La Sonata de Bradomín

La Sonata de Bradomín
El marqués de Bradomín,
acurrucado en la posta,
se acerca a la noble Ligura,
presagio que asegura
el deleite de un festín,
un eco de romántica aventura
y 77 páginas de excelsa literatura.
No nos negó el buen vate
la excelencia de su pluma;
ripios aparte,  sin duda
no  escatimó recursos a su arte,
ademán teatral y pulcro engarce.
Cada una de sus páginas transpira
un pulso lánguido de primavera,
acodados al balcón donde se mira
el fluir de la belleza más serena.
Absorbidos por su gracia decadente,
seguimos de Bradomín  los pasos
tras una pasión tan ferviente,
que su juicio doblegará con férreos lazos.
Por sacrificar a Eros unos brazos
devotamente a Dios consagrados,
la rosa entre sus manos se hará pedazos
y él deberá de huir desesperado.
El peso de la tribulación será tan fuerte,
que en su alma siempre resonará,
sentencioso y atormentado,
el lamento de aquella pobre demente:
¡Fue Satanás! ¡Fue Satanás!


Valles y Bolaños

Guiado por la tertulia que tuvo lugar en el programa ¡Qué grande es el cine!, de José Luis Garcí, sobre el film de Hichckok, Rebecca, me decido aproximarme a la novela homónima de Daphne du Maurier. Lo malo al leer la novela es que se va reviviendo la versión visual del cineasta británico. Incluso las fisonomías de los personajes coinciden con las de Lawrence Olivier y Joan Fontaine. Por otro lado, leídos tres o  cuatro capitulos, concluyo que la novela apenas desmerece la muy celebrada versión de Hichckok. Du Maurier posee la clase de la gran tradición literaria femenina inglesa, descubriendo un estilo marcadamente deudor de las hermanas Brontë. Obvias son las reminiscencias con Jane Eyre, tanto en la trama como en los personajes, envueltos a la par en ese aureolado misterio que sirve de señuelo y da posibilidades y convicción al relato. Quizá retome la novela en otro momento; pues nos acucian  diversidad de cuestiones y lecturas aplazadas. La tentaciones literarias son tan numerosas como las del paraíso. En la nueva estantería ya se apilan los libros que voy leyendo, según un tema u otro me suscite la curiosidad. No puede faltar entre ellas el tema de Grecia, tal vez sea por la familiaridad que mantengo con su historia, poblada de personajes atrayentes: Pericles, Alcibíades, Demostenes, Temístocles, Leónidas, Jenofonte, Epaminondas, etc. Sus nombres me suenan tan familiares como los del indice de las amistades.
 Quisiera leer más. Recuerdo la época en que estaba en plena forma, cuando los libros iban cayendo uno tras otro. La mayoría eran lecturas relacionadas con aquello que estaba escribiendo, a modo de documentación y prolegómeno.
Cuando oigo a seres como Bolaño, se me cae un poco el alma a los pies. ¡Qué imbuido de literatura estaba aquel hombre! Reconocía que era escritor o nada. Se entregó al oficio hasta sangrar por su heridas. Lo vivió con pasión, que acaso sea la única forma de que la literatura tenga un porqué. Mártires de las letras que nos avergüenzan, pues sus textos son jirones de palpitante materia orgánica; cada una de sus frases, experiencias de doliente esperanza. En las letras, como en el toro, hay que pisar en el terreno comprometido, aquel que nadie se atreve a franquear, aunque amenace la cornada que nos desentrañe con su asta letal y furibunda. Sí, escribiré porque solo el numen alienta ese magma cuya resonancia aturde nuestro interior. Valles y Bolaños ya quedan pocos. La vida los zarandeó, pero no renunciaron a sí mismos. Lo efímero de su condición lo suplió la permanencia de su obra.

