Oyendo Imagine de John Lennon

Oyendo Imagine de John Lennon

 Oigo el Imagine de John Lennon.

Es un tanto a favor de la agenda globalista,

un cúmulo de amables deseos e intenciones,

una rosada utopía de la que nadie participa,

a no ser las muchedumbres cegadas en su sinrazón.

Imagina que no haya cielo ni infierno

-considera el poema en sus primeros versos-,

sólo un firmamento físico sobre nuestras cabezas.

Aquí se delimitan las dimensiones de dicho paraíso,

 del que participa un nuevo hombre amoral,

nuevo buen salvaje roussoniano

que actúa según condicionantes básicos;

reo en un presente sin identidad,

ajeno a cualquier tradición y cultura.

En conclusión, una criatura dócil y roma

en un mundo colectivo, sin libertad.

Afirma su hijo que Lennon propagaba la paz

y reservaba la ira para el hogar.

Aquellos melenudos

cantaron a un mundo de amor y flores

y presagiaron un tiempo indiferente y sin fragancia.

Imagine fue su Oda a la Alegría,

viejo sueño de hermandad,

genio con el que Schiller inflamó a Beethoven,

y que expiró en las barricadas parisinas,

entre adoquines sangrientos y cargas de fusilería.

A la Paloma


 Esa mano que no abarca

la medida del dolor,

puede atrapar la paloma

de albo plumón de la paz.

De un solo trazo

la dibujó Picasso,

trina para el Greco

en el ámbito dorado

del célico espacio,

arropada  entre nubes de trapo,

invitando a la divina dimensión.

Paloma leve,

como de algodón,

arcaica mensajera

de sedoso plumaje

donde la caricia se complace

y sientes como si en los dedos

se estremeciese un corazón.

Paloma, poema que palpita,

blanca de almendro y nata,

espuma y nieve cálida,

de gozo legendario

para quien pudo recoger

el mirto de tu pico

amainado el temporal.

Paloma anónima que levantas vuelo

al paso de mi auto

en las calles suburbiales.

Palomas de paseos y de fuentes,

palomas que picoteáis migajas

en las mesas de las terrazas.

Palomas grises de San Marco.

Mítica y blanca

sobre las aguas del Jordán;

mansa y pura,

abarcando en tu envergadura

la gloriosa potestad.



El fugitivo del infierno

El fugitivo del infierno

 Si te has despeñado

y has contemplado la profundidad del abismo,

si has notado el silencio numinoso

acechando detrás de la oreja,

si has sentido tu corazón 

desgarrado en dos mitades,

y notado como tu mano

se desasía de la diestra del Padre,

reconoce que has perdido

la justicia en lo íntimo, 

la luz que te guiaba;

que has traspasado el límite entre luz y tinieblas

y vagas por el reino subterráneo

sin amigos, ni dicha, reclamando una esperanza.

Reconoce hombre que has perdido,

que has de regresar por la senda hostil

hasta los valles bienaventurados,

donde recuperar la claridad de la inocencia,

 la llave que te rescate,

por el pago de la Cruz,

de la cárcel de infierno.


ÉMULOS DE HEMINGWAY

ÉMULOS DE HEMINGWAY

 Muchos escritores de hoy

quieren ser émulos de Hemingway.

No sólo en su estilo conciso

sino en su vida arrebatada.

Dispuestos a vivir la metáfora

desoladora del Viejo y el mar, 

aunque menos dados a estamparse

un tiro de escopeta a bocajarro,

desconsiderado y mortal.

Quisiéramos ser Hemingway,

crear una obra viva como la suya,

gozar la jarana de un mítico Paris,

burlar al toro en Sanfermín,

abatir caza mayor en África,

arriesgar el pellejo en injusta guerra,

darle al aguardiente y la absenta

sin llegar a alcoholizarnos

ni ahogarnos en nuestro propio vómito.

Quisiéramos ser ese escritor total,

temerario, arrogante, pendenciero, donjuan,

bendecido por el hado y en lo demás genial.

Sin embargo, perdimos París,

somos cobardes, nos aterra morir.

