The year we lived dangerously

El año que vivimos peligrosamente es una película de la que guardo mejor recuerdo entre las rodadas en décadas precedentes. Se estrenó en un tiempo cuando el cine ya sólo se guiaba por patrones de índole comercial. El cine norteamericano solo nos había dado la alargada sombra de Coppola. Y desde las antípodas australianas comenzaba a emerger una nueva cinematografía. De aquella generación el director de mayor alcance fue Peter Weir. De toda su obra, El año que vivimos peligrosamente cuenta con mi predilección. La protagonizaba un joven astro, nacido en norteamerica, pero que había optado por el cine australiano como trampolín para su carrera internacional. Se lo descubre en la saga apocalíptica de Madmax, pero ya había trabajado antes con Weir en Gallipoli. Aunque es seguro, que fue con "El año..." que asentó su carrera.
Weir nos devolvió al olvidado cine de autor. Ese cine para pedantes que todos echábamos de menos. Extinguidas las viejas dinastías europeas, nada quedaba para oponer al oportunista y simplón rodillo holiwoodiense. Weir recupera la esperanza en el cine. Desde ese comienzo donde un narrador testigo nos introduce en la atmósfera sugerente del film, rápidamente la historia capta nuestro interés. Aquello era nuevo, o cuando menos desusado. Billy Kwan, el chino australiano, introduce al neófito en la escenografía de Yakarta, envuelta en sombras enigmáticas que emergen desde el fondo de su tradición y sus miserias.  Una ciudad que se derrumba, atribulada por la corrupción, el hambre y la pobreza. Reniega de ese occidente que sólo acude a aquellas latitudes en busca de provecho. Kwan es esa conciencia despierta a la que solo le queda el arma  de denunciar. Hamilton cegado por sus propias ambiciones permanecerá hasta el final como testigo interesado de ese mundo que se desmorona. Solo por la muerte de Kwan recobra el milagro del amor. Huirá a los brazos de Jill, rescatado del Walpurgis desatado.
The year we lived dangerously nos devuelve la densa literatura, el gozo de la palabra, y nos integra en un cine que invita  a la reflexión. En ella se buscan respuestas para el dilema intercultural. Una respuesta que occidente  no sabe dar, sino con planes fracasados de ayuda que hunden a los pueblos en calamidades mayores que las anteriores. Kwan. en su desesperación, se confunde en la nostalgia de la música de Strauss, en ese adormecerse que propone el verso de Hesse, milagroso en la voz de Kiri Te Kanawa.

¿Qué fue de aquellas flores...?

¿Qué fue de aquellas flores...?
¿Qué fue de aquellas flores que tarareábamos con Pete Seeger...
qué del lirismo comprometido en la voz transparente de Joan Baez...
qué de la perplejidad con que Dylan interrogaba al viento...?
Todo fue un frágil sueño de fraternidad;
sus propósitos se los tragó el sumidero del tiempo,
cuando con su corriente arrastra el aluvión de escombro,
la ensoñación de improbables utopías.
Vivíamos unos años de inocencia,
cuando descreíamos de la potestad establecida
y nos deslumbraba la brillantez del ángel caído.
Creíamos beber el agua nueva,
cuando se trataba de algo que por más de una centuria
arrastraba la corriente.
La rebeldía era un valor, pero la dureza
del camino intrincó la alegre andadura.
Pesarosos reconocimos cómo el sórdido
furor del silencio devastaba las canciones.
Del fulgor de Luzbel solo irradiaban infernales incandescencias,
mientras probábamos con asco la pócima de la autodestrucción.
Por la senda solitaria ya sólo caminaba un lobo solitario,
que se dejaba cegar por los destellos del neón
y deambulaba los callejones transitados por la luna.
¿No hay redención por el delito perpetrado?
Cuando extiendo las manos maltratadas de trabajos
y escruto en el fondo del túnel la impenetrable tiniebla,
el oído alerta quisiera recordar la fresca melodía
de aquellas viejas canciones entonadas por la voz de la inocencia.



