El mal samaritano

El mal samaritano
¡Perdóname! Porque tantas veces
llamaste a mi puerta
y no te abrí, tuviste
sed y no la sacié, hambre
y no te alimenté, soledad
que no acompañé.
Porque un día estuviste
enfermo y no te socorrí,
quebrantado por lágrimas
que no enjugué, aterido
y sin un techo que no supe compartir.
No dejes, pues, que en el camino
si te hallo otra vez herido y maltratado,
pase de largo como el Leví.

El Eros

El Eros
El Eros transfigura la realidad tornando lo mísero deseable. Por eso en el hombre se dan dos conciencias inconciliables. Y también por eso nos aferramos a las decrepitudes de la carne, evitando los caminos de lo imperecedero. Pero todo ello no deja de ser una mera ilusión.

Género Negro

Género Negro
Veo en YouTube un reportaje sobre Raymond Chandler. Nada sería la novela negra sin su aportación; a él se deben las más sugestivas tramas y el perfil del mejor personaje, Philip Marlowe.
Se dice que Hammett  fue su inventor y Chandler su encumbrador. Solo ellos eran la verdadera novela; lo demás no pasa de plagio. Toda tentativa de emularlos acaba en el fiasco. El vigor de aquella novela oscilaba en unas coordenadas de tiempo y crisis. Fue, sin duda, hija del "gran crack" y sus consecuencias. Aquella sociedad fracturada y paupérrima fue su caldo de cultivo. De ella nacieron febriles personajes como "el gordo" y Joel Cairo, perseguidores acérrimos de una entelequia: el mítico "halcón" fraguado con el material con que se forjan los sueños. Sin duda, es la frase más feliz de El halcón maltés de Houston, acaso porque a Hammett tal definición le pareciera abusiva. La frase en Chandler es más concisa y escéptica, aunque seductora y bífida.  Ambos autores nos son más cercanos por el cine, aunque todavía pertenecieran a un tiempo donde se consumían con fruición los folletines  de a dolar. Aún pervivía el gran tiempo de la letra impresa. En nuestros días el último gran devorador del género fue Onetti. Consumía,ejemplar tras ejemplar, tendido en la cama, con el cigarrillo colgándole del labio y el vaso de vino en la mesilla de noche, junto a un ruidoso reloj despertador, de esos de campanilla, que solía sonar estridente, en el medio del tedio de la madrugada insomne. Porque el uruguayo no tenía horas fijas para escribir, y a veces ese deseo le asaltaba a mitad de la duermevela, mientras imaginaba las vicisitudes de los pobladores de Santa María, colección de ciudadanos condicionados por la desengañada realidad de sus vidas. Aquella noche, Onetti no podía dormir. Ni el vino que lo sumía en una modorra muy parecida al sueño conseguía entonces relajarlo. Desvelado, cogió una novelita de las que yacían en el suelo, junto a la cama, sin fijarse mucho en la elección. Abrió la página por la señal de lectura, donde la dejara días atrás. Como en las novelas del género, la trama era bastante intrincada. Desmenuzaba la vida anodina de un escritor de novela galante, adicto a la morfina, cuyo matrimonio se hallaba en entredicho. Sabía que su mujer lo engañaba. Incluso sospechaba de quién podría ser su amante, miembro conspicuo de su mismo club. Ignoraba cómo habían llegado a conocerse. Pero se conocían. Una caja de fósforos del club, con un número de teléfono escrito en el anverso había aparecido en la repisa de la chimenea. No eran suyos, porque él no fumaba. Lo guardó en el bolsillo y no dijo nada a Greta. Sabía que sus visitas se prodigaban cuando él salía de casa, por algún compromiso con su editor o por sus frecuentes visitas clínicas, debido a su salud delicada. Imaginaba fingir una salida y regresar al poco tiempo para cogerlos infraganti. Sabría entonces lo que debería de hacer. Había limpiado y aceitado su vieja pistola, cuya licencia formalizara tras el robo perpetrado en la vivienda años atrás. Desde que estuvo consciente de la infidelidad, guardaba la pistola no muy lejos de sí, para tenerla a mano llegado el momento. Mientras recreaba cómo sería la escena -la brusca apertura de la puerta, los cuerpos de los amantes solazándose en el sofá-, degustaba el diario jerez, imprescindible para sujetar unos nervios que de otro modo se crisparían. Pero entre sorbo y sorbo, degustando detenidamente el licor, notó cierta aspereza en su bouquet. Una idea repentina le llenó de espanto. ¿Acaso los amantes no habrían tratado de adelantarse y buscaban consolidar su situación, eliminándole?...Onetti dio un amargo sorbo del rescoldo de vino, de esa botella más vacía que llena. Le había entrado cierto desasosiego, como una inquietud paranoide. Apartó las sábanas, introdujo los pies huesudos en las pantuflas y fue a mirar en la habitación de al lado. Abrió y vio a Dolly, que tendida sobre la cama dormía profundamente.

