Hoja de otoño

Hoja de otoño
El mar, el mar...
elemental proximidad.
Reunión de pájaros
volando en círculo.
El cielo de par en par.
Poniente de ascuas herido;
las nubes quietas como celofán.
Alma sin vínculos...
muda soledad
Solo lo enraizado en tierra
encuentra la verdad.
Luz deshilachada, la tormenta
y el vendaval.
Turbulencia de aguas, desnudos bosques.
Solo son ecos del otoño al pasar.

VENECIANAS XLI :EL RETRATISTA DE VENECIA

Cuando descubrí Venecia, desconocía que entre la extensa nómina de sus muchos retratistas se contaba con un español. Se trataba del pintor madrileño Martín Rico Ortega. Fue uno de los pinceles más destacados de nuestro siglo diecinueve, discípulo de Pérez Villamil y coetáneo de Beruete y Fortuny. Entré en su conocimiento gradualmente. Por desgracia no pude contemplar su gran exposición, celebrada en el museo del Prado, en 2012. Pero fue en dicho museo donde admiré uno de sus cuadros genéricos sobre la ciudad de los canales: La Riva dei Schiavonni, lienzo en el que acierta plenamente, penetrando en la magia de la ciudad. Acertada de la misma manera nos parece su técnica como asimismo el uso del color. Para quien ha visitado Venecia, la estampas de Rico la ilustran con sobrada vivacidad poética. Su acercamiento, de perogrullo es reconocerlo, es más actual que el de Canaleto y más reservado que el Turner o Monet. De sus cuadros se desprende que amó sinceramente Venecia, y en ella se instaló los postreros años de su vida, hasta que le sobrevino la muerte en 1908. ¿Qué mejor marco para un ocaso?
Es más que probable  que Martín Rico conociera Venecia a través de Fortuny, otro de sus grandes residentes ilustres. Seguramente Fortuny lo inició en la venecianología, pero es claro que Rico recorrió un camino propio de exaltada pasión por la ciudad lagunar. Su Venecia posee el pintoresco encanto de los románticos, pero resaltado por una plasticidad impresionista en el uso del color y la luz. Martín Rico nos recuerda la Venecia que guardamos en el corazón, y admirados por sus vistas, en las que se nos descubren los más atractivos rincones, vamos penetrando el nostálgico secreto  que trata de confiarnos, por medio de la alquimia del cuadro, la Serenísima. Si buscas un acercamiento, tan sincero como cautivador, a Venecia, no rehúses acercarte a la obra de Martín Rico Ortega, donde a través de sus cuadros soñarás esa Venecia deslumbrante que fue, contemplada por una mirada por igual afectuosa como lúcida. Martín Rico Ortega, el pintor de esa luz morosa y cálida, tan sugestiva como atrayente, transforma a Venecia en ese prodigio que gusta representarnos.

Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar

Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar
Se desliza la tarde como cadencia de mujer al andar.
En el gramófono suena la primera de Brahms,
mientras el flexo recoge el vuelo de un silencio
que va de Nietzsche a Maurois.
Congrega la tarde las escamas del tiempo,
y tal vez en la calle un poco de lluvia, el viento.
Mi oratoria se diluye en la pantalla  de cristal
y descubre mil ventanas que no me saciarán:
Neruda, Descartes, Tahití, Aldebarán,
son como aguas fugaces
en las anárquicas fuentes del eterno pasar.
Café tras café, el teléfono muerto
rubrica esa llamada que nunca llegará.
¡Será la voz de la nada la que permanecerá!
Escribir, leer, es mi humilde libertad.
¿Conjugaran mis letras algún verbo elemental?:
sentir, vivir, amar. Renunciaré al deseo,
y acaso nuevas rosas florecerán.
La tarde disuelve sus luces,
mi alma entre sombras está:
una biografía de Lorca, algún opúsculo de Kant,
y en el gramófono aún suena la primera de Brahms.

El ILOTA

El ILOTA
El amo me tiene encerrado en el barracón del patio. Sujeto por una cadena a la correa del cuello. Soy como un perro; no soy más que un perro. Me mantiene a oscuras porque no quiere por mi causa malgastar el aceite. Me da de comer bazofia como con la que alimenta a sus marranos. La barraca no es más que una pocilga. Cuatro tablas con un tejado sin remachar por donde filtra la lluvia. Soy esclavo, soy hijo de esclavos. Mis padres perdieron su honor cuando los lacedemonios ocuparon laconia. Antes vivían de la tierra: una tierra fértil regada por húmedos ríos. Nunca conocí otro horizonte que el Taigeto. Amo este valle, porque en él reconozco mis raíces; pero sé que tras las cumbre elevadas se haya la libertad. La libertad no la he conocido en vida; todas mis decisiones se han plegado a una resignada sumisión.

