Paseo de los poetas, en Sevilla

Extenuado por el rabioso agosto sevillano, víctima de la insolación en la visita a la plaza de España, aliviado luego por el reposado paseo por las umbrías del parque María Luisa, mis pasos encaminados bajo el aplastante sol me condujeron al paseo adyacente a la puerta de Jerez. Es el paseo de los poetas.

Como digo, me senté en un banco tratando de recuperarme de la agotador caminata. Leí en una cartel: Paseo Federico García Lorca. Se me antojó que aquel era mi sitio. Es un jardín cuidado, sembrado de diverso arbolado, cuyas frondas derraman las sombras necesarias para reconfortar al paseante. Al poco rato, puede comprobar por qué el paseo adoptaba el nombre del insigne poeta. Sobre una gran piedra se reproducía un epígrafe con algunos versos originales de Lorca. No recuerdo exactamente cuáles. Bueno es que Sevilla recuerde a Lorca, ese poeta en cuya voz se recoge el latido de Andalucía. En tan buena compañía, refresqué mis ardores bajo las sombras y desentumecí los pies que ya llevaban largo rato caminando. Una vez repuesto, decidí explorar el resto del jardín, antes de encaminarme al puente de san Telmo, por el que pretendía cruzar hasta Triana.  No pudo ser más agradable mi sorpresa, al comprobar que las diferentes parcelas del jardín estaban dedicadas a un poeta. Así, a la entrada, uno se topaba con el paseo Vicente Aleixandre, con su correspondiente monolito grabado con versos del poeta. Mas allá, tropecé con la pérgola Gerardo Diego, donde en el próximo parterre se erigía otra litografía con sus versos claros. Y cómo no, no podía faltar, en una parte más reservada del jardín el recuerdo de ese poeta verdaderamente sevillano: Luis Cernuda. Leí sus nobles versos, siempre íntimos y aristocráticos. No curioseé más, pero es probable que el jardín reconociera la memoria de algún otro poeta de los que dieron prez a la poesía española, en el pasado siglo.
Cesé mi paseo, porque descubrí en uno de los rincones del jardín  el monumento de una escultura exenta sobre un pedestal. En el se homenajeaba a esa mujer que supo amar Sevilla como ninguna otra: Cayetana Fitz-James Stuart, la fenecida duquesa de Alba. En el palacio de Dueñas da una gran lección de su dimensión humana, de devoción profunda a la capital andaluza.

Cuando me alejaba hacia Triana, pensé que es algo triste este recordatorio póstumo, a toro pasado, de los poetas, cuando en vida solo merecieron penurias e indiferencia; cuando no, como en el caso de Lorca, el trauma de un inmerecido sacrificio. Son los poetas, por lo común, hombres apartados del festín del la vida, que solo encuentran redención en el santuario de su palabra, en el transmundo ideal de la belleza, del espíritu de la belleza.
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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