Es carnaval

Es carnaval. La gente desciende las calles embutidos en disfraces comprados en los bazares. Los hombres aparentan osados bucaneros; las mujeres, lagartas. O los hombres aparentan trasvestidas lagartas y las mujeres atildados mancebos  de smoking. Todo vale en carnaval, preámbulo de esa cuaresma que desemboca en la semana de Pasión, que hoy pasa por ser otro carnaval. Camino entre la muchedumbre como si conmigo no fuera tal cosa. Ya nada me dicen las solemnidades sociales ni sus bacanales. A otro perro con ese hueso. Los jóvenes celebran sus fastos porque reconocen lejanos el dolor y la muerte.  Pero Tántalo y las Parcas siempre están al acecho.
Se escuchan atronadores tambores de sarao brasileiro. Hoy día hasta el regocijo se ha globalizado.
Discurro por la acera junto a una procesión de máscaras que ocupan la calzada, escoltados por la policía. Tales manifestaciones me parecen todas iguales, sean cívicas o politizadas. En España parece que el festejo ya se adelantó con la farándula catalana. Cuando se es joven cualquier nimiedad merece festejarla; de mayor comprendes que hay muy pocas cosas que festejar, si acaso aquellas que nada tienen que ver con las que se consideran a los veinte, a los treinta y a los cuarenta.
La orgía te arrastra con la libidinosa corriente de su infortunio. Cuando te liberas de su yugo alienador, comprendes lo fútil de su naturaleza. El sexo es ese tirano que sólo conduce al descarrío,
a la sublevación del instinto frente equilibrio cabal de la persona. Los griegos sabían mucho de estas cosas, de las arbitrariedades de Dioniso contra la mesura de Apolo. Hoy se considera todo una novedad, olvidando que el mundo y el hombre son milenarios.
Me alejo del tumulto, pese a que no dejo de tropezarme algún enmascarado que otro. La noche es fría. Apetece entrar en algún lugar climatizado. En los grandes almacenes echo la Primitiva y hojeo algunos libros. Me causa perplejidad la extraña literatura que lee la gente. Cada vez creo menos en la política. En el presupuesto se gastan millones en educación, para luego idiotizar a la masa con la novelería más extraña. Yo debo resultar una rara avis. El hombre es un animal político, pero por los rincones de las plazas aún se puede observar el tonel de algún cínico. Toda singularidad conduce a la soledad. Alejarse de los patrones pautados genera la incomprensión de tus congéneres. Pues como señaló Visconti, de boca del profesor de Grupo de familia en un interior: Los cuervos viajan en bandada, el águila vuela sola.

Collage

En el mercadillo dominical he conseguido por 1 euro un ejemplar del Tercer ojo, de T. Lobsang Rampa, que leí durante mi juventud; algunos de sus capítulos en el asiento de un autobús que me trasladaba a Valencia. Porque Valencia fue como la Nueva York de aquellas tiernas edades y Rampa el guru que descifraba lo inverosímil del mundo. Después de haber leído a Hermann Hesse y su Siddhartha los relatos del lama tibetano despertaban a la recóndita fascinación del espíritu. Recuerdo vagamente el asunto del Tercer ojo como algo relacionado con cierta facultad de la glándula pineal, que permanece atrofiada en los occidentales. Solo los iniciados tienen acceso a la cosmovisión que se deriva del uso adecuado  de tal órgano. Recuerdo que leí la novela con inocente credulidad, sin dudar ni un momento de la honestidad de Rampa y creyendo a pies juntillas cuanto su sabiduría milenaria considerara apropiado imbuirme. Sus estampas tibetanas estaban repletas de pintoresca fascinación y paradisíaca utopía, al reflejar el cotidiano bullir de aquella Shangrilá idílica, tal y como se nos describía en el libro la hermética Lhasa. Jamás sospechamos que una biografía tan pormenorizada ocultara un secreto inconfesable. Solo mucho más tarde averiguamos que el supuesto lama Lobsang Rampa era un fontanero de Montreal o Toronto que se consideraba la reencarnación del supuesto lama, cuyo espíritu le dictaba los secretos ancestrales de Himalaya. Pero, como diría Billy Wilder, nadie es perfecto.