Desde mi infancia adoré al amo como si fuese un dios.  Mi cándida mirada lo observaba entrar en casa ceñido por su armadura, dando rigurosas instrucciones a mi padre y envolviendo con extrañas miradas a mi madre, de las que más tarde, cuando crecí, averigüe su obscenidad. Mi padre lo bañaba, cuidaba del fuego del hogar, cepillaba a sus brutos, lo untaba con aceite cuando acudía a la palestra, le servía el vino, velaba sus armas antes de la batalla. Mi madre preparaba su comida,  lo recibía en el lecho cuando en las noches se presentaba bebido y hacía salir a mi padre para que se ocupase de sus podencos. Desde la oscuridad de mi lecho, escuchaba yo sus lascivias, las blasfemias derramadas sobre el cuerpo profanado de mi madre. Sabía que tras estas odiosas visitas, el humor de ella caía siempre en la acritud; su corazón se volvía severo y yermo, indiferente a cualquier cálido sentimiento, duro como un mineral, carente de amor. Se sabía cruento el amanecer, cuando se experimentaban tan frecuentes las tinieblas del infierno.

En la choza no había vida familiar. Con tal desarraigo fui criado, padeciendo las iras de mi padre que se desquitaba, escarneciendo mis lomos con una fusta, de las vergüenzas de su deshonra.  Mi madre raramente me hablaba si no era para recordarme mis obligaciones, que se resumían en una: servir a los amos:  el estratego Androcles, su esposa, sus hijos, esos malnacidos que me apedreaban, me zaherían con pullas, me escupían, me humillaban, hasta hacerme escapar a los campos acosado por sus mastines. Solo cuando me perdía en el bosque, y se escuchaban lejanos los ladridos podía decirse que volvía a encontrarme. Creía entonces que, si el mundo me permitía un momento de paz junto a la fresca corriente de un riachuelo, acariciando mi frente los juguetones rayos de sol que penetraban la espesura de los árboles, la realidad no se reducía al pequeño rincón de Sparta. Podía existir un mundo donde la vida fuera bendición y no castigo. Y solo esta esperanza permitió que los años pasaran. Mi padre murió en la guerra sirviendo a su señor. Acabó con él una flecha argiva que taladró su cuello de parte a parte, cuando protegía a Androcles, que había perdido su escudo en la refriega. A mi madre la desposaron con otro esclavo, que no quiso saber nada de mí. El viejo Androcles ahora me ha escogido para atender a sus hijos.
La tiniebla del barracón es densa, se presienten todos los terrores de la noche. Sé que pronto me soltarán y me echarán los perros. Y Nagis y Atesidoro, los hijos de Androcles, saldrán en mi busca. Sé que quieren mi sangre, mis yertos despojos de ilota para probar su hombría, y ser aceptados entre los homoioi. En cualquier recodo del camino, tras una enramada cualquiera  me asaltará toda la furia sanguinaria de Sparta, con toda la crudeza de su significado, y no sé si en el vasto universo habrá respuesta para el grito más íntimo de mi dolor.

El Angel Azul, de Heinrich Mann

A Heinrich Mann, al contrario que a su hermano Thomas, se le recuerda hoy día de un modo un tanto vago. Pocos deben ser los lectores que se han acercado a su obra, y si lo han hecho ha sido de forma indirecta, a través de una película de Sternberg, protagonizada por una transgresora Malerne Dietrich: "El ángel azul".
El ángel azul es la patética historia del profesor Unrat, donde se retrata la peripecia de su naufragio moral.Unrat es el típico burgués, asentado en su convenciones y prejuicios, que ve desmoronarse ese tampantojo de hipocresía que lo recubre, al permitirse el desliz de echar una cana al aire. El hombre, sustentado por todo el entramado con que la moralidad establecida lo guarece, descenderá al nivel de un pelele, a manos de la cabaretera Fröhlich, criatura de la ciénaga cuya catadura moral no conoce lo que es el escrúpulo. La pérdida de esa ilusoria inocencia hace que el edificio de la integridad de Unrat se desmorone bajo los pies. En la radiografía de este antihéroe, Heinrich Mann echa mano de toda su sutileza sicológica, describiendo en el lacerante proceso cómo puede devenir irrisoria la más encorsetada solemnidad. Pero la suerte de Unrat no tiene nada de cómica, sino que sucumbe a la desolación más trágica. Quizá no descubramos en ella la sangre, la tribulación, el cadáver, pero sí el convencimiento de la muerte moral: drama acaso mayor que la misma extinción.
La novela de este otro Mann convence, mueve a la reflexión y no deja indiferente al lector; tal vez no repentinamente lo haga en el lector joven, pero si en aquel en cuya vida hayan coexistido las luces con las sombras.
De Heinrich sabemos que daba réplica a las densas conversaciones mantenidas, sobre lo divino y lo humano, con su hermano Thomas. Conversaciones de una ostensible profundidad, similares a las que introduce este último en su gran novela "La montaña mágica". Todo hace suponer que Ludovico Setembrini es un trasunto del propio Heinrich. Y acaso no haya,en la historia de la literatura, coloquios más sustanciosos que los que entabla el italiano con el pequeño Naphta.

