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LOS ETRUSCOS

Los  etruscos son un pueblo cuya trayectoria histórica se halla envuelta en la fascinación y el misterio. Precedieron a los  romanos en el dominio sobre la península itálica, hasta que la vorágine latina los engulló. Se les reconoce cierta afinidad con la antigua Troya, en tanto que son muchas las sospechas de un origen anatólico. Fueron coetáneos de la gran expansión griega, con cuyas ciudades mantuvieron un floreciente comercio. Cierto que tuvieron sus más y sus menos por el dominio de los mares, pero la prudencia etrusca circunscribió su influencia al área tirrena. Porque fue en la región toscana hasta la Umbría donde principalmente extendieron su dominio, aunque se han hallado vestigios de su expansión en puntos del Adriático, en Campania y aun el mismo Lacio. Hay que recordar que los primeros reyes romanos fueron etruscos por estirpe. No cabe dudar de la procedencia de los Tarquinos y aun del propio Servio Tulio.
En Etruria se desarrolló un civilización avanzada en todos los órdenes. Compitió en el comercio con Grecia, a nivel político gozó de una autonomía capaz de ir aumentando paulatinamente su grado de influencia; se le conocen litigios además de con los diferentes pueblos itálicos con la siempre amenazante Cartago. En aguas tirrenas se produjo una batalla decisiva que demarcó las respectivas áreas de dominio. Pugna con Cartago que luego heredaría Roma. No obstante la capacidad militar etrusca no debió ser óptima, pues en su historia no se recogen noticias de grandes gestas ni de anexiones importantes. Desconocemos hasta dónde llegó el grado de cohesión de las diferentes ciudades-estado etruscas, favoreciendo una política común que las fortaleciese y consolidase entre los demás pueblos. Porque Etruria, principalmente, destacó en el aspecto cultural y religioso. Cultivó un arte muy desarrollado, distinguiéndose sus logros tanto en pintura y escultura como en cerámica, donde queda clara la influencia griega. Su arquitectura no sobresalió en la construcción de grandes templos, pero sí en la erección de monumentos de carácter funerario. En Tarquinia se han descubierto esos enormes Tholos donde pueden ser admirados los logros inigualados del arte etrusco. Como los egipcios, poseían firmes creencias en la otra vida y en tal sentido encaminaron sus mejores cualidades; su arte sepulcral no reconoce parangón. Las sepulturas encontradas seguramente explican la dimensión espiritual de este pueblo que que ante la pujanza pragmática de Roma tuvo que sucumbir. Su legado fue asumido por la voluntad romana, cuyos eruditos cultivaron esta herencia, reservándose su lengua indescifrada, la estimación por su arte(no olvidemos el origen etrusco de la loba de Capitolio), y un alto grado de superstición en la religión romana, cuyos arúspices probablemente siguieron siendo originarios de Etruria.

La tiranía de Pisístrato

La tiranía, históricamente, tiene mala prensa, por ello es recordado con reservas el gobierno de Pisístrato. Cierto es que el tirano alcanzó el  poder por un golpe de estado, que derrocó un gobierno oligárquico lleno de fisuras, pero no por ello se desligitima su régimen, que contó con numerosos apoyos. El ascendiente de Solón y sus leyes se había diluido, y en Atenas pugnaban distintas facciones que no llegaban a consolidarse. Pisístrato presentó su ejercito en la llanura ática y nadie osó hacerle frente.
Pisístrato dio estabilidad a la política ciudadana, cohesionó el ejército y protegió las obras públicas y la cultura. Durante su gobierno lidió con algunas guerras fronterizas, pero nunca comparables con las que tuvieron lugar en el siglo V. Tal coyuntura favoreció el asentamiento de su tiranía.  La aristocracia rival, resignada  a su éxito político, desarrolló una estrategia de entendimiento con el tirano cuando no de abierta colaboración, como fue el caso de los Filaidas.
La crítica histórica se siente más inclinada a realzar la labor de los Alcmeónidas en la polis ateniense, a través de esos nombres fundamentales como el reformador Clístenes o Pericles, forjador de la época de mayor esplendor de Atenas y garante del régimen democrático. Porque sin duda es este régimen el que despierta todas las simpatías en nuestro mundo moderno. Por eso resulta problemático el juicio objetivo del gobierno de Pisístrato, que favoreció las necesidades del pueblo, estableciendo acuerdos fundamentales con las clases oligárquicas.
Durante su mandato Atenas gozó de un período de prosperidad y engrandecimiento. La tiranía fue censurada en el juicio de Platón, cuya república sagrada no podía simpatizar con una connivencia con la plebe. Aristóteles tildó a Pisístrato de demagogo, que seguramente lo era. En cualquier caso, esos años de gobierno estable prepararon a Atenas para la debacle que le iba a sobrevenir, como fueron las guerras médicas. Que la sociedad ateniense funcionara, en lo que toca a sus instituciones y el ejército, fue decisivo para el triunfo final sobre los persas y para el establecimiento de ese marco revolucionario que fue su democracia.