Sé que esta historia de Rampa es sorprendente, pero no más de lo que uno tiene que oír referente a la intelectualidad española. Siguiendo YouTube me adentro en la biblioteca de uno de nuestros sabios más reconocidos: Antonio Escohotado, hombre verdaderamente singular. Reconozco no haberlo leído, pues los temas que aborda en sus libros puede decirse que me resbalan bastante. Ni las drogas ni el marxismo son santos de mi devoción. Pero sin minusvalorar la envergadura intelectual de Escohotado, hay que reconocer que sus predilecciones te pueden dejar perplejo. Ha profundizado en los temas más farragosos de la cultura y el pensamiento, cultivando de este último
la más(aterradora iba a utilizar) austera preferencia, pues sus filosofos fundamentales son nada más y nada menos que Aristóteles, Hegel y Freud. A uno que siente algunas afinidades con el idealismo, sea platónico o Alemán, encuentra tal elección en las antípodas. Lo de Aristoteles y Freud puede en último término ser aceptable al gusto, pero qué puede encontrarse de fascinante en el abstruso discurso de la Fenomenología del espíritu, en ese galimatías que ya censurara Schopenhauer, o en el plúmbeo mamotreto doctoral de Las lecciones de la filosofía de la historia universal.  Lo cierto es que, sobre gustos, nada hay escrito, y no sé si lo diría Billy Wilder.

Por eso volvemos otra vez a Vargas Llosa, aunque como novelador no acaba de convencernos del todo. Adquiero en una librería Low cost su libro La tía Julía y el escribidor. Quizá su novela más biográfica, y seguramente la que más interesa socialmente, mientras no se desmarque al escritor de los asuntos de faldas, pues tiene morbo su casi coqueteo con lo incestuoso y  su integración al cuché rosa de la Presley. La novela reserva esa expectación que ha de deparar toda confesión personal y mantiene la amenidad familiar de lo biográfico. Cuando su lectura me pesa, busco otros paisajes, como los que me descubre Josep Plá en sus Cartas de lejos, con ese estilo minucioso y coloquial. El escritor ampurdanés no tiene parangón.

Luego, me adentro, como si tal cosa, en los pormenores de la república romana que trata el libro de historia antigua de la UNED. Roma es un tema que nunca se agota, y siempre reserva alguna anécdota capaz de sorprendernos, como la de la LUXURIA de sus clases dirigentes. Se dice que Cicerón pagó medio millón de sestercios por una mesa de madera de limonero, para embellecer alguna de sus villas dispersas por el territorio italiano, seguramente en Toscana o Campania, pues en la vieja Roma ya se conocía aquello de la "dolce vita". Cicerón, Cicerón, ¿no te bastaban tus riquezas que aún necesitabas consolarte con el "Sueño de Scipión"?  La verdad, y concluyendo, habría que confirmar que el día dio algo más de sí, pero tampoco hay que ser tan minucioso, como también se diría en otro guión de Billy Wilder.


A proposito de Diamonds and Rust, de Joan Baez

Esta semana he vivido en casa el "revival" de Joan Baez. Para ello desempolvé un viejo casette donde recordar sus viejas melodias y seguí su pista por YouTube. La cantante tal vez encarne lo más positivo de los años 60 y 70 del pasado siglo. Su voz juvenil, de una frescura nada común, nos trajo las más hermosas baladas para aquellas generaciones inconformes. Recientemente he escrito por ahí que la voz de Joan Baez nos hace respirar los prados del paraíso. Naturalmente me refiero a su voz de juventud, refrescante como la más bonancible de las brisas. Lo digo, porque llevado por la euforia actual por la cantante, he adquirido en unos grandes almacenes un disco que recoge The best of Joan Baez. Es una producción moderna, interpretada por una Joan Baez madura. Aquellos límpidos cielos sobre la tupida pradera floreada por donde discurren las cristalinas aguas de un riachuelo, adónde fueron. Son canciones con una orquestación moderna y esmerada, pero donde ya no palpita la radiante pureza que penetraba hasta el corazón. Creo que existe la canción bisagra que separa estas dos realidades, inevitables  para ella como para cualquiera, que procura el paso demoledor del tiempo. La canción es Diamonds and Rust, en ella Baez vuelca el todo de sí misma como cantante y como persona. La canción es un poema extraordinario, lleno de inquietud y de pesar existencial, donde se difumina la pureza cristalina de su voz inocente y vital. Si antaño su timbre alcanzaba las transparentes alturas de los cerros virginales, donde respirar la mística comunión y dándonos a conocer con convicción su inocencia y esperanza, en Diamonds and Rust se ensombrece con el matiz del desengaño y la duda. Creo que es su canción más sincera, o al menos la de alguien que ya ha experimentado la ambigüedad del tejido de la vida y que después de arder en sus ascuas, se ha consumido en la frialdad de sus cenizas. El poema es directo pero receloso, recordándonos que los beneficios del amor nunca podrán trascender la impenetrable soledad.  Su música nos envuelve en la indefinición de lo cotidiano, cuyo pulso desigual explicita. Se cree que la canción denuncia la pasada relación de la cantante con el flamante Nobel, Bob Dylan, a cuyo estilo musical se acerca. En un principio creí que la canción era letra y música del autor de Blowing in the Wind, por lo que me causó sorpresa la autoría de Baez, cuyo manejo del material poético y la envoltura de la música son envidiables.

