EN BUSCA DEL GRIAL

El Grial es uno de esos símbolos legendarios que ejercen sobre mí cierta fascinación. La leyenda nos cuenta que es esa venerable copa que Cristo elevó, en el aposento alto, durante su última cena pascual y que quiso compartir con sus discípulos, como nuevo pacto en su sangre que por muchos se derrama. También se lo reconoce -y esto entra ya en el terreno de lo legendario- como la copa en la que José de Arimatea recogió la sangre de nuestro Señor vertida en la cruz y surgida de la herida infligida en el costado por la lanza del decurión Casio Longino para verificar la muerte del Redentor. Ambos objetos cuentan, desde la andadura paleocristiana, como elementos esenciales en la iconografia del Grial y dan significación a sus postulados.

La tradición del Grial seguramente fue forjándose durante esas edades  oscuras que prosiguieron a los años del imperio, crisol en el que se fraguó ese magma del que brotaría el decantado universo medieval. En el canto de juglares y trovadores fue tejiéndose ese caprichoso entramado que culminó en el Cuento de el Grial, del bretón Chetrien de Troyes. Esta evocación surgida de las brumas de la Bretaña, nos introduce en ese reino caballeresco y mágico, que constituía la corte del rey Artús y su tabla redonda, en la que tenían asiento sus más reputados paladines. Entre los cuales había que reseñar el nombre de Perceval, que iría definitivamente unido  el mito del Grial . De su leyenda se sabe que los caballeros, custodios del Grial, por una razón nefanda perdieron las bendiciones de la Gracia recibida con el sacramento de la eucaristía, Gracia la cual solo les fue restituida, tras muchas vicisitudes, mediante los meritorios y virtuosos esfuerzos del joven Perceval. La leyenda, en cualquier caso, fue objeto de la pluma de los más diversos cronistas, modelada y remodelada; la heteroxidad de su mensaje y su riqueza simbólica la consustanciaron con el legado esotérico medieval, y con esta inquietante realidad larvaria ha llegado hasta nuestros días, pero pasando antes por el fecundo romanticismo. Fue entonces cuando recogió su resonante eco Richard Wagner, y lo transformó en su Parsi-fal. Desde las notas de este estremecedor drama musical, el mito cobra nueva luz y nos renueva las virtudes del místico cáliz, transparentando en su estremecida musicalidad muchas de esas excelsas plenitudes de la Gracia y revelando en buena parte el prístino mensaje agazapado de su leyenda.
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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