VENECIANAS XXXIII: PALOMAS DE SAN MARCO

VENECIANAS XXXIII: PALOMAS DE SAN MARCO
Si algo caracteriza a la plaza de San Marco, en Venecia, es su superpoblación de palomas. Son palomas comunes, más bien sufridas. Su plumaje es oscuro, con pinceladas negras en alas, mientras que su plumón grisáceo se realza con una collera verdosa. Un romántico, las hubiera preferido de impoluto blanco, lo cual redundaría una evocación en mayor grado poética de la plaza. Pero no es así. Su ruevuelo se cierne sobre la plaza como un ensombrecido presagio y no como el levitar purísimo y bendito de la paloma evangélica.

Tengo entendido que las palomas de San Marco procrean de manera alarmante, circunstancia frente a la cual las autoridades han decidido poner coto. Resulta imperioso diezmar esa fecundidad aviar, recurriendo a los más expeditivos métodos. Uno de ellos es la prohibición drástica de alimentarlas. Aunque creo que esta ley es constantemente transgredida por el turista ingenuo, que parece hallarse más allá de toda prescricción y se deja llevar por ese impulso filantrópico y ternurista de repartir maiz a troche y moche entre la barahunda de palomas y palomos insaciables, mientras éstos se le suben, con desvergonzada confianza, hasta las mismas barbas.

He observado con atención el comportamiento de las palomas, como se sabe apasionadas de las semillas y los frutos secos. Sentado en la terraza de un bar en cierta plaza céntrica, en el que siempre la cerveza es acompañada de dichos aperitivos, no cabe más que esperar que al poco tiempo no cerque un grupo de palomas furtivas. Merodeando en derredor, tanteando los terrenos, irán lentamente cirniéndose sobre nuestra mesa, codiciosas del suculento platillo de cacahuetes y maíz. Si nos permitimos el buen corazón de lanzarles algunos de los garbanzos tostados que desechamos, pronto su confianza irá mermando distancias hasta que al cabo las veamos picotear furibundas en el platillo. Esta desverguenza torcaz no hace evocar la voracidad de esos pájaros en el memorable film de Hitchcock.

Pero, ¿ que sería de San Marco sin sus palomas? Un espacio de brillante frialdad. Las palomas nos recuerdan el frenesí de la vida, el pálpito poético del latir del mundo, del pulso vitalísimo de esa Venecia a la que se cree dormida en el sueño de su pasado, pero que día a día resurge y se renueva, amaneciendo tras el velo negro de la noche que encubre la magnificencia de una plaza en la que, durante ese letargo nocturno, no hay palomas, o se recogen en ese gran palomar que las cobija, como son los resquicios de las procuratorias,  el campanile,  la torre del reloj o la misma basílica... No nos quepa duda, en Venecia las palomas tienen carta de ciudadanía.

EL HOMBRE QUE IDOLATRABA A CINDY CRAWFORD

EL HOMBRE QUE IDOLATRABA A CINDY CRAWFORD
Era verano. Un verano en ciernes que tardaba en consolidarse. Como cada mañana, aún adormilado, sin haberle abandonado del todo el arrobo placentero de las sábanas y el sueño, Eugenio Zayas salió de casa, como todos los días entre semana, para dirigirse al trabajo. La luna lucia todavía plena en un cielo que comenzaba a clarear y en la ambiente parecían aun cernirse las incertidumbres de la noche. El día anterior había aparcado su automóvil, no sin un esforzado acecho al codiciado aparcamiento, unas calles más arriba, junto a un hediondo contenedor público de basuras. Hasta allí, pues, se dirigió, con el bocadillo del almuerzo en la mano y una pesadumbre en las piernas,  que nos atrevemos a tildar de sicológica, ocasionada por la adversa perspectiva de una jornada de duro y rutinario trabajo por delante.

La rutina en la actividad diaria es circunstancia que deprime al individuo, y es, a su vez, algo inherente a cada hijo de vecino de las clases medias que pueblan nuestras ciudades. Sáquese, pues, la consecuencia. La rutina hace que la vida nos pese como una losa. Y no quiero entrar en apreciacionnes fúnebres. El transcurrir monótono de los días, y nuestra servidumbre como pieza, no del todo imprescindible, de cierto engranaje productivo que no nos aporta sino una precaria economía y las vislumbres de un horizonte incierto, asumiendo nuestros objetivos como inalcanzables, nos produce una sensación de ahogo, como de sentirse en el interior de un pozo del que resulta imposible salir y en el que todos los intentos por conseguirlo se ven abocados al fracaso.

