La "libido"

Siempre había pronunciado "líbido" por libido, sin saber que tal palabra no tenía hueco  en el diccionario. Y es que los huecos son los que traen a la libido de cabeza. Nunca hubiera salido de mi error sin la puntualización de un viejo conocido, al que localicé por YouTube en una ciudad provinciana de Colombia. Se trata del escritor Daniel Potes Vargas, a quien conocí en Alicante, donde residía hará como un millón de años, ejerciendo el periodismo en  una publicación de escasa tirada. De su obra literaria de entonces me consta que alcanzó el premio de novela corta Gabriel Sijé.
Cuando lo conocí, iba con un libro bajo el brazo, nada más y nada menos que Tiempo de Silencio, porque Potes era ya un lector compulsivo, régimen que sigue manteniendo hasta el día de hoy, como un viejo sofista remiso  a abandonar su docencia.  Predica con su ejemplo a las nuevas generaciones, dadas a las disipaciones audiovisuales como a un deterioro cultural. Potes continúa siendo un ebrio del libro impreso, donde aún reside el sortilegio de un lenguaje que nos permite leer en nuestra alma. A mi me daba cierta envidia, porque por nacimiento y vocación se emparentaba con los escritores del Boom, con quienes compartía cierta aura de realismo mágico. Aunque no llegué a conocerle muy bien, pues era como una década mayor que yo, fue en la misma publicación donde el escribía en la que balbucí mis primeros pinitos literarios, ciertos artículos de opinión que contaron con la benevolencia de los editores.
Cuando conocí a Potes, a mi ya me corroía el gusanillo literario y su ejemplo me ayudó a calibrar la medida real de un escritor, la del hombre que saborea el vivir en el gusto de la palabra, y reconoce, como el mismo lo hacia en Henry Miller, que no hay mayor desiderátum en la vida del escritor que el logro de un folio bien escrito, porque eso, y exactamente eso, satisface nuestra libido.

LOS AMANTES DE VENECIA. VENECIANA XLI

En el siglo XIX si una ciudad provocó la admiración de intelectuales y artistas, esa fue Venecia. Buena parte del mundillo literario hizo de ella meta de su peregrinaje. Quizá porque en ella descubrieran la antesala del oriente, un prólogo sofisticado de Las mil y una noches. Por ella bebieron los vientos Balzac, Hugo y Stendhal, secundándolos la integridad casi del elenco literario romántico francés hasta llegar a Proust, donde la ciudad telonea cuantiosos pasajes de su Recherche. Entre sus huéspedes destacados estuvo cómo no una pareja de singulares amantes: George Sand y Alfred de Musset, en quienes la atmósfera de la ciudad debió de calar bastante hondo. Él se disolvió en extravagancias y borracheras, Ella en una Venecia novecentesca que no debió de ser muy salutífera para el visitante, ni por el pesaroso Siroco, ni por la humedad de sus noches, ni por las miasmas de sus aguas conductoras del cólera y un largo etcétera de desarreglos intestinales. De una de estas afecciones se lamentó Sand durante su estancia, objetando que la retuvo en cama durante días y obligó al joven Alfred a explorar en solitario la ciudad. Tales escarceos no debieron de ser muy convenientes, pues no tardaron en postrar también al muchacho en cama, aquejado de unas fiebres altisímas.  Con maternal abnegación lo cuidó la Sand, transformando la picardía de una escapada erótica en penitencia de una obra pía, si no fuera porque la presencia más que reiterada del solícito doctor Pagello tornara tamaña asiduidad en poco menos que sospechosa.

Como ocurriera más tarde al legendario Ashenbach, la fétida brisa veneciana no es caldo de cultivo idóneo para que los amores imposibles, pese a la apariencia, cambien de carácter y sí para  que el fermento de la pasión se revista de la consistencia del espejismo, donde el amante, desgastado por la veleidad amorosa, sucumbe a su tentativa de lo absoluto, ya que el camino de los sentidos no conduce al encuentro de los dioses sino que nos revela la ilusión del barro del que estamos hechos. No sabemos si de Musset aguardó tan elevadas conjeturas del regazo de la Sand, pero si nos consta que ésta remendó los juveniles desencuentros con las tentativas clínicas de su facultativo.

