ASTURIAS

ASTURIAS
Oh, verdes prados de Asturias,
al regazo de tus valles
no hay corazón que no halle,
entre resoles y lluvías,
esplendores que te canten.
Del río las aguas vivas
en los guijarros se parten,
los remolinos de espumas
como flores blancas se abren.
Nada te enaltece, Asturias,
como el vigor de tus cumbres,
donde las nieves sombrías
perdurar tienen costumbre.
En tus arroyos de altura
para abrevar se detienen
indóciles potros, dura
la casta de que provienen,
imposible su montura.
Así los hombres astures,
que cuando el dolor acude
y muestra su catadura,
las recias cadenas sacuden
y exhiben su envergadura.
Tal nos narran los años,
que siendo todo perdido,
los españoles vencidos,
surgió la cruz de Pelayo.

FRÁGIL SEMBLANZA. SONETO

FRÁGIL SEMBLANZA. SONETO
Frágil semblanza tu recuerdo vago
en la faltriquera donde, secretos,
escondo los tesoros más discretos.
Sueño febril de pensamiento aciago,

donde trae tribulación, crudo amago
el solemne protocolo, el decreto
que el sino impone al pálpito concreto,
sin doler prendas ni fatuo halago.

Adoro esa imagen, férvido nido
en el fondo del corazón urdido,
donde procura tan excelso éxtasis.

No más deseo que prolongar su énfasis,
que su dulce manar no sea olvido
en ese fin sin tregua perseguido.

ANHELO

ANHELO
Cuando sigo furtivo tus andares de gacela
por la noche de la sabana interminable,
siento algo en mi interior herido
por el indiferente cristal de tu abandono.

Te veo alejarte y pierdo el alma,
el conforto se me desazona.
¡Qué no daría por recobrar
esos instantes soñados de la quimera!

Porque casi quimera se ha tornado
rodear con mis brazos tu regazo,
porque la zozobra del deseo ha renacido,
renovándose en mí como un dolor callado.

ELLA, POEMA DE GARDENIA PERGER

ELLA, POEMA DE GARDENIA PERGER
Resulta una excepción que en mi blog Impresiones y andanzas se recojan trabajos no originales del autor, pero en este caso, y sin que sirva de precedente, os presento un poema de Gardenia Perger, un creador venezolano. Accedo a ello, a petición de mi buen amigo Ross Parsons, de Sidney, Australia. El poema dice como sigue:
                                ELLA

Ella...
Ella, ella no está,
Ella se fue, se desintegró,
Ella dijo que si por ella preguntaras
Te respondiéramos que nunca te olvidó.
Que por el contrario, vivió con el ayer, vivió con tu recuerdo, vivió hasta perderse en las tinieblas y no aguantó.
Ella...ella se convirtió en cenizas,
Ella, ella, siempre te amó.
Ella.


NIETZSCHE , EL APÓSTATA

NIETZSCHE , EL APÓSTATA
La figura de Nietzsche va íntimamente ligada a las rebeldías de mi junventud. El representaba la propuesta de ese cambio de valores que reclamaba nuestra bisoñez inconformista. Bajo sus aforismos envenenados se tambaleaba el edificio de la conciencia burguesa y se entreabrían los horizontes hacia una nueva era que ya se anunciaba. Era el Crepúsculo de los Ídolos, la defenestración de todo lo que hasta el momento se había creído bueno y respetable. No sólo arremetía contra el racionalismo, columna vertebral del pensamiento hasta entonces, sino que descreía de los cimientos metafísicos del cristianismo. Las hasta entonces intocables figuras de Sócrates y Cristo eran puestas por él en entredicho.
Lo de Sócrates, parecía cantado, pues ya  con Schopenhauer se ponía en duda la preeminencia de la razón sobre la voluntad; pero en cuanto al cristianismo, resulta bastante amargo que aquella crítica demoledora procediera precisamente del hijo de un clérigo. Esta fobia en Nietzsche, más que dirigida a la figura de Cristo, a quien en el fondo parece admirar, se antoja encaminada al papel histórico ejercido por la iglesia, cuya moral gregaria no deja de repudiar a su espíritu aristocrático.
¿Qué nos hiciste, Nietzsche? Nos lanzaste con el rabo entre las piernas al páramo desolado de lo impredecible, a un camino desaforado que nos precipitó en los círculos dantescos del infierno. Por seguir tus propuestas arriesgadas perdimos la brújula en una encrucijada de incertidumbres.Supimos solo de la desolación. Los embriagueces de Dionisos nos echaron a perder y en nuestro desbocado desvarío reclamábamos  si quiera un hálito de paz inefable. Pues tras la estela del superhombre tan solo descubrimos una muchedumbre de miradas yertas, unos brazos extendidos que nunca encontraron la compasión, un erial infecto de cadáveres, el grito desolado del hombre rajado en canal. ¡Qué duro fue el precio de esta apostasía! ¿Voluntad de poder?: Inhumano, demasiado inhumano.



