Pat Garret&Billy the Kid

Han repuesto en televisión la vieja cinta de Peckinpah, Pat Garret&Billy the Kid. La película me parece algo desigual, pues la encuentro a un paso del "spaguetti western". En ella destacan las figuras de un James Cobrun, en su rol característico, y de un joven Chris Cristopherson, que da alguna consistencia a un personaje malogrado en las numerosas versiones que ha prodigado el cine.
Junto a ellos aparece como secundario Bob Dylan, cuya interpretación es bastante discutible pero que envuelve con su música el espíritu del film. Dentro de la fimografía de Peckinpah es una de las menos violentas, pese a su elevado número de cadáveres. Porque la violencia en ésta cobra un aspecto teatral, el de los westerns de serie B. Con un mucho más reducido número de muertos, Peckinpah nos trasmite una atmósfera de transgresora violencia y latente crueldad en otros filmes como Perros de Paja, cuya verosimilitud golpea más contundentemente en nuestra sensibilidad.
La presencia en Pat Garret&Billy the Kid de Bob Dylan nos ofrece la lectura del film, donde se nos presenta a un Billy de una radicalidad antisistema y a un Pat Garret que ha claudicado a la presión de lo establecido. Quienes antes cabalgaron el territorio de la libertad, bajo el furor de una voluntad indomable y sin más ley que su revolver, tienen  que responder al desafío que trae la civilización, cuya dimensión demoledora corrompe o extermina cualquier manifestación genuina y libertaria de lo humano. Ante tal fuerza arrolladora del sistema ambos hombres adoptan posiciones distintas, uno se deja corromper por lo inevitable, cediendo en su integridad, convencido de que nada se puede hacer frente a la presión de los nuevos, aunque hipócritas, valores de ley, orden y civilización. El otro no cederá y luchará hasta el final, sabedor de que solo puede pertenecer a ese mundo que periclita. Kid no ambiciona más cosa que ser dueño de sí mismo y no ver castrada su voluntad por la imposición de un estado. El mensaje del film es claramente libertario, que tanto Peckinpah como Dylan, hombres de los 60, claramente compartían.
Cuando veía la película y escuchaba la música de Dylan, su melodía me hacia recordar muy vívidamente la canción Pongamos que hablo de Madrid, de Joaquín Sabina. Siempre es bueno basarse en los fundamentos de un flamante Nobel.

Domingo, maldito domingo

El domingo es un día resignado. No en vano el Demiurgo creo el mundo en seis días y el séptimo, descansó. Diríase que la ciudad, en la catarsis del sábado noche, ha conocido sus límites y se repliega ante las exigencias existenciales, consciente de la caducidad de lo humano. Domingo de resaca, donde el cuerpo abotargado del ciudadano asimila las sobredosis de etílico, en el mejor de los casos.
Las tardes de domingo no se tropieza a casi nadie por las calles, sobre todo en un otoño con amenazas ya de invierno. Los comercios permanecen cerrados, salvo contadas áreas de ocio donde tampoco se encuentra a casi nadie. Ustedes dirán que los domingos son para disfrutarlos en la tranquilidad acondicionada del hogar o en la oscuridad de las salas de cine, evadiendo la imaginación del hostil día a día, que amenaza con la desolación apocalíptica que anuncian cintas como Blade Runner. Porque los domingos se siente uno "replicante", victima de una vida programada cuyas claves se hayan confinadas en algún reducto secreto bajo un código imposible de descifrar. Como autómatas aceptamos las conveniencias que impone el reglamento social, del que hemos sido imbuidos mediante una educación que se supone encaminada a servir al bien común. Tan ardua tarea parece quedar hoy en manos de los políticos, empeñados en diseñar cuál es el modelo más aceptable de ciudadano. Teóricamente tales presupuestos se antojan válidos, pero cuál es el meollo del por qué la mayoría de ciudadanos se aparte del retrato robot del súbdito ejemplar. Algo falla en el engranaje cuando el común de los mortales se aparta de unas directrices cuyos fundamentos hoy por hoy evidencian una crisis radical. La cuestión es que los viejos valores se han desdibujado, los pilares en donde se asentaba la conducta social hoy son denostados y se presentan
nuevas normas de conducta para nuestra vida. Lo políticamente correcto, que hoy día se concreta en asimilar y aceptar las diferencias  de las minorías, cuando no de una masa indiferenciada que trata de imponer su rebeldía, ha tomado carta de naturaleza en el tejido social. Celebraba el rey David en uno de sus salmos la jerarquía de Jehova, que sujetaba a su pueblo debajo de él. La tarea del rey se limitaba a acatar y cumplir el mandamiento divino. En la consagración a Dios se cumplía ese orden perfecto, y por la obediencia se grajeaba la bendición que daba prosperidad sin limites. Hoy el estado ha asumido la función de Dios, y es obvio que de la imperfección humana deviene la imperfección social. ¿Quién nos guiará en el laberinto de este irreductible caos? ¿Se levantará otro Teseo que aniquile al Minotauro del que somos pasto generación tras generación? Acaso ya se haya levantado, pero no creo que sea Varufakis. Porque si no se diera el caso, nuestra extinción pudiera ser "global".

