BREVE ORIENTAL ( observando un espejo decorado, durante la cena en un restaurante chino)

BREVE ORIENTAL ( observando un espejo decorado, durante la cena en un restaurante chino)
Por el jardín vagaba
con su kimono de seda.
Nadie bajó a acompañarla,
solo la luna llena.

La princesa Blancaflor
se asomó al estanque de magnolias;
quedó turbada por lo que vio,
no lo puede apartar de su memoria.

En el sendero hacia casa
entre el ulular del búho
y el lamento del bambú
siente en el ánimo oscuro
la impaciencia de un albur.

Será al abrir las ventanas
cuando el vuelo de la grulla,
admonitorio y gentil,
celebrará la mañana
reverdecida de abril.

Sabrá entonces Blancaflor
que existe un gozo
más ardiente que el placentero jardín,
que los reflejos del día en el pozo,
que la canción de las aves
y el aroma del jazmín;
un gozo comparable a la caricia del sol,
un gozo que en todo hombre nace
y que lleva por nombre amor.

Escritores, escribidores y escritorcillos

Escritores, escribidores y escritorcillos
En la actualidad existen dos clases de escritores: una la del escritor que escribe para el lector común y corriente, considerando en este espectro desde las modistillas - si es que aún quedan- a los maestros nacionales. Mencionaría a otros  diplomados más eminentes, pero no estoy seguro si sus ilustrísimas habitúan el grosero vicio de leer, aunque sea los fines de semana o en su más que frecuente período vacacional. El otro es el de los escritores que escriben para escritores. Entiéndase que en este grupo enmarco a todo a aquel que tiene la espuria tendencia de emborronar cuartillas. El cometido del primer tipo es el de contar historias con las que entretener a su público, valiéndose para ello de cualquier medio que esté en su mano o en su pluma. La presentación de su producto viene a compararse a la de un suculento plato de cualquiera de los restauradores estrella de la guía Michelín. En ese sentido es un Master-writer. Porque al lector hay que entrarle por los ojos, la complacencia y el apetito, englobando en este último sus vicios y veleidades. El cometido del segundo es el de saber enrollarse, para así incidir en la sofisticada inteligencia de cualquier colega, intrincando más si cabe el laberinto de su discurso y el rompecabezas de sus elucubraciones. La diferencia entre uno y otro, es que el primero conoce la efimeridad de su intento, mientras que el segundo pretende que su rollo devenga eterno. Los primeros se someten  a la literatura de género, policíaco, de terror, romántico o fantástico,  en tanto que los segundos alardean de cultivar la literatura pura o gran literatura. Un teórico como Vargas Llosa, artífice de una tercera clase de escritor, el escribidor, opina que la novela debe justificarse por sí misma. Tiene que ser un universo perfecto y cerrado que solo trasciende a la vida en la experiencia consecuente del lector. Recela Vargas Llosa de las novelas que solo son vehículos para trasmitir ideas, objetando con ello de la obra de Hesse o un Thomas Mann. Creo que si a la novela se la despoja de su valor ejemplar, y queda reducida únicamente a juego de ficción, pierde gran parte de su validez. Una novela mascullada, refrita, ensimismada, nunca rebasará ese "demás" de Verlaine.

DINERO

Una de las cosas más complicadas de la existencia es la de obtener dinero, elemento con el cual se alcanzan la mayoría de las cosas materiales de este mundo. Mediante él se obtiene la comida, el vestido, la salud, la educación, la posición, el poder. En este mundo, para acceder al oro, se precisaría  de un báculo alternativo al del que se valió Moisés para golpear la peña de Horeb  en el desierto y así saciar la sed de su pueblo. Todos los negocios que he intentado emprender en mi vida se han visto abocados al fracaso. Cualquier labor parece estéril, no pudiendo añadir al caso ni lo de "menos da una piedra". Da la impresión que el dinero sólo está en algunas manos que lo controlan y que no permiten que se les escape por ningún resquicio. Salvo el salario invariable que cobro cada mes como esclavo social de la industria, sometido a todas las servidumbres laborales y administrativas, no consigo atesorar ningún euro más en mis arcas, como no sean los escasos embolsados en la pedrea de La primitiva. Me da en la nariz que las riquezas se hallan en manos de ciertas mafias amparadas por el diablo, que no dejan para los modestos corderos sino las parvas hierbas que crecen espontáneas en los campos. ¿Es esto la voluntad de Dios, o hay aquí gato encerrado?

