En su lucha en pro de Grecia y los griegos Byron quiso poner en la balanza algo que nivelará su vida injustificable.
BYRON
ÁLBUM DE INCURSIONES HETERODOXAS EN NUESTRA CONTEMPORANEIDAD.
En su lucha en pro de Grecia y los griegos Byron quiso poner en la balanza algo que nivelará su vida injustificable.
Busco en Oviedo entre los rostros con quienes me cruzo alguno de los que conocí hace cincuenta y tantos años. No reconozco a ninguno. Unos pocos habrán medrado y serán costosos de ver, otros, acaso, habrán muerto. Hoy estoy como turista y no como lo estuve entonces, de chivo expiatorio. Los recuerdos se agolpan a mi memoria y humedecen mis ojos; parecen tan presentes como lo cotidiano. En cualquier caso, no he venido a Asturias a recordar, sino a continuar camino.
Se bebió el último culín de sidra,
Y se marchó como todos,
Como quienes vamos hacia la muerte.
No pueden existir lealtades por encima
de la Verdad, la Libertad, la Justicia;
Si acaso Dios, que es compendio de todas ellas.
A esa foto antigua
del joven de uniforme,
con presencia lánguida
y mirada distraída
en hondas lejanías,
como sopesando íntimos temores.
Aún no había recibido
tu trayecto indeciso
las peores heridas,
los más amargos desengaños,
su reservada porción de dolores.
Su carrera de soledades comenzaba;
todavía la inocencia intacta;
desconocida aún la dura
fatiga del deber ser,
la lealtades perdidas
y los insolidarios denuestos.
Hoy veo en tu faz al Ecce homo
al que en algún momento
deberemos parecernos.
Tu frágil constitución,
tu inconsistencia ensoñadora
ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos,
el mirar incierto de quien
sin proponérselo indaga su porqué
y aguarda el día cuando la justicia
alcance el equilibrio.
.
Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y viejos bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera.
En estos últimos tiempos anda uno un poco descentrado. Los acontecimientos políticos en España absorben buena parte del tiempo libre de que se dispone. Como no paran de surgir escándalos, se sigue preocupado y con consternación cuanto descubren los medios "fangosos de la fachosfera". Ahora cobra un primer plano la realidad de unos comportamientos que durante años ha ido calando el tejido social. ¿ Por qué las narices españolas soportan impasibles el fétido hedor circundante? Posiblemente porque se hallan acostumbradas a él, porque lo han ido respirando cotidianamente a lo largo de sus vidas. Ya señalaba Jesucristo el hedor de los sepulcros blanqueados. En el siglo XIX Nietszche anunciaba que habíamos aniquilado a Dios; En el XX, admitimos que habíamos destruido la Verdad, para quedarnos en el XXI con la "posverdad", que no es más que un burda mentira, un fantástico relato que no hay dios que se lo crea.
Por mi parte creo que la solución a todo es la de replegarse eremítico a los personales intereses, laborar en aquello que nos hace crecer, pese a la resistencia de un mundo que trata de condenarte al mero silencio. No sé si los mecanismos de selección literaria adolecen de parejos vicios a los de otros sectores sociales. Sólo sé que he escrito 7 libros cuya repercusión ha sido menor a la de una hoja caída sobre la superficie del agua. Mis libros enmohecen en los anaqueles de las librerías, o sepultados bajo la avalancha de títulos que se ofrecen por internet, sin despertar nunca al lector de su desconocimiento o indiferencia. Teniendo como tengo más o menos el pasar resuelto, se insinúa la tentación de arrojar la toalla. Incluso el irrepetible Michael Jordan tuvo su momento de duda. Pero de una cosa estaba seguro: de que nadie podía hacer con el balón lo que él hacía. Algo me hace sentir que como él yo también puedo hacer algo especial con el lenguaje, en la novela, en la poesía, o cualquier otro género. Hete aquí que me asalta la fe de que lo que he escrito hasta ahora no es del todo desdeñable, que no desmerece en nada de lo que muchos otros con éxito multitudinario han publicado. No se podrá decir que me apego a la poltrona del éxito fácil; prometo por tanto que seguiré escribiendo, aunque sólo lo sepa yo, unos pocos felices, Dios.