Vislumbres de Alejandría

El verano pasado constituía para mí una delicia acudir a la playa durante la mañana aún temprana y, antes del baño, leer un capítulo de la última novela de Christian Jacq sobre Cleopatra. Su lectura resulta amena, aunque algo endeble para un lector acostumbrado a obras algo más sólidas. No puedo negar que el antiguo Egipto despierta en mí durante los últimos tiempos una decisiva fascinación. Leo con placer cuanto cae en mis manos referido al viejo imperio de los faraones, esos señores de las dos tierras que edificaron una civilización tan contundente que perdura asaz vigorosa y actual como fuera en su tiempo.

El rumor de las olas parecen traernos las exóticas brisas de Alejandría, la ciudad fastuosa que alumbró como un faro el mundo antiguo. Alejandría, la ciudad fundada por Alejandro el grande, fue la corte imperial de los Ptolomeos, que tras la desmembración del inusitado imperio alejandrino, su fundador, Ptolomeo Lago, asumió la doble corona del inveterado imperio. Durante mucho tiempo fue la joya de oriente, caducos ya los viejos esplendores de Babilonia o Susa. El primer Ptolomeo, capaz general con Alejandro, que compartía con su rey el favor hacia la cultura, y al igual que éste se rodeo de hombres sabios y destacados artistas, hizo lo propio por revestir de esplendor su corte alejandrina. En esa ciudad que iba creciendo con una doble faceta greco-egipcia, el gran Ptolomeo fundó el Museion, que constituiría el germen de lo que sería la universalmente admirada y envidiada Biblioteca de Alejandría.

Cabe admitir que este nuevo imperio tpolemaico constituye un apéndice en la historia de Egipto. Pese a los esfuerzos que hicieron los griegos, a partir del mismo Alejandro, de asumir la mitología y tradiciones del remotísimo imperio, no pudieron nunca olvidar su origen y ese vigor cultural helénico que abarcó todo el orbe.  La corte siguió pronunciándose en lengua griega, esa manifestación del poder dominante que, hasta el fin, prevaleció a la exótica simbiosis de las dos culturas. La riqueza de Egipto mantuvo un longevo gobierno de sucesores del lágida, hasta que las águilas romanas redujeron a provincia el imperio milenario. Es curioso que en la trayectoria de la corte ptolemaica destaquen sobremanera para la historia su fundador, el poderoso diádoco Ptolemeo Lago y la última representante de la dinastía: Cleopatra VII, cuyo ordinal no avisa de que existieron seis reinas anteriores con el mismo nombre. Pero la VII indudablemente es la que nos llena de fascinación. Era Cleopatra una reina de evidentes virtudes, acaso una mujer hermosa, joven, culta(hablaba al menos 6 o 7 idiomas, entre ellos el egipcio antiguo) y a la que no le faltaba facultad y ambición política. Se alió a César, sabiendo mantener indemne la vieja grandeza egipcia , y apostó por Marco Antonio en lucha con el poder absoluto de Roma. Nos sigue conmoviendo la grandeza plutarquiana de su muerte.

Cuando vuelva a la playa este verano, no olvidare concluir la evocadora novela de Jacq y dirigiendo la vista hasta el horizonte marino, soñaré acaso con esa lejana ciudad legendaria, que con versos tan nobles e inspirados evocó Cavafis.