Papá Hemingway y otros secuaces

Adelanto el fin de semana visitando una librería low cost, donde por algunas monedas puedes hacerte con unos cuantos libros sugerentes. Lo que primero llama mi atención es una novela sobre la Magdalena, de Frank G. Slaugther. Son quinientas oxidadas páginas de flash back a los tiempos bíblicos, donde, como es corriente en este autor, en la trama se entrecruza la experiencia médica. Son unos tentadores 50 céntimos, pero aún  así no me decido a cargar con él. En un estante contiguo, ojeo los lomos de literatura hispánica tradicional. Entre los
montones advierto un título
menos conocido de uno de mis escritores fetiche: Gabriel Miró. Es una obra, publicada por Cátedra, con el título de El humo dormido y está editada y prologada por Vicente Ramos. ¡Alicantinismo puro! Me decido a adquirirlo por obligado compromiso de lealtad entre paisanos. Y es que a los escritores alicantinos nos gusta escribir bonito, para lo cual no ha habido ninguno como Miró; porque lo suyo no es prosa, sino poesía descriptiva. Cuando necesito beber de algún puro manantial, siempre acudo a las páginas de Las figuras de la pasión del Señor o a las luminosas estampas de Años y Leguas. Con el libro en las manos, me aproximo a los estantes de al lado, donde se apila la literatura sudaca. La mayoría de los títulos carecen de interés, por haberlos ya leído y no significar una ganga ninguno de ellos. Destacan dos novelas de Manuel Puig, escritor  al que jamás he leído, por menores discrepancias respecto de su estilo y porque no me seducen los autores multicolores. Un anaquel más arriba, ¡ oh, Fortuna!, descubro un título de Borges al que jamás he hincado el diente: Evaristo Carriego. Es un edición de Emecé que no me satisface del todo, por no tratarse de la publicada por Alianza, donde se recopiló su obra completa. Aun así, me quedo con el ejemplar, reconociendo que Borges, aún en su obra más dispersa, siempre tiene algo que decirnos. Empieza el libro hablándonos del barrio bonaerense de Palermo, y de un niño que leía en una biblioteca luminosa, guarecido en una casa con jardín protegida por una verja que lo aislaba de la turbulencia de la calle. Borges siempre fue ese hombre doméstico deseoso de hazañas, no conformado con las leídas en La Iliada de Pope.
Decido llevarme un segundo libro. En el muro de enfrente se expone la literatura internacional, y a mano izquierda una sección de teatro y poesía. Hojeo un Doctor Faustus de Mann de la editorial Edhasa, por tres euros. Aunque conservo aún fresca su relectura, no me decido a llevármelo. Por lo demás, el resto de estantes no concita mi interés en demasía. En la sección de teatro hay algunas ofertas interesantes, pero uno no puede adquirirlo todo, con el agravante de que quizá sean obras que nunca se lean. En la compra de un libro influye en gran medida la corazonada. Esto acaso fue lo que me ocurrió al entresacar el volumen de entre el maremagno de títulos banales de poesía. Se trataba de una segunda edición del Memorial de isla Negra, de Neruda. Vacilé en un principio, pero decidí con este ejemplar dar por zanjada la compra del día.
Nada más llegar a casa leí alguno de sus poemas. Me agradó reconocer en ellos al Neruda hondo y apasionado de sus mejores libros. Entre los poemas, uno dedicado a Josie Bliss, ese romance que derramó la tinta más sangrienta, sensual y proscrita de la poesía del siglo XX. Al volver una de las páginas, no puedo evitar la sorpresa: encuentro unos pétalos mustios, prensados entre las hojas del poema titulado Poesía. Ignoro quién los colocaría allí, pero sería seguramente guiado por el numen de la poética. Cosas así, verdaderamente impactan, porque nos recuerdan que sobre las letras del texto hubo un sentimiento. Aunque siempre creí que era sobre las páginas de las rimas de Bécquer donde se depositaban tales ofrendas, consuela reconocer que la poesía quienquiera que la escriba estremece la médula del más impensado lector. Como mi fuerte no es la botánica, no sabría precisar en concreto a qué tipo de flor corresponden tales pétalos.
Hoy sábado, ya con una perspectiva distinta, parece que he pretendido resarcirme. Compro una biografía de Hemingway por Anthony Burgess. Todo un soplo de aire fresco para volver a poner los pies sobre la realidad. Con Hemingway la literatura comenzó a llamar al pan, pan y al vino, vino, aunque a día de hoy semejantes presupuestos se han desvirtuado, reconociéndose los tales en el mendrugo rancio y el mosto avinagrado.