La tiranía de Pisístrato

La tiranía, históricamente, tiene mala prensa, por ello es recordado con reservas el gobierno de Pisístrato. Cierto es que el tirano alcanzó el  poder por un golpe de estado, que derrocó un gobierno oligárquico lleno de fisuras, pero no por ello se desligitima su régimen, que contó con numerosos apoyos. El ascendiente de Solón y sus leyes se había diluido, y en Atenas pugnaban distintas facciones que no llegaban a consolidarse. Pisístrato presentó su ejercito en la llanura ática y nadie osó hacerle frente.
Pisístrato dio estabilidad a la política ciudadana, cohesionó el ejército y protegió las obras públicas y la cultura. Durante su gobierno lidió con algunas guerras fronterizas, pero nunca comparables con las que tuvieron lugar en el siglo V. Tal coyuntura favoreció el asentamiento de su tiranía.  La aristocracia rival, resignada  a su éxito político, desarrolló una estrategia de entendimiento con el tirano cuando no de abierta colaboración, como fue el caso de los Filaidas.
La crítica histórica se siente más inclinada a realzar la labor de los Alcmeónidas en la polis ateniense, a través de esos nombres fundamentales como el reformador Clístenes o Pericles, forjador de la época de mayor esplendor de Atenas y garante del régimen democrático. Porque sin duda es este régimen el que despierta todas las simpatías en nuestro mundo moderno. Por eso resulta problemático el juicio objetivo del gobierno de Pisístrato, que favoreció las necesidades del pueblo, estableciendo acuerdos fundamentales con las clases oligárquicas.
Durante su mandato Atenas gozó de un período de prosperidad y engrandecimiento. La tiranía fue censurada en el juicio de Platón, cuya república sagrada no podía simpatizar con una connivencia con la plebe. Aristóteles tildó a Pisístrato de demagogo, que seguramente lo era. En cualquier caso, esos años de gobierno estable prepararon a Atenas para la debacle que le iba a sobrevenir, como fueron las guerras médicas. Que la sociedad ateniense funcionara, en lo que toca a sus instituciones y el ejército, fue decisivo para el triunfo final sobre los persas y para el establecimiento de ese marco revolucionario que fue su democracia.

La ética en Nietzsche

La ética en Nietzsche
Convendremos todos en que el problema ético es tratado por Nietzsche en su "Genealogía de la moral". La naturaleza del libro obliga al filósofo a plantearse un pronunciamiento ético, de juicio de valor. En él Nietzsche define un posicionamiento en el terreno moral, y consecuentemente en el político. Si en lo moral reconocemos a un pensador radical, transvalorador de los valores, empeñado en invalidar los 20 siglos de cristianismo, en los político, nos tropezamos con el tradicionalista, cantando sus aleluyas por una clase aristocrática que, seguramente, para el filólogo clásico, tiene sus raíces en los "agatoy"griegos. Nietzsche
antepone la vieja moral pagana exuberante, vital, agónica, frente al ideal ascético cristiano. Su juicio de bueno, justo, virtuoso, se explica en el concepto de areté del mundo clásico. Niestzche, que huía de la canalla como del diablo, y cuyas consideraciones sobre el socialismo moderno no eluden el tono peyorativo, no podía concebir una moral que justificara a los débiles, a los esclavos, a los mediocres, en detrimento de una clase en apariencia fuerte, señorial, y privilegiada. Las simpatías de Nietzsche por definirse por este partido del triunfo, que se justifica por si mismo, y no por la fe en la divinidad, son comprensibles, pues no hay nada más afín que halague nuestra vanidad. Su apuesta por los fuertes, por los bellos, los buenos, solo corresponde a su albedrío. Tal opción es un respetable ejercicio de libertad. Pero quién nos dice que tal valoración ofrece una viabilidad categórica, o, simplemente, puede ser mensurada en el inconmensurable universo.

