Entre Toledo y Venecia


Me ocurre, como al protagonista de Midnight in Paris, que tengo el complejo de la Edad de Oro, esa falacia de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me he extasiado no ante esas grandes ciudades símbolos del progreso como Nueva York o Londres, sino en esas otras recoletas que aun mantienen la esencia de lo que fueron. Ante la posibilidad de escoger una donde vivir en la próxima hora de mi retiro, me inclinaría por Venecia o Toledo. Sin dudar, la primera es mi predilecta, ante todo por su proximidad al mar, y su romanticismo de ciudad cuasi fantasma.  Esta elección no es original en absoluto, pues deben contarse a centenares quienes han optado por estos dos lugares para adornar con algo de prestigio esos momentos de solaz para su alma. La opción Véneta, en mi caso es harto compleja, pues presenta numerosas contrariedades: cambiar  de país, de cotidianidad, de costumbre. Para afincarse en una ciudad ese necesario antes haber echado raíces. Y con ésta solo me unen mis afinidades diletantes, y mis complicidades espirituales. La dimensiones limitadas de Venecia me hacen augurar un futuro donde un buen día esos fascinadores encantos que hoy me subyugan, se vean colmados, y, al fin, derivarán en ese paseo tedioso en el cual nada de lo que vemos despertará el fuego de la pasión. Me respondo que, llegado el caso, me aguardaría el resto de Italia para disipar esa indiferencia.
El caso de Toledo es distinto. En ella he llagado a ese punto donde ya paseo sus calles con desapasionada indiferencia. Son tantas la veces que la he visitado, que he perdido el cómputo. Comprar o alquilar una casa en Toledo, ¿tendría sus compensaciones? Con las ciudades ocurre como con la mujeres, cuando se ha superado, que diría Stendhal, esa fase de cristalización, lo encantos que exhalan estimulan ya apenas la pituitaria de nuestro corazón. Pero Toledo tiene rincones donde aún es posible alcanzar el cielo.

Cuando salí de Cuba

Oigo revelaciones sorprendentes sobre la revolución cubana, sobre aquellos que pisaron el pedestal de lo héroes y a los que la pugna codiciosa por el poder convirtió en hienas voraces. De los comandantes que bajaron de la sierra Maestra, al fin solo quedaron los dos Castros. Se cotejan testimonios que echan por tierra el espejismo de cualquier utopía. ¿Existe bajo este sol un poder que no comparta las manos ensangrentadas de Macbeth? Olvidamos que el paraíso fue lo que perdimos y el progreso no vacila en desengañarnos de que cualquier tiempo futuro será mejor. Los nobles ideales que creemos animan el corazón de los héroes se revelan maquillados por la más insultante hipocresía. Aquel que conoce el corazón de los hombres juzgará a los pueblos.
Como la búsqueda de la verdad podría volverse eterna, rehúso indagar más sobre las muertes de Che Guevara y Camilo Cienfuegos. Contamos con la versión mitificada del asunto, con aquellos que nos han querido contar y con lo que se nos mantiene lelos; pero qué saldría si escarbáramos en los estratos más recónditos  de la verdad. ¿Será la mentira el precio de la sangre?