IDUS DE MARZO

IDUS DE MARZO
La figura de Julio César, como cualquier otra personalidad, está sujeta a controversia. Para unos será ese lúcido político que supo plantearse las exigencias de la historia, discernir sus albures y resolverlas con audacia y acierto; para otros, sin embargo, se conformará como el modelo mejor definido de tirano.
Insistiendo en esta última lectura lo analizó Shakespeare en su "Julio César", y sus conclusiones no pudieron resultar más acerbas. Pero convenir que Cesar representaba al dictador despótico por antonomasia y Bruto el paladín de toda libertad, constituye una hipótesis cuando menos alejada del más recomendable rigor histórico.
Cuando el acero magnicida de Bruto se mancilla con la sangre del dictador vitalicio no hace más que prolongar trágicamente la extinción republicana.
La república romana sobre el papel gozaba de las condiciones del gobierno justo según los presupuestos de la época. Cuando Roma acabó con sus reyes, que mientras prevalecieron sirvieron para fundamentar la ciudad con premisas duraderas y configurar ese carácter sacro inherente al mundo antiguo que instituyó Numa, lo hizo con la voluntad de crear una república de hombres libres más justa en sus planteamientos y resultados. Aunque parece ser que el senado ya existía en la época monárquica, era sin embargo el rey quien asumía esa voluntad suprema de los dioses, cumpliendo con la tarea de nivelar las desigualdades entre sus subditos y propiciar el bien de la totalidad del pueblo, un bien común sobre el que prevalecía el ascendiente de su arbitraje. Pero era esa misma voluntad unívoca, interpretada por el juicio parcial e inapelable de un solo hombre, aunque se presumiera que éste gozaba de la aquiescencia divina, la que venían a poner en entredicho los creadores de la nueva República. Ello no significaba sin embargo una rebelión sino una matizada interpretación del dictado de los dioses. La república no podía renunciar a lo que en el mundo antiguo representaba la esencia misma de la "polis".
Cuando cayó derrocado el último de los tarquinos, feneció con él un concepto ya periclitado de gobierno heredado del mundo etrusco y compartido por la heterogénea mezcolanza de pueblos-sabinos, albanos, ecuos, volscos, sannitas, etc- que constituían el Lacio, todos ellos seguramente regidos por modos de gobiernos tribales donde trodavía prevalecía la estructura de la "gens" y el sistema monárquico tradicional . El nacimiento de la República, pues, obviamente coincidió con el desarrollo progresivo de Roma, que guerra tras guerra fue sometiendo y sumando a su territorio el de los pueblos circundantes que iba conquistando, dinámica que volvió mucho más complejas sus coordenadas político-sociales. De la vecina influencia griega, cuyas colonias asentadas en Sicilia y Magna Grecia iban prosperando, seguramente recogieron nuevas concepciones sobre la forma de gobierno que vinieron a satisfacer sus aspiraciones. A destacar el parecido de su organización política con la Espartana, cuyos dos reyes se transformaron en cónsules y su gerusía en senado.
Con la fundación de la república cobró Roma nuevos ímpetus. Bruto, el ilustre antecesor del asesino de César, Scevola y otros destacados patricios le dieron su nueva configuración, culminando una pugna decisiva y cruenta con los últimos reyes etruscos, que se replegaron en su territorio para desvanecerse decada a decada bajo el peso de la historia. No tardó, pues, el senado, el nuevo núcleo del estado romano, feudo de los patricios, asamblea de hombres libres, de esa aristocracia gestada durante la fundación de la ciudad, en sentar las bases de una nueva legislación, siempre encaminada a favorecer a esa minoria de los "optimates". No en vano en sus manos residía el poder económico y político, y el control de ese ejército popular cuya organización estipuló junto a otras cruciales reformas uno de los reyes más honrados por los romanos, Servio Tulio.
Este modelo de gobierno, parlamentario y dialogante, con un poder legislativo solidamente estructurado, perduró siglos, en el transcurso de los cuales Roma fue construyendo su imperio. Pero a esta expansión y transformación de la ciudad de polis pereiférica y subsidiaria a potencia hegemónica, se debió que nuevos estamentos sociales que habían tomado parte en la radicalidad de aquellos cambios y en el desarrollo de tan exhaustivas guerras reclamaran tambien sus derechos. La plebe, durante siglos sometida y sin la influencia política que daba la ciudadanía, fue fortaleciendo sus posiciones beneficiándose de los derechos concedidos a todos aquellos que habían contribuido a salvar a la patria en coyunturas difíciles, como las guerras contra los galos, la invasión de Aníbal y los diferentes conflictos que libró la República por todo el orbe. Con la creación de la nueva institución del tribunado, con el que la plebe se facilitó el libre acceso al senado y la facultad de promulgar nuevas leyes, ese poder patricio se fue paulatinamente resintiendo y cediendo espacio aquel nuevo partido tumultuario.
Para conocer el funcionamiento exacto del senado romano es necesario conocer a fondo las características de aquella sociedad, dominada por diferentes facciones y clientelas que maniobraban dentro de los mismos partidos, como estados alternativos al propio estado. Y siguiendo estas directrices lesivas del justo funcionamiento del poder, se degradó el senado hasta los tiempos de César. Obedece, es preumible, al dinamismo de una ley frecuente el que un gobierno asentado sobre inamovibles presupuestos, conveniencias y servidumbres, se anquilose y se vuelva inoperante. Más, si ese poder lo detenta una clase, o lo que es peor una facción de esa clase que renuncia renovarse y atender las prerentorias exigencias que el ejercicio constante de ese poder demanda,condicionado por la evolución de su marco geopolítico. De la injusticia del sistema ya fueron conscientes los Gracos y su abortada reforma agraria, a quienes no escapaba la magnitud de las lacras y deficiencias que acometian a la sociedad romana. Tal dilema, sin embargo, no podía resolverse sino mediante la lucha fratricida, la cual sostuvieron Mario y Sila; vencedor este último, no supo qué hacerse con el poder ni afrontar las transformaciones necesarias que exigía el mundo surgido del imperio. La patata caliente pasó entonces, disuelto el primer y tácito triunvirato, a manos de dos de sus protagonistas: Pompeyo y César. La derrota del primero en Farsalia fue el canto del cisne de la obsoleta República, y el puñal homicida de Marco Junio Bruto la interpretación miope de los signos de los tiempos o tal vez el anhelo romántico de una utopía que ya se había inmolado en la figura de Catón.