El color de las cosas

dobla una campana
en la noche ya entrada.
Regreso de la tarde malograda
al ámbito rutinario de mi casa.
Siento el peso claustrofóbico de las cosas,
la pesadez de un aire,
el deambular de los recuerdos
y la pulsión de la estrofa
de un poema coloquial en la memoria.
La tarde hubiera podido ser hermosa
si un céfiro venial hubiera revuelto
el deshecho de la hojas,
y su fenecer se hubiera henchido
de ese manojo de presentimientos
que complacen al corazón enternecido.
Sabedor que tras de tus pasos
camina la esperanza, el color
de las cosas podría ser distinto,
porque el amor se renueva así en lo íntimo
y el alma regocija con la presión de tales lazos.

Un poco de Shelley

He concluido, en una lectura bastante desigual, el libro Poesía y poetas ingleses, de Matthew Arnold. En el se da un repaso a la poesía romántica británica, de Wordsworth a Shelley. Francamente, Wordsworth no ha despertado en mí la curiosidad que sin embargo ha suscitado Shelley. Este siempre pasó por el camarada gris de los dos grandes figuras románticas: Byron y Keats. Con el primero convivió en Suiza e Italia, junto a sus respectivas amantes, hasta que el autor de la Ode to the West Wind, sucumbió fatalmente a un embravecido Mediterráneo y Byron se encargó de encender su pira funeraria. Con Keats convivió en Roma, en esa pensión de la plaza de España, hasta que la tisis acalló acaso a la voz más lírica del romanticismo. Desde que estuve en su casa museo de Roma, donde adquirí un ejemplar del poema de Shelley mencionado anteriormente, he ido alcanzando en situaciones dispersas una mayor profundización en la obra y vida del poeta.
En la cuesta de Moyano, en Madrid, me hice con un ejemplar del Adonais, uno de los poemas con más solera en el mundo lírico, desmesurada evocación devocional y elegíaca dedicada  a la persona y obra de John Keats. Ningún otro gran poeta obró con semejante generosidad, ni expresó más lúcidamente el misterio poético que encerraba el poeta de Endymion. Más tarde, en una antología de la poesía romántica inglesa, descubrí su poema Mont Blanc, en una excelentísima traducción de Leopoldo Panero, que leía con avidez cada noche antes de dormirme, en el silencio de la madrugada, en tanto ensoñaba las solitarias cumbres nevadas de los Alpes.
La sombra de Byron se esparcía majestuosa, como el gran épico del diecinueve; en Keats, perduraba el intimismo panteísta que infería a su poesía la más candorosa resonancia. Pero en Shelley hablaba la voz serena del hombre, del hombre desbordado por una naturaleza con la que busca la comunión, del hombre angustiado por su condición de criatura, que revolviéndose contra los dioses percibe la trayectoria de su verdadera dimensión, cuando en su Prometeo liberado absuelve al valedor de los hombres de su eterno suplicio y redime de su fatalidad al mito.