Eugenio Zayas, para erradicar ese acre sinsabor existencial de su boca, se echó en ella un caramelo de menta, de los que se había hecho adicto tras haber abandonado el vicio del tabaco. Como una bocanada de oxígeno para quien se ahoga en un mar de contrariedades, le vino a la mente un recuerdo, una evocación. Rememoró una idílica mañana de hacia unos veranos en que saboreaba, libre de presiones, un capuccino en uno de los cafés de la plaza del Campo, en Siena. Era una mañana espléndida, en que se contemplaba la plaza pulular entre los vanos que despejaban las gradas habilitadas para el célebre Palio, que tendría lugar el día siguiente. Aquel sol estival, aquella plaza de sublime encanto y el regusto de aquel reconfortante capuccino que aun se le antojaba degustar, le originaron una sensación que bien podríamos definir como de vívida felicidad, ese estado de gracia que nos satisface plenamente y que llegaría a ser ideal si durara siempre.

Colmado por la imagen de las coloristas banderas de los distintos barrios de la hermosa ciudad toscana agitándose al viento,  emprendió el camino hacia la factoria donde laboraba como operario. Con la palanca de cambios en segunda, fue adentrándose, bajo la biliosa luz de las farolas, en una ciudad todavía aletargada. El trafico era escaso. Y al detenerse ante un semáforo que daba acceso a una rotonda, de nuevo la realidad se le vino encima como un pesado fardo. Se hallaba náufrago en mitad de la semana, finalizando junio, y con la friolera de una interminable sucesión de jornadas de calor, sudores y estrés por delante, sin mayor color ni asomo de esperanza de que esa situación en una fecha determinada cambiaría.

Fue al salir de una curva, una curva sin visibilidad. De sopetón, allí apareció ella, sobresaliendo de la valla publicitaria estratégicamente ubicada. Era como el espejismo inesperado de un oasis, una invitación flagrante a añorar lo inasequible, una turbulencia que te impulsaba a ambicionar lo inalcanzable. En el fondo, una carnada; pero una carnada apetitosa y apetecible, por la que estaríamos dispuestos a canjear algo valioso con tal de hincarle el diente. Sí, era ella: el sumum. Una Cindy Crawford ceñida por un liviano bañador, que exhibía su esplendorosa belleza de moderna Venus botticceliana surgida de las aguas. Y desde entonces Eugenio Zayas, ese oscuro operario, se entregó cada mañana, en su monótono itinerario, a la más enconada idolatría del eterno femenino hasta que llegaron las vacaciones de agosto, ese lapso en que se nos permite volver a ser nosotros mismos y donde se renueva el lujoso placer de estar vivos.

SACRISTÍA NUOVA DE LAS CAPILLAS MEDICEAS

SACRISTÍA NUOVA DE LAS CAPILLAS MEDICEAS
No se puede negar que el monumento sepulcral de la Sacristía Nuova constituye una de las cúspides en el arte de Miguel Ángel. Se conoce que el encargo surgió del papa León X, pero su conclusión tuvo lugar durante el papado de su sobrino Clemente VII. La capilla, llamémosla así, supone una prolongación del soberbio panteón de la familia Medici y estuvo destinada a albergar los restos de los viejos próceres, desde Lorenzo el Magnífico hasta el otro Lorenzo, el penserioso. La sobria arquitectura renacentista, ideada por el propio escultor, enmarca los monumentos funerarios quizá más hermosos y equilibrados de su época, los que enfrentan, muro contra muro, a Lorenzo el pensieroso y a Juliano de Nemours. En ese extraordinario conjunto Miguel Ángel alcanza un importante logro, cuyo fundamento retórico abrió las puertas a un ya acaso emergente manierismo. En cualquier caso, ambos grupos demuestran una maestría difícil de igualar y en la que se establece un cierto canon de la belleza.

Cuando el visitante traspone las puertas de la Sacristía se siente transportado a un ámbito sublime de perfecta proporción, donde rige, en la fluidez del lenguaje, el concepto de lo divino. Miguel Ángel pretende trasladarnos a la puridad de un orden esencial platónico en el dominio eterno de las ideas. Toda la obra aspira a la dualidad sagrada de Bien-Belleza, desde la que llega a penetrarnos la mirada divina, que pretende ser redentora. Desde los dos estados del espíritu, el de las reflexión y el de la acción, el artista sondea el cernirse inquietante de la voluntad, enmarcada en la permanentes coordenadas del tiempo, la noche y el día, el crepúsculo y el alba. Raro resulta, al enfrentarse a esta obra magnífica, no presentir ese algo más que nos puede proporcionar el arte, cuando menos el barrunto de ese infrecuente estremecimiento de un "algo más" trascendente.

EL BARBERO DE SEVILLA

EL BARBERO DE SEVILLA
Fue el "Barbero de Sevilla" una obra de compromiso dentro de la producción operística rossiniana. Después de ver rechazados muchos proyectos por la censura romana, Rossini vio caer en sus manos, por mediación del empresario del Teatro Argentino, el libreto del Barbero de Sevilla, basado en la comedia de Beaumarchais, a la que ya había puesto musica con anterioridad Paisiello. Esto supuso para Rossini el compromiso de enviar una carta respetuosa, casi de disculpa, en demanda de anuencia por haber osado abordar una obra ya tratada, no sin falta de talento y con renovado éxito en los escenarios, por el anciano maestro, hoy injustamente semiolvidado, de la ópera napolitana.

