Rey Leónidas

Rey Leónidas

 Leónidas, rey, 

figura arcaica

pero nítida y cotidiana.

Alzaste al hombre del barro.

rozando en tu impulso los cielos,

nuevo Hércules

de lo divino partícipe,

en cuya copa bebiste 

venidera gloria

coronado con laurel de victoria.

Noble rey

en las Termópilas libre,

por las Termópilas preso.

Sacrificio de muerte

vaticinaba el oráculo,

el temblor de la tierra

y la luna sangrante;

pero por tu valor 

 la derrota supuso triunfo,

ganó alientos la esperanza.

Venciste de la espada y el auspicio,

y perseveraste disputando

la sacrosanta libertad.

De los hombres conociste

la soberbia y la traición. 

Cuando Efialtes te vendió

y supiste tu suerte echada, 

no renegaste a tu escudo

y mantuviste como rey pundonor.

Al reclamo rencoroso de la muerte, 

junto a tus trescientos escogidos,

sucumbiste por tu grey

en la sangrienta pelea;

y en esa ofrenda de amor

tu memoria viva perduró

y enmudecieron los siglos.

Que el hombre ya no es esclavo

por su virtud, fue heraldo

que conocieron

muchos pueblos sometidos;

su recuerdo maldijeron 

los más perversos tiranos,

viles sátrapas y mezquinos soberanos.

Educado no para reinar, te forjaste

lejos de la molicie palaciega,

aprendiste el rigor

de Esparta, la severa,

la sed en sus caminos,

el hambre en sus eriales,

la vara del castigo,

la cruda pelea donde se curte

el alma ferrea del guerrero.

Conocías tu designio

y el deber de un espartano:

caer en la batalla

para salvar al hermano.

La libertad tiene un precio

que ha de pagar

todo hombre que no quiere ser esclavo.

Afrontar el peligro con valor

es misión del hombre osado.

 Quizá sea hoy luchar,

por tal ideal, denodado

una vana quimera,

pues virtud, honor, libertad,

parecen palabras hueras.

 O es lo que quieren demostrarnos,

pero tal vez no lo sean.

De Los Genios, de Jaime Bayly

De Los Genios, de Jaime Bayly

 Hace estos días en el levante un calor intolerable. No se para de sudar. El resultado de las elecciones de ayer nos ha dejado perplejos y, también, sudorosos. Cuatro años más de lo mismo puede resultar asfixiante. He pasado la mañana a la espera de un transportista que me ha traído un paquete. Cómo no, libros. Hay agoreros que presumen que a los libros no les queda futuro. Yo opino que son el clavo ardiente al que aferrase si no se quiere sucumbir a la hecatombe tecnológica, de la cual solo sacan provecho unos cuantos listos.

En la tarde he salido a estirar las piernas. Paseo que ha desembocado en una librería low cost de la ciudad, donde he adquirido un volumen de las obras completas  de Josep Pla, en catalán; una joya como casi todo lo del escritor ampurdanés; y  un par de novelas de Vargas Llosa. A la salida, el calor agobiante me ha exigido meterme en El corte inglés. La pereza de volver a casa bajo el riguroso clima y preparar la cena, me ha impulsado a ascender hasta la cafeteria de los grandes almacenes y dar cuenta allí de una merienda cena. El caso es que tales impulsos comienzan a ser demasiado frecuentes. Veremos cuando a fin de mes pasen factura de lo acumulado en la tarjeta. 

Tras el refrigierio, he permanecido contemplando los tejados de la ciudad, que pueden sugerir lo más variopinto como a Cojuelo. Luego, he curioseado los libros de Vargas y he recordado un video visto durante la mañana sobre la novela de Jaime Bayly, Los genios.El libro se ha convertido en un fenómeno editorial. Y eso es lo que los editores quieren que sean los libros: fenómenos. Vargas Llosa y Bayly ya no son escritores, sino fenómenos mediáticos. A Mario Vargas Llosa se lo conoce ya más por su trayectoria que por su obra. Pocos son los que lo hayan leído a fondo, pero bastantes más los que saben de sus premios y galardones, su agenda viajera, o sus lios de faldas y demás comidillas. Bayly, otro fenómeno, es igualmente conocido biográficamente y por su asidua aparición en las pantallas televisivas. Bayly me ha parecido un personaje que trasciende el fenomeno literario; lo suyo es una histríonica puesta en escena, o una suerte de reality o performance que el autor comparte con sus lectores. Bayly es consciente de su dimensión de fenómeno, y en cuanto tal proyecta su obra. En Los genios abandona toda trascendencia y recurre al chisme. Narra un peripecia en torno al sensacionalista crochet de derecha que Mario propinó a Gabo. La causa real que motivó la trifulca ha permanecido en el silencio; ambos protagonistas se atuvieron al no comment. Bayly no se detiene en analizar los motivos reales tampoco, sino que partiendo de la riña, fantasea y desarrolla un chisme fabulesco que sea comidilla en los bastidores literarios. Veía a Bayly manifestarse en la pantalla y lo reconocia un medium transmitiendo los misterios del Parnaso a unos embelesados neófitos de la lectura. La literatura parecía haber perdido su fondo más entrañado hasta convertirse en vehículo con el que propagar las patrañas más extravagantes a incondicionales descarriados por la fantasía. No es nada extraño que muchos autores anónimos no rasquemos bola pues así de palmariamente nos hallamos alejados del nivel de fenómenos. Ellos son como surfistas que permanecen en la cresta de la ola, mientras que nosotros hace ya tiempo que probamos el sabor amargo del mar.



