ORACIÓN DE ESPERANZA

ORACIÓN DE ESPERANZA
Señor, mantenme firme
en tu culto; de mi oración
no disuelvas los lazos.
Hazme persistir en tu camino;
que en cada uno de mis pasos
prevalezca la virtud.
Prepara mis músculos
para la lucha,  y que mi voluntad
no vacile ante el embate;
manten mis armas
dispuestas para el encuentro,
y no permitas que Fobo
me espante en la hora de la prueba.
Señor, en Ti he confiado,
creo que solo en ti
prosperará mi camino,
pues tuyos son los confines y los días.

UN HOMBRE INSIGNIFICANTE

UN HOMBRE INSIGNIFICANTE
Fidel Gónzalez Turpín era un hombre insignificante. Su misma apariencia se definía en este sentido; era no muy alto, enjuto, enclenque,  y algo miope; su escuálida silueta de ratón a régimen, la rubricaba un pequeño mostacho hirsuto que sostenía su nariz pronunciada. Ésta era quizá excesiva para la menudez de su óvalo, pero servía de perfecto asiento para sus livianas gafas, que casi siempre pendían del tabique con la negligencia con que suelen hacerlo en el de los mismos eruditos.
Fidel Gónzalez Turpín tenía aspecto de lo que era: un oscuro funcionario condenado a lapidar su vida entre legajos y documentos, en una oscura oficina de cristales esmirilados, tras cuya opacidad la administración habitúa a ocultar sus crímenes. Gónzalez Turpín trabajaba ocho onerosas horas, que a veces se transformaban en diez u once, según andase la marea de demandas y suplicatorios, actas y contraactas, impresos e instancias. Desuncido el nudo de su corbata, trataba de poner orden en aquel maremagnum que se apilaba a su mesa, forzando sus ojos saltones, tensas la venas del cuello, agobiado por un bochorno que el ventilador de ocasión no remediaba, pues el aire acondicionado no funcionaba desde épocas inmemoriales. Entre pitillo y pitillo, suspiraba, miraba el revoloteo de la polillas en torno a la lámpara y se imaginaba su mesa despejada y los archivos en perfecto orden; pero esto era solo una fugaz ilusión y pronto volvía a la realidad de su escritorio asestado de papelotes, con su sandwich de todos los días mordisqueado por un hombre sin apetito, cuya única salida a su suicidio consentido era fumar y fumar, y entonces volvía a su paquete de Fortuna y lo encontraba vacío, y tenía que reconocer que aunque se tratase de una fatalidad aquella oficina era lo serio en su vida; al menos esto se iba diciendo entre colilla y colilla.
Fidel Gónzalez Turpín tenía una familia que, como él, también era insignificante. Su mujer, en su modestia, se veía asediada por una larga lista de patologías que hacían más esclava la vida del esposo, lo cual carecía de importancia pues éste como casi todas las víctimas tenía madera de mártir. Sus hijos, dignos vástagos de su padre, adolecían de su misma condición. Eran frágiles criaturas, idóneas para naufragar en el tráfago de la vida.
Pero a Fidel Gónzalez Turpín, como a casi todos los náufragos, no le faltaba su tabla de salvación.
Una de la pocas compensaciones que le ofrecía la esclavitud del trabajo era el sueldo a fin de mes.
Dichos emolumentos, aunque precarios, le permitían ciertos respiros. Porque el agobiado Fidel, entre excerpta incumplimentada y la gripe de los niños, no daba a bastos en sus obligaciones. Del sueldo que recibía, acostumbraba guardar un pico para sus gastos personales. Y ¿cuales eran éstos? Tentábale a Fidel los narcóticos, el vino, las mujeres, el dominical encuentro de fútbol en el estadio municipal. ¡No tal! Fidel era un lector compulsivo. Devoraba galeradas de libros de las librerias locales, hasta donde el pico de ese sueldo le permitía adquirir. De niño, siempre admiró las grandes plumas, esos nombres mayestáticos de graves resonancias. Y soñó que algún día, tal vez, él mismo alcanzaría su estatus. Se imaginaba que la gran cultura era siempre recompensada, y que cuando él la alcanzara se vería eximido
de las gravosas servidumbres de la vida. Por eso cada fin de semana se sorprendía a Fidel frente a las estantes de las librerías, cargado con bolsas de compra, husmeando con su fino hocico de ratón si entre las colecciones de libros destacaba alguna novedad que hasta entonces se le hubiera sustraído.  Tal predilección por los libros, le había permitido reunir en casa una copiosísima biblioteca, a cuyo culto se aplicaba mediante extrañas liturgias, en sus ratos de ocio.
Tamaña vocación por la palabra escrita, contribuyó a que un buen día también Fidel se dedicase a su cultivo. Empleando algunas de las horas de descanso en el ejercicio envolvente de la máquina de escribir, logró el neófito reunir unos cuantos escritos breves en un libro de relatos. Y cuando tuvo el libro perfectamente cosido, lo presentó a un editor. De la modesta tirada, no se vendieron más allá de cinco ejemplares. Debacle con la que Fidel Gónzalez Turpín vio desmoronarse su sueño ilusorio de alcanzar esa rara "gloria" que lo rescatase de la vorágine de su desolación. Hoy, mártir de la letras, se le sigue sorprendiendo en su peregrinación de fin de semana, de librería en librería, de libro en libro, de Hemingway a Proust, de Kafka a Chateaubriand, en pos de su sueño imposible, con la desesperación de un toro que enviste instintivo a su propia muerte.

