue posible  porque su recuerdo acabó imponiéndose. Quién ha puesto los pies en la Alhambra, y por extensión en toda la ciudad, no puede borrar en su memoria ese rango de fenómeno extraordinario. Granada es, sin duda, una ciudad llena de magia, fruto inequívoco de su inalienable condición de antiguo reino islámico. Junto con Córdoba y, en menor medida, Sevilla se constituye en núcleo desde el que irradió el mítico Al´Andalus. El pequeño reino nazarí, último baluarte musulmán de la península, despierta toda suerte de evocaciones y leyendas, que se apresuró a recoger Washington Irving, durante el período romántico.
Desgraciadamente, mi visita, por arte de esos deficientes viajes concertados, fue más bien breve. Apenas me dio tiempo a saborear la ciudad. Siguiendo gregariamente a un guía visite la Alhambra. Como bien recordaba, su esplendor consiguió deslumbrarme nuevamente. Sus jardines me parecieron fabulosos; las salas de sus palacios volvieron a encandilarme con las filigranas de estuco de sus techos y la rica ornamentación de sus arcos y puertas; cómo no, el Patio de los Leones impresiona con su equilibrada belleza. Apresuradamente, echamos un vistazo al palacio de verano del Jeneralife. Ante la contemplación de sus surtidores, pensé en Manuel de Falla y sus Noches en los jardines de España. Consta que en su auditorio se celebró el festival de cante jondo auspiciado por García Lorca y el músico gaditano.
Gozar de una mañana en la Alhambra, pese a todos los inconvenientes, se consolida en el archivo de la memoria como vivencia primordial de sus momentos antológicos. Inolvidables a su vez las vistas del Albaizín desde alguno de sus miradores.  A través de esa visión nos penetra el sueño de Agustín Lara.

No tuve tiempo para más en la ciudad. Observé la cripta con los féretros de los Reyes Católicos y desorientado, porque en el recuerdo se me había borrado el plano de la ciudad, me descarrié hasta ir a tropezar con la Alcaicería, lo más parecido en España a un gran bazar moruno. Allí adquirí una lamparilla oriental en el puesto de unos magrebíes. Su bello colorido ilumina mi imaginación algunas noches y enciende un vívido deseo de volver otra vez a Granada.

EL REGRESO DE SIDDHARTHA

Siddhartha fue el libro de los sesenta; de sus páginas se nutrió el movimiento contestatario que, en esa época, hizo bascular los pilares del mundo. El mundo, sus firmes potestades, tal vez acusaron su empuje telúrico, pero los sillares de sus fundamentos resistieron. El sistema, ante la influencia de esos  elementos anómalos que no podía digerir, los metabolizó y luego regurgitó, quedando integrados en su perfil como adherencias.
Siddhartha no sé si ocupaba un lugar en la mochila de Kerouac, pero su peso era ostensible para los que querían lanzarse al "camino" en Europa. A nosotros, los adolescentes disconformes de aquellos años, nos sirvió de guía. Porque vivíamos desorientados en un mundo sin rumbo. Como jóvenes, sedientos de libertad, nos debatíamos por romper los moldes que nos constreñían.  Disconformes en lo político, en los espiritual, en lo social, en lo humano... Vivíamos un mundo donde la recién nacida prosperidad  había engendrado una juventud disconforme, crítica con unos valores que se habían tenido hasta entonces por inamovibles. Siddhartha, en este ambiente ávido de novedad,  descubrió senderos inexplorados para una sociedad que había agotado sus fórmulas, o que habían quedado inoperantes y sin dinamismo. El remoto oriente vino a airear la criptas lúgubres y enmohecidas de un enquistado cristianismo, cuya vitalidad parecía haberse marchitado en sus funciones y ritos. Para la filosofía, Dios había muerto y en la sociedad, la religión asumía un papel censor y represivo. Cualquier propuesta que liberara al individuo del peso abrumador de la tradición era bienvenido. Así fue entrando Siddhartha en nuestras vidas, tratando de usurpar el antiguo cetro con su pintoresquismo tentador. Si bien hubieron muchos que no renunciaron a la Cruz, no pocos se desperdigaron por los senderos de oriente.

Aunque el culto por oriente no era nuevo en Europa. El romántico Schopenhauer sucumbió a su atractivo, llegando en sus conclusiones metafísicas a coincidencias consustanciales al budismo. Ateo, proponía el nihilismo como la única forma de sustraerse a la "voluntad" desordenada que rige el mundo. Es seguro que Hesse estaba familiarizado con esta filosofía, tan determinante en la cultura alemana. Pero es seguro que el pesimismo schopenhaueriano no sedujo del todo a Hesse, que al igual que su Siddhartha frente al Buda, eligió, sin menospreciar la estela de Schopenhauer y Nietzsche, indagar en la búsqueda de un camino propio, lo cual es la enseñanza más esencial de su novela. Lo que desconocemos es si tal opción conduce a algún fin, o si acaso existe un más allá aparte del que podamos considerar en las religiones gregarias, tal cual las religiones del libro o el budismo.

Hydra

Estuve en Hydra durante mi primer viaje a Grecia. Conservo un recuerdo bastante placentero de aquella excursión, en la que descubrí las islas del golfo Sarónico. Un pequeño crucero me condujo hasta Poros, quizá una de las islas más frondosas de todo el Egeo, dividida por un profundo brazo de mar, con sus colinas colonizadas por el más pintoresco entramado urbano. Permanecen vivas en mi retina la blancura de las casas y el llamativo colorido de las flores sobre las macetas. Su encanto me hizo recordar la isla de Capri.
No menor fue el impacto que me produjo Hydra. Nuestro barco atracó en su pequeño puerto, tan acogedor como el resto de las isla. Vienen a mi memoria unas solidas construcciones de piedra que enfrentaban la marina; también el bullicio que animaba aquella primera línea de costa, en contraste con el resto de la isla: un laberinto de calles silenciosas y aisladas, poco frecuentadas y acoso holladas de cuando en  cuando por el  ralo tráfico de burros y mulas. Me llamó la atención aquel rudimentario transporte, imprescindible en la isla para aprovisionarse, tanto de agua, cargada en voluminosas tinajas, como de la demás vituallas necesarias para visitantes y vernáculos. En Hydra aún se puede hablar de tú a tú con la vida. El tiempo discurre moroso, dejándonos penetrar su trastienda y permitiéndonos saborear el néctar más dulce de sus fracciones. Recuerdo como a la sombra de un emparrado, en las dispersas mesas de una taberna, huyendo del sol del mediodía, se daba cuenta del mejor almuerzo, acompañado por el reconforto de un buen vino de Samos o Creta.
Yo creo que me embarqué en ese minicrucero porque ya anteriormente me hablaron de Hydra. Un amigo había estado en ella en la época más recalcitrante de los beatniks, vagabundeando y atiborrándose de porros. Me habló que allí se había tropezado con Mujica Lainez, gay y desmelenado. A un hombre que ha creado una obra como Bomarzo,  pueden disculpársele los pequeños pecadillos. Sí, en Hydra debía haber una copiosa colonia de artistas, pero cuando yo desembarqué en ella no sabía nada sobre estos. Sin embargo, Hippies y famosos acudían a ella como moscas. Hoy he descubierto que uno de ellos era Leonard Cohen. Hubiera sido bueno saberlo entonces. Se agradece tener alguna referencia sobre los lugares que visitamos. Cohen debió encontrar en Hydra su pequeño paraíso. Es bueno encontrar un respiradero en el infierno de nuestro mundo, donde nuestro espíritu pueda encontrarse a sí mismo.

