MENDIGOS (Relato)

MENDIGOS (Relato)
Peter solía mendigar -y aún continúa haciéndolo- en la calle principal de Alcázar, acuclillado junto a una de las hamburgueserías más concurridas de la ciudad. Aunque esta ubicación era a veces alterada por un rincón bien visible en la plaza Nueva. Podía vérsele, pues, acuclillado, o sentado sobre un cartón, entrelazadas las piernas como las de un faquir, silencioso, con su barba rala, cara de circunstacias y la mirada fija en un punto impreciso, como si mirara más hacia dentro que hacia fuera. Acurrucados en derredor, dormitaban sus perros, cubiertos por una manta cuando refrescaba. Eran tres, de distinto sexo e indefinida raza. La perra tenían algo de pastor y el perro parecía un perdiguero, blanco con rodales negros. De los nombres sólo recuerdo el de éste, Funke; el de las perras no lo sabía precisar, pues las llamaba en alemán, con unos sonidos guturales como rugidos. Nunca se separaba de ellos; lo compartían todo: la cruda soledad, la casa, en la que en ocasiones coincidíamos, y el alimento. Buena parte de la limosna que recogía, a veces sustanciosa, pues Peter tenía un aquél que caía bien al personal, la malgastaba con los perros. Quería más a esos bichos que a nosotros, que éramos sus colegas, con los que tantas veces había compartido techo - aunque este fuera mísero y ruinoso- y la fraternidad de unos tragos por las noches, cuando lo veíamos apartar los anchos tablones que disimulaban el muro medio derruido por el que accedíamos a la casa y nos reuníamos en torno a un fuego. Pronto nos cercaba el nerviosismo de los perros, ladrando, mordisqueando, husmeándolo todo. Por deferencia a Peter, nos veíamos obligados a soportar, aunque con resignación cada vez más gravosa, a aquellos animales del diablo durante la larga noche. A veces, quedábamos dormidos y sentíamos su aliento en la cara, y la verdad es que teníamos que mantenerlos a distancia, si no podían llenarte de chinches y garrapatas.

Peter no era gran bebedor, al contrario que Herminio y yo, que quizá abusemos demasiado del alcohol. Desde que lo conozco, y eso casi coincide con su llegada a Alcázar, apenas lo he visto un par de veces lo que se dice borracho de verdad. A él le priva más una china o los porretes de grifa. En su tierra, sé de buena ley, estuvo enganchado a la coca. Tuvo que salir por piernas. Alguien le contó que en España el coste se obtenía de gañote.

Sus roces con Herminio por el asunto de los chuchos -porque yo lo achaco a éstos , aunque no niego que pudieran haber razones escondidas, pues el corazón de la gente es retorcido e imprevisible- llegaron a la crispación aquella noche en que los tres nos hallábamos pasados de bebida. Habíamos mezclado vino con aguardiente, uno a granel que era como beber alcohol de farmacia. Así que no tardamos mucho en quedar achispados. Pero lo cierto es que entre Peter y Herminio existía de antes cierta antipatía, ¡vamos!, que no se tragaban el uno al otro. Porque el alemán iba por derecho, lo cual en Herminio despertaba una envidia que lo reconcomía por dentro. Debieron tener sus más y sus menos en aquella época en que parecían uña y carne, durante los comienzos de nuestra amistad. Debió de ser la novedad, porque molaba eso de tener un colega extranjero. Llevaba apenas unas semanas en la ciudad cuando le conocimos. Nuestro rollo abarcaba la zona Reyes Católicos-Estación Renfe, hasta plaza Nueva, que es donde trabamos amistad. Intimamos pronto, pese a las suspicacias del germano, que era un hueso duro, bastante reacio al compadreo. Nuestra primera francachela la corrimos aquella misma noche, dando cuenta de una botella de coñá  que Herminio había afanado en unos almacenes. Hospitalarios, le invitamos a acompañarnos a la casa abandonada que solíamos ocupar, sobre todo durante las noches peores del invierno. Pronto él también se hizo inquilino por el morro y disfrutamos  muchas veladas, acurrucados los tres( más tarde se añadieron los perros) en torno al fuego, cuyas llamas iluminaban el pequeño comedor, mera covacha apenas habitable con la que había que conformarse, pues el resto de la casa estaba llena de escombro.