EL CONFORMISTA

He adquirido por 0´50 euros la novela El conformista, de Alberto Moravia. No sé con precisión el lugar que ocupa esta obra en el índice del escritor italiano. Poco sé de Moravia, salvo su actualidad decisiva durante las décadas de los 60 y 70. Me consta que pertenecía y simpatizaba con el partido comunista italiano, posicionamiento que en aquellos años era intelectualmente aclamado. No era él solo quien mostraba tal compromiso en la Italia de entonces, otros escritores como Sciascia o Calvino, o cineastas como Pasolini y Visconti también estuvieron relacionados con el poderoso PCI, quizá el partido comunista más influyente en Europa occidental. Reconozco no haber leído a Moravia, aunque miento, porque en alguna ocasión me acerqué a alguno de sus cuentos, aunque su memoria no haya sido perdurable. Fue autor de alguna novela celebrada, como La Romana, llevada al cine por Luigi Zampa, y protagonizada por Gina Lolobrigida, y la propia El conformista, por Bertolucci, que confieso no haber visto, o tal vez sí. en la vieja filmoteca nacional madrileña, hará la friolera de cuarenta años, cuando éramos adictos a la interpretaciones de Trintignant. Quizá no leí a Moravia porque no acababa de agradarme su comprometida militancia y porque cultivaba un estilo literario que inscribo en el realismo social, genero cuya austeridad nunca contó con mi predilección.
Sin embargo, la cuestión estriba en que durante mi juventud viví un ambiente influenciado por la izquierda, tendencia política con la que posiblemente simpatizara por su compromiso con los pobres y oprimidos de la tierra. Y como yo era pobre, emergiendo de una sociedad sometida por principios antagónicos, hubiera resultado de mal gusto desmarcarme a contracorriente de lo que se consideraba políticamente correcto. Alguna vez oí, que se tendría que ser alguien irracional en absoluto y carente de entrañas para ser de derechas. Y lo cierto es que en un mundo lleno de carencias se requerían políticas sociales. Tanto la España como la Italia de posguerras, precarias en todos los sentidos, como bien reflejó el neorrealismo, urgían de claras políticas de desarrollo y justicia social. El imperativo de una justa distribución  de la riqueza anidaba en el ánimo de la mayoría y se buscaba cualquier tipo de argumento que reforzara tales convicciones. De ahí, que un escritor como Moravia encontrase un público ávido de sus planteamientos, para los cuales la novela del Conformista juega un papel dilucidador.
Recuerdo que la mayor ofensa que se profería contra quien se mostraba remiso en su beligerancia política era la de conceptuarlo como "conformista". Tal calificativo confieso que llegaba a amedrentarme y a pesar sobre mi ánimo como un pecado punido por una una dura penitencia en el confesionario. Ser conformista equivalía a traidor de todos los principios nobles que propugnaban las fuerzas progresistas, de tal manera que se llegaba a reaccionar ante tal apelativo con no poco furor patológico. Ser conformista equivalía a una excomunión proletaria en toda regla, a integrarse entre los colaboradores del sistema, a la consideración de traidor a la causa de los oprimidos, cuyas latentes amenazas escatológicas imbuidas de sermón del monte condenaban nuestra conciencia. Y a las consecuencias había que atenerse: a la animadversión del militante hacia el disidente, a la despreciable soledad del esquirol. No me desencaminaría si constatase que, en mi caso, semejante denuesto alcanzó un cierto grado de matiz neurótico, de modo que mi conciencia no podía aliviarse del lastre de ser un conformista. Porque tales deben ser las mellas del adoctrinamiento fanatizado sobre un espíritu joven. Espero que con la lectura distanciada, y ajena de prejuicios, de la novela se conjuren todos sus demonios. Porque acaso ser un conformista era lo más venial dentro de una ideología cuyos daños colaterales aún se siguen evaluando.

