200 aniversario de la independencia de Mexico

200 aniversario de la independencia de Mexico

 El presidente de Mexico, López Obrador, demanda de España que pida perdón por los desmanes que se pudieron cometer durante la conquista de América. España, simplemente, podría contestarle lo que Jesucristo refiere, a quienes pretendían juzgarla,  respecto de la mujer adúltera: "El que esté libre de pecado, arroje la primera piedra".

Por su parte, el papa Francisco, que debe sentirse urgido de penitencias, ya se ha adelantado a solicitar perdón por parte de la iglesia católica. No hay justo ni aun uno.

Quevedo redivivo


 A ese Quevedo que miró los muros de su patria, si otrora altivos hoy desmoronados, qué poco lugar se le reservaría en la España de hoy. Se dolió de la patria de la decadencia; ¿hubiera sobrevivido a la patria del menosprecio? Qué hubiera despotricado de una patria transgenerada en matria.  El rubor habría sofocado sus mejillas, a él, que apostó por Santiago Apóstol frente a nuestra santa más propia, Teresa de Jesús. Su orgullo masculino repudiaba reclinarse  frente al patrocinio de una  mujer. Entonces la hombría era una virtud, bien lo aprendió de los clásicos, de esos griegos de los que asimiló la areté. Quería para España el vigoroso empeño de Adán y no la componenda doméstica de Eva. En el Madrid de hoy, no se lo encontraría batiéndose a mandobles de Colada en las plazas bajo el covid. Aunque no faltan Pachecos de Narváez a los que aplacar las ínfulas, ni Pablos con los que compartir las jarras de Baco en la madrugada de un figón, ni ramera jugosa en la que mancillarse en el catre del pecado.

 No era don Francisco paradigma de buen ciudadano, pero entonces los dislates no eran incompatibles con el pedigrí. Hoy, no callaría por más que con el dedo el poder demandase silencio e intimidara con amenazas. Quevedo llamaría al pan, pan, chaquetero al tránsfuga, bribón al arribista, caradura al válido, y bergantes a los demás especímenes que abundan en el palco corrido; no habría escatimado dardos con el bufón petimetre ni con el adulador cortesano, ni hubiera remilgado vejámenes a ningún Borbón desdibujado. Meterse para él en pleitos sería pan comido. Ya que...

                                                                La pluma quevedesca era de ley,

                                                                tan ecuánime con un mendigo como con un rey,

                                                                porque para mirarse en el espejo de la honra

                                                                tanto monta el uno como aquél.

Hace varios años que no publico una novela


 Hace varios años que no publico una novela. La razón última de ello quizá haya que encontrarla en la apatía. Mis escasos libros los publiqué en una época de apasionado convencimiento en mi obra, con ella creía estar dando un paso adelante en mi vida. Algunas escaramuzas promocionales corroboraron mi bautismo en las letras. Recibí algunas críticas favorables de conocidos. Después sólo silencio. Al dejar de publicar cesaron los ajetreos y expectativas sobre mi obra. Se ha dado el caso de escritores como García Márquez,o Vargas Llosa que de bien jóvenes su obra fue reconocida, suponiéndoles el pase al éxito en el mercado editorial y a los manuales literarios. Éste no es mi caso; sin embargo, si me resta alguna ambición literaria, he de avanzar lentamente pero con tesón, como las hormiguitas preparando su despensa para el invierno, como las abejas elaborando la miel en sus colmenas. No he de acomplejarme. No importa que seas bueno o malo; la cuestión es ser tu mismo. Crear una obra en la que puedas justificarte. Lo agradeceré yo mismo, mis lectores, Dios. 

Echando un vistazo en una librería, me he fijado en la obra   de Javier Marías. Empezó escribiendo novelas no muy extensas y fue fiel asimismo, perseveró. Hoy ha alcanzado un hueco en el escaparate literario. Sus últimas novelas parecen decimonónicas en cuanto a longitud. No nos olvidemos de la constante dedicación de la abeja. No en vano Napoleón la escogió como símbolo. Escritor, si tienes vocación, persevera. Tal vez para tus contemporáneos pases desapercibido, pero si tu esfuerzo es aplicado y auténtico, con la ayuda de Dios vencerás todas las barreras. Y serás leído, sí, serás leído.

El desván

El desván

 El propio yo urde la tela,

parece inútil liberarse 

del laberinto de uno mismo.

Posar los ojos en el silencio,

penetrar el desván 

de los fantasmas interiores.

Ver la luz. Dicen que en el fondo

de ese pozo brilla la aurora,

mística, impoluta.