El sabor de la morcilla y la República de Platón

El sabor de la morcilla todavía perdura, aunque hace ya rato que consumí el bocadillo de blanco y negro en la mesa del bar del Teatro, donde no cesaban de pasar chavalas en celo buscando el deleite de los pubs cercanos. Lo de las chavalas es otra historia, que a mis 61 años tomo ya con resignación. Pero el sabor de la morcilla es tan persistente como el regusto de un beso de mujer en los labios. Nuevamente he pasado la tarde del sábado hojeando libros; parece que voy en camino de, como dice Luis Alberto de Cuenca, convertirme en un bibliópata, que debe ser la bibliofilia convertida en vicio. Pero es que lo de Luis Alberto tiene miga: el tío almacena libros hasta en la cocina. Siempre se ha dicho que con las cosas de comer no se juega, pero es que como el propio Luis Alberto dice, los libros son como el alimento; el espíritu necesita de éstos como el estómago de la vianda. En mi caso la biblioteca va creciendo. Como ya no me quedaba espacio para colocar los libros, he tenido que adquirir otra estantería, que no ha tardado en poblarse, sin resolver apenas la cuestión de la inflación libresca. Es quizá ahora, que adquiero más libros que nunca, cuando menos leo. Tal vez el prurito adquisitivo se deba a la propia sequía intelectual. Culpable acaso del frenazo sea mi actual situación personal de aspirante a jubilado, pues aguardo la licencia laboral para consagrarme definitivamente al libro y su secuela, la escritura. Añoro dar comienzo  a una nueva novela con la que asaltar el coto vedado de las editoriales madrileñas, y es que como en el toreo, o se triunfa en Madrid o te cortas la coleta.  Mientras tanto estoy concluyendo la lectura de un viejo libro de editorial Labor sobre la tragedia griega, de Albin Lesky. No ceso en el estudio del mundo griego, pero qué duro convertirse en un helenista. A propósito de los trágicos, sobre los que no me atrevo a redactar una entrada de blog, Luis Alberto comenta en youtube una interpolación del libro sobre Esquilo de Gilbert Murray. Lo adquirí en la feria de ocasión de Madrid como una rareza, solo apta para helenófilos, pero a este Luis Alberto no se le escapa nada: lo tiene todo. Adquiero un manual sobre las batallas en el mundo antiguo. La vieja Historia se entendía como el resultado de éstas y la entronización del consiguiente tirano. Tenemos el ejemplo de Manetón, que se limitó a enumerar los reyes que se habían sucedido en el gobierno de las dos tierras. Estas viejas batallas tienen ya para mí una resonancia confortadora; debemos estarles agradecidos a aquellos que se sacrificaron para ofrecernos a nosotros un futuro. Bueno es conocer la historia antigua para evitar modernos errores. Intento, picando libros aquí y allá, meterle mano a la República de Platón, cuya lectura a fondo está pendiente, pero no sé si lo conseguiré, pues todavía se acentúa en mi paladar el regusto de morcilla, que ya empiezo a asociar con la punzante sensación que provocan las chavalas que discurren por ahí, luciendo sus esbeltas piernas y sus firmes senos y que no deben saber nada de lo justo y lo injusto, como  se nos anuncia en el prólogo que versa la más célebre obra platónica.