Breve reflexión

Orientamos nuestra vida al afán de poseer. De la huerta, recolectamos el fruto. Para la casa, nos proveemos de enseres; de conocimientos, para nuestra mente. Queremos llenar nuestra soledad de amigos. Nuestro corazón de afectos. Satisfacer nuestra virilidad con el complemento de la mujer. Para todo ello laboramos, adquirimos, estudiamos, seducimos, amamos. Luchamos por poseer algún día cualquiera de estas cosas que creemos nos corresponde, hasta que reconocemos que todo es pasajero, que incluso nuestro yo es cuestionable. Y al fin nos convencemos de que nada será nuestro porque todo es de Dios.

Mar de Albiar

El reloj de la iglesia daba las cuatro en una tarde luminosa de mayo que presagiaba el verano. El pueblo estaba tranquilo. Los gatos se acurrucaban en la sombra, sobre el alfeizar de la ventana. La puerta de la casa estaba siempre abierta, oculto el interior por una oscura cortina, que dejaba pasar el aire. Con la rachas de brisa, la tela oscilaba o se hinchaba como una vela. Antiguamente, a la puerta se tejían las redes; la mujeres, sentadas en duraderas sillas de enea, ultimaban los aparejos para la pesca. Eso ocurría cuando vivía Asunción, y el pueblo era una cosa distinta de lo que es ahora. Todos los vecinos se conocían, se tratasen o no; porque había sus rencillas. Hoy recorren sus calles extraños visitantes que acuden a Albiar como moscas al confite. Durante el verano casi toda la población es de afuera. Llegan de Madrid, y quién sabe de dónde remoto lugar del extranjero. Juan vive solo en aquella casa, menos en aquellos días en que acude la sobrina a adecentar un poco los suelos y a hacer la colada. Juan es viejo, tan viejo que su cara esta llena de manchas, y su tez morena de curtido pescador la recorren venas que parecen que fueran a estallar.
Su vida ya no es vida. Durante el día, no se mueve de la silla, que en tiempos de calor sacan a la puerta de la casa. Y allí sus ojos se llenan de nostalgias y buscan ese mar azul al que entregó lo mejor de su vida. Entonces el mar era la vida, lo daba y quitaba todo, pues no dejó de llevarse a algunos a su profunda mortaja. Juan sólo conocía este mar, el Mediterraneo , cuya costa había faenado buscando la fecundidad de sus bahías, la gamba roja, el jurel, el revuelto que hacia la delicia de los calderos. El mar de Albiar, siempre radiante, sin comparación en la hermosura de sus azules, tantas veces benigno. Juan, recorrido por las largas horas de tedio, descansando la manos sobre la curva de su gallato, soñaba en el mar, ese mar donde se alegró y dolió, por cuya orilla paseaba con Asunción las radiantes mañanas de domingo, después de la misa.
Pero Asunción ya no está, y Albiar ya nos es Albiar. Entonces la vida era otra, más elemental pero más plena. Cuando llegaron los veraneantes se perdió el pulso de la cosas, la vida se malgastaba en trivialidades que no se sabía si conducían a algún fin. Hoy el puerto es un bosque de mástiles de embarcaciones de recreo. La mar ha dejado de ser una necesidad, para convertirse en un entretenimiento. Asunción no llegó a verlo, pues no sobrevivió a la tuberculosis de entonces. Dejó solo a Juan para afrontar el cambalache que iba a sobrevenir al pueblo. Lo único que queda intacto, es el pequeño cementerio, sobre la colina. Por una obscura resolución decidieron no demoler sus viejas tapias y habilitar uno más moderno, adyacente. En el nuevo abundan los nichos y  los marmóreos mausoleos de gentes adineradas. En el antiguo han preservado las tumbas tal cual eran, con sus lápidas de granito agrietadas, en las que aún se puede adivinar las huellas recientes de algunas flores. Juan, esporádicamente, cuando se lo permitía la salud, ascendía el sinuoso camino hasta el cementerio. Allí pasaba un par de horas junto a la tumba de Asunción, pues se le antojaba que tenían más cosas de que hablar  después de muerta que mientras estuvo viva. Hablaban de muchas cosas, de los tiempos antiguos, de cuando niños se conocieron en la guerra, de su noviazgo y de sus bodas, de los hijos que pudieron haber tenido y no tuvieron, de las gentes de Albiar, de lo mucho que ha cambiado el pueblo, hasta el punto de que si Asunción pudiera verlo no lo reconocería.
Desde la cima del cementerio, en su última ascensión a aquel lugar en el automóvil de su sobrina, Juan observa el mar, reverberando cegador bajo el azul diáfano de la primavera. En el cementerio, las flores lucen todo su esplendor; pero Juan ya recela de esa vitalidad restringida por el tiempo. Todo se marchita, como se le marchitó Asunción entre los brazos; aunque el mar en sus azules parece el mismo de siempre y la leve brisa difunde como una fragancia semeja al dulce perfume de Asunción. Juan suspira y piensa: "Mar de Albiar, ¿por qué inundas con tu luminosidad mis ojos y no puedes iluminar siquiera esa oscuridad permanente de Asunción? Pronto todo también será para mí oscuridad, pero acaso desde esta colina, con los ojos del ánima, podré eternamente contemplarte. Esa sería mi dicha".

