EL PANTEÓN DE QUIJANO

Sé, porque lo he leído, que Gabriel Miró escribió algo sobre el Panteón de Quijano; en aquella semblanza, con la rica y profunda prosa que en él era habitual, describe las virtudes de este pequeño parque situado en el mismo corazón de Alicante. Dicho parque ocupa una manzana delimitada por una verja, cuya entrada encara la popularísima plaza de España alicantina, espacio que también acoge su ya legendaria plaza de toros.

Me resultaría imposible emular las calidades de la prosa con que Miró engalanó la descripción de dicho parque. Diré, escuetamente, que el parque se constituye como el jardín romántico de Alicante. Por él, a través de las décadas, se ha sucedido gran parte de la historia ciudadana. Quijano, creo que fue gobernador de Alicante, y que sus méritos debieron ser consistentes como para granjearse la dedicación de tan hermoso vergel.
El Panteón tuvo mayor protagonismo en mi vida durante mi niñez y adolescencia; a el nos llevaba mi madre para aprovechar los momentos de expansión o de merienda. Ni que decir tiene que el lugar nos hacía soñar y propiciaba el desarrollo de nuestros juegos. Bajo sus frondosos árboles, en sus rincones umbríos de fronda, al murmullo de su fuente discurrían momentos enriquecedores para nuestras almas infantiles, que entre la lujuriosa enramada transportaba nuestra evocación hasta los más paradisíacos enclaves. Allí nuestro espíritu se ensanchaba, gozaba del valioso regalo que ofrecía la imaginación. No puedo negar que aquel lugar era uno de mis rincones favoritos en la ciudad, donde uno podía olvidar por unos momentos el rigor de la disciplina, tan constrictiva para la frágil voluntad de los niños.
Con el paso de los años, el Panteón continúa en el mismo sitio, reteniendo su ancestral encanto. Pero a nosotros ya no nos queda tiempo para visitarlo. Reparamos en él cuando llega el otoño y las hojas caídas de su secular arbolado llenan la calle con su quebradiza hojarasca , en tanto la ventisca, formando remolinos, preludia la tormenta. Pasamos junto a su verja, y nos decimos ¿aún permaneces ahí, fiel testigo de nuestra vida?
Pero el jardín, en Alicante, que es ya una gran ciudad, aunque a nosotros se nos haga indiferente, tiene objeto para otros. Hasta hace poco el parque solían visitarlo los mendigos; en sus pródigos bancos sesteaban y bajos sus sombras mitigaban los calores del día, hasta que la policía, atenta, se dedicaba a desalojarlos a una hora prudente .  Constataremos, no obstante, que hoy ya no quedan mendigos en el parque, porque ya no existen los viejos bancos. Me digo: ¿Quedarán al menos niños para disfrutarlo y soñarlo, y gozar allí de esa vida auténtica que es su mundo de ilusión?
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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