Plaza de la Maestranza (reflexiones improvisadas)

Para quien recala en Sevilla no cabe prescindir de la visita necesaria a su plaza de toros. La Real Maestranza de Caballería es uno de los monumentos más singulares y definidores de la ciudad. Su historia recoge la memoria de las tardes más inolvidables del toreo. Su albero fue testigo de renombradas faenas de los grandes nombres de la tauromaquia. En ella forjaron su leyenda Joselito y Belmonte, entusiasmó el Gayo, se encumbró Manolete, y tantas y tantas figuras que improntaron lo mejor de su arte ante el aplauso del entendido público sevillano.

Sorprende de la plaza su discreto tamaño, la mesura de su graderío, que da a entender una asistencia restringida a las corridas. Solo el auténtico aficionado, con verdadero interés por la lidia, acude a los festejos. De ahí, que salir por la puerta grande en Sevilla revista un especial reconocimiento en la carrera de un matador. Sevilla, con perdón de Madrid, es la catedral de toreo. Al menos la armoniosa arquitectura de la plaza así nos lo hace  constatar. No conozco las Ventas, pero a buen seguro que no posee la elegante gracia monumental que distingue a la Maestranza. Se entiende que una corrida en ella contemple un color especial, y se reconozca al toreo como arte.

Es el toreo un arte trágico, pues la sombra terrible de la fatalidad acompaña su rito. La muerte convierte en trágica lo que sin ella sería una colorista poética. La riqueza de su plástica, su vocación de danza, nos lo hacen sentir como arte; la sangre de su sacrificio, misterio ritual. Porque el toreo posee un profundo sentido religioso. ¿A quién se otorga ese sacrifio?, eso es bastante discutible. ¿Acaso al héroe que burla a la muerte?
En cualquier caso la devoción católica está presente, patente en la pequeña capilla de la plaza. Pero no olvidemos que tal fe es una elección individual, relativa a la particular idiosincrasia de cada torero. Me atrevería a afirmar que la corrida de toros en sí, de manera global, responde a un planteamiento pagano en gran medida.

Situarse en el centro del albero de la Maestranza y dirigir la mirada a la puerta de toriles es algo que llena de emoción a quien no carece de una imaginación viva. Se puede presentir al toro, comprobar como la congoja se aglutina en nuestra garganta, como en  la de un torero ante la hora decisiva. Son segundos de incertidumbre, de pavor y de honor. Le hacen valorar a uno las gestas de esos grandes maestros que triunfaron en la Maestranza: Camino, Manzanares, Paquirri, cómo no, el gran Curro Romero.

Paseo de los poetas, en Sevilla

Paseo de los poetas, en Sevilla
Extenuado por el rabioso agosto sevillano, víctima de la insolación en la visita a la plaza de España, aliviado luego por el reposado paseo por las umbrías del parque María Luisa, mis pasos encaminados bajo el aplastante sol me condujeron al paseo adyacente a la puerta de Jerez. Es el paseo de los poetas.

Como digo, me senté en un banco tratando de recuperarme de la agotador caminata. Leí en una cartel: Paseo Federico García Lorca. Se me antojó que aquel era mi sitio. Es un jardín cuidado, sembrado de diverso arbolado, cuyas frondas derraman las sombras necesarias para reconfortar al paseante. Al poco rato, puede comprobar por qué el paseo adoptaba el nombre del insigne poeta. Sobre una gran piedra se reproducía un epígrafe con algunos versos originales de Lorca. No recuerdo exactamente cuáles. Bueno es que Sevilla recuerde a Lorca, ese poeta en cuya voz se recoge el latido de Andalucía. En tan buena compañía, refresqué mis ardores bajo las sombras y desentumecí los pies que ya llevaban largo rato caminando. Una vez repuesto, decidí explorar el resto del jardín, antes de encaminarme al puente de san Telmo, por el que pretendía cruzar hasta Triana.  No pudo ser más agradable mi sorpresa, al comprobar que las diferentes parcelas del jardín estaban dedicadas a un poeta. Así, a la entrada, uno se topaba con el paseo Vicente Aleixandre, con su correspondiente monolito grabado con versos del poeta. Mas allá, tropecé con la pérgola Gerardo Diego, donde en el próximo parterre se erigía otra litografía con sus versos claros. Y cómo no, no podía faltar, en una parte más reservada del jardín el recuerdo de ese poeta verdaderamente sevillano: Luis Cernuda. Leí sus nobles versos, siempre íntimos y aristocráticos. No curioseé más, pero es probable que el jardín reconociera la memoria de algún otro poeta de los que dieron prez a la poesía española, en el pasado siglo.
Cesé mi paseo, porque descubrí en uno de los rincones del jardín  el monumento de una escultura exenta sobre un pedestal. En el se homenajeaba a esa mujer que supo amar Sevilla como ninguna otra: Cayetana Fitz-James Stuart, la fenecida duquesa de Alba. En el palacio de Dueñas da una gran lección de su dimensión humana, de devoción profunda a la capital andaluza.