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YA LA TARDE SE SERENA

YA LA TARDE SE SERENA
Ya la tarde se serena,
transciende  un fresco presagio
en el aire; viene amena
de arreboles y pájaros,
de inquietud y sombra llena.
El sol huye en ocaso,
oculta su ïgnea melena
bajo la cruz de sus brazos.

Donde el camino nos lleva,
encaminamos los pasos.
La ciudad está desierta
de transeúntes, son ratos
de ocio en día de fiesta.
¿Nos sacará de quebrantos
y hastíos, circunspecta
el alma de carga y llantos?

TOLEDO SABIO Y SILENTE

TOLEDO SABIO Y SILENTE
En la bonanza del día
que trae paz a la mañana,
mientras el Tajo reclama
en su turbulencia fría

paso franco a su llamada,
que ya en la Sagra porfía
el pronto arco de Alcántara
que de a su curso alegría.,

Toledo extiende su vista,
dócil rebaño pedestre
que trepa a contracorriente

la dura roca  semítica
donde el enigma se vierte
cual arcano sabio y silente.



VENECIA REVISADA

El sendero de los días me ha devuelto a Venecia. La he reconocido en la portada de una revista en la que destacaba  la logia del palacio ducal. En unos grandes titulares se prometía remontarse a los albores de la fundación de la república. No he podido sustraerme  a la vieja tentación y he adquirido un ejemplar. En el sucinto estudio se aborda cuestiones que pueden parecer trilladas para un iniciado en los vericuetos de la república del Leone. En cualquier caso, refrescar nuestra memoria con el sueño de Venecia puede significar una terapia en buen grado recomendable.

Después de haber escrito mis Venecianas, la inspiradora influencia de la ciudad adriática parece haber menguado en cuanto a la necesidad prioritaria de glosarla, de hablar sobre ella, de evocarla de alguna manera para exorcisar su hechizo. Venecia se presentó como un sueño impensado en el transcurso de mis mejores años, como un destino que me esperaba al doblar la esquina de mis vicisitudes. Fue como un amor de madurez. Cristalizó al poco tiempo de tratarla, y como de una amante, quise saberlo todo.
Averigüé, entre muchas cosas, que ya había tenido demasiados pretendientes: celosos aristócratas que la  desposaron, excelsos poetas que la cortejaron, retratistas que buscaron los mas recónditos matices de su rostro abigarrado. Amar a Venecia es aceptarla en sus consecuencias como se acepta lo irremediable en una mujer divorciada. Pese a todo el poso del recuerdo de amor perdura, y cuando nos adentramos en la soledad evocadora, y recobramos esos días felices, nos invade el espectro de sus luces, de sus aromas, de su fetideces incluso; en la asimetría de su dédalo saboreamos sus goces, palpamos sus anhelos, la frustración de lo que pudo ser y no fue, su tentativa de sueño imposible.

Reconocemos a Venecia en esa góndola amarrada a una estaca, bailoteando al vaivén del agua; en la fachada impecable del palazzo Ducale rodeado por esa área mágica del bacino; en una sombría estampa de sus tortuosos canales, cuya corriente se abre paso entre fachadas laceradas por el tiempo. Porque en Venecia, insólito organismo venoso, todo fluye, como esa corriente escurridiza de Heráclito, que nos convence de que nada permanece y se insinúa como como la amarga paradoja de la vieja ciudad, que intenta retener el sueño imposible de lo imperecedero. Ante las viejas ruinas de Roma, Delfos, Palmira,  ¿no reconocemos que incluso lo mejor tiene que pasar?

