Cuando entraste en la librería
( nadie diría que aquel encuentro
fue fortuito), sentí que me había
reconciliado con la providencia;
no esperaba que se abriera la puerta
de los deleites del deseo, tantos años
cerrada por la rutina del desengaño.
Lo más hondo de mí ansiaba dar el paso,
traspasar el vano de su promesa,
que se cumplieran al fin
tantas esperanzas incumplidas;
pero, por crucial el momento,
mi voluntad no obedecía,
encadenada a un destino de letra impresa,
para quien el amor sólo
es un argumento de novela.
La vida era un río que corría ajeno
tras de mi ventana, pero al que yo
no accedía, enrocado y marchito
tras mi torre de palabras,
de conveniencias y de terrores.
Parece tarde para el amor,
para recibir con bendición su milagro,
cuando su dulce gozo semeja anquilosado,
con el amargor de una colmena seca,
y el corazón velado de indiferencia.
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