Audición de Los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada

La lectura nos ofrece una visión particular de cualquier texto. Probablemente, nuestra imaginación  construya una realidad literaria bien distinta a la que concibió el autor. En una novela leída por diferentes lectores la interpretación variará. De la lectura de Los tres mosqueteros cada cual entresacará detalles muy distintos y de las descripciones de Dumas compondrá unos ambientes que no tengan  relación unos con otros. De cada escrito se recreará una realidad enteramente subjetiva, en función de la propia idiosincrasia  y vivencia más personal. Seguramente, cada lector de La Montaña Mágica dibujará un perfil bien distinto de cada uno de los personajes y recreará el paisaje de Davos, si no lo ha visitado, de la forma más fabulosa y heterogénea. Lo cierto es que cada libro ofrece una visión y una interpretación acorde a cada lector, y guardamos de él un recuerdo que satisfizo nuestro gusto.
Digo todo esto en referencia a ciertas declamaciones de poemas que circulan por ahí. Concretamente, y abundan, sobre la obra poética de Pablo Neruda. Admito que suelo prestar más atención a los poemas recitados por él mismo. Siempre consideré Residencia en la tierra como su mejor libro, quizá porque fuera más osado y existencial. El canto general por su contenido ideológico no llegaba a convencerme. Mientras que en Los veinte poemas de amor y una canción desesperada se reconocía a un Neruda más elemental. Todo esto que hablo son impresiones de mis primeros contactos con los versos del chileno. Recientemente, y gracias a youtube, pude acceder a una lectura de Alturas de Machu Picchu recitada por el propio poeta. Aquello era el Canto General con toda su carga militante y panamericana. Pero he de decir que me agradó desde el primer momento. El temple de su voz me pareció ajustado a la dimensión estremecedora del poema. Lo debo haber escuchado más de veinte veces, pero nunca pierde su  poder sugestivo. No me ocurrió lo mismo, sin embargo, con la audición de un disco que circula por ahí, con la versión de Los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, recitado también por Neruda. Como la del Canto General, la voz es la del poeta maduro. Pero toda la sobriedad que desprende la lectura del uno, se vuelve empalagosa sentimentalidad y trasnochado romanticismo, ramplón y como de falsete, en el otro. No por ello desdeño la envergadura incontestable de ese poeta total que fue Neruda, pero que quieren que les diga, personalmente me quedo con el sonido más autentico con que resonaba el latido de su verso en mi corazón durante mi juventud. Sus palabras leídas me parecían más auténticas, sin tanto almíbar.

Algo escribiré esta noche

Algo escribiré esta noche
Algo escribiré esta noche. No sé...una nostalgia que acomete, un desencanto. Se dejan pasar los días como pasan los trenes lejanos, sin reparar en ellos. Se diría que  la vida es una experiencia inocente, pero en un momento, sin darnos cuenta nos miramos al espejo. ¿Y qué vemos? No  esa efigie demacrada que tácitamente consentimos, sino la complejidad indescifrable que transcribe nuestra identidad. Nos reconocemos por dentro en la corriente de ese  río que nos recorre y balbucimos sorprendidos:¿Eso es todo?: la vida.
Con el paso de los años pretendemos que nuestra vida tenga algún objeto, una significación que la resuma. Entre el aluvión de anécdotas indeterminadas tratamos de elucidar ese hilo conductor que proporcione un objetivo a todo el afán derrochado. Creo haber pasado la vida peleando contra una voluntad adversa a mi propósito personal, y solo al cabo de los años me pregunto: ¿era ésta el brazo de Dios que pretendía encauzarme hacia sus designios? Pues en contra de mis deseos egoístas, las circunstancias parecían impulsarme hacia el sacrificio. Pero ¿no se halla en éste la misión más llena de contenido de lo humano? Ni los siglos ni el olvido han borrado el holocausto de Leónidas y sus trescientos en las Termópilas. Así como la Cruz de Cristo señorea sobre la colina del mundo, dando una significación y una respuesta a toda existencia vacía.
Tal planteamiento nos ofrece John Ford en su película El hombre que mató a Liberty Valance ( la balanza de la libertad) cuando con el sacrificio de Tom Doniphon (el hombre más duro al sur del Picket-wire) devuelve la vida y la libertad a una comunidad oprimida. Es el hombre que entrega su vida por sus amigos, lo cual es el mayor galardón, como enseñó Cristo a sus discípulos. Se entrega a la cruz de la ignominia, como rescate para quienes ama.