Han vuelto las palomas
y han llenado de cagadas mi balcón.
Pero a pesar del apestoso augurio
el sol ha brillado vigoroso
como suele en los epílogos de primavera.
Desde el cenit nos observa
con mirada indiferente,
luciendo impertérrito
sobre el acontecer humano.
Quisiéramos que por una vez
nuestro pasar no fuera efímero,
a cuyos azares el astro es ajeno,
y que en algún lamento o cierto gozo
su calado penetrara las entrañas
palpitantes de los vivo.
No veo en este retornar de las palomas
nada romántico, pese a su albo plumón,
pese al bíblico vuelo con que se posan
y a su zureo misterioso.
No deja de ser esta invasión colombina
otra señal que recuerda nuestra impotencia,
la resignación a un destino
ante el que nos vemos inermes
y que se cumplirá pese a todo denuedo.
Volvieron la blancas palomas
en mi balcón sus heces a dejar,
pero no trajeron venturosa primicia
de trinitaria aureola
sino hedor de estercolero
con su escatológica renuncia,
tomando mi balcón por palomar.
En época de Franco y principios de la democracia en España, propulsados por el milagro de prosperidad de los años 60, los trabajadores tuvieron acceso a su plato de proteína diaria, a una vivienda propia, un modesto utilitario, y los más ahorrativos, o los pluriempleados, a una segunda vivienda o a algún terrenito en el que cultivar sus sueños oligarcas. El socialismo ha malogrado todo eso, ha vuelto ha revivir la pesadilla de ricos y pobres, culpable de todas las miserias del siglo XX.
Hoy he comprado una edición de segunda mano de Los versos del capitán, de Pablo Neruda. Parece ser que la primera edición se publicó sin la firma del autor, osease sin el hombre del autor en la portada. El libro nos viene a recordar sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, sólo que estos versos con galones parecen estar dedicados a una sola mujer y a un único amor compartido. Curiosamente se publican después de su poemario más ambicioso, El canto general. Nacen de su relación con Matilde Urrutia, antes de su ruptura con Celia del Carril. Poseen, por tanto, tales estrofas una conciencia adulterina, aunque en ellas parezca renovarse el amor. Reconozco en su desarrollo la fertilidad de la pluma de Neruda que sabe exprimir el máximo jugo de sus vivencias.
Yo, que ya rondo los setenta, advierto que dedicar un libro entero a una sola mujer resulta algo indecoroso, tal vez abrumador, redundante cuando menos. Y es que a estas edades lo del enamoramiento se presenta como un recuerdo vago de otros tiempos, como una piedra en la que se evita volver a tropezar, y que si, pese a todo, se diera nuevamente carecería del fuego devorador que reviste en la juventud. Me parece excesivo dedicar por entero un libro de poemas a una sola mujer, no por una reserva ante la sentimentalidad del poeta, sino no por consideración al lector, que quizá juzgue monótono abundar en una misma emoción, con reiteraciones que acaso resulten faltas de tacto o acaso presuntuosas.
Sé que el recuerdo sepulta las palabras
pero su médula se incrusta
en lo callado y allí permanece
hasta que la voz, sin quererlo, la emite.
No puede callar la queja, ni solapar tristeza,
no puede ignorar la dicha, tampoco
la esperanza cuya fe abraza, la nostalgia
de momentos que justificaron lo amargo,
la llama ávida del deseo, la resonancia
de su voluntad en la garganta, el grito
desesperado con que alcanzar lo cósmico,
la miel del amor en la flor de los labios,
lo no nombrado en el alma de un verso.
Desde algunos sectores ideológicos se aboga por un reparto justo e igualitario. Nos asalta una duda: Es lo igualitario justo?
Ni un Mañara ni un Tenorio he sido,
De mustio laurel se coronó mi fama.
Más que seductor fui seducido,
su modesto pasar mi leyenda proclama.
No compartí la suerte de Aquiles
ni cabe aguardar que mis días sean largos,
Fue mi afán no contar entre los viles
y un legado falto de frutos amargos.
Si algún mal hice lo purgó mi carne
con el peso largo de la desdicha.
