CADENCIA

CADENCIA
...esa fina joya de la madreperla
por la que se desvela el caco y el perista
es como el secreto misterio en el corazón olvidado
que escucha el rumor del bosque en el otoño,
como el sabor del mar, la melancolía,
la correspondencia hecha trizas del amante burlado.
¡Querrás saber el cómo y el porqué!
Querrás saber lo que escondían esas medias palabras,
la connivencia de los astros, el callado lamento,
el residuo de ese desengaño
que estrujó el corazón hasta extenuarlo.
Hoja tras hoja emborronaste el papel de carta,
quisiste develar lo oculto, lo que el silencio encierra,
lo que se cierne sobre el párpado caído,
lo que trae la limpia libertad de los pájaros.
Perseguiste la meta, la hazaña, la cadencia
de la melodía solitaria, el rastro de la desesperanza
en ese sendero disimulado en la maleza,
buscando la recompensa del beso vacilante,
del oído atento, de la lágrima vertida
en la encrucijada de las horas. Así pesarán
los días, naufragará la aurora,
partirán los trenes del remordimiento
y tu único consuelo será el designio
de una deshojada margarita.






¿Acaso un lapsus subconsciente?

¿Acaso un lapsus subconsciente?
Examinando en los estantes de una librería, mi curiosidad bibliófila rebuscaba entre los lomos de los volúmenes algún título que me pudiera satisfacer. Y efectivamente lo hallé. Tratábase de una edición reciente, en bolsillo, del "Caballero del León", de Chétrien de Troyes. Confieso que la literatura medieval de caballería, siguiendo el consejo sensato de Cervantes, nunca despertó mis preferencias. Aunque poseo los dos gruesos volúmenes del Amadís y del Tirant, todavía no he osado hincarles el diente.  Reconozco que en su enjundiosa prosa quizá se nos descubra un universo deslumbrante y emotivo, pero también reconozco que como lector y escritor nunca me han atraído los temas fantásticos en exceso. De Tolkien leí sin mucha pasión el Hobbit, pero no me decidí a traspasar la puerta hacia la vastedad del Señor de los Anillos. Ante Lovecraft me paralizó la perplejidad y el pánico, pánico ante su desapasionada pesadilla onírica. Dentro, sin embargo, de todo ese gran mundo de novelesca fantasía he de admitir que me seduce, aunque de forma no del todo apasionada, el atractivo tema de la leyenda Artúrica: la tabla redonda, sus caballeros, Merlín, Lancelot y Perceval y su santo Grial. Su belleza poética me transporta; gocé con la película Excalibur, de John Boorman..
Pero no sería sincero si no revelara que en tal tipo de literatura de evasión descubro, no sé si prejuiciosamente, cierta complacencia  burguesa , reñida con esos rigores que nos impone nuestra recalcitrante existencia urbana. Porque lo nuestro es lidiar en el día a día con molinos, que no gigantes; con inspectores y funcionarios, que no malandrines y encantadores. Contando, pues, con esta gravosa imposición del destino fijé mi atención en otro libro semioculto en los anaqueles; era un libro delgado, de pocas páginas. Cosideré por ello que sería barato. Se trataba de Esperando a Godot, de Samuel Becket. Siempre me intrigó la historia de esos personajes que transcurren su tiempo y sus vicisitudes esperando a ese Godot  que nunca llega. En cualquier caso,  apurado por las economías desistí de comprar este segundo ejemplar y lo devolví a su estante. Pero cuando me dirigía a abonar mi compra en la caja, no pude evitar la sorpresa, pues el libro que llevaba en las manos no era otro que Esperando a Godot; por tanto había sido el Caballero del Leon el libro restituido en el estante. Tomé el incidente como una misteriosa admonición y me decidí a adquirir definitivamente ambos ejemplares tan antitéticos, ya que vano es resistirse a las insondables disposiciones de destino,


LA VOZ, FRANK SINATRA

Creo que se conmemora en estos días el centenario del nacimiento del Frank Sinatra. Como en casi todo hombre, su personalidad despedía el fulgor más rutilante o se escondía tras las más densas sombras. Fue un hombre popular. ¿Quién en el mundo no ha llegado alguna vez a oír hablar de él? Pertenecía al mundillo del espectáculo, actividad cuya resonancia llega a todos los lugares a través de los medios de comunicación.
Entre esas luces que iluminaban a Frank, destacaba el milagro de su voz: "La voz". Dentro de la música de masas ocupó un puesto de lo más relevante. Fue maestro del swing, música que encandiló a las jovencísimas de los 50. Sinatra era como el Raphael de America, o Raphael era como el Sinatra de España. Sus interpretaciones fueron espléndidas, dejando ejemplos inmejorables de My way, New York, New York, o Strangers in the night. Fue a su vez actor meritorio, como dejó patente en su papel en "De aquí a la eternidad". Pero, creo, que a Sinatra más que el cine le iba la vida, y no había nadie como él para buscársela. Fue un hombre de negocios serio; de ahí su vinculación con esos hombre serios de la "cosa nostra". Conocedor del negocio del espectáculo, del que se decidió a dominar todas su teclas, desde las de los despachos hasta las de los escenarios, fundó ese renombrado "Clan" que se haría popular a nivel internacional. Hoy no nos cabe duda de que el Clan era obra personal suya, el era el jefe, el particular padrino de esa reducida famiglia. Creo que sus componentes llegaron a sumar once, pero a los que recordamos son los más populares, Dean Martin, Peter Lawford, y Samy Davis jr. Junto a ellos cosechó triunfos con el show de su casino de Las Vegas, casino que había adquirido por mediación de sus amigos mafiosos. Junto a sus otros amigos del "clan" obtuvo algún éxito en la pantalla grande con filmes que dejaban bastante que desear.
Pero estaba claro que para Frank el arte no era más que un aditamento. Fue un hombre de suerte; tuvo acceso a las más bellas mujeres. Con algunas de las cuales se casó, y con otras practicó los oficios de alcahuete. Proporcionaba mujeres esplendidas a hombres exigentes; entre éstos, capos mafiosos y renombrados políticos. Lo que verdaderamente Frank anhelaba era poder, no ser un títere; por eso se acercó a los dominios del hampa e hizo la corte a los políticos, a quienes ayudó en sus campañas. ¿Qué buscaba de ellos Frank sino su parcela de influencia, la solidez de un cargo que contara con el beneplácito presidencial? ¿Cuál era su sueño? ¿Cómo no?: La embajada de Italia. El más grande de los sueños para un menesteroso emigrante ítalo de los arrabales neoyorkinos. Pero en la vida no todo son triunfos; los hombres son falibles, inclinados a la traición. Los políticos le defraudaron, jamás llegó a alcanzar su anhelo.
Se quedó sin embajada y sin clan, y libando como un colibrí de mujer en mujer, porque el amor le falló. Se confirmó su presencia en el 57 en la reunión mafiosa de la Habana, que Francis Ford Coppola  nos recordará en El Padrino II. Siguió cantando y maquinando en esas sombras que se nos escapan. Sabemos de la naturaleza de sus procedimientos por una anécdota bastante reciente. Cuando el divorcio de Mia Farrow y Woody Allen recomendó a su "ex" mandar un par de gorilas que rompieran las piernas del cineasta si este no se comportaba como era debido. Genio y figura de Sinatra. Una personalidad un tanto comprometida para esta época de  demanda de profilaxis y transparencia a todos los niveles.

ENTRADA EN JERUSALÉN

ENTRADA EN JERUSALÉN
El gentío ya se apiña
sobre la senda empinada
que hasta Jerusalén
nos acerca.
En la ruta, un borriquillo;
a sus lomos, un profeta.
Viene de Galilea,
y en sus alforjas porta
dádivas a manos llenas.
Fama le ha precedido
de prodigios y enseñanzas.
Nueva luz parece alzarse
en la negrura del mundo.
Milagros que nadie hizo,
veracidad en la palabra;
por su voluntad los cojos andan;
la luz volvió a alumbrar
los ciegos ojos, la muerte
cedió a la vida, la Tierra
dejó de estar condenada.
Por eso las gentes
al camino se abalanzan
con palmas, con mantos,
con pétalos, con ramas.
Llenan el claro día
de cánticos, de plegarias.,
de bendiciones, de ¡hosannas!
Celebran que por fin Dios
les ha traído a el Mesías.

SOBRE LA ROCA DEL GOLGOTA

Sobre la roca del Gólgota,
alcor de la calavera,
tres cruces han levantado
los sicarios de Pilato,
ebrios de vino y de sangre,
prepotentes por sus armas
dispuestas  para el castigo:
Lanzas, escudos y espadas
que han subyugado a los pueblos.
A tres reos tienen clavados
para muerte en tres maderos.
Dos de ellos ladrones ciertos,
el tercero, rey galileo.
Mientras los cielos se nublan
de tormenta en el otero,
y el mundo parece que acaba
en el expiar del del centro,
el ladrón de la derecha
pregunta con inocencia:
¿Te acordarás de mí cuando
vengas triunfante en tu reino?
 Cristo le responde quedo:
¡Te digo que hoy de cierto
entrarás al Paraíso!
Tal promesa no oyó Gestas,
y barruntó un improperio:
Si eres Tú el hijo de Dios,
salva a  los tres de la muerte
y baja de ese madero.




EL RECLUTA QUE QUERÍA SER TORERO

EL RECLUTA QUE QUERÍA SER TORERO
Se llamaba Cayetano Alvear y quería ser torero. Era natural de Tordesillas, tierra vívida de pasiones por las reses bravas. Su porte era más bien el de un aventajado subalterno, de esos que se adelantan al quite oportuno o se le reserva la suerte de las banderillas. En su andar, era parsimonioso, de carácter reconcentrado, disoluto en sus veleidades. Soñaba con recibir al toro a puerta gayola, consagrando el espacio con el revuelo plástico de la capa. Tenía empaque para el paseo; le iría un traje de grana y oro, o de blanco y plata como al "Palomo". Su vocación estaba clara, pero no sé si la confirmaría el destino. ¿El valor...? ¿La gran exigencia que conlleva el ser maestro...?
Mientras fumaba ese pitillo perezoso que pendía de su labio inferior, me hablaba de las capeas; había probado no poco ganado en las tientas de la vieja Castilla; había participado en un festejo sin picadores. Hablaba del toreo con pasmo, gustándose, como si celebrara el ritual del último tercio. Yo le oía, sabía que fantaseaba, pero me relajaba oírle hablar y verle  ensayar algunos naturales de salón con la chaquetilla de faena. Solo el soñar nos resarcía de ese tiempo adverso que vivíamos; cumplíamos la mili en un regimiento de infantería. Ambos aporreábamos el tambor en la banda de música; ayudábamos a la tropa a marcar el paso, un paso que no sabíamos a dónde conducía pero que había que marcar. Cayetano Alvear, " el Capea", (no le importaba que hubiese otro Capea, salmantino) arrojó el pitillo y se incorporó como si se dispusiera a entrar a matar. El turuta tocaba fagina  y no podían despreciarse las legumbres ni la trucha, pescada acaso en la gélidas corrientes del Duero, aunque estuviera tan tiesa e insípida como un escualo.
Sentados a la mesa, Cayetano, confortado por el vaso de vino aguado que acompañaba al rancho, abordaba su otro gran tema: las "golfas". Se las daba de experto en puticlubs, y mantenía hacia las zorras una asiduidad reverencial. Yo todavía era un adolescente enamorado, pero Cayetano ya se relamía con el estremecimiento infernal del pecado. Cuando visitamos en un permiso el barrio chino de S...nos pasamos la tarde tasando y barajando las posibilidades de cada una de ellas en el catre. Para Cayetano, cuanto más guarras fueran más atractivos despertaban a su ojos. No llegamos a tirarnos a ninguna; no teníamos una perra. Pero volvimos al cuartel tan calentorros, que no pudimos dormir.
Hoy, pasados ya muchos años, no sé si Cayetano alguna vez toreó con picadores, si se le reservó algún peldaño en el escalafón. De conseguirlo, no me han llegado las noticias.