Juntos, además, batíamos la zona centro hurgando en los contenedores de basura, en los que si se tenía suerte se encontraba algo con lo que se pudiera mercar. Nuestro mejor negocio fue esa vez en que desvalijamos el cobre de una fábrica de hilados y nos lo pagaron a precio de oro en la chatarrera.
Aquella fue una buena época. Pero como en esta vida nada dura, pronto todo se fue al garete. No nos quedó más recurso que pasar la gorra, que es una forma de decir que mendigamos. Con lo cual sacamos alguna guita durante las fiestas de Alcázar, cuya mayor parte malgastamos con unas golfas que hacían la carrera en la plaza Velázquez. Fue Herminio, el más rijoso de los tres, quien se apresuro a camelar a una de las putas con su cháchara lisonjera y obscena. Dilapidó los cuatro chavos que tenía en festejarla. Ella debió corresponderle, pues él se volvió más tratable, aunque al llegar la noche no tuviera un mendrugo que echarse a la boca.  Eva, pues por tal se la conocía, aunque quizá sólo fuera un nombre de batalla, en el esplendor de sus dieciocho años debió de ser una belleza gitana nada desdeñable, pero con el transcurrir de los años había desmejorado mucho. Era una beoda, y su guarrería había ensuciado su lengua y la hacía pensar siempre mal. Tratarla debía ser un infierno. Yo no la hubiera follado ni regalada. Pero Herminio estaba encelado, y había perdido los papeles. Le previnimos sobre el asunto, pero pasó de nosotros y se comportó como un pringao. Peter le advirtió que el roce con fulanas puede resultar peligroso, y le dio algunos  consejos. Herminio respondió con un corte de mangas y se fue. Después de aquello aumentó su inquina contra Peter. Por un tiempo rehuyó nuestra compañía y se entregó a la más cachonda de Eva, pero pronto la miel se le volvió hiel en la boca. Tuvo la tentación de chulearla, pero ella ya estaba resabiada, y a él le faltaban redaños. No sacó de ella ni cuatro duros, y la tía se aburrió pronto de tal parásito y busco la protección de los de su raza. Herminio la sorprendió una noche amancebada con un gitano que le había birlado sus cuartos. La reyerta no tardó en consumarse, y una noche, en un callejón próximo a la plaza Velázquez, se enfrentaron. La navaja del gitano brilló premonitoria antes de herir a Herminio en el brazo, quien al ver la sangre se amilanó y huyó de la refriega.

En la mañana, le vi entrar en la casa. Yo permanecía aún acostado, aturdido por el colocón de la noche. Me habló con toda la mala leche de que era capaz, sujetándose el brazo que traía herido por un tajo profundo que todavía sangraba. Mi pidió que lo curase. Le lavé la herida con un culo de vino que había sobrado y se la vendé con un pañuelo. Le aconsejé que debería ir a un hospital donde le curasen bien. Demostró su rechazo maldiciendo y rechinando los dientes. Con el tiempo, conseguí tranquilizarlo, ofreciéndole tragos de una botella de coñá que me había agenciado. Antes que el alcohol lo adormilara, tuvo varios arranques de cólera, en los que juraba cepillarse a la Eva y al cabrón del gitano. Herminio jamás asimiló su cobardía.

Fue por entonces cuando el guarda de una obra regaló a Peter las dos perritas, porque a Funke lo recogió vagabundo y famélico, persiguiendo a las gaviotas que correteaban sobre la arena, en playa de Buenavista. Los cuidó como si fueran sus hijos, y era muy raro verlo sin su compañía. Pronto el hombre de los perros se hizo familiar en las calles de Alcázar. Con frecuencia los traía a nuestro cubil, donde no sosegaban un momento, babeándonos la ropa y llenando de piojos los cartones que usábamos de colchón. Solíamos hacer la vista gorda, pero tal situación no podía prolongarse. Herminio, que desde su altercado en la plaza Velázquez, andaba bien jodido y buscando en quien asentar la mano para calmar su mala leche, encontró en Peter y su camada blanco perfecto sobre los que orientar sus resquemores.

Aquella noche llegamos ya los tres algo achispados a la casa. Un par de latas de sardinas teníamos para acompañar el morapio peleón. Herminio que desde que se comió las sardinas de la cena no dejaba de soplar y ni siquiera compartía la botella, como para dar la coña, blasfemó y dijo:
               - ¡ A estos perros de mierda me los voy a cargar un día!
Y sacudió una patada a una de las perras que insistía en olisquearle los pies. La tangana se organizó al instante. Peter amenazó con tomar represalias si el otro volvía a maltratar a sus animales. Herminio escupió todo su veneno, y juró rajarlo el día menos pensado. La cosa no llegó a más porque pensábamos que ha Herminio le faltaban huevos. Todo quedó en bravatas y juramentos, un mal rollo que obligó a Peter a abandonar la casa aquella noche, seguido por sus perros, que meneaban dócilmente el rabo.

Unos días después encontré a Peter pateando la ciudad desasosegado, sobrio pero sombrío, solo con dos de sus perros correteando tras él. Me confió que le habían robado una de las perritas aquella misma mañana. Admiré su solicitud y preocupación tratándose simplemente de un animal, pero hay que reconocer que en la calle, donde no se tiene ná de ná, se agarra uno a lo que sea sino se está podrido del todo. A la perrita la encontraron degollada en un descampado próximo a la estación. Peter lloró de la rabia. Desde ese día no hemos vuelto a ver a Herminio.