Mis ojos miran atrás



Aguardo el timbre de un teléfono inerte.
Es tan larga la vida y tan corto el amor,
y el olvido una travesía de nostalgias
que siempre regresan a lo perdido.
Representa el desamor un periplo agónico
entre cuerpos vacíos y sexos ofrecidos
bajo el farolillo candente de la desesperación.
Una vez canté tu desbordada juventud
hasta abrasarme de pasión; pero hoy solo me resta
un aislado suspirar en la noche, un frío
ausente en la cama y una esperanza frustrada en el corazón.
Mis ojos miran atrás, reconocen el largo camino
de  interminables noches ansiándote,
llenas de compungidos recuerdos
por la emoción estremecidos,
que de ti se ocupan con obstinada permanencia,
llorando de años y de soledad sin ternura.
Tu imagen se desvanece cuando la intento atrapar
y busco rescatar los contados momentos que irremediablemente pasan,
como el fulgor arrebolado que los crepúsculos traen
mientras no ceso de escuchar el viejo disco de baladas de Joan Baez.


Lucy in the sky whith diamonds y los misterios Eleusinos

Parece ser que los misterios de Demeter, en los cultos Eleusinos, se relacionaban con la ingestión de una variante del ácido Lisérgico, componente del que también consta el moderno y sicodélico LSD. El iniciado era transportado a otras regiones de la conciencia, e incluso era creencia de los fieles a estos cultos que su almas viajaban hasta las sombras recónditas del Hades, donde les era revelada la verdad del misterio del mundo y lo que les devendría tras atravesar la frontera de la muerte. Creer que por la estimulación de una droga se accede a otros estratos reales de la conciencia y que lo que el viajero sicodélico descubre son los fundamentos inaccesibles de la verdad, que en estado de normalidad están vedados, lo considero, si no contamos con mayores argumentos, que pertenece al terreno de la conjetura. Ciertamente, el consumo de ácido Lisérgico depara una experiencia psíquica o espiritual, acaso religiosa, difícil de evaluar y de desentrañar en rigor su verdadero alcance. Tesitura que implica no pocas interrogantes:  ¿Lo que el viajero divisa o experimenta resiste cualquiera verificación irrevocable o empírica fuera de él? ¿Supone su percepción la constatación de una realidad objetiva?¿Cabal su aproximación a lo numisoso? ¿Los resultados de su psique transgredida pueden representar un contrapeso en la balanza de la conciencia?¿Ofrece acaso ésto alguna conclusión determinante para su destino? Es más, ¿sus procesos anímicos entrañarían algunas consecuencias en el terreno moral? ¿Sería éticamente justificable aunque él lo creyera? ¿Implican algo más que un proceso psíquico restringido a un juicio crítico subjetivo? ¿Lo que el drogado atisba son acaso otra cosa que alucinaciones, que acelerados espejismos neuronales, que vagos espectros de una consciencia escindida? El LSD destruye el equilibrio del espíritu, quebranta la superficie apaciguada de la conciencia dejando al descubierto cuanto de ignoto y abrupto oculta nuestro ser inconsciente. Al ingerirlo aflora ese magma ancestral que configura nuestro espíritu, o ¿acaso su tangibilidad es tan sutil como la materia de los sueños, de lo ilusorio?. ¿Puede un sueño condicionar nuestra existencia? ¿Entrañará su consistencia alguna gravedad cuando nos presentemos ante el tribunal de Dios? ¿Traspasará en su sintomatología esas puertas que Kant creyó infranqueables revelándonos la esencia del noúmeno? ¿Qué hay de real tras esas puertas de la supraconsciencia?