Sobre libros, replicantes y comida china

Todavía no he discernido si Deckard es un replicante. La cuestión merece ser reflexionada largamente. En una visión primeriza de la película no se duda de la humanidad del Blade runner. A su favor juegan las objeciones de su conciencia, su vulnerabilidad ante los "trabajitos" de Bryant y su riqueza emocional, que se derrumba al reconocer la desmesura a la que se enfrenta. Yo apostaría que la deducción sobre la artificiosidad de Deckard se concibió a posteriori, durante el montaje del film. Las claves sobre su inhumanidad se explican a través del inserto donde el blade runner sueña con el galope de un unicornio, que bien puede ser un añadido que justifique la figurilla de papiroflexia depositada por el policía encarnado por Edward James Olmos en el departamento de Deckard, cuando este decide emprender la fuga con Rachel, aportando otra vuelta de tuerca al film. Un detalle más natural que quizá delate la posibilidad de que Deckard sea un humanoide lo constituye el apego a las fotos familiares que despliega profusamente sobre la consola del piano, buscando en ellas la realidad convencida de un pasado. Pero este detalle acoso solo explique cierta paranoia de policía obsesionado por el carácter de aquellos a quienes persigue y aniquila, quedando como un lastre de incertidumbre en su conciencia. O quizá en ello busque el blade runner esa genuina excelencia biológica que justifique su nefando trabajo. Sin la humanidad de Deckard carece de valor su altruismo al escapar con Rachel, demostrando esa capacidad compasiva que solo puede anidar en el hombre verdadero.
Pero algo más me ocupaba en la tarde aparte de estas meditaciones futuristas, pues me tocaba gozar de la libertad del sábado. Durante la semana, me he enfrascado en la pesquisa de facilitarme alguna obra de Sinclair Lewis. Poco sabía de este escritor americano, salvo de que en su novela Elmer Gantry se basó el guión del Fuego y la Palabra. Trato de adquirir la novela por internet pero encuentro que está agotada. Es curioso que cuando uno busca algo interesante on line siempre lo encuentre agotado. Pude conseguir Cárceles de mujeres por unos gastos de envío que superaban con creces el valor del libro. En la librería Raíces he consultado por obras de este autor, pero no me han podido proporcionar ninguna. Algo debe tener Sinclair Lewis, cuando Hermann Hesse lo homenajeó en el personaje de Emil Sinclair, de su novela Demian. Finalmente, salgo de la librería Raíces con un ejemplar de la Carta de una desconocida, de Zweig, bajo el brazo. El librero, con suma cortesía,  me hace una rebaja pues el dichoso librito, segunda edición de editorial juventud, tenía un precio exorbitante. Unas calles más abajo, entro en otra librería de ocasión. Venden dos libros por cinco euros. Depende del libro de que se trate, puede resultar aquello toda una inversión.
Busco obras de Juan Manuel de Prada, que no hallo en los estantes. Abunda el libro basura; solo de forma extraordinaria puede encontrarse algo suculento. No pensaba comprar nada. Ojeo un ejemplar de Onetti: La muerte y la niña/ La novia robada. Leo unas lineas. Me abruma el peso existencial de las palabras. Recuerdo otras lecturas de Onetti. Su universo me fascinaba aunque me dejaba desolado. Hoy preciso de estímulos más positivos, y enfrascarme en el infierno de Juntacadáveres o la Vida breve es algo que ha dejado de tentarme. Me basta con deprimirme con lo mío exactamente. Digo