Poetas y poesía

No puedo ocultar que mi acercamiento a la poesía y los poetas es algo receloso. De éstos despierta mis reservas su condición pusilánime, de hombre entregado a tareas placenteras, que inclinan al individuo más al vicio que a la virtud. Durante mi formación juvenil la poesía formaba parte de mis lecturas; recuerdo que en aquella época leí la poesía más esencial. Aunque no muy a fondo a los clásicos, pues la obra de Góngora , Quevedo y Lope presentaba un calado profundo, sí me dilaté en la de nuestros poetas del diecinueve y del veinte, Espronceda, Bécquer, Darío, Machado, la generación del veintisiete, primordialmente Alberti y Lorca, también a Hernández, León Felipe, Neruda, etc.
De la poesía foránea frecuenté la lectura de Baudelaire y los simbolistas franceses, Rimbaud y Verlaine, principalmente. Y es que aquello de las flores del mal y una temporada en el infierno despertaba verdaderamente el morbo. Ambos forjaron un malditismo que hoy rige el chauvinismo poético. En ese momento para mí los poetas eran hombres osados, que hacían frente a lo establecido, enarbolando el estandarte de la libertad. Hoy he de  constatar que sus figuras humanas se han empequeñecido conforme he ido madurando, y se perfilan como seres miserables dominados por la molicie y el vicio, pero hábiles con la palabra. Supieron plasmar en sublimes versos su desgarrado acontecer antes de precipitarse como detritus en el sumidero del tiempo. Cuando volvemos a su memoria lo hacemos en su lectura, pues en aquellas estrofas canonizadas dejaron lo mejor de sí mismos. Por mi parte, escribo poesía y no se bien por qué; mi único argumento es que un buen día, en la soledad de un hotel en Olimpia, Grecia, me metí en la cama con las Odas de Píndaro y me puse a recitar en voz alta. Al poco rato, noté como una embriaguez me invadía; mi ánimo enaltecido quizá se elevase hasta las cumbres del Parnaso o algo parecido; los versos de Píndaro resonaban con una autoridad atemporal, profética. El numen de la belleza parecía haberme poseído y el torrente de la pasión había enardecido mi alma hasta las lágrimas. Tal vez exista el éxtasis en la poesía como en la fe. Junto a los abundantes disolutos, tal vez exista el genio ermitaño que se complace en la pureza. Aunque la redención por el arte no deje de ser una redención parcial.

Visita a Toledo

Me llena el gozo cuando abordo la carretera que bordea el Tajo, en dirección a Toledo. Como tantas veces accedo a la ciudad por el puente de Alcántara. Me consta que no es el único puente con ese nombre, y que existe otro romano próximo a Cáceres. El toledano habilita una de las entradas a la urbe, que desde la altura preside el Alcázar. Tal puerta debió de ser vital en otros tiempos, pues la defiende el castillo de San Servando. No pocos encontronazos entre cristianos y moros debieron librar sus murallas. Escasos castillos preservan mejor el sabor medieval. Hoy constituye un aliciente más, que da raigambre a la ciudad. Al asomarme al Tajo observo que discurre moroso; el agostado verano ha mermado su cauce, propiciando que al llegar al Baño de la Mora sus aguas no presenten sonora turbulencia y se derramen casi mansas para trazar la hoz que abraza la abrupta peña. Hacia la vega se lo divisa plácido entre unos campos que denuncian los colores del estío, en donde abundan los ocres entre una verdura casi parduzca. Contrastan con la memoria de florido vergel con que Garcilaso los encomia, refiriéndose sin duda a sus orillas más feraces. Pero tales son los rigores de España, sus extremados contrastes.

Asciendo atravesando la vieja puerta árabe, acusando las  empinadas rampas y escalas hasta alcanzar la plaza de los conventos que colindan con una de las fachadas del hospital de Santa Cruz, hoy museo. En ella destacan unas galerías enmarcadas por arcos, que en alguna oportunidad anterior tuve ocasión de cruzar. Para salir de la plaza, hay que doblar hacia una cuesta bastante pronunciada, que mas o menos viene a dar en los aledaños donde antiguamente se ubicaba la posada del Sevillano.
Pocos portales hay en Toledo, si exceptuamos los de la catedral, como el del antiguo hospital de Santa Cruz. Su maravilla detiene al viajero, cuya vista se complace , atenta a cada detalle, a cada filigrana surgida de la piedra. Su ancho portalón invita a entrar al edificio, augurando en su interior parejas excelencias a las de la fachada. Si el visitante lo hace, créame no saldrá defraudado.