Pequeña ofrenda para Cohen

Pequeña ofrenda para Cohen
En la juventud nos ofreciste el recuerdo de dolor del partisano,
corazón malherido de guitarra que golpea su pulso de insistencia
en la inaprehensible frontera entre la libertad y el óbito.
El poso de la muerte estaba en el fondo de las cosas
como ese dolor de respirar la fragilidad de la vida,
el grito comprometido del ser doliente
en la lección desengañada  de la historia.
Tu voz golpeaba el hueco metal del universo,
buscando en la maraña de los ríos
el eco encantado de los sueños, sutil
como la melodía de los pájaros en las amanecidas, bronco
como el ingrato martilleo en el yunque del dolor.
Nos hablaste de la noche obnubilante del Chelsea hotel,
donde tras los neones del desenfreno, se ocultaba
la lacra profunda de la desesperación, cual un pájaro
de escalofrío en la trastienda cicatera de Nueva York.
A mil besos de profundidad redescubriste la semilla de
ese amor que se esconde tras la depreciada verdad de lo sencillo,
después de recorrer los túneles y desorientadas veredas del mujeriego empedernido.
De Lorca tomaste el vals; de lo íntimo del corazón, el poder de la palabra.
Presentabas tu música como rosa florecida,
todo candor, terciopelo de sangre,
pero sabías que en el fondo de tus textos litigaba toda la compleja contrariedad del hombre.
No has dejado, pero aun con el morir nos enseñaste,
olvidando vacilante en el aire tu balada más amarga,
aunque a poco que se la escrute se descubra un legado de esperanza.

Los filósofos cínicos

Fueron conocidos como la "secta del perro". De hecho, porque etimológicamente en griego la palabra cínico se enraíza con el sustantivo "kyon": can. Los cínicos ocupan un lugar algo aparte en la historia de la filosofía. Su influencia no derivó en la formación de una gran escuela filosófica, como fue el caso de Platón o Aristóteles. Su ascendiente fue bastante más modesto. Pero aun en su humildad, su recuerdo ha perdurado hasta nuestros días, donde muchos de sus postulados han mantenido una cierta vigencia, sobre todo en esa ramas del pensamiento que se apartan un tanto de los sistemas  establecidos.
Curiosamente los cínicos tienen su origen en ese padre de la filosofía que fue Sócrates, cuya vida singularísima e independiente influyó en sus muchos discípulos, con la figuras descollantes de Platón y Jenofonte, pero entre los que también se encontraba quien puede considerarse el iniciador del movimiento cínico: Antistenes.
Antistenes estuvo muy cerca de Socrates, de quien recibió su originalísima enseñanza e incluso, según menciona Platón, lo acompañó en las horas previas a la ingestión de la cicuta. Como Sócrates, postuló como la meta esencial del hombre la "virtud", en cuya consecución debía emplear el humano todos sus esfuerzos. Oponía los valores espirituales a los materiales y aducía que el valor más fundamental en el hombre era su "paideia". Fue un escritor prolífico, del que desgraciadamente no han  perdurado sus obras, pero de las que sabemos que su legado incidió decisivamente en el continuador y principal exponente del fenómeno cínico: Diogenes de Sinope.
Diógenes llegó a Atenas proveniente de esa ciudad del mar Negro.  Pronto se hizo una figura popular de sus calles. Se le conoció como Diógenes el perro, pues adoptaba de este animal el modelo para su conducta. Apostaba por el hombre natural, en oposición al hombre civilizado de la polis. Pues era contra ésta, contra sus ideales establecidos contra quien lanzaba sus diatribas. Su contestación a las normas de conducta admitidas  le valieron la atención de una sociedad ateniense que ya había conocido la debacle de la guerra del Peloponeso, y como consecuencia vivía una crisis de valores. El antiguo ethos estaba sin agarraderas, y las premisas de el pasado heroico que dio fundamento a la democracia poco tenían que decir en el mundo que se avecinaba. Filipo ya había configurado el mapa de la nueva Grecia y Atenas buscaba cuál seria su papel en este nuevo orden. Ante esta ciudad sin norte, la disyuntiva de Diógenes venía a recordar qué era lo esencial en el hombre; le mostraba un horizonte de nuevos valores ante el espectáculo de esa polis desvertebrada.
El pensamiento de Diógenes, como el de Antístenes, no nos ha llegado por sus escritos, aunque detrás del hombre cínico, vagabundo, antisocial, contestatario, escandaloso en sus costumbres, se escondía también el poeta. Se sabe que escribió varias tragedias y hasta una "politeia", tomando el modelo de la República platónica. Acaso la pérdida de estas obras, nos impide conocer en su globalidad cuál era el mensaje último de Diógenes. Lo que conocemos de él lo debemos a Diógenes Laercio y otros autores que escribieron en épocas tardías. Sus hechos lo constituyen anécdotas más o menos ciertas. Se sabe que habitaba en un tonel o tinaja, vestía un único hábito y vivía de la limosna. Puede decirse que Diógenes encarnaba verdaderamente su filosofía, sus postulados teóricos se consumaban en los hechos de su vida. Su actitud era provocadora e iconoclasta, reclamando el derecho a la libertad, libertad de un nuevo hombre no subordinado a la polis. Sus convicciones las vivía hasta las últimas consecuencias. Atacaba al sistema en sus mismos fundamentos y escandalizaba con su conducta. Sus necesidades corporales las hacía a la vista de todos y se abstenía del cumplimiento de las obligaciones cívicas. Su único norte era la libertad de ese hombre natural. Esa misma libertad que reconoció Alejandro magno cuando aseguró que de no ser Alejandro le gustaría ser Diógenes. Libertad asimismo que renunciaba encontrar entre los hombres que le rodeaban, saliendo en su busca alumbrado por una linterna, en pleno día.
Quizá este espíritu de rebeldía ha acompañado al hombre en el curso de su historia, y en una u otra época lo vemos renacer con una etiqueta distinta, dijérase que son los mismos perros, con distintos collares. Cercano a nuestro tiempo fue el fenómeno "hippie", cuyos planteamientos teóricos no diferían mucho de los defendidos por Diógenes. Pues el dilema hombre social u hombre natural es una posibilidad siempre abierta, ya que la carrera de la historia no se atiene a verdades inconmovibles y absolutas. Cuando condiciones parecidas se den, como en la Atenas del siglo IV, volverá el "cinísmo".

EL ORIGEN DEL MUNDO

Género, volcán dormido.
Hendido verbo, lava sometida.
Ojo subterráneo, vórtice inmenso.
Pozo socavado, pasión ciega.
Misterio. Sustancia. Enredadera.
Rosa corrompida.
Odre de barro amontonado,
secreto numinoso de los bosques,
monte de deseos desatados,
ostra de placeres sumergidos,
tumba de idolatrías, fuente agónica,
claustro de crepúsculos inciertos,
refugio de temor inadvertido,
fruta madurada de las noches,
nenúfar de la aguas desabridas,
desembocadura de los ríos.
Muñón, colmena, magma, nido.
Trepidación, límite, cadena.
Génesis. Huerto fecundo. Quimera.

Hoja de otoño

Hoja de otoño
El mar, el mar...
elemental proximidad.
Reunión de pájaros
volando en círculo.
El cielo de par en par.
Poniente de ascuas herido;
las nubes quietas como celofán.
Alma sin vínculos...
muda soledad
Solo lo enraizado en tierra
encuentra la verdad.
Luz deshilachada, la tormenta
y el vendaval.
Turbulencia de aguas, desnudos bosques.
Solo son ecos del otoño al pasar.