Sobre Gladiator

Anoche revisé Gladiator, de Ridley Scott, con una perspectiva distinta. Recuerdo que la primera vez que vi el film me impactó por la crudeza de sus imágenes, en la guerra y en el circo.  Semejante
eclosión de violencia obliga, a cualquier ciudadano de  la sociedad del bienestar, a rechazar las escenas más llamativas y sangrientas de la película. Esta nos cuenta de la historia de un general romano que cae en desgracia ante las instancias de un poder corrupto, que ocupó sendas páginas de la historia de Roma. El personaje de Máximo Décimo Meridio, sin embargo, se hace acreedor de los valores más positivos que predominaron en la sociedad antigua. En la premisa de ¡fuerza y honor! se halla englobada la virtud que fundamentaba la antigua Areté. Máximo compendiaba esa suma de valores que perfilaban la moral del mundo antiguo. Poseía la Andreía espartana, siendo hombre morigerado y austero en sus costumbres,  conformadas por una religiosidad auténtica. Reza a sus Manes y Penates con la piedad más sincera y su valor no titubea en el combate. Excelencia que es admitida por todos sus subordinados, que le abren paso con marcial reconocimiento. Desconocemos si quedaban hombres de esa catadura en esa Roma que periclitaba, y de la que Marco Aurelio extrajo las mejores enseñanzas. En la película hay también un pequeño guiño a un cristianismo que comenzaba su andadura, y cuyo contenido moral no se distanciaba mucho de el del general romano. Una bondad basada en el sacrificio por amor, enseñanza que dio Cristo a sus discípulos cuando les recuerda que no hay mayor galardón que el de dar la vida por el prójimo. Esta sociedad, que se ha vuelto comodona, ha olvidado las grandes premisas que hicieron evolucionar al mundo.
Sobre la película  se han escuchado grandes críticas, tal vez certeras en cuanto a la plasmación exacta de cómo era la guerra durante la dominación romana. La muy discutible falta de estrategia en el planteamiento de la batalla inicial, en vías de una espectacularidad que realzara las escenas, es más que notoria. El mundo de los gladiadores no difiere mucho del que nos presentó Kubríck en Spartaco, y que seguramente mantenga abundantes coincidencias con el real. En cuanto a la pretensión del emperador Marco Aurelio de restablecer la república, me parece que ello entra de lleno en el terreno de la conjetura, acercándose peligrosamente a lo que bien podríamos llamar Historia ficción.
Sobre Ridley Scott he escuchado críticas donde se le cataloga como reaccionario. Seguramente, los lúcidos especialistas incluirán sin tapujos a Gladiator en esta categoría. Las he oído sobre La teniente O´neill y seguramente se prodigaron sobre El reino de los cielos. Quizá nos ha quedado solo el lado perverso de los primeros filmes de Scott, como Alien y Blade Runner. Figuras como la del general Máximo Décimo Meridio debían servir para recuperar unos valores morales que se han ido perdiendo en la gran confusión de nuestro mundo, objetivo que se encargó de fomentar toda la tradición nihilista de Occidente.

Sensaciones flamencas

Regreso una vez más a Toledo. Ha significado la alternativa a un viaje frustrado a Andalucía. Su guiño mudéjar suscita el andaluz arabesco. En Toledo como en Sevilla resuena el son vigoroso de España. Tal sensación nos es gratuita, pues artistas de lo más meridional como Paco de Lucia hicieron entre sus murallas morada. En Madrid, adquiero un viejo casette con memorables piezas de su guitarra. Paco y Camarón dieron un vuelo distinto a la tradición del cante. Soy alicantino y payo, aunque con la mitad de mi ser andaluza, pero el flamenco me sigue resultando como algo extraño, algo que no puedo reconocer como mío. Porque, para ser sinceros, un 80% de su arte pertenece a la raza calé. Para mí una raza con la que me cuesta identificarme. Entro en un anticuario de Toledo, y me toma por un guiri. No es la primera vez que se me confunde con un súbdito de Albión. En Atenas se me tomó por griego. En Venecia no he conseguido nunca pasar por  un véneto ni por un Toscano en Florencia. Fui un alicantino en Sevilla, seducido por su embrujo y
su gracia desbordante. ¿Dónde suena mejor una guitarra que en Sevilla? El cante se asoma a las calles, el trémolo de la guitarra parece acompañar cualquier paseo. Estuve en un tablao, a su vez museo de guitarras, en el que se había fotografiado Paco de Lucia con una guitarra entre las manos. Aquel debió de ser el mayor acontecimiento habido en el local. El espectáculo siguiente me mantuvo reservado; mi timidez parece reacia al desmelenamiento flamenco. Pero algo debió de ocurrir; de alguna manera se traspasaron las tácitas barreras. La música de Paco se repite en mis aparatos de música. La guitarra sí, esa guitarra quejumbrosa y altanera por la que transpira la luz de Andalucía está asumida por mi sensibilidad. Pero, ¿ y lo jondo del cante, los gallos de Camarón, los requiebros y el tirititran tran tran? Habrá que dar tiempo al tiempo. El alma se ensancha cuando se libra de prejuicios.

