A ESA FOTO

A ESA FOTO

 A esa foto antigua

del joven de uniforme,

con presencia lánguida

y mirada distraída

en hondas lejanías,

como sopesando íntimos temores.

Aún no había recibido

tu trayecto indeciso

las peores heridas,

los más amargos desengaños,

su reservada porción de dolores.

Su carrera de soledades comenzaba;

todavía la inocencia intacta;

desconocida aún la dura 

fatiga del deber ser,

la lealtades perdidas

y los insolidarios denuestos.

Hoy veo en tu faz al Ecce homo

al que en algún momento

deberemos parecernos.

Tu frágil constitución,

tu inconsistencia ensoñadora

ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos, 

el mirar incierto de quien 

sin proponérselo indaga su porqué

y aguarda el día cuando la justicia

alcance el equilibrio.

.


ALICANTE EN HOGUERAS

 


Alicante un año más se dispone a disfrutar de su fiesta de Hogueras. En las encrucijadas se levantan los monumentos fogueriles, la música ya suena frenética en algunos puntos, y las calles se llenan de ociosos y mareados. Mucho han cambiado las fiestas desde aquella infancia de los 60 en que nuestros padres nos llevaban de la mano a recorrer las monumentales fallas de madera y cartón. Mucho han cambiado las fiestas y mucho ha cambiado la ciudad. De la alicante provinciana que aún mostraba sus carencias en los 60, hemos pasado a la ciudad desbordada de 2026. Alicante ya es una ciudad de multitudes, de contrastes, de imprevisible futuro. La forman ya multitud de etnias, de emigrantes que buscan su oportunidad; está ya presa del turismo de masas, tan alejado hoy de aquel puñado de norte europeos que visitaban la ciudad en los veranos. Los principales lugares de reunión y renombradas avenidas se ven abarrotados por una multitud en constante movimiento. Los naturales nos sentimos algo avasallados por semejante gentío; se hace ya difícil encontrar el sosiego, lo recoleto, lo vernáculo. Para hacerlo acaso haya que adentrarse por los barrios falderos del castillo de Santa Bárbara, en ese particular Plaka de nuestra reducida Atenas, el barrio de Santa Cruz. Pero allí ya no encontraremos nada genuino, sino unas viejas casas con la cara lavada y repintadas de un imaginario idilio. 

Desde hace más de 50 años pateo muchas tardes el centro de la ciudad y observo cómo tantas cosas han cambiado: cambian los nombres de las calles, las zonas de ocio, los numerosísimos comercios y viejos bares que hoy han cerrado, dando paso a otras nociones de mercantilismo. Lo esencial no cambia pero sí los usos y las gentes. Entre los que se han ido y los que han escampado resulta difícil tropezarse con algún viejo rostro. Porque para mi en Alicante hoy conviven los nuevo con los viejos recuerdos, ese tropel de memorias que me acompañan al torcer una esquina, al pasear por algún parque o al asomarme al puerto o el paseo marítimo, o al volver a pisar el ondulado mosaico de la Explanada, entre palmeras y parterres envueltos en tantos aromas de la adolescencia de su eterna primavera. 

Los pocos felices

Los pocos felices

 En estos últimos tiempos anda uno un poco descentrado. Los acontecimientos políticos en España absorben buena parte del tiempo libre de que se dispone. Como no paran de surgir escándalos, se sigue preocupado y con consternación cuanto descubren los medios "fangosos de la fachosfera". Ahora cobra un primer plano la realidad de unos comportamientos que durante años ha ido calando el tejido social. ¿ Por qué las narices españolas soportan impasibles el fétido hedor circundante? Posiblemente porque se hallan acostumbradas a él, porque lo han ido respirando cotidianamente a lo largo de sus vidas. Ya señalaba Jesucristo el hedor de los sepulcros blanqueados. En el siglo XIX Nietszche anunciaba que habíamos aniquilado a Dios; En el XX, admitimos que habíamos destruido la Verdad, para quedarnos en el XXI con la "posverdad", que no es más que un burda mentira, un fantástico relato que no hay dios que se lo crea.

Por mi parte creo que la solución a todo es la de replegarse eremítico a los personales intereses, laborar en aquello que nos hace crecer, pese a la resistencia de un mundo que trata de condenarte al mero silencio. No sé si los mecanismos de selección literaria adolecen de parejos vicios a los de otros sectores sociales. Sólo sé que he escrito 7 libros cuya repercusión ha sido menor a la de una hoja caída sobre la superficie del agua. Mis libros enmohecen en los anaqueles de las librerías, o sepultados bajo la avalancha de títulos que se ofrecen por internet, sin despertar nunca al lector de su desconocimiento o indiferencia. Teniendo como tengo más o menos el pasar resuelto, se insinúa la tentación de arrojar la toalla. Incluso el irrepetible Michael Jordan tuvo su momento de duda. Pero de una cosa estaba seguro: de que nadie podía hacer con el balón lo que él hacía. Algo me hace sentir que como él yo también puedo hacer algo especial con el lenguaje, en la novela, en la poesía, o cualquier otro género. Hete aquí que me asalta la fe de que lo que he escrito hasta ahora no es del todo desdeñable, que no desmerece en nada de lo que muchos otros con éxito multitudinario han publicado. No se podrá decir que me apego a la poltrona del éxito fácil; prometo por tanto que seguiré escribiendo, aunque sólo lo sepa yo, unos pocos felices, Dios.