Lo mejor que supe apañé sus trizas.
Que mi sendero de Dios no se aparte
y prevalezca de la virtud su hambre,
deseo que vida noble garantiza.
Aún se teñía de grises la alborada,
cubría el monte una capa neblinosa
que envolvía la húmeda verdura.
La mañana se anunciaba con luz indecisa,
la mañana como pan reciente,
la mañana nos cernía sin promesas
abriendo los claros de los caminos,
de los senderos entre boñigas de vaca,
que se estrechaban, cercados de maleza,
asediados por insectos; hacia un lado
marañas de eucaliptus, la marcha acompasada,
el peso del esfuerzo, el tiempo que resuelve
en aporía de Aquiles, sin limites
su laberinto.
Habrá un momento donde acabe la jornada.
La lluvia arrecia. Todo parece incierto.
Al doblar un repecho, la calzada. El cielo
se hace más claro. Frente a nosotros, inesperado, el templo.
¡ Qué importa la lluvia, el fango, la ineludible carga!
Aún queda en el recuerdo
el cobijo de las barcas, la arena blanda,
la brisa adormecida en el rosa del crepúsculo.
Queríamos saber lo que encerraba
ese futuro por delante, quiénes seríamos,
sin una bola mágica,
mirando como augurio el romper de olas en la playa,
en unidad estrecha que recogiera el tiempo entero;
porque algo nos decía la incesante ondulación del agua,
su rumor remoto como el fondo de una concha,
el trecho de cielo que surcaba una gaviota,
el impostado ademán reflexivo, el humo del cigarrillo
que el viento llevaba raudo mientras inflamaba el ascua.
Abrazados a nuestra rodillas dejábamos que la tarde pasara,
como impávidos mascarones,
midiéndola con otro rigor que el del reloj en la pulsera,
siguiendo con los ojos la nubes que deshilachaban,
para posarlos luego en la luna
como en un lunar de plata que atería la sombra verdosa
de las aguas, y el cielo oscureciéndose plácido
sobre el yate anclado en la tersura marina
cual un alfiler de corbata,
perpendicular al horizontal paisaje
de ondulados pliegues.
Entonces sentíamos la tarde rendida,
los momentos que se llenaban de irrelevancia,
la arena que escapaba entre los dedos,
la pesadumbre de otra tarde malograda,
descreídos de que nuestra pequeñez
nunca podría contener del todo
esa plenitud precisa que nos hiciera dichosos.
Qué tedio volver a casa con las sombras ya instaladas
y encontrarse con las mismas vergüenzas rutinarias,
la mismas indolencias acumuladas,
el recuento de dudas que no se resolvían
la desesperanza...
desplomado en la cama con la mirada fija en el techo,
que imponía su límite de fatalidad y estatura,
rotas las ansias,
todavía vestidos, retomando los hábitos desgastados.
Porque nadie nos había dicho que salirse con la suya
era una forma de ir perdiéndose día a día,
como entrar al trapo de una vida desperdiciada
donde cualquier esperanza era lejana
pero creíamos, no obstante, que todo permanecería,
como el mismo sol que cada mañana levantaba
con los mismos inconvenientes en casa
tendiendo su trampa,
las amistades que no duraban,
el sueño de amor que se escapaba
con el semen entre las sábanas
y de nuevo todo comenzaba.
La mar. El día claro.
La brisa que acaricia.
Las huellas del camino.
El tiempo acompasado.
La mente que medita
el sueño de los años.
El sol es el testigo,
la realidad su sombra,
el existir enigma.
Delatará el silencio
su magnitud encriptada,
la infinidad de estrellas
que la mañana apaga.
Tendrán razón los ojos
sin escocer sus lágrimas,
la conciencia ausente
sin la palabra en ciernes...
su poso, la duda amarga.
El día. La mar. La soledad.
La calma.