El REQUIEM DE MOZART EN MI VIDA

El REQUIEM DE MOZART EN MI VIDA
No sabemos en realidad qué rico noble encargó a Mozart su Requiem, o si como sugiere el film de Forman fue una artimaña de Salieri para ganarse su posteridad, o qué secreto ocultaban sus comitentes. Lo que en verdad sabemos es que no fue concluido por Mozart, dejando varias partes de la misa en el aire. Se cree, como lo más probable, que fuera su discípulo Susmayer el encargado de rematar la obra. En todo caso, pasa por ser una de las más celebradas e interpretadas composiciones del maestro.
Para mí la obra posee una lánguida y tierna hondura, que me habla más bien de tránsito, nunca de conclusión, de fin irrevocable; rezuma una esperanza nada nihilista; se mira a la muerte con resignados ojos en pos de lo necesario. Destino que no tiene por qué ser fatal, pues tiende sus brazos y su corazón hacia la suprema misericordia.
Junto a la música del Requiem viví momentos angustiosos de mi vida, momentos en que creí que mi alma se hundía en la disolución por el pecado. Cuando creía muerto el corazón, y ninguna luz en la noche venía a consolarme, pensaba que Dios pretendía hablarme con ese silencio, que me desasía por la contumacia de mis soberbias. Cuando la congoja nublaba mis ojos con la "lacrimosa", lloraba por sentirme desposeído de ese perdón inefable. Entonces, en esa ausencia interior, oía la hondura de los trombones, la sentencia de los timbales, la temperancia del andante que encaminaba mi aliento hasta el consuelo. Mi alma, si supo de las amargas vastedades del abismo, en la caricia melódica de la cuerda pudo también refrigerarse en el goce imperecedero de Dios. Requiem de angustias, Requiem de añoranzas, Requien de consuelos.

LIBROS

LIBROS
Para el amante de las letras los libros llegan  a convertirse en una obsesión. Para  mí los libros significaron una tabla de salvación. ¿Qué hubiera sido de mí sin ellos? La vida se habría convertido en un páramo desolado. Cuando decidí que no me interesaban las estudios académicos, elegí formarme con el contacto personal con los libros, en un tú a tú en el que compartiéramos las mutuas intimidades.
Mi primera aproximación a ellos fue como la de tantos jóvenes, la de buscar un producto útil para la evasión. Pero pronto me enganchó la lectura y se `presentó la posibilidad de formarme a través de ellos.
Mi apego hacia los libros en los principios fue puramente funcional; cumplida esa misión, la de cultivarme, dejaban de significar algo para mí. Porque de los libros solo me interesaba su contenido, asimilar la sabia esencia que encerraban sus páginas. Leí mucho en la juventud, durante la mili, cuando decidí comenzar a escribir. Como digo, compraba los libros por su contenido, por el interés de su temática. Fui conociendo poco a poco la gran novelística, luego la Historia, la Filosofia, el Arte, la Música. Hasta que no estuve entrado en años no llegué a reunir una biblioteca considerable. Cuando me hube ya nutrido de los libros más fundamentales de la historia de la cultura nació ya el interés por un incipiente coleccionismo. Adquiría ediciones distintas de títulos esenciales como El Quijote, La Ilíada o Platero y yo. Recientemente, gracias a internet, he conocido las bibliotecas de otros escritores como Andrés Trapiello, Fernando Sánchez Dragó, Luis Alberto de Cuenca, lo cual me ha llevado a comprender que mi vicio por coleccionar que yo creía una debilidad patológica no deja de ser una dedicación inocente. El caso es que ya empiezan a interesarme los libros en todos sus aspectos, tanto por su contenido como por su continente, porque el averiguar que por ejemplo una primera edición de Cien años de soledad eleva su precio a las sumas de 500 a 1000 euros es algo que me corta el resuello.

El FELIPE IV DE RUBENS PARA EL PRADO

Me ha parecido extraordinario el retrato que pintara Rubens del rey Felipe IV y que hoy se halla expuesto en Madrid. Aunque solo he podido contemplarlo por televisión, las carencias del medio no han podido ocultar sus manifiestas virtudes. En el cuadro concurren todas las excelencias del gran maestro flamenco: su vitalidad, su rigor, su virtuoso dominio de la expresión, la versatilidad de su plástica, su magia en el color. En el retrato observamos un Felipe IV en su mejor momento, exaltado por los pinceles de Rubens a la calidad de icono, mostrando sorprendentes aspectos del monarca, que lo revalorizan. Es patente la distinta mirada que Rubens nos ofrece en este magnifico retrato del rey respecto de la de Velázquez. El maestro sevillano siempre que se acercó al monarca lo hizo desde un desengañado sinsabor cortesano, inmerso en ese escepticismo de la  España demacrada. El cuadro de Rubens, sin embargo, destila la esplendida brillantez y esperanzado augurio de un rey para Europa. Un rey que desborda un futuro de optimismo para una España que no fue. Este contrasentido quizá se justifique comprendiendo que a través de la figura del rey contemplemos al propio Rubens, en todo el apogeo de su desbordada genialidad.
El Felipe IV de Rubens, un cuadro portentoso que el Prado no debe dejar pasar.

PARÍS YA NO ES UNA FIESTA

PARÍS YA NO ES UNA FIESTA
París la frívola,
la dama galante
solo atenta a sus coqueterías,
en el vértigo de su fiesta
sucumbió a los terrores del crimen.
Los señores de las sombras
perpetraron su macabra ceremonia
con nocturnidad y alevosía.
¡Sangre sobre París,
ríos de sangre!
El ratatatatá de los Kalashnikov
con maldición de rayo
que rasga el negro velo de la tormenta
demolió el misterio de su glamour.
La vida transcurría dulcemente
pero el hocico de la hienas
reclamaba el sabor truculento de la sangre.
Sus fauces homicidas
querían triturar entre la dentadura
la tierna víscera de la paz.
¡Sangre, más sangre sobre París!
París entre deflagraciones y ráfagas
de exterminio, rigores, devastaciones;
sus calles muestran el paisaje de después de la batalla.
París volvió a revivir
el viejo mito de Caín,
volvió a rezongar la rancia sentencia:
"El hombre es lobo para el hombre".
Pareció de nuevo la paz una tregua
entre dos períodos de guerra.
Las balas arbitrarias erizaban de horrores la ciudad
con su sesgo definitivo de guadaña,
con sus silbos de destrucciones,
con sus impactos de silencio y óbito,
sembrando de cadáveres una noche
que no volverá a conocer otra aurora.
¡Sangre, la sangre fluye a borbotones
por las venas de París!
 Quizá sea sangre culpable como la de todos los hombres,
pero su grito desesperado en el valle de la muerte
clama su derecho de justicia al Principe de Paz.

Frágiles recuerdos

Frágiles recuerdos
Te veo caminar en el recuerdo bajo la fina llovizna,
cuando entre las brumas oscurecían las luces de la tarde.
La vida  de entonces sometida a una ruda disciplina,
a cada paso un incierto porvenir por delante.
Sabías que algún día muchas cosas cambiarían,
aunque el dolor, fiel amigo, mantendría su constante.
Tus ojos miraban largo porque eras joven;
sabías que tras ese horizonte vendría otro horizonte.
¿Cómo no creer que resta tanta esperanza
cuando en el crisol del corazón se funden todas las pasiones?
La calle humedecida, el calor familiar de los mesones,
la vertical certeza de la torre de la catedral,
las campanadas lánguidas en el misterio del ocaso,
los rincones y nostalgias en los vericuetos de Oviedo.
La vida tan indómita dinamitaba tus entrañas
y los pájaros de tu cabeza surcaban cielos de desesperanza;
tomabas la jarra de cerveza como el cetme de tu fatalidad:
tenías madera de cobarde, de víctima en la hora de la refriega.
Quisieron enseñarte que eras nada,
un superfluo número oscilante en la pizarra de la estrategia,
carne a inmolar en el ajedrez de una ofensiva.
Por fortuna, todo aquello no pasó de un juego.
No traquetearon los fusiles homicidas
ni los obuses del holocausto reventaron sus entrañas de muerte,
ni la sangre derramó sus regueros fatales,
ni el alma enfermó en el frenesí de su locura.
¿Quién sabe? Entonces no fuiste feliz,
pero no dejaste de ser Francisco.

CLARIDADES

CLARIDADES
¡Claridades! ¡Pronto, claridades!
Antes que de sombras
de oscuras simetrías,
la verdad por negligencias
se anegue sin respuestas.
!Abrid el portalón!
¡Qué entre pleno el día!
¡Qué el sol con sus rayos
destruya lo que de lóbrego
trae la noche, de sueño vano!
¡Dejad pasar al día:
disipará el recelo
de quimeras, de abismos... y de pesadillas!
















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EL PADRINO, DE FRANCIS FORD COPPOLA

Se ha otorgado  a Francis Ford Coppola el premio "Princesa de Asturias". Sin duda, lo merece, pues es uno de los cineastas contemporáneos con una de las más impecables trayectorias. Recuerdo como una experiencia memorable el visionado de una de sus `primeras películas: "Llueve sobre mi corazón". Desde aquel entonces, las peliculas de Coppola significaron un acontecimiento. Es indiscutible que su consagración vino con "El padrino" I, retrato familiar de una especialísima familia del crimen. El Padrino supuso, además de un logro cinematográfico, un acontecimiento social. Pues nos habló de una sociedad corrompida que se oculta tras de una apariencia de legalidad, sociedad de la que tangencialmente muchos  son sus víctimas.
Coppola dijo a la prensa que muchos de los hombres malvados que conoce tienen a El Padrino como su película favorita. Y es que en la sociedad aún siguen pululando esos "hombres serios" que quieren imponer la ley de sus mezquindades en lugar de la realización de la justicia, la razón del crimen frente al amor al prójimo.
Durante cierto viaje veraniego en autobús, mi compañero de asiento leía con interés un pequeño librito. Pronto descubrí que se trataba de El Padrino, de Mario Puzzo. Más tarde me confesó que era su gesta favorita, como si dijéramos el "Roland "y los "mio Cid". Reconocí en él a un joven algo inadaptado, embargado por el odio que genera el no haber podido imponer en el mundo su voluntad. Ambición que todavía alentaba en él, y buscaba en la saga astuta de los Corleone la experiencia necesaria para llevar a cabo estos fines. Comentó que su sueño como viajero era visitar el pueblo de Corleone, en Sicilia, y consumar con este peregrinaje el tributo que le merecían sus menoscabados ídolos. No se si este joven ha realizado ya su propósito, pero apuesto a que la lista de fieles a tan aberrante idolatría es suficientemente cuantiosa en nuestra sociedad. La tentación del mal siempre es atractiva, y más en una sociedad que desde los años sesenta exalta frente a los valores tradicionales otros canallas y plutonianos.

