Con las horas contadas

la lámpara se ha fundido en mitad del insomnio,
mientras la lija del silencio
acera la capas vacilantes del tiempo
y el goteo del retrete rubrica nuestra derrota.
Por la ventana entreabierta penetra
la cálida negrura de agosto,
bochornosa y aplastante.
Se oyen amortiguadas voces lejanas
desvaneciéndose con cotidiana laxitud;
el motor de un coche atravesando la madrugada
candente de desolación.
Como el sueño no llega,
me aprietan ciertas ganas de orinar.
Ya en el vater, derramo un chorro discontinuo
 resultante de mi insuficiencia prostática.
¡Son tantas cosas! El agobio del verano,
los trabajos, el cómputo de los días
que se suceden con la premonición de las horas contadas,
la futilidad del sexo, los pesares, la soledad del silencio
y el secreto de la muerte que se esconde
tras la cortina espesa y macabra de la noche.
¿Hay una respuesta a todo esto? ¿Será el amor?
Se le tiene por la esencia misma de Dios.

LAS FUENTES DEL NILO, 1

Coincidiendo con el fin de semana he adquirido una cosecha más que aceptable de libros. Mientras avanzo en la lectura de un título sobre el antiguo Egipto, un abanico diverso de sugerencias vienen a tentar mi espíritu. Ubicarse en la región que baña el Nilo es siempre estimulante; nuestro horizonte escruta hasta las lejanías de la tierra de Punt y coteja las maravillas que una de las culturas más fecundas de la antigüedad nos ofrece. Su riqueza teológica y mítica nos abruma. Nunca acabamos de fijar la riqueza de su legado. Se dice de su concepción cosmológica dual, la cual asimismo conformó su ordenamiento político. Se conoce a Egipto como el país de las dos tierras: el alto y el bajo Egipto, regido no obstante por la figura monolítica del faraón como unificador, sobre cuya cabeza ciñe las dos coronas y cruza sobre su pecho el báculo y el flagelo de la autoridad, auspiciado por las dos deidades tutelares, el buitre y la cobra. El faraón era puente de la nación con los dioses; por medio de él se derramaban las bendiciones para el pueblo. Vivía en contacto directo con la divinidad, a través de los ritos y de su culto, diverso en todos los sentidos, debido a complejidad de su panteón. No otra cosa sino un puente entre el faraón y los dioses, entre la humanidad y lo eterno, entre la intimidad del alma y la inmensidad del cosmos simbolizaban las pirámides. Era ésta una cultura donde la muerte era lo primordial; la vida venía a significar la preparación para ese trance. En tal acontecimiento se cifraba el objetivo de la nación: construir ese mausoleo para que su lider venerado alcanzase el estadio supremo que lo emparenta con la divinidad. De semejante logro, devendría la prosperidad para el pueblo, y no solo eso, sino la decisiva armonía del universo. La figura del faraón era básica en la relación de Egipto con sus dioses; de él dependían no solo los asuntos político religiosos, sino aun de los naturales y cósmicos. La crecidas del Nilo precisaban de su anuencia con los dioses, de sus preces y ofrendas para aplacar su cólera. Tanto una crecida incontrolada como una precaria pondría en peligro la cosecha de ese granero vital que bordeaba el gran río.
El Nilo y sus fuentes misteriosas, que permanecieron ignotas durante la antigüedad, era la columna vertebral vitalicia de un país amenazado por el desierto circundante. Circunstancia que persistiendo en esa conciencia dual que define al país, demarcaba la tierra en negra y roja. La una fértil y próspera; la otra, yerma y baldía. Del limo fecundo de la primera brotaba el mejor cereal, cuyas cosechas siglo tras siglo mantuvieron el más viejo imperio establecido sobre la tierra. De su dorado grano se nutrió la despensa romana, cuyo apetito insaciable saqueó cuanto había de provecho en la cuenca mediterránea.
En las manos del faraón reposaban el cetro real, el báculo del sacerdocio y el fiel de la justicia. Era el encargado de tutelar que el Maat prevaleciera en el mundo, manteniendo el equilibrio de ese orden dictado desde las estrellas. Maat es ese concepto clave para entender el fundamento que cohesionó una sociedad tan compleja a través de las centurias si no de los milenios. Por Maat se entendía la justicia, el orden, la verdad. La Areté griega es un concepto próximo pero no la abarca. Maat es esa realidad inherente a la lectura del cosmos, que el entendimiento humano ha de discernir. Fue esa luz elocuente que iluminó toda una civilización, que aterrada por cuanto de indescifrable nos rodea, atendió a mitos y subterfugios para escapar de la huella evanescente de lo efímero. Sus sólidas construcciones y su críptico misterio sustentan su tentativa de atrapar lo imperecedero.