Antes de traspasar el arco de la sangre, me detengo a ofrecer mi saludo a la moderna estatua de Cervantes, que se adelanta airosa a darnos la bienvenida. Significa ya para mí una fórmula en la que solicito la buena acogida de la ciudad. Desayuno en Zocodover. La plaza ha cambiado bastante desde mi primera visita a la urbe. Donde hoy se abre McDonald, Burguer King y otros establecimientos por el estilo, antes se situaba Casa Telesforo junto a otros negocios que se ocupaban de la artesanía autóctona de dulces y mazapanes. Ingreso en el corazón de Toledo calle del Comercio abajo. No existe bajo donde no se instale una tienda, de la especie que sea. Si se dejara uno llevar por las tentaciones abandonaría la ciudad con las faltriqueras vacías. Porque a Toledo hay que acudir con el bolsillo bien nutrido, ya que en ella hasta el ver cuesta dinero. Pospongo la visita a la catedral para más tarde, y me encamino al barrio judío, dejando atrás la fachada principal con sus tres magníficas puertas, las del Perdón, el Paraíso y el infierno. El itinerario que sigo, el cual desde mis últimas visitas acostumbro hacer, se inicia entre el ayuntamiento, obra cumbre de la arquitectura civil en Toledo, y el palacio arzobispal. Tras superar un pasadizo cubierto, enfilo una calle que desemboca en la de Santo Tomé, uno de los lugares cruciales de la ciudad. Abundan en ella ejemplos de la arquitectura más antigua conocida en la urbe, si desestimamos monumentos tales como la mezquita del Cristo de la Luz, y acaso las viejas sinagogas. A media altura de la calle se eleva la torre mudéjar de la parroquia de Santo Tomé, iglesia de enorme relevancia en la historia toledana. Justo antes de doblar por el callejón que conduce hasta la puerta de la iglesia, instalado en la fachada, destaca el gran crucifijo. Semejante talla, más que nada por el lugar inusual que ocupa, significa una referencia esencial para el visitante, que bien pronto percibe la preminencia de la religiosidad católica en Toledo. Probablemente, sea la urbe de España con más conventos e iglesias por metro cuadrado. Distingue a Santo Tomé, ante todo por exhibir en lo que antes fuera una capilla, el inefable cuadro del Entierro del Conde de Orgaz, noble que según las últimas estimaciones su pedigrí sólo alcanzaba el tratamiento de Señor, que no es poco. Decir que quizá se trate de la pintura más lograda del cretense, tal vez resulte una obviedad. Digamos que el Entierro...es al Greco, lo que las Meninas a Velázquez. Tras esto sólo añadir que el lienzo supone un antes y un después en la obra pictórica del artista.

Descendiendo la judería, se desemboca en la sinagoga más importante de Toledo, la del Tránsito, conocida así porque por un tiempo fue dedicada a una advocación mariana.  El interior de la sinagoga no deja indiferente. En su decoración se extrema la excelencia de la conjunción del arte arábigo-sefardí. Repleta de epigramas y arabescos, su arquitectura nos recuerda como ninguna que Toledo era la ciudad de las "tres culturas".A unos metros de la sinagoga se extiende el paseo del Tránsito, lugar donde antiguamente se extendía la barriada perteneciente al marqués de Villena, en donde abría su taller el Greco. De un lado del paseo se goza de las vistas más maravillosas de la ciudad, con su accidentada orografía: el meandro del Tajo, el imponente despeñadero de su cuenca y los cigarrales de fondo, que van a perderse en los montes de Toledo ; del otro, delimitado por una larga tapia, abre sus puertas lo que hoy se conoce como la casa-museo del Greco. Se trata de unos edificios que acondicionó el marques de la Vega Inclan para promocionar la cultura en la urbe y consagrar el nombre de Theotocopuli. En su interior se exhiben lienzos nada desdeñables del artista. Resulta placentera su área ajardinada y el peculiar conjunto arquitectónico sume al viajero en la nostalgia.

Al otro extremo de la calle nos aguarda otra gran sorpresa: El monasterio de San Juan de los Reyes. Fue obra erigida por los Reyes Católicos, que quisieron reservarlo para su morada final, antes de que su mausoleo en la capilla Real de Granada fuese definitivo. La mayor maravilla de San Juan de los Reyes es sin duda su claustro. Maravilla de maravillas donde el caminante, sofocado por los rigores
mesetarios, puede encontrar sin duda su oasis. Es una filigrana del gótico flamígero, en donde en cada elemento resalta la excelencia. Cada arcada es diferente, como diferente es cada capitel y columna. Allí se presienten los sosegados paseos de los monjes y el rumor de los rezos. Nada queda que añadir tras el exhaustivo estudio que sobre él realizó Bécquer. A día de hoy, está totalmente restaurado, pues en viejas fotografías se muestra derruido en alguna de sus partes. A la iglesia no pude entrar, pues en ese  momento se celebraba una boda de alto copete, a juzgar por el modelito de auto descapotable  de colección que aguardaba en la puerta.