Apuntes lieterarios

Apuntes lieterarios
Decía Stendhal que la descripción efectiva en la novela debe ser la de las emociones, la que penetra los vaivenes del corazón del hombre. En la novela romántica, donde la descripción de lo externo acompañaba al desarrollo argumental llevado por los diálogos, no se lograba discernir la interioridad de los personajes y sus procesos anímicos. Reparando en ello, Stendhal quiso dar a sus novelas esa introspección que diera una mayor realidad a sus creaciones, una dimensión sicológica (término que él desconocía) que fundamentó la narrativa futura. Nada sería la novelística de Proust sin el minucioso detallismo introspectivo que da convicción a su asombroso ciclo. Pero tal descubrimiento estaba aún por definir en el romanticismo; así Stendhal, en su inclinación por contrastar las paridades que concurren en las artes, comparó el arte compositivo de Rossini con la técnica novelística de Walter Scott, donde descubrió un procedimiento parejo en la exposición  y planteamiento de sus respectivas obras. Ésta sensibilidad stendhaliana por una mejora de las potencialidades del discurso narrativo, no tardó en tener sus frutos en la novelística y en la generalidad de las artes. Dífícil resulta concebir un fin de siglo XIX de la novela sin la experiencia interior de la integralidad humana que significó Dostoyevski, quien adelantaría esos pasos que nos llevarían a Freud. Y ya en el terreno de la musica, ¿de qué nos habla el Puccini de la Boheme sino del drama interior de los personajes? Paso adelante en el terreno del arte sobre el que ya recapacitó Wagner al enjuiciar parte de la obra de Mendelshon: "Es un gran paisajista, pero ¿dónde está el hombre?"

Ceñiste la corona de mis culpas...(SONETO)

Ceñiste la corona de mis culpas;
por los clavos de mis tormentos fuiste
taladrado, los pies y manos tuyas;
agrio vinagre de mi sed bebiste.

Soportaste el yugo de mi condena;
por aliviar mis míseros delitos,
padeciste el castigo de su pena;
por mi ceguera , tus labios contritos.

De mis renuncias, tu entrega plena.
Por la lanza de mi juicio, perforado,
me lavó la sangre de tu costado.

Diste íntegro el flujo  de tus venas
por trocar gloria de cruz vil infierno,
gozo de primavera el yermo invierno.

SOLEDAD DEL CAMINANTE

SOLEDAD DEL CAMINANTE
Para el viejo caminante
su norte ya parece percibirse,
la fatiga, lo abrupto del sendero
que le obliga a descansar
en la cuneta su mochila,
enjugar el sudor del rostro
con su pañuelo rutinario,
reposar sus huesos quebrantados,
recoger en su diario
nada ya nuevo, palabras
que son tan vanas como las hojas al viento,
desentumecer las piernas doloridas,
aliviar las plantas de los pies
tumefactas por los guijarros,
hastiar ya de sus pedregosas sinuosidades,
anhelar de las fuentes dispersas
refresco para la garganta reseca,
urgir el bálsamo reparador
para el alma pesarosa,
de contrariedades dolorida,
a la que ya no sorprende
lo variable del paisaje.
Del camino los escollos
vuelven la senda gravosa,
¿cuándo sus pasos contados,
soledad del viajero,
aliviarán el remanso o la losa?

ASTARTÉ

Todo empezó...es difícil precisar un comienzo como es arduo evaluar los bordes de un sueño. Diría que esta historia comenzó en la infancia, cuando por primera vez una mujer me produjo una extraña desazón. Era alumna de una clase superior del colegio al que asistía. Pero quizá ella sea una excepción en la trama, un recuerdo que volví a tropezar en el camino. Porque para ser exactos, justo es constatarlo, este extraño delirio comenzó cuando conocí a Raquel, recorriendo los pubs del barrio viejo. Por entonces yo practicaba un concepto de vida como aventura. Cansado de perder, me había propuesto ganar en ese juego. Raquel era distinta, insólita. O tal vez fuera un espejo donde mis ojos me observaban introspectivos. Nos unía el alcohol, la extravagancia. Pocas noches nos unió el sexo. Pero aquello constituyó un lazo duradero. Porque en realidad, para una mayor precisión aún, todo empezó cuando intercambiamos nuestra literatura. Yo le regalé unas narraciones reunidas de Borges, ella una novela confusa llamada Astarté. No sé si ella leyó a Borges, pero yo leí de cabo a cabo su novela como si en su críptico mensaje estuviera imbuyéndome del alma de Raquel. La novela era algo farragosa, no tenía referencias a la cuales atenerse, pero intrigaba el título de la diosa fenicia, la Isthar persa, la Isis egipcia. Al final de la novela irrumpe quizá lo único familiar en ella: un personaje ciego; sin vacilar, un trasunto de Borges. Y no es que la ciencia elucidadora del poeta clarificara mucho en ella; tras concluirla, persistía en mí una espesa nebulosa. La valoraba como un regalo de amistad y quería ver en ella un mensaje oculto que me revelara la realidad última de Raquel, el secreto que se esconde en cada uno de nosotros. No lo descifré, y quizá fue ahí donde empezó la pesadilla. Raquel me enseñó a sufrir, desgarró el himen del infierno dentro de mí. Alcancé a ver sus luminarias, deambulé al borde de los terroríficos senderos de sus desfiladeros, descubrí que algo extraño me vivía por dentro, vi las cuencas demacradas de los ojos de la desolación, vi el dolor que no mitiga, el dolor moral, sentí que algo desocupaba mi interior, me sentí perdido. Una noche me preguntó si había visto la Strada, de Fellini. La película debía tener una gran significación para ella.No la entendí. Ayer, rebuscando entre un saldo de libros de una librería de lance, encontré aquel viejo libro: Astarté. Me trajo amargos recuerdos. No lo compré. Pero quizá ese reencuentro signifique que ha acabado la vieja pesadilla, al menos que se ha saldado el precio de la traición.

LA SOLDADA DEL ARTISTA

LA SOLDADA DEL ARTISTA
El practicante de la literatura y el arte a veces tiene la sensación de estar cultivando un huerto cuyo plantío da únicamente ornamentales flores, pues el necesario fruto no llega a fecundar. Dicha circunstancia concurre especialmente en el artista que no es reconocido oficialmente por el público y que no ha llegado a consagrarse. No obstante tal coyuntura viene a ser favorable para su obra, pues obliga a mejorarla. ¿Habrían culminado su búsqueda Gaugin o Van  Gogh si sus respectivas obras hubieran sido ensalzadas por público y crítica cuando aún merodeaban en París la estela impresionista? Solo el rechazo, la necesidad de búsqueda de un algo más fue la que embarco a Gaugin hacia la polinesia francesa, para descubrir la elementalidad de un primitivismo que proporcionara al hombre moderno la posibilidad de una mirada renovada, despojada del lastre de la civilización y recuperando un edénico significado, de simbología pura.
Si Vincent van Gogh no hubiera experimentado la oscuridad siniestra de su dislocada identidad, no habría trascendido ese milagro expresivo del color, la revelación por fin de una vitalidad transreal. Yo creo que si Picasso se hubiera beneficiado bien pronto de la tasación de alguno de sus cuadros más mediocres, establecida en millones de euros, no habría llegado nunca a ser un genio. Ni Mujica Lainez si hubiera gozado de joven de su finca el Paraíso, jamás habría soñado con el jardín enigmático de Bomarzo.

SOBRE EL ALEPH DE BORGES

SOBRE EL ALEPH DE BORGES
He leído "El Aleph" de Borges con fruición, con obstinación; en el viejo libro de relatos al fin se han deshojado las páginas. No digo que pueda recitar su discurso, pero su redacción se mantiene fresca en la memoria. En el Aleph, Borges recupera para la modernidad el viejo periplo iniciático de la medieval comedia de Dante. Divina comedia: Divina por el horizonte que engloba; comedia por su resultado venturoso. En el Aleph de Borges también existen su Beatriz,su Virgilio, que lo encaminan a través de los ámbitos teológicos.
Una Beatriz Viterbo de un burgués desencanto; un Carlos Argentino Daneri de  un desmesurado y eneidico poema, "La Tierra". Daneri inferniza el alma de Borges con todos los terrores de sus círculos, terrores que en Borges siempre vienen a ser literarios. Beatriz solo es real desde la evanescencias del recuerdo, furtiva en los eliseos campos de la muerte. Pero viva en el amor de Borges, lo conduce a través del sentimiento hasta la ciceronía de Daneri, cuyo dominio son los sótanos oscuros de su vieja casa en la calle Garay, como si dijeramos las demarcaciones del Tártaro. ¿Qué cara del universo, de Dios, es la que muestra Daneri en su mazmorra subterránea? Borges duda, cree que aquel Aleph es un falso Aleph, apenas un espejismo de la divinidad. Yo creo que Daneri sólo tiene auspicios a los círculos de Virgilio, el pagano, y que solo fueron esas las vastedades que Borges reconoce y que le procuran infinita lástima. Borges acaso no pudo ver el cielo, al menos esa parte de lo celeste que se restringe a la competencia de Beatriz.

UNA HABITACIÓN DE HOTEL(Relato original de Francisco Juliá)

UNA HABITACIÓN DE HOTEL



La atmósfera de Phoenix se habia vuelto insoportable, pese a sus días secos, a la pureza de su cielo de cobalto impoluto, apenas mancillado de cuando en cuando por una nube insólita. Mae estaba acostumbrada al calor, hasta en esos días de calima enturbiados por el polvo del desierto; acostumbrada también al provincianismo indígena de esa sociedad estrecha y algo pacata, solo atenta a las comidillas comarcales. Hasta dentro de casa había penetrado la monotonía de ese paisaje agraz, de lomas calvas y arbustos calcinados, donde bajo el implacable sol se tuestan los lagartos y la víbora cascabel. A través de su ventana, veía el encuadre invariable de esa fachada impersonal en una calle no muy transitada del suburbio, en cuyos bajos abre su store el judío Epstein, con su extraña clientela de pielesrojas y orientales. En verdad, no encontraba en los rincones de su casa paliativos con los que remediar la aspereza de la vida en Phoenix, su vida estéril, limitada a los áridos momentos en el despacho de Seguros Sunrise, una vida ligada en tantos sentidos a las vicisitudes de esa agencia presidida por Gaspar Gosling. Porque uno suele rodearse en casa de esos objetos tan llenos de significado que hacen olvidar la cruda indiferencia que nos dispensa la ciudad. Una ciudad de todos y de nadie, que quizá haya servido de telón de fondo para los momentos más cálidos de nuestra existencia, pero que por lo común se muestra anónima, marco impasible de nuestro naufragio.