Cuando me alejaba hacia Triana, pensé que es algo triste este recordatorio póstumo, a toro pasado, de los poetas, cuando en vida solo merecieron penurias e indiferencia; cuando no, como en el caso de Lorca, el trauma de un inmerecido sacrificio. Son los poetas, por lo común, hombres apartados del festín del la vida, que solo encuentran redención en el santuario de su palabra, en el transmundo ideal de la belleza, del espíritu de la belleza.

SILENCIO DE PATIO EN SEVILLA

Silencio de patio en Sevilla:
Las rosas deslumbran al sol
mientras la fuente recita
su leve y morosa canción.

La sombra adormece claveles
y corre el agua en el tazón;
fresca de mañana en ciernes,
penetra el alma como una oración.

Apartado jardín solitario,
ausente de trinos de pájaros,
testigo de tantos suspiros,
ni el viento mece tus naranjos.

Grato es pasear Sevilla
en sus gozosas mañanas,
reposando bajo las sombras
junto a un murmullo de aguas.

Una dicha en el alma siento,
y en el corazón, una herida
de no poder ver Sevilla
una vez ya me haya muerto.


LA FUENTE

El rumoroso manar de la fuente
abre corrientes de gozo
en el corazón resecado,
que siente en sus pliegues ajados
el cristalino frescor de su alma.
La fuente resbala su agua
de plata con brillos dorados
y desborda su rala cascada
sobre el cuenco de mármol labrado.
Su serena melodía
apacigua hondos dolores,
embalsama viejas heridas
y de la angustia sella las voces;
habla al alma de que por quebrantos
sin cura, el tiempo la obsede
de penurias y llantos,
y la priva de olvidos y bienes.
Escucha el eco de su manar
cadencioso en el jardín umbrío,
sonoro de pajarillos
gozosos en el recreo de las flores,
diversas en sus colores,
abrigadas por los mirtos
cuando el sol vierte sus mieles.
Siente como esa voz arcaica
repite ese eco en tus sienes
y te recuerda paciente y clara
que el hombre - juicio no extremes-
también conoció un Paraíso.

A DAY IN THE LIFE

He llegado de vacaciones unos días a Madrid. Como está siendo un verano benigno, el calor no es riguroso y se puede resistir aun en las horas más inclementes. Me hospedo en el hotel Mediodía, cuya fachada enfrenta la antigua entrada principal de la estación de Atocha. Es un hotel medio, con los servicios indispensables para no sentirse deprimido. En la juventud ya probé de sobra las carencias de las pensiones baratas, con baño compartido e insomnio asegurado, hediendo a mueble rancio y lejía corrompida. Prefiero pagar un poco  más y concederme a mis años el confort del aire acondicionado y la pulcritud en el  baño. El Mediodía es un buen hotel, sin grandes lujos pero recomendable; tiene cerca una boca de metro y su ubicación no dista mucho de la cuesta de Moyano, el Retiro y el triángulo del arte; es más, una de sus fachadas incluso colinda con el Reina Sofía.

