sé que el recuerdo sepulta las palabras
pero su médula se incrusta
en lo callado y allí permanece
hasta que la voz, sin quererlo, la emite.
No puede callar la queja, ni solapar tristeza,
no puede ignorar la dicha, tampoco
la esperanza cuya fe abraza, la nostalgia
de momentos que justificaron lo amargo,
la llama ávida del deseo, la resonancia
de su voluntad en la garganta, el grito
desesperado con que alcanzar lo cósmico,
la miel del amor en la flor de los labios,
lo no nombrado en el alma de un verso.
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