De Madrid

De Madrid
Madrid para muchos es sinónimo de aglomeraciones, trasiegos, babel con prisa, muchedumbres clamorosas, errática desproporción, funcionarios trajeados, juglaría, conversaciones de taxistas, salutaciones de portero de gran hotel, atavíos harapientos, puterío, promisión de los caninos de provincia, espectáculo de "cojuelo", cazerolada, acceso de la melancolía, hormigueo de metro, conciencia, en fin, de la vacua elementalidad existencial.
A mi Madrid, sin embargo, me recibe con una sonrisa, esperanzadora, lúdica. Desembarco en Atocha, cargado de maletas y promesas, dulce de nostalgias; me esperan el Prado, Neptuno, Cibeles, Granvía y la cuesta Moyano. Me harto de libros, me empapo de cuadros, recalo en el Thyssen o el café Gijón, ojeo las gentes en la Plaza Mayor, contemplo como el día agoniza al atardecer desde el Starbuck Coffee mientras las cuadriga del carro de Neptuno chorrea sus parábolas de agua iluminada y pienso que Madrid también puede abrirnos la ventana de la poesía, y  que no solo es sinónimo de lo caótico, de lo inconexo y lo aciago, que en sus calles puede darse el romanticismo de una escena distinta del baldío afanarse, existir, morir, a la velocidad de las blancas ambulancias y de los largos y luctuosos vehículos de los tanatorios.

DONDE DESPEJA LA BRUMA

DONDE DESPEJA LA BRUMA
Donde despeja la bruma
las aristas del anhelo
y la mirada acostumbra
a pergeñar solo un  sueño,

surge el día tras las sombras
con las ansias de un empeño,
que fija en nuestra memoria
el auge alado de un vuelo.

Viejos surcos encontrados,
fugacidad de un recuerdo
que traza en la luz del verbo

la solidez de ese instante
que nos aguarda como antes
labró la vida el sendero.

DEL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA, DE NIETZSCHE

DEL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA,  DE NIETZSCHE
He releído al cabo de mucho tiempo, esta vez sí enteramente, "El nacimiento de las tragedia", de Friedrich Nietzsche. Fue su primer libro, y con él se lanzó decididamente al ruedo del debate intelectual.
Es un libro formalmente bien acabado, ameno y con una matizada levedad poética, que le confiere cierta calidez a la prosicidad del tema. Ciertamente, el ensayo exige alguna familiaridad con los asuntos griegos para degustarlo con placer, conocimientos que nos harán asimilar con mayor fluidez la aridez histórico-filológica de la obra.

Este primer libro ya apunta aun en forma esbozada lo que será el pensamiento nietzscheano posterior; hace hincapié, en los distintos apartados, en la metafísica del Uno Primordial, en su descubrimiento de Dionisos, en la defenestración socrática y apunta, además, cuáles serán los axiomas del pensamiento trágico. Verdaderamente, el libro en su siglo debió levantar bastante estupor, sobre todo por su ataque a la filosofía racionalista imperante hasta entonces. Nos parece que en su defensa de un fundamento irracional para la vida y en su valoración trágica, Nietzsche no deja de ser un romántico. No es extraño que  Wilamowitz temiera por la estabilidad de pensamiento tradicional y le cayera a sus pies algo más que el monóculo. Sin embargo, la interpretación del primero sobre la tragedia es la que ha sobrevivido hasta nuestros días y ha repercutido en nuestra valoración de los tres grandes trágicos.
Nietzsche reconoció en la música la voz de la "Voluntad", en la que se desarrolla la vivencia dionisíaca como modeladora del arte trágico. Experiencia que ya reconoció en las tres grandes figuras de la música alemana: Bach, Beethoven y, como no, Wagner, en cuyo Tristan  e Isolda experimentó algo así como un contemporización con el viejo arte de Esquilo. Pero nos tememos que esta apreciación suya no vio continuidad y como, con el momento del trágico griego, así ocurrió también con la temporalidad del drama musical wagneriano. Por fortuna retomamos ese sueño, perdón esa embriaguez, cuando nos acercamos a la Orestiada de Esquilo o cualquier otra de sus tragedias o recuperamos a Wagner en el CD o en alguna insólita reposición en los teatros.
Los postulados de Nietzsche, como los de sus coetáneos que propugnaron el advenimiento de un nuevo orden, alcanzaron su fermentación durante el siglo XX, con esa plasmación en la praxis de las ideologías y cuyo resultado fue la debacle de las dos grandes guerras, con las secuelas de los vastos páramos yermos del nihilismo y la degradación más ominosa del ser humano, que, en definitiva, nos han convencido de que toda vida es imposible sin Dios.