LA CONDICIÓN PERDIDA

Oigo a Hans Hotter en el "Holandés...": Estremece. El dúo con Senta es de los más felices de Wagner. Preludia las dulces melodías de Lohengrin. A Wagner siempre se vuelve, aunque se descubran los penetrantes aromas belcantistas de Bellini. La edad nos vuelve morigerados y entibia toda pasión exclusivista. El vigor de la propuesta wagneriana apagaba el débil pábilo del sensualismo italiano, pero cuando creíamos todo dicho, las gratas fragancias sículas, campanas o piamontesas vienen a endulzarnos la vida.
Estos días, en Madrid, rastreé entre los libros así como entre algunos discos. Busqué entre la discografía de Bellíni alguna versión reciente de El Pirata, que nos liberara un tanto del pathos de la Callas. No la encontré. En cuanto al género clásico, mantengo un espíritu de apacible indiferencia. A estas alturas, mis preferencias musicales ya están definidas y no creo que la historia de la música me depare alguna sorpresa extra. Como mi gusto continúa circunscribiéndose a la música tonal, mis preferencias acaban sobre 1900. Posteriormente, aún en lo tonal, se han compuesto algunas obras dignas de encomio; pero son las menos. Considero nuestro arte actual como decadente. Cuando uno visita, por ejemplo, las tres plantas del museo Thyssen, donde se muestra un fidelísima evolución del arte de occidente, se llega a una conclusión decepcionante. Nuestro arte clásico ofrece una contribución valiosa a la memoria de su tiempo, nos da una visión equilibrada y
atractiva de nuestra vicisitud terrena. Todo ello comienza a desmoronarse al aproximarnos al ocaso del diecinueve. El triunfo de la revolución industrial desvinculó al hombre de su entorno, perdiendo éste el equilibrio y los fundamentos en los que estaba asentado. El hombre impresionista es apenas una pincelada en el decorado. Con la llegada de la modernidad la imagen de lo real se desfigura, pierde su sentido. El hombre deja de comulgar con lo natural, y así surge una realidad artificiosa. Nada es ya lo que aparenta; se buscan los tres pies al gato y de ahí se explican las incertidumbres. En el retrato, donde se trataba de realzar las virtudes preponderantes del retratado, hoy se plasman propiedades patológicas. Freud, el psicoanalista, no es sino el profeta de la debacle. Los retratados ya se nos antojan residentes de un psiquiátrico, figuras enervadas y descompuestas que solo merecen compasión. Picasso deconstruyó la realidad hasta vaciarle el sentido. Murió el arte, y con ello nació el hombre desubicado. Un hombre perdido en el sinsentido del futuro, porque ha perdido su pasado.
Sobreviviendo a este descontrol, nos llegan ecos perdidos de menguadas realidades, remotas como mancha impresionista que nos libra del olvido. Se escuchan las voces de un hombre y un niño narrando la enternecedora historia de un canario muerto en una cajita de madera, donde antaño se contuvieran lapicitos de color... Quedaban aún no ha mucho artistas que pretendían llegar al corazón, al hombre remoto que se perdió, aquel que era algo más que un conjunto de conductas aprendidas. Se puede ver el recuerdo del hombre Cafrune aferrándose a ese pasado donde las cosas eran lo que eran y el hombre y su paisaje eran uno e indiviso. Cafrune debió sufrir esa situación de desarraigo, por eso cantaba.

Poesía siempre

El recatado rincón,
los solemnes cipreses, verdeando
al sol adelfas y mirtos,
Garcilaso anhelante
y el cielo infinito,
en cuyo azul se recorta
mudéjar, rotunda,
la torre de San Román.
Se paladea el silencio.
El aire es puro; mece
la arboleda un liviano viento.
Tejados ocres de añejas moradas.
Solaz de mañana madurando.
Es un breve momento:
se palpa la paz,
reaviva el viento,
cuesta abajo
aguarda de Toledo
el cotidiano ajetreo.

Problema de afinidades

Problema de afinidades
La dedicación literaria parece reñida con la felicidad conyugal. Quevedo, Góngora, a su modo Lope, Cervantes, fueron grandes solterones, pese a sus efímeros matrimonios. En Francia encontramos el ejemplo en sus grandes figuras románticas Balzac, Stendhal, Flaubert y, cómo no, el  misógino Zola.
La cuestión tal vez resida en que con el cultivo del espíritu, la maduración del pensamiento y la persecución de la belleza, descubierta en la sublimación del arte, el alma de hombre se volverá tan refinada y exigente, que le resultará difícil encontrar la mujer idónea con quien poderla compartir.
Resignados a esta derrota, nos queda la inconsciencia  de la pasión, donde el  amor es ciego.