BELLE DE JOUR

En un gran centro comercial, durante la temporada de rebajas, revolviendo entre una montaña dedicada a lo audiovisual encontré entre todo aquel material de deshecho un dvd de Belle de jour, de Buñuel. Lo oferta no venía sola sino que iba acompañada de un episiodio de todo aquel serial erótico, enormemente popular, que constituyó el ciclo de Enmanuelle. Sobre cuál de los dos títulos fue el que me impulsó a decidirme a comprar aquella devaluada oferta habría que hacer sus cábalas. Seguramente, debí padecer por entonces lo que en la actualidad se definiría como subidón sexual. Ya en casa, tras visionar la primeras y decepcionantes secuencias de Enmanuel,  escondí la película en el rincón en donde suelo depositar el escombro audiovisual.

Pero la otra noche, respondiendo también a inconfesables razones, rescaté el dvd de su letargo y lo introduje en el reproductor. Esta vez, me decidí por Belle de jour. Vi por primera vez la película hace años, cuando el hábito del cine se prodigaba todavía y se precisaba estar al tanto de aquellos films rubricados por los grandes maestros. No nos cabe duda que Buñuel lo fue. En su filmografía, quizá Belle de jour no ocupe el lugar más destacado. No obstante, la historia que nos narra es sugerente. Se basa en una novela del escritor francés Joseph Kessel, del que no recuerdo haber leído nada suyo. Desconozco la novela, pero estoy seguro de que Buñuel urde una recreación en consonancia con su obsesiones personales más constantes. Lo que no falta en el film, es morbo. La historia de esa mujer decente, que se esfuerza en guardar las convenciones, pero  a quien las tentaciones inconscientes la impelen a desahogar sus concupiscencias más abyectas, es una argumento que da mucho de sí. Hay quien se encuentra en los burdeles como en casa,y se acoge a la máxima de Wilde de que la mejor manera de vencer la tentación es caer en ella. o lo que es los mismo, la asunción de la desvergüenza. El relato nos enfrenta con la doble moral tan frecuente en nuestros días, manifestando ese desdoblamiento de la personalidad con el que en alguna etapa de nuestra vida hemos convivido. En la película quizá Buñuel intenta una especie de exorcismo de sí mismo, y se enfrenta a esos fantasmas con los que posiblemente coincidió en su juventud durante la frecuentación de los burdeles. Buñuel como Dalí reconoce a Freud como padre. Se cuenta que en la Residencia de estudiantes fueron memorables sus correrías nocturnas. En algunos de los personajes-clientes del film no falta el surrealismo. Y la mirada que da de la más vieja profesión del mundo se halla impregnada con su especial socarronería. La exquisitez de Catherine Deneuve en contraste con su obscena aventura despierta en el espectador sus más recónditas impudicias. No es que recomiende la película, pero es que se puede tener alguna noche tonta que otra.

Afrontar la adversidad

Afrontar la adversidad
Pasamos por la vida disfrazando circunstancias, cuando de pronto su necesidad irrumpe violenta. A mí me suelen despertar sus golpes bajos o sus crochets de derecha cuando no los de izquierda más marrullera. Recuerdo que cuando mi vida tocó fondo vino a finiquitarla la contundencia de un directo en el plexo solar. Para un hombre doméstico como yo, la violencia no es su mejor arma. Tuve que digerir el atropello como buenamente pude: sobreviviendo apenas, recordando que la venganza no nos corresponde. La vida es como una cabalgadura que en ocasiones da alguna que otra coz. En tales extremos, le urgen a uno soluciones balsámicas y se acoge a lo que buenamente puede. Cuando ya se ha sucumbido a las drogas, sea alcohol u otras sustancias igualmente inicuas, solo nos resta encomendarnos a Dios. Leyendo la Biblia encuentras el último consuelo, un reducto de gozo y libertad para el espíritu, que te ayuda a sobrellevar ese peso de cuando todo en la vida ha perdido su aliciente y la muerte va llevándose a los seres queridos. Porque la guadaña de la muerte es homicida y repentina, y podemos encontrarla al volver de cualquier camino, en el vano de cualquier puerta, y su crudeza es tan cruel y ominosa como una patada en salve sea la parte. La bondad de Dios nos granjeó el paraíso; nuestra iniquidad el sinsabor de la necesidad, el brutal descubrimiento de lo nefasto. Cuando te abata la contundencia sin tregua ni esperanza del destino, su esencia trágica, ten presta la flor de un Padre Nuestro en la comisura de los labios: te devolverá la sonrisa de la comedia.
Como decía mi sargento de guardia: Al mal tiempo, buena cara.