No se puede negar a Sand sus maternales predisposiciones, pues esta mujer hecha a sí misma, que se ataviaba de hombre para desenvolverse con mayor libertad en los ambientes de París, no dudaba en provocar la tos con el humo de su cigarrillo en las faringes de aquellos jóvenes de incierta masculinidad, cuyo ego acomplejado urge de la experiencia de una guía que les ayude a encontrar la quimérica plenitud entre las trincheras de las sábanas. Parece ser que con Chopin también desarrolló sus facultades maternales, pues acaso no existiera otra clase de amor para un hombre que tenía el genio a flor de piel, genio que acabó por anonadar al Federico particular. El invierno en Valldemosa más que para servir de nido para un gran romance, constituyó el punto de partida de un desencuentro. ¿Acaso porque Sand en estas experiencias jugó el papel de la amada y nunca el de la amante?

El extraño del tren Expreso

Por aquel entonces, yo cumplía el servicio militar. Me dirigía a la estación de ferrocarril con un período de permiso. Había escondido mi uniforme de soldado en el petate y volvía a casa con la satisfacción de a quien le aguarda un tiempo de libertad por delante. Junto con el uniforme, se me antojaba haberme desembarazado de las inhibiciones propias del recluta y abordaba el tren con un ánimo distinto del que me trajo la primera vez al recinto cuartelario. En éste no había aprendido grandes cosas, pero sí las suficientes para, lejos del resignado apocamiento del cuartel, aparentar la desenvoltura del joven decidido y fardón fuera de él. Con semejante talante, ayudado por la ingestión de algún carajillo, abordé el tren de la mañana en la ciudad de O. Estaba feliz de abandonar momentáneamente la disciplina y comportarme un tiempo con la irresponsabilidad del hombre libre cuyos yerros se ven inmunes de la coerción del arresto o del inesperado bofetón punitivo. A su vez, me complacía abandonar un clima tan riguroso como el de O... y regresar al más suave y cálido de mi tierra natal.
Me acomodé en el tren, encaramando el petate hasta el maletero superior. Por ser el ferrocarril uno de esos expresos de entonces, cada vagón se hallaba dividido en un conjunto de cabinas, aisladas por una puerta corredera, que daban a un pasillo recorrido por las ventanas del lado opuesto, al que el viajero salía de cuando en cuando para desentumecer las piernas o respirar un poco aire puro. Porque en las cabinas estaba permitido fumar, y cuando coincidían en ella dos o más fumadores, la atmósfera se volvía poco más que irrespirable.
Por suerte en la cabina correspondiente quedaban algunos asientos libres, lo que permitiría viajar con mayor comodidad, pudiendo estirar las piernas y no teniendo que estar constantemente pidiendo permiso para acceder al pasillo. De momento, yo solo ocupaba el asiento de tres plazas y me había encogido junto a la ventana, con las manos juntas entre los muslos, requerido por los últimos ramalazos del sueño. El asiento de enfrente era ocupado por una mujer joven, algo gruesa y con un niño lactante, oriunda de la región y que seguramente se apearía del tren en alguna de las paradas obligadas de la comarca. Junto a ella, un individuo de mediana edad con el que no tenía ninguna relación fumaba con despreocupación y echaba miradas furtivas, como quien no tiene reparos de emprender una pronta conversación. Por equipaje llevaba una maleta marrón algo desgastada y un paraguas puntiagudo, cuyo uso era casi cotidiano en O...Su aspecto era bastante común, sin ningún detalle especifico que lo distinguiera del español corriente: mediana estatura, cabello oscuro y tirando a dicharachero.

Arrancó el tren con una sacudida que hizo temblar los cristales de las ventanas. Pronto se oyó su acompasado traqueteo sobre las vías. El bucólico paisaje de O... fue deslizándose a través de los vidrios, una vez rebasados los suburbios. Su encanto campesino y la frondosidad de sus bosques evocaban aquellos paisajes arcádicos que vieron nacer la fábula. Comprendí que tales parajes podrían haber ocupado un lugar en mi corazón, si no hubieran estado condicionados por la desabrida experiencia de la vida militar. La misma de la que yo habíame despojado aquella mañana junto con el uniforme y guardado en el petate. La única realidad del ahora es que el tren corría inexorable, rumbo a casa. El vagón había empezado a caldearse,  a resguardo de la baja temperatura del exterior. El reducido recinto, más que los trenes de hoy, invitaba a la intimidad. Era difícil eludir el intercambio cortés de alguna frase o el conato de la conversación que seguramente surgiría como consecuencia lógica de las largas y tediosas horas de viaje. Hay que recordar que los expresos eran impuntuales, incómodos y poco veloces. El trayecto entre O...y  Madrid seguramente tardaría al menos diez horas en cubrirlo. Tiempo suficiente como para entablar cordiales lazos entre los pasajeros.

