Acuarelas levantinas

Acuarelas levantinas
Un filo de luz,
un almendro de nieve...
una ventana a levante:
el salitre en la liviandad del aire.
Una barca varada,
la mañana desnuda
y toda la mar que aguarda.
El pueblo desparrama
su blanca anatomía
como un rebaño
buscando las aguas
del mar legendario.
Bajo la cúpula azulada,
repica una campana
y un reloj da las horas
de una crónica pausada.
El sol reverbera una mar plateada,
surcan las gaviotas
la transparente mañana,
un trazo de palmera,
sobre el horizonte, una vela,
unas pinceladas de añil,
y hecha la acuarela.
.

Barcelona

Descubrí Barcelona con dieciséis o diecisiete años durante la estancia en un campamento. Por primera vez rompí con la rutina de la vida y por primera vez me enfrenté a una gran ciudad, con inabordables límites, tras cuya incertidumbre se suscitan los sueños. Por entonces, Barcelona era la ciudad española más europeizada, por su cercanía a Francia, por la importancia de su puerto, el primero sin duda en tráfico mercantil y de pasajeros, y por el flujo continuo de foráneos que acudían a ella a través de su aeropuerto internacional. Cuando concluyó aquel corto período vacacional, me fui de Cataluña albergando el deseo de volver algún día a Barcelona. Mis ojos no habían contemplado nada tan grandioso como las Ramblas y la plaza de Cataluña, el paseo de Gracia y la Diagonal; pero ante todo me atraía el grado de libertad que se respiraba al patear sus calles. Por ello, fui incubando esta idea durante los años inmediatos, en los cuales se acrecentó la fascinación por la ciudad. Mi afición literaria la llenó de nombres de escritores y editoriales, Vargas Llosa, García Márquez, Planeta, Seix-Barral, Plaza y Janés, Bruguera. Como me tentaba descollar en el mundo de las letras, un buen día decidí seguir la estela de estos pioneros y labrarme allí mismo mi "boom". Me planté en Barcelona, dejando sin duda desolados a mis padres, y encontré acomodo en el piso de un amigo que estudiaba en la universidad. Yo ya no estudiaba: araganeaba, fumaba compulsivamente, leía cuanto caía en mis manos, escribía escuetos borradores, trabajaba esporádicamente velando por mi manutención, sin encontrar nada estable, y soñaba con la gloria literaria. De aquel tiempo, no lo recuerdo con precisión, pero me place creerlo, datan mis lecturas de la Ciudad y los perros, y del primer Thomas Mann, cuyos dos tomos de Reno de La Montaña Mágica envidié en la biblioteca de un conocido; por entonces seguramente también releí Crimen y Castigo y diversas obras de Dostoyevski, además de una lista tan prolija de títulos y autores tan heterogéneos que incluía hasta Boris Vian y cierta literatura soviética, Lenín, Troski, Rosa Luxemburg, cuya lectura me facilitaban los compañeros de piso, tratando de ganar prosélitos para sus inclinaciones clandestinas.
La Barcelona que yo conocí fue seguramente precaria, una Barcelona de supervivencia, con un centro urbano que yo visitaba cada fin de semana, remontando arriba y abajo las Ramblas, frecuentando las tabernas de la Plaza Real, infiltrándome en las calles angostas del barrio chino o el gótico, degustando algunas tapas en las tabernas de la Barceloneta, recobrando pasados lirismos en la ciudadela y teniendo siempre presente la fachada de la estación de Francia y un retorno repentino y fracasado al mediocre nido en Alicante. Recuerdo también ese ómnibus madrugador que recorría Barcelona de punta a punta, para llegar a tiempo de coger el cercanías que te conducía hasta el perímetro industrial donde, como temporero, te ganabas el día a día batallando con una plantilla de charnegos.
Ya en los últimos meses en Barcelona, me descubro en un ático próximo a Sans escuchando a comienzos de agosto el Festival de Bayreuth, asunto que solía soliviantar y no poco a mis comprometidos coinquilinos. Era como mentar la soga en casa del ahorcado. No sé si permaneciendo en Barcelona hubiera llegado a encontrarme entre los diez libros más vendidos del Corte inglés, mi vida hubiera prosperado y el destino hubiera sido otro, pero la perdida de un empleo provisional en una fábrica de San Adrián del Besós, desavenencias más personales que ideológicas con mis compañeros de piso, más las cosas del amor, que nunca estuvieron claras (me enamoraba de mujeres inalcanzables con las que nunca tenía "chance") recomendaron la vuelta a Alicante. Desde entonces Barcelona perdió brillo para mí, y hoy por hoy, siempre que me escapo, opto por Madrid. Sentí nostalgia cuando Vargas Llosa, en la arenga de la manifestación multitudinaria en pro de la españolidad de Cataluña, recordó aquella Barcelona cosmopolita, aquella que cumplió los sueños de muchos, menos el mío, que no pudo ser.