LA NOVELA SEGÚN JAMES

No me cuento entre los acérrimos a Henry James. Comparto con él el inconveniente de una madurez solitaria y la fascinación por Venecia e Italia. Tal predilección no es nueva, la compartía Goethe y por ella Stendhal renunció a los salones parisinos. Durante un tiempo me dio por recopilar toda la prosa que James escribió sobre la ciudad de la laguna. La leí con cierto diletantismo. En los Papeles de Aspern su suspense me mantuvo avizor hasta el final. He de confesar que Las alas de la Paloma, sin embargo, no acabé de digerirla; se me volvieron tediosas las indecisiones de los protagonistas, envueltas en esa prosa circunloquial y espesa, cuyo almíbar produce cierta obnubilación de la  consciencia. Más tarde leí sus Horas venecianas desapasionadamente. ¿Sería defecto de James o es que Venecia iba perdiendo su fascinación idolátrica? Supongo que ambas cosas. De todas formas, me aproximé a la obra descomunal de James. James era uno de esos hombres que lo escribía todo, con una facundia febril. Se ajustaba sobre todo al pormenor, y de este hacia un palimsesto ciceroniano. Borges lo cuenta entre los escritores de culto. Durante algún verano me entretuvo su novela Washington Square. Fue el teórico del punto de vista, privando del dogmatismo a la novela, reduciéndola al relativismo de la lectura abierta. La viejas novelas, insertas en la teodicea del narrador omnisciente, fueron abatidas de su supremo pedestal. Esa voz telúrica que trastornaba las conciencias en el trasfondo de Los Miserables o Los tres mosqueteros, o que ya en el siglo veinte adoctrinó desde las cumbres de La montaña mágica, tenía sus novelas contadas. James las había finiquitado desde el estremecedor relato Otra vuelta de tuerca, que continúa siendo para mí su novela más estimulante, quizá porque en ella no tropezamos con la tortuosa dialéctica de James, que se vuelve aplastante en obras como El retrato de una dama o La copa dorada. Lo suyo es la novela sicológica, donde hurga los entresijos de la prosa, recostado en el diván sicoanalítico que inaugurara Sigmund Freud.

OK! Rick.

Al caer la noche me dejo envolver por el sueño apolíneo de Casablanca. Posiblemente, la película con guión más charlatán, exceptuando las de Mankiewicz. Fue dirigida por Michael Curtis, un artesano de filmografía bastante sólida, especializado en el género de acción y aventura. Filmó Casablanca con el mayor acierto y en el momento idóneo. Su mensaje intervencionista en el conflicto bélico mundial debió de calar hondo en la conciencia americana.
Gusta a uno sumergirse en el exótico ensueño de Casablanca, sublimar nuestra realidad desengañada en esa atmósfera optimista de fundamentos éticos. Sin duda el film gira entorno a la personalidad de Rick, el héroe que encarna la moralidad ejemplar. Todo el ambiente que rodea al protagonista delata un realidad caótica y corrompida. En un mundo que se desmorona, nosotros nos enamoramos, le dice Ilsa. Rick asiste a la debacle con la impasibilidad del jugador precavido; atento a cada de los movimientos, con la reflexiva cautela del ajedrecista. No otra cosa distinta a una partida de ajedrez se deduce de la trama que involucra a Rick, el teniente Renault, el mayor Strasser y Vicktor Laszlo. Rick con obvia prudencia mueve sus fichas para provocar el jaque mate del adversario. Los diez mil francos de la apuesta con Renault vuelven más atractiva la victoria, pero Rick no es hombre que se deje obnubilar por las riquezas. A la oferta exorbitante que le ofrece Laszlo por los salvoconductos, aduce razones de caracter personal:¡Pregunte a su mujer!
Como digo, infiltrarse en la ilusión que nos promete Casablanca acaba por resultar deleitoso,
pues contemplar la erosión social que nos rodea, pese a que hoy todavía no contemos con la amenaza directa de una nueva guerra mundial, y asistir a esa degeneración en donde los valores censurables abruman nuestra cotidianidad, nos hace volver la vista hacia ese Rick temerario, impertérrito, que asume el sacrificio en pos de unas consideraciones de rectitud y virtud insobornables. En la lealtad de su renuncia a favor del prójimo reverdece la dignidad del ideal del hombre. La personalidad de Rick mantiene el viejo modelo caballeresco olvidado en nuestro tiempo. Nunca nuestra sociedad se ha visto más urgida de nobles ideales a los que aferrarse. No basta con viajar a Casablanca para tomarse una copa en ese remake del Rick´s, Café americain.