VENECIANAS XLI :EL RETRATISTA DE VENECIA

Cuando descubrí Venecia, desconocía que entre la extensa nómina de sus muchos retratistas se contaba con un español. Se trataba del pintor madrileño Martín Rico Ortega. Fue uno de los pinceles más destacados de nuestro siglo diecinueve, discípulo de Pérez Villamil y coetáneo de Beruete y Fortuny. Entré en su conocimiento gradualmente. Por desgracia no pude contemplar su gran exposición, celebrada en el museo del Prado, en 2012. Pero fue en dicho museo donde admiré uno de sus cuadros genéricos sobre la ciudad de los canales: La Riva dei Schiavonni, lienzo en el que acierta plenamente, penetrando en la magia de la ciudad. Acertada de la misma manera nos parece su técnica como asimismo el uso del color. Para quien ha visitado Venecia, la estampas de Rico la ilustran con sobrada vivacidad poética. Su acercamiento, de perogrullo es reconocerlo, es más actual que el de Canaleto y más reservado que el Turner o Monet. De sus cuadros se desprende que amó sinceramente Venecia, y en ella se instaló los postreros años de su vida, hasta que le sobrevino la muerte en 1908. ¿Qué mejor marco para un ocaso?
Es más que probable  que Martín Rico conociera Venecia a través de Fortuny, otro de sus grandes residentes ilustres. Seguramente Fortuny lo inició en la venecianología, pero es claro que Rico recorrió un camino propio de exaltada pasión por la ciudad lagunar. Su Venecia posee el pintoresco encanto de los románticos, pero resaltado por una plasticidad impresionista en el uso del color y la luz. Martín Rico nos recuerda la Venecia que guardamos en el corazón, y admirados por sus vistas, en las que se nos descubren los más atractivos rincones, vamos penetrando el nostálgico secreto  que trata de confiarnos, por medio de la alquimia del cuadro, la Serenísima. Si buscas un acercamiento, tan sincero como cautivador, a Venecia, no rehúses acercarte a la obra de Martín Rico Ortega, donde a través de sus cuadros soñarás esa Venecia deslumbrante que fue, contemplada por una mirada por igual afectuosa como lúcida. Martín Rico Ortega, el pintor de esa luz morosa y cálida, tan sugestiva como atrayente, transforma a Venecia en ese prodigio que gusta representarnos.

Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar

Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar
Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar.
En el gramófono suena la primera de Brahms,
mientras el flexo recoge el vuelo de un silencio
que va de Nietzsche a Maurois.
Congrega la tarde las escamas del tiempo,
y tal vez en la calle un poco de lluvia, el viento.
Mi oratoria se diluye en la pantalla  de cristal
y descubre mil ventanas que no me saciarán:
Neruda, Descartes, Tahití, Aldebarán,
son como aguas fugaces
en las anárquicas fuentes del eterno pasar.
Café tras café, el teléfono muerto
rubrica esa llamada que nunca llegará.
¡Será la voz de la nada la que permanecerá!
Escribir, leer, es mi humilde libertad.
¿Conjugaran mis letras algún verbo elemental?:
sentir, vivir, amar. Renunciaré al deseo,
y acaso nuevas rosas florecerán.
La tarde disuelve sus luces,
mi alma entre sombras está:
una biografía de Lorca, algún opúsculo de Kant,
y en el gramófono aún suena la primera de Brahms.

El ILOTA

El ILOTA
El amo me tiene encerrado en el barracón del patio. Sujeto por una cadena a la correa del cuello. Soy como un perro; no soy más que un perro. Me mantiene a oscuras porque no quiere por mi causa malgastar el aceite. Me da de comer bazofia como con la que alimenta a sus marranos. La barraca no es más que una pocilga. Cuatro tablas con un tejado sin remachar por donde filtra la lluvia. Soy esclavo, soy hijo de esclavos. Mis padres perdieron su honor cuando los lacedemonios ocuparon laconia. Antes vivían de la tierra: una tierra fértil regada por húmedos ríos. Nunca conocí otro horizonte que el Taigeto. Amo este valle, porque en él reconozco mis raíces; pero sé que tras las cumbre elevadas se haya la libertad. La libertad no la he conocido en vida; todas mis decisiones se han plegado a una resignada sumisión.

Desde mi infancia adoré al amo como si fuese un dios.  Mi cándida mirada lo observaba entrar en casa ceñido por su armadura, dando rigurosas instrucciones a mi padre y envolviendo con extrañas miradas a mi madre, de las que más tarde, cuando crecí, averigüe su obscenidad. Mi padre lo bañaba, cuidaba del fuego del hogar, cepillaba a sus brutos, lo untaba con aceite cuando acudía a la palestra, le servía el vino, velaba sus armas antes de la batalla. Mi madre preparaba su comida,  lo recibía en el lecho cuando en las noches se presentaba bebido y hacía salir a mi padre para que se ocupase de sus podencos. Desde la oscuridad de mi lecho, escuchaba yo sus lascivias, las blasfemias derramadas sobre el cuerpo profanado de mi madre. Sabía que tras estas odiosas visitas, el humor de ella caía siempre en la acritud; su corazón se volvía severo y yermo, indiferente a cualquier cálido sentimiento, duro como un mineral, carente de amor. Se sabía cruento el amanecer, cuando se experimentaban tan frecuentes las tinieblas del infierno.

En la choza no había vida familiar. Con tal desarraigo fui criado, padeciendo las iras de mi padre que se desquitaba, escarneciendo mis lomos con una fusta, de las vergüenzas de su deshonra.  Mi madre raramente me hablaba si no era para recordarme mis obligaciones, que se resumían en una: servir a los amos:  el estratego Androcles, su esposa, sus hijos, esos malnacidos que me apedreaban, me zaherían con pullas, me escupían, me humillaban, hasta hacerme escapar a los campos acosado por sus mastines. Solo cuando me perdía en el bosque, y se escuchaban lejanos los ladridos podía decirse que volvía a encontrarme. Creía entonces que, si el mundo me permitía un momento de paz junto a la fresca corriente de un riachuelo, acariciando mi frente los juguetones rayos de sol que penetraban la espesura de los árboles, la realidad no se reducía al pequeño rincón de Sparta. Podía existir un mundo donde la vida fuera bendición y no castigo. Y solo esta esperanza permitió que los años pasaran. Mi padre murió en la guerra sirviendo a su señor. Acabó con él una flecha argiva que taladró su cuello de parte a parte, cuando protegía a Androcles, que había perdido su escudo en la refriega. A mi madre la desposaron con otro esclavo, que no quiso saber nada de mí. El viejo Androcles ahora me ha escogido para atender a sus hijos.
La tiniebla del barracón es densa, se presienten todos los terrores de la noche. Sé que pronto me soltarán y me echarán los perros. Y Nagis y Atesidoro, los hijos de Androcles, saldrán en mi busca. Sé que quieren mi sangre, mis yertos despojos de ilota para probar su hombría, y ser aceptados entre los homoioi. En cualquier recodo del camino, tras una enramada cualquiera  me asaltará toda la furia sanguinaria de Sparta, con toda la crudeza de su significado, y no sé si en el vasto universo habrá respuesta para el grito más íntimo de mi dolor.

