Hasta un Belén apartado,
clara es la voz del profeta,
llega la errante pareja,
estando avanzado el parto.
José a las puertas llama,
María de dolor pena,
mas acepta la cadena
de libertad del mañana.
¡Oh, clamad a Jesús todos
los que por su luz nacieron,
los que bajo su consuelo
no volvieron a estar solos!
No hay posada para ellos,
la aldea de extraños rebosa
por el edicto de Roma
de empadronar a los pueblos.
El mesonero vacila,
la conciencia le remuerde
de arrojar mujer encinta
al albur de la intemperie.
¡Oh, clamad a Jesús todos
los que por su amor vencieron,
los que por su grande celo
sacados fueron del lodo!
Un pesebre les cedieron
donde transcurrir la noche,
negra de dolor y voces,
de esperanzas y de anhelos.
Sobre un manto que extendieron
sobre la mullida paja
halló la muerte mortaja,
nueva vida trajo el cielo.
¡Oh, clamad a Jesús todos
los que por su vida oyeron
cantar loor desde los cielos,
plena la tierra de gozo!
Entre la mula y el buey,
San José, la tierna madre,
pastorcillos en enjambre,
supo el mundo la nueva ley,
que a juzgar viene a los hombres
no con justicia de sangre,
ni con lobreguez de cárcel,
mas con caridad y sin hiel.
¡Oh, clamad a Jesús todos
los que por su luz creyeron,
los que por su estrella vieron
el regocijo del cosmos!
Un niño nos es nacido
en la ciudad de Belén.
Puestos los ojos en Él
nada ya nos es temido,
ni muerte ni Lucifer.
Pues con su gloria obtuvimos
lo que con Adán perdimos.
¡Oh, clamad a Jesús todos
los que creyeron en Él!
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