LADRÓN DE BICICLETAS, DE DE SICA

He vuelto a ver al cabo de los años Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica. Como en aquella pasada ocasión me ha vuelto a parecer un documento estremecedor de la Italia de posguerra. A más de Italia, yo añadiría de todo el contorno mediterráneo. Recuerdo que la precariedad material que viví en mi infancia no distaba mucho de la que se describe en la película. Cuando entramos en la casa de Antonio Ricci me parece estar viendo una descripción de lo que en lineas generales constituía mi hogar, con su mobiliario escaso y pobre, con esa cruz  de madera negra presidiendo la cama de mis padres, con mi madre empeñada en coladas interminables, con esa lucha sin cuartel por la vida que evidenciaba mi padre cada noche, cuando regresaba con la fiambrera envuelta en una talega, tras haber permanecido de sol a sol en el puesto de trabajo. Esa casa austera, sometida a los rigores de los tiempos, por la que había que pelear en ese ambiente hostil de las calles. La vida de Italia y España no se diferenciaban aunque allí reinase una democracia impuesta y en España el general Franco. La lucha por la supervivencia, esa ascesis cotidiana del pobre, envolvía la vida de latente desesperación, desesperación por la rudeza del ambiente y desesperación ante la incertidumbre del futuro.
No sé si el neorrealismo se inició con Rosellini, con De Sica o con Visconti, pero es seguro que con Ladrón de bicicletas alcanza su máximo exponente. De Sica fue un autor de filmografia desigual, pues aparte de esta obra maestra y la excelente el General della Rovere, menudeó la comedia comercial del brazo de Sofia Loren. Pero sin duda Ladrón de bicicletas ha quedado para la historia
como una obra de arte estremecedora donde la vida fluye en toda su dolorosa dimensión. Consta que su autenticidad fue pormenorizadamente elaborada por sus nada menos que cinco guionistas, de cuyo material De Sica supo extraer esa sustancia que nos habla de unos tiempos inciertos y de la vicisitud descarnada del pobre. Ladrón de bicicletas es una de esas películas a las que por respeto y rubor frente al rostro de la necesidad, no te llama a verla una y otra vez como fuente placentera de entretenimiento.