No encontraba acomodo en esa soledad invariable de la casa; nada le decían ya sus muebles, ni sus cuadros, adquiridos en algunas rebajas, ni la luz filtrada por los blancos cortinajes que la protegían de la mirada indiscreta de la mujer que venía de la compra, de los automovilistas que fisgoneaban mientras esperaban el cambio de disco en el semáforo, del indio borracho que, perdido el pudor, buscaba el rastro de cualquier mujer que alimentara su salacidad. Se ahogaba en aquella casa de soltera, esa casa que alquiló cuando abandonó el hogar familiar, cerca de la fontera mexicana. En ella habia vivido una dilatada juventud, a las puertas ya de una madurez incierta. Incierta porque no se la imaginaba como una prolongación de sus días actuales, sin mudanza, iguales unos a otros, donde la vida se sucedía invariable, como un lánguido vegetar, análogo a las lomas yermas e indiferenciadas del desierto. Era bien cierto que la atmósfera de Phoenix la ahogaba. Sabía que no resistiría mucho en ese ambiente. Oportuna le parecía la carta de Florence desde Frisco. En ella le recordaba su nueva situación de divorciada, de mujer sola con un hijo de diez años a su cargo, haciendo frente a una ciudad que día a día se ponía mas difícil. Le hacía ver cómo la compañía de una mujer soltera como Mae le serviría de gran ayuda, en tanto que juntas, como dos leales hermanas, podrían hacer frente a las dificultades cotidianas. A Mae, compartir la vida con su hermana le parecía un paso atrás, un extraño compromiso que no podía ser duradero. Basaba sus consideraciones sobre todo en el hecho de que entre ellas, desde bien niñas, habían existido sus diferencias. Florence siempre había sido la mayor, pero a Mae nunca le había gustado seguir a remolque. Siempre fue celosa de su independencia y se temía que la convivencia entre dos caracteres tan dispares no podía prosperar. Pero tampoco podía hacer oídos sordos al mensaje de su hermana que, por primera vez, la reclamaba , solicitando ayuda.
Florence no había llegado a terminar sus estudios cuando anunció su compromiso matrimonial con Marcus Dogherty. No se demoró en abandonar la aldea, la modesta vida familiar que giraba en torno al taller mecánico de papá. Florence y Mae si hubieran sido chicos quizá hubieran permanecido en la aldea, heredando el negocio familiar. Pero su condición de mujeres las impulsó a buscar horizontes bien distintos, que nada tenían que ver con motores y grasa de automóviles. Unos horizontes que se los hacían presagiar los muchos viajeros que paraban en el taller a repostar y que normalmente hacían la ruta de Sonora a Phoenix, atravesando la frontera. Florence tuvo más suerte que Mae, pues conoció a Marcus, que se la llevó a vivir a California. Mientras que Mae, que permanecía soltera, cuando tuvo ocasión de desatar sus lazos, sólo pudo afincarse en Phoenix, una ciudad que la recibió como a la tímida provinciana pero no precisamente con los brazos abiertos. Mae tuvo que luchar duramente para asentarse como era debido en aquella urbe hostil y no regresar como fracasada a Drycannion. Pero ahora ya estaba tan harta de la ciudad como de su vida. Se encontraba en uno de esos momentos en los que urgía tomar una decisión que llevaba meses aplazando. Oportunamente habían llegado, pues, la carta de Florence y las fechas veraniegas de las vacaciones. Seguros Sunrise cerraba sus oficinas durante tres semanas, período que le serviría para visitar a su hermana y recapacitar, e incluso tomar una decisión sobre lo que en adelante haría con su vida, una vida en la que nunca había visto claro un norte preciso.
Había dejado de sobra informado a Gosling de cuáles eran sus intenciones, mediante una nota bien a la vista en la mesa de su despacho. En ella hacía hincapié en su propósito de ir a visitar a su hermana en Frisco, de donde intentaría regresar a tiempo de reintegrarse a su trabajo. Precisaba también que necesitaba una temporada de soledad para reencontrarse a sí misma. Lejos de Phoenix, en un ambiente diametralmente distinto. Confiaba en que Gosling comprendería, pues, en cualquier caso, era un tiempo que le debía la empresa. Acaso no había dado a Sunrise insurance, corp...años de intenso trabajo y prestado servicios inestimables al propio Gosling. En la balanza de las lealtades debía pesar sobre todas esta circunstancia.
Mae mascaba ese ambiente relajado de los días en que no tenía que ir a la oficina. Como presumía los largos períodos de asueto que le restaban, se sentó en su sillón favorito para fumar un cigarrillo, sin pensar en más. Las sensaciones que entraban por la ventana eran de sosiego, se respiraba la indolencia de un día festivo. Los escasos viandantes que pasaban frente a su ventana eran los habituales domingueros: Mr Murphy, llevando a su nieto de la mano, en dirección al parque; Mrs Alice paseando a sus diminutos chiguaguas; Daniel Tomkins trasladando en su camión listones y tableros hasta su carpintería, que mantenía abierta hasta en domingo, día que por ser cual era, también contemplaba un pequeño rosario de fieles que llegaban rezagados al culto en la iglesia presbiteriana. Ceremonias a las que durante sus primeros años en Phoenix, ella también habia asistido. Hizo buenas migas con el reverendo Nicholson, pero luego todo se enfrío. Entraron ciertos hombres en su vida, y no pudo por mucho tiempo mantener una doble moral. Podía prescindir de asistir los domingos a la iglesia, pero no podía resistirse a la fuerza de algunas pasiones.
Mae aplastó el cigarrillo en el cenicero. Estaba decidido que se reuniría con Florence en San Francisco y debía hacer los preparativos. Se dirigió a su cuarto. La habitación estaba ordenada: la habia adecentado poco después de desayunar. Aún persistía la fragancia a lavanda del ambientador, junto a la brisa que se filtraba por el mosquitero de la ventana entreabierta. Se plantó frente al armario empotrado y descorrió la puerta, que opuso cierta resistencia. El roce con la suela de un zapato de hombre la iba frenando. Tuvo que reconocer que él, como todos los hombres, era un desordenado. No cabía más que comprobar la negligencia con que colgaba sus trajes. Miró la ropa con el sentimiento de que una contrariedad se había inmiscuido en sus emociones. Hasta su olfato llegó el peculiar olor que despedían los trajes y sintió cierta vergüenza por sentirse atrapada en aquella negligente esclavitud. Divisó la gran maleta en la leja de arriba y se puso de puntillas para poder alcanzarla. No sin dificultad, logró colocarla sobre la cama. Mostraba señales de su anterior viaje, exactamente los precintos de un último vuelo.
Al cabo de una hora, había embutido con ropa dos maletas y el maletín de mano. Aunque pensaba viajar hasta San Francisco en su propio Chevrolet, tres bultos le parecieron excesivos. Apenas cabrían en el maletero, y además su estancia en casa de Florence no sería eterna. Dos semanas pasan volando, y en una maleta y el maletín cabían las mudas necesarias para tan corta temporada. Volvió a deshacer una de las maletas y a ordenar la ropa en el armario. Con el trajín, se le había abierto el apetito. Habían dado ya las dos, medía hora de demora con respecto de la que diariamente acostumbraba a tomar su lunch del mediodía, siempre que no surgiera ningún imponderable en la oficina y tuviera que posponerlo a horas más ingratas. Se le hacía raro tomar el almuerzo en casa, en la quietud del hogar, esa quietud que por lo general se transformaba en una apesadumbrada monotonía. La quietud de hogar y su solitario silencio. Muchos le habían recomendado el matrimonio como receta para superar esa losa pesada de la soledad, pero aunque había conocido algunos hombres nunca se había decidido a afrontar la seriedad de ese paso. Convenía en que vivir sola no era la solución. Pero, ¿dónde estaba ese hombre idóneo con quien compartir la vida? Cuando no podía soportar más el sepulcral silencio de la casa solitaria, ponía un poco de música. Le daba igual que fuera clásica o moderna siempre que sirviera como agradable banda sonora de fondo. La vida tenía esa desventaja con el cine: en los buenos momentos siempre faltaba esa apropiada cuña musical. Ya que en los malos, cualquier musica resulta deleznabable, aun la del mismo Chopin.
Mae meditaba estas cuenstiones mientras masticaba el sanwich, del cual le desagradaba la lechuga, un tanto pasada. Debía haber prescindido de ella, pero ya era tarde. Se limitó a añadirle más mayonesa para engañar el sabor. Con las maletas ya dispuestas-pensaba-, poco le restaba por hacer en aquel día de vísperas, además de dejar pasar las horas atendiendo solo a las más triviales necesidades. Se acostaría temprano, a fin de emprender el largo viaje apenas amaneciera. Había que aprovechar las primeras horas, antes de que el sol de mediodía castigara con su tórrida inclemencia. Entonces no cabía otro remedio que parar en algún motel o restaurante de la ruta y esperar las horas más bonancibles de la tarde, cuando la brisa refrescara y las primeras sombras de la noche aliviaran los polvorientos caminos del norte de Arizona y del sur de California. Decidió que convendría dar una última revisión al automóvil y asegurarse de que el vehículo se hallaba en condiciones de emprender tan largo viaje. Todo debía estar en orden, pues aquella misma semana lo había llevado al taller de San Shephard para que le hiciera un revisión a fondo, advirtiéndole de la dura prueba que esperaba al Chevrolet.
Tras encender la luz del garaje, que además de utlizarlo para guardar el coche le servía de trastero, procedió a una somera inspección del vehículo, dentro de lo que su casi absoluto desconocimiento de la mecánica le permitía, siendo como era hija de mecánico. Pero ya se sabe: “en casa del herrero...” Comprobó la presión de los neumáticos a ojo de buen cubero, los niveles de agua y aceite y el buen funcionamiento de los limpia. Repasó todos los objetos reglamentarios que suele demandar la policía cuando te detiene en la ruta, y verificó que todo estuviera en orden. Luego, puso el motor en marcha y escuchó durante un buen rato su rugido acompasado. Podía estar tranquila, el motor se comportaba como la maquinaria bien engrasada, con un rodaje uniforme y silencioso. Cerró el capó, dejándolo caer con un golpe seco y, tras apagar el contacto, se dispuso a salir del garaje, no sin antes advertir con cierto disgusto la variedad de objetos inservibles que se habían ido acumulando entre el desorden y el polvo. Decidió que cuando volviera de Frisco se encargaría de poner un poco de orden en aquel negligente caos, labor totalmente infactible durante los períodos de trabajo, cuyo escaso tiempo libre debía dedicar a mil y una cosas mas urgentes y necesarias.
Mientras cruzaba la acera en dirección a la casa, saludó a su vecina, Constance Walthers, que regaba las rosas de su pequeño jardín, lindante con el store de Epstein, como quien cultiva un tesoro. Mae se dijo que aquella ociosidad solo era posible en una mujer que tuviera marido. Para ella, que tenía que atender las exigencias de un trabajo y por añadidura todos lo tiquismiquis de una casa, la botánica resultaba una ocupación de priviligiadas. Solo de uvas a peras podía dedicar un tiempo para regar las pocas plantas que mantenía en la terraza. Al entrar en casa, se plantó hasta la ventana del salón y contempló durante un buen rato el quehacer feliz y minucioso de la vecina, a la que pronto asediaron los juegos de sus hijos, todos con el flequillo rubio cortado en ángulo recto y un polo a rayas, arrastrando el bate de baseball el mayor de ellos mientras los pequeños se lanzaban la pelota y la atrapaban con gran pericia con el guante. Mae se convenció de que no era mujer para soportar semejantes algarabías, el loco zafarrancho de los niños. Por un momento se consideró afortunada por no haber tenido hijos.
Cuando volvió a recuperar la tranquilidad solitaria de la casa, Mae se preparó un té y puso en el giradiscos un vinilo de Sinatra. Aquel disco le evocaba los momentos románticos, casi todos perdidos. Momentos que mientras se dieron parecían eternos pero que luego se perdieron como el vuelo fugaz de un pájaro. Reconocía en la voz de Sinatra ese matiz de añoranza, la condición de ese instante que somos e irremisiblemente pasa. Mientras la cálida voz de Frank lamentaba acaso un amor perdido, Mae contemplaba desde el umbral de su habitación las maletas sobre la cama, recordando el viaje que en breve emprendería. Y comprendió que en la vida nos pasamos preparando un viaje tras otro, hasta que finalmente emprendamos el viaje definitivo, del que nunca retornaremos. Aquellos pensamientos le parecieron demasiado lúgubres, y regresó al salón, con la taza de té aún en la mano.
Las horas de la tarde pasaban lentas; en la calle se notaba el peso demoledor del sol, que ya empezaba a declinar. Hasta su soledad llegaban los ruidos esporádicos y tediosos de un domingo estival: el paso bronco de alguna camioneta que hacia resonar la plancha de hierro que cubría el hormigón de una zanja en obras, la gritería lejana de los niños jugando en el parque, el timbre obstinado de las cigarras, el ruido de un taladro tras el tabique de la casa contigüa o el gluglu espaciado del deposito del retrete. Sintió próximos todos aquellos sonidos porque el disco de Sinatra había acabado y giraba inestable en el eje del giradiscos. Desconectó el aparato y guardó el disco en la funda de cartón; y de nuevo se sintió envuelta en ese sosegado rumor de la tarde que tanto invitaba a la indolencia, a dejar volar los pensamientos sin orden preciso, sin la necesidad de una respuesta inmediata.
Acostumbrada a pasar las últimas tardes de domingo con él, mediante la coartada de una imaginaria partida de poker con los amigos, se le hacia bastante cuesta arriba el tránsito de aquella tarde sin su presencia. Echaba de menos su conversación, aunque tantas veces fuera trivial y reiterativa; asi como también los momentos en que hacían el amor, no siempre satisfactorios, y , sobre todo, ese extraño instante en que se sentía como desvinculada del curso de la vida, mientras ella fumaba en la cama y él se purificaba en la ducha. Después de vestirse, mientras se ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo, y él volvía a representar al probo Gaspar Gosling, gerente de Sunrise seguros..., comentaban alguna habladuría del día, la vicisitud de algún amigo en común, y luego se despedían. Así durante un domingo tras otro.
Mae no era de esas personas que exigían mucho de la vida, por eso casi se conformaba. Los golpes recibidos habían ahormado sus esperanzas y mantenía una actitud bastante inhibida ante cualquier prometedora expectativa de la existencia. Por eso recibió con cierta cautela cuando él le comunicó su separación de Nora Roberts, su mujer. Hubiera creído que aquella situación podría ser duradera, sino exitiera el lazo tan consistente como inconveniente de los niños, que hace perdurable a toda pareja a pesar de los años. Pero lo cierto era que durante los últimos meses lo había gozado para ella sola, despertando junto a él durante muchos días entre semana, ya no sólo los domingos. El no se había decidido ha instalarse en su casa, porque tal vez fuera contraproducente para lo del arreglo del divorcio. Pero, si lo había tenido tan a menudo desde que dejara a Nora, por qué no creer que la nueva situación pudiera prolongarse definitivamente. Aunque lo cierto es que él se había marchado, de repente. Dijo que necesitaba tiempo para reflexionar; que se hospedaría en el club hasta que su mente volviera a estar clara. Hacía dos semanas de eso. Y en todo ese tiempo, solo se habían visto en la oficina; la última vez dos días antes de cuando Mae entró en su despacho para depositar sobre su mesa la breve nota con la noticia del viaje que se disponía a emprender, por compromiso con su hermana Florence.
Porque en la oficina “él” se comportaba con la frialdad con que se sobrelleva una relación laboral. Sin dejar ningún resquicio sentimental por donde los empleados de Sunrise insurance, corp... pudieran sospechar su secreta relación. Su única conversación había versado sobre cuestiones puntuales de trabajo. Desde entonces, no se habían vuelto a ver ni tan siquiera telefoneado, aunque Mae pesentía que el teléfono sonaría de un momento a otro; por eso se acomodó en el sofá y encendió la televisión. Escuchó las noticias sin prestar mucha atención: el locutor informaba algo sobre un tornado en Oklahoma; y adelantaba, luego, resúmenes sobre los resultados de alguna encuesta sobre las próximas primarias, que auguraban prudentes cambios coyunturales para que nada cambiase en Norteamérica, etc, etc. La televisión habla de un mundo al que no pertenecemos, y tal vez nunca perteneceremos; porque acaso sea un mundo inexistente, creado por la conveniencia periodística. Por fortuna, tras concluir el noticiario no echaron una de esas horribles series que muestran un extraño ingenio, capítulo tras capítulo, y que concluyen con el patético “continuará”, sino que proyectaron una vieja película de Wayne, en la que indios y charros eran abatidos por el furor de su revolver. Como siempre, con el mítico trasfondo del Monument Valley.
Mae no llegó a terminar la película, la vencía un primer sueño y el teléfono permanecía mudo. Apagó el aparato y se levantó del sofá antes de que el puntito blanco se hubiera desvanecido. Comprobó que todo estaba en orden en la casa, apagó las luces, y se acostó. Tras un ligero sueño, la desveló cierto desasosiego por el viaje que se disponía a emprender. La dominaba la inquietud, las ansias de verse conduciendo por esas rectilíneas carreteras, a través del desierto. Encendió la luz y miró el reloj despertador; eran todavía las cuatro. Las sábanas se le hacían molestas, y no encontraba la postura adecuada para conciliar otra vez el sueño. Lo que siguió fue una ingrata duermevela, en la que el tiempo cobraba una abrumadora densidad. Los minutos no pasaban. No podía dormir, pero era una tontería levantarse y aguardar impávida como una lechuza el trascurso de la noche. Por fin, la invadió un leve sopor. Se notaba transpirar. No dormía pero a sus pensamientos se yuxtaponía una ensoñación tan real como una vivencia. Se veía inmersa en la actividad de la oficina. De pronto, por el dictáfono oía la voz de Gosling, requeriéndola. Cogió papel y lapiz y acudió con prontitud. Ya dentró del despacho sorpendió a su jefe volcado sobre la gran mesa. Debajo de sí se desperezaba el cuerpo desnudo de una mujer; la llamaba Nora, pero no era Nora. Mae recobró la consciencia. En las tinieblas escuchó el tictac del reloj. Incómoda, apartó las sábanas y se sentó sobre la cama. Eran las cinco y media. Creyó que era una buena hora para empezar a asearse. Entró en la ducha y sintió la grata sensación del agua caliente. Su cuerpo se relajó con el constante resbalar del tibio fluido por su cuerpo. Cuando terminó, secó su corto pelo con el secador de mano, y envuelta en una gran toalla blanca fue a vestirse en su habitación.
A las siete, tras el desayuno que tomó con cierta desgana, estaba lista para iniciar el viaje. Antes de abandonar la casa comprobó que puertas y ventanas se hallaban bien cerradas, con un hermetismo que disuadiera de la comisión de cualquier robo. Cargada con la maleta y el maletín de mano se dirigió al garaje. Se detuvo en el portal, para comprobar si había algo en el buzón. Y en efecto, lo había. Era un sobre comercial sin timbre ni remite. Creyó que se trataría de una propaganda de algún chapucero de la barriada, uno de esos que te cobran veinte dólares solo por el desplazamiento, y la guardó sin leerla en un bolsillo del vestido. La calle estaba desierta; en conciencia creyó que ningún vecino se percató de su marcha. Le parecía duro partir sin una despedida, aunque se tratase de la indiscreción de señora Walthers, a quien pediría el gran favor de vigilar su casa durante su ausencia. Se le hacía ingrato partir sin dejar nada atrás; cuando alcanzara la carretera sería perfectamente consciente de que en realidad nada irrevocable la unía a Phoenix.
Mae colocó su equipaje en el maletero, subió a su Chevrolet y accionó el contacto. Puso la marcha atrás para salir del garaje y pronto se vió reculando en la calzada. Mientras partía no olvidó echar un último vistazo a la casa. Ésta podía decirse que no era un hogar, pero era el único nido que tenía. Era como aquella cobacha que construyera en el jardín de la casa de sus padres, durante su infancia. Solo allí podía sentirse a salvo de las tempestades familiares. Mae sabía que volvería a aquella casa suburbial de Phoenix, pero al partir sintió que algún lazo se desataba, sin saber exactamente cuál.
No tardó en salir de la ciudad, por la carretera del norte. Al fin, el largo y rectilíneo tramo de asfalto y un paisaje semidesértico a su alrededor. A Mae le gustaba conducir, aunque era la primera vez que emprendía un viaje tan largo. En cualquier caso, estaba dispuesta a llegar a Frisco, fueran lo duras que quisieran las etapas. Por aquella carretera solitaria, no tenia más compañía que la radio y el rumor de fondo del motor, que de momento respondía a la perfección. El viento que entraba por la ventanilla levantaba el cabello de sus sienes. Poco a poco, conforme maduraba la mañana, el peso del sol empezó a dejarse sentir. Tras una parada corta en una estación de servicio, como a eso de la doce paró para comer. Era un restaurante del camino, cuyo menú no daba mucho donde elegir. Comió de lo que había y se proveyó de agua suficiente para el viaje. Aquella tarde condujó hasta que su cuerpo le dijo que no podía más. Como a las cinco se detuvo en un motel y tomó una habitación. Llevó consigo las maletas, para mantenerlas a buen recaudo, pues en lugar tan apartado no se sabe lo que se puede encontrar: había oído habladurías sobre implacables buitres de la ruta, capaces de robarte el alma si te descuidas. Como en aquella habitación el calor era asfixiante, se despojo del vestido, quedando solo en ropa interior. Mientras manipulaba la prenda de la que se había despojado, reparó en la carta que aquella mañana sacara del buzón. Era un comercial sobre blanco con ventanilla, donde venía escrito su nombre a mano. Al analizar detenidamente la grafía, la letra le pareció familiar. Sentada sobre la cama, abrió el sobre, desplegó el papel de carta y leyó. Era una reseña de Gaspar Gosling, que decía lo siguiente:

