Vimos partir sin luz la última nave,
conocimos entonces el vacío en nuestras manos,
que nuestra única certeza se alejaba por el agua
bajo un sol desvaído por la niebla
mientras la ciudad festejaba más lejana.
El barro había cubierto nuestras botas,
mirábamos con ojos de melancolía
tras de aquella vivencia que escapaba
como un ave que remonta las alturas,
como un grito que se propaga estremeciendo,
como lágrima de una emoción profunda, rota,
sueño que al despertar se olvida, circunstancia
que desde entonces forjará el momento.
Las nubes de tormenta preñadas a lo lejos,
las húmedas ráfagas que traía el viento,
el recuerdo amargo de una despedida,
la carta que me dejaste guardada en el bolsillo,
la convicción de que aún lo arraigado pasa,
frágiles los más íntimos lazos,
sombríos los augurios cual la noche,
cuando la última barca tiene que partir
y la vida es sólo solitario tránsito.
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