CRETA Y LA CIVILIZACIÓN MINOICA

CRETA Y LA CIVILIZACIÓN MINOICA
Creta, además de ser la mayor isla griega, destaca también como la de mayor tradición, pues en ella se asientan los fundamentos del mundo helénico y en uno de sus montes más emblemáticos, el Ida, Zeus encontró su primera morada.

A Creta se la recuerda como centro  de la primera civilización egea, la Minoica, que toma el nombre  de su legendario rey Minos. Minos fue el nombre del rey-o reyes-en torno al cual se ha forjado la leyenda con la que esta remota civilización es recordada por la historia. El reinado de Minos se convierte en mito por la traición de su esposa Pasifae, quien se une al hermoso toro obsequiado por Zeus, para vindicar al rey entre sus celosos hermanos Sarpedón y Radamantis. De esta unión ilícita nacería la híbrida bestia que marcaría el destino del mundo minoico: el Minotauro. Se sabe que el Minotauro exigía un sacrificio humano del que se nutria, tributo que se recababa de entre los pueblos subyugados. Por su ferocidad fue encerrado  en el gran palacio de Cnosos, en un área protegida que tomó el nombre del laberinto. Dicha zona tenía fácil entrada, pero la salida era casi imposible. Toda victima que se adentraba en el complejo laberinto fenecía entre las fauces del Minotauro. Tal circunstancia perduró hasta que un joven héroe, Teseo, de origen ateniense, penetró en el baluarte, dio muerte a la bestia y escapó del lugar con la complicidad de Ariadna, cuyo famoso ovillo de hilo orientó al joven hasta la salida.

Seguramente,  la resonancia de este mito tiene poco que ver con el desarrollo de la civilización minoica, cuyos orígenes y destino se halla bastante ensombrecido en la noche de los tiempos. La minoica fue una civilización floreciente, perteneciente con toda certidumbre a esos pueblos conocidos en el antiguo Egipto como pueblos del mar. El área arqueológica de Cnosos apunta un entramado ciudadano bastante desarrollado, con asombrosos adelantos en sus infraestructuras y con una gran riqueza cultural. La Cnosos que conocemos, relaborada por Arthur Evans, presenta las suficientes maravillas para alentar muy positivamente nuestra imaginación. La envergadura de su palacio, las evidencias de sus manufacturas y comercio, su gran riqueza agrícola, su preponderancia como pueblo del mar, hacen de Creta ese eslabón imprescindible entre el arcaico Mediterráneo y la nueva civilización griega que despunta: la Micénica. Quizá su último secreto lo guarde Santorini, pero las causas del declive de las civilizaciones nos ha demostrado la historia que pueden ser bien distintas.

Al agua muerta

Al agua muerta
Bebería en el cristal de esas fuentes
su dechado, si no advirtiera
como receló Machado
un poso amargo
en el mudo espejo
de su agua muerta.
Manantiales de aguas vivas
que ya solo brotan
donde el hombre no alcanza,
pues para apagar la sed
ya no bastan ni los viejos pozos
ni las quietas aguas.

Madrid, Madrid...