He reflexionado mucho y he decidido volver con Nora. He tomado esta decisión porque en mi interior no encuentro argumentos con los que dilculparme ante los chicos. Todo este tiempo he echado algo en falta, y he averiguado que se trataba de Nora y nuestra vida en familia. Cada mañana, al levantarme, sentía como el peso de una culpa y era que mi corazón me decía que seguía queriendo a Nora.”
Suerte, Mae.
Mae quedó un largo rato atónita, sin saber qué decirse, sin encontrar la forma de encajar el golpe. Leyó y releyó una y otra vez aquellas letras, sosteniendo el pliego sobre las rodillas. Un sentimiento de soledad ensombreció su rostro. Recorrió con lágrimas en los ojos el cubículo de aquel motel perdido en la soledad del desierto, sus muebles desvencijados, sus verdes continajes, su ventanal ciego; posó su vista en las maletas, que ya solo suponían un oneroso equipaje que había que arrastrar, a través de una realidad sin significado. Reconocía su vida como esa pregunta sin respuesta, su pasado baldío, su porvenir incierto. Se sintió desgajada del mundo, como si a nada ni a nadie perteneciera. Mae había llegado a ese punto en el que, para todo ser humano, la carrera de la vida se derrumba y el mundo se presenta en toda su crudeza, y ya solo nos queda la exactitud de la muerte y la esperanza ausente, que ya jamás reverdecerá. Era como si Dios se hubiese desvanecido en su interior.

Cuando ya avanzada la mañana reemprendió el viaje, su viejo Chevrolet se perdió en la vastedad de America, disipándose en una lontananza que tibubeaba bajo el sol como un espejismo.