La composición del "Barbero..." en el tiempo record de dos semanas, da una idea aproximada del carácter coyuntural y casi para salir del paso que tenía la obra, al tiempo que da buena cuenta de la maestría alcanzada por Rossini en la escritura, talento que le permitía facturar una ópera de éxito en escaso tiempo. Pese a lo cual, y como también solía acaecer a menudo, un trabajo tan precipitado resultó un fiasco; la obra fracasó en su primera representación y hubo de ser retocada, pulida, hasta convertirse en la genial obra de repertorio que hoy conocemos, tras de lo cual el triunfo reiterado la ha acompañado hasta nuestros días.

Creo no errar si argumento que el Barbero de Sevilla rossiniano, más que a la obra homónima de Paisiello, nos remite a esa otra parte de la comedia seriada del Fígaro de Beaumarchais en la que se ocupó Mozart: Las Bodas de Fígaro. No se puede uno sustraer al mal hábito de la comparación. Frente a la profundidad, el sarcasmo, el poso amargo, la ácida crítica social, el-pese a los afanes censores de la corte de José II-latente conflicto de clases, y, también, frente a la humanidad y extrema carnalidad inherente a los personajes mozartianos, Rossini nos presenta una comedia eminentemente  bufa, en donde el juguete cómico propio de las comedias de enredo prima sobre cualquier otra consideración o lectura rigurosa, que, por otra parte, es evidente que la tiene, pues no en vano Rossini era declarado partidario de las ideas provenientes de la Francia revolucionaria. La música del Barbero..., en fin, es más efectista, directa y jovial que la de las Bodas...; allí donde Mozart insinua, Rossini afirma; cuanto en uno es sonrisa irónica, en el otro se convierte en franca carcajada; el pesimismo nostálgico del austriaco, se transforma en luminosa sencillez vital en el de Pésaro.

LA DEMOCRACIA ATENIENSE

LA DEMOCRACIA ATENIENSE
La democracia ateniense se ha constituido al correr de los siglos en paradigma de los sistemas democráticos mundiales. A la par que el régimen oligárquico espartano resulta representativo de los totalitarismos. No en vano el nazismo alemán encontró en él tantas facetas a emular. Ambos regímenes sobre el papel tienen sus aciertos y desaciertos; pero de ninguno de ellos se pueden entresacar sus virtudes y defectos hasta que no se los experimenta en el crisol de lo humano.

La democracia ateniense fue un modelo participativo que defendía la libertad del demos y en cuyas asambleas el individuo tenía la facultad de desarrollar su faceta de animal político.  La polis se convertía en el marco donde el ciudadano podía expresar su libertad, siendo garante de que se escuchara en sus foros la voz de los más débiles. Pues entonces, como hoy en día, el peligro que la democracia acarrea es que el poder se concentre en una o dos de sus facciones, prevaleciendo así la sanción de la mayoría sobre el resto de los partidos, lo cual deriva en una forma de hegemonía excluyente. Cabe hacer notar que durante el período que rigió la democracia en Atenas, fueron notorios tales ejemplos. Con Pericles, tenemos el ejemplo de una democracia controlada por un hegemón que arbitre sus desmesuras, al tiempo que con Cleón asistimos a la imposición de una política regida por una facción, del tipo de los rodillos de las mayorias absolutas de nuestra época. No sabemos, de no haber ocurrido la debacle de la guerra del Peloponeso, hasta dónde hubiera alcanzado el desarrollo de la democracia ateniense. El fruto de ese germen de libertad en la historia se desvaneció ante la presión de la oligarquías, que en Atenas impusieron el régimen de los treinta tiranos, bajo cuyas intrigas, aunque ya restablecido un nuevo período democrático, el estado hizo probar la cicuta a Sócrates.

El régimen democrático no contó con la aquiescencia de lo pensadores de la antigüedad, para quienes gozaba de mayores simpatías el régimen autárquico espartano. Para Platón, la democracia se inscribía entre el peor de los gobiernos, pues su evolución solo podía desembocar en la anarquía, poniendo en evidencia todas las lacras del demos. Todo ello era lógico, pues Platón albergaba un concepto sagrado de la vida y del gobierno, concepto que la gran masa de desfavorecidos estaba muy lejos de asumir, pues para ellos la existencia comportaba un carácter bastante menos que satisfactorio. En un mismo tono, y sin ocultar su proclividad espartana, se expresaba Jenofonte,  el cual acabó sus días lejos de Atenas, bajo la hospitalidad de los lacedemonios. Y a ambos habría que sumar la consideración de Aristóteles, en cuya Política tampoco tuvieron gran predicamento las consideraciones democráticas. Todo lo cual nos hace pensar que si la democracia fue un valor depreciado y anacrónico de la edad clásica, se ha constituido quizá el régimen más factible y con mayor preponderancia, a juzgar por sus frutos, en el curso de nuestra edad contemporánea, en la cual ha encontrado un marco geopolítico aceptable y las condiciones favorables, si no idóneas, para su desarrollo.