Bonaparte en la literatura

He iniciado la lectura de una nueva novela: Los cien días, de Joseph Roth. Leí con gusto su Marcha Radentzky, aunque no me pareció esa obra genial. Los cien días tratan del retorno de Napoleón desde Elba hasta su debacle en Waterloo. No dudo de que el magnetismo del emperador subsiste a través de los siglos.
Se puede enjuiciar su trayectoria desde muy diversos puntos de vista. Desde una reflexión objetiva de la historia, el legado napoleónico presenta un contraste acentuado de más sombras que claros luminosos, aunque se nos pretenda remarcar ese "Sol de Austerlitz". La evaluación tolstoiana de "Guerra y Paz" lo defenestra históricamente. El hombre que salvó la revolución domesticándola, levantó la furia de Marte por toda la geografía de Europa, sembrando sus campos de cadáveres y sus despensas de hambrunas. El hombre providencial Bonaparte, como Napoleon I fue azote del orbe. En cualquier caso, su obra era una purga que debía apurar la modernidad, un mundo que debía responder a nuevas y acuciantes exigencias.
Si la mirada que Tolstoi dispensa a su figura no deja de ser execrable y condenatoria, encontramos una réplica más lenitiva en el formidable retrato que nos hace del Napoleón hombre la deliciosa biografía de Emil Ludwig. La de Ludwig es una visión subjetiva del personaje, un acercamiento al individuo privado, real, lleno de todas las contradicciones que confluyen en todo ser humano. En ella descubrimos al ciudadano Buonaparte, joven lleno de ambiciones, sumido en las adversidades de la vida, con el atisbo de un futuro que no lo librará de la mediocridad. Pero pronto veremos obrar los engranajes del destino, que como rápido torbellino lo aupará hasta la cima de sus ambiciones. Tolón, Italia, el 18 brumario lo conducirán hasta esa ocasión privilegiada de la historia, cuando la Francia revolucionara pudo reconocer a todas las monarquías de Europa prosternadas a sus dictados. El genio militar de un hombre transfiguró la realidad europea y estableció las nuevas directrices para el mundo moderno. No es fácil, tras meditar sobre la obra de Ludwig, ver la figura de Bonaparte sin simpatía. Como tampoco resulta hacerlo, tras analizar los comentarios encomiables sobre el emperador, tal como a través de su obra nos hace Stendhal.

James Joyce

Como dijo Borges en una célebre conferencia sobre James Joyce: si de toda la modernidad hubiera que salvar un libro, éste sería el Ulysses. Es, sin duda, la novela paradigma de la modernidad. Se corresponde, en la novela, con los logros alcanzados por Picasso en la pintura. Joyce es un escritor de culto. ¿Quién de a los que ha penetrado el gusanillo literario no ha sentido fascinación por la obra del irlandés? Porque el Ulysses desarrolla una propuesta creativa sin parangón. Recuerdo que de todos los libros leídos durante mi juventud ninguno tuvo mayor impacto. Cómo no, tuve la tentación de imitarlo.Y esto quizá se deba a la actitud rebelde e innovadora del libro. Joyce, en el Ulysses, se complace en derribar todo lo viejo. En defenestrar todos los iconos, en entrar a saco en el inmovilismo de la novela. Lo que Joyce crea, ya no es una novela, es otra cosa. Y con ella abrirá surcos a todas las modernas manifestaciones literarias, donde se ve disuelta la barrera entre los géneros. Ni Becket ni Miller hubiesen existido sin Joyce, ni la novela como la concibe hoy día un Vila-Matas. Ulysses dio el vuelco de la modernidad.
Fue la de Joyce una vida burguesamente oscura. Todo su significado fue literario. Los datos biográficos ofrecen la irrelevancia de una azarosa cotidianidad. Nació en Dublín, cursó estudios en los jesuitas, abandonó Irlanda, trabajó como profesor en Zurich y Trieste, se casó y tuvo dos hijos, su mayor hito fue la publicación de Ulysses en París, murió ciego. Su pequeña crónica nos estremece, una pequeña crónica como la que nos propone en el Ulysses, donde se nos narra la oscura peripecia de dos modestos seres a lo largo de un día, en la ciudad de Dublín. De está insignificante anécdota, dietario superfluo del hombre de hoy, Joyce construye un entramado epopéico, que dará respuesta a la vicisitud del hombre europeo del siglo veinte. Con espíritu quirúrgico Joyce destripará hasta la última víscera la anatomía cultural de su tiempo, escrutará su posibilidades y fijará sus límites. Libro verdaderamente enciclopédico, rompedor y camaleónico, fijará el listón de la nueva literatura. Hay un antes y un después del Ulysses, como lo hubo del Quijote.