El individuo de enfrente me observaba con una atención mayor a la esperada de un pasajero indiferente. Estaba claro que no tardaría  en intercalarse entre ambos alguna que otra frase. Esta surgió para avisarme de que mi petate se había desplazado y sobresalía en demasía del maletero, con riesgo de caer.
           -- ¿De permiso, eh?-dijo.
           -- ¿Cómo sabe que soy militar?-contesté dándome cierto relieve biográfico.
           --El cogote rasurado y el petate no engañan a nadie-argumentó.
Estaba claro que el individuo quería congeniar, pues no tardó en presentarme su paquete de cigarrillos, invitándome a escoger uno. Como yo por entonces ya había contraído el vicio, no vacile en aceptar. He de confesar que aquel era mi vicio más arraigado, pues hacia la bebida guardaba cierta moderación y mi intimidad con las mujeres nunca había sobrepasado lo platónico. Tales escrúpulos -- he de llamarlos así si nos atenemos a los testimonios de muchos compañeros de milicia cuando relataban tras el toque de retreta el pormenor de sus correrías sabatinas-- provenían de la probidad de la educación recibida, en el seno de una familia cristiana. Se me educó en el temor de Dios y en la abominación al pecado, tras los muros de una capilla aislada de la corrompida vileza del mundo. Practicando diariamente la virtud, la coraza de la fe nunca permitiría que en mi alma fuera calando la inmundicia del pecado. Pero el paso y el peso del tiempo y las veleidades juveniles facilitaron que las tentaciones del mundo introdujeran su raíz vigorosa en el frágil sembrado de mi pureza, creciendo el tierno grano junto a la estéril cizaña. Aunque todavía mantengo la semilla del cristianismo alumbrando en mi interior, en aquella época yo mantenía cierta propensión a quedar fascinado por la policromía y desfachatez de los hechos del mundo. Aunque temía al pecado, su vértigo me confundía.
Por eso opté en presentar ante aquel individuo una pose enmascarada, la ficción de un Miguel Galán inexistente, amparado por una coraza de mundanidad que me protegiera de mi candidez interior.

Aquel hombre no carecía de astucia y yo aquella mañana, pletórico por las perspectivas inminentes, me sentía charlatán. Fumamos e intercambiamos pareceres del la índole más variada. No sabría calar en lo hondo de sus intenciones, pero aquel hombre perseguía algún deleite y yo ansiaba fascinar. Cuando el tren perseguía las llanuras de Castilla la Vieja la amenidad de nuestra charla rozaba lo imprudente. Algunos otros viajeros, durante el trayecto, se sumarían acaso a la cabina, pero yo sólo recuerdo a éste. El individuo me interrogaba acerca de mis gustos, de mis intenciones, de mi filosofía vital. Quiso indagar sobre mi ocupación anterior a mi ingreso en el ejército, y yo le contesté con una ocurrencia plagiada de un diálogo oído por ahí, de boca de un gárrulo vividor.

          --Ladrón de cajas fuertes-exclamé con cierta sorna.

 Mi contertulio sonrió con una sonrisa donde se adivinaba la complacencia y no poco cinismo. Mientras yo encendía otro cigarrillo, él sacó de su funda unas gafas de sol y ocultó su mirada. Temí aquella opacidad más que una mirada siniestra. Aquel modelo de gafas lo relacionaba yo con gente maleante, a quien se las había visto lucir en televisión o en la foto de cualquier periódico de sucesos; en aquel hombre parecían suplantar el tónico de Jekyll. Hoy creo que eran las mismas que llevaba el Lute en alguna de sus instantáneas icónicas. Y las mismas que yo asociaba con mis particulares cocos infantiles: "el hombre del saco" y "el hombre de la sangre", que pululan los lugares prohibidos en busca de niños desobedientes. Solo puedo agregar que temí. Había perdido toda la confianza, y barrunté que aquel individuo planeaba algo. Como digo, no sabía nada de sus intenciones ocultas. El había averiguado mucho de mí, pero yo de él no sabía nada; sólo que colocándose aquellas gafas había invadido mi ánimo de una total desconfianza. Recelé sobre cuál sería su siguiente paso. Según me contó, se apearía del tren en Valladolid, parada que ya se encontraba próxima. Debió de ser consciente de mi consiguiente actitud reservada, pues cuando me veo en una situación que me disgusta, mi trato se vuelve brusco y rehúyo la conversación. Pareció contrariado por tal circunstancia y no dejó de observarme; al menos yo intuía sus ojos tras de aquellos cristales oscuros y opacos, que acaso ocultaban la aterradora semilla del mal.