Si yo tuviera esas respuestas
y conociera los secretos más ocultos
y comprendiera todo el dolor
que se recoge en un lágrima
y pudiera hacer caminar a los tullidos
o encender una luz en la tiniebla
pero no tengo ni oro ni plata
y carezco de cualquier poder sobre las cosas
mis manos están vacías
mis huesos cargados de años
mi esperanza despojada y el ánimo contrito
yo quisiera tener una rosa que ofrecerte
palpitantes sus tiernos pétalos
el color aún encendido y llena de fragancia
quisiera que esta dádiva contuviera
el firme pulso de la vida
el frescor de una lozana fruta
la potestad de una palabra
en la boca de el Mesías
que proyectas tu reflejo
hasta el cristal del alma,
candente de mañana pura
cuando a la entraña penetras.
¡ Rasga con tu cuchillo de éter
esa ausencia que mi soledad
entrevera, hasta sajar en su tejido
el frío que las lágrimas dejan!
No importa el espacio distante que has visto,
sólo la profundidad a la que has bajado...
distraído el ánimo en la lectura del libro
que sostienes entre las manos como queriendo
atrapar el mundo con la mirada
que divaga en esa sombra que pasa.
Ya lejos quedan los episodios marciales,
los fieros lances y las heridas de batalla,
la muerte en las vegas de Granada;
te rodean las mórbidas estatuas familiares
de esa alcurnia que ya dejó su huella honda
en el tiempo y en la permanencia de las lápidas.
Mausoleo de inquietante silencio
y espectral transparencia en donde yaces
aguardando que ese mármol se haga vida,
en el rigor montañés del corazón de España.
La victoria ya la tienes, por tu espada
de merecidos galardones; por tu fama
inscrita en ese libro donde lees lo efímero
de nuestra vida pasajera y descubres
la condición de los pueblos y las gentes.
El hombre es vida de la tierra,
no sombra del asfalto.
Criatura de sol y de agua,
de raíces afianzadas como árboles.
La mañana levanta el aliento
de la tierra en su pálpito;
vienen aromas dispersos,
ecos amortiguados entre silencios,
adolescencia de sueños.
Nada parece alterar la paz
de ese cementerio
donde los huesos gozan el reposo
esperando su momento.
noche tormentosa de lluvia ácida
estertores de fuego
vértigo de precipicio retumbando en el misterio
jungla de edificios
pantallas led y fosforescencias halógenas
(imagen de enorme geisha relamiéndose entre remilgos orientales)
atmósfera brumosa
apocalípticos preludios
Coca Cola autos voladores
luciérnagas mecánicas
silencios sombríos de atardeceres
un ojo que escruta el bullicio de colmena
una aeronave sobrevuela pregonando anuncios
de otros mundos con más óptimos recursos
transeúntes apresurados con paraguas luminosos
bicicletas
frenesí de ciudad a la deriva
un disparo entre la multitud
la muerte de una crisálida
heterogénea Babel
copiosa lluvia
identidades dudosas
retales de vida
la soledad tras de cada esquina
El tiempo que escapa
La muerte y la nostalgia
No sé si está lucha
con las palabras del poeta
entraña una victoria
o un silencio por legado
Paso frente a tu casa y presiento
la quietud del abandono; donde
antes iluminaba tu presencia
sólo colea un reguero de alma ausente.
Camino como una sombra
frente a su fachada inmóvil
de soledad sin voces, donde
ya ni las plantas crecen. Me falta
ese presentimiento de sentirte
tras de la ventana, transida
de un anhelo que busca quien lo habite.
Con tu fatalidad marchaste
sin decir que te marchabas
y dejaste con tu abandono un recuerdo
nostálgico que palomas sobrevuelan
meciendo el tiempo bajo sus alas.
Un tiempo desnudo, de constancia huera
que atormenta con el compás binario
de su péndulo y el gotear de arena.
Mis ojos ya no se miran en tu mirada,
mis brazos inútiles son sin el abrazo,
en mi corazón de tu calor no quedan brasas,
y mis hombros se sobrecargan
de un pesar triste, incapaz
de exhalar un mal lamento.
Callada ausencia de estéril trayecto,
como si la posibilidad tuviese márgenes
y el alma fuera un bajel atrapado en su botella.
Mas si te volviera a ver...si la vida fuera
como un libro que se pudiera cerrar,
y se contara con una prolija biblioteca
donde gozar muy distintos manuscritos,
y fuera la esperanza mar de singladura...