Nuestro sino es teclear y teclear

y volver a teclear,

como Sísifo ha de ascender

con la piedra una y otra vez.

Permitidnos Hemingway, Bukowski, Miller, Celine,

vosotros que conocisteis la rutas del  infierno,

la licencia para soportar este crudo invierno

de la vida con otros argumentos, tan sinceros,

como manejaron Borges, Pla, Azorín,

 Baroja mismo en Madrid, junto al brasero.




El amante lesbiano

El amante lesbiano

 Por las calles de Madrid

los mariquitas andan cogidos de la mano.

No tienen el aspecto aliñado

de los mariquitas de antaño.

Algunos son barbados, atléticos,

de aspecto perteneciente a casas bien.

No llega a ser una desgracia

que el niño haya salido raro,

pues es casi un sello de distinción.

Hoy, hasta en política, se encuentran

cargos que visten camisas floreadas, 

bufandas chic y se embozan

con mascarillas de colores arcoiris.

Sí ellos lo hacen, lo de ser gay

no debe ser ningún desdoro

en la sociedad inclusiva sostenible transgenérica.

Al día siguiente,

hastiado de vagar por Toledo,

en una escapada de circunstancias mal justificadas,

me siento en un café de Zocodover

para dejar trascurrir el tiempo 

hasta la salida del tren

de vuelta para Madrid.

Me refresco con un gintonic

y releo la conclusión 

de El coronel no tiene quien le escriba.

Mientras dilucido si el coronel 

llega a vender su gallo a don Sabas,

observo que en la mesa de enfrente

se ha sentado una pareja femenina.

Una de las mujeres presenta

el aspecto varonil de ciertas lesbianas,

que han desdeñado sus encantos

y gustan ocupar un puesto predominante entre las tortilleras.

Cuando me doy cuenta, compruebo

que me escruta con mirada penetrante, casi insolente,

como si quisiera devorarme o destruirme con los ojos,

encono que desconozco a qué obedece.

¿Será flirt o aborrecimiento tal descaro?

A los 64 he relegado el sexo de mis ocupaciones,

pero en ese momento siento cierta actividad en mis ingles.

¿Tendrá sanción desear a tales mujeres desertoras?

La cópula con ellas vendrá a ser como una riña de boxeo,

y el concubinato, un calvario expiatorio y cruel.

No me atrevo a replicar a su insolencia

y depongo la  mirada, fingiendo hacer otra cosa:

fricciono mis manos con gel hidroalcohólico.

Al fin, con esto, se contenta la jueza inquisitiva

 y reanuda la plática con su amiga,

zanjando el malentendido

y desentendiéndose de mí.

Tal atracción por ese tipo de mujeres,

se remonta al pasado, cuando caí enamorado

de una adolescente rubia con el pelo recortado

y que vestía a lo garçon. Tales

detalles me pasaban inadvertidos

pues yo seguía irresponsablemente enamorado.

Tardé mucho en asimilar la realidad;

incontables desengaños y sufrimientos

fueron minando el deseo,

hasta ver derrumbarse el ídolo desde el alto pedestal.

Por entonces, yo estaba confundido,

mi pecho todavía se inundaba 

con el gozo del amor,

y continué persiguiéndola, intentando

penetrar su intimidad, sin fruto.  

Acabé frecuentando un bar de lesbianas

al que ella solía acudir algunos sábados.

El resultado, la perdí a ella y a mí mismo.

Desde entonces siento una sensación

ambivalente ante las lesbianas.

No sé si la cosa es natural u obra de espíritus maléficos.

En cualquier caso no nos dejemos

amedrentar por la sombra del oscuro deseo.

El diablo anda por ahí buscando a quien pescar.

Por otro lado, (obras son amores y no buenas razones)

me tengo bien ganado el deseo de las marimacho.


