REGRESAR A DOSTOYEVSKI

Existe una literatura que, para nosotros los europeos más occidentales, ejerce una considerable fascinación, y ésta es la rusa. No podemos achacar tal atracción a otra consideración que a su exótica espìritualidad, en la cual prima claramente su carácter oriental. Porque a nosotros los occitanos nos encanta soñar el oriente. Es, sin embargo, la rusa una orientalidad bien influenciada por la impronta europea, que es, según parece, lo que sus clases dirigentes desean ser, claudicando a la aristocrática universalidad del pianoforte en detrimento del timbre popular de la balalaika.

De siempre la rusa es una literatura que me ha encantado. Puede que mis primeros pasos como joven lector fueron guiados por el atractivo que sobre mi ejercían las novelas de Dostoyevski; el ruso, para mí, fue en la literatura  lo que significó Beethoven en la música. Ambos fueron mis primeros ídolos culturales. Durante mi adolescencia leía con fruición las obras del uno como escuchaba las del otro. Lo que más me atraía de las novelas del ruso era su atmósfera, la colosal envergadura de una obra que nos hacia entrever un mundo alucinado, constreñido por una latente religiosidad y una eticidad en carne viva. La obra de Dostoyevski denota el mismo calado que la de Esquilo; enseña la dimensión de un pueblo luchando contra un destino, y en ese sentido es trágica. En sus dramas, los personajes se nos antojan enfebrecidos, naufragados por el río de la historia que los sobrepuja y que los arrojará finalmente a esa playa del despertar de la conciencia. Dostoyevski, profundamente espiritual, sabia que de la historia su aliento y meta son designios de Dios. Alcanzó una lucidez que acaso no supieron compartir ni comprender sus contemporáneos, entre los cuales acaso sólo Tolstoi alcance su grandeza. Se puede hablar de Gogol, Goncharov, Turguenev, pero tal vez no den la talla.
 Sueño con volver algún día a los dilatados placeres de dejar inundarse por las extensas novelas de Dostoyevsky, vacilar con los pasos sigilosos de Raskolnikov  ascendiendo la lóbrega escalera que conducia al rellano donde habitaba la vieja usurera, compartir la pasión destructiva de El Jugador, penar con los reclusos de La casa de los muertos, compadecer la clamorosa ignominia de los Humillados y Ofendidos, reconfortarse con el espíritu puro del Idiota, conspirar con Los demonios o compartir esa complicidad con las pasiones edípicas de Los hermanos Karamazov. Porque como tanto y a tantos acontece, las vivencias literarias son tan vigorosas o más que lo puedan ser las de la propia vida. Como ahí queda la experiencia de Byron o Wilde, cuando nos recuerdan que más que la de un amigo le dolió la perdida, el trágico fallecimiento, de Lucien de Rubemprè, en la Ilusiones Perdidas, de Balzac.
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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