Animal político

Animal político

 Muchos son los malentendidos que devienen de la frase de Aristóleles: El hombre es un aninal político. A mi criterio a tal aserto faltaba añadirle el adverbio "además". Induce al error si tal axioma se concibe como un absoluto. El atributo animal político constituye solo una de la capas que engoblan el concepto hombre. Existe una conciencia colectiva de hombre, a su vez que otra individual, personal e intransferible. Nacimiento, dolor y muerte son privados, aunque en conjunto participemos de su Idea. La dimensión cívica del hombre ha hecho que muchos ideólogos prescindan de ese yo sin el cual no existiría la conciencia del universo. Ese íntimo e ínfimo Francisco Juliá es donde éste únicamente se explica, parte donde tiene cabida el todo como la parte en el todo.

Desde el Café del Príncipe

Desde el Café del Príncipe

 Me hallo de nuevo en el Café del Príncipe, desde cuyos ventanales contemplo la vida de Madrid y escribo estas líneas. Es para mí un lugar esencial desde el que parten todas las perspectivas de la ciudad: ese Madrid alucinante que nos sobrepasa. Un mundo bajo cuyo cielo ocurren todas las cosas.

Salgo del Prado y apuro lentamente una cerveza fría mientras atardece y me dispongo a disfrutar lo que queda de domingo. En Madrid caben todas las alternativas aunque muchas de ellas no son recomendables. Sólo para hombres de la condición del Zorba de Kazantzakis sería aconsejable echarse la manta a la cabeza. Porque probablemente vivir desaforadamente quizá nos arrebate la vida plena. 

En el museo he saboreado una exposición de Guido Reni. Confieso que para mí Reni era uno de los pintores clásicos italianos más desconocidos. Pero sus obras me han sorprendido, reconociéndoles una factura excelente. Trata el tema religioso desde una variante menos cruda que Caravaggio. Sus atmósferas no son tan sórdidas, tal vez más edulcoradas. Nos presenta un cristianismo de suavidades de la Gracia, cercano al de Rafael. En su pintura no existe el patetismo flamenco ni la abstracción del Greco. Es un artista de la luz, solar, sin recovecos ni simbologías solapadas.

Parece que en el día de hoy nuestro Señor me ha tutelado en la jornada a Él dedicada. Mi hermano me recomendó que en tal día de domingo asistiera al culto en alguna iglesia evangélica madrileña; recuerdo varias de ellas cuya resonancia remonta a la memoria de la infancia. Pero no sé, sin darme cuenta, mis pasos me han conducido bajo ese sol que empezaba a ser implacable hasta la iglesia de los Jerónimos, acaso el templo más emblemático de Madrid. He entrado diez minutos antes de que comenzara la misa, para satisfacer el ocio del turista y salir cortanto antes del comienzo de la solemnidad. Sin embargo, me he sentido cómodo allí, sentado en uno de los últimos bancos de la nave, bajo ese silencio profundo que llena numerosas iglesias católicas. Tanto que, cuando ha empezado la ceremonia, no he sentido la necesidad de desertar. He escuchado la Palabra, he escuchado el Credo, casi el mismo que mi madre recitó semanas antes de morir y me he conmovido. ¿Será que estoy más cerca de Dios? ¿Que los  asuntos de la Fe me son más propios, y encuentro en ese silencio contrito de la iglesia un eco inmaterial que yo sólo percibo?

Mi lugar junto a James Joyce

Mi lugar junto a James Joyce

 Recientemente, he vendido tres volumenes de mi obra pasada a una libreria low cost de la ciudad. Mi único propósito era airear mis obras, que han caído bajo la inercia del peso de la indiferencia y el olvido. Parece ser que se ha vendido una; las otras dos permanecen en el rincón de una leja  discreta y rasera, qué impide a la clientela reparar en ellas, pues es necesario agacharse para acceder a las mismas o leer el título del lomo. Y eso de agacharse se reserva para los menores de 50.

 Por todos nosotros ya se quejó Larra cuando suscribió la frase de que "escribir en España era llorar". El escritor desespera ante la vorágine desdeñosa que lo arrastra sin que quepa lugar a enmienda. Estoy acostumbrado al ostracismo de mi obra, pero no oculto que me complacería que mi último libro mereciera algún tipo de mención o comentario. No arrojo la toalla. Sólo una cosa me consuela del desinterés global hacia mi obra y es que ésta figure, siguiendo el índice por autor, aun en una librería de segunda mano, junto a uno de los pocos genios lieterarios reconocidos en la historia de las letras, el irlandes James Joyce. Teniendo en cuenta mi humilde aportación, que mejor y honrosa compañía que la del autor del Ulysses.