Madrid, Madrid...
Madrid se desvive en un convulso frenesí,
el denso tráfico ruge sobre el asfalto:
los autos fieros cruzan como balas la glorieta Carlos V.
Las multitudes se apiñan como hormigas a la puerta del hormiguero,
en Preciados y Sol. Gran vía
nos propone su sueño cosmopolita,
me tomo un respiro en el café del Príncipe,
Cibeles, Neptuno, la plaza Mayor,
el crepúsculo que tiñe del color de un poema la plaza de Oriente.
Ocioso camino las calles de su historia,
sus parques y palacios, vida que se derrama
en el cristal de sus fuentes y en el bullicio
de sus vindicaciones: Crispación de puños apretados
y balas de goma. La vida de Madrid suena
como una guitarra de Rodrigo mientras la muerte
sigue circulando entre la alarma de sus ambulancias,
que ya no son blancas..
Madrid, Madrid provincial y altanero,
convulso frenesí es la vida de Madrid.




Recuerdos cuartelarios

Recuerdos cuartelarios
Viendo un reportaje sobre Oviedo, en el que se hace mención de la circunstancia de su dispersa universidad, repara el comentarista en que una de las infraestructuras más importante de ésta la constituye el Milán. Sobre él se menciona su condición de viejo monasterio benedictino, soslayando
el uso a que estuvo destinado durante muchos años, como cuartel del ejército. El viejo Milán 3, rebautizado más tarde como cuartel del Príncipe,  contempló el discurrir por sus naves de cuantiosas generaciones de soldados.
Mi experiencia como soldado de 2º clase, durante el período conocido como milí,  fue, como para los pocos seres que nos consideramos inadaptados, más bien amarga. No faltaron las consabidas vejaciones por parte del mando y la soldadesca que contribuyeron a agravar nuestra de por sí escasa autoestima. Falto de carácter, dependiente de unos padres que nos habían criado en el mimo excesivo, esta batalla a campo abierto con el mundo acabó en el más desastroso de los fiascos. Recuerdo que el día de la licencia, abandoné Oviedo bajo un síndrome agudo de intoxicación etílica. Pues la afición desmedida al alcohol fue una de las escasas "virtudes" que adquirí durante dicho período.

Pero hacer memoria del Milán como monasterio benedictino nos llena de recelos, pues la vida cuartelaria, pese a sus sinsabores, no deja de tener para nosotros un cierto dejo romántico. Recuerdo el Milán, las amplias naves de la compañía, con sus ventanales rezumando lluvia, nieve en los inviernos.
Recuerdo los patios donde formaban los soldados, y  donde el oficial de guardia pasaba revista a la tropa dispuesta para el paseo vespertino. Todos nos mirábamos las botas, por si quedaba alguna mota de barro que no había podido disimular el betún. Porque había que joderse, si el pardillo estimaba que las botas no relucían como era debido: te esperaban unas claustrofóbicas horas de encierro en la compañía. No sé que hubiera sido de mí sin esa evasión que me proporcionaban Oviedo y sus calles. Benditos pases de fin de semana, cuando uno se olvidaba de ser recluta. En el Milán hice algunas buenas amistades que la misma vida malogró.
El corneta tararea diana o retreta. La diana era siempre odiosa, salvo la de los viernes, que prologaba el largo fin de semana, donde podíamos reencontrarnos, fuera en el viejo Oviedo o en el parque San Francisco. Otro día sonaba en el cuerpo de guardia, donde acaso me pillaba leyendo, porque acababa de regresar del servicio en una garita. Leer...¡Cuánto leí en la mili! Soñar...No menos soñé, casi siempre con la libertad. Marchar...Hermosas sendas, hermosos montes de Asturias...¡Qué emoción sentia, cuando cargado del petrecho militar, cetme al hombro, divisaba  entre tus prados la gallarda silueta de Santa María del Naranco!  Milán, se impone entre el viejo dolor olvidado una grata nostalgia.

Venecia Secreta

Venecia Secreta
Sobre la negra proa
el agua chapotea.
La luz de la mañana
es fría. Tendida
está Venecia
en su inestable lecho.
¿Descubrirá el extraño
su callado secreto?
¡Venecia es tan admirable
en lo que enseña
como en lo que esconde!
De su esplendor dará
razón el día; en su misterio,
la encubrirá la noche.
En esas dos mitades
podrá también
reconocerse el hombre.