Cuando el tren se detuvo en Valladolid, el individuo abandonó la cabina portando su maleta y su largo paraguas, sin dejar de sonreír con maliciosa sonrisa y ocultando el abismo del mal tras la opacidad de sus impenetrables gafas. Levantó su brazo como despedida y lo vi alejarse por el pasillo. Cuando el tren se puso en marcha, me aseguré temeroso y angustiado de que aquel individuo no permanecía en él, aunque lo había visto descender al andén. Desconfié de que bien podía haber vuelto al ferrocarril penetrando por otro vagón. Jamás había temido tanto por mi seguridad, pues estaba convencido de que por primera vez había visto cara a cara al mal, en cuyas intenciones incluso pudiera anidar la posibilidad de asesinarme o hacerme para siempre cómplice de sus inconfesables perversidades. El resto del viaje trascurrió presidido por el desasosiego e imaginando escabrosas intrigas. Sólo llegué ha respirar tranquilo cuando me vi de nuevo entre los muros de mi casa familiar y aquel viaje comenzó a formar parte del pasado. La placidez de la corta estancia en A... devolvió a mi ánimo la confianza.


















El artista y la sociedad

Recientemente, escucho una reseña a través de un medio audiovisual encomiando la obra y trayectoria de diferentes artistas de la contracultura, cuyos estilos eran variados pero todos ellos revulsivos. Enjuiciarlos a estas horas del postmodernismo resultaría superfluo. Se señalaba de ellos la contribución original y recalcitrante al arte contemporáneo. De sus vidas, se destacaba su variopinto periplo al borde del abismo, abismo que como con todo aquel que coquetea con su tentación, acabó por tragárselos. Se dice de uno que murió, apenas superada la treintena, de una sobredosis; del otro, que sucumbió por Sida; del de más allá que, adicto al alcohol, se desintoxica recluido en periféricas clínicas, en manos de psiquiatras.

Conforme pasa el tiempo, se confirman más sólidamente  las reflexiones de Thomas Mann sobre el artista y la sociedad. En ellas Mann hacía hincapié en la tipología del artista. Falsamente venerado en nuestros días y, hasta en algunas ocasiones, elevado a la categoría de icono, de modelo a imitar por la presente y sucesivas generaciones. Mann, en su análisis, se apresura a desengañarnos. Pues juzga al artista como el ser antisocial por excelencia; en alto grado inadaptado a las exigencias sociales y disoluto, indisciplinado y náufrago de una vida marginal y bohemia. Las cualidades que se le suponen, reveladoras acaso en el fenómeno estético, carecen de incidencia relevante en el desarrollo social, más allá del ocio y la moda. Se las aprecia como vigorizantes del ámbito cultural, el cual, al paso que vamos, no tiene mayor consistencia que los fugaces fuegos de artificio.

La misión del arte y el artista que hoy conocemos se fundamentó en nociones teóricas que planteó la filosofía precedente, que en Schelling y Schopenhauer alcanzó sus fundamentos más esenciales. Siguiendo esa senda ya trazada, el siglo XX desembocó en las vanguardias, que entonaron el canto del cisne del arte tradicional. Se agotaron todos sus caminos, y lo que vino después fue un desencanto que permitió todo tipo de intrusismo artístico. Cualquier propuesta era válida con tal de llamar la atención. Un llamar la atención que se erige en condición primordial para la aceptación del arte en la sociedad actual. Nuestro filósofo de cabecera de las sociedades permisivas, Nietzsche, fue quien reconoció al arte como pilar esencial en la vida del hombre. Y para ésta sociedad del ocio no puede haber mejor aditamento. El arte, puro o desvirtuado, se inmiscuye en los hábitos cotidianos de la sociedad aun en la forma más espuria. Siguiendo esta tendencia logran concitar el protagonismo   artistas que consiguen excitar las neuronas aletargadas del gregarismo social, y así se da el entusiasmo hacia aquellos artistas del desenfreno o la sobredosis, aulladores como un Ginsberg que nos vuelve a zambullir en la subterraneidad de Orfeo, y que desde su pose maldita rompen los espejos del gusto estético, pero que nada de mayor enjundia aportan a la sociedad en el orden moral o ético, en caso de que sigamos apostando por una sociedad saludable, cuyo fin sea otro bien distinto al del lamentable diván fruediano.