Perdido luego en el dédalo toledano, me propuse dar con Santo Domingo el Antiguo, convento para cuyo retablo realizó el Greco sus primeras obras en España. Contra todo pronóstico, la búsqueda no fue del todo ardua. Pronto reconocí los muros de Santa Leocadia, iglesia que siempre permanece  cerrada, salvo en horas de misa. Como había escuchado que desde la terraza de la casa que fue de Paco de Lucia se divisaba la torre del siglo XIII de la iglesia, decidí buscar su paradero. No tuve que esforzarme mucho, pues se ubica en la misma esquina de la plaza, encarando la entrada del convento de Santo Domingo. Ambos lugares visité; el hotel Entre dos aguas abre sus puertas a unos metros escasos de la casa que Bécquer habitó durante su estancia más prolongada en Toledo. Del paso del poeta me parece que sólo queda la memoria de una plaquita en la fachada; del guitarrista, cuadros, documentos, guitarras, su memoria reciente en unos patios donde aún parecen escucharse sus pasos. En el convento me aguardaba el retablo renacentista, primero en su estilo de Toledo, en donde destaca la copia fastuosa de la Trinidad. En verdad, el cuadro más canónico de Theotocopuli, donde se advierten las influencias venecianas y romanas. El serpentinato del Cristo yacente es inequívocamente miguelangelesco. Una monjita anciana me invita traspasar la verja que separa la capilla del convento; a través de un butrón abierto en el suelo se puede divisar la cripta donde reposa un pequeño ataúd encofrado, cuyo interior se supone contiene los restos del pintor de Candia. Acepto los argumentos irrefutables que aduce la religiosa para probar tal certeza. Sea o no verdad, no hace daño a nadie y supone un aliciente más para aquel turista que se decide a visitar Toledo.

El último track del Parsifal

Oigo el último track del Parsifal que Knapperbusch interpretó en Bayreuth. Wagner calificó la obra de festival sacro. En ella se demuestra que desde la heterodoxia se puede participar de la más ortodoxa espiritualidad. Se sabe que Wagner albergó el proyecto de componer un drama versado en la vida de Jesús de Nazareth. Nunca lo realizó, tuvo que conformarse con su Parsifal. Nietzsche reconoció que su música hería como un puñal. En esa coda final se evidencia que al menos Wagner vislumbró los bordes del cielo. En el vuelo de la alba paloma sobre nuestras cabezas debe encontrarse inefable plenitud. Nuestras manos ensangrentadas por el pecado presentarán la blancura de la nieve. Y nuestra alma se elevará hasta la pureza impoluta que trasciende de esa música inaudita. ¿Finalmente encontró Wagner esa conversión que irónicamente denostaba en Listzt? Nietzsche vaciló ante ese atisbo de santidad. No se puede revelar tan límpidos celajes sin haber entrevisto qué hay más allá de uno mismo. ¿Intuyó Wagner en la trascendencia la liberación de la desesperanza de la "voluntad"?

Sobre Invierno en Lisboa, de Muñoz Molina

Estoy leyendo El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina. Es un escritor cuya trayectoria no puede ser más admirable. Hijo del pueblo, se hizo a sí mismo a golpe de folio, de relato, de novela. Reconozco que he llegado a su literatura algo tarde, pero es que me cuesta gran trabajo desertar de mis clásicos. Muñoz pertenece a mi generación, año arriba o abajo. Mi primer contacto con su obra fue a través de su relato autobiográfico Ardor guerrero. Leyéndolo, reviví mi mili casi coetánea y análoga a la suya. Ambas en el lluvioso norte, y sometidas a muy similares vicisitudes. La novela de Muñoz hasta cierto punto me ayudó a reconciliarme con un tiempo que creía perdido, a aclarar un serio borrón que solapaba nuestra biografía.
Nacido en Úbeda, Muñoz siempre se sintió ávido de nuevos horizontes, los cuales fueron despejándose con un prematuro comercio de su pluma. En la mili, ya se sentía escritor y aprovechaba esos prolongados intervalos que se daban en el ejercicio de la soldadesca para emborronar y emborronar cuartillas. Recuerdo que durante la mía mis mandos me observaban por el rabillo del ojo al verme devorar novela tras novela. En su sana filosofía deducían que el hombre que lee mucho no es del todo de fiar. Seguramente estaban en lo cierto, pues durante aquel período es cuando más alejado me sentía yo de los valores castrenses. Pero volvamos a Muñoz, quien se bautizó en la novelística con su Beatus ille, con cuya primera edición me hice yo recientemente. Y así novela tras novela alcanzó el renombre literario y hasta la solemne orfandad de ocupar un sillón en la Real Academia de las Letras.
Invierno en Lisboa quizá sea una de sus obras más conocidas. No sé si llegó a hacerse una película.
Muñoz domina el oficio, y con unos cuantos elementos desarrolla un relato cuya lectura engancha desde sus primeras páginas. Es una de esas historias que se cuentan durante las largas noches de copas. Utiliza un decorado que conoce, el de las noches canallas de San Sebastián, de cuya sabia se embebió amparado por los pases fin de semana que se proporcionaba a los soldados que no quedaban bajo arresto. La atmósfera del relato es sombría, agobiante, casi claustrofóbica. En su coctelera agita todo los elementos del Thriller: alcohol, jazz, sexo, culpabilidad, y crimen. Muñoz maneja con maestría tales resortes y nos hace adentrarnos en un angustioso túnel cuyo itinerario conlleva un peaje de complicidad e incertidumbres. A su final nos perseguirá un rastro
de imborrables máculas. No será la indiferencia lo que nos despierte, si acaso la derrota. Tras traspasar la barrera de la justicia, la sangre ya no podrá borrarse de nuestras manos ni la condena de nuestra conciencia.