BACHMANÍA

BACHMANÍA
Mis primeros contactos con la música de Bach seguramente se remontan a los cultos dominicales en la congregación evangélica a la que pertenecía, donde eran frecuentemente cantados sus corales "jesu,meine freude" y "O Haupt voll blut", este último en particular interpretado durante la semana de "pasión".
Bach, qué duda cabe, es el compositor más admirado en amplios sectores de la Reforma. Porque quizá Bach signifique para ésta la tradición que su adversaria, la iglesia romana, encuentra durante largos siglos de historia coral. Quizá yo no pueda entender a Bach desde otro ángulo que el de su significación cristiana, pues en ello abundó aún más el hecho de que el regalo que recuerdo con más cariño fue el de una Biografía de J.S.Bach, firmada por Albert Schweitzer, con la que me honró el pastor con motivo de mi "confirmación" como miembro comulgante de la iglesia. Conservo el volumen en mi biblioteca como una de sus joyas más preciadas.
Reconocí siempre en la música de Bach la índole del misterio religioso. Recuerdo como unos severos ejercicios espirituales mi empeño de escuchar la versión íntegra que se dio por RTVE de "La Pasión según san Mateo" en tiempos inmemoriales, interpretada por la Orquesta Bach de Munich, bajo la direción de Karl Richter. Supongo que tras la audición el peso de mis pecados no se habría aliviado, pero no dudo que en aquel acto Dios anunciara un sendero de acercamiento a él. Sabia música de Bach, que sabe discernir con su luz en los recovecos del alma. El peso de ese conocimiento quizá nos abrume, implique un compromiso de seria aceptación, y nuestra volubilidad nos proyecte hacia cumbres más aireadas como las de Beethoven. Con Beethoven se cumplen nuestras esperanzas del día, pero la música del viejo Bach modula en la entretelas del espíritu.
Acabo de escuchar en youtube a la Orquesta Bach de Munich y Karl Richter interpretando los primeros conciertos de Brandenburgo: una delicia insospechada; no puede ser mas fresca la fuente de donde nace-y como diría Borges, permítaseme el oximoron-la claridad barroca con que su exposición nos conduce al conocimiento del alma, al indefinible misterio de ser hombre, confirmándonos con su consuelo la permanente presencia de Dios.

COMENTARIOS SOBRE LA MUERTE EN VENECIA

Cuento "La muerte en Venecia", de Visconti, como una de las películas importantes de mi pequeña filmoteca. La he visionado decenas de veces, y pese a su lenguaje lento, a veces parsimonioso, que en ocasiones  nos da la sensación de hastío, no deja de tentarme el revisarla en algún rato de ocio. Cierto que su relectura carece de la fascinación que sus fotogramas encierran para el espectador primerizo, pero siempre queda algo en el tintero con que rellenar la experiencia que nos suscita el film.
Yo vi por primera vez "La muerte en Venecía" durante su estreno en Alicante, creo que en el cine Chapí.
Asistí a la proyección alentado por algunos comentarios favorables que había escuchado por radio y la alusión indirecta de algún conocido. No puedo negar que la película me fascinó en muchos sentidos. Uno de ellos, no sé si el más relevante, fue el de recrear un ambiente de alta burguesía muy alejado de mi realidad personal. Ambiente exquisito que me evadía de la mezquindad vulgar que me rodeaba. Otra de las causas, sin ninguna duda, fue la belleza plástica de aquellas imágenes, que insinuaban una Venecia evocadoramente brumosa, hasta entonces desconocida. Otra de las circunstancias, era la atmósfera decadente en la que se desenvolvía el film, acentuando ese destino trágico de Aschembach entregándose inerme, hasta encenagarse, a su pasión culpable, en aras de su apolínea idolatría por esa belleza pentélica de Tadzio. Confieso que al acabar el film me invadió un singular arrobamiento estético, una enervada embriaguez que me llevó caminando hasta la orilla del mar. Tal embriagadora experiencia era la primera vez que me ocurría, y si alguna vez había llorado o reído con el cine, puedo asegurar que aquel arrebatamiento espiritual era la primera vez que me ocurría. Creo que fue entonces cuando empecé a tomar algo en serio aquello del arte, de la emoción estética, de los dominios de la belleza.
"La muerte en Venecia", está basada en la novela homónima de Thomas Mann, cuyo guión sigue en lineas muy generales. Si, en la novela, Aschenbach es un escritor, en la película se ve transformado en músico, trasunto, según declaraciones propias de Visconti, de Gustav Malher. Confieso que el von Aschenbach  de la novela está mejor acabado, esculpido por la rigurosa presentación que de él se hace en los dos primeros capítulos del libro. Es Aschenbach un escritor consagrado, estatus conseguido no sin arduos esfuerzos y una vida disciplinada, cimentada en una moralidad estricta y unas costumbres saneadas. Viudo, con una hija casada, saborea la cima de su edad adulta, amenazante ya el horizonte de la senectud. Sometido a su títánico esfuerzo de gigante de las letras, se percata de que un cierto agotamiento va venciéndolo, y comienza a sentir la afección de un inconfesable hastío por su labor. Durante un paseo decisivo por las afueras de Munich, llega al convencimiento de que debe emprender un viaje. Consultando mapas, escoge para esa temporada de asueto la costa adriática, coordenadas que lo llevarán definitivamente a Venecia. Y en esa embriagadora ciudad encontrará el más extravagante romance para un hombre maduro, la rendida inclinación por un joven adolescente extraordinariamente bello que le hará, finalmente, perder los papeles,remunciar a sus nobles ideales y consumirse en un trágico destino, asolado por la peste.
Visconti, en la creación del músico von Aschenbach, quizá pensó en la personalidad paralela de Malher, cuya música desborda el film y volvió familiar ese adagietto de la 5ª sinfonia, pero también y en gran parte de los diálogos esenciales, en esos debates entre Alfried y Gustav, se basó a su vez en la obra del propio Thomas Mann, "Doctor Faustus". Algunos comentarios y convicciones del Alfried, matizadamente nietzscheanos, son extraídos de la novela antes mencionada, donde se nos narra la vida del músico Adrian Leverkuhn, victima de esa otra peste, la sífilis, tan paradójicamente filosófica. Doctor Faustus supone, en clave musical, la experiencias del extravío del hombre moderno, en cuyo arte se conjuga claramente la tentación del abismo, descubrimiento que en el caso de Aschenbach, labrará su ruina. En cualquier caso, fue la música malheriana la que contribuyó a que el joven Paco Juliá experimentara los extraños goces de esa triple experiencia artística: plástica, musical y literaria que conforman la aureola mítica de "La muerte en Venecia".
Que el film suponga una suerte de icono para los homosexuales, que solo encuentran en su peripecia conductas pederásticas, es otra cuestión en la que no me interesa entrar, pero creo que es hacerle un flaco favor a la dignidad de Mann; trocar la sobriedad de Febo por la borrachera de Dionisos.

LA ESPERA

LA ESPERA
En una estancia cualquiera
de una ciudad olvidada
en el rincón de los días,
recostado un hombre
sobre el sillón de la espera,
en el pequeño gramófono
"La patética" de Tchaikovski suena.

Un mismo paisaje de tejados
y balcones, a veces un distinto
cielo de azules o nublados
se distingue; su corazón,
que desconoce bien cierto
la razón de su latido
-sobrio desmenuzar
de algún silencio
en el pulso de la horas-,
cobija en ciernes un futuro
 incierto de esperanzas
y trae al presente mudo
las viejas nostalgias
que se creyeron sin mudanza,
 jóvenes y alegres vinos
del ayer, añoranzas
que animaron sorbo
 a sorbo los caminos.


TRAS LAS HUELLAS DE LOS BORGIA

Durante estas vacaciones he hecho una escapada a Xativa y Gandía.  Xativa es una noble población, presidida por un secular castillo que corona el cerro que la domina y desde donde se divisa una fértil vega que se extiende hasta los montes distantes de la cordillera ibérica. La fortaleza, como tantos otros asentamientos en la costa levantina, remonta a los tiempos de romanos y cartagineses, para luego ir pasando de mano en mano, según dictara el albur de los tiempos. Seguramente fue goda y musulmana, pasando tras la reconquista a formar parte de la corona de Aragón. Pero Xativa incurre especialmente en la historia por un natalicio y por constituirse en dominio hereditario  de una familia reconocida por razones dispares en muchos sentidos: los Borja. Xativa es uno de los pocos lugares, fuera de Italia, que pude significarse como cuna de dos papas hispanos que dejaron una huella considerable en la historia de la iglesia, como fueron Calixto III y Alejandro VI. Ambos merecen recordatorio a las puertas de la concatedral xativesa, bajo la forma de dos imponentes esculturas exentas en bronce.
Calixto III, el primero en acceder a solio pontificio, se caracterizó por una vida entregada a la función eclesiástica, en la que fue abriéndose camino, paso a paso, hasta alcanzar esa priviligiada posición reservada para muy pocos, bajo el respaldo de la corona de Aragón, reinante en Nápoles. Sus hechos no presentaron gran relevancia en la historia pontificia, fue impulsor de una cruzada de resultados discutibles y llamó a su lado a dos de sus sobrinos(nepotes) Rodrigo(futuro Alejandro VI) y Pedro Luis duque de Spoleto, que comandó los ejércitos pontificios. Es casi seguro que, bajo su papado, los Borja consolidaron su posición en Roma y se convirtieron en los Borghia, apellido legendario con el que la historia los recuerda.
Rodrigo Borja, como su antecesor Alfonso(Calixto III) nació también en Xativa, donde se conserva su casa natal, muy desmejorada por el paso de los siglos. Es seguro que Rodrigo de muy joven se trasladara a Roma tras la estela de su tío. Como éste, escogió la carrera eclesiástica, en la que llegó a ser nombrado obispo de Valencia y más tarde cardenal. Vano es decir que alcanzó el papado mediante el soborno y la influencia política, en una época en que la iglesia estaba totalmente politizada. Como su tío, y en general todos los papas de la época, buscó apoyo en los allegados, que en este caso fueron sus hijos, Juan, Lucrecia, Godofredo y especialmente César, su brazó armado, con el que se lanzó a la conquista de Italia, en respuesta al dominio que trataban de ejercer los reyes franceses. El plan, su ambiciosa política fracasó
porque le alcanzó una muerte inesperada (se duda si por unas fiebres o envenenado) y César, no contando ya con la garantía del pontificado, se vio impedido de consumar, quizá por maniobras de della Rovere, el asalto final a su principado.
La de Rodrigo Borghia es, sin duda, una personalidad arrolladora, aunque la visión que nos ofrece la historia, fundamentada en una imposible de aclarar leyenda negra, sea marcadamente negativa. Hay que hacer hincapié, no obstante, que no todo en ella fueron manejos truculentos y que también adoptó acertadas decisiones que fueron beneficiosas para Roma y para la iglesia. Así Xativa, a día de hoy, le sigue celebrando.
Nos queda el otro Borja, Francisco, el duque de Gandía, el santo, del que tendremos un hueco para hablar en el futuro.

Lamento por Palmira

Lamento por Palmira
Jamás visité Palmira
ni recorrí sus maravillas
a través de las páginas de Volney.
Es para mí una lectura pendiente
penetrar esa joya perdida en el desierto,
y admirar el pórtico elegante de sus templos,
el columnado de sus basílicas,
el trazado de esas calles llenas de un remoto bullicio,
donde en el área de sus ágoras y mercados
tenían parada obligada las caravanas.
Quizá todavía se presientan
las cromáticas multitudes en sus teatros y circo,
el gozo de una civilización
que llenó de frutos fecundos
los silencios del yermo,
de urbanidad la estepa salvaje;
que significó el plácido oasis de un mundo devastado
y donde de la aridez extrema
pudo brotar esa flor excelsa
de gracia y belleza,
que deslumbró con su esplendor
 un páramo hostil y desolado.
¡Erguidas columnas que aún desafíáis
el paso de los siglos!:
hoy os veis sometidas a la vorágine de la destrucción,
a esa furia ciega que quiere borrar
el recuerdo de vuestro testimonio,
conculcar ese símbolo único
de flor fragosa que fecundó en el vientre estéril del desierto.
Quizá tu gloria se vea reducida a cenizas,
tu gallardía se vuelva polvo entre el polvo,
tu integridad, sillar devastado;
pero tu memoria persistirá, Palmira,
mientras haya un poeta que te sueñe,
un hombre que, levantándose del lodo de su condición,
pueda ver el horizonte con ojos de infinito.