ARETÉ

La "areté" es el concepto que enmarca el ideal del mundo clásico griego. Resumía lo perfecto, lo noble, lo bueno; en términos morales, definía su virtud. En busca de tal logro se afanaba el hombre griego antiguo. En el fondo de su paideia quizá se encontrase esa meta. Acaso los educadores sofistas la mantuvieran como su principal premisa en su tarea de modelar a la juventud de las clases dirigentes. Pues para estas clases, protagonistas preponderantes en una bien trabada sociedad de castas, la posesión de estas cualidades sin pares marcaba las diferencias.

La areté era casi consustancial a la clase aristocrática (los Agatoy), cuyo propósito en la vida era hacer brillar su excelencia y su superioridad sobre las clases menos privilegiadas. El noble debe ser sobresaliente en la guerra, en la cultura, rico, poseedor de una gran extensión agraria  y de una estimable cuadra de caballos. Su vida se planteaba en pro de estos fines. Para ello empleaban su tiempo en los quehaceres y adiestramiento que les eran aconsejables. En una sociedad belicista como la espartana, su vida se veía consagrada a las exigencias de la guerra. Para ella eran formados desde la infancia, y puede decirse que para ninguna polis helena la areté pudiera tener mayor significación. La nobleza durante el tiempo que no la reclamaba el campo de batalla, se adiestraba en la caza, en las crianza de sus yeguadas, y se solazaba en los simposio, donde además de beber y seducir a los efebos, cultivaban su espíritu con el recitado de los poetas.

La areté siempre mantuvo ese barniz de ideal griego. Desconozco si en Atenas, durante el régimen democrático, llego a empañarse su cultivo. Sabemos que en el propósito de Pericles (que no dejaba de ser un Alcmeónida) contaba buscar para su polis objetivos consustanciales en virtud y poderío. Por otro lado, el talante de Pericles no puede ser más inequívoco en la prosecución de tales fines morales. La areté fue el motor que llevó a los griegos a mejorarse a sí mismos, a medirse en agones y justas, hasta alcanzar esa optimización que, una voluntad que conquistó y convenció al mundo, exigía. Solo al empalidecer este ideal, con la desmoralización del hombre romano, se consumó ese transvalorización de valores que predicaba el cristianismo, donde el amor y la paz, términos antitéticos de la guerra y eros, demolieron los pilares del mundo clásico.

GETSEMANÍ

Es noche en  Jerusalén,
que a sus espaldas reposa.
La luna anuncia perfiles
entre un augurio de sombras.
En el huerto apartado,
se retuercen los olivos
con una artrosis de ramas,
mientras envuelve a sus hojas
un frío brillo de plata.
Desgarro de soledades
y una luna sola en lo alto,
cómplice y desguarnecida.
Un hombre apartado apura
bajo una sombra arbolada
el vaso de sus quebrantos.
Susurran sus labios, gimen
inquietudes laceradas,
brotan amargas palabras
sembrando de angustias su alma.
La noche sobre él cierne
su silencio atormentado;
en sus abismos de sombras
dijérase que se escucha
el sisear vil de una sierpe.
Su conciencia escarnecida,
crisol del dolor del mundo,
rezuma por su febril frente
tormentos que en sangre cuajan.
Herido de tantas penas,
no encuentra, procela amarga,
para su cabeza lugar
donde con paz recostarla.
Desde lo hondo del alma
un rayo de luz le alcanza,
la conciencia se ha acallado,
y resuelto, se levanta.
A sus íntimos advierte
de rumor de gentes y armas.
El Iscariote es escoltado
por guardias del sanedrín,
quienes entre codiciosos
y aterrados le replican
 feroces al quién buscáis
de su acuciante llamado:
¡Al nazareno Jesús!
¡Yo Soy!, les responde Él.
Y al vigor de su Palabra,
revelación de ÉL QUE ES,
fue su celo derrumbado.