Visita a Madrid con Covid

Visita a Madrid con Covid

 Llego al Madrid con Covid. El Madrid de Ayuso, que parece haber plantado batalla al virus. En la capital la vida continúa y parece repuesta de la nefasta pesadilla. Sin embargo, compruebo que alguno de mis favoritos han echado el cierre, como el café del Príncipe o el emporio de artesanía toledana que abría sus escaparates frente al paso peatonal del museo del Prado. En la primera planta se asomaban a sus balcones las figuras más castizas de la villa y corte. En verdad, extraño los buenos ratos en el café del Príncipe, atisbando por sus ventanales el rebullir de Madrid. Allí, durante una tarde en el recuerdo, leí por primera vez el Adonais de Shelley que comprara por la mañana en la cuesta de Moyano. En su reducido salón, pese a la proximidad,  uno se sentía cómodo y se disfrutaba de una intimidad desenvuelta y enriquecedora. Se podía leer y escribir sin ser molestado e incluso pensar aburridamente en las musarañas.

En mi segundo día de estancia en Madrid, durante la mañana, he visitado, con la ociosidad y la gorra en ristre del turista, el palacio de Liria, el buque insignia de los duques de Alba. Para una covacha no está nada mal. Su pinacoteca es envidiable, Rubens, Ticianos, Velázquez, hasta una crucifixión del Greco. Todo a juego con el resto del mobiliario, atrezo, y piezas de colección. No en vano es el linaje más copetudo de España, anterior incluso a los reyes Católicos. La biblioteca, qué decir de la biblioteca, para sí la ambicionarían príncipes. Rica en joyas documentales, como cartas de puño y letra de Cristóbal Colón; códices miniados, libros de horas, y hasta una primera edición del Quijote, de las contadas que deben subsistir. El escrutinio global de sus volúmenes seguramente abarca las decenas de miles.

Hago un paréntesis en el viaje, visitando Toledo. Al contrario que Madrid, parece estragada por el coronavirus. Para quien la ha visitado con antelación, da pena mirarla. La mitad del comercio ha quebrado y la otra mitad pide socorro. Casi todas sus atracciones histórico turísticas mantienen las puertas cerradas: Santo Tomé y el Entierro..., ambas sinagogas, San Juan de los Reyes; solo he podido

entrar en la catedral, inusualmente carente de visitantes. No me queda otra que vagar por las calles estrechas y empinadas de la vieja ciudad. Apenas me cruzo con gente, por lo que opto por quitarme la mascarilla. Las duras rampas que ascienden desde la judería le dejan a uno sin aliento. Vagando errático, desemboco en la iglesia de los jesuitas, también cerrada. Justo detrás se encuentra San Román.

Sería la plazuela de San Román mi rincón de paz en el mundo. Me acomodo en un banco, sopla el viento, doblan argentinas campanas. La estatua de Garcilaso, desde su pedestal, hunde la mirada en el azul infinito. Al fondo, la vetustez de las casas, en la que hay señales de habitación. Otrora allí viviera por un tiempo la santa de Ávila. En el edificio de al lado, poco antes de mi llegada(puedo asegurarlo porque la atisbé desde la cuesta), asomada al balcón había una figura femenina. Las casas acusan su peso de siglos. Sobre los tejados triangulares de tejas ocres se eleva una piramidal cupulilla que da carácter al viejo rincón. La plaza, también, la jalonan tres cipreses, alargados y espesos, que acompañan la vista hacia el cielo. Un cielo nítido, azul, que surcan palomas y avecillas con diagonales vuelos y donde parece vigilar el silencio de Dios. En San Román me recojo y me siento reunido, el misterio del alma parece que congrega su deshilvanada inconsciencia y la define en un solo plano, como un poliedro que mostrara a una sus caras. Silencio. Ese murmullo, ¿es el viento?, o tal vez las voces opacas de las generaciones que pululan en su atmósfera. No me canso del sosiego de San Román, plaza del cielo. Si pudiera escoger, moriría en esta paz de San Román o escuchando el murmullo continuo del surtidor de una fuente. También es San Román parece manar lo vida, una vida que nos viene del hondo silencio de su olvido.