Paseo por los santuarios de los libros

Como muchos fines de semana, he cursado visita a los antros culturales y cultuales de los libros. Del periplo, en muchas ocasiones, se obtiene algún fruto. Siempre se espera la sorpresa de descubrir algún volumen de interés. Sin haber reconocido nada comestible, sin embargo, llegué a la sección de filosofía  donde me aguardaba una tentación impensada. Era un librito fino, caro en relación a sus dimensiones, que nunca hubiera despertado mi curiosidad de no haber llegado hasta él por referencias. Estas provenían de un divulgador de filosofía por YouTube, quien hace mención del título en relación al contenido del asunto sobre el que estaba disertando: El arte postmoderno. Fácilmente se adivina que el libro al que me estoy refiriendo es "La condición postmoderna", de Jean Françoise Lyotard. Este libro fundamental para comprender los actuales descarríos del arte, en principio presenta una piel que se resiste a ser catada. Lo digo, en referencia a su estilo, cuya fragosidad intrincada se anuncia apta para espantar a los ingenuos. Tales ensayos se enroscan como puerco espines, remisos a que les hinquemos el diente. Pienso que a pesar de su intimidador alambre espinoso de disuasión, llegaré a saborear su enjundia, como el colmenero paciente que se abre camino hasta el corazón del panal. El tema del arte me interesa  desde cualquier punto de vista, y un asunto como el de la postmodernidad no puede pasar desapercibido para quienquiera que practique alguna de sus facetas.
Debo decir que mi apetito como lector se ha morigerado, o tal vez que su apasionamiento se avive según las épocas. No estoy pasando por uno de esos momentos del lector compulsivo que devora toda letra impresa que caiga en sus manos sin mayores miramientos. Se puede ser un encenagado literario, pero también hay que bañarse en los manantiales de la vida. Con esto quiero decir que mis circunstancias actuales vedan la consagración monacal al libro. Ciertos compromisos insoslayables influyen sobre mi avidez de lectura.  Despiertan mi desinterés sobre algunos géneros, sobre todo la novela, la cual ha de reservar alguna excelencia que me incite a seguir su hilo hasta el final. He comenzado varias, que tras las primeras cincuenta páginas, por una razón u otra, me hacen desistir del empeño de concluirlas. Considero bastante bien escrita, Thérèse Raquin de Zola, pero el asunto del homicidio del marido por parte de una adúltera y su amante despierta importantes cautelas de gusto. Una impresión análoga a su vez experimenté ayer tarde durante la lectura por séptima vez de La montaña mágica, donde ese Olimpo de la enfermedad suscitó la fatiga de quien anhela la salud, la vitalidad marina frente a la ciénaga corrompida. Claramente, el ánimo me inclina hacia la objetividad. Leo con gusto una Breve historia del mundo antiguo de la"Uned". El texto presenta amplios matices a saborear, nuevas perspectivas del trillado estudio de la antigüedad. No tengo duda de que mi lectura abarcará hasta la última de sus páginas, cuyo epílogo casi siempre comprende la fundamentación del mundo cristiano.
Pienso, mientras camino entre mesas y anaqueles repletos de libros, que me gustaría ser un escritor de éxito, o que cuando menos recaiga sobre mi obra cierto reconocimiento. Comprendo que para ello debería consagrarme a esa labor en cuerpo y alma, y consolidar una obra consistente que no se podrá rechazar, con argumentos tan sólidos como los que plantea El Padrino en sus ofertas. De esta manera, las editoriales se mostrarían más cautelosas y dispuestas a colaborar. Pero es que para ser reconocido se necesita gozar de cierto prestigio y de una pléyade de seguidores. Aute y Wolfe han publicado ciertas antologías poéticas, cuyo numeroso plantel de colegas no se muestran remisos en aplaudir. Ellos gozan de la aquiescencia de las hordas compinchadas que gobiernan el mundillo cultural de España, perdón del País. ¡Ay del que este solo, porque cuando caiga no habrá quien lo recoja! No pierdo la esperanza de que quien me lea comparta una misma inquietud solidaria. Durante mi recorrido advierto en una tapa una foto de Jack London. Poseía un rostro de niñato que no le impidió representar la quintaesencia de la aventura. Su estulticia neoyorkina no le vedó naufragar en los espacios de "El vagabundo de las estrellas". Un libro como ese nos abriría las puertas del Parnaso.