Desde el fondo de mi ciénaga

hui para reencontrarme;

he pasado lustros buscando el centro,

el punto desde donde poder orientarme.

Desempolvé los viejos cachivaches,

pero en el desván se habían llenado de carcoma,

y eran ya instrumentos inútiles.

Es necesario renovarse,

dejar que el septentrión

barra la casa y su escombro desechado. 

Sólo entonces la luz naciente 

iluminará las estancias


Dos rincones de Toledo (completado)

 


DOS RINCONES DE TOLEDO

En Toledo, a espaldas de la iglesia de los jesuitas -cuyo campanario constituye una de las cotas de la ciudad desde donde se divisa emulando al “Cojuelo”, en aglomerada retícula, el plano monocromo de sus tejados, en el cual descuellan la mole del Alcázar y, al frente, la vasta fábrica gótica de la catedral-, se esconde una plazuela de agradecido remanso para el caminante. Es uno de esos lugares seculares de la ciudad, aunque la remodelación del entorno antoja ser una obra reciente del consistorio. En su centro, asentado sobre el sólido pedestal, un bronce de su mayor poeta, Garcilaso, vislumbra indelebles lejanías desde aquella quietud recoleta, rasgado sólo el sutil silencio por el trino o el arrullo de algunas aves cuyos vuelos rasgan el añil del cielo. El austero jardín que cobija, de sencilla hermosura castellano-manchega, se rodea de un plantío de laureles y, aquí y allá, melancólicos cipreses elevan su mística perpendicularidad y derraman sus venerables sombras. Meditativos, distraídos únicamente por el revoloteo de los pájaros y la recortada silueta garcilasiana, a la que miramos de soslayo, podemos recuperar algo que nos resulta esencial, pero drásticamente olvidado en las metrópolis modernas: esa paz bienhechora tan fecunda para el hombre contemplativo y tan inédita para ese espécimen del asfalto que se olvidó de Dios. El lugar, sin la menor duda, es idóneo para la tarea espiritual. A nuestro frente, describe su cúpula la iglesia de San Román, cuya planta original remonta a los visigodos y donde el visitante puede encontrar en su nave vestigios del mayor interés. Queda a nuestra espalda, una lacia fachada donde, el descarriado del hormigueo ciudadano de una calle más abajo, no puede evitar la sorpresa al descifrar la placa que conmemora el paso de Teresa de Ávila por aquellos andurriales carpetanos.

Es idóneo el remanso para el que busca soledades en la soledad y se encuentra sediento del abismo insondable del silencio, ávido de calma contrita, absorto en el rumor del tiempo. Tiempo que mana como un río; río que fluye macilento desde lo remoto del recuerdo. Porque el caminante encuentra en verdad esa voz lejana de la paz, el solaz en lo memorable del recuerdo, en la recoleta plazuela de San Román. Allí, de cierto, se da la soledad enredada de recuerdo, y donde el "es" se confunde con el " fue". ¿Será porque en la casona de enfrente moró la "santa", derramando en la letra el libro de su vida, o porque del templo de san Román trazaron su planta, de la cual nos hablan toscos vestigios, los visigodos? De ese porqué no tengo la certidumbre; todo es tan misterioso en Toledo, críptico como su plano, viejísimo de origen, incierto de corazón, acendrado de pensamiento: todo es mestizaje. Junto al aleteo de las aves parece llegar el eco liviano de un zéjel o una casida de Ibn Zaldun.


Repentina, de fondo, suena una campana. Su tañido mitiga el zureo de las torcaces. Redunda su sonido, profundo su mensaje de bronce. ¿Será acaso la voz serena de lo eterno? Toledo descansa su densa historia sobre sus hombros avejentados. El cielo es transparente. Parece renacido, como cualquier simiente, del dolor de un parto. La tímida campana, entre silencios y tañidos, se ha vuelto ya corazón arrebatado y golpea la calma del mediodía. ¿Cuál es la magia de Toledo? ¿Acaso que el hombre se siente más humano y las piedras se hacen moradas y los cielos refutan el tiempo? ¿Cómo hasta esta paz desciende la voz secreta de tu silencio? Silencio que trasciende a través de los muros seculares, por el alargado verdor de los cipreses, en la tersura entreabierta del cielo. Y en el centro, sobre el noble zócalo conmemorativo, se yergue Garcilaso soñando lejanías, exaltado por el pulso de una vida penetrada de siglos.


Las aves sobrevuelan el silencio. El aire mece árboles y arbustos, y un sol pleno dora sus copas. Todo está en todo. Uno son el todo y las partes. Siento que la esencia es toda una, siento que el vivir es más que sueño: realidad contrita, estremecimiento... ¿O es sólo el eco silencioso de Toledo? Sólo sé que, al abandonar la plaza, recé un padrenuestro.