El Angel Azul, de Heinrich Mann

A Heinrich Mann, al contrario que a su hermano Thomas, se le recuerda hoy día de un modo un tanto vago. Pocos deben ser los lectores que se han acercado a su obra, y si lo han hecho ha sido de forma indirecta, a través de una película de Sternberg, protagonizada por una transgresora Malerne Dietrich: "El ángel azul".
El ángel azul es la patética historia del profesor Unrat, donde se retrata la peripecia de su naufragio moral.Unrat es el típico burgués, asentado en su convenciones y prejuicios, que ve desmoronarse ese tampantojo de hipocresía que lo recubre, al permitirse el desliz de echar una cana al aire. El hombre, sustentado por todo el entramado con que la moralidad establecida lo guarece, descenderá al nivel de un pelele, a manos de la cabaretera Fröhlich, criatura de la ciénaga cuya catadura moral no conoce lo que es el escrúpulo. La pérdida de esa ilusoria inocencia hace que el edificio de la integridad de Unrat se desmorone bajo los pies. En la radiografía de este antihéroe, Heinrich Mann echa mano de toda su sutileza sicológica, describiendo en el lacerante proceso cómo puede devenir irrisoria la más encorsetada solemnidad. Pero la suerte de Unrat no tiene nada de cómica, sino que sucumbe a la desolación más trágica. Quizá no descubramos en ella la sangre, la tribulación, el cadáver, pero sí el convencimiento de la muerte moral: drama acaso mayor que la misma extinción.
La novela de este otro Mann convence, mueve a la reflexión y no deja indiferente al lector; tal vez no repentinamente lo haga en el lector joven, pero si en aquel en cuya vida hayan coexistido las luces con las sombras.
De Heinrich sabemos que daba réplica a las densas conversaciones mantenidas, sobre lo divino y lo humano, con su hermano Thomas. Conversaciones de una ostensible profundidad, similares a las que introduce este último en su gran novela "La montaña mágica". Todo hace suponer que Ludovico Setembrini es un trasunto del propio Heinrich. Y acaso no haya,en la historia de la literatura, coloquios más sustanciosos que los que entabla el italiano con el pequeño Naphta.

La tiranía de Pisístrato

La tiranía, históricamente, tiene mala prensa, por ello es recordado con reservas el gobierno de Pisístrato. Cierto es que el tirano alcanzó el  poder por un golpe de estado, que derrocó un gobierno oligárquico lleno de fisuras, pero no por ello se desligitima su régimen, que contó con numerosos apoyos. El ascendiente de Solón y sus leyes se había diluido, y en Atenas pugnaban distintas facciones que no llegaban a consolidarse. Pisístrato presentó su ejercito en la llanura ática y nadie osó hacerle frente.
Pisístrato dio estabilidad a la política ciudadana, cohesionó el ejército y protegió las obras públicas y la cultura. Durante su gobierno lidió con algunas guerras fronterizas, pero nunca comparables con las que tuvieron lugar en el siglo V. Tal coyuntura favoreció el asentamiento de su tiranía.  La aristocracia rival, resignada  a su éxito político, desarrolló una estrategia de entendimiento con el tirano cuando no de abierta colaboración, como fue el caso de los Filaidas.
La crítica histórica se siente más inclinada a realzar la labor de los Alcmeónidas en la polis ateniense, a través de esos nombres fundamentales como el reformador Clístenes o Pericles, forjador de la época de mayor esplendor de Atenas y garante del régimen democrático. Porque sin duda es este régimen el que despierta todas las simpatías en nuestro mundo moderno. Por eso resulta problemático el juicio objetivo del gobierno de Pisístrato, que favoreció las necesidades del pueblo, estableciendo acuerdos fundamentales con las clases oligárquicas.
Durante su mandato Atenas gozó de un período de prosperidad y engrandecimiento. La tiranía fue censurada en el juicio de Platón, cuya república sagrada no podía simpatizar con una connivencia con la plebe. Aristóteles tildó a Pisístrato de demagogo, que seguramente lo era. En cualquier caso, esos años de gobierno estable prepararon a Atenas para la debacle que le iba a sobrevenir, como fueron las guerras médicas. Que la sociedad ateniense funcionara, en lo que toca a sus instituciones y el ejército, fue decisivo para el triunfo final sobre los persas y para el establecimiento de ese marco revolucionario que fue su democracia.

La ética en Nietzsche

La ética en Nietzsche
Convendremos todos en que el problema ético es tratado por Nietzsche en su "Genealogía de la moral". La naturaleza del libro obliga al filósofo a plantearse un pronunciamiento ético, de juicio de valor. En él Nietzsche define un posicionamiento en el terreno moral, y consecuentemente en el político. Si en lo moral reconocemos a un pensador radical, transvalorador de los valores, empeñado en invalidar los 20 siglos de cristianismo, en los político, nos tropezamos con el tradicionalista, cantando sus aleluyas por una clase aristocrática que, seguramente, para el filólogo clásico, tiene sus raíces en los "agatoy"griegos. Nietzsche
antepone la vieja moral pagana exuberante, vital, agónica, frente al ideal ascético cristiano. Su juicio de bueno, justo, virtuoso, se explica en el concepto de areté del mundo clásico. Niestzche, que huía de la canalla como del diablo, y cuyas consideraciones sobre el socialismo moderno no eluden el tono peyorativo, no podía concebir una moral que justificara a los débiles, a los esclavos, a los mediocres, en detrimento de una clase en apariencia fuerte, señorial, y privilegiada. Las simpatías de Nietzsche por definirse por este partido del triunfo, que se justifica por si mismo, y no por la fe en la divinidad, son comprensibles, pues no hay nada más afín que halague nuestra vanidad. Su apuesta por los fuertes, por los bellos, los buenos, solo corresponde a su albedrío. Tal opción es un respetable ejercicio de libertad. Pero quién nos dice que tal valoración ofrece una viabilidad categórica, o, simplemente, puede ser mensurada en el inconmensurable universo.

Bonaparte en la literatura

He iniciado la lectura de una nueva novela: Los cien días, de Joseph Roth. Leí con gusto su Marcha Radentzky, aunque no me pareció esa obra genial. Los cien días tratan del retorno de Napoleón desde Elba hasta su debacle en Waterloo. No dudo de que el magnetismo del emperador subsiste a través de los siglos.
Se puede enjuiciar su trayectoria desde muy diversos puntos de vista. Desde una reflexión objetiva de la historia, el legado napoleónico presenta un contraste acentuado de más sombras que claros luminosos, aunque se nos pretenda remarcar ese "Sol de Austerlitz". La evaluación tolstoiana de "Guerra y Paz" lo defenestra históricamente. El hombre que salvó la revolución domesticándola, levantó la furia de Marte por toda la geografía de Europa, sembrando sus campos de cadáveres y sus despensas de hambrunas. El hombre providencial Bonaparte, como Napoleon I fue azote del orbe. En cualquier caso, su obra era una purga que debía apurar la modernidad, un mundo que debía responder a nuevas y acuciantes exigencias.
Si la mirada que Tolstoi dispensa a su figura no deja de ser execrable y condenatoria, encontramos una réplica más lenitiva en el formidable retrato que nos hace del Napoleón hombre la deliciosa biografía de Emil Ludwig. La de Ludwig es una visión subjetiva del personaje, un acercamiento al individuo privado, real, lleno de todas las contradicciones que confluyen en todo ser humano. En ella descubrimos al ciudadano Buonaparte, joven lleno de ambiciones, sumido en las adversidades de la vida, con el atisbo de un futuro que no lo librará de la mediocridad. Pero pronto veremos obrar los engranajes del destino, que como rápido torbellino lo aupará hasta la cima de sus ambiciones. Tolón, Italia, el 18 brumario lo conducirán hasta esa ocasión privilegiada de la historia, cuando la Francia revolucionara pudo reconocer a todas las monarquías de Europa prosternadas a sus dictados. El genio militar de un hombre transfiguró la realidad europea y estableció las nuevas directrices para el mundo moderno. No es fácil, tras meditar sobre la obra de Ludwig, ver la figura de Bonaparte sin simpatía. Como tampoco resulta hacerlo, tras analizar los comentarios encomiables sobre el emperador, tal como a través de su obra nos hace Stendhal.

