ANHELO DE ETERNIDADES










Todo transcurre y calla,
con la perezosa costumbre olvidada
trayendo espeso barro a las vaguadas.
El tiempo no para en su tic-tac obseso,
intercalando en su seco ritmo soledades.
Nada distrae la rutina de mi casa,
ni una bombilla, el lavaplatos,
el teléfono histérico o una copla en el patio.
Y es que la vida pasa
como el murmullo del viento
sobre la corriente del río.
Hoy quedan ciertos los pasos,
bien definidos los límites:
somos ese afluente que avanza
del manantial a la muerte.
Mas por un momento paramos,
y mientras llevamos los ojos
a ese profundo secreto lejano,
decimos:¿ no será nuestro pasar un sueño
y la verdadera vida otra?
Si todo es pasar sin huellas,
¿por qué nos late en el pecho
 este anhelo sincero de infinito?

RAZONES PARA ESCRIBIR


Es importante para el escritor conocer cuál es la fuente más profunda de su vocación. Dicho conocimiento redundará en que su "carrera" no naufrague en el piélago de contrariedades que suelen coartar el desarrollo de su oficio. Para que su vocación prospere deberá mantener una idea lúcida de cuál es la meta de su proyecto profesional y permanecer advertido de cuáles son sus límites.

De la escritura se maneja una visión sublimada, que poco tiene que ver con su ejercicio normal. Se tiene de ella una perspectiva relacionada con el éxito. Y este se reviste de una naturaleza aleatoria que puede darse o no en la vida del escritor. Es indudable que todo artista sueñe con él éxito, sobre todo si se es joven; un éxito que quizá lleve implícito una correlativa redención económica. Quien maneja estas premisas seguramente saldrá frustrado.

Se escribiría todo un ensayo sobre la vicisitud del éxito, pero hay que estar sobre aviso de que éste puede no darse en la vida de un escritor. ¿Cuántos novelistas y poetas no habrán malogrado sus vidas por falta de un reconocimiento, cuando no por la lacra más dolorosa del olvido histórico? Durante el pasado siglo XX deben contarse por centenas los plumíferos, que diría Borges, a los que ha sido reservado el ostracismo en el mundo de las letras. Pues no pocos escritores debieron haber rasgado sus vestiduras por no ser galardonados con la anuencia de crítica y público. Convenimos, pues, que el éxito no es todo, y que puede darse una trayectoria noble como escritor sin gozar de ese beneficio aparente de la fortuna literaria.

Escribir para todo escritor que se precie es una necesidad; se escribe por necesidad, por imperativo de la voluntad que nos alienta; porque el escribir comparte una misma esencia con la vida; al menos, para el escritor vocacional. Se escribe para vivir; y, finalmente, también se vive para escribir. Porque en la página en blanco es donde desangramos nuestra alma, y nuestro destino encuentra una justificación.

Como ejemplo, me sobra con ese aliento que me trasmite Neruda en sus Alturas de Macchu-Picchu, donde, independientemente del éxito o el fracaso, su palabra nos alimenta, arrancando un jirón del alma del mundo en un retazo de palabra viva.

¿Qué haremos, pues? ¿Desesperaremos por la ausencia del éxito, mendigando las migajas de la puerta editorial? ¿Mendigaremos la bendición interesada de alguna señalada prosapia literaria, para que podamos medrar en ese mundillo impredecible? No! sino que apretaremos los dientes y andaremos nuestro incómodo camino, porque nuestra palabra es nuestra sangre, y nuestra voz un vigía que puede atisbar acaso una mundo renovado en medio de la desolación.

No puede ser


No puede ser
dejar caer con creces
el fermento de la vida,
dejar fluir esa agua limpia
en el cauce reiterado del tiempo,
y alentar la palabra seca en el despeñadero.
No dejes estar
esa angustia
que tu paladar amarga,
evita el atolondramiento de los dados
en el margen del destino,
esa estéril llamarada
con su tenue fulgor fosforescente
que nos trae días
como fragmentos vacíos,
como voces ciegas, vanas emociones
que el viento aventa como virutas.
Deja madurar la matriz de las horas,
deja fulgir el filo de la daga,
deja llegar la noche en hecatombes,
y que los goznes de la realidad trepiden
y permitan el paso de la aurora,
el gozo transparente de la poesía,
el balbuceo de la libertad.

EL DON APACIBLE DE SHÓLOJOV


Durante mis primeros años como lector siempre mantuve una comedida precaución hacia la novela el Don apacible, de Shólojov. Ni que decir tiene que nunca la leí, que ni siquiera la compre con vistas a dar cuenta de ella algún día remoto. El principal escollo que presentaba  era su extensión inusual, tan inaccesible a la lectura como las largas sagas de Dumas. Por otro lado, me atraía, pues en aquel tiempo, cuando aún mantenía cierta actualidad, yo tenía recientes las lecturas de Tolstoi y Dostoyevki, y me había familiarizado con la atmósfera rusa.