Che Guevara

Se recuerda por estos días en Cuba y Bolivia los 50 años de la muerte de Ernesto "Che" Guevara, cuya figura se ha vuelto legendaria y por tanto difícil de enjuiciar. Quién fue el verdadero "Che" y cuáles eran sus motivaciones últimas entra en el terreno de la conjetura. Para el régimen cubano es su héroe intachable, para la oposición, un peligroso fanático con inclinaciones no del todo transparentes. En una reciente entrevista a su hermano, se nos recordaba cómo en algunas zonas de Bolivia se venera su recuerdo como el de un santón. Su propio hermano ofrece sus reparos ante semejante desmesura. Pero es que la figura del "Che" escapa al rigor histórico y se desarrolla ya en lo mitológico.
El "Che" fue uno de los paladines de la revolución cubana, que en parte triunfó en virtud a sus cualidades político militares. Sin duda, la toma de Santa Clara, que supuso el último escollo para el triunfo de la revolución, se perfila como su mejor hazaña como estratego. Porque el "Che" entre sus muchas facetas se descubre como un teórico de la táctica guerrera. Su opúsculo sobre la guerra de guerrillas se difundió ampliamente. La figura de Guevara hubiera sido otra, pareja a un Aquiles de la modernidad, de haber acabado todo en Santa Clara. Pero tras el triunfo de la revolución y la instauración del nuevo orden se ciernen confusas sombras que vienen a enturbiar su reputación. Sus acérrimos tratan de quitar hierro a semejante mácula por medio de convenientes atenuantes.
Lo cierto es que tras toda victoria conseguida por las armas sobreviene el tiempo de la revancha, de qué hacer con los vencidos, cuya supervivencia puede representar un peligro futuro para la consolidación política y duradera del régimen instaurado. Todo parece apuntar a que a Guevara le tocó hacer el trabajo sucio. El caso es que en toda figura histórica que ha detentado el poder, tras la brillantez del triunfo amenaza la realidad de ese Jano inherente a nuestra condición humana. Pues la mayoría de hombres son capaces de los mejor y lo peor.Todos querrían ver a ese "Che" heroico en sus días de la sierra Maestra, cuando un puñado de hombres idealistas desafiaron a un ejército regular y bien vertebrado. Aquella gesta mantiene una resonancia imperecedera, pues significa la determinación del débil en lucha contra la opresión, del menoscabado que se levanta contra la injusticia. Fueron nobles ideales, que se tambalearon ante las exigencias de la historia, la cual demanda respuestas pragmáticas para cada uno de sus momentos. Y no está en manos de todos los políticos el satisfacerlas. La pequeña isla que desafió al imperio no pudo con tantos años de autárquico aislacionismo.
Sí, Santa Clara fue su apoteosis, fue el momento culminante para el que la historia le había elegido.
Porque en su quehacer institucional como gobernante, su figura se confundió en la controversia.
El Congo y Bolivia sólo significaron dos estaciones de peaje en transcurso hacia su destino irrevocable. Un destino que, seguramente, Guevara intuía, reconociendo el suyo un sueño inalcanzable. Y fue con la muerte con lo que recobró esplendor su figura y se revalorizó su cruzada utópica. No vivió Guevara para ver la debacle comunista al final del siglo, pues su paso, como el de todo gran hombre, fue el del meteoro fugaz escogido para alumbrar las tinieblas de una época.
¿ Idealista o un aventurero? Tal vez una suma de los dos. Icono indiscutible de la segunda mitad del sigloXX, su controvertida peripecia sirve de guía para algunos jóvenes de hoy, carentes de ideales, que encuentra en él esa imagen inestimable que nunca podrán alcanzar. Cuando yo nací,
Guevara combatía como un león en las selvas de la sierra Maestra. Bueno es reconocer que habían hombres descontentos que buscaban establecer un orden más equitativo en la tierra. Su fin era encomiable, pero no sabemos si sus medios eran los más acertados y honestos para lograrlo.