que no iba a comprar, pero en el anaquel de al lado descubro un libro viejo y raro: una novela desconocida de Baltasar Porcel. Nunca he leído a Porcel, aunque lo vi muchas veces entrevistado en televisión. Solo sé de él que jugó un papel inquietante en los últimos años de Josep Plá. La novela se titula Las manzanas de oro. La reseña de contraportada abunda en una retórica tan intrincada que es difícil encontrarla, averiguando tras acabar de leerla que no sabes de que va el libro, aunque se bifurca en un fondo esotérico que es el Grial. Cuando se quiere estimular el ánimo desmayado del lector, siempre se recurre al revulsivo de una panacea como el Grial, bien lo saben los de Planeta. Finalmente, adquiero los libros, el de Porcel y el de Onetti y acabo la tarde en el restaurante chino, donde siempre sirven alguna proteína insustancial acompañada de cuantiosa guarnición. Puedo dar las gracias porque puedo comer lechuga con exquisita fruición; lo de la ternera, los calamares y el pato, ya es otra cosa. La verdad es que uno llega a hastiarse hasta de la comida china, e incluso empiezo a encontrar desbravado el chupito. Los ejemplares de Las máscaras del héroe de De Prada se han agotado en el Corte inglés. Acaso sea cierto su vaticinio agorero sobre el pulso literario en el mercado del libro.

Dejadme escribir en paz

Dejadme escribir en paz
Oigo a Juan Manuel de Prada en un programa cultural de televisión. Presenta un panorama negro sobre la comercialización literaria en nuestros días. Lo que es evidente, es que el desempeño tradicional del escritor ha cambiado sustancialmente. Aquel escritor que vivía de los derechos de autor y de las colaboraciones en prensa ha finiquitado. Hoy la comunicación va por otros derroteros. Para quienes no sabemos manejarnos en el escaparate global de internet, ello constituye todo un jandicap. Pero es igual, porque a lo que no renunciamos es a la literatura, y buscaremos cualquier vía para divulgar nuestro mensaje, ese mensaje que quiere hablar a otros de quiénes somos, de cómo somos, y de por qué somos. Lo esencial en el escritor no es lograr un caché sustancioso, sino revelar a nuestros congéneres ese material del que están hechos nuestros sueños, y lo que vamos descubriendo a través de ese río de nuestra vida; lo que esconden sus meandros y lo que su navegación nos revela. Porque escribir es una forma de vivir; en el desempeño de la tarea literaria nuestra vivencia se hace más intensa, más rica, inalienable.
De joven ningún oficio me resultaba atractivo. Odiaba tanto la oficina del banquero como el taller del mecánico. En mi naufragio como estudiante me aferré a los libros como única tabla de salvación. La lectura era lo único que daba impulso a una realidad decepcionante e insuflaba una esperanza a nuestra trayectoria malograda. Nunca pensé que esta inclinación mía creciera hasta estos momentos actuales insospechados. De niño, mi padre tenía que forzarme para que prestara atención al libro que tenía delante, ya que en mi corazón disputaba el deseo exclusivo de lanzarme a la calle a jugar. Nunca sospeché lo que significarían los libros para mí después, de que en ellos encontraría el lenitivo contra la adversidad, un área sin lindes para la libertad y, en definitiva, ese alimento indispensable para mi espíritu, sin el cual mi vida carecería de finalidad y significado. Quizá nunca veré un libro mio incluido en el "top ten", pero, por lo que más queráis, dejadme escribir en paz.