Una vez instalado en el hotel, me he calado el sombrero y  colgado el bolso de mano, en el que no falta algún libro y aquellas cosas de las que nos es aconsejable desprenderse durante el viaje, y me he lanzado a Madrid. Tras concederme un pequeño refrigerio en el Brillante, me he encaminado relajadamente a la cuesta de Moyano.
No sé si es por el mes en curso, núcleo del período vacacional, o la crisis  evidente por la que atraviesa el libro, pero encontré la feria algo desangelada, escasa de público y con buen número de sus casetas cerradas.
En un primer vistazo a los puestos, no descubrí ningún título recomendable.  En este tipo de ferias suele buscarse el ejemplar insólito, a un precio cuanto más económico, mejor. Entre tal baratillo literario, esperamos ver relucir la joya que justifique la meticulosa búsqueda. No sé si fue joya, perla o jade. Al fin, en una de las casetas, cuando ya casi concluía la acusada cuesta, hallé algún material de interés.  En la sección de poesía, se barajaban ciertas ediciones infrecuentes: viejos premios Adonais, entre ellos la obra de José Infante y otros cuyos títulos y autores no recuerdo, así como obras de editorial Losada, en primera edición.
Entresaqué un ejemplar de "A la pintura", de Alberti, por el que no ha poco, en Alicante, me pidieron alrededor de los viente euros, a tan solo tres. A ello se unió la sorpresa de hallar entre aquel revoltillo "A la inmensa mayoría", de Blas de Otero. Con aquellos dos volúmenes quedé satisfecho, pero aún esperaba cruzarse en mi camino una 1ª edición  de "El Jarama", de Sánchez Ferlosio, por tan solo diez euros. Interrogué al vendedor por la razón de tan bajo precio por una 1ª edición de obra tan fundamental en la literatura española contemporánea, pero solo supo aducir cuestiones de mercado, de tirada, de localización.
El mundo de las primeras ediciones es difícil de entender. Cuesta convencerse de que las obras, por ejemplo, de Mujica Lainez se coticen a precios al alcance de cualquiera, y las de García Márquez resulten inasequibles.
Abandono Moyano. Hasta bien entrada la tarde vago por la ciudad. Encuentro un oasis en el café del Príncipe. A través de sus ventanales se contempla la vida de Madrid. En sus pequeñas mesas se goza de un inexplicable intimidad, que se solaza con el mundo que bulle en derredor. Es un lugar idóneo para leer, escribir, o simplemente meditar. Pese a la reducida separación entre mesa y mesa, allí se siente uno consigo mismo, con todas las intensidades del alma a flor de piel. Verdaderamente, me siento compenetrado con ese café. Desde sus claraboyas de planetario, se divisa un Madrid que me complace, un Madrid cotidiano que gusta descubrir, pero sin muchos compromisos. Si en el café Gijón parece haberse desvanecido toda vibración literaria, encuentro en el café del Príncipe la pulsación adecuada para la poesía, para hacer de él un recoleto café literario. Me extraña que la fauna plumífera no haya llenado ya su atmósfera de metáforas y ripios. Se sabe que no lejos se ubicaba el renombrado Parnasillo, café por el que discurrieron las personalidades más pintorescas de nuestra literatura.

Existen libros que uno busca adrede, cuando la obra de cierto autor o un tema determinado ha despertado todas las expectativas. Pero también se da el caso de obras que te van saliendo al paso, como si la iniciativa partiera de ellas. Tal es el caso de "Labour´s Love´sLost" (Trabajos de amor perdidos). Shakespeare, para cualquiera que ama la literatura, es lectura obligada. Poseo las obras completas del genio de Stradford, pero dicha comedia nunca había suscitado mi interés. Fue insinuándose en mi vida a raíz de la lectura del Dr. Faustus, de Thomas Mann. "Labour´s Love´s Lost" forma parte del corpus musical  del protagonista de la novela, el compositor Adrián Leverkhun. En uno de los capítulos se nos describen los pormenores de esta primera obra programática del innovador músico germano, cuya versión es bien acogida por crítica y publico. Tal fue un primer contacto con la obra. Tiempo después, tuve oportunidad de adquirir u ejemplar de colección en un mercadillo dominical. Así la obra fue revelándose a mi conocimiento y, por fin, en Madrid, casualmente constato que se representa la comedia en el Teatro Alcázar, en la madrileña calle de Alcalá. Cómo no, asistí a la representación. Montaje e interpretación resultaron bastante dignos y, como siempre, la versatilidad de verbo shakespeariano no defraudó. Me fui a dormir con esa miel en el alma que solo pueden sembrar los genios. Entre los rescoldos del Bardo me venían a la memoria la arias exquisitas del "Cosí fan tutte", de Mozart.