La Fenice de Venecia

La pasada semana compré los cedés de la ópera Tancredi, de Rossini. Durante mucho tiempo decliné hacerlo porque de las ofertas habidas hasta ese momento no me convencía su alto precio, y porque el estilo rossiniano pecaba de reiterativo. Lo compré, por tanto, porque hacia tiempo que no escuchaba nada de Rossini, el precio era módico y, sobre todo, porque se trataba de una interpretación grabada en la misma Fenice, de Venecia, por un reparto encabezado por Marilyn Horne. La Horne era una mezzosoprano potente, y la ópera resonaría de forma especial en la formidable acústica de la Fenice.
Por dos veces he tenido oportunidad de visitar el teatro de la Fenice; por desgracia nunca durante una representación operistica. No recuerdo si fue en la ultima ocasión cuando coincidí con el ensayo de una orquesta cuya calidad sonora era formidable. Acostumbrado a los escenarios de Alicante, la magia acústica que gestaba La Fenice me cautivó por entero.
La Fenice comparte con muchos teatros de Italia la sencillez de su fachada principal. En anteriores visitas, coincidentes las primeras con su restauración después del devastador incendio, no tuve ocasión de admirar su incomparable belleza. De cómo fue en el pasado nos queda el documento que filmó Visconti para su película Senso, donde escenifica la vicisitud de su esplendor decimonónico, con esa Venecia en vísperas del Risorgimento. Siguiendo a la condesa Serpieri, se nos abre ese episodio fascinante de la historia de Italia, con una Fenice invadida por una lluvia tricolor de soflamas independentistas diluviando sobre las invasoras tropas austriacas que ocupan el patio de butacas. Allí se producirá en desafío entre el teniente Malher y el primo de la condesa, que nos involucra en el meollo de la trama.
Aquella Fenice, desde luego, es insustituible, pero el teatro, a lo largo de su historia, sufrió varios incendios de los que, como el ave fénix, resurgió. La última restauración hay que reconocer que es exquisita, se tiene la misma sensación que antaño: la de encontrarse como en una bombonera. Tal es su sofisticada decoración, la delicadeza  de sus pinturas, la tonalidad rosada que le ofrece una femineidad dispuesta a enamorar; en cada uno de los detalles es admirable, y como ya dijimos cuenta con un escenario con una de la mejores acústicas del mundo. Para cualquiera que recala en Venecia, es de recibo visitarla. Y cuando te encamines por la alfombra buscando el interior de su maravilloso anfiteatro, echa un vistazo, aunque sea de reojo, a ese retrato fascinante de la no menos fascinante Maria Callas; ella dio a La Fenice memorables momentos de gloria, y la revistió de ese glamour que aún puede respirarse en su ambiente.

Picasso, el caníbal

Leo en unas recientes manifestaciones de Albert Boadella que Picasso es un camelo. Al parecer el dramaturgo catalán prepara un ópera sobre el pintor Malagueño. Boadella se expresa de esta manera porque siempre va con él el ánimo de provocar. Porque arremeter contra Picasso hoy día pasa por ser una provocación; de tal manera se ha mitificado su figura. Se lo ha consagrado con el apelativo de genio, y cualquier esfuerzo por apearlo del pedestal resulta inútil. Boadella menosprecia el valor del Guernica y coincido con él en cuanto a que el valor real de la pintura se circunscribe a su dimensión testimonial.  El dramaturgo lo califica de grafiti , y no se puede negar que su propuesta estética es comparable. Lo cierto es que se pintó en una época en que el arte iba despojándose de las viejas certidumbres naturalistas. Picasso no hizo más que prolongar las reconsideraciones de los impresionistas. Por el camino de Cezanne vino el cubismo, tendencia a la que se adhirió Picasso, con un resultado no más óptimo que el de Braque, y de todo punto menos sugestivo que el de Gris. Porque el cubismo de Gris tiene espíritu, personalidad, belleza cromática. Los cuadros de Picasso en este estilo se muestras áridos, tediosos, sin vitalidad. Pero el cubismo puro no pasó de ser una transición en su voracidad ecléctica. El expresinismo del Guernica fue acaso una manera que remedó de Klee. Pero la crítica sicológica en Picasso deviene caricatura; tal es el tratamiento que su pintura da a lo figurativo. En esto no avanzó más que Lautrec. Podríamos salvar sus series azules y rosas, pero aún ahí su originalidad es discutible. ¿Que legó, pues, Picasso al arte, además de su voracidad destructiva? ¿Acaso intuyó desde su buhardilla parisina que la consagración honesta a la pintura no le depararía más que estrecheces e indiferencia? Por su biografía sabemos de sus inclinaciones "caníbales", ¿no entraría también entre sus planes fagocitar lo que restaba de la escuálida carroña del arte?