INVECTIVA

Guardamos de la poesía la más alta consideración; en ella vemos el instrumento más apropiado de análisis de la intimidad del ser humano, además de un método inmanente de reflexión estética sobre la realidad. Nos duele por ello que ciertos rapsodas mancillen su jardín con semillas corruptas, facinerosas audacias y croniquillas de amoríos adulterinos.
De tanto manosearla con impúdicos dedos, la rosa ha marchitado.

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher

Visconti y el adagieto de la 5ª de Malher
Seguramente el adagieto de la 5ª sinfonia de Gustav Malher no fue escrito pensando en Venecia. No obstante, a día de hoy su desvinculación resulte trabajo baldío. Visconti, en contacto permanente con el mundo de la gran música (su relación estrecha con las bambalinas de la ópera es de sobra sabida), poseía un refinado olfato musical a la hora de elegir entre las más excelentes partituras para sus peliculas. Repasando ahora su filmografía,  sin duda quedarán ejemplos que se nos escapan. En estos momentos recuerdo tres de sus incursiones en el universo musical clásico. Antes de la Muerte en Venecia, Visconti rodó Senso, con Farley Granger y Alida Valli, actriz que quizá sea más recordada por el Tercer hombre. Para Senso Visconti cuida especialmente la banda sonora. En ella recurre para su tema principal a un autor que, dentro de la órbita de la música clásica, puede reconocerse como de minorías: Anton Bruckner. Bruckner fue un compositor austriaco que devolvió su esplendor a la sinfonía tras el huracán wagneriano. Para la película Visconti elige la 7ª, de la cual se cuenta que fue escrita tras conocer el autor el fallecimiento de Richard Wagner. Porque fue Wagner quien abrió para Bruckner las puertas del Parnaso tras reconocerlo como la nueva voz del género sinfónico. Prudentemente, Bruckner renunció a componer óperas. La biografía de Bruckner nos habla de un hombre sensible, entregado enteramente a la música. Alcanzó la cima en su últimas sinfonías, de las cuales la 9ª es de las más interpretadas, y con sus  Misas y Te Deums. No cabe duda que la música de Bruckner se restringe a ámbitos selectos de iniciados, entre los cuales obviamente se movía Visconti, que con Senso supo abrir el ventanal a ese mundo sonoro desconocido, por el que todavía navegamos, hasta ir a recogernos en esa isla paradisíaca donde reina la belleza.
Pero Visconti, lanzado el señuelo, no pretendió dejarnos ayunos, y para ello nos preparó una comida suculenta con su film quizá más recordado, Muerte en Venecia. Acudió para tal menú al mejor Malher de la 5ª y 3ª sinfonias. Sobre el "adagieto" de la 5ª, en realidad su cuarto movimiento en una sinfonía de cinco, con lo que trasgrede la forma sonata implantada por Beethoven y el clasicismo,  fundamentó el film, a cuyo mundo nos introduce, a través de sus fotogramas, en el amanecer de una Venecia traspasada de estímulos emotivos, y envuelta en una atmósfera exquisita en la que se retrata la ambigüedad del film. Mi conocimiento de Malher seguramente date de la contemplación de la película de Visconti, cuyo recuerdo parangono al culmen de una experiencia embriagadora. Pudo ser Visconti, pero fundamentalmente fue Malher y la vivencia totalizadora del arte, en donde, como diría Shelling, se reconoce lo absoluto en lo particular. Ahora, cuando vuelvo a ver el film, noto en su factura cierta mórbida gelidez, que la levedad vaporosa del adagieto no consigue mitigar.
La tercera aproximación del director milanés a la gran música se da en uno de sus filmes menores: Confidencias (o grupo de familia en un interior). Título más plástico que musical, pues del diletantismo del viejo profesor protagonista (Burt Lancaster) hacia la pintura se infiere el titulo de la película. En ella se retrata el mundo grosero de la alta burguesía en un interior resguardado de la vicisitudes sociales. En esa torre de marfil habita un viejo profesor cuya pedagogía intenta trasmitirnos. Recluido en su arca de Noé artística intenta sustraerse de la debacle que augura para el mundo. No lo conseguirá pues todas la fuerzas hostiles de éste se infiltran en la casa, al admitir como inquilinos a un heterogéneo grupo familiar. Y para huir de todas aquella mezquindades que le sobrevienen solo le resta un recurso, imbuirse en la música. El aria de Mozart : "Vorrei spiegarvi, oh Dio!" constituye por unos momentos su tabla de salvación.