James Joyce

Como dijo Borges en una célebre conferencia sobre James Joyce: si de toda la modernidad hubiera que salvar un libro, éste sería el Ulysses. Es, sin duda, la novela paradigma de la modernidad. Se corresponde, en la novela, con los logros alcanzados por Picasso en la pintura. Joyce es un escritor de culto. ¿Quién de a los que ha penetrado el gusanillo literario no ha sentido fascinación por la obra del irlandés? Porque el Ulysses desarrolla una propuesta creativa sin parangón. Recuerdo que de todos los libros leídos durante mi juventud ninguno tuvo mayor impacto. Cómo no, tuve la tentación de imitarlo.Y esto quizá se deba a la actitud rebelde e innovadora del libro. Joyce, en el Ulysses, se complace en derribar todo lo viejo. En defenestrar todos los iconos, en entrar a saco en el inmovilismo de la novela. Lo que Joyce crea, ya no es una novela, es otra cosa. Y con ella abrirá surcos a todas las modernas manifestaciones literarias, donde se ve disuelta la barrera entre los géneros. Ni Becket ni Miller hubiesen existido sin Joyce, ni la novela como la concibe hoy día un Vila-Matas. Ulysses dio el vuelco de la modernidad.
Fue la de Joyce una vida burguesamente oscura. Todo su significado fue literario. Los datos biográficos ofrecen la irrelevancia de una azarosa cotidianidad. Nació en Dublín, cursó estudios en los jesuitas, abandonó Irlanda, trabajó como profesor en Zurich y Trieste, se casó y tuvo dos hijos, su mayor hito fue la publicación de Ulysses en París, murió ciego. Su pequeña crónica nos estremece, una pequeña crónica como la que nos propone en el Ulysses, donde se nos narra la oscura peripecia de dos modestos seres a lo largo de un día, en la ciudad de Dublín. De está insignificante anécdota, dietario superfluo del hombre de hoy, Joyce construye un entramado epopéico, que dará respuesta a la vicisitud del hombre europeo del siglo veinte. Con espíritu quirúrgico Joyce destripará hasta la última víscera la anatomía cultural de su tiempo, escrutará su posibilidades y fijará sus límites. Libro verdaderamente enciclopédico, rompedor y camaleónico, fijará el listón de la nueva literatura. Hay un antes y un después del Ulysses, como lo hubo del Quijote.

ARETÉ

La "areté" es el concepto que enmarca el ideal del mundo clásico griego. Resumía lo perfecto, lo noble, lo bueno; en términos morales, definía su virtud. En busca de tal logro se afanaba el hombre griego antiguo. En el fondo de su paideia quizá se encontrase esa meta. Acaso los educadores sofistas la mantuvieran como su principal premisa en su tarea de modelar a la juventud de las clases dirigentes. Pues para estas clases, protagonistas preponderantes en una bien trabada sociedad de castas, la posesión de estas cualidades sin pares marcaba las diferencias.

La areté era casi consustancial a la clase aristocrática (los Agatoy), cuyo propósito en la vida era hacer brillar su excelencia y su superioridad sobre las clases menos privilegiadas. El noble debe ser sobresaliente en la guerra, en la cultura, rico, poseedor de una gran extensión agraria  y de una estimable cuadra de caballos. Su vida se planteaba en pro de estos fines. Para ello empleaban su tiempo en los quehaceres y adiestramiento que les eran aconsejables. En una sociedad belicista como la espartana, su vida se veía consagrada a las exigencias de la guerra. Para ella eran formados desde la infancia, y puede decirse que para ninguna polis helena la areté pudiera tener mayor significación. La nobleza durante el tiempo que no la reclamaba el campo de batalla, se adiestraba en la caza, en las crianza de sus yeguadas, y se solazaba en los simposio, donde además de beber y seducir a los efebos, cultivaban su espíritu con el recitado de los poetas.

La areté siempre mantuvo ese barniz de ideal griego. Desconozco si en Atenas, durante el régimen democrático, llego a empañarse su cultivo. Sabemos que en el propósito de Pericles (que no dejaba de ser un Alcmeónida) contaba buscar para su polis objetivos consustanciales en virtud y poderío. Por otro lado, el talante de Pericles no puede ser más inequívoco en la prosecución de tales fines morales. La areté fue el motor que llevó a los griegos a mejorarse a sí mismos, a medirse en agones y justas, hasta alcanzar esa optimización que, una voluntad que conquistó y convenció al mundo, exigía. Solo al empalidecer este ideal, con la desmoralización del hombre romano, se consumó ese transvalorización de valores que predicaba el cristianismo, donde el amor y la paz, términos antitéticos de la guerra y eros, demolieron los pilares del mundo clásico.

GETSEMANÍ

Es noche en  Jerusalén,
que a sus espaldas reposa.
La luna anuncia perfiles
entre un augurio de sombras.
En el huerto apartado,
se retuercen los olivos
con una artrosis de ramas,
mientras envuelve a sus hojas
un frío brillo de plata.
Desgarro de soledades
y una luna sola en lo alto,
cómplice y desguarnecida.
Un hombre apartado apura
bajo una sombra arbolada
el vaso de sus quebrantos.
Susurran sus labios, gimen
inquietudes laceradas,
brotan amargas palabras
sembrando de angustias su alma.
La noche sobre él cierne
su silencio atormentado;
en sus abismos de sombras
dijérase que se escucha
el sisear vil de una sierpe.
Su conciencia escarnecida,
crisol del dolor del mundo,
rezuma por su febril frente
tormentos que en sangre cuajan.
Herido de tantas penas,
no encuentra, procela amarga,
para su cabeza lugar
donde con paz recostarla.
Desde lo hondo del alma
un rayo de luz le alcanza,
la conciencia se ha acallado,
y resuelto, se levanta.
A sus íntimos advierte
de rumor de gentes y armas.
El Iscariote es escoltado
por guardias del sanedrín,
quienes entre codiciosos
y aterrados le replican
 feroces al quién buscáis
de su acuciante llamado:
¡Al nazareno Jesús!
¡Yo Soy!, les responde Él.
Y al vigor de su Palabra,
revelación de ÉL QUE ES,
fue su celo derrumbado.

Acuarela Andaluza

Sombra sobre la blanca simetría de las casas;
al fondo de la angostura de la calle, la Giralda.
Tedio donde el sol divide el aire
con su trazo pulcro de membrillo.
Bajo una reja orina un can.
Por la calle a solas nadie pasa;
en los balcones, polícromas macetas
y algún ropón tendido. Un pajarillo.
En un salón lejano, una guitarra
ataca un tiento de seguiriyas gitanas.
Sevilla sestea su estío,
y percíbese en su aire cenceño
un presagio feraz y enternecido.
Rumores de un gotear de aguas
que rezuma una cornisa,
alborotando el remanso vespertino.
Aquella angosta travesía
apenas la penetra la brisa del río;
a sus noches candentes,
que ni el leve céfiro abanica,
siquiera  las alivia el temprano rocío.
Por la acera sombreada
acostumbra a aquella hora
transitar una muchacha.
Una sonrisa curva el azahar de  su boca;
su lozanía encubre la sencillez de la ropa.
De su brazo en jarras,
cuelga una canasta.
La atiborran manojos de flores cortadas:
jacintos, gardenias, pensamientos y rosas.
Canjea la muchacha una flor por unas perras.
No le duele desprenderse de jacintos,
pensamientos o gardenias...Pero ¡ah! la rosas...
Las rosas son como el amanecer en la vega,
más valiosas que todas las alhajas,
tesoro para el hombre que las espera,
tentación para la codicia del extraño,
pasión de un corazón valeroso de  gitano.