SEÑOR, ¿DONDE TE ENCUENTRAS?

SEÑOR, ¿DONDE TE ENCUENTRAS?
Señor, ¿ dónde te encuentras?
Quiero saber si estos quebrantos,
estas angustias en lo íntimo
me anuncian tu presencia.
Sé que te perdí, pero ¿te he hallado?
¿Por qué de pronto rompes mi sosiego
y levantas la tormenta con el rayo de tu celo?
¿Qué me quieres, Señor?¿Me atormentas?
Si soy deshecho que tu moldeas en valioso cuenco,
urdiendo con mano maestra su designio,
¿qué quedará de mi afán además de tu credo?
Sé que solo soy palabras, palabras
que tu me diste como esa Palabra
tuya de que estoy hecho.

A FLORENTINA

Llevas en tu seno
la claridad de Andalucía,
que no pudo arrebatarte
ni el destierro en los negros días.
La penuria y la esperanza
te trajeron hasta el mar,
ese mar que tu llevas
en el iris de tus ojos,
y que en cuanto los miras
incitan a navegar.
Es tu aliento de jazmines
y tu abrazo de azahar.
Tus sueños aún los pueblan
las dehesas de olivar,
donde las cigarras cantan
al ascua del día en su declinar.
Recuerdos de un patio claro
que las lágrimas no logran empañar,
del esplendor, asomada al vano,
de  esos días de polícromo cristal,
cuanto más lejanos
más intensa su realidad.
¡Qué presente cuanto añoras!
En la amargura de la horas,
tus recuerdos de Linares.
Vivencias que se reencarnan
cuando tu ya torpe memoria
regresa entrañable a sus lares,
donde cobran vida
las estampas familiares
y reside intacta
toda tu íntima verdad.
Paseos por Linajeros,
donde los naranjos lucen
en sus copas el azahar,
y los pájaros trinan
como dulces requiebros
de melodía primaveral.
La tarde que  concluye
en la nave de la  ermita,
tocada con la mantilla
y de la mano el misal.
En pos de tu madre, filial,
quien entre las oraciones
minuciosa te recita
esa letrilla que escrita
en los cielos está:
" el día que tu naciste,
nacieron todas las flores
y en la pila del bautismo
cantaban los ruiseñores".


Sobre gustos musicales no hay nada escrito

No oculto que mis gustos en cuanto a música se decantaron pronto por la tradición sinfónica alemana, abarcando entre sus límites el drama musical romántico, con las figuras señeras de Weber y Wagner. Fué la admiración por el genio de Beethoven, con cuya música vigorosa y profunda quedé abrumado, la que me introdujo en el universo fascinante de la música llamada clásica. Sin lugar a dudas el sínfonismo beethoveniano marcó mi juventud, sin presentir que con esta adicción se iban remontando peldaños hacia una consideración de la música en su totalidad. Luego vino Wagner, con la idolátrica sintonización por radio con los festivales veraniegos de Bayreuth. Desde la llamada de la fanfarria hasta los compases postreros de cada drama eran seguidos con la más afanosa concentración, ávidos de fundirnos en ese absoluto que solo puede reportarnos el atisbo de belleza que descubrimos en la obra de arte. Wagner me educó para saborear a fondo la sustancia de la música, despertando una pasión que se consumó  en el estudio del piano y demás disciplinas musicales. Desgraciadamente, dicha consagración no dio los frutos esperados, pero me familiarizó con toda la literatura musical para piano. Beethoven y sus sonatas; Chopin y sus nocturnos. En ese tiempo, no perdía ocasión de asistir a cualquier evento que se celebrase en el teatro local. Entonces irrumpió Mozart con la magia de sus óperas. Me deslumbró La flauta Mágica, y no menos Las bodas de Fígaro. Oyendo el Don Giovanni, en algunas de sus arias pude percibir el éxtasis de la belleza. Siempre dije que no me gustaba Verdi. Su Traviata la juzgué artificiosa y cargante. La primera vez que asistí a una función del Trovatore, reconocí en ella todas las lacras del teatro de cartón piedra. Pero poco a poco su música fue calando hasta llegar a familiarizarme con ella, y hoy ya no podría calificarla de otra manera que de genial, sobre todo en esa versión antológica de Callas y Panerai. Pocos momentos hay tan sublimes como los de Madame Butterfly, pero siempre me pareció deslumbrante el aria de Casta Diva de la Norma. Rienzi no se entiende sin la influencia de Bellini. Su música penetra con la dulzura de un néctar embriagador. Hace un par de semanas que no ceso de escuchar una de sus geniales creaciones: I Capuleti e I Montecchi, en una versión memorable que interpretaran Edita Gruberova y Agnes Baltsa. Me ha dejado fulminado. Su melodía penetra con la suculencia de la ambrosía, como el dulzor de un vino joven que se difunde por las venas con el calor de la pasión. ¿Qué tiene el arte de Bellini, qué es capaz de arrebatar nuestro espíritu hasta las lágrimas?

