No traigas a mi corazón oscuras lágrimas,
transparentes sean como cristal de aurora,
resbalen vírgenes por la mejilla pálida
hasta alcanzar puras la plenitud de gozo.
Dolor recóndito con su ungüento enjuguen,
que al llegar a mi boca su sabor no sale
y con su cálida estela conforten mi tristeza,
precipitando en ellas la pena más amarga.
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