Por entonces yo desconocía todo sobre Shólojov, además de catalogarlo como un escritor posterior al gran siglo de la novela en Rusia. Y aún hoy, mis datos sobre él vienen a ser precarios, arrancados apresuradamente de la wikipedia. Sé que escribió el Don..., que perteneció al partido comunista de la URSS, y que recibió el Nobel. Tales detalles crean de él un perfil de escritor socialmente aceptado, encumbrado por el sistema, cuyo molde se utiliza para disciplinar al pueblo y construirle un nuevo mundo de mitos y fábulas. No sé si Shólojov podrá aportarme algo nuevo a día de hoy, ya que todo reciente acercamiento a la novela rusa no ha venido más que a confirmar que ni Tolstoi ni Dostoyevski han sido superados, y no creo que Shólojov llegue a convertirse en la excepción.

Hoy, a un precio ridículo, he adquirido los cuatro tomos de una vieja edición del Don apacible. Ignoro si la vastedad de su texto me inhibirá de hincarle el diente en el futuro, pero cabe la posibilidad de que, así como un buen día me atreví con Pasternak, también me zambulla en ese mundo pintoresco y lejano de los cosacos rusos; aunque es claro que en el día de hoy, donde priman la premura y la síntesis, la dimensión desmesurada del Don...no deje de constituir un persuasivo impedimento.

Misterio de Toledo







Toledo se embebe de tarde;
la urbe de sus siglos reposa.
Siente el peso de sus piedras,
ya no recuerda su fundación remota.

Aciago laberinto encastillado,
cobijo de césares y poetas,
de religión y de magia,
de soldadesca y de letras...

Peña noble y vigorosa,
encrucijada de España,
morada de sus tres razas,
atalaya de las águilas.

Puebla tu aire un espíritu,
 perfil de lo castellano;
a sus sueños puso trazas,
a sus gestas, alabanzas.

Toledo la  misteriosa,
dédalo de los siete umbrales,
geometría de entelequias,
roca segada de un Tajo.

Nostalgias bibliófilas

Nostalgias bibliófilas
Hay detalles en los que uno reconoce que se halla bien entrado en la madurez. Por ejemplo mi pasión por recuperar esos libros que supusieron o podrían haber determinado una huella profunda en el camino de la vida. Sobre todo la nostalgia me embarga por aquellas ediciones de las que hastiado de ellas por la sobreabundancia de la juventud malvendí a algún librero de lance inescrupuloso. En cuanto puedo, trato de recuperarlas. Hoy ando a la caza y captura de "La montaña mágica", de Mann, que editara en su día la desaparecida colección Reno,  de editorial  Plaza y Janés. Y la tarea nos es nada fácil, pues llevo meses detrás de esos dos tomos, que en su día fueron consolidando mi gusto literario. La lectura de esa novela, yo creo, fue uno de los acicates más determinantes  de que yo me decidiera un día a escribir. Tras la lectura de La montaña mágica comprendí que había realizado algo importante en mi vida.

Esos libros de Reno tienen para mí un atractivo especial, pues fue a través de ellos que me inicié en la lectura. Me gusta recuperar esos títulos que en su día fueron míos, y que luego deseche por considerarlos banales. Pero también procuro adquirir esos otros que jamás leí y en los que persiste la tentación de hacerlo, recuperando así un "tiempo perdido" que parecía irrecuperable. Con ellos me adueño de un pasado que pudo haber sido y que la naturaleza unívoca del destino nos impidió saborear. Por ejemplo, no me gusta leer a las Brontë si no es en la colección Reno, como así las obras de Baum o Somerset Maughan. A través de dicha colección he llegado a Malaparte y Saroyan.
Recuperar esos libros perdidos, que algún día pertenecieron a nuestra biblioteca, puede llenarnos de satisfacción. Hoy por ejemplo he recuperado el Ulysses de Joyce, que en dos volúmenes editara Lumen, con traducción de José María Valverde. Todo un ejercicio de nostalgia que nos ayuda a reintegrar nuestra identidad perdida, como esa pieza extraviada del puzzle, cubierta de polvo y olvido debajo de un armario.

Esplendor de Macchu Picchu

A NERUDA

"A través del confuso esplendor....
A través de la noche de piedra..."

En el seno del silencio
donde trama su génesis la aurora,
donde seducen los ecos
primordiales del misterio
y el vuelo esquivo de las aves
rasga la maraña primaria de tinieblas.
Donde nacen los suspiros y los ríos,
donde la palabra ensangrentada
escucha su propio eco en el dolor y sus llagas.
Vigila el viento de dónde sopla,
de dónde procede la armonía
equidistante de la esfera,
la dimensión abrupta de las serranías,
el vértigo del tiempo en el abismo,
 la simetría de las estaciones,
el campo herido por el arado genital
del sacrificio y la vida.
Escucha el mar, que en su horizonte
traza la finitud del día, la linde del ensueño;
siente el  latido de las montañas
que escala la geografía de la altura.
Porque allí en lo inaccesible del silencio,
entre la roca arisca de las perdidas latitudes,
o en el sagrado secreto de las grutas,
nieve y verdura mítica,
en la proporción gigante de la piedra,
por los siglos olvidados
en medio del espacio sin dirección y sin distancia,
elevando al cielo la plegaria
de su secular lamento,
como las alas desplegadas del cóndor
desafían lo infinito,
suena la quena, primordial y sutil,
que concreta en las almas
tu misterio celeste y pedernal,
herencia de selva y cordillera, Macchu-Picchu.