Herodías (acercamiento a un relato breve de Flaubert)

He descubierto un relato corto de Flaubert que desconocía: Herodías. Junto con Salambó representa una de la pocas ocasiones en que el autor se adentra en la novela histórica. El tratamiento que Flaubert da al género no tiene coincidencia alguna con el uso que se le da actualmente. Porque Flaubert no hace del relato una incursión entretenida en el terreno histórico, sino literatura en el mejor de los sentidos.
Su acercamiento a la antigua palestina es un lujo de erudición y de rigor descriptivo, no menor que con el que nos recrea la antigua Cartago en Salambó. Flaubert penetra la intimidad del Tetrarca de Galilea: en el orden de su ambición, su subordinación a Roma y su procónsul, y en un nivel más personal, el deterioro de su vida familiar.
Flaubert parece esculpir sus frases; el resultado del texto es fruto acertado del escoplo y del acabado embellecedor de la lija. Solo en uno de nuestros mejores prosistas, Gabriel Miró, encuentran paralelos los aciertos del francés. Su acercamiento a la palestina evangélica viene lleno de fascinación, fascinación seguramente adquirida durante su inspirador Viaje a Oriente. En Flaubert, lugares y personajes se revisten de una consistencia diferente. Las descripciones resaltan con la profundidad del claroscuro, como ocurre con el paisaje, donde deslumbra la inmediatez de la luz frente a la tenebrosidad de los abismos y las escarpadas siluetas de los montes con que nos dibuja el Maqueronte. Al detenerse en los retratos, consigue penetrar tras su máscara y calibrar sus limitaciones; sus dudas y temores se vuelven conscientes. Los abismos de sus almas se miran en el espejo del Bautista. Para Herodías solo la muerte de éste puede borrar la vigorosa imagen de su culpa impresa en la realidad. Pero cuando vuelve en sí, con la cabeza del Bautista sangrando a sus pies, comprende que la acusaciones del profeta se hallan incrustadas en su alma como el cristal a la roca.