EN EL RINCÓN DE GARCILASO

EN EL RINCÓN DE GARCILASO
La tarde toledana despereza
lentamente-sopor de siesta estival-,
sin estrés ni obligaciones ni gentes.
Frente a mí se yergue el bronce
de Garcilaso que, con mirar de infinito,
escruta el cielo azulado de Toledo.
Siglos ha que sus horas pasaron;
solo su voz resuena en los libros
como burlando su eco el olvido.
La plaza presiente momentos remotos
y, desdeñada en su aislado recodo,
resguarda su verdura recóndita,
el vuelo de las aves, el recuerdo de la santa,
la paz de la tarde y una emoción extraña
que pueda ser poesía.
Toledo ya casi no evoca;
la llenan los turistas, ruidosos y estrambóticos.
Pero en su loco vaivén,
aún puede retener un poco de lo ido.
¿Qué decirte, poeta, ante tu lírico ademán?
Reposa tu sueño, y que tu lira
recupere esos aires graves
cuando de Toledo era la gloria
y del Tajo bucólico, la lírica Arcadia.

AL DUERO

¿Qué afanas, fértil Duero,
con tu fluir azaroso,
tras fecundar tu camino
la yerma tierra soriana?

En tanto el rumor del viento
mece la fronda espesa
de san Polo a san Saturio,
la carrera de tu cauce,
en esta mañana fría
bajo un resol macilento,
lleva el gozo de tu canto,
afán del agua en pos del mar.

Así nosotros, quizás,
breve el trecho de la vida,
afanamos confundirnos
en el vasto estuario final.





ITINERARIOS DE LA CIUDAD

ITINERARIOS DE LA CIUDAD
La ciudad se dispersa en cien encrucijadas. Depende de la que escojas, variara tu paisaje, tu vivencia sera distinta. En la ciudad hay itinerarios de luz y de tinieblas. Escogiendo los primeros, te complacerá su abigarrado colorido, el solaz de sus parterres, el fluir relajante de sus fuentes, la placidez de sus paseos. Hay otra ciudad, en la que se abren la rutas agrestes del vino, donde hay sendas solitarias en las que acechan los malechores, con nocturnidad y alevosía; donde los lupanares encienden sus farolillos tristes y mortecinos; donde la luna derrama un hálito pálido de desesperanza mientras los borrachos serpentean un recorrido sin norte y las brújulas solo indican el camino del infierno. Allí reluce el acero de los cuchillos y hay venenos que emponzoñan la sangre, y los dientes rechinan la hora de la ira, y los labios resecos apuran el vino de la maldad. Allí el hombre se desploma en la misma raíz del grito, y busca de donde asirse como un ciego que ha perdido su lazarillo. El pecado enlodece la saliva y la vida se desboca como un coche que ha perdido los frenos. El mal ofrece la fascinación de un trágico vesanismo, hasta que en un instante  te das cuenta que posiblemente no haya nunca marcha atrás. Un día darás limosna a un mendigo, y con horror descubrirás que has pagado la barca de Caronte.
Antes me gustaba desesperarme en los caminos de la desolación, hasta que descubrí los límites de mi miseria. Pero hasta en ese negro pozo, llegó el resplandor de un rayo de la aurora. Y hoy vuelvo a celebrar el día de la vida.

Buscando a Jean Lartéguy

Ando por las redes tras la pista  de libros de Jean Lartéguy. En la Wikipedia me entero de que murió en 2011. Era de esperar, pues yo descubrí su obra cuando era un chaval de 14 años. Por entonces yo buscaba maestros que me enseñaran ese mundo que mi bisoñez desconocía. Y Larteguy no se anduvo con tapujos, me enseñó todas las cloacas del alma humana. En su guerra de Argelia, tan solo nos hacían palpitar humanamente los dubitativos valores morales de Philip Esclavier. En sus novelas, Larteguy nos descubre una Europa en plena decadencia que se desmenuza lentamente, que pierde los últimos esplendores de su vasto imperio colonial, y cuyos protagonistas ostentan principios tan inmorales o más que el de los bárbaros a los que se trata de someter y reconducir.
Larteguy es un autor sugestivo, impactante. Como viejo militar, acapara las simpatías de Tirios y Troyanos.Su obra ha dejado en mí un recuerdo ambivalente de rechazo y adhesión. Era un hombre de guerra, un hombre que conocía cuál era su discutible gloria y su miseria. Conoció toda la hediondez de las guerras coloniales y supo que "Les gloires de la France" se asentaban sobre fundamentos de sangre y cieno. Pero quizás su mayor censura apuntaba al mundo terrible de la alta política.
Tras leer su famosa trilogía, acabé vendiéndola con el tiempo en una librería de lance. Hoy he recuperado Los Pretorianos por 0´25 euros. Creo que el francés merece una relectura, un nuevo vistazo a esa ventana bloqueada tras la que se anuncia un universo apocalíptico. Porque sabemos que tras el cristal de nuestra torre de marfil en el mundo siguen gobernando "quimeras negras", oscuras potestades: Arden los bosques; se huele el tufo de la matanza, de la abominación, del hambre, de la peste, de la degradación; la muerte del hombre apenas cuenta. Quizá la lectura de Lartéguy sirva para recordarnos que el horror está a la vuelta de la esquina y que nuestros firmes valores son tan inconsistentes como la volubilidad de un globo y que el mundo nos es más que un valle de Josafat urgido como nunca del soplo del espíritu de Dios que venga a redimirlo.

GRECIA, AYER Y HOY

GRECIA, AYER Y HOY
Hará cosa de un año, por estas fechas, me hallaba a resguardo del sol implacable en la tabernas ubicadas frente al ágora, en Atenas. La hospitalidad mediterránea y el refrigerio de una jarra de agua bien fresca hacían el momento de sobra placentero. El ágora  es ese lugar mágico de Atenas, donde se puede reconstruir de sus piedras esquilmadas ese sueño esplendoroso de lo que un día fuera la ciudad más floreciente de la hélade. La Acrópolis nos habla más del apogeo de sus dioses, honrados con el oro de la liga marítima, de la cual la ciudad era hegemón. Pero el ágora nos describe en la memoria de sus viejas piedras cómo era la vida ciudadana, socíal y políticamente. A un lado y otro de los senderos, se hunden los fosos, demarcados por muros de piedra, de esos emblemáticos edificios que constituyeron el ser y no ser de la ciudad. El Areópago no anda lejos, se  pueden distinguir las huellas de sus templos, de sus truncadas columnas alineadas, de sus stoas, de edificios tan singulares como el tholos, o de zonas tan primordiales como el pnix; queda como un testigo vivo y fundamental, el theseion, por cuya grácil arquitectura se nos habla de la luminosa verdad de Grecia, de una memoria que no quiere abandonarnos del todo.
El año pasado, Grecia ya había sido rescatada, pero la vida discurría normal y plácidamente. En el parlamento, la soldadesca efectuaba su vistoso cambio de guardia, sin ahorrar su pompa y circunstancia, para el turista. Los bazares mostraban su pintoresquismo oriental  y se ecuchaba cercana la argentina melodía del Sirtaki, asombrosamente jovial para un pueblo que tanto conoce del pathos.
El año pasado Tsipras aún se hallaba agazapado, esperando su momento. La cera ardía en las iglesias;
los comercios, menos frecuentados, lucían las mejores galas; los restaurantes celebraban los fastos de su cocina. Atenas se protegía de .las inclemencias solares y los inquietos turistas se paraban atónitos frente al deslumbrante pórtico de la Academia platónica. Por aquellos días Merkel dormitaba, no habíamos oído hablar de Varoufakis, y ni pensábamos en el corralito. No poníamos en duda que un país que se había desembarazado de los persas, sabría zafarse también de la camarilla de sus acreedores que ni siquiera contaban con los inmortales de Jerjes. No deja de ser lamentable que veamos ver agonizar ante nuestros ojos un genuino modo de vida mediterráneo.

HABLANDO DE LITERATURA

HABLANDO DE LITERATURA
Aquel que se aventura en el cultivo de la literatura, deberá ir equipado de una brújula reglamentaria que le indique a qué norte encaminarse. El principal problema reside en encontrar el comercio donde se expenden dichos artefactos. Otra incógnita que la cuestión plantea es si dicho norte no nos entromete en lindes tan vagos como los de una metafísica. ¿ Son acaso infranqueables las barreras de la poética?
Desde que Aristóteles fundamentara sus bases, la concupiscencia de los siglos ha propiciado que la volubilidad de la forma se contaminase.
Como en otras disciplinas, en literatura también debe existir un canon. Lo malo es que en las letras, lejos de toda infalibilidad apostólica, no existe la certidumbre de un decálogo, aunque se siente muy cerca la tentación de la dogmática. Esta dogmática se fundamenta en el consenso de ciertas élites, llamémoslas críticas. Dichas minorías "imparciales" son las que establecen las listas de lo cuarenta principales de la historia literaria. Según Bloom debe existir un "paradigma"  de obra no opinable, perfecta, a través del cual se enjuicie al resto de las demás. Sabemos que para el crítico norteamericano este modelo es Shakespeare.
Sabemos también que pueden existir tantos cánones como críticos haya.
Como existen tantas literaturas como escritores haya.
Valga una escritura crítica que constriña a férreas leyes el relato.
Pero dejadme leer indolentemente por el placer de soñar, de escuchar una voz amiga que nos haga conocer cualquier remoto misterio del mundo, de la vida, del hombre.

El NIÑO QUE LEÍA A KAFKA.

Enrique era un niño...bueno, más bien, un adolescente. Era un niño tierno, aunque el quería ser duro, que ante la vastedad del mundo se sentía acomplejado. De niño gozó de la inquietud propia de su edad; era un niño activo que salía corriendo tras el primer balón que encontraba botando en la calle. Como todo ser limitado, veneraba sus ídolos desmesurados. Festejaba su culto cada domingo en los campos de juego. Soñaba con ser un delantero veloz como Gento, o un arquero espigado e imbatido como Iribar. Llegar a ser una figura del futbol era la mejor de las aspiraciones. El mismo crecimiento, junto a su asistencia de cada domingo al estadio local, le trajo el germen del desengaño.
Quizá un temperamento bipolar contribuyó a que basculara al extremo opuesto. Se volvió desencantado, huraño, lector. ¿Quizá quería aprender qué se encontraba de cierto tras de esa realidad que no comprendía? Tal vez. Ni él se comprendía, ni los de su entorno le comprendieron.
Comenzó leyendo libros banales de la colección Reno; aún soñaba en un mundo donde era posible la aventura y buscaba esos títulos donde ésta satisfacía esos sueños. La pubertad, la sociedad, los libros, volvieron más patética su soledad. Creyó paliar su aislamiento con la amistad de estos últimos. Poco a poco sus lecturas se volvieron más selectivas. Vencido y sin horizontes, renunció a unos estudios impuestos por una sociedad de la que tal vez él jamás formara parte. En el balance que hicieron los profesores de su conducta se encontró una prueba sin paliativos: el alumno Enrique Gutiérrez Durán guardaba un ejemplar de la Metamorfosis de Kafka en el cajón del pupitre. Veradaderamente ese niño no tenía solución.

ORACIÓN DE ESPERANZA

ORACIÓN DE ESPERANZA
Señor, mantenme firme
en tu culto; de mi oración
no disuelvas los lazos.
Hazme persistir en tu camino;
que en cada uno de mis pasos
prevalezca la virtud.
Prepara mis músculos
para la lucha,  y que mi voluntad
no vacile ante el embate;
manten mis armas
dispuestas para el encuentro,
y no permitas que Fobo
me espante en la hora de la prueba.
Señor, en Ti he confiado,
creo que solo en ti
prosperará mi camino,
pues tuyos son los confines y los días.