Lío en los grandes almacenes

Como algunos domingos, entro en unos almacenes del libro. A las puertas, me recibe una foto al natural de Kent Follet, recordándome que aun la prosa se somete a las exigencias de mercado. Ya dentro, ante mis ojos se levanta un monolito erigido con el ladrillo celuloso de la última novela del escritor británico, apilado como a propósito para despertar la piedad consumista del ciudadano. Porque ya sabemos que ciertas literaturas se han entregado en manos del primordial dios de las sociedades capitalistas: el consumo. Poco más allá, otra foto, esta vez de Almudena Grandes, promocionando su último trabajo, nos incomoda como una presencia indiscreta. Conforme nos acercamos a ella, sus ojos no paran de observarnos, hasta escarbar en nuestra última incertidumbre. De joven, Almudena nos quiso poner cachondos con eso de Las edades de Lulú, hoy parece esmerarse en requerir nuestra sumisión a lo políticamente correcto. No soy lector asiduo de novela erótica; presumo que el  terreno erótico es más sensorial que intelectivo; el matiz de la palabra solo lo lubrica el morbo imaginativo; es como comer el bocadillo sin embutido. Vargas Llosa lo alimentó en el Elogio de la madrastra. He de admitir que la última lectura que acrecentó mi celo rijoso fue  Confesiones del estafador Felix Krull, de Thomas Mann. Casi al final de la novela se concita un episodio de elevada lubricidad. No comment.
En el almacén hay que andar con siete ojos para no tropezar con algún best-seller apilado y provocar un cataclismo monumental. Recorriendo el pasillo, me adentro hasta las secciones que recaban mayor interés: la historia, la filosofía, la novela, y entre ésta, la clásica. Mi formación se debe a la misma, en la cual siempre resta alguna novedad que ha sorteado nuestras décadas de lector. Siempre queda algún Dickens, algún Balzac, algún James, algo del dilatado ciclo de Proust, que requiera nuestra atención. Pero la verdad es que había entrado a los almacenes sólo a fisgonear, ya que en la mañana adquirí en el rastrillo dominical del ayuntamiento una selección de obras de Ganivet, editada por Aguilar, junto a un ensayo erudito de D´Ors por veinte euros, y mi celo coleccionista no alcanza la desmesura de un Luis Alberto de Cuenca. Hay quien se distrae en el Futbol, en los prostíbulos o el bingo, yo lo hago mirando libros. Semejante trajín distrae mi mente, y relaja o dispara mi imaginación. Y un setenta por ciento de nuestra vida es eso. En los anaqueles no he encontrado títulos inesperados que despertaran mis apetitos; solo alguno que ya poseo en mi biblioteca, en una edición distinta. Realmente, en especial sólo me han tentado unos cedés de la sección de clásicos, la Ifigenia en Tauride de Gluk, en una edición económica de la Scala, dirigida por Muti. Me intriga la música escogida por el compositor para reverdecer la vieja tragedia, que en su origen ya contó con partitura propia. Finalmente, renuncio a comprar los discos. Regreso al departamento de librería y me pierdo en los estantes superfluos de novela negra, fantástica, terrorífica y romántica. Un cocktel formidable. En el estante dedicado a lo fantástico y la ciencia ficción, destaca la novela de Philip.K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ya la adquirí en la feria del libro de ocasión por cuatro chavos. Todavía no la he leído, pero he visto Blade Runner numerosas veces. Seguí en youTube el coloquio sobre la película en que Grande es el cine. Y afirmaría que a día de hoy una de la preocupaciones que me contrarían es dirimir si Deckard es o no un "replicante". Me conforta creer que no lo es, pero...¿y si lo fuera? Colmaría nuestras divagaciones de desesperado pesimismo.

De la opera Bomarzo, de Ginastera

Se ha estrenado en el teatro Real de Madrid la ópera de Ginastera, basada en la novela homónima de Manuel Mujica Lainez, Bomarzo. Durante tiempo seguí la pista a esta composición, que parecía ignorada en el mundo de la fonografía, hasta que por fin encontré una versión grabada por la Opera de Washington, bajo la dirección de Julius Rudel, para el sello Sony, a un precio moderado. Ignoro si es la mejor versión que se ha difundido de la opera, pero en cualquier caso su expresión contemporánea contrasta bastante con el talante manierista que exhala la novela de Mujica. Llevar Bomarzo al teatro representa una osadía, pues en el traslado es seguro que se desprenda la pátina de excelencia que aureola la novela. La brillantez estilística, aunque el libreto corresponde al propio Mujica, corre el riesgo  de desaparecer, mientras el abigarrado fresco renacentista que describe se esquematiza en la funcionalidad del escenario, poblado de histéricos histriones que engolan alaridos de sentimentalidad dudosa. Bomarzo ha llegado tarde a la opera, pese el entusiasmo que demostró Ginastera hacia la novela, porque  la suntuosidad de Mujica hubiera exigido el vehemente romanticismo de un Verdi o la versatilidad de un Ofenbach o de cualquier otro compositor de temperamento apasionado. La envergadura de Bomarzo realmente exige la magnificencia de la opera: hubiera significado el mejor libreto para su gran siglo. Pero al no poder ser,  conviene regresar a la enjundia de sus páginas originales, a esa redacción prodigiosa que nos traslada a ese mundo pasado de evocadora embriaguez. Páginas que nos hicieron amar la literatura y nos condujeron hasta ese algo más sin retorno que se vislumbra a través del arte.