Tal vez tenga algo de lo que muchos carecen,
pero mis días ya no son míos
y no tienen a quién pertenecer;
mis noches... para qué nombrarlas!
No quiero esa tiniebla que se palpa;
quisiera la mañana de tu cuerpo
despertando entre el gozo de mis sábanas.
Lo importante en la palabra
No es el signo, es el alma.
Lo veo pasar muchas tardes desde el rincón en donde suelo mendigar. Debe de ser hombre de costumbres metódicas, pues a una hora bien aproximada del día pasa frente a mí. Es su caminar sosegado, como de quien carece de apreturas que impulsen a acelerar la marcha. No es como yo, que no tengo donde caerme muerto; el, seguramente, poseerá un mullido lecho donde conciliar el sueño. Hay algo en él que lo hace parecer distante. Es raro verlo acompañado. Debe de tratarse de algún desengañado. Su aspecto es saludable, con cierta tendencia a la gordura; aunque mantiene un evidente vigor atlético. Debe de haber llevado una vida de trabajos en cierto sentido "duros". Por los horarios en que pasea sin duda estará jubilado. No sé hasta que punto dispondrá de una pensión holgada. Pero se me antoja que la remuneración no llega a cubrir todas sus necesidades, pues lo veo penetrar cada tarde en la administración de loterías, y guardar a la salida sus apuestas en la cartera. Seguramente, como tantos, anda soñando con que le toque el gordo o un pleno de la Primitiva. No, no es el hombre excelente que podría llegar a ser, pues anda consolándose con baldías esperanzas. No, no debe de ser del todo de esos que sujetan al toro por los cuernos. Se permite veleidades. Casi diariamente repite un mismo itinerario. La ciudad le es hostil, pues soslaya trayectos que le desagradan. No en todos ellos encuentra lo que busca. Su experiencia le dicta que no conviene adentrarse en determinadas zonas, ni frecuentar determinados establecimientos. Cuando se conoce el mundo, poco se puede esperar de él. Cada cual nace con su sanmartín. Yo me restrinjo a los pocos céntimos que caen en la escudilla. El ciudadano también debe de tener marcadas sus limitaciones. Viste con aseo; con ropa no excesivamente cara. Usa zapatillas. No le veo nunca fumar. No sé si bebe. Supongo que, como todos, echará alguna cana al aire de cuando en cuando. Pero no me gustaría precipitarme. No habitúa acompañarse por mujeres. Conforme están los tiempos, cualquiera sabe. Tampoco pasea con niños ni jóvenes. Tal vez no tenga hijos. Hay en él algo extraño. Acaso su biografía no esté del todo limpia. Debe tratarse de un individuo algo insociable, pero el que esté sin pecado...No, no es, aparentemente, un tipo propenso a las amistades. Aseguraría que con él no convendría jugarse los cuartos. Porque también el flaquea, aunque trate de disimularlo; como todos se halla sujeto por una maraña de convenciones, de rígidas barreras que le impiden liberarse de su vida convencional, de esos paseos rutinarios, cronometrados, sin objetivo aparente salvo el de favorecer un buen estado físico. ¿ Por qué caminas sin dirección concreta, buscando pero sin querer encontrar? Esta clase de gente me revienta, parecen afligidos pero sin un motivo claro; tienen la vida asegurada y sin embargo parecen insatisfechos. Quisiera verlos en mi condición, viendo llegar la noche y no tener un lecho para el descanso, oír ronronear las tripas y carecer de un pedazo de pan que echarse a la boca, padecer la helada invernal y estar sin abrigo con que taparse. En mi situación quisiera yo verlos. Yo yazgo en este rincón de la calle porque no tengo lugar a dónde ir en este mundo, pero y él, y él?...seguramente igual que yo en mitad de la noche se despierta sudoroso y angustiado, soportando el gotear del tiempo que cae hasta él fondo de un pozo sin significado y la garganta quiere gritar pero sin saber a qué responde ese grito desesperado, del que participa todo bicho viviente ante la desolación sin respuesta que nos rodea y nos ahoga con esa bola pesada en la garganta que no podemos vomitar. Es curioso, el individuo ha pasado frente a mí y ha dejado caer un moneda en la escudilla.