ALGO MÁS SOBRE LOS BORGIA


Fueron los Borgia (o Borja, su apellido vernáculo de origen aragonés) sin duda una familia singular. Para Mario Puzzo, la gran familia del crimen. Porque como a casi todo en España, también les acompaña su leyenda negra.  La familia tras la conquista  de Jaime I  se asentó en Játiva, cuyas alturas domina su castillo y en cuya catedral se guarda memoria de sus dos papas, Calixto III y  Alejandro VI.
Con el primero, una rama de la familia se trasladó a la capital papal, Roma, donde las oportunidades se ajustaban  a la medida de sus ambiciones. El papado de Calixto III no guarda acontecimientos extraordinarios para la historia de la iglesia, pero si en el devenir de su familia, que bajo su apostolado afianzó sus raíces en la capital de la cristiandad. Pronto los Borgia se codearon con las sagas de la nobleza romana autóctona : Los Colonna, los Orsini, y el resto de familias italianas, como los Cibo, Picolominni, de la Rovere, que dejaron su impronta en la tradición eclesiástica. La lucha por alcanzar máximos honores, de los cuales sin duda alguna el mayor sería cubrir su cabeza con la majestad de la mitra pontificia, debió ser ardua, resultado de una política de cálculo y presión. La alianza con otras familias descollantes que, como buitres sobrevolaban el solio de Letrán, resultaría decisiva para que el cónclave se decidiera en uno u otro sentido, por esta o aquella familia.
La competencia política de Rodrigo Borgia, avalada por el ascendiente de su antepasado CalixtoIII que lo llevo siendo joven a Roma, debió de ser uno de los factores que determinaron su ascenso hasta la silla de Pedro. Su nombramiento no tenía nada de extraño en una Italia donde el reino aragonés, comandado por el rey Fernando de España  trazaba los márgenes de sus influencias. Impulsado por tal voluntad, económicamente respaldado por la famiia Medici, el futuro Alejandro VI  salió airoso de la pugna con las habituales familias que ambicionaban el papado. Como Papa, Alejandro ha dejado una memoria contradictoria. Oscurecida su huella por la leyenda oprobiosa que persigue a su familia, sus hechos se ven empañados por la dinámica que caracterizaba a las cortes papeles de la época. Simonía y nepotismo estaban arraigados en la ética eclesiástica y, Alejandro VI, no los abolió sino que muy al contrario fue a caso su mayor impulsor .  Favoreciendo a sus hijos con cargos y prebendas eclesiásticas, desencadenó el torbellino que sería responsable de su propia destrucción. Alentado por su hijo, César, al que nombró cardenal y más tarde gonfaloniero de los ejércitos papales, emprendió una política represora y de extensión territorial, encaminada a establecer en la iglesia una hegemonía de carácter familiar. Cesár barajaba el golpe de estado, que impondría en el reino de Pedro no ya una monarquía electiva sino un caudillaje de tipo hereditario. Con gran solvencia militar César, que se anexionó cuanto territorio convenía para la fundación de su gran Romaña, saqueó ciudades, suprimió adversarios, doblegó repúblicas y  puso en entredicho la continuación de la iglesia. La cual empezaba a evaluar la necesidad de una reforma, que monjes como el malogrado Savonarola, ejecutado en la pira de la plaza de la Signoria, de Florencia, venían postulando.
La invectivas proféticas que el monje lanzaba sobre la iglesia de Alejandro VI  y su animadversión republicana hacia la familia Medici, seguramente fueron decisivas en su condena. Nada más lejos de la voluntad del papa que ceder a profecías de dudoso cumplimiento ni de renunciar a deleites como lo que le proporcionaba su amante, Julia Farnese.  Pero lo cierto es que Alejandro VI no iba a sobrevivir mucho al dominico, sucumbiendo a la vorágine de su taimada política. La historia, como en tantos casos, no se pone de acuerdo. Se desconoce si murió envenenado o víctima de unas fiebres, síntomas que afectaron a su vez a su hijo César, quien sobrevivió a la plaga, pero heredando ya en realidad un poder descabezado. Su capacidad de maniobra debió verse tan mermada, que durante el siguiente cónclave para la elección papal tuvo que otorgar su voto a quien quizá fuera su peor enemigo, Giuliano de la Rovere, el futuro Julio II.
Pero la vitalidad de esta familia no tuvo por semejante debacle ni mucho menos su extinción. Años después tenemos un nuevo protagonista, flamante duque de Gandía.  Pasa a la historia durante el entierro de la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Se cuenta que frente al cadáver de la reina, juró no volver a servir a un señor que fuese esclavo de la muerte. Y el mundo no ha conocido a otro que a Jesucristo. A su servició, pues, se consagró como fiel monje jesuita, hasta ser canonizado como San Francisco de Borja. Su palacio de Gandía, si bien remodelado en épocas posteriores, conserva su memoria junto a ese gran lienzo romántico que se exhibe en el Prado, del magnífico pincel de Moreno Carbonero. Borgias y Borja parecen ser la cara y la cruz de una misma moneda lanzada al aire tornadizo de la historia.