UN HOMBRE INSIGNIFICANTE

UN HOMBRE INSIGNIFICANTE
Fidel Gónzalez Turpín era un hombre insignificante. Su misma apariencia se definía en este sentido; era no muy alto, enjuto, enclenque,  y algo miope; su escuálida silueta de ratón a régimen, la rubricaba un pequeño mostacho hirsuto que sostenía su nariz pronunciada. Ésta era quizá excesiva para la menudez de su óvalo, pero servía de perfecto asiento para sus livianas gafas, que casi siempre pendían del tabique con la negligencia con que suelen hacerlo en el de los mismos eruditos.
Fidel Gónzalez Turpín tenía aspecto de lo que era: un oscuro funcionario condenado a lapidar su vida entre legajos y documentos, en una oscura oficina de cristales esmirilados, tras cuya opacidad la administración habitúa a ocultar sus crímenes. Gónzalez Turpín trabajaba ocho onerosas horas, que a veces se transformaban en diez u once, según andase la marea de demandas y suplicatorios, actas y contraactas, impresos e instancias. Desuncido el nudo de su corbata, trataba de poner orden en aquel maremagnum que se apilaba a su mesa, forzando sus ojos saltones, tensas la venas del cuello, agobiado por un bochorno que el ventilador de ocasión no remediaba, pues el aire acondicionado no funcionaba desde épocas inmemoriales. Entre pitillo y pitillo, suspiraba, miraba el revoloteo de la polillas en torno a la lámpara y se imaginaba su mesa despejada y los archivos en perfecto orden; pero esto era solo una fugaz ilusión y pronto volvía a la realidad de su escritorio asestado de papelotes, con su sandwich de todos los días mordisqueado por un hombre sin apetito, cuya única salida a su suicidio consentido era fumar y fumar, y entonces volvía a su paquete de Fortuna y lo encontraba vacío, y tenía que reconocer que aunque se tratase de una fatalidad aquella oficina era lo serio en su vida; al menos esto se iba diciendo entre colilla y colilla.
Fidel Gónzalez Turpín tenía una familia que, como él, también era insignificante. Su mujer, en su modestia, se veía asediada por una larga lista de patologías que hacían más esclava la vida del esposo, lo cual carecía de importancia pues éste como casi todas las víctimas tenía madera de mártir. Sus hijos, dignos vástagos de su padre, adolecían de su misma condición. Eran frágiles criaturas, idóneas para naufragar en el tráfago de la vida.
Pero a Fidel Gónzalez Turpín, como a casi todos los náufragos, no le faltaba su tabla de salvación.
Una de la pocas compensaciones que le ofrecía la esclavitud del trabajo era el sueldo a fin de mes.
Dichos emolumentos, aunque precarios, le permitían ciertos respiros. Porque el agobiado Fidel, entre excerpta incumplimentada y la gripe de los niños, no daba a bastos en sus obligaciones. Del sueldo que recibía, acostumbraba guardar un pico para sus gastos personales. Y ¿cuales eran éstos? Tentábale a Fidel los narcóticos, el vino, las mujeres, el dominical encuentro de fútbol en el estadio municipal. ¡No tal! Fidel era un lector compulsivo. Devoraba galeradas de libros de las librerias locales, hasta donde el pico de ese sueldo le permitía adquirir. De niño, siempre admiró las grandes plumas, esos nombres mayestáticos de graves resonancias. Y soñó que algún día, tal vez, él mismo alcanzaría su estatus. Se imaginaba que la gran cultura era siempre recompensada, y que cuando él la alcanzara se vería eximido
de las gravosas servidumbres de la vida. Por eso cada fin de semana se sorprendía a Fidel frente a las estantes de las librerías, cargado con bolsas de compra, husmeando con su fino hocico de ratón si entre las colecciones de libros destacaba alguna novedad que hasta entonces se le hubiera sustraído.  Tal predilección por los libros, le había permitido reunir en casa una copiosísima biblioteca, a cuyo culto se aplicaba mediante extrañas liturgias, en sus ratos de ocio.
Tamaña vocación por la palabra escrita, contribuyó a que un buen día también Fidel se dedicase a su cultivo. Empleando algunas de las horas de descanso en el ejercicio envolvente de la máquina de escribir, logró el neófito reunir unos cuantos escritos breves en un libro de relatos. Y cuando tuvo el libro perfectamente cosido, lo presentó a un editor. De la modesta tirada, no se vendieron más allá de cinco ejemplares. Debacle con la que Fidel Gónzalez Turpín vio desmoronarse su sueño ilusorio de alcanzar esa rara "gloria" que lo rescatase de la vorágine de su desolación. Hoy, mártir de la letras, se le sigue sorprendiendo en su peregrinación de fin de semana, de librería en librería, de libro en libro, de Hemingway a Proust, de Kafka a Chateaubriand, en pos de su sueño imposible, con la desesperación de un toro que enviste instintivo a su propia muerte.

CRETA Y LA CIVILIZACIÓN MINOICA

CRETA Y LA CIVILIZACIÓN MINOICA
Creta, además de ser la mayor isla griega, destaca también como la de mayor tradición, pues en ella se asientan los fundamentos del mundo helénico y en uno de sus montes más emblemáticos, el Ida, Zeus encontró su primera morada.

A Creta se la recuerda como centro  de la primera civilización egea, la Minoica, que toma el nombre  de su legendario rey Minos. Minos fue el nombre del rey-o reyes-en torno al cual se ha forjado la leyenda con la que esta remota civilización es recordada por la historia. El reinado de Minos se convierte en mito por la traición de su esposa Pasifae, quien se une al hermoso toro obsequiado por Zeus, para vindicar al rey entre sus celosos hermanos Sarpedón y Radamantis. De esta unión ilícita nacería la híbrida bestia que marcaría el destino del mundo minoico: el Minotauro. Se sabe que el Minotauro exigía un sacrificio humano del que se nutria, tributo que se recababa de entre los pueblos subyugados. Por su ferocidad fue encerrado  en el gran palacio de Cnosos, en un área protegida que tomó el nombre del laberinto. Dicha zona tenía fácil entrada, pero la salida era casi imposible. Toda victima que se adentraba en el complejo laberinto fenecía entre las fauces del Minotauro. Tal circunstancia perduró hasta que un joven héroe, Teseo, de origen ateniense, penetró en el baluarte, dio muerte a la bestia y escapó del lugar con la complicidad de Ariadna, cuyo famoso ovillo de hilo orientó al joven hasta la salida.

Seguramente,  la resonancia de este mito tiene poco que ver con el desarrollo de la civilización minoica, cuyos orígenes y destino se halla bastante ensombrecido en la noche de los tiempos. La minoica fue una civilización floreciente, perteneciente con toda certidumbre a esos pueblos conocidos en el antiguo Egipto como pueblos del mar. El área arqueológica de Cnosos apunta un entramado ciudadano bastante desarrollado, con asombrosos adelantos en sus infraestructuras y con una gran riqueza cultural. La Cnosos que conocemos, relaborada por Arthur Evans, presenta las suficientes maravillas para alentar muy positivamente nuestra imaginación. La envergadura de su palacio, las evidencias de sus manufacturas y comercio, su gran riqueza agrícola, su preponderancia como pueblo del mar, hacen de Creta ese eslabón imprescindible entre el arcaico Mediterráneo y la nueva civilización griega que despunta: la Micénica. Quizá su último secreto lo guarde Santorini, pero las causas del declive de las civilizaciones nos ha demostrado la historia que pueden ser bien distintas.

Al agua muerta

Al agua muerta
Bebería en el cristal de esas fuentes
su dechado, si no advirtiera
como receló Machado
un poso amargo
en el mudo espejo
de su agua muerta.
Manantiales de aguas vivas
que ya solo brotan
donde el hombre no alcanza,
pues para apagar la sed
ya no bastan ni los viejos pozos
ni las quietas aguas.

Madrid, Madrid...

Madrid, Madrid...
Madrid se desvive en un convulso frenesí,
el denso tráfico ruge sobre el asfalto:
los autos fieros cruzan como balas la glorieta Carlos V.
Las multitudes se apiñan como hormigas a la puerta del hormiguero,
en Preciados y Sol. Gran vía
nos propone su sueño cosmopolita,
me tomo un respiro en el café del Príncipe,
Cibeles, Neptuno, la plaza Mayor,
el crepúsculo que tiñe del color de un poema la plaza de Oriente.
Ocioso camino las calles de su historia,
sus parques y palacios, vida que se derrama
en el cristal de sus fuentes y en el bullicio
de sus vindicaciones: Crispación de puños apretados
y balas de goma. La vida de Madrid suena
como una guitarra de Rodrigo mientras la muerte
sigue circulando entre la alarma de sus ambulancias,
que ya no son blancas..
Madrid, Madrid provincial y altanero,
convulso frenesí es la vida de Madrid.




Recuerdos cuartelarios

Recuerdos cuartelarios
Viendo un reportaje sobre Oviedo, en el que se hace mención de la circunstancia de su dispersa universidad, repara el comentarista en que una de las infraestructuras más importante de ésta la constituye el Milán. Sobre él se menciona su condición de viejo monasterio benedictino, soslayando
el uso a que estuvo destinado durante muchos años, como cuartel del ejército. El viejo Milán 3, rebautizado más tarde como cuartel del Príncipe,  contempló el discurrir por sus naves de cuantiosas generaciones de soldados.
Mi experiencia como soldado de 2º clase, durante el período conocido como milí,  fue, como para los pocos seres que nos consideramos inadaptados, más bien amarga. No faltaron las consabidas vejaciones por parte del mando y la soldadesca que contribuyeron a agravar nuestra de por sí escasa autoestima. Falto de carácter, dependiente de unos padres que nos habían criado en el mimo excesivo, esta batalla a campo abierto con el mundo acabó en el más desastroso de los fiascos. Recuerdo que el día de la licencia, abandoné Oviedo bajo un síndrome agudo de intoxicación etílica. Pues la afición desmedida al alcohol fue una de las escasas "virtudes" que adquirí durante dicho período.

Pero hacer memoria del Milán como monasterio benedictino nos llena de recelos, pues la vida cuartelaria, pese a sus sinsabores, no deja de tener para nosotros un cierto dejo romántico. Recuerdo el Milán, las amplias naves de la compañía, con sus ventanales rezumando lluvia, nieve en los inviernos.
Recuerdo los patios donde formaban los soldados, y  donde el oficial de guardia pasaba revista a la tropa dispuesta para el paseo vespertino. Todos nos mirábamos las botas, por si quedaba alguna mota de barro que no había podido disimular el betún. Porque había que joderse, si el pardillo estimaba que las botas no relucían como era debido: te esperaban unas claustrofóbicas horas de encierro en la compañía. No sé que hubiera sido de mí sin esa evasión que me proporcionaban Oviedo y sus calles. Benditos pases de fin de semana, cuando uno se olvidaba de ser recluta. En el Milán hice algunas buenas amistades que la misma vida malogró.
El corneta tararea diana o retreta. La diana era siempre odiosa, salvo la de los viernes, que prologaba el largo fin de semana, donde podíamos reencontrarnos, fuera en el viejo Oviedo o en el parque San Francisco. Otro día sonaba en el cuerpo de guardia, donde acaso me pillaba leyendo, porque acababa de regresar del servicio en una garita. Leer...¡Cuánto leí en la mili! Soñar...No menos soñé, casi siempre con la libertad. Marchar...Hermosas sendas, hermosos montes de Asturias...¡Qué emoción sentia, cuando cargado del petrecho militar, cetme al hombro, divisaba  entre tus prados la gallarda silueta de Santa María del Naranco!  Milán, se impone entre el viejo dolor olvidado una grata nostalgia.