La construcción del personaje

Si Stanivlavsky ya estableció las leyes de su desarrollo para la ficción teatral, otros, en el mundillo colateral de la letras, consideraron dicha labor esencial para su promoción literaria. No es que aprovecharan tal técnica para configurar el retrato de sus personajes novelescos, pues seguramente los planteamientos del teórico ruso fueran del todo desconocidos en las distintas épocas, pero sí utilizaron patrones bastante análogos para esbozar ese personaje característico que cada escritor lleva dentro.
El escritor ha de crearse, para considerarse de alguna manera válido para sus lectores, una personalidad cuando menos convincente. Resultará más atractiva si ésta se presenta  envuelta en un aura de originalidad y portadora de una verdad genuina, de la que su público pueda extraer alguna sustantiva enseñanza. El escritor debe ser dueño de un conocimiento cabal y extraordinario que sirva de guía a esos seguidores desorientados
que se acercan a él para hacer promisión de sus fuentes. Lo que el lector busca en el escritor es la mente lúcida, el gurú que pueda encaminarlos hacia estadios superiores vedados al común de los mortales. De ahí la necesidad del escritor de revestirse con esa coraza  de la personalidad consolidada, que no es más que un egotismo exagerado, pues no hay otra profesión donde el ego ocupe una parte más que sustancial de la labor. Cuanto más matices ofrezca una personalidad tanto más posibilidades tendrá de utilizarlos como vistosos señuelos de su virtud escondida, ese secreto que todo lector busca tras la apariencia de cada texto. Por eso, existente o no, esta verdad solapada empeñará al escritor en guarnecerse con ese aditamento histriónico. Pues ya lo dijo quien lo dijo: el mensaje es el medio.
La historia literaria es testigo de estos febriles intentos del escritor por forjarse este rol extraordinario que justifique su obra, y que en muchos de ellos constituye la mitad de su mérito. Personalidades como, por ejemplo, las de Wilde, Bernard Show, Hemingway,  prevalecieron aun a su legado literario. En España, contamos con ese caso singular que fue don Ramón Mª del Valle-Inclán, donde el personaje y la obra se hallan tan consustancialmente imbricados, que cuesta dilucidar los lindes entre el uno y la otra. Experiencia que trataron de emular con no menor mérito un Camilo J. Cela o un Francisco Umbral. En cualquier caso, las consecuencias de ese personaje ilusorio no resta nada a la creación, sino que de alguna manera la dinamiza.

Domingo, lecturas y pequeños objetos

Domingo, lecturas y pequeños objetos
Las edades de Grien, postales de Sevilla, la sexta de Beethoven: entre tales estímulos discurre la tarde. Tarde de domingo sosegada, tediosa como deben de ser dichas tardes. He escuchado a Neruda recitar una vez más las "Alturas de Macchu Pichu", a un divulgador exponer un resumen de "El nacimiento de la tragedia", de Nietzsche. He leido un capítulo de la Atenas de Pericles, de Bowra, una reseña sobre Hegel en una breve historia de la filosofía. Me falta tiempo para leer, para releer, para empaparme de todo ese conocimiento que infunde en el hombre una dimensión extraña, tal vez esa clarividencia que le proporciona temporalmente una razón de ser. Tengo en mi biblioteca una lista inagotable de títulos por leer. Para quien una vez ha saboreado los deleites del espíritu, la lectura se impone como una necesidad. El libro se ha convertido en un amigo, y un amigo siempre es de agradecer en un tiempo en que ya no le quedan al hombre amigos.

El sombrero sobre la silla me convence de que los pasados viajes no han sido baldíos; puede extraerse de ellos una experiencia positiva que equilibre la balanza del existir. Frente a los tragos amargos y  los momentos malgastados, siempre queda un remanente que nos concilie con la vida, que nos recuerde que un poso consistente de vivencia llenó las alacenas del tiempo, sirviéndonos de referencia a su pasar, aunque de
éste, de su fatídica esencia no podamos finalmente escapar. El sombrero siempre corona a ese hombre frívolo, aquel que temporalmente escapa de sus obligaciones  y se transforma en ese vago ser literario que se reconoce el espejo evocador de un romántico del siglo XIX, quien abordo del cómodo coche de postas recorre los  paisajes más inverosímiles.
Sobre los estantes de la biblioteca se distribuyen los más heterogéneos souvenirs, riñendo el  espacio con los libros y testigos elocuentes de esos periplos: viejas fotografías, postales, pequeñas efigies de los grandes poetas, globos terrestres, juguetes. En un rincón,  una postal de Gustavo Adolfo Bécquer, que reproduce el retrato que le hizo su hermano Valeriano. Creí que concluida mi novela anecdótica sobre el poeta, su recuerdo se alejaría de la inmediata cotidianidad, pero allá donde voy(Madrid, Toledo, Sevilla) siempre me tropiezo con esa memoria envolvente del poeta.

El artista Luis Francisco Esplá

El artista Luis Francisco Esplá
Es Luis Francisco Esplá una personalidad singular. Hombre del toro, puede decirse que ha cultivado muchas de las facetas relacionadas con la fiesta. Como matador de toros justo es constatar que alcanzó la cumbre, pues fue de los pocos diestros reconocidos en las ventas de Madrid. En dicha plaza, protagonizó unas cuantas faenas memorables.
Esplá recobró aquello que podría denominarse como cultura del toro. Fue un teórico de sus suertes, sobre las cuales recuperó algunas modalidades ya olvidadas. Fue el torero-banderillero por excelencia de su época, para cuya suerte desempolvó no pocos lances olvidados. Supo, en fin, dar al toreo una dignidad hunanística acaso perdida. Como nuevo Sánchez Mejías, remozó su arte con un talante intelectual. Quizá Esplá no fuera en su tiempo la figura mas venerada, como hoy pueda serlo un José Tomás, o fueran Joselito y Belmonte o Manolete en otras épocas. Pero su aportación al toreo moderno no debe ser en absoluto desdeñada.

Hoy se nos descubre una nueva faceta del diestro, cuya versatilidad no deja de despertar admiración. Su condición como artista plástico. Sabemos por la prensa alicantina de su retorno a los ruedos para torear un corrida goyesca en Arles(Francia), ciudad memorable, acaso no por su pasado taurino, pero si por su contribución a la historia del arte plástico.  Para tal evento, Esplá ha diseñado los carteles oficiales, además de sendos murales que lucirán en la plaza. A través de dichas pinturas queda claro el genio de Esplá, quien recurre sabiamente en sus motivos a la fuente inspiradora de estas particulares corridas: a Francisco de Goya. Su guiño a la obra goyesca, simbolizada en su maja, ilustra admirablemente la intuición del artista, así como su frescura y acierto plástico. Posee, sin duda, Esplá un temperamento artístico en todos los sentidos.

Memorias musicales

Memorias musicales
Una de las ocupaciones más estimulantes que he ejercitado en esta vida fue la de estudiar piano. El asunto al final se malogró. Yo era un manazas y tenía poco oído, pero no me faltaba aplicación. En los casi tres años que duró mi corta carrera, de mis propias manos conoció el teclado el tope de partituras recomendadas para neófitos. Toqué de Burgmuller a Clementi, de Shumann a Le Carpentier. En la preparación del examen de ingreso al conservatorio noté como se me resistían las sonatinas de Mozart; se me volvía ímprobo ejecutar la partitura con limpieza. En cualquier caso, el examen consistió en resolver un pieza improvisada, con la que demarré escandalosamente. El resultado es que no fui admitido, desmoronándose todo los sueños de acceder al parnaso musical. Los nombres de Wagner, Beethoven y Bach pueden brillar holgados en su zoodiaco particular sin recelo a las intromisiones de Juliá.
Estudiar piano es una gozada, una experiencia inolvidable para cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Nada más reconfortante que dejar invadirse por la música, ir descubriendo su misterio, su deslumbrador paisaje presidido por cordilleras colosales, feraces valles hendidos por briosas corrientes, placenteros prados donde demora el ganado, rumorosas corrientes, bosquecillos, alegres regatos,  sinuosos caminos por donde discurre la vida aldeana. Es la música un universo  de posibilidades casi inabarcables.
Recuerdo con placer de esos días no el suplicio de mis áridas interpretaciones sino el recreo que me procuraba escuchar a otros alumnos ejecutar esa piezas que ya forman parte de nuestro particular catálogo. En especial recuerdo a una jovencita que durante varias tardes me deleitó con el 2º movimiento de la Patética de Beethoven. He oído la pieza interpretada por pianistas consagrados, pero nunca las he valorado como la
que disfruté aquel día. He aquí el carácter vivo de cada interpretación.