Letanías de café

Letanías de café
Madrid. En un café cercano a Sol leo a Umbral. Es un Umbral lastimero, quisquilloso, azogado de suyo, casi póstumo. Afuera ya se anuncian las garrapatas de la noche para succionar los residuos anémicos del día. Un día más que se sucede en el carrusel rutinario de una vida. Por hoy, solo resta regresar al hotel y enfrentarnos una vez más con las sombras de los sueños. Los sueños son ese cine de las sábanas blancas que decían nuestras madres, en el cual fantaseamos la vida y practicamos ese repaso subliminal a nuestros terrores y desconciertos internos. Mañana será otros día.  Un día que nos regalará una misma vitalidad repetida, en el que continuaremos presos de nuestras desavenencias, inermes frente a nuestros terrores escénicos. Malo es no estar seguros de cuál es nuestro papel en ese gran teatro del mundo. Un mundo que, qué quieren que les diga, parece estar hecho para que nos muramos de asco.

Pero mañana, eso es seguro, será otro amanecer, dádiva de un tiempo virgen, regocijo de que aún nos queda camino por recorrer y el sendero que predispone el destino no ha concluido, y todavía no hemos decidido cuál será nuestro epitafio. Permanece, pues, la esperanza, porque, como dijo Lorca, el peor de todos los sentimientos es el de tener la esperanza perdida.

En Madrid uno se siente insignificante entre las multitudes, y piensa que el mundo gira a pesar de uno, y sin necesidad de uno. En Madrid te reconoces anónimo entre muchedumbres de don nadie, y nunca pasas de ser fulano de tal, uno de esos muchos a los que se tragan las bocas del metro, que abarrotan los estadios o cruzan veloces los pasos peatonales. En Madrid todo lo ocupan los edificios: la magnitud de sus construcciones disminuyen a los seres. ¿Qué pretendes ser entre la torre de Madrid y la majestad del palacio Real?
En Madrid no puedes resistirte a su vitalísima vorágine, la vida sale al paso como la mano de un mendicante, la manta de un subsahariano, un taxista aprovechado, una buscona de la calle de la Montera, la banda de mariachis que interpreta "El Rey"o el mimo inmóvil como un bronce, que se garantiza esos céntimos de supervivencia; todo se abalanza en pos de la vida, cuando ésta se muestra tan frágil, tan insignificante, tan ajena pero al tiempo tan propia, engastada siempre con nuestra singularidad . En Madrid te pierdes a ti mismo en la experiencia de vivirla. Entonces, precisamos escapar de ese enajenamiento feroz y regresamos gregarios al hotel, donde en la soledad de sus cuatro paredes impersonales, volvemos a encontrarnos.

La flor viva de Federico García Lorca

Tu risueña anatomía
destaca su molde oscuro
en el centro de la plaza.
Serán resabios del torero
de la lírica que fuiste,
o peldaño del parnaso
hispano que coronas.
Pareces empeñado
en no soltar a la paloma
que de tus mano escapa,
en un impulso de cielos,
como si te resbalara
entre los dedos, alada,
 la cándida esperanza.
No todo está muerto
en tu frente dormida,
no todo es tiniebla
en tus ojos de noche,
no todo es silencio
en tu voz sin sonido.
Tu corazón esta vivo:
lo atestigua esa flor
que entre tus dedos
de estatua se entrelaza.

Descubrimiento de Caillebotte

Aunque he leído algunas obras dedicadas al movimiento impresionista, entre la pléyade de pintores que lo compusieron siempre se me había sustraído el nombre de Gustave Caillebotte. El elenco de sus grandes nombres se me agotaba en Sisley. Por eso hay que incidir en que la obra de Caillebotte no es nada desdeñable. Si bien no alcanza el desarrollo de la de un Monet o la radicalidad de Gauguin o Van Gogh, se distinguen en él particularidades muy meritorias.
La exposición celebrada en el Thyssen-Bornemisza nos muestra una síntesis cabal de su itinerario pictórico.
Desde las primeras aproximaciones al paisaje impresionista, a sus coincidencias con Monet, Pissarro o Cezanne (fue mentor de alguno de ellos), sin pasar por alto obras de madurez, de gran maestría en sus paisajes, acabando en una última etapa personal, alejado de la mundanidad artística, donde se consagra a su otra gran vocación: la botánica. Se convierte en un extremado especialista en la pintura floral. Su devoción por los crisantemos se consuma con una serie de telas que no dejarán indiferente al espectador.
Oí mentar el nombre de Caillebotte en la película de Woody Allen, Mightnight in Paris, pero nunca pensé que la curiosidad nos reservara tal sorpresa.