ITINERARIOS TRAS DE LA MUJER

Partimos de la condición de que siempre fui tímido, por tanto mi relación con la mujer no llegó nunca a ser plena. Seguramente mis primeros escarceos tras de ellas tuvieron lugar en la infancia, durante los juegos con la vecinita. Tal huella se borró pronto en el tiempo, entre las muchas experiencias vividas. Una fecha clave en esta trayectoria la significó cuando una mañana, al levantarme, descubrí que la tesitura de mi voz había cambiado y la bragueta del pijama se había impregnado con una secreción extraña. Desde entonces tales relaciones se complicaron bastante, pues en ellas se había implicado un nuevo elemento: la pasión. La atracción que sentía hacia la mujer entorpecía la naturalidad en las relaciones. Recuerdo que la primera vez que tuve que enfrentarme a una situación íntima ante un grupo exclusivo de mujeres resultó una experiencia ominosa. Ocurrió en el colegio. Había concluido una clase de repaso impartida ocasionalmente en un aula reservada a las chicas. No recuerdo con precisión por qué circunstancia había olvidado mi abrigo en una percha, junto a la pizarra. Cuando llegue al aula, descubrí que en los primeros pupitres se había reunido un grupo de muchachas que hablaban animadamente de sus cosas. Como para recoger mi abrigo tenía que pasar por en medio de ellas a la fuerza, valoré la situación como la de la peor ratonera con que podía tropezarse en ratón despistado. El reconocimiento vergonzante de aquella atracción que no podía de ninguna manera eludir, menoscababa la confianza en mí mismo, sintiéndome empequeñecido ante ellas. En definitiva, me lancé por el abrigo atropelladamente, sin que de mis labios pudiera surgir una excusa amable ni palabra inteligible. Me abrieron paso entre risitas, mientras yo recuperé mi abrigo y, abochornado, abandoné el lugar como buenamente pude, consciente de haber padecido por mi conducta pusilánime la más grave de las vejaciones.
Tardé bastante hasta poder mantener una conversación natural con una mujer, porque el sexo siempre se hallaba por medio. Tal impedimento condicionó que mis primeros amores siempre fueran platónicos. Se iniciaron por una preferencia hacia una niña que visitaba cada día a sus abuelos en el chalet de enfrente, luego por otra que al regresar del colegio pasaba irremediablemente bajo la reja de mi ventana. La esperaba apasionadamente cada tarde, a las cinco, observando tras los cristales con religiosa fidelidad. He de decir que todas eran inmaculadamente rubias y de movimientos gráciles. Esta conducta, tras el paso a la juventud, fue convirtiéndose en norma y degeneró en cultivadas idolatrías por las barwoman de los pubs. Recuerdo una en Barcelona extraordinariamente bella, a la que visitaba devocionalmente, pero sin manifestarle nunca esa admiración, que ella intuía.
Cuando mi condición de hombre se consumó en la carne, fuera mercenaria o enamorada, y pasaron los años y los desengaños, mis pasos recelaron de andar obstinadamente tras de la mujer, aunque éstas nunca dejarán de ser el destino de todo hombre.