Si me sepultan lejos,
no habrá quien me traiga flores,
sólo sabrán de mí los elementos
y el íntimo frío del silencio.
Me recordarán, anónimo, los albores,
las tardes serenas de melancolía.
Porque hay en mí una sed
de paisajes peregrinos
como un eco de remotas sirenas
incitándome tras la línea marina,
fértil en auspicios de anhelo
cuyos rumbos señala el azar.
Quisiera proyectarme
hacia donde las nubes parten,
como un meteoro en los cielos,
cumpliéndome en los sueños
que la vida promete, cual alegres
periplos que abandonan fondeaderos.
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