Viejas voces de juventud

Esta mañana, al levantarme, me han acompañado positivas sensaciones. No he percibido síntomas de mareo y el dolor de cabeza que me acompaña desde hace semanas se había mitigado. El día era radiante, uno de esos días esplendorosos de primavera que se dan en Alicante. Al despertar, en mi ánimo no pesaba la desgana que me deprime desde la muerte de mi padre. Tengo cuatro días de asueto por delante y no hay que desaprovecharlos. Porque aunque las perspectivas de la vida parecen halagüeñas (la cuenta bancaria, por fin, ha medrado, me esperan solo uno o dos años para la jubilación y  los problemas no presentan aspectos demasiado siniestros) la realidad, no obstante, siempre encubre esa rebaba que amenaza peligrosa. Y es que la vida a veces enseña su cruda realidad. A mi madre la tiene postrada a sus 93 años en un lecho que ya no puede abandonar. Con este ejemplo delante, barruntamos la convicción de Julio César asegurando que la mejor muerte que a uno puede acaecerle es la repentina. Pero no a todos corresponde tal suerte. Tengo frente a mí la portada de un cedé de Jaqueline Du Pré. Confieso que su existencia me era completamente ajena, pues aunque aficionado a la música, mi conocimiento de su historia es limitado. Llegué hasta ella mientras seguía por yutube unas interpretaciones de Baremboin. La red me sugirió cierto  video de un trío de Beethoven, en el que un joven Baremboim era acompañado por una rubia violoncelista y un correcto violín. Desde el primer momento me cautivó la belleza de la joven. Ni que decir tiene que se despertó curiosidad. No tardé en averiguar que aquella atractiva joven, Jaqueline Du Pré, fue la primera esposa de Daniel Baremboim y que, constaté luego consternado, falleció en 1982, aquejada por una esclerosis múltiple.
¡ Qué ejemplo más demoledor! ¿Cómo alguien poseedor de un talento y una belleza exquisitos pueda ver truncada su existencia con el pago más cruento del destino? Cuando la muerte llama a la puerta, su golpe de guadaña se presenta contundente y sin concesiones. Poco importa cómo quedemos los vivos, y qué será después de los muertos. Solo soportamos tan injustas circunstancias, porque nuestro corazón se endurece en el ejercicio de la vida y nos volvemos insensibles frente al dolor.
Pero, cambiemos de tema, y recordemos que hoy nos hemos levantado con renovado optimismo. Como cada sábado, he ido a la compra y en el tiempo sobrante, curioseando en una tienda de segunda mano, ha llamado mi atención un viejo disco de vinilo, que contenía dos long plays, como se decía antes, de Joan Baez. Los discos se escuchan con placer, pues pese a sus muchos años no están muy deteriorados. Lo componen grabaciones que conmemoran los 10 primeros años de la cantante. La grabación tendrá más de cuatro décadas y me ha costado cuatro duros. Para escucharlo he tenido que desempolvar el giradiscos del viejo equipo de sonido. El vinilo ha hecho mis delicias, pues nos recupera la vibrante voz juvenil de Joan Baez, quien como nadie interpretó a Dylan, así como el cedé de Jaqueline Du Pré revivirá la luminosidad y agonía de su melancólico violonchelo, haciendo bien presente su fugaz y malogrado paso por la tierra.