Voces del parque del Retiro

Voces del parque del Retiro. Hay multitud de moscas que transitan mi anatomía con molesto zumbido. Se escucha el rumor de los pasos de los paseantes, que van y vienen; el ladrido de un perro mascota, el tráfico a lo lejos, el son de una trompeta en lontananza. Puedo escuchar el murmullo  de la fuente aunque quede distante, el fru fru del viento agitando las ramas de los árboles, en los que las hojas relumbran como pinceladas de luz de un pintor impresionista. Rutinas del viajero. Se ven juegos y carreras infantiles, se oye un ronco rugido de motor, la vibración uniforme del camión grúa. Se cruza un hombre fumando, los jardineros atienden a sus faenas, hiere la retina el rojo de las flores. Una mujer oriental pasea a su niño en un cochecito. Tras un seto,  se abre un rincón de juegos donde los niños se columpian y se ensucian de vida. Las hojas blandamente caen, los pajarillos corretean por el césped, las palomas se posan sobre la pileta de una fuente  en donde acaba de manar el surtidor de agua. Calor. Un ciclista barre mi horizontal. Un claxon. Rasga el silencio la trompeta lejana.. El ruido de la fuente. El comezón de las moscas. Rodales de sombra que esparcen los árboles. Es ya mediodía. No queda tiempo para el  silencio. A estas horas bulle la ajetreada colmena de Madrid.

LA FUENTE II

Me he detenido solo
para contemplar la fuente.
¿Qué misterio encierra
su discurrir sonoro,
el cristal de su esencia,
elemental y puro?
Es su fluir corriente de vida.
Hay lamento y júbilo
en su transparencia intacta.
Prorrumpe su voz clara
como a mi alma llama
el manantial de tiempo.

¡ÁBRETE, SÉSAMO!

¡ÁBRETE, SÉSAMO!
Caminando la madrileña calle del Príncipe, en uno de sus portales me topo con un reducido escaparate que llama mi atención. En él se exponen unos cuantos libros junto a la fotografía de un Hemingway ya maduro, barbado y canoso, posando exultante bajo una esquela en inglés que más o menos viene a decir lo de siempre: "Este lugar lo frecuentó Hemingway durante su estancia en Madrid". Ojeando más detenidamente los libros expuestos, descubro que en su mayoría corresponden a obras que en su día fueron galardonadas con el premio Sésamo de novela. Reconozco que nunca sospeché que tal premio estuviese patrocinado por una taberna en concreto de Madrid, como por un Café lo estaba el Gijón, fundado por Fernando Fernán Gómez. Tras la vitrina se advierte un ejemplar de Anagrama de El bandido doblemente armado de Soledad Puértolas, un libro de Cela que fue Planeta, una edición de Anaya de Papel Mojado, de Millás, y desplazadas en un rincón unas novelas sobre las que no tenía referencias pero que en su día también fueron agraciadas con el "Premio". Sus títulos y autores me son del todo desconocidos.

