Aún se teñía de grises la alborada,
cubría el monte una capa neblinosa
que envolvía la húmeda verdura.
la mañana se anunciaba con luz indecisa,
la mañana como pan reciente,
la mañana nos cernía sin promesas
abriendo los claros de los caminos,,
de los senderos entre boñigas de vaca,
que se volvían estrechos, cercados de maleza,
asediados por insectos; hacia un lado
marañas de eucaliptus, la marcha acompasada,
el peso del esfuerzo, el tiempo que resuelve
en aporía de Aquiles, sin limites
su laberinto. Habrá un momento donde acabe la jornada.
La lluvia arrecia. Todo parece incierto.
Al doblar un repecho, la calzada. El cielo
se hace más claro. Frente a nosotros, inesperado, el templo.
¡ Qué importa la lluvia, el fango, la ineludible carga!
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