COLECCIONISMO

Oigo en una conferencia de Andrés Trapiello que a principios del siglo XX se encontraban cuadros del Greco en el rastro.  Hoy sería inverosímil, pues cualquier objeto de valor no suele pasar desapercibido. En Alicante, bajo los pórticos de la plaza del Ayuntamiento, se monta un pequeño rastro dominical. Se comercia con objetos, libros, discos, sellos, monedas. Es un mercadillo que yo ya frecuenté de niño, época en la que se padece además de las fiebres debidas a la viruela o la rubeola, la del coleccionismo de cualquier tipo. En mi caso era de sellos, como prolongación del coleccionismo de cromos, fueran de la liga de futbol en curso o de cualquier otro álbum  de variada temática con los  que se quería darnos el timo de la estampita a  cargo de las publicaciones del ramo. Hoy como ayer soñamos en encontrar ese sello rarísimo que cuesta un fortunón y que venga a resolver parcialmente nuestros males. Pero tal posibilidad no se da nunca, pues los astutos comerciantes mantienen bien en guardia el ojo avizor. Lo que hoy día me lleva hasta allí muchos domingos no son los sellos, cuyo  coleccionismo no rebasó los límites de la puerilidad, sino los libros antiguos y de ocasión. Se encuentran libros casi tirados de precio, a euro y a 2 euros, pero tal vez porque el libro se ha convertido en una mercancía que interesa a muy pocos; solo  a algunos descabalados como yo para quienes la letra impresa constituye uno de los elementos de su dieta. La mayoría de estos libros de saldo no tienen otro valor que el papel en que están impresos, pues son versiones basura de obras
ya desechadas por el público lector. Los venden a un euro porque a caso los han adquirido sin coste alguno.
Cuando redescubrí recientemente el viejo mercadillo, tuve la pulsión de deshacerme de una mochila de libros que sobresaturaban mi biblioteca y así intenté trapichearlos en alguno de los puestos, donde tras mucho regateo convinieron en quedárselos si se los regalaba. El comerciante de al lado me ofreció cinco euros por todos, y habían más de veinte, y tuve que capitular. No obstante, en este rastro no como vendedor sino como comprador he conseguido algunos ejemplares interesantes; ciertas primeras ediciones adquiridas a cifras módicas y algún que orto libro curioso, entre los cuales como nos ocurría en la infancia con los sellos, soñamos con encontrar ese ejemplar que sin esperarlo tenga un valor suficiente que llene nuestros bolsillos; pero ¡quiá!, a estos libreros no se les escapa una. No ha mucho creí haber dado en la diana: cayó en mis manos por unos pocos euros una primera edición de Clamor, del poeta Jorge Guillen. Que fuera una primera edición del 77 ya presumía un coste más elevado que el de la compra, pero es que para colmo llevaba escrito en la contratapa un poema manuscrito y firmado por el propio poeta. Creí haber dado con algo y decidí ir a un entendido para que me lo valorara. Pero afortunadamente no llegué a dar ese paso, porque un pariente me sacó del error haciéndome reconocer que el tal poema autografiado no era más que una fotocopia que el editor se había decidido a imprimir en las primeras y postreras páginas del libro. El asunto no pasó de un desliz de coleccionista bisoño. Habrá que aguardar a ese otro inesperado golpe de la fortuna o al no menos improbable pleno en La Primitiva.

Al filo de la madrugada

Al filo de la madrugada
Oigo a Solti interpretar la música fúnebre de Sigfrido. Pocos directores se emplean con una pasión mayor. Alguién me dijo: ¿Pero quién es Solti? Quizá quien realizó la versión más depurada del Anillo...en versión de estudio. Cierto que el magisterio de Knappertsbusch y Fürtwangler pesan como losas. Ambos protagonizaron la mítica wagneriana, junto a las voces privilegiadas de Hotter, Nilson, Flagstad, Windgassen, Frick, Greindl , etc. Es curioso que en pleno auge del rock se produjera esta edad dorada del wagnerismo. Pero hablando de otra cosa, he dejado a un lado la biografía de Stendhal, que sigo releyendo. Son la 1 de la madrugada, y la vista se fatiga. Saboreo unas páginas donde se narran los pormenores de ciertos amores tangenciales del autor de Rojo y Negro. El biógrafo hace hincapié en su relación con la recordada cantante Giudita Pasta, en casa de la cual Beyle revivía sus recuerdos milaneses. Milán debe haber cambiado mucho desde los tiempos aquellos, en los que Stendhal  se extasiaba en sus maravillas. Nos queda la Scala, la pinacoteca de Brera, el Castello Sforzesco y la galería Vittorio  Enmanuelle, que el francés no conoció. Olvidaba  Santa Maria de le Grazzie, cuando acaso pudiera disfrutarse mejor la Santa Cena que en la actualidad. Aquí yace Arrigo Beyle, milanesse. Sin duda, en Milán Stendhal encontró algo más que un encanto costumbrista que pudiera satisfacerle. Cabe conjeturar que Stendhal en Milán se encontró a sí mismo. Cada persona tiene ese lugar donde su personalidad se goza plenamente. Para mi madre, arrancada en la infancia de su tierra natal, significaba su Linares de origen ese marco donde su yo se realizaba en su sentido más positivo. Yo hace un tiempo, creí reencontrarme en Venecia, pues para mí Alicante no deja de ser un pesaroso compromiso. Pero Venecia es de tantos, que en vez de en amada se resuelve en meretriz. No se sí algún día encontraré ese lugar, ese refugio, geográfico o humano, donde pueda ser yo mismo, sin más pudores.