Tentada mi curiosidad, me decido a entrar en la taberna. Al final de un solitario pasillo, una estrofa inscrita en la pared, rubricada por Machado, da la bienvenida al visitante. Como siempre en Madrid se habla de la poesía y los poetas. La curiosidad me llama a considerar lo que depararán estas Cuevas de Sésamo, lugar candente  de las legendarias noches madrileñas. Pasa por ser un pequeño antro de poetas, sobrado de rincones solitarios donde celebrar los cenáculos. Un pianista ameniza la velada desde un piano de pared. La partitura no me resulta familiar, aunque no me he fijado bien si toca de oído. Al alzar la vista, descubro los muros decorados con dibujos y grabados, alguno de ellos firmados por personalidades bien conocidas. Frente a mí, una viñeta de Summers. A su vez se aprecia alguna extravagante escultura dispersa en distintos espacios. Pido una cerveza, decidido a permanecer cierto rato en el establecimiento. Coincidiendo con mi llegada, el pianista se toma unos minutos de reposo. Ya maduro coqueteo con una bohemia que se me escapó en la juventud. Escucho el cuchicheo de las mesas próximas, en las que presumo que no se habla de letras. A mitad de mi cerveza concluyo que en las Cuevas de Sésamo ya no quedan poetas, quiero decir poetas con obra. No se aprecian émulos de Rimbaud o de Cavafis. El ambiente no invita a permanecer allí mucho rato. No llego a apurar la cerveza y me encamino la barra no sin cierto desencanto. Una vez allí pregunto al camarero sobre la celebración de tan afamado premio. Me confirma que ya no se convoca, que es ya casi un olvidado evento del pasado. Lo que me pregunto es qué es lo que haría el sesentón Hemingway en ese antro de juveniles poetas. Quizá le pasara como a mí, que le picaba la curiosidad y se regocijaba observando a la fresca carne de cañón de la poesía. En el momento de marcharme, el local se anima con una pieza de Ragtime, que ofrece el pianista de regreso a su instrumento. De allí se va uno sin embolsarse ni la calderilla de Alí Babá ni esclarecer el  secreto que la musa retiene a buen recaudo en el Parnaso.

Tales Cuevas fueron cavidades concurridas en la posguerra. La intelectualidad troglodita se refugiaba en tales cavernas, donde era familiarmente reconocido el arisco espécimen de la contracultura. Se dice que las "cuevas" son hábitat de desarraigados y de gitanos; es más que seguro que a una categoría equivalente han de pertenecer los poetas bisoños. El oficio poético fue profesión noble en las nobles edades; hoy, en las edades parias, pasa por ser oficio de "canallas".

Clamor de alma

Clamor de alma
Silencio. Noche.
Palpitación dormida.
Verso que se desangra
como para un sacrificio.
 Sordo canto elevándose,
celebrando un extraño culto,
cual un rayo sustancial
que profana la tiniebla
y acomete con impulso hacia lo alto,
donde desprende su armazón baldío...
Márgenes huidos,
sutil gracia expandida
como suspiro atemporal,
del corazón la llama
ardiendo permanente.
Liberación del grito condenado;
develará el alba pura
la liviana gravedad de su secreto.
Aires del empíreo,
celajes sin horizonte
donde todo es un aquí sin lontananza,
consistencia de espejos,
fulgor de llama,
clamor de alma.

La voz de la copla

A día de hoy pasa la copla tradicional  a ser juzgada bajo un prejuicio peyorativo, reconocida como una prenda desfasada del baúl de la nostalgia. En la presente sociedad global, donde impera una cultura manipulada de masas, y donde el gusto sufre bajo poderosísimas recomendaciones coercitivas,
las modas artísticas varían según el canon que las influencias prefiguran para las muchedumbres. Por poner un ejemplo, durante un tiempo asimilamos el fenómeno Beatle como un acontecimiento desaforado y desmesurado. Solo hoy comprendemos que aquello no era más que una ilusión, que se trataba solo de unos jóvenes que ejecutaban una música pegadiza, cuyas letras eran más bien ñoñas o intranscendentes. Yo, como muy buen vástago de mi generación, también consideré a la copla como anticuada y palurda, porque nos daba la imagen de esa España de la que pretendíamos emerger. En ella se amalgamaban los sones de la patria inmovilista, esa España de charanga y pandereta machadiana, en la que pervivía toda la tradición de majas y manolas decimonónicas, espejo de lo popular en su sentido más degradado.
En los últimos tiempos tengo la oportunidad, debido a una larga convalecencia por enfermedad de mi madre, de escuchar reiteradamente aquellas viejas canciones que constituyen el acervo de la tonadilla española. Para mi madre, que cuenta 94 años, aquellas melodías conformaron su universo musical y emotivo. Tras escucharlas repetidamente, uno comienza a reconocer las excelencias de algunas de ellas, a identificar a los cantantes y a valorarlas más allá de pedantes prejuicios. Pronto se da uno cuenta de que entre las grandes de la copla española se destacaba el bien decir de Concha Piquer. Si acaso su voz no era la más lírica y colorista, su técnica interpretativa alcanzaba la maestría. Tatuaje, Ojos verdes, En tierra extraña, y tantas otras dejan ver su talento inimitable. Concha Piquer, sin duda era la diva en el género. Pero quería hacer hincapié en un cantante que también  acaparaba las mejores virtudes como intérprete. Me refiero a Juanito Valderrama, cantante más arraigado en lo popular que la propia Concha Piquer. Hay una copla titulada Su primera comunión, en la que Valderrama vierte toda la emoción que despierta en él la ceremonia de la primera comunión de su hija. Impregna la canción un prístino fervor, descubriendo la verdad allí donde se envuelve de inocencia y donde el sentimiento religioso, en toda su cándida hermosura, nos hace reconocer un tiempo donde de los corazones manaba la más cristalina sinceridad. Sentimientos de la cristiandad
más modestamente bella que pueda surgir de la voz más ferviente y popular. Una pureza innata, devotamente humilde, que ya no encontramos en los tiempos demonizados que vivimos. La cínica vivencia de hoy día ha perdido cualquier atisbo de candor.

