No sé que me indujo a subir a la ermita.
Sabía que aquél era tu lugar preferido.
Durante el camino empinado
no paraba de escupir una bronquitis aciaga.
Llegué con las fuerzas justas y el aire escaso.
El espacio sacro me vedó la entrada,
las rachas de viento azotaban con ganas
Pero allí estaba yo, en el promontorio aislado,
deslumbrados los ojos por el sublime entorno.
De un lado el Sella muriendo en la mar,
con su serpentino trazo precediendo el estuario,
luego, las montañas, lejanas, donde sueñan
los bosques legendarios y astures; del otro,
los acantilados con su arisco perfil,
recortando la inmensidad azul de herida belleza,
embebiéndose de mar y plenitud cercana.
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