SEVILLA

Sevilla tiene olor a carne tibia de mujer,
el aroma de las flores descarnadas,
la pureza de un aire que tiñen las mieles tiernas del sol;
su misterio penetra como el dulce arpegio
de una guitarra en carne viva
que celebra la fragancia del azahar sobre los huertos,
el susurro del zéjel en las fuentes,
la ilusión de la poesía en la trágica corrida.
Sevilla es color, es dicha...
                                        es latido


Retrato de un artista

Mario Augusto Aparicio Alemañ demostraba cierta parsimonia al andar, con los brazos colgando paralelos a sus costados o descansando sobre los riñones las manos entrelazadas. Andaba como meditando,  o acaso es que meditaba cada paso. Mario Augusto destacaba por su figura personal e intransferible. No pertenecía al rebaño uniforme de los ocupados ni al heterodoxo de los ocupas. Mario Augusto presentaba ese sello especial que caracteriza a muchos de su profesión: era pintor.
Mario Augusto elevaba un talle desgarbado que remataba una cabeza a tener en consideración. La envolvía una masa espesa del cabello, casi siempre alborotado, con un flequillo anárquico que pendulaba sobre sus ojos. A Mario Augusto las gafas no le daban una aire más convencional, pues las llevaba de pasta y algo exageradas. En cualquier caso, su miopía no le impedía mantener un ojo certero en cuanto se refería a la precisión milimétrica del dibujo o el matiz incipiente de un color. Mario Augusto exibía una protuberancia nasal que no dejaba indiferente, amén de una barba luenga algo rala bajo los pómulos, que imponían un aire troglodita curtido en las cavernas solitarias de la creación. Porque, Mario Augusto, como tantos de su profesión, era un inadaptado. O acaso es que el culto a las musas no compagina mucho con la veneración plutocrática de nuestra sociedad. Porque para un artista no es la economía la que mueve el mundo, si no ese misterio poético de la realidad que reconocemos como belleza.
Mario Augusto era singular en todos sus gustos, pues más allá de la esgrima de los pinceles, su ocio consistía en frecuentar librerías de viejo- y es aquí donde yo le conocí- en pro de volúmenes cuanto más originales mejor. Así que el cráneo de Mario Augusto cobijaba un legado sapiencial nada frecuente. Tanto memorizaba textos de los líricos griegos como planteaba ecuaciones de los físicos cuánticos.
En cuanto a su arte, Mario Augusto reservaba a su vez una clarividencia personalísima. No era ningún patán de brocha afectada que tratara de complacer exigencias banales. Mario Augusto había cursado estudios de bellas artes en A. y los había perfeccionado en París, y era un conocedor exhaustivo de los derroteros de la pintura europea en el siglo XX. Su carrera había evolucionado según su gusto iba superando ciertos cánones. Su estilo actual tal vez se encontrase en esa búsqueda indefinida que podría catalogarse como expresionismo abstracto. Convenimos pues, en que su arte carece de las virtudes de lo comercial y que su liquidez no llega a ser muy fluida. Desprenderse de algún lienzo, reviste un matiz heroico. Hay pocos compradores y muchos críticos.
Para muestra un botón. Aquella tarde de sábado Mario Augusto se permitió un garbeo por las tabernas del casco viejo. Después de unos vinos, reconoció una vieja cara en el mostrador, que amigable lo invitó a una ronda. Holgándose, recorrieron vagos y viejos recuerdos. Por fin, hablaron de arte; el contertulio, obnubilado por el alcohol, se comprometió a adquirir un lienzo si se le ofrecía a un precio razonable. Mario Augusto convino en ello. Se despidieron dejando todo concertado. A la mañana siguiente, sonó el teléfono.
El marchoso comprador se disculpaba. Lo sentía, pero todo había sido un desliz provocado por los efluvios de Baco. Mario Augusto había contado con ese dinero. Desazonado, volvió a rondar las calles, cabizbajo, singular, intransferible; las manos pendulantes, con nada en los pinceles que pintar y liviano como un galgo antes de la carrera.

VEINTE CANCIONES DESESPERADAS Y UN POEMA DE AMOR

VEINTE CANCIONES DESESPERADAS Y UN POEMA DE AMOR
La noche deja sentir su pulso hondo y ciego, como la profundidad de ese pozo en el que buscamos las aguas de la calma en la desesperación. Las sombras esparcen sus jirones de inquietud y desolaciones; allí donde sabemos que no llegaremos a encontrar esa evidencia que necesitamos. La noche es como la trampa para el lobo tendida en el monte. Un hoyo de paredes insalvables o ese cepo feroz de dientes voraces que hará crujir sus extremidades de la presa como frágiles ramas. Caer a su merced, y perder las magnitudes del día, es como sumergirse en un infierno de dimensión helada, opaco y sin esperanza. Caminar de noche, es como un andar sin brújula, sin dirección precisa, talando con nuestro alfanje la enramada del misterio, creando un sendero zigzagueante de extravíos. Es la ceguera propia de la ofuscación de la noche. Los ojos taladran la pez negra aturdidos por la vibración de una luz lejana, perdida en la esterilidad sin fondo del vacío. La voz se dilata en un eco sin retorno, en un sonido que se pierde en las alturas inabordables de una escabrosa cordillera. A sus cumbres acaso solo tienen acceso las rapaces, en vuelos temerarios que buscan acercarse al sol con su envergadura poderosa. Bajo sus alas, se precipitan los abismos, cuyo fondo último se cree el lecho pedregoso de un riachuelo donde la víbora arrastra su rugosa piel y la sequía implacable asola la tierra, cicatrizada por grietas que nunca conocieron la dulzura de la llovizna o el alivio del manantial.

Caer de bruces en la desmesura de ese desierto sin latitud, mascar el vacío a dentelladas de depauperación, buscar algo sólido para nuestra realidad hambrienta, dispuesta a devorar el propio silencio de la piedra. ¿Acaso vagar en la noche por desiertos, por mares de aguas ignotas sumidas en la tiniebla, con la frialdad lunar clareando el vaivén sombrío de la mortaja marina? Noche, mar y desiertos, la jungla infranqueable de enmarañados mangles, donde en el nauseabundo légamo pulula la iguana y el vampiro acecha la tiniebla con su sed viciosa de sangre.

Penetrarás la caverna abandonada donde yacen los huesos olvidados de prehistóricas generaciones, que dejaron en las aristas de las rocas su testimonio balbuciente como de mundo recién parido. En su oscuridad, ¿tal vez el brillo del fuego? No sino la noche, prolongación de un caos innombrado. Perplejos,  no conocieron las estrellas, porque su estómago lo era todo: eran sus dioses el antílope y el bisonte; su geografía, las propias huellas de sus manos calcadas sobre la roca. Adorarían el vuelo de las aves, la fiereza indómita de las alimañas, la vastedad ignota del mundo.
Dejadme un mundo por explorar, no me condenéis a una realidad agotada, a la esterilidad de una peripecia ya contada, en donde las palabras son carcasas vacías, y la vida se recubre con mortaja de cadáver. Dejad a la aurora anunciar sus rayos, permitid que el sol cuaje sus oros en el crisol de la mañana. Que el disco de la vida derrame su resplandor sobre la superficie plateada de ese mar de sueños, que ha dejado atrás la noche, la negra mortaja que una vez cubrió la esperanza. Dejadme sentir ese amor de cada día, cuando el sol absoluto derrama la fecundidad de su corazón sobre las mezquindades del mundo. Dejad que el amor de Dios cale hasta lo íntimo, hasta el último de sus lodos con transformadora esperanza.