Que poco rato dura la vida eterna
por el túnel de tus piernas
entre Córdoba y Maipú
( J. Sabina)
Si la vida eterna se encontrara
en el cumplimiento de algún coito,
si su colofón coronara
la hoja noble del olivo,
si penetrara con la mañana
al abrir de par en par la ventana,
si su aliento embalsamara
el descuento del tiempo que se va...
Si conociera de cerca el mensaje
que su heraldo proclama
para pagar el obligado peaje
que corresponde a la culpa de Adán,
cuando bajo la sombra arbolada
el fruto inquietante arrancó.
Como crío enfurruñado,
la mano providente mordió
y quedó sin luz bajo la venda,
entre un corro que juega
a la gallina ciega. Sobrecogido
por el terror de otras voces,
avergonzado de sus vergüenzas huyó.
Había perdido el inocente olvido,
momento imperecedero mesura se tornó,
sujetando el cabo de un hilo
del que tiraba y tiraba sin encontrar final,
hasta que la guadaña lo vino a cortar
y fue preciso un sacrificio de cruz
para volverlo a hilvanar,
todo guirnalda de luz,
gozo que sabe a eterna vida
que nunca atenúa, donde
nada hay contingente o baldío,
venero necesario de incesante
acopio, deleite sin deseo,
permanencia sin fragmentos,
lugar sin geografía. Crisol
del espacio-tiempo. Aurora detenida.
Si me sepultan lejos,
no habrá quien me traiga flores,
sólo sabrán de mí los elementos
y el íntimo frío del silencio.
Me recordarán, anónimo, los albores,
las tardes serenas de melancolía.
Porque hay en mí una sed
de paisajes peregrinos
como un eco de remotas sirenas
incitándome tras la línea marina,
fértil en auspicios de anhelo
cuyos rumbos son azarosos.
Quisiera proyectarme
hacia donde las nubes parten,
como un meteoro en los cielos,
cumpliéndome en los sueños
que la vida promete, cual alegres
periplos que abandonan fondeaderos.
En el siglo noveno (a C), siendo Joram rey de Israel y mientras Salmanasar III ejercía el dominio sobre el País de los Ríos, ocupaba el trono de Siria Ben Adad I, quien cifraba su poderío, más allá del hierro de sus espadas y la fuerza arrolladora de sus carros de guerra, en la excelencia de sus generales, de los cuales el que tenía en mas estima era Naamán. Al león se le comparaba por su bravura, y a la serpiente por su prudencia; con sus triunfos había coronado las glorias de Siria. Pues la magnitud de sus hazañas guerreras y certera sabiduría habían librado el país de amenazantes peligros y proporcionado pruebas porfiadas de lealtad a su rey, por las que éste no tenía por menos que estarle agradecido. Victorioso en sus campañas en Biblos y Qadesh, había guerreado contra Israel y aconsejado establecer favorables alianzas con Tiro y Sidón, que proporcionaran a Siria una salida estratégica al mar; vencedor en las fronteras de Aram y temido en el asedio de Mari, fortaleció lazos mediante provechosas embajadas con Nínive y Acad que debilitaran la hegemonía de Babel y Asur; viajero en la olvidada Mitanni, a su regreso dio a conocer a Ben Adad el más excelente metal sagrado que templaran los hititas. Conforme a sus méritos, como justo consejero e invicto conductor de sus bravos guerreros era celebrado por los damascenos.
Es triste saber que cuando uno indaga
comprueba que entre los hombres
no hay esperanza, que el envés de los héroes
es ser un canalla, que el ideal es un velo
tras el que encubrir lo obsceno.
Aun del elegido sólo se muestra la máscara,
que al arrancarla sólo manifiesta las lacras:
es el honor astucia artera; el valor, desatemperanza.
Si es misión de los pueblos
contemplarse en tal espejo,
se comprende el desafuero, la injusticia,
la desventura sin consuelo
que deberemos arrostrar hasta el fin de los tiempos.
El gobierno sin argumentos,
cuando el juicio al instinto cede,
malogra toda esperanza,
llena el corazón de silencio
y escucha el clamor de las armas.