BIBLIOCULTORES

Sigo por YouTube diferentes videos en donde se nos muestra la fastuosa biblioteca de Luis Alberto de Cuenca. Tal dedicación debe responder a una proyección de la infancia, etapa en la que se da en el hombre el fervor coleccionista. Mi pasión infantil por el coleccionismo de cromos, futbolísticos en mayor medida, ha degenerado en el adulto recolector de libros. Mi casa aún da para instalar alguna nueva estantería, no como en la de Luis Alberto, donde la epidemia se ha expandido hasta en la cocina y donde ya no se puede introducir ni de canto un ejemplar de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. El coleccionismo es una ocupación agradable, y en ocasiones sirve de acicate para levantar una moral decaída, cuando por ejemplo uno encuentra a precio de ganga, apenas unos exiguos euros, una vieja edición de Rayuela de la Editorial Sudamericana y resulta que en internet se vende por más de veinte. Aún no renuncia uno a que se de el día en que encuentres una joya literaria, en el expositor de un librero negligente, que te saque de apuros. Cuando he descubierto el negocio que se puede hacer con el Rayuela, mi primer impulso ha sido el de intentar revenderlo. Pero luego he sentido la cautela de conservar ese viejo ejemplar del 68(menudo año) ¿Quién sabe? Hasta puede ser que acabe leyéndolo, aunque en una edición más sufrida. Pues ocurre con los libros leídos y releídos, que quedan en unas condiciones que luego no son aptos para el coleccionismo, despertando la suspicacia de que acaso Luis Alberto no haya leído sino un breve porcentaje de la magnitud de su inconmensurable biblioteca o que tal vez lo haga en ediciones que al mancillarlas no despierten ningún remordimiento.


Reflexiones de un escritor maduro

Quien reserva inquietudes literarias ha de mantener las antenas alerta a la atmósfera circundante que se respira. Como escritor más bien poco reconocido que soy, me preocupa la permanencia de tan irredenta condición. Como principiante trataba de asimilar los reiterados reveses que vetaban la esperanza de algún día llegar a formar parte del elenco de las consagradas plumas patrias. Como neófito, uno siempre encuentra carencias y no dejan de estar a la orden del día las comparaciones. ¡Que si fulanito riza el rizo del estilo! ¡Que si menganito maneja como nadie los puntos de vista!
¡Perengano, por su parte, hace un uso innovador de las estructuras! ¡Esta claro que alcanzar tales excelencias se convierte en una tarea inalcanzable! Por generación, pertenezco a la quinta de Muñoz Molina. Coincido con él en muchas cosas, hasta en la de padecer ambos una mili coetánea bastante similar, aunque el en San Sebastián y yo en Oviedo. En el resto, en nada nos parecemos; el tuvo una laureada carrera literaria, en la que hasta se le abrieron las puertas de la más "honorable" institución de las letras. Mi camino fue distinto. Quería ser escritor, pero bien pronto me di cuenta que el oficio de la pluma estaba reñido con la cuestión pecuniaria. Ante la alternativa de morir de hambre o cambiar de oficio, hube de decantarme por esto último. He llevado una vida de pringao hasta estos días, aunque alimentao, cobijao, empeñao y un poquito viajao. Mi vocación la practico como amateur, condición de la que se loaba Cortázar, aunque no le dolieran prendas confesar que vivía de sus derechos de autor. Y es que en parte en Cortázar reside hoy mi problema, más que en él propiamente, en su literatura. Se daba unos aires Cortázar de señorito ocioso, pedante y enrevesado, sobrado de las cuestiones de la vida, que se enfrasca en elucubrar intrincadas sopas de letras, crucigramas argumentales,  sudokus irresolubles, polifonías gregorianas, laberintos sin salida, criptogramas y jeroglíficos. Para quienes vivir la literatura se ha convertido en una cuestión de sudor y sangre, de dignidad y justicia, se nos hace muy cuesta arriba aceptar que las nuevas corrientes literarias se extasíen en estas catarsis ludópatas. Ahí tenemos a Vila-Matas; al escucharlo uno recela que el fondo de la vida y el arte, íntimamente imbricados, revistan tal infantil juguetería, esa suerte de irresponsable cachondeo. Y cuando uno nombra a Vila-Matas, piensa en muchos, de los que no daré nombres, pues no está en mi naturaleza el talante de chivato. Verdaderamente, la ética en el escritor, como en todo hombre, es una cuestión de conciencia.