Plegaria

Quiero escuchar el verbo
en tu luz repentina,
el pleno sol gozoso
de tu presencia. El alto
espacio donde tu potestad
anima, quiero alcanzar
desde mi humildad humana.
No pude ver tu tránsito en la tierra;
tu huella sigo por el relato
del evangelio, donde tu voz
resuena dulce o arrebatada,
condolida o triunfante.
Quisiera haberme agazapado´
próximo a ti en aquel monte,
compartido el pan de la pueril canasta ,
haber surcado en tu barca
las aguas de Tiberiades,
contemplar estremecido
tu oración en el huerto
y tocar tu cuerpo incólume
donde la sanidad emana.
Gracias por ahorrarme
tu sufrimiento en el calvario
y por el regalo de tu sangre
redentora que en tu cáliz moja
el borde de mis labios.

The year of living dangerously

El año que vivimos peligrosamente es la película de la que guardo mejor recuerdo entre las rodadas en décadas precedentes. Se estrenó en un tiempo cuando el cine ya sólo se guiaba por patrones de índole comercial. El cine norteamericano solo nos había dado la alargada sombra de Coppola. Y desde las antípodas australianas comenzaba a emerger una nueva cinematografía. De aquella generación el director de mayor alcance fue Peter Weir. De toda su obra, El año que vivimos peligrosamente cuenta con mi predilección. La protagonizaba un joven astro, nacido en norteamerica, pero que había optado por el cine australiano como trampolín para su carrera internacional. Se lo descubre en la saga apocalíptica de Madmax, pero ya había trabajado antes con Weir en Gallipoli. Aunque es seguro, que fue con "El año..." que asentó su carrera.
Weir nos devolvió al olvidado cine de autor. Ese cine para pedantes que todos echábamos de menos. Extinguidas las viejas dinastías europeas, nada quedaba para oponer al oportunista y simplón rodillo holiwoodiense. Weir recupera la esperanza en el cine. Desde ese comienzo donde un narrador testigo nos introduce en la atmósfera sugerente del film, rápidamente la historia capta nuestro interés. Aquello era nuevo, o cuando menos desusado. Billy Kwan, el chino australiano, introduce al neófito en la escenografía de Yakarta, envuelta en sombras enigmáticas que emergen desde el fondo de su tradición y sus miserias.  Una ciudad que se derrumba, atribulada por la corrupción, el hambre y la pobreza. Reniega de ese occidente que sólo acude a aquellas latitudes en busca de provecho. Kwan es esa conciencia despierta a la que solo le queda el recurso  de denunciar. Hamilton cegado por sus propias ambiciones permanecerá hasta el final como testigo interesado de ese mundo que se desmorona. Solo por la muerte de Kwan recobra el milagro del amor. Huirá a los brazos de Jill, rescatado del Walpurgis desatado.
The year of living dangerously nos devuelve la densa literatura, el gozo de la palabra, y nos integra en un cine que invita  a la reflexión. En ella se buscan respuestas para el dilema intercultural. Una respuesta que occidente  no sabe dar, sino con planes fracasados de ayuda que hunden a los pueblos en calamidades mayores que las anteriores. Kwan. en su desesperación, se confunde en la nostalgia de la música de Strauss, en ese adormecerse que propone el verso de Hesse, milagroso en la voz de Kiri Te Kanawa.