No hay justicia cuando los fusiles hablan,
cuando a la razón desoyes
y con la violencia pactas.
No habrá más fruto que muerte,
yermo terreno sin flores,
desolación en las almas;
en lugar de vida, mortaja.
¡ Malhadados los pueblos
que fían su decisión en las balas.
No tendrán laurel ni provecho
sino la fría extensión de una lápida!
Tardé bastante en comprender
que una mujer no es un camarada
y que un camarada no es un amigo,
que las heridas no sanan
sin cicatrices ni sin lágrimas,
que la adversidad nos derrota
cuando se ignora el peligro.
Tales postulados amargos
no los creo un aserto categórico,
sólo son constancias de camino,
cuando se vuelve condena
un mismo error repetido,
como cuando cadenas son los lamentos,
y sentencias los desesperanzados gritos.
Procura cada mañana renacer
al desnudo día celebrando su milagro
de inocencia invulnerada;
no empañan los recuerdos al sol,
ni entorpece el vuelo de los pájaros.
Caminar, sin dar señal de gran fatiga...
Hay eruditos del relato que cifran el logro narrativo en la exposición de una historia bien contada, en el desarrollo de un argumento de forma clara, directa y ausente de concesiones retóricas. Yo pregunto: ¿ es ésta la culminación del sumun literario?. La tradición inglesa nos ha aportado bastantes ejemplos en este sentido, basando la tarea del narrador en la habilidad de contar. Pero ¿ debe ceñirse todo el afán literario en la consecución de este logro? Tan polvo y paja es la superflua retórica como la ineficacia narrativa. Mirando todo el quehacer de las letras entre ese estrecho ángulo, se renuncia a gran parte de la fertilidad creativa, descartando aportaciones que sería erróneo obviar. El Buscón no sería el Buscón sin el vestido que lo recubre. El desnudo por sí solo resulta romo; se realza bastante con un añadido, aunque sea de detalle. ¿ Quién es el que reduce la meta al mero buen narrar, quizá la deriva de nuestro tiempo? Las fresas saben mejor con nata.
...traigo conmigo el sudor de muchas leguas,
el polvo adherido a los andrajos,
los alacranes agarrándose a los zapatos,
y el sol,
el sol tórrido aplastando mi entusiasmo,
resecando la saliva,
debilitándome hasta el último aliento,
avistando un horizonte difuso como un espejismo,
avanzando por un sendero pedregoso de incierto destino...
pero no dejaría de andar;
andar me justifica, andar
hace razonable el absurdo,
confiere un propósito al silencio que acompaña,
encuentra su motivo en sortear los escollos del camino;
paso tras paso se crea una conciencia de meta,
se descubre otra perspectiva.
Puesto que ando, existirá un momento necesario
donde mi zancada se detenga...
mi misión concluye cuando la ruta acabe;
su más allá no me compete.
Ahí reside la finalidad de andar.
Caminemos, pues...
tengo por seguro que si prosigo la marcha llegaré a alguna parte,
veré otros días que me esperan
en climas templados sin rigores
donde refresque la delicia de una fuente,
donde el sol suavice sus ardores
y el pleno día remita su castigo
dando paso al remanso benigno de la tarde,
a cobijo de una sombra amable
que alivie del esfuerzo mantenido.
Concédeme el perdón,
permite que tu lástima
enjugue mis lamentos,
que mi corazón se abra
al deleite de tenerte,
que la grosura de su verbo
aflore a mi garganta,
y la palabra amable
endulce mi amargura..
El mar, en olas mansas,
trae una brisa de recuerdos
dolientes de primavera,
de otoños de ceniza.
Porque sólo el rastro del dolor
demarca el margen
de lo efímero, toma
conciencia de orfandad.
Mi poesía viene de la soledad,
no se la encuentra en la compañía.
Surge de su seno a pleno pulmón
y se propaga como el grito, en la distancia.
Su llama anida en el corazón,
forjada en el crisol de su verdad,
donde no cabe engaño o palabra huera,
falacia, ardid ni altanería.
Su voz busca oídos que la oigan,
complacencia en el alma estremecida,
entraña fértil donde germinar,
silencio, que con su numen redima.