PRIMAVERA

PRIMAVERA
Como un grito de socorro
en lo inabarcable. Las manos
que quieren atrapar de plano
la vaguedad fugitiva del éter,
el sonoro goteo del tiempo
sobre las hojas marcesibles de la vida,
las lágrimas prístinas
del rocío sobre la rosa exacta,
la melancolía de los hechos inconcretos.
La palabra rota sobre el labio exangüe,
tratando de sobreponerse
a su vaguedad de aire,
a la fatalidad de signo
que encierra el vacío de un concepto.
¿Devolverá el aliento,
tras la estación helada,
lluvias y céfiros,
el milagro de la primavera?

TABLAO

(Guitarra)

En un tablao de Santa Cruz,
con la calentura de la tarde,
rendidas las almas al trance
resuena una guitarra de luz,
ojo de terciopelo y de carne.
Dedos que crispan su rama;
otros ágiles y rapaces,
que preludian la zambra
sobre un abanico de estambres
luminosos de mañanas.

(Cante)

El raso velo de tedios
cubre el ajimez de la tarde
cuando acuchilla el verso
una síncopa de sangre,
aire de rosa y de espejo
donde el corazón se retrata
como una luna a lo lejos
irradia su desnuda plata.
Palo de dicha o tormentos
que mueve los goznes del alma
como un arado a los campos
la matriz les desentraña.

(Baile)


Vendaval de volantes,
forma de mujer gallarda:
en un reguero de espumas,
dos torrecillas morenas
sobre una tierra de ascuas.
Un cielo de molinetes
riza sus arabescos
por los requiebros del cante.
En Sevilla cae la tarde
y el espacio lo taladran
dos miradas de azabache.
Flamencos desplantes, lamentos
que el aire desgarran,
una flor lozana en el pelo
y sobre el infierno de tablas
el redoble salaz de un taconeo.

Plaza de la Maestranza (reflexiones improvisadas)

Para quien recala en Sevilla no cabe prescindir de la visita necesaria a su plaza de toros. La Real Maestranza de Caballería es uno de los monumentos más singulares y definidores de la ciudad. Su historia recoge la memoria de las tardes más inolvidables del toreo. Su albero fue testigo de renombradas faenas de los grandes nombres de la tauromaquia. En ella forjaron su leyenda Joselito y Belmonte, entusiasmó el Gayo, se encumbró Manolete, y tantas y tantas figuras que improntaron lo mejor de su arte ante el aplauso del entendido público sevillano.

Sorprende de la plaza su discreto tamaño, la mesura de su graderío, que da a entender una asistencia restringida a las corridas. Solo el auténtico aficionado, con verdadero interés por la lidia, acude a los festejos. De ahí, que salir por la puerta grande en Sevilla revista un especial reconocimiento en la carrera de un matador. Sevilla, con perdón de Madrid, es la catedral de toreo. Al menos la armoniosa arquitectura de la plaza así nos lo hace  constatar. No conozco las Ventas, pero a buen seguro que no posee la elegante gracia monumental que distingue a la Maestranza. Se entiende que una corrida en ella contemple un color especial, y se reconozca al toreo como arte.

Es el toreo un arte trágico, pues la sombra terrible de la fatalidad acompaña su rito. La muerte convierte en trágica lo que sin ella sería una colorista poética. La riqueza de su plástica, su vocación de danza, nos lo hacen sentir como arte; la sangre de su sacrificio, misterio ritual. Porque el toreo posee un profundo sentido religioso. ¿A quién se otorga ese sacrifio?, eso es bastante discutible. ¿Acaso al héroe que burla a la muerte?
En cualquier caso la devoción católica está presente, patente en la pequeña capilla de la plaza. Pero no olvidemos que tal fe es una elección individual, relativa a la particular idiosincrasia de cada torero. Me atrevería a afirmar que la corrida de toros en sí, de manera global, responde a un planteamiento pagano en gran medida.

Situarse en el centro del albero de la Maestranza y dirigir la mirada a la puerta de toriles es algo que llena de emoción a quien no carece de una imaginación viva. Se puede presentir al toro, comprobar como la congoja se aglutina en nuestra garganta, como en  la de un torero ante la hora decisiva. Son segundos de incertidumbre, de pavor y de honor. Le hacen valorar a uno las gestas de esos grandes maestros que triunfaron en la Maestranza: Camino, Manzanares, Paquirri, cómo no, el gran Curro Romero.

Paseo de los poetas, en Sevilla

Paseo de los poetas, en Sevilla
Extenuado por el rabioso agosto sevillano, víctima de la insolación en la visita a la plaza de España, aliviado luego por el reposado paseo por las umbrías del parque María Luisa, mis pasos encaminados bajo el aplastante sol me condujeron al paseo adyacente a la puerta de Jerez. Es el paseo de los poetas.

Como digo, me senté en un banco tratando de recuperarme de la agotador caminata. Leí en una cartel: Paseo Federico García Lorca. Se me antojó que aquel era mi sitio. Es un jardín cuidado, sembrado de diverso arbolado, cuyas frondas derraman las sombras necesarias para reconfortar al paseante. Al poco rato, puede comprobar por qué el paseo adoptaba el nombre del insigne poeta. Sobre una gran piedra se reproducía un epígrafe con algunos versos originales de Lorca. No recuerdo exactamente cuáles. Bueno es que Sevilla recuerde a Lorca, ese poeta en cuya voz se recoge el latido de Andalucía. En tan buena compañía, refresqué mis ardores bajo las sombras y desentumecí los pies que ya llevaban largo rato caminando. Una vez repuesto, decidí explorar el resto del jardín, antes de encaminarme al puente de san Telmo, por el que pretendía cruzar hasta Triana.  No pudo ser más agradable mi sorpresa, al comprobar que las diferentes parcelas del jardín estaban dedicadas a un poeta. Así, a la entrada, uno se topaba con el paseo Vicente Aleixandre, con su correspondiente monolito grabado con versos del poeta. Mas allá, tropecé con la pérgola Gerardo Diego, donde en el próximo parterre se erigía otra litografía con sus versos claros. Y cómo no, no podía faltar, en una parte más reservada del jardín el recuerdo de ese poeta verdaderamente sevillano: Luis Cernuda. Leí sus nobles versos, siempre íntimos y aristocráticos. No curioseé más, pero es probable que el jardín reconociera la memoria de algún otro poeta de los que dieron prez a la poesía española, en el pasado siglo.
Cesé mi paseo, porque descubrí en uno de los rincones del jardín  el monumento de una escultura exenta sobre un pedestal. En el se homenajeaba a esa mujer que supo amar Sevilla como ninguna otra: Cayetana Fitz-James Stuart, la fenecida duquesa de Alba. En el palacio de Dueñas da una gran lección de su dimensión humana, de devoción profunda a la capital andaluza.

Cuando me alejaba hacia Triana, pensé que es algo triste este recordatorio póstumo, a toro pasado, de los poetas, cuando en vida solo merecieron penurias e indiferencia; cuando no, como en el caso de Lorca, el trauma de un inmerecido sacrificio. Son los poetas, por lo común, hombres apartados del festín del la vida, que solo encuentran redención en el santuario de su palabra, en el transmundo ideal de la belleza, del espíritu de la belleza.