Stendhal biografiado

He conseguido por un euro la biografía de Stendhal de Consuelo Bergés, editada por Aguilar. No se puede pedir más por tan insignificante fracción. Una de las adquisiciones de las que guardo mayor satisfacción es la de las obras completas del escritor de Grenoble, en la misma editorial y por esta excelente traductora. Las adquirí en unas rebajas por un precio módico; hoy sé que se venden por alrededor de 300 euros. Stendhal es un escritor de culto para todos los librepensadores de hoy día. En mi caso, admiro al novelista pero guardo cierto recelo hacia el pensador. Me fascinaron tanto Rojo y Negro como la Cartuja de Parma, aunque no sabría inclinarme ni  por Fabricio del Dongo ni por Julián Sorel. Entré en contacto con Rojo y Negro por el regalo  de un compañero de filas, durante la milicia. El muchacho sabía que yo era aficionado a la lectura y me regaló el único libro que tenía. Mi primera lectura de la novela no fue lo gratificante que se pudiera esperar. Baste decir que no me dejó una gran huella y si el recuerdo de una lectura farragosa. Su cualidad psicológica, elaborada y minuciosa, entorpeció la lectura. Más tardé ya no volví a Stendhal por su vertiente novelística sino por la biográfica. Durante los años de inclinaciones musicales recalé en sus magnificas biografías de músicos, especialmente Mozart y Rossini. Este asiduo a los palcos de la Scala gozaba de un refinado olfato musical. Leyéndolo se convierte uno a su vez en dilentante. Porque quizá ésta sea una de las palabras que casan más con Stendhal, ese exquisito degustador del arte, como nos lo demuestra en su Historia de la pintura en Italia y los Paseos por Roma. Una de mis afinidades con él es por supuesto la devoción por Italia, país que supo saborear y por el que fue adoptado. Milanés fervoroso, nos dio en su Cartuja de Parma la pulsación más atinada de la melodía italiana.
Porque Stendhal amó Italia y yo también, admiró a Napoleón y yo también, fue ateo y yo tampoco.

Algo más sobre Leónidas y los 300


Está visto que he de escribir unas palabras más sobre Leónidas y sus espartanos, en el paso de la Termópilas. Recientemente principié un conato de poema sobre el asunto que no llegué a culminar.
La idea básica en éste era de que el sacrificio del rey espartano solo es comprensible como ofrenda movida por el amor. Amor a Esparta, donde se aglutina lo cívico y lo privado, y celo por la suerte griega que se veía amenazada por la represalia bárbara de la huestes de Jerjes, acaso una de las más sonadas de la historia.
La educación espartana se basaba en adiestrar guerreros lo más letales posible. El sentido de la vida de cualquier spartiata se consumaba en la guerra, momento para el que debía estar dispuesto
desarrollando una conducta de la mayor marcialidad posible. Se endurecía al hoplita con la pruebas más agresivas, tratando de fortalecer su voluntad y borrando de su temperamento cualquier indicio de debilidad. En cualquier soldado espartano debía prevalecer la andreía, esa suma de virtudes viriles que hacia a todo varón lacedemonio útil para el ejercicio de la guerra. Resulta obvio que también se les inculcara el odio feroz hacia cualquiera de los enemigos de la patria, comenzado por la raza a la que tenían subyugada de los ilotas. A simple vista, parece ser el odio a cualquier enemigo de la patria lo que movía la maquinaria bélica de la falange espartana. Pero tal sentimiento no habría sido suficiente para explicar la dimensión de lo ocurrido en las Termópilas.
Intervinieron en aquello que no fue sino un sacrificio, razones tanto de índole político como religioso. El oráculo délfico profetizó que un rey espartano debía morir para salvar a Grecia. Cuando Leónidas y sus 300 partieron hacia las Termópilas eran conscientes de tal augurio y tal vez consideraban que con su sacrificio calmarían la cólera divina que se había abatido sobre la hélade.
Su misión era resistir hasta el último aliento y alcanzar la gloria de todo espartano, que no solo residía en vencer al enemigo sino en alcanzar la muerte honrosa de regresar sobre su escudo. Resulta paradójico que no resida en el odio sino en el amor la fuerza primordial que da la victoria en la batalla. Admiramos en Leónidas no sus valores destructivos sino su solidaridad, lo afectos que le impulsaron a inmolarse en la batalla para ganar la libertad de muchos. El aceptó la misión más honrosa del ser humano: la de ofrecerse en sacrificio para rescatar a otros, como más tarde consumó eternamente Jesucristo en su cruz.