Otra vez dejo Madrid. Apenas me da para revisitar las casa de Lope de Vega, comprar algunos libros y apurar unos cuantos gintonics, Puede que la estancia nos deje algún sinsabor, pero nada es perfecto desde que se perdió el Paraíso. Por eso no descarto volver. Para hacer inolvidable la marcha, decido celebrarlo tomando una última copa en el café Gijón. Me doy una buena caminata hasta Recoletos, pero cuando llego me turba el desgaño. El viejo salón se halla cerrado, con sillas y mesas patas arriba. El Covid no da tregua.

Oír a Garfunkel

Oír a Garfunkel

 Oigo la voz de Art Garfunkel 

interpretando Puente sobre aguas turbulentas,

en una recopilación de grandes éxitos del dúo.

Es una canción que te llena de melancolía,

de añoranza de tiempos que por pasados fueron mejores.

Por ahí he oído que su música

se fundamenta en un breve tema de Bach;

también que su letra habla

subrepticiamente de los horrores de la droga.

No sé. Es el mismo disco, en versión cd,

que oía en la juventud en casa de un amigo.

Nos reuníamos los dos y escuchábamos

una y otra vez el disco en el pick-up

mientras la tarde caía y nos recordaba

el porvenir incierto,

nuestra incertidumbre de jóvenes mediocres. 

Pero hoy el tiempo

ha rodado como surcan las nubes

el cielo durante la tormenta y somos ya casi viejos,

y continuamos siendo mediocres

en tardes no muy diferentes a las de antes.

Aunque, oyendo a Garfunkel, 

me parece estar aún ahí,

en la penumbra de aquella habitación junto a mi amigo,

cayendo la tarde tediosa que despreciábamos,

y por la que hoy daríamos

lo de más valor por recobrarla.

Tal anhelo tal vez sea menos que nada;

apenas una leve constancia de que hemos vivido

o la sentimental nostalgia de alguien que va para viejo


Regresar a Madrid

Regresar a Madrid
Me encuentro tan solo a unos días de viajar a Madrid. Nunca hacerlo ha supuesto tanto. Significa escapar a año y medio de reclusión tanto física como mental. Es como volver ha recuperar la individualidad, esa individualidad que no tiene que ver con nadie salvo con uno mismo. Hasta ahora te habían hecho presa de un mundo socializado, que se conformaba a la movilidad de rebaño, al pánico de rebaño, a la docilidad de rebaño. Ha llegado la hora de romper lanzas, resarciéndose de esa baja vital preventiva que impusieron Sanidad y Pedro Sánchez. Con la más dentífrica sonrisa abolió el uso de la mascarilla, pero una juventud desmadrada, insolidaria y canalla, que es la que se cría en estos tiempos, le ha hecho tragarse su jubiloso pregón. Vamos para la 5ª ola, pero esta vez nos pilla vacunados; aunque para ello tuvimos que soportar una kilométrica cola del hambre. No podrán alegar esta vez que ucis y hospitales están colapsados. Porque quienes estamos verdaderamente colapsados somos los españoles con las restrictivas medidas del Covid, con la inoperancia de las administraciones, con los desfalcos de hacienda, con las subidas energéticas, con la degradación social y económica, con los siniestros ardides, en fin, de esta nueva dictadura. Esperábamos del rey que nos devolviera una parte de nuestra dignidad, pero habrá que esperar una circunstancia más a huevo para recuperar lo que nos corresponde. España parece que rompe aguas; esperemos que no nos nazca un niño borde. 
Por el momento no hay nada que me haga aplazar la escapada a Madrid. Quiero ver con mis propios ojos lo que se cuece allí; ver reverdecer de nuevo el viejo fruto de libertad y verdadera "concordia" que nos dimos en el 78 los españoles. Acuerdo que ha ido degradándose por sus propias debilidades y omisiones y se ha llegado al callejón sin salida de Sánchez. Yo en el 78 hacía la mili, y me estremece comprobar cómo parte de la vieja oficialidad franquista acertó en el diagnóstico de lo que le ocurriría a España si se enfangaba en el laberinto de las autonomías. Ya por entonces catalanes y vascos se marginaban voluntariamente del resto de la tropa. Yo por entonces nada sabía dels paisos catalans, pero algo más del fecundo lenguaje en que se expresaban mis paisanos Azorín, Gabriel Miró y Miguel Hernández.