Cuando reemprendemos la marcha, lo hacemos en la confianza de que el denuedo de la santa ayude a rebrotar las fuentes cegadas por nuestro escepticismo y discierna en nuestro interior las claridades de las más secretas moradas.


No muy distante se solapa otro de los rincones memorables de Toledo. No me preguntéis cómo descifrar el intrincado dédalo que hasta allí conduce, porque no sabría resolvéroslo. Sólo sé que hace siglo y medio llegó hasta su empedrada plazoleta un viajero. Tenía los ojos cansados de soñar realidades más puras, el corazón lacerado por las heridas mordientes del amor cruel, la frente marchita por la pesadumbre de ser hombre; pero su espíritu, guiado por las ondas vibrantes de la poesía, divisaba ya los cielos límpidos e imperecederos del Parnaso. Se dice que se recogió entre el columnado del pórtico de la iglesia, cuya puerta siempre cerrada rubrica el rigor de la clausura, y desde allí divisó, aferrada a la forja de una ventana del convento situado a la diestra, el misterio femenino de una mano. En su pecho, entonces, se renovó el amor, la desmesura de ese amor febril y sin concesiones de los románticos, fruto siempre de desenfrenada fantasía. Tal visión caló tan hondo en su alma, que frecuentó el lugar día a día y anheloso vigilaba aquella ventana, aguardando sorprender en ella la misma mano de blancura mística. Cuando volvía a su posada, transportado le dedicó un relato y algunos versos. Soñó que su nueva amada, favorecida por la incertidumbre del misterio, era la más bella y que ese amor sería eterno; pero el celo de la moira, envidiosa del destino de los mortales, rauda cortó los livianos hilos y se lo llevó consigo allende el Aqueronte. dejando la lira enmudecida . El hombre y el poeta era Bécquer; el lugar, Santo Domingo el Real en Toledo. El viajero, afortunado Teseo que ha sabido salir del laberinto y se encuentra frente al pórtico del convento dominico, no se resiste a elevar la mirada hacia las estrechas ventanas del cenobio creyendo reconocer entre las sombras esa mano que aún reclama el amor perdido.



Zorba y Theodorakis

Zorba y Theodorakis

 Anoche, sin que me absorbiera ninguna tarea en particular, salí hasta el comedor y cogí de la estantería el 2º tomo de la obras completas de Nikos Kazantzakis. Me senté en una silla y allí mismo leí el primer capítulo de las aventuras de Alexis Zorba. Seguramente, a esa misma hora, en Atenas, Mikis Theodorakis agonizaba.

Zorba es una novela que siempre he deseado leer desde que estuve en Grecia, pues me suscitó no pocas interrogantes la versión cinematográfica. Me pareció que en el personaje se dejaba entrever bastante de la personalidad proteica de Anthony Queen. La novela describe el camino de iniciación de un neófito cuyo gurú es Zorba. Su enseñanza, más que a la introducción hacia un camino ético, responde a una invitación a la experiencia dionisíaca. La devoción de Zorba a su santuri y al ejercicio de la danza lo conducen en esa dirección; a un arte donde domina el pathos, la pasión. Ya que en cuanto a sus postulados éticos nos encontramos con un hombre inescrupuloso, para quien vivir es liarse la manta a la cabeza, sin prestar mucha atención a las consecuencias. En Zorba parece persistir el paganismo griego, en tanto no le remuerde trasgredir las líneas morales de un cristianismo tradicional. No obstante, Zorba es una personalidad fuerte, virtuosa en el viejo sentido, que no se arredra ante las dificultades y afronta con valor la defensa de sus convicciones. No duda en hacer frente a una sociedad hipócrita y cruel, en la que rige una ley ancestral y draconiana de supervivencia, fundamentada en un pacto de sangre, donde la venganza es ley. Frente a ella se erige como paladín de la libertad. Pero, como digo, en la película encuentro demasiados cabos sueltos, y tal vez tales conclusiones respondan a una interpretación banal de la vieja sociedad griega, de la que hoy día deben haberse perdido muchas de sus claves. Contemos con que tales interrogantes nos las aclare el libro. Mientras tanto, quedémonos con la fuerza dionisíaca que imprimió Thedorakis a su composición, que cuando se la escucha  nos predispone al frenesí de la danza y al goce incondicional de la vida. Con ella, parece renovarse el optimismo. Descanse en paz, Mikis Theodorakis.