ECOS DE TOLEDO

Para el que busca soledades en la soledad, sediento del vértigo insondable del silencio, la calma contrita en las entretelas del tiempo. Tiempo que mana como un río, río que fluye macilento desde lo remoto del recuerdo. Porque el caminante encuentra esa voz lejana de la paz, solaz en lo memorable del recuerdo, en la recoleta plazuela de San Román. Allí, en verdad, se da la soledad enredada de recuerdo, donde el "es" se confunde con el " fue". ¿Será porque en la casona de enfrente moró la "santa", derramando en la letra el libro de su vida, o porque del templo de san Román trazaron su planta, de la cual nos hablan toscos vestigios, los visigodos? No sé por qué: todo es tan misterioso en Toledo, críptico como su plano, viejísimo de origen, incierto de corazón, acendrado de pensamiento: todo es mestizaje. Juanto al aleteo de las aves parece llegar el eco liviano de un zéjel o una casida de Ibn Zaldun.

Repentina, de fondo, suena una campana. Su tañido mitiga el zureo de las torcaces. Redunda su sonido, profundo su mensaje de bronce. ¿Será acaso la voz serena de lo eterno? Toledo descansa su densa historia sobre sus hombros avejentados. El cielo es transparente. Parece renacido, como cualquier simiente, del dolor de un parto. La tímida campana, entre silencios y tañidos, se ha vuelto ya corazón arrebatado y golpea la calma del mediodía. ¿Cuál es la magia de Toledo? ¿Acaso que el hombre se siente más humano y las piedras se hacen moradas y los cielos refutan el tiempo? ¿Cómo hasta esta paz desciende la voz secreta de tu silencio? Silencio que trasciende a través de los muros seculares, por el alargado verdor de los cipreses, en la tersura entreabierta del cielo. Y en el centro, sobre el noble zócalo conmemorativo, se yergue Garcilaso soñando lejanías, exaltado por el pulso de una vida penetrada de siglos.

Las aves sobrevuelan el silencio. El aire mece árboles y arbustos, y un sol pleno dora sus copas. Todo esta en todo. Uno son el todo y las partes. Siento que la esencia es toda una, siento que el vivir es más que sueño: realidad contrita. ¿O es sólo el eco silencioso de Toledo? Al abandonar la plaza, rezé un padre- nuestro.

HUMILDE CONDICIÓN

Si uno no reconociera su humildad de gota en el océano,
si uno no constatara sus limitadas magnitudes...
Cuánto cuesta acostumbrarse a la condición de criatura;
cuánto sobreponerse a la soberbia de ser algo más que hombre.
Crecemos para menguar; para morir, nacimos.
Nuestros pasos contados son como sombra que pasa.
Nuestra sed de eternidad, constancia de lo efímero.
Nuestra gloria, legado de cenizas. Nada permanece.
La turbulencia del torrente se remansará en arroyo.
La luz será tiniebla; la voz, sólo silencio.

Silencio de luna

Silencio de luna
Silencio de luna, flor dormida,
cauce de la melancolía;
ensoñaciones, gritos, tristes melodías
que al corazón oprimen,
que al alma llagan y estremecen la vida.
Pertenecerá a algún otro
ese flirt casi olvidado
que un día sembró muy dentro
el fuego del deseo, la turbulencia
de su agua requerida, la voz
que llama rabiosa a matar la carne,
como hondas puñaladas por donde sangra la vida.
¡Dulce y amarga sincronía de dos cuerpos,
horizonte ausente por donde escapan los sueños!
Viniste en esta hora encarnizada del recuerdo
a abrir la cicatriz por donde sangra el tiempo
y donde el día es como la página lapidaria de un poema.

