Han vuelto las palomas
y han llenado de cagadas mi balcón.
Pero a pesar del apestoso augurio
el sol ha brillado vigoroso
como suele en los epílogos de primavera.
Desde el cenit nos observa
con mirada indiferente,
luciendo impertérrito
sobre el acontecer humano.
Quisiéramos que por una vez
nuestro pasar no fuera efímero,
a cuyos azares el astro es ajeno,
y que en algún lamento o cierto gozo
su calado penetrara las entrañas
palpitantes de los vivo.
No veo en este retornar de las palomas
nada romántico, pese a su albo plumón,
pese al bíblico vuelo con que se posan
y a su zureo misterioso.
No deja de ser esta invasión colombina
otra señal que recuerda nuestra impotencia,
la resignación a un destino
ante el que nos vemos inermes
y que se cumplirá pese a todo denuedo.
Volvieron la blancas palomas
en mi balcón sus heces a dejar,
pero no trajeron venturosa primicia
de trinitaria aureola
sino hedor de estercolero
con su escatológica renuncia,
tomando mi balcón por palomar.
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