El Eros de Visconti

Luchino Visconti despertó mis simpatías durante mi juventud, acaso por su gusto por una cultura decadente y transgresora a la vez. Conocido era su gusto por épater le bourgeois, objetivo plenamente conseguido en el film La cadutta degli dei con el numerito de Helmut Berger imitando a la Marlene Dietrich del Angel Azul. La cinta estaba basada en la obra de Mann los Budembrook, pero obviamente el escritor germano nunca hubiera osado incluir en su obra tan escandaloso inserto. Visconti sentía cierta afinidad por Mann, que le proporcionó argumento para otro de sus films más emblemáticos: La muerte en Venecia. Obviamente algo más que sus complicadas sexualidades encaminó al cineasta hasta la obra del novelista. Me pregunto qué hubiera hecho Visconti con un material tan privilegiado como el de La Montaña Mágica. Pero parece evidente que la odisea de Hans Castorp no era su tema. Visconti era el hombre del melodrama, de la intensidad de la ópera. Tal fascinación lo condujo hasta Maria Callas. En esta colaboración quizá se pudo encontrar al Visconti más generoso, cuando acaso en los brazos de la Diva pudo alcanzar alguna suerte de redención wagneriana. Mi bisoña juventud, desorientada y sensible, ingenua e inerme para dejarse embaucar por cualquier altisonancia, se acercó a los cantos de sirena provenientes de la exquisitez decadente de sus films, donde el pecado maquillado de pataleta aristocrática y aforismo nietzscheano halagaba nuestros oídos con su diatriba alternativa y nebulosa. Su daimon lo llevó hasta un paroxismo de esteta desengañado. Buscó lo elemental (fue precursor del neorealismo y comunista convencido), cuando ello le estaba vedado por cuna, y tuvo que replegarse en sus feudos. En Luwig II debió de dar su todo de sí. No supo encontrarse, y se disipó. Su cine sirvió de fetichismo para amanerados. Duro es el testimonio de Helmut Berger y Bjor Andresen, aunque cada palo debe sostener su vela. Con Callas tal vez hubiese reconocido lo inefable, esa perla escasa que rebuscó en la música de Malher y Bruckner. Desprendiendo la venda de Apolo, se anegó en el magma de Dionisos, en pos de la forma evanescente de Tadzio. Excusad el tono moralizante, pero ante todo...la inocencia.

ÉPICAS TRASNOCHADAS

Tropiezo con un libro algo insólito, un poema épico, en viejo romance, escrito en el siglo XX. Su autor nació en 1930, en una localidad leonesa, por lo que no le es del todo ajena la tradición épica castellana. El tema del largo poema es el de Los comuneros, asunto que conmueve la fibra sensible de cualquier habitante de Castilla. El libro lo avala unas palabras preliminares de Vicente Alexandre, donde se pondera la obra y el talante del poeta. Es oportuno este comentario del Nobel español, pues sin su acercamiento tal epopeya se nos antojaría una aventura extravagante y desfasada.  Nada más reñido con nuestra poesía de hoy que semejante retroceso estilístico y argumental. Dejemos tan rancios asuntos a los minuciosos filólogos románicos, con sus flores nuevas de viejos romances.
Así como el espacio de las momias son los museos, el de la épica es la mohosa biblioteca del erudito. En verdad, ¿a día de hoy no se pueden traspasar tan convencionales límites?
El gran poeta que fue Neruda añoraba aquella poesía que desde el lacónico poema del Cid llevó a deslumbrar con obras tan fundamentales como la Araucana de Ercilla o Las Luisiadas de Camoens.
¿Por qué el poeta de  hoy no puede regresar a la fecundidad de tales gestas? ¿Acaso porque en nuestras sociedades ya no campea el héroe sino el antihéroe?  Estamos prevenidos de todo cuanto destaca, y nos parece de mal gusto cualquier conato de presunción. Ser comedido es una loable virtud burguesa, y sentimos rechazo por todo aquello que pretende la desmesura. Algo de esto debió sentir el poeta Luis López Alvarez en su fuero interno cuando fraguó su poema, por que  en una época donde prima lo pedante, lo intimista, lo subjetivo, abordó su abundoso cartapacio secular, donde lo colectivo, lo coral, se imponen como una aberración del gusto imperante.
El escritor de hoy se cree con la obligación de la genialidad, con el imperativo de innovar. Si un escritor no alcanza con su obra tan genuinas aportaciones como las de un Joyce o un Proust, debe darse por fracasado. Parece ser que está vedado escribir por una mera satisfacción, sentimiento por el que estoy seguro se dejó guiar el poeta de Los comuneros. Le apeteció el logro de un gran poema épico a la antigua usanza y no se paró en barras. Análogo impulso me llevó a mí a escribir mi anacrónico poema Mantinea. Muerte de Epaminondas. En un mundo donde la épica se encuentra en los espacios interestelares del futuro, también puede quedar un resquicio para lectores de poemas añosos como los de López Álvarez y el mio.