EL LECTOR FURTIVO

EL LECTOR FURTIVO
Gumersindo Abad era un hombre de cultura media. Esta mesura no describía exactamente el nivel de sus saberes académicos, pues se podría presuponer de su mediana cultura un vagaje escolar medio. No era tal, ya que aun admitiendo que su formación intelectual no había adquirido un desarrollo notable, su media cultura provenía de una cuestión  totalmente aparte. La precariedad cultural de Gumersindo derivaba, como tantas otras carencias, de la necesidad. A su falta de haberes se debía que fuera sobrio en el vestir, cuya gama solía reducirse a dos prendas: la que vestía y la que le estaban lavando. Escasez que  también mediatizaba  los distintos aspectos de su  vida, tanto el profesional como el familiar. Gumersindo trabajaba media jornada en una empresa de catering y era viudo.
Pero yendo un poco más al grano, concretemos que la media cultura de Abad provenía de haber recibido una formación parcial, sesgada, nunca global. Y esta peculiar característica derivaba de que Gumersindo era un gorrón cultural. Al igual que existen individuos que han fumado toda la vida de gorra, y por eso a la vejez padecen parcial enfisema pulmonar o cáncer benigno de pulmón, hay otros que han leído toda su vida de gañote. Gumersindo era, por así decirlo, un lector furtivo. Su bolsa menguada, cuyo presupuesto no alcanzaba nunca a la adquisición de libros, lo obligaba, en su recorrido por las librerías, a saquear de forma corsaria toda joya literaria que le viniera a mano en las distintas bibliotecas. No se trata de que Gumersindo fuera un empedernido cleptómano, pues su inclinación se remitía a la lectura sine pecunia del amplio parnaso literario, cuestión como ninguna otra que más reviente al comerciante.
Gumersindo, cuando reconocía distraído al librero o atareado con unos clientes, escogía un libro del estante y se ponía a leer. Así había leído durante años los obras más recomendables de la cultura de occidente. Pero existía un inconveniente, ya que Gumersindo se iba cultivando, durante sus reiteradas visitas a los templos bíblicos, con la fruición del lector voraz, de aquellas obras dilectas solo hasta antes del percance de que fueran adquiridas por algún cliente, de forma que su aquilatada educación quedaba incompleta, deslavazada, manca. Cuando tal accidente transaccional sucedía, tenía que interrumpir  su necesario recreo cultural., y la lectura de tal o cual obra quedaba suspendida. Así había disfrutado Los miserables hasta el capítulo de la batalla de Waterloo, El Quijote hasta las bodas de Camacho, Hamlet hasta la muerte de Ofelia, o Jane Eyre hasta antes de revelarse el misterio de la mujer de Rochester, etc. Como resultado, reconocemos a Gumersido como lector medianamente formado, de diletancia mutilada y de medias tintas.

DISYUNTIVAS

Una de las pocas alegrías que nos proporciona una vida ya bastante transitada es la de concedernos el recreo del libro.  Adquirir un libro es uno de esos necesarios estímulos que nos permiten mantenernos a flote. Cuando los placeres terrenales han atenuado ostensiblemente sus demandas, nos confortan esos pequeños sucedáneos de ilusión. Confieso que efectuar una recomendable adquisición literaria incide en la consideración valorativa del día, que puede oscilar del optimismo exultante al más nefasto desconsuelo. En ello, como digo, influye activamente si en nuestro rastreo por las librerías hemos conseguido un libro que colme con mucho nuestras expectativas.
En tales desoladas librerías, pues estas día a día se van convirtiendo en magra despensa de raras avis de  la letra impresa, nos tropezamos con los  afines lobos solitarios de la fábula, quienes necesitan periódicamente esa ración de fantasía para subsistir. Supongo que hay hombres para los que la fantasía no pasa de ser una aderezo superfluo pues se sienten conscientemente realizados. Esta clase de seres no suelen pisar las librerías. Éstas las habitan únicamente los marginados de la acción, quienes frustrados en su externa biografía han hallado en el claustro de su espíritu el terreno idóneo donde cultivar la vida. A  estos seres desvalidos, peripatéticos, desubicados, son los que uno se tropieza en las librerías. Buscan en los libros su venganza sobre la vida. Se reservan una experiencia libresca para hacer frente a la incógnita existencial, pues en esta clase de seres dicha incógnita abruma. En los otros seres, los que se justifican en sus acciones, tales incógnitas ni se presentan.
A los seres ilustrados se los suele encontrar en las librerías en horarios inusuales, cuando nadie se ocupa de los libros. Pues en la sociedad, como en todo negocio de ocio, se reserva un tiempo relativo para los libros, que viene a coincidir con el habitual de las restantes compras, o sea, alguna descarriada tarde de sábado de un mes cualquiera, en el que no se sabe qué hacer para matar el tiempo. En ese día, las librerías rebosan, como los vestíbulos de los cines, como las terrazas de los cafés. Pues el ciudadano apura su ración recomendable de letras como consume su acostumbrada infusión. En esos días estelares también se suele encontrar al devorador de libros; se lo ve recorriendo con mirada miope los estantes, persiguiendo ese ejemplar único, ausente en su colección, que venga a llenar esa carencia vacía del alma, y ayude a borrar en su vida las huellas estériles de la mediocridad.