VENECIANAS XXV: LA REPUBLICA DE VENECIA

La historia de la República de Venecia, con caracteristicas tan anejas a las que singularizaban a las viejas ciudades-estado, parece remontarse a esas formas de gobierno de la antigüedad clásica; cercano es su paralelismo al de los gobiernos oligárquicos helenos o muy especialmente su proximidad con la vieja república romana. Como en ésta, su política se concentraba en ese grupo limitado de patricios que controlaban los diversos procesos del poder, garantes de los diferentes aspectos de gobierno: finacieros, legales y militares. Y en efecto, se transluce que su modelo político era el del imperio romano de oriente, con cuya singladura parece tener la Republica veneciana tantas concomitancias. Hoy sabemos que tanto en su desarrollo político como cultural bebia de esa fuentes constantinopolitanas. Su ceremonial cortesano remitía a los usos bizantinos, de tal manera que la figura del Dogo, tanto en sus atribuciones como en su parafernalia, trataba de emular a esa hermana mayor oriental.
Si bien la majestad ducal se desenvolvió en un principio con todas la actitudes y atribuciones de la momarquía oriental, como fueron los casos de los Orseolos, bien pronto el susceptible grupo de patricios, a cuyo estamento también pertenecia el dogo, tomaron las riendas de la república. Como en la vieja Roma, dispusieron la jurisprudencia necesaria para controlar mediante disposiciones y consejos la autonomía de esa figura principal de la República. Desde entonces el papel ejecutivo y juridico del dogo quedó muy mermado, cifrándose en un protagonismo consular y limitando su imperio al caudillaje militar. No debemos olvidar, en todo caso, que Venecia era una república cuya hegemonía se fundamentaba en el comercio, y en vistas a satisfacer las necesidades de este motor de vida permanecían encauzadas sus políticas.

Este nuevo giro a su sistema de gobierno debió ser el idóneo que reclamaba el período, pues en su transcurso alcanzó Venecia su máximo apogeo; rozó los límites de su expansión comercial y marco las más distantes fronteras de lo constituiría su imperio. Un imperio que, habría que insistir, se fue fundando con los despojos dejados en el camino por su admirado imperio oriental. Con la decadencia de Conmenos y Paleologos cobraba Venecia su máxima pujanza, dominando unos territorios en los que siempre estaba puesta su mirada, pues desde allí se controlaba el viejo mercado de las especias. Venecia desde siempre tuvo vocación oriental; puede dicirse que en la península itálica solo posó su mirada cuando comenzó a fallarle esa expansión en oriente. Artifice de esta mayor gloria fue Enrique Dandolo, legendario dogo octogenario, bajo cuyo caudillaje los venecianos llevaron sus naves hasta el mismo Cuerno de Oro y detentaron el control de la vieja ciudad; prueba de ello es la famosa cuadriga de San Marco, que en su día embelleció el viejo circo de Constantinopla.

Para finalizar, habrá que hacer constar que el descubrimiento de América y sobre todo la nueva ruta descubierta por los portugueses hacia las Indias, asestaron un golpe de gracia a la hegemonía comercial veneciana; eso, conjuntamente con la amenaza de un nuevo pueblo que puganaba por cubrir bajo la media luna islámica el secular imperio bizantino: los turcos. La legendaria fontera de occidente se sumiría definitivamente bajo la marea tumultuosa del oriente. Constatinopla se perdió bajo la acometida del alfanje otomano; restó a Venecia el viejo mundo griego; en Creta, en Nauplia, en la desastrosa ruina del Partenón, se pueden leer la huellas de esa histórica expansión. Pero, pese al triunfo de Lepanto, también llegó el desmoronamiento de ese mundo colonial y la Serenísima se vió enredada en las guerras y rencillas de la repúblicas italianas, desangrándose lentamente, constreñida por los pujanza de las nuevas potencias que emergían: Francia y España . Y poco a poco, andando el tiempo, confundida en sus mayores fastos, llegó la hora en que no tuvo sentido ese gobierno de patricios; anquilosado, anacrónico, se perdió su significación en el vértigo de la historia, el papel internacional que ocupaba se transformó en indiferente crónica provinciana. La soberbia napoleónica solo tuvo que trazar esa rubrica que la convirtió en un pintoresco mausoleo, lugar común de todas las nostalgias, vetusta sirena varada en las playas legendarias de Europa.
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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