Vigencia de El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina

Asisto en Madrid, en el teatro de la Comedia, a la representación de El burlador de Sevilla, de (o atribuida a) Tirso de Molina. Pese a las tropelías de las escenificaciones modernas la obra se sigue manteniendo aún en pie. Se diría que el teatro versificado es cosa de otro tiempo, pero a mi juicio es por esta peculiaridad por lo que la obra mantiene todo su poder de fascinación. He de confesar que no conocía el texto, aunque conservaba un ejemplar del mismo en mi biblioteca. Como a casi todo quisque era con la versión que del Tenorio hizo Zorrilla con la que guardaba mayor afinidad. Los versos de don José eran tan populares, que en cualquier momento podía escapársenos alguno de sus párrafos de afortunada acuñación. Recuerdo que mi padre me recitaba escenas enteras, debido a esa tendencia a la memorización que se tenía antes. Porque los versos de Zorrilla estaban en boca de casi todos, mientras que los de Tirso quedaban solo para los entusiastas.
El tema de Don Juan constituye un mito literario, uno de esos arquetipos de los que se nutre nuestra cultura. Pese a erigirse en una personalidad nacional, su fama claramente ha traspasado nuestras fronteras. La literatura francesa tan sensible a los asuntos españoles, adoptó la singularidad del personaje, que en manos de su más genial comediografo, Moliere, engrandeció la significación del mito. Se sabe que a través de los tiempos se fueron repitiendo múltiples versiones de la historia de Don Juan, muchas de las cuales han caído en el olvido. El mito fue recreado por las más diversas plumas con rigor más o menos reseñable, hasta que llegó a manos de dos grandes personalidades que supieron aprovecharlo, Da Ponte y Mozart. Porque quizá sea en la opera de Mozart donde se vuelva a repetir la grandeza dramática de la obra de Tirso. Da Ponte y Mozart comprendieron la dimensión trágica del Don Juan y la elevaron a cotas difíciles de igualar. Esa escena final de Don Juan y el Comendador está resuelta por Mozart con una eficacia escalofriante; difícil es que el pavor no atenace nuestras gargantas con un nudo acongojante.
Hoy, que tropezamos con Don Juanes a patadas, pues cualquier jovenzuelo que se precie va dejando su amarga memoria por la infamantes páginas de la croniquilla social, de la obra de Tirso se nos querría hacer creer que solo despierta una curiosidad arqueológica en la que solo repara el teatro institucional, en su tarea de rescatar y velar por nuestro patrimonio literario. Pero nos engañamos, no hay más que abrir los oídos a la inspiración del poeta para reconocer el vigor y la delicia de esa fuente imperecedera en donde beben los clásicos. Pues únicamente son clásicos porque están vivos.