A esa foto antigua
del joven de uniforme,
con presencia lánguida
y mirada distraída
en hondas lejanías,
como sopesando íntimos temores.
Aún no había recibido
tu trayecto indeciso
las peores heridas,
los más amargos desengaños,
su reservada porción de dolores.
Su carrera de soledades comenzaba;
todavía la inocencia intacta;
desconocida aún la dura
fatiga del deber ser,
la lealtades perdidas
y los insolidarios denuestos.
Hoy veo en tu faz al Ecce homo
al que en algún momento
deberemos parecernos.
Tu frágil constitución,
tu inconsistencia ensoñadora
ya acarreaba su via crucis, sus quebrantos,
el mirar incierto de quien
sin proponérselo indaga